CAPÍTULO 3: Adrien Bellefort
Adrien contuvo las lágrimas a duras penas cuando el señor Burns se marchó de la habitación; escuchó el motor del coche mientras se alejaba de la casa y se quedó muy quieto en aquella extraña estancia, abrazado a su osito de peluche y pensando en el hombre al que acababa de conocer: le daba miedo.
Adrien no sabía por qué; no le había hecho nada malo, ni siquiera le había hablado, pero cuando lo miró directamente a él, sintió un miedo atroz, un miedo parecido al que sentía cuando había tormenta y que no podía controlar. Tal vez fuera algo injustifica, como ocurría con las tormentas; recordó que su madre solía decirle que no pasaba nada cuando había truenos, que era algo normal, incluso bonito, pero Adrien nunca había podido evitar ese temor y sabía que en esa ocasión tampoco podría. Aquel hombre era muy siniestro, vestido con esa ropa oscura y hablando con tanta frialdad... El niño estaba seguro de que no le había caído bien y, en su mente infantil, cabía la posibilidad de que fuera a hacerle algo terrible ahora que el señor Burns no estaba; Adrien echó mucho de menos a su mamá, más de lo que la había extrañado en todo el tiempo transcurrido desde que se fue para siempre. Quiso que ella volviera a aparecer en algún lugar para que lo abrazara y se lo llevara de aquella casa oscura, lejos de ese hombre tan raro...
De pronto, Adrien notó que había alguien a su espalda; Severus había regresado al salón y llevaba un minuto observando al pequeño. Estaba temblando y tenía los ojos tan humedecidos que era un milagro que no se hubiera puesto a llorar todavía... ¿Qué iba a hacer con él? Severus nunca había tratado con mocosos de esa edad, no sabía como hacerlo, pero estaba seguro de que no podía comportarse como lo hacía con sus alumnos de Howarts; estaba nervioso y se sentía inseguro... ¿Qué le decían las personas a los niños de cuatro años? ¿De qué se suponía que podía hablar con ese enano? ¿Qué demonios podía hacer con ese crío para que dejara de temblar de miedo? Ni siquiera sabía utilizar un tono de voz amable, nunca lo había necesitado, pero en ese momento tenía que hablar con suavidad, procurando no asustar al niño más de lo que ya estaba... ¿Por qué diablos había aceptado quedárselo? Mariah no tenía derecho a hacerle eso; se había callado la existencia de ese... hijo durante cuatro años, ¿con qué derecho metía a ese Adrien en su vida, así, sin avisar?
Severus observó un momento el sobre que el señor Burns le había tendido; era totalmente blanco, sin nada escrito que pudiera proporcionarle algo de información y, aunque sentía mucha curiosidad por leer la carta de Mariah, decidió que no era el momento. Antes tenía que acercarse al niño; tenía que pensar una forma para ganarse algo de confianza si realmente iba a convivir con él durante, al menos, dos semanas, y debía hacerlo rápido...
Miró a Adrien sin que él se diera cuenta, pero el niño terminó por girar la cabeza y Severus se dio cuenta de que no sólo se parecía a él... Tenía la misma nariz respingona de Mariah –"Afortunadamente para él", se dijo Severus con una sonrisa-, su misma boca y, bueno, aquel rostro acongojado le recordó al de su madre el día que se despidieron para siempre intentando controlar las lágrimas... Era indudable que era hijo de Mariah, de la misma forma que era indudable que era hijo suyo... Severus carraspeó y dio un paso al frente, dispuesto a acercarse al niño mientras intentaba encontrar algo que decir sin mucho éxito; vio a Adrien dar un paso atrás, totalmente intimidado, y por una vez Severus lamentó causar ese efecto en la gente. En Howarts le servía para mantener a los alumnos a raya, pero ese día reconocía que aquella especie de "talento" era una auténtica basura...
Pero en ese momento, cuando Severus pensaba que las cosas no podrían ir a peor, una llamarada verde surgió de la chimenea del salón, dando paso a un hombre que se limpió la ceniza de la túnica con alegría, sin percatarse de la presencia de Adrien en la casa.
-Severus, vengo a ver cómo te encuentras...
