CAPÍTULO 2: El niño
El destartalado coche avanzó por el camino que llevaba al final de la calle de Las Hilanderas y se detuvo frente a una vieja casa que estaba situada justo frente a aquel río repleto de contaminación. Edward Burns arrugó la nariz cuando vio aquel lugar, pensando en que no era el mejor sitio para que un niño creciera, pero terminó por encogerse de hombros al comprender que él no era quién para decidir dónde debía ir a terminar el muchachito que, en ese momento, estaba sentado en el asiento trasero del coche, abrazado a un osito de peluche y con los ojos clavados en algún lugar del bosque que había en la otra orilla del río.
El niño no tendría más de cuatro años y parecía demasiado pequeño para su edad; bajito y muy flaco, tenía el pelo negro muy bien recortado, peinado hacia arriba con gracia, y estaba un poco pálido, aunque se le veía perfectamente sano. Lo que más destacaba en su rostro eran sus ojos, grandes, negros y de mirada penetrante (tal vez demasiado, como si pertenecieran a una persona mucho mayor), y sus facciones no estaban exentas de gracia, aunque no se pudiera decir de él que fuera guapo. Llevaba puesto un pantaloncito vaquero algo desgastado, unas zapatillas de deporte azuladas y una camisa a rayas verdes y blancas; el señor Burns se dijo que parecía todo un hombrecito vestido de esa forma y, otra vez, se sintió conmovido cuando lo vio sentado tras él. Parecía tan perdido y asustado que era imposible no sentir ternura hacia él; acababa de perder a su madre y la única persona que le quedaba en el mundo era el hombre al que iban a visitar esa mañana, su padre, al que nunca había visto y con el que tendría que quedarse pese al miedo que el pequeño sentía.
El señor Burns se bajó del coche y miró a su alrededor cansinamente; no parecía que hubiera mucha gente viviendo en los alrededores, pero el lugar parecía tranquilo pese a su estado de aparente abandono. Abrió la puerta trasera y el niño lo miró fijamente, sin soltar su osito y sin mover ni un solo músculo, tal vez esperando a que el señor Burns, el hombre que se había estado ocupando de él durante las dos semanas transcurridas desde la muerte de su madre, le dijera lo que debía hacer. Edward le tendió su mano con una sonrisa en el rostro y le habló con suavidad.
-Vamos, Adrien –le dijo, y el pequeño se cogió a él como si fuera un salvavidas –Tu papá vive en esa casa.
Adrien Bellefort afirmó con la cabeza y salió del coche; con una mano se sujetaba al señor Burns y con la otra se aferraba a su osito de peluche, un muñeco de color parduzco que no parecía tener nada especial pero del que el pequeño no se separaba ni a sol ni a sombra.
-No tienes que estar nervioso –le dijo Edward, notando el ligero temblor del niño- Todo va a salir bien, Adrien.
-¿Me querrá mi papá? –preguntó Adrien alzando la cabecita para mirar al señor Burns tan fijamente como antes; aquella era una pregunta bastante lógica dadas las circunstancias y el hombre no tenía una respuesta que darle al pequeño, porque él mismo no podía saber si ese tal Severus Snape al que iban a ver querría o no querría hacerse cargo del niño. Por lo que había dicho la madre de Adrien, aquel hombre nunca había llegado a saber que tuvo un hijo, así que era lógico pensar que ahora no quisiera saber nada. Pero Adrien no necesitaba saber eso...
-¡Claro que te querrá!- dijo, sonando realmente convincente y pasándole una mano por el pelo al niño- ¡Es tu papá!
