CAPÍTULO 4: Mariah

Hola a todos otra vez; voy a colgar el siguiente capítulo de esta historia (cada vez me salen más largos, lo siento) Quisiera mandar un saludo a hana, ireth y ginny potter y darle las gracias por sus críticas, y a silvana por su e-mail. Un beso para todas.

También quiero aprovechar para pedir que me dejéis vuestros comentarios, porfis, porfis. Prometo no ser pesada, pero dejar alguna crítica, porfissssssss.

Bueno, ya está. Aquí va el capítulo. Espero que os guste.

CAPÍTULO 4. Mariah

Severus contempló el sobre durante un buen rato, tal vez un par de minutos; escuchaba levemente la voz de Albus Dumbledore mientras entablaba conversación con el pequeño Adrien y otra vez volvió a preguntarse por su futuro... ¿Cómo demonios se las iba a arreglar para cuidar de ese niño? Tal vez la respuesta estuviera en el interior de aquel sobre, en la carta póstuma de Mariah que acababa de llegar a sus manos...

Mariah... El niño se parecía a ella; por lo poco que había visto de Adrien, algunos gestos habían sido heredados directamente de su madre. Era extraño cómo los recuerdos acudían a su mente con total nitidez, los recuerdos de un verano que empezó de la peor forma posible y que terminó resultando uno de los mejores de su vida, por no decir el mejor...

------------Flash Back-------------

-No ha estado bien eso que has hecho, Severus.

Albus Dumbledore había hablado con mucha rudeza, algo bastante extraño en él. El profesor de Pociones de Howarts estaba en su despacho, recogiendo sus últimas pertenencias antes de abandonar el colegio para pasar el verano en su vieja casa cuando el director entró, con el ceño fruncido y, según todos los indicios, con ánimo de ponerse a pelear con él. Severus sabía perfectamente qué era eso que "no estaba bien" y se limitó a hacer un gesto desdeñoso; no le apetecía hablar con Dumbledore esa mañana para tener que soportar otro de sus discursitos acerca de la madurez y de dejar el pasado atrás.

-Remus acaba de presentar su dimisión –añadió Dumbledore, acercándose a la mesa y colocando las mesas sobre unos pergaminos que Severus tenía intención de coger, obligándolo a quedarse quieto para mirarlo -¿Estás contento?

-¿Tú qué crees?- espetó Severus, sonriendo con cinismo- Ya dije desde principios de curso que no era bueno para el colegio contar con un licántropo entre el profesorado; era cuestión de tiempo que Lupin se viera obligado a marcharse.

-Y tú has adelantado el momento, ¿cierto? –Dumbledore entornó mucho los ojos y Severus no creyó necesario añadir nada más -¿Es necesario que vuelva a recordarte que ya no tienes quince años, Severus?

-Lo que ha pasado no tiene nada que ver con lo que ocurrió cuando estábamos en el colegio –bufó por lo bajo Severus, consciente de que lo que decía era poco menos que incierto.

-Claro que tiene que ver y lo sabes –Dumbledore se incorporó; la charla iba a tener lugar, de eso no cabía duda –Estabas dispuesto a dejar que los dementores le dieran el beso a Sirius Black a sabiendas de que es inocente...

-No me consta que lo sea...

-Ese odio adolescente tiene que terminar –Dumbledore chasqueó la lengua –Sabes que Sirius jamás hubiera traicionado a sus amigos; James y él eran inseparables...

-Sólo sé que una de las personas más cercanas al círculo de... los Potter –dijo ese nombre con rabia –Los vendió al Señor Tenebroso y sigo pensando que fue Black; no debimos dejarlo escapar.

-No pienso discutir eso contigo, Severus –Dumbledore agitó la cabeza tristemente –Pero tengo la sensación de que se acercan tiempos difíciles y necesito poder confiar plenamente en ti; no quiero que vuelva a repetirse un episodio como el que ha tenido lugar con Remus, ¿entiendes? Todos estamos en el mismo bando.

-Lo que tú digas, Albus...