Albus Dumbledore salió de la chimenea y miró directamente a Snape, que lo observaba como horrorizado; algo confundido, paseó la vista por la estancia hasta que se encontró con el rostro horrorizado de Adrien. El pobre niño se acababa de llevar el susto de su vida y se había agazapado contra la pared, se había puesto a llorar en silencio, sollozando de una forma que haría estremecer a cualquiera y sujetándose a su osito con más fuerza que nunca. Dumbledore se quedó entonces boquiabierto y, señalando a Adrien con un dedo, se dirigió a Severus Snape con voz suave.
-¿Quién es?
Severus apretó los dientes, se pasó la mano por el pelo y se dejó caer sobre una silla con aspecto derrotado, sin tener la menor idea de cómo afrontar esa situación. Escuchaba llorar a Adrien y se sentía mal; no sabía por qué, pero se sentía mal... Muy mal, en realidad.
-Adrien Bellefort –respondió haciendo un gesto con la mano y cubriéndose los ojos –Es un niño –añadió de forma bastante estúpida.
-Eso ya lo veo –Dumbledore se acercó a Adrien, haciendo gestos con los brazos para tranquilizarlo -¿Qué hace aquí?
-Supongo que es lógico que esté aquí –Severus sonrió irónicamente y miró a Albus con expresión casi suplicante- Resulta que es... mi hijo.
Albus Dumbledore se quedó totalmente pálido; soltó una débil tosecilla y miró a Severus como si se hubiera vuelto completamente loco... ¡Sí, eso debía ser! Severus decía esas cosas porque todavía tenía efectos secundarios tras ser torturado por Voldemort, sí... No era posible que él tuviera un hijo... Lo conocía y, aunque lo apreciaba, jamás lo había imaginado como padre... ¿Qué clase de padre podría ser Severus Snape? Uno terrible, con ese carácter que tenía... Sí, debía ser una locura, una mala jugada que la mente le estaba gastando al profesor de Pociones, sí... Y, sin embargo, el niño estaba allí, llorando, aterrorizado y necesitado de que alguien le diera un poco de protección.
-¿Cómo que es tu... hijo?
-Ya ves... –Severus rió y miró a Adrien de soslayo –Menuda sorpresita, ¿eh?
-Pero... ¿cómo? –Dumbledore miró a Severus y al niño, al niño y a Severus, y se dio cuenta de lo mucho que se parecían -¿Cuándo...?
-En algún momento tenía que tener vida privada, ¿no? –Severus se encogió de hombros.
-Pero... ¿por qué no lo dijiste antes? ¿Dónde está su madre?
Severus fue a responder, pero el fuerte sollozo de Adrien cuando escuchó mencionar a su mamá lo hizo quedarse repentinamente callado... Su mamá... Ahora Adrien estaba asustado de verdad; aquel hombre raro que había salido por la chimenea también le daba miedo, aunque le inspiraba más confianza que el otro, el que era su padre según el señor Burns. Estaban hablando de él como si no estuviera allí y Adrien creía que le iban a hacer algo; cuando ese hombre de pelo blanco preguntó por su madre, no pudo reprimir aquel gemido. La echaba tanto de menos que no pudo contenerse a pesar del miedo.
-Me acabo de enterar –dijo Severus al cabo de un segundo, intentado obviar las lágrimas del niño, aunque cada vez le apeteciera más ofrecerle un poco de consuelo –Uno de esos muggles... un asistente social lo ha traído y tengo que quedarme con él, no hay más remedio... Su madre... –miró con cierto temor a Adrien; a esas alturas tenía las mejillas humedecidas por las lágrimas y los ojos ligeramente enrojecidos- Murió y quiso que yo... ¡Oh, Albus!- suspiró y se cubrió la cara con las manos -¿Qué demonios voy a hacer ahora?
-No sé... –Albus miró a Adrien un momento y luego frunció el ceño para dirigirse a Severus- Pero no me parece una buena idea que dejes que el chico se pase el día llorando de esa forma...
-¿Y qué sugieres? –Severus se levantó rápidamente y Adrien se encogió y comenzó a arrodillarse hasta hacerse casi un ovillo –Los niños no se me dan bien...