Adrien no pareció muy convencido, pero no dijo nada; se limitó a agachar la cabeza y a dejarse llevar por el señor Burns a lo largo del caminito de tierra que separaba la carretera de la entrada de la casa. Edward, que ya estaba acostumbrado a hacer cosas como aquella, estaba muy nervioso en aquella ocasión; le había cogido mucho cariño a Adrien en las últimas semanas y deseaba profundamente que las cosas le fueran bien. En el tiempo que pasó en el orfanato, solía estar solo, tan triste que ningún otro niño se acercaba a él para jugar; si alguno lo había intentado, Adrien siempre se había negado... Sin duda, la muerte de su madre le había afectado muchísimo, a pesar de que el señor Burns estaba convencido de que un niño tan pequeño no podía terminar de entender el significado de la muerte; Adrien parecía un chico especial, parecía saber más cosas que otros niños de su edad y eso se reflejaba en su mirada. El señor Burns solía estremecerse cuando Adrien lo miraba fijamente, preguntando más cosas de las que podría preguntar con palabras, demostrando que había algo especial en él, algo que no era fácil de identificar pero que estaba allí, en esos ojos negros...
El señor Burns se quedó parado frente a la puerta de entrada y miró una vez más a Adrien; dejó la maleta que contenía todas las cosas del niño a un lado y llamó al timbre. Notó como Adrien se ponía en tensión y le apretó la mano para tranquilizarlo; todo saldría bien, todo debía salir bien...
Severus Snape estaba intentando hacer algo de comer cuando llamaron a la puerta; había regresado del hospital el día anterior y había dedicado prácticamente todo el tiempo a organizar la casa. Los mortífagos lo habían dejado todo patas arriba después de descubrir su papel como espía, buscando quién sabía que cosas, y Severus se llevó una sorpresa desagradable cuando llegó; Albus Dumbledore, que lo había acompañado a casa para, según él, asegurarse de que todo iba bien, le había ofrecido la ayuda de los elfos domésticos de Howarts y, en gran medida, gracias a ellos, su casa parecía un lugar habitable.
Todavía le dolía un poco el estómago cuando hacía movimientos bruscos, pero los sanadores de San Mungo parecían haberse cansado de sus constantes quejas y lo habían enviado derechito a casa, después de darle, eso sí, un buen número de pociones curativas que debía tomarse con total puntualidad. Severus habría podido preparar todas esas pociones personalmente, pero estaba tan contento por poder abandonar al fin San Mungo, que aceptó todo lo que los medimagos le dieron y prometió que seguiría su tratamiento a rajatabla. Tenía pensado aprovechar lo que quedaba de verano para planificar sus clases de Pociones después de dos años sin impartirlas, y, en el fondo, se alegraba de no tener que preocuparse por las benditas pociones curativas; tal y como le había dicho Albus Dumbledore, debía reponer fuerzas, y eso implicaba que tenía que dedicar gran parte del día a holgazanear. Severus llevaba mucho tiempo sin dedicarse a no hacer nada, así que sería un reto para él intentarlo...
Cuando llamaron, estuvo a punto de tirar una sartén de aceite muy caliente al suelo, pero afortunadamente no había perdido reflejos y no pasó nada; recorrió el pasillo maldiciendo por lo bajo, pensando que tal vez algún vendedor ambulante muggle había decidido ir a darle la lata (sus vecinos habían dejado de visitarle hacía ya muchos años) y pensaba mentalmente en la frase más desagradable que le ayudara a deshacerse de ellos... Cuando abrió y se encontró con aquel hombre alto y robusto y aquel niño de pelo negro casi diminuto, alzó las cejas y esperó a ver qué era lo que ocurría esa mañana... Seguramente no serían vendedores ambulantes; ninguno de ellos llevaba mocosos al trabajo, aunque ese hombre llevara una maleta con él...
-¿Es usted Severus Snape?
El hombre había hablado con firmeza, mirándolo directamente a los ojos; el niño que lo acompañaba también lo estaba mirando, aunque parecía asustado y sujetaba la mano del hombre con fuerza mientras daba pequeños pasitos para poder ocultarse detrás de las piernas del adulto.