-No sé por qué no suenas nada convincente –para desgracia de Snape, Dumbledore tomó asiento; aquella charla iba a alargarse más de lo que él deseaba –Te empeñas en vivir anclado en el pasado; a pesar de todos los años transcurridos, sigues alimentando tu odio contra Sirius, Remus, e incluso contra James, y eso tiene que terminarse. No te hace bien a ti y no le hace bien a los demás.

-¿Ahora es cuando me hablas de Harry Potter? –dijo Severus haciendo un gesto despectivo; conversaciones similares a esa se sucedían desde que "El Elegido" entrara al colegio.

-Dudo que algo de lo que yo pueda decir vaya a servir para que cambies tu actitud hacia él, aunque me siga pareciendo terriblemente injusta.

-Pues desautorízame entonces- en esa ocasión, Severus habló casi con violencia –De todas formas, no sería la primera vez...

-No quiero discutir sobre Harry –dijo Dumbledore pausadamente, procurando evitar un inminente estallido de Snape –Creo que necesitas un descanso.

Severus alzó la vista y clavó sus ojos negros en Albus como si tuviera ante sí a un individuo que estaba totalmente chiflado. ¿A qué venían esas palabras?

-Eso es lo que pienso hacer este verano –dijo sarcástico- En cuanto me permitas terminar de recoger mis cosas, me marcharé a casa...

-No me refiero a que te vayas a casa, sino a qué descanses de verdad –Severus alzó las cejas y abrió la boca, pero no dijo nada -¿Por qué no te vas de vacaciones a algún lugar bonito y pasas unas cuantas semanas con la cabeza despejada? Te hará bien olvidarte de Howarts, de las clases de Pociones y de todo lo que ha estado pasando a lo largo del curso...

-No tengo tiempo para esas cosas... –murmuró Severus tras unos segundos de desconcierto.

-Tienes todo el tiempo del mundo –Albus se encogió de hombros –Dos meses libres, para ser más exactos; puedes permitirte quince días de relax absoluto, Severus, hazme caso.

Quince días después de esa conversación, Severus Snape se registró en un pintoresco hotel situado en Escocia, a orillas del lago Ness; al principio, Severus había considerado aquella propuesta de Dumbledore como una auténtica estupidez, pero después de reflexionar, de pensar en Sirius Black, en Remus Lupin y en todo lo que había pasado en los últimos meses, había llegado a la conclusión de que estaba estresado y necesitaba unas vacaciones de verdad. Escogió para ello una interesante ciudad, pequeñita y acogedora, totalmente adaptada para atender las necesidades de los miles de turistas muggles que acudían allí cada año atraídos por Nessy, el monstruo del lago. Severus decidió pasar allí tres semanas, olvidándose por completo de la magia; después, regresaría a casa, pero hasta entonces se olvidaría de todas las responsabilidades que tenía y se dedicaría a algo que llevaba mucho tiempo sin hacer: disfrutar.

La recepcionista, una mujer bajita y rechoncha que se maquillaba de forma un tanto extraña, lo acompañó a su habitación; era muy temprano y los últimos ocupantes del cuarto lo habían abandonado media hora antes, así que, cuando la mujer abrió la puerta, Severus vio por primera vez a Mariah Bellefort, la que un par de días después se convertiría en su amante. Era una chica joven, de unos veinticinco años, tenía el pelo castaño y rizado recogido en un moño, los ojos claros, la nariz respingona y el rostro cubierto de pecas; era "graciosilla", que no guapa, y el uniforme de limpiadora no le hacía justicia a una figura grácil y delicada. Llamaba la atención por su expresión afable y Severus se quedó mirándola fijamente mientras sentía un interés inusitado por ella, un interés que hacía mucho tiempo no sentía por nadie... Severus posó los ojos en la tarjeta identificativa de la limpiadora y su nombre le pareció bonito...

-¿Te queda mucho? –preguntó la recepcionista con frialdad, poniendo los brazos en jarra y mirando a Mariah como si le deseara lo peor.