-Podrías... –Albus fue a decir que podría darle un abrazo al niño, pero se quedó callado porque posiblemente Adrien se asustaría aún más si Severus se acercaba a él con ánimo de tocarlo, aunque fuera un poco. Entonces, se le ocurrió que tal vez él podría "suavizar" el ambiente y se acercó al niño, sentándose en una silla cercana –Hola, Adrien- le dijo con suavidad, y el pequeño lo miró, apretándose contra la pared y procurando no llorar –Soy Albus Dumbledore –Adrien no dijo nada, pero sí sollozó amargamente; Dumbledore buscó entre los pliegues de su túnica y le mostró una bolsa llena de caramelos de limón -¿Quieres uno?
Adrien se sentó tentando a decir que sí, pero entonces se acordó de las palabras de su mamá: "Nunca aceptes nada de los desconocidos", y negó con la cabeza. Aquel hombre raro lo ayudaba a tranquilizarse; había algo en él que le hacía sentirse a gusto.
-¿No? –Albus se llevó él mismo un caramelo a la boca –Están muy buenos.
-Mi mamá no me deja –explicó Adrien con debilidad, hablando por primera vez desde que pusiera un pie en esa casa.
Severus sintió una especie de corriente eléctrica cuando escuchó por primera vez la voz de su hijo... Era una vocecilla débil, tal vez por el nerviosismo que sentía el niño, un poco aguda y, por supuesto, infantil, un sonido que despertó un instinto extraño en el hombre, aunque no supiera cómo explotarlo, ni siquiera qué nombre ponerle...
-Entiendo –Albus sonrió comprensivamente y decidió no presionar al niño; de todas formas, era una buena costumbre esa de no confiar en personas a las que acababa de ver por primera vez en su vida -¿Cuántos años tienes, Adrien?
-Estos, señor –dijo el niño y le mostró su mano mientras intentaba colocarse los dedos para formar el número cuatro; Albus rió ante ese gesto y Severus no pudo evitar hacer lo mismo, soltando aire largamente, cada vez un poco más conmovido.
-¡Oh, eres muy mayor! –Albus comprobó con alivio cómo el niño, poco a poco, iba confiando en él -¿Sabes quién es ese señor de ahí?- y señaló a Severus con un dedo.
-Sí, señor –Adrien afirmó con la cabeza y miró a Snape con temor- El señor Burns me dijo que es mi papá.
-Eso es... –Albus sonrió y, con un gesto, logró que el niño se levantara del suelo- Se llama Severus Snape y –se acercó a Adrien para hablarle en voz baja –Aunque le veas tan serio, es muy bueno, ¿sabes? No tienes que tenerle miedo.
Adrien se quedó callado un momento, mirando de forma intermitente a ese hombre, a ese Albus Dumbledore, y al otro, al que era su padre... El más anciano ya no le daba tanto miedo como antes, pero el hombre de negro... Además, había pasado una cosa muy rara, una cosa que nunca antes había visto...
-Usted salió por la chimenea, señor –dijo con debilidad, sin separar su espalda de la pared.
-Sí... –Dumbledore se acercó a él un poco más y, esa vez sí, cogió a Adrien por un hombro; esperaba un rechazo, pero el niño no se movió, aunque no era fácil saber si era porque tenía miedo o porque no lo tenía- ¿Sabes qué era eso? –Adrien negó con la cabeza –Magia...
Dumbledore agregó esa última palabra con un toque misterioso y, por primera vez, Adrien pareció interesado por lo que estaba oyendo: se irguió por completo, apretó menos a su osito contra el pecho y se secó las últimas lágrimas que habían resbalado por sus mejillas, mirando a aquel anciano con curiosidad, con mucha curiosidad, a decir verdad...
-¿Y usted puede sacar conejitos de los sombreros? –preguntó con cierta timidez, recordando a un mago que una vez había visto en el circo, cuando su madre y él se lo pasaban bien juntos, antes de que ella enfermara.
-Eso y mucho más –Albus volvió a señalar a Severus- Y, ¿sabes qué? Él también puede hacerlo.
-¿De verdad? –Adrien miró a su padre y, esa vez, pareció un poco menos asustado.
-Claro que sí –Albus se levantó- ¡Vamos, Severus! Haz algún buen truco.
-¿Qué...?
