Había pasado más de un año desde que su madre cayó enferma.
Ahora Theodore tenía cuatro años, andaba, hablaba casi bien y leía. Pero no podía hacer nada por ayudarla.
Todas las mañanas salía al jardín de la mansión, arrancaba una rosa fresca y se la llevaba a su madre, que lo recibía con una sonrisa y un abrazo.
Por las noches, se metía en su cama y se dormía abrazado a ella. Esa noche no sería la excepción.
Se metió en la cama con su madre, la abrazó y casi con miedo le susurró la misma pregunta de todas las noches.
-Madre, tu enfermedad ya se ha ido, ¿verdad?
Su madre le puso el dedo índice en los labios, lo miró con dulzura y le cantó una canción de cuna.
Mientras tanto, al igual que cada noche, pensaba que su enfermedad estaba dormida, y en cualquier momento despertaría.
Era como el intermedio en un programa de televisión. Tal vez habría un minuto de intermedio, tal vez quince. Tal vez la enfermedad volvería la noche siguiente, tal vez al cabo de dos años. Pero volvería, estaba segura, la notaba infectando su sangre.