-Diez minutos –dijo la otra sin detener su labor, mirando a Severus de reojo y haciendo que la recepcionista echara chispas por los ojos.

-Date prisa –dijo la mujer entre dientes, en un claro intento por contener su enfado –Tenemos un cliente.

-Eso ya lo veo –Mariah se incorporó un poco y le dirigió una sonrisa a Severus; y él, como si fuera un imbécil de quince años, alzó la mano con timidez y se ruborizó ligeramente... ¿Desde cuando se ruborizaba?- Puede esperar aquí si quiere.

La recepcionista dio un bote y abrió mucho los ojos; parecía a punto de ponerse a gritar, pero miró a Severus un momento y se acercó a Mariah dando grandes zancadas, la agarró del brazo y la arrastró hasta un rincón de la habitación.

-Voy a hacer que te echen, estúpida –dijo entre dientes, aunque Severus podía oírla perfectamente mientras una media sonrisa se dibujaba en su rostro. Esa tal Mariah le parecía una mujer muy divertida

-Mira como tiemblo... –Mariah mostró los dientes y se zafó de las zarpas de la otra; era evidente que esas dos mujeres no se llevaban nada bien- ¡Adelante! Ve a chivarte a Steven... Tal vez tengas suerte y esta vez te haga caso.

-¡Engreída! –la recepcionista subió un poco el tono de voz- ¿Quién te crees que eres?

-No me importa esperar aquí.

Severus interrumpió la conversación con suavidad; su voz grave resonó en la habitación y las dos mujeres se quedaron calladas y lo miraron al mismo tiempo. La recepcionista parecía sorprendida y decepcionada al tiempo, pero Mariah sonreía con autosuficiencia, como si acabara de ganar la batalla más importante de su vida.

-Pero, señor... –dijo la recepcionista, Doris, se llamaba, acercándose a él para, literalmente, hacerle la pelota- Puedo enviar a alguien para que ayude a la chica... Mientras tanto, podría tomarse algo en el bar; invita la casa.

-Aquí estaré bien, no se preocupe –dijo Severus tercamente, cruzándose de brazos.

-Pero...

-Prefiero esperar aquí, señorita –Severus habló con sequedad y, esa vez sí, logró que Doris cerrara el pico.

-Como quiera el señor –dijo como resignada, saliendo de la habitación –Si desea algo, estaré a su entera disposición.

-Gracias –Severus inclinó la cabeza- Siempre es bueno saberlo.

Doris finalmente se fue, cerrando la puerta tras de sí, y Mariah suspiró y recuperó el trapo para limpiar los cristales que había dejado abandonado en algún lugar de la habitación.

-¡Vieja bruja!- bufó por lo bajo, sin pararse a mirar a Severus –"Voy a hacer que te echen, estúpida" –imitó la voz de Doris -¡Já! Patética arpía amargada...

-¿Decía algo?-dijo Severus con inocencia; había escuchado todas esas palabras, pero le pareció divertido tomarle un poco el pelo a esa mujer (N/A: Ya lo sé; Severus Snape no tiene sentido del humor, y menos por aquellas fechas, pero Mariah lo "anima", en todos los sentidos, jeje)

-¡Oh, nada, señor!- Mariah no perdió la compostura; sonrió afablemente y siguió limpiando –No tardaré mucho, no se preocupe; los últimos inquilinos dejaron la habitación hace un rato y no he tenido tiempo material para limpiar...

-No hay problema –Severus se adentró en el cuarto y se dejó caer en un pequeño sofá que había situado a su derecha, cogiendo una revista para fingir que leía, aunque en realidad, no dejaba de mirar el cuerpo de Mariah. Cuando se inclinaba hacia delante, sus formas femeninas se hacían más que evidentes -¿Conoce a alguien que pudiera enseñarme los alrededores? –preguntó al cabo de un rato, más por decir algo que por deseos de obtener una respuesta; Mariah giró la cabeza y lo miró, insondable –Es la primera vez que vengo por aquí y estoy un poco perdido...