Severus se interrumpió ante la dureza que desprendían los ojos del director de Howarts; miró a Adrien un momento, quien lo observaba expectante, y pensó en qué podría hacer que fuera espectacular y no aterrorizada a ese mocoso... Definitivamente, esas cosas no se le daban bien; a él le gustaban las Artes Oscuras, no había nacido para entretener a niños de cuatro años con truquitos de tres al cuarto, pero entendía que en esa situación era casi imprescindible hacer algo que causara una buena impresión a Adrien... Si es que quería ganarse su confianza, por supuesto. Soltó una maldición por lo bajo, mirando a su alrededor para ver si se le ocurría algo y, entonces, decidió que era un buen momento para "desempolvar" sus antiguos conocimientos de Transformaciones; sacó su varita con cierta parafernalia de entre los pliegues de su túnica, se arremangó, se aclaró la garganta y, después de echar una miradita a Adrien para comprobar que el pequeño lo estaba observando con los ojos abiertos como platos, apuntó en dirección a una vieja silla de madera que tenía a su derecha... No lo pensó mucho, dijo el encantamiento en voz alta, observó el haz de luz blanca que salía de su varita y, un segundo después, la silla dejó de serlo para convertirse en un caballito de madera que Adrien observó totalmente extasiado; evidentemente, aquello le había gustado.
-¿Qué te parece? –dijo Albus con alegría, mirando a Severus claramente complacido; no había sido una mala idea hacer aparecer un juguete, aquello le haría ganar puntos con Adrien.
-Es muy bonito –susurró el niño, dando un pasito adelante con timidez, sin atreverse a acercarse al caballito, aunque era evidente que le apetecía hacerlo.
-¿Por qué no juegas un rato? Tu papá y yo vamos al pasillo un momento, a charlar.
Adrien afirmó con la cabeza, pero no se movió del sitio hasta que los dos hombres hubieron salido de la habitación; entonces, miró a su alrededor para asegurarse de que estaba solo, colocó su osito con cuidado sobre una silla y se encaramó al caballito, meciéndose hacia delante y hacia detrás. Siempre había querido tener uno de esos... Y también una bicicleta; tal vez alguno de esos hombres extraños hiciera aparecer una si se lo pedía, aunque, claro, él no pensaba hacer tal cosa, no por el momento...
Por su parte, Albus Dumbledore se había encargado de cerrar con cuidado la puerta del salón; Severus empezó a pasearse por el pasillo sin decir una palabra, mucho más nervioso de lo que había estado en mucho tiempo. Poco a poco se iba dando cuenta de que se encontraba en una situación de la que no le sería fácil escapar y se sentía perdido, inseguro y, por qué no reconocerlo, asustado. No tenía ni la menor idea de lo que debía hacer, incluso Albus se llevaba mejor con Adrien que él, y eso que lo había visto por primera vez unos pocos minutos antes, aunque, claro, su situación no era muy diferente, por muy padre del niño que fuese; cada segundo que pasaba se sentía un poco más agobiado y la posibilidad de rechazar la tutela del crío iba cobrando fuerza... ¿Por qué demonios había aceptado quedarse con el mocoso? Él no había nacido para ser padre, él siempre había sido una persona independiente, nunca había necesitado tener a nadie cerca para sentirse a gusto, nunca había cuidado de nadie en su vida salvo de sí mismo, no sabía cómo podría ocuparse de Adrien... Seguramente no podría hacerlo... había cometido un error al "quedárselo", lo sabía, pero al mismo tiempo, y eso era lo que le tenía tan nervioso, sentía que había hecho bien, sentía que ese niño sólo podría traerle cosas buenas y no entendía por qué pensaba todas estupideces si no hacía ni media hora que conocía su nueva condición de padre de una criatura... ¡Esa maldita confusión! ¡Y encima de todo se había sentido a gusto cuando había transformado la silla en caballito de madera! ¿Qué estupidez era aquella? Lo había hecho sin pensar y, sin embargo, le había salido con tanta naturalidad que casi daba miedo. ¿Era posible que, en el fondo de su ser, en algún rincón que siempre había estado escondido bajo una gruesa capa de indiferencia y frialdad, hubiera lugar para un poco de ternura paternal? Severus lo dudaba mucho, él no era de esos y, sin embargo, ahí estaba, "convertido" en padre de la noche a la mañana... De todas formas, seguro que al niño no le hacía gracia estar con él, seguro que cuando el señor Burns volviera quince días después, Adrien correría a sus brazos para que lo sacara de aquella casa; posiblemente sería lo mejor para él, crecer en cualquier otro sitio, con cualquier otra gente que sí fuera capaz de darle a un niño lo que necesitaba: cariño. Porque él no había dado cariño nunca y no sabía cómo se hacía eso...
