El ambiente era tan denso en la habitación que se podría cortar con un cuchillo.

Theodore y Virginia Nott, sentados al lado de su abuela, llorando desconsolados. Su abuela, que no pudo contenerse, estalló también en lágrimas.

Al otro lado de la puerta se oían gritos.

-¡MÉDICOS INCOMPETENTES! ¡YO OS HE DADO TODO EL ORO QUE ME HABÉIS PEDIDO Y A CAMBIO VOSOTROS LA MATÁIS!

Virginia se estremeció en su silla y lloró con más desconsuelo aún. Su hermano se levantó, dio un brinco y se fue caminando despacio hasta una máquina de café. La estudió unos segundos, metió la mano en el bolsillo y sacó una reluciente moneda que introdujo por la ranura. Pulsó un segundo el botón del chocolate. Aguardó pacientemente y cuando hubo caído la última gota agarró el vaso de plástico con sus manitas.

Torció un poco a la derecha al pasar por al lado de su abuela, abrió la puerta y estiró de la manga de su padre, que gritaba con furia a los médicos presentes en la sala. Le ofreció el vaso de café y murmuró abatido.

-Madre se fue para siempre. Es chocolate, padre. Te sentirás mejor.