-La vieja Doris me matará si se lo digo... –Mariah se mordió el labio inferior mientras reflexionaba (o fingía hacerlo, porque Severus estaba seguro de que a ella no le importaba para nada lo que pudiera decir la recepcionista)- Pero... ¡qué demonios! Usted ha preguntado...

-¿Conoce a alguien, entonces?

-Tiene a ese alguien frente a sus ojos –dijo Mariah, y giró alegremente sobre sí misma –Uno no se hace millonario limpiando habitaciones en un hotel de pueblo, así que necesito un sobresueldo y, curiosamente, hago de guía turístico.

-Vaya... –Severus soltó aire por lo bajo –Es una suerte, entonces.

-Si promete no decir nada –Mariah se acercó a él, plumero en mano, y se sentó a su lado con confianza- Puedo llevarle a lugares de lo más interesantes que sólo la gente del pueblo conoce (N/A: sé que antes dije ciudad, pero es un pueblo grande, así que la gente que vive allí lo llama "el pueblo") y le saldría por un precio de lo más económico.

-Parece una proposición interesante –Severus se sintió extraño, hablando de esa forma tan... ¿cordial? con una persona a la que no conocía -¿Cuándo le vendría bien que salgamos?

-Tengo toda esta semana libre –Mariah se puso en pie y siguió con su tarea –Si quiere, podemos salir esta misma tarde, después de que se instale y todo eso... Con un poco de suerte, incluso veremos a Nessy...

Severus mostró los dientes; dudaba mucho que pudieran ver al monstruo del lago, pero la idea de ir a buscarlo en compañía de una mujer tan extraña le resultó agradable...

Y, efectivamente, esa misma tarde Mariah le demostró que conocía toda aquella zona como la palma de su mano, llevándolo por caminos que no eran muy concurridos y mostrándole vistas del lago que resultaron ser realmente maravillosas; además, le relató con cierto aire infantil viejas leyendas de la zona y demostró ser una gran conversadora, tanto así que Severus estaba encantado con ella. Tanto, que se olvidó de Sirius Black, de Howarts y de todo lo demás, tal y como se había propuesto.

Al día siguiente, realizaron una nueva excursión; durante la primera salida, Severus había dedicado más tiempo a escuchar que a hablar, pero poco a poco fue cogiendo confianza con esa mujer y contó detalles de su vida, como el hecho de que era profesor, aunque no añadió que su asignatura era pociones, y de que vivía en una ciudad industrial del norte, aunque pasara más tiempo en el colegio que fuera de él. Mariah le tomó el pelo hablando sobre el ambiente hostil que siempre había en los internados y comentó que, cuando era niña, su madre quiso mandarla a un colegio de monjas, pero que no la aceptaron por su mal comportamiento. En resumen, que Severus cada vez estaba mejor junto a esa chica y había empezado a plantearse la posibilidad de echar una canita al aire, oportunidad que surgió al tercer día.

Mariah lo había llevado a una cueva cercana al lago; habían pasado una buena parte de la tarde caminando para llegar hasta allí y el lugar se le antojó a Severus cálido y confortable. Era una caverna grande, pero no demasiado profunda y Mariah fue directa al centro de la misma y encendió una hoguera que, al parecer, alguien había preparado no hacía mucho tiempo; al parecer, los chicos del pueblo solían hacer allí fiestas nocturnas y lo tenían todo perfectamente acondicionado para ello. En invierno, el lugar era muy frío, pero a esas alturas del año la temperatura era perfecta. Mariah, que había sugerido que llevaran algo de comer por si se retrasaban, organizó un auténtico pic-nic en la caverna y los dos se sentaron junto a la hoguera en mitad de un clima que se les antojaba un tanto extraño, con la luz del fuego dibujando sombras extrañas en sus rostros y con el ambiente cada vez más caldeado.