-Severus... –escuchó la voz de Dumbledore a su espalda, pero no tuvo valor para girarse; no estaba de humor para dar explicaciones; lo único que quería hacer era meter la cabeza debajo de la tierra para intentar pensar en todo lo que estaba pasando con más calma -¿Puedes explicarme cómo es que tienes un hijo?
-Ya te lo he dicho antes –bufó Severus sin estarse quieto; todavía sostenía la carta de Mariah Bellefort en las manos, pero no se había planteado la posibilidad de abrirla –Me acabo de enterar; un hombre lo ha traído hace una media hora y me ha dado esto –le mostró el sobre al director de Howarts –Todavía estoy intentando asimilar la noticia, así que no me sometas a ningún interrogatorio, por favor...
-Entonces... ¿no sabías nada? La madre nunca te habló de él, nunca intentó ponerse en contacto contigo...
-Según el señor Burns, el asistente social que trajo al crío, Mariah quiso verme antes de morir, pero supongo que todo eso fue cuando el Señor Tenebroso no había sido derrotado aún, así que no me encontraron...
-¿Quién es Mariah? –Albus puso una mano en el hombro de Severus, haciendo que se quedara quieto- Nunca me has hablado de ella.
-Mariah es la madre del crío... –Severus puso los brazos en jarra –Pasamos juntos un verano, hace cinco años y, bueno, tú sabes que siempre he sentido debilidad por las muggles... –Albus alzó una ceja con suspicacia- Fue durante esas vacaciones que me recomendaste, ¿te acuerdas? Antes del regreso del Señor Tenebroso, para que me tranquilizara por todo el asunto de Black y...
-Sí, me acuerdo.
-Mariah trabajaba en el hotel en el que me hospedé y tuvimos una aventura; dimos todo por terminado cuando regresé a casa y desde entonces no supe nada de ella... Era una mujer maravillosa, pero no era posible una relación estable con ella, dadas las circunstancias.
-Entiendo –Albus cabeceó- Y no necesitas justificarte ante mí; todos hemos tenido aventuras pasajeras a lo largo de los años.
-Lo que no me explico es su silencio... Digo, no debió ser fácil para ella tener un hijo sola... Pudo haberme buscado para pedirme ayuda y, bueno, no le hubiera resultado difícil dar conmigo...
-Tú mismo acabas de decir que fue una relación pasajera, Severus –dijo Albus bastante sabiamente- Posiblemente ella asumió que Adrien era problema suyo y no quiso interponerse en tu vida...
-Pero creo que yo tenía derecho a saber... –Severus se interrumpió; esas palabras le sonaron extrañas incluso a él... ¿estaba reclamando algún derecho paternal que le fue negado durante cuatro años?
-Pues lo sabes ahora –Albus sonrió, satisfecho por lo que acababa de escuchar- Y supongo que tendrás que leer la carta de Mariah para entender sus motivos... Yo, mientras tanto, te cuidaré un rato a Adrien... ¿Te has dado cuenta de lo mucho que se parece a ti?
-Por lo menos no ha heredado mi nariz... –suspiró irónico Severus, sentándose en la escalera- Gracias por hacerte cargo de la situación, Albus; me temo que yo no habría encontrado una forma para callar al niño.
-Ya... –Albus alzó las cejas –Como dijiste antes, no se te dan bien los niños, pero tendrás que aprender.
Albus regresó al salón y Severus se quedó muy quieto unos segundos, observando el sobre que contenía el último mensaje de Mariah para él; aunque su relación hubiera sido breve, Severus había aprendido a querer a esa mujer y sentía una gran ansiedad por saber qué quiso decirle a él antes de morir. Tal vez eso le ayudara a afrontar con otro humor aquella extraña situación en la que se había visto envuelto...