-Sí... –dijo con voz grave, mirando de soslayo al pequeño; de pronto, le había encontrado parecido con alguien, pero no sabía muy bien con quién.
-Soy Edward Burns- repuso el hombre, estirando una mano para que Severus la estrechara- Soy asistente social.
Severus le dirigió una mirada neutra; era asistente social, de acuerdo... ¿Y eso qué?
-¿Podríamos hablar? –prosiguió el señor Burns, dando a entender que quería entrar en la casa.
-¿Sobre qué? –espetó Severus, cruzándose de brazos, decidido a quedarse ahí fuera.
-Sobre Adrien... –dijo Edward, haciendo que el niño que lo acompañaba se colocara frente a él –Adrien Bellefort.
-¿Qué pasa con él? –preguntó Severus, mirando a aquel enano con indiferencia, con desprecio, tal vez, incluso con algo de curiosidad...
-Verá... –Edward puso las manos sobre los hombros del niño, que seguía tercamente aferrado a su osito de peluche- No creo que este sea el lugar adecuado para tratar este asunto... ¿le importaría que... entremos?
Severus estuvo tentado a decir que no, pero había algo en los ojos del muggle que tenía delante que le llevó a pensar que debía escuchar lo que tenía que decirle. Haciéndose a un lado, permitió que el hombre y el niño entraran a la casa y cerró la puerta con cuidado, sin poder imaginarse ni por un segundo el giro que su vida estaba a punto de dar. Adelantando a aquellos inesperados invitados, los condujo hacia el salón, una estancia un tanto lúgubre, pero perfectamente limpia, que tenía las paredes repletas de toda clase de libros. El señor Burns observó la habitación con curiosidad, notando cómo Adrien volvía a cogerle de la mano y se acomodó en la butaca que Severus le indicó con un gesto.
-No tengo nada para ofrecerle –dijo Severus con algo de sequedad; el mocoso cada vez parecía más intimidado, pues sujetaba con mucha fuerza su osito y se acercaba al señor Burns buscando, tal vez su protección. Y eso que Severus no le había dirigido la palabra todavía... -¿De qué quería hablarme exactamente?
-Como ya le dije –dijo Edward, haciéndole un gesto tranquilizador a Adrien y sentándolo sobre sus rodillas- Quería hablarle de Adrien Bellefort.
-¿Qué pasa con él?- preguntó Severus por segunda vez en unos pocos minutos.
-No sé si usted recordará a la señorita Mariah Bellefort...
Severus entornó los ojos e hizo memoria; no tardó mucho en recordar a Mariah, una mujer a la que conoció unos cinco años atrás aproximadamente y con la que mantuvo un breve romance... No estaba seguro de su apellido, pero creía recordar que era de origen francés...
-Me acuerdo de ella, sí.
-Bien... –Edward sonrió; parecía un poco aliviado tras escuchar aquella respuesta afirmativa- Pues Adrien es hijo de Mariah...
-¿Y qué tiene eso que ver conmigo? –Severus se encogió de hombros, sin entender (o sin querer entender, más bien)
-Pues que Mariah Bellefort asegura que usted es el padre de su hijo... Es decir, que Adrien es su hijo, señor Snape.
Severus se quedó muy serio, asimilando el significado de esas palabras... Un segundo después, soltó una carcajada... ¡Aquello era una broma! ¿Ese mocoso hijo suyo? Eso era del todo imposible; el no tenía hijos, él nunca podría ser el padre de ningún enano, era del todo absurdo.
-¿Qué está diciendo? –acertó a decir haciendo una mueca; Adrien se había encogido en los brazos del señor Burns y no se atrevía a mirar a Severus.
-Mariah Bellefort murió hace unos días, señor Snape –explicó Edward con gravedad, intentado averiguar si el hombre que tenía enfrente le creía o no –Usted y la señorita Bellefort mantuvieron una relación sentimental hace unos años y, fruto de esa relación, nació Adrien. La última voluntad de su madre fue que usted se hiciera cargo del niño después de su fallecimiento.