Esa tarde no hablaron; por la forma de mirarse que tenían, era evidente que los dos deseaban lo mismo, así que Severus decidió tomar la iniciativa. Acercándose a Mariah, le tomó el rostro con las manos y la besó con delicadeza, esperando a que ella reaccionara para comprobar si debía seguir adelante o no; y Mariah apenas tardó unos segundos en responder a ese beso con pasión, haciéndolo más profundo y recostándose en la fría roca sin soltar el cuello de Severus y atrayéndolo con calidez hacia su cuerpo. Se acariciaron frenéticamente y, en un abrir y cerrar de ojos, estaban desnudos, haciendo el amor con brusquedad, pensando cada uno en los deseos propios, gimiendo sin descanso y sin pensar en las consecuencias, guiados únicamente por sus más primarios instintos.

Cuando terminaron, sudorosos y cansados, Severus se apartó con un deje de frialdad y se vistió, sin dedicarle a Mariah una mirada; ella tampoco hizo ademán de acercarse a él y, por la expresión de su rostro, no era fácil averiguar si necesitaba un poco de ternura después de lo que había pasado entre ambos o no. Severus suponía que no, después de todo, aquella especie de relación no tenía nada que ver con el amor, así que no había cabida para los sentimentalismos en ella, pero aún así se acercó a Mariah cuando estuvieron vestidos y la abrazó con fuerza; ella le respondió con un beso en los labios antes de levantarse y recoger todas las cosas que habían llevado para comer. Cuando salieron de la cueva ya era de noche, así que Severus acompañó a la mujer a su casa y luego se marchó a dormir.

Los días siguientes, los encuentros sexuales se intensificaron; en cada salida al lago terminaban haciendo el amor y, una semana después, Severus se quedó a dormir en casa de Mariah. Ya conocía todos los rincones de su cuerpo, sabía lo que debía hacer para que ella ardiera de pasión, peor la mujer era un auténtico misterio para él. Por supuesto, conocía algunos detalles de su vida, sabía que era una persona fuerte, independiente y decidida que vivía la vida a su manera sin pensar en lo que dijeran los demás de ella, pero Severus no la conocía, de la misma forma que Mariah no lo conocía a él. Era como una especie de acuerdo tácito que se había creado entre los dos sin necesidad de palabras; su relación se basaba en el sexo y poco más, aunque existiera cierto cariño y complicidad entre ellos.

Una noche, la primera que Severus y Mariah pasaron juntos, mientras permanecían abrazados en la cama, en silencio, como siempre, Mariah alzó la cabeza y miró fijamente a Severus; no era sencillo averiguar en qué pensaba, pero parecía ser importante.

-Severus –dijo con voz grave, volviendo a recostarse- ¿Te gustaría tener hijos algún día?

Severus no entendió a que venía aquella pregunta, pero tuvo la sensación de que no tenía nada que ver con ellos dos; tal vez fuera un pensamiento de Mariah que necesitaba compartir con alguien y, si lo había elegido a él, lo mínimo que podría hacer era contestar, por más extraño que le pareciera ese comentario.

-No suelo pensar en ello –dijo, clavando los ojos en el techo y acariciando la espalda de su amante.

-¿Nunca has estado con una mujer y has deseado tener un hijo con ella? –insistió Mariah, y esa conversación no solo le pareció rara a Severus; también le dio algo de miedo.

-Nunca he llegado a ese grado de compromiso con nadie...

-¡Oh! –Mariah guardó silencio y Severus creyó que esa conversación estaba zanjada, pero luego volvió a incorporarse para mirarlo –Cuando yo era pequeña, soñaba con tener una casa grande, con un bonito jardín en el que jugaban mis cinco hijos y mi perro... –Severus alzó las cejas e hizo una mueca que no pasó desapercibida para Mariah, que soltó una risita y se recostó –No me hagas caso, da igual...

Aunque Mariah quería aparentar que toda esa situación no tenía importancia para ella, Severus se dio cuenta de que la mujer le quería decir algo y no encontraba las palabras para hacerlo. Tal vez no vendría mal un poco de sinceridad, después de todo.

-Yo no creo que fuera un buen padre –dijo con gravedad –No creo que tuviera paciencia para educar a un crío y, bueno, con este carácter que tengo...

-Estás equivocado –Mariah chasqueó la lengua; Severus pensó que iba a añadir, pero en lugar de eso, se colocó sobre él y comenzó a besarle el cuello, dando por zanjada la conversación...

Y así, pasaron dos semanas más, dos semanas en las que la pareja cada vez dedicaba más tiempo a charlar, dos semanas en las que Severus llegó a pensar que, si su vida fuera diferente, esa mujer podría llegar a despertar un sentimiento más allá del deseo... Si él no fuera un mago y ella una muggle... Si él no llevara esa marca en el antebrazo izquierdo... Recordó que cuando Mariah vio la "Marca Tenebrosa", la acarició con ternura, pensando que era un tatuaje; recordó los besos con que ella regó aquella horrible seña que lo identificaba como un mortífago y llegó a pensar que tal vez su pasado no fuera tan importante, pero finalmente llegó el día de la despedida y los dos parecían haber aceptado su separación con total calma.

-Si algún día necesitas ayuda, no dudes en buscarme –le dijo Severus antes de marcharse, tendiéndole una hoja con su dirección escrita.

-Gracias, Severus- dijo Mariah; había algo extraño en su mirada, como si aquella separación le doliera. Tal vez fuera lo mismo que el hombre estaba sintiendo en ese momento -¿Volverás el próximo verano?

-No lo sé... Depende de cómo estén las cosas...

Mariah no dijo nada más. Severus no dijo nada más. Se despidieron con un beso, confiando los dos en que podrían reencontrarse doce meses después... Pero Severus no había vuelto al verano siguiente (por el contrario, tuvo que acudir a la llamada de lord Voldemort y enfrentarse a su destino), ni en los posteriores... Mariah lo había esperado, pero al final había comprendido que aquellos maravillosos días que pasaron juntos formaban parte del pasado... Por más que ese pasado hubiera dado sus frutos...

------------------Fin del Flash Back-------------------------

Severus suspiró profundamente y apoyó la cabeza en la vieja barandilla de madera de la escalera, observando nuevamente el sobre; lamentaba no haber podido reencontrarse con Mariah después de ese verano que pasaron juntos. Debía reconocer que muchas veces había echado de menos su fortaleza y su carácter alegre y despreocupado, pero en todo ese tiempo no había podido pensar mucho en ella; había estado muy ocupado ayudando a mantener el orden en el mundo mágico para pensar en aventuras amorosas del pasado, aventuras amorosas que ahora volvían a su vida convertidas en un niño de cuatro años al que ni siquiera se atrevía a hablarle.

Al fin se decidió y abrió la carta; nunca había visto la letra de Mariah, pero era evidente que aquellas pocas palabras habían sido escritas por alguien que no debía estar atravesando por un buen momento de salud, eso era evidente; las líneas estaban difusas, poco firmes, pero Severus reconoció a Mariah en todas y cada una de las palabras que había escrito: le pedía perdón por no haberle hablado de Adrien antes. Afirmaba que no lo hizo porque fue una egoísta y porque había considerado que ella sola podría sacar adelante a su hijo, que era lo más importante que había tenido nunca en vida. Le hablaba del niño, de cómo fue de bebé, de cómo era ahora que era más mayor y de lo solo que se iba a quedar cuando ella no estuviera. Le hablaba de la enfermedad que la iba consumiendo poco a poco, de la enfermedad que le estaba quitando la vida y que muy pronto terminaría por matarla y le dijo que no sentía miedo por ella, sino por Adrien... Y le pedía que cuidara de él; afirmaba que él sería capaz de darle todo lo que Adrien necesitaba porque lo tenía todo dentro de él...

Severus terminó de leer aquella carta mientras intentaba reprimir las lágrimas; Mariah quería a Adrien más que a su vida, de eso no cabía duda, quería lo mejor para su hijo y consideraba que lo mejor para él era estar cerca de su padre... Y Severus ya no podría negarse a tenerlo cerca, no después de leer aquello; cualquier persona con un mínimo de corazón se hubiera sentido conmovido y él... Bueno, él era el padre del niño; Mariah una vez le preguntó si deseaba ser padre y él dijo que no se creía capaz, a lo que la mujer respondió: "Estás equivocado"... Y tal vez fuera verdad, tal vez estuviera equivocado...