-Pero... ¡Eso es imposible!- dijo Severus, volviendo a reír, mirando a Adrien Bellefort mientras cientos de ideas disparatadas rondaban por su cabeza –Yo no tengo hijos...
-Intentamos localizarle antes de que la señorita Bellefort muriera para que ella le explicara personalmente cómo están las cosas, pero no lo encontramos –Edward dejó en el suelo a Adrien y buscó en los bolsillos de su chaqueta hasta encontrar un sobre perfectamente doblado- Me entregó esta carta para usted; le habla de Adrien y le explica los motivos que tuvo para no comunicarle antes la existencia del niño.
Severus cogió la carta que Edward Burns le tendía con manos temblorosas y la observó unos segundos con la cabeza hecha un lío; cuando volvió a mirar a Adrien, se dio cuenta de con quién le encontraba parecido... Tenía su mismo pelo negro, su mismos ojos negros e, incluso era tan pequeño como lo fue él cuando niño...
-Entiendo que todo esto sea muy repentino para usted, señor Snape –dijo el señor Burns con suavidad –Si tiene alguna clase de dudas, podríamos someter al niño a alguna prueba de paternidad, pero le aseguro que es hijo suyo.
-¿Por qué lo ha traído aquí?- preguntó Severus con voz débil; la garganta se le había empezado a secar de pronto. Agradecía la oferta de ese hombre, pero no necesitaba ninguna prueba médica para darse cuenta de que ese niño era igual que él.
-Porque usted es su padre y porque, como ya le dije antes, la señorita Bellefort deseaba que fuera usted el que se ocupara de Adrien. El niño no cuenta con más familia.
-Pero yo no puedo... –masculló Severus con una gran inseguridad; él, que durante tantos años había visto la muerte de cerca, estaba empezando a tener el primer ataque de nervios de su vida –Yo no puedo ocuparme de nadie en este momento...
-Si desea renunciar a la tutela del niño –dijo Edward con tristeza, captando el gesto amargo de Adrien, que parecía estar a punto de ponerse a llorar –Podría encargarme de todo el papeleo; los asuntos sociales nos encargaríamos de encontrarle una buena familia.
Severus se quedó callado... Él no podía cuidar de un niño, esa oferta sonaba realmente tentadora... Él quería tener una vida tranquila, quería disfrutar de la paz que se respiraba en el mundo mágico después de la caída de lord Voldemort, quería saber lo que era vivir sin tener que fingir ser una persona que realmente no era... No podía cuidar de un niño... Miró a Adrien una vez más y vio las lágrimas que amenazaban con escaparse de sus ojos de un momento a otro y, sin entender muy bien porqué, se dio cuenta de que no podía rechazarlo así, de primeras, y se maldijo por eso, porque estaba a punto de complicarse la vida.
-Aunque podría darle una oportunidad a Adrien –dijo el señor Burns con suavidad, otra vez empujando a Adrien para ponerlo frente a su recién encontrado padre –Podría intentarlo y yo podría regresar dentro de un par de semanas, para comprobar como va todo...
Severus siguió sin decir nada... Volvió a mirar a Adrien y, casi sin darse cuenta, afirmó con la cabeza, dando a entender que quería hacer el intento...
-En ese caso –el señor Burns se levantó y otra vez le tendió la mano –Volveré en unos días, señor Snape –se agachó frente a Adrien y lo miró fijamente -¿Te portarás bien?
Adrien afirmó con la cabeza y Edward le dio un beso en la frente. Después, Severus lo acompañó a la puerta y se quedó quieto, confundido y asustado, mientras el hombre se alejaba de la casa en su destartalado coche...
¡Un hijo!
¡Qué cosa más disparatada!
Y, sin embargo, en algún lugar de su interior muy escondido, se alegraba...
Un niño...