-Yo iba a un cole en el pueblo de mamá –Adrien había cogido tanta confianza estando con Dumbledore que se había puesto a hablar por los codos mientras el viejo brujo lo escuchaba con atención –La señorita Hannah nos contaba cuentos sobre Nessy... ¿usted cree que Nessy es de verdad, señor?

-No lo sé –Dumbledore se encogió de hombros -¿Tú que piensas?

-Yo nunca lo he visto –Adrien se balanceó en su caballito de madera- Pero mamá me dijo una vez que había un señor que lo vio una vez, cuando era tan pequeño como yo...

-¿Y tú lo creíste?

-No sé... –Adrien arrugó la nariz y agitó los brazos alegremente –Pero debe ser bonito...

-Sí.

Albus sonrió; aquel niño era realmente un encanto, ahora que se le habían pasado por completo las ganas de llorar, o al menos eso era lo que parecía. Llevaba un rato hablando sobre su antiguo colegio, sobre sus amigos y sobre su madre. Se notaba que la echaba mucho de menos y era consciente de que no iba a volver a verla nunca más. Adrien parecía comprender muchas cosas a pesar de su corta edad.

-¿Se va a ir usted, señor? –preguntó Adrien después de unos minutos, deteniendo su "paseo" en el caballo de madera.

-Tengo que irme, sí.

-Y... ¿me quedaré aquí, con mi papá?

Era evidente que Adrien todavía le tenía miedo a Severus, algo bastante comprensible por otro lado pero que tenía que terminarse lo antes posible.

-Tu papá es bueno y estoy seguro de que te vas a divertir mucho con él –Albus cabeceó y se preguntó porqué Severus no regresaba a la habitación- Parece un poco serio, pero no tienes que temerle; vas a estar bien.

-Y él... ¿me quiere?

Aquello era algo que preocupaba mucho a Adrien; no estaba seguro de que ese desconocido quisiera tenerlo cerca. Le miraba como si no fuera más que un insecto al que debía aplastar y eso preocupaba al pequeño hasta el extremo de que pensaba que sería sistemáticamente rechazado por ese tal Severus Snape. Si le había hecho esa pregunta a Dumbledore había sido porque el anciano le inspiraba confianza (algo que no muchos habían logrado en todo ese tiempo) y porque sabía que no le iba a decir una mentira.

-Te querrá mucho –dijo Dumbledore con gravedad, pasándole una mano por el cabello- Ya lo verás, pero tienes que darle una oportunidad.

Adrien afirmó con la cabeza; era curioso que fuera el niño quién debiera darle la oportunidad a su padre... Un padre que en ese momento regresó a la estancia, con la carta guardada en su pantalón y una expresión que no era dura pero que tampoco expresaba ningún sentimiento en concreto. Albus Dumbledore se levantó inmediatamente del sillón y fue en dirección a la chimenea; había llegado el momento de dejar que Severus se hiciera cargo de la situación.

-Será mejor que me vaya –dijo, mirando al padre y al hijo intermitentemente- ¿Te gustaría que viniera mañana a jugar contigo, Adrien? Podrías contarme más cosas sobre Nessy...

-Sí, señor –Adrien sonrió abiertamente; Severus vio que tenía los bolsillos del pantalón tan llenos de caramelos de limón que prácticamente se le caían. Finalmente había aceptado la invitación.

-Hasta mañana entonces –le sonrió afablemente y miró a Severus- Si necesitas ayuda...

-No te preocupes, Albus, me hago cargo.

-Lo que tú digas... –Albus se colocó en la chimenea, pronunció el nombre del Colegio Howarts y desapareció envuelto en unas brillantes llamas verdes mientras Adrien abría mucho los ojos, emocionado en esa ocasión.

Después de que se marchara Dumbledore, se produjo otro tenso silencio; Adrien seguía sentado en el caballito, aunque estaba inmóvil, y saboreaba con interés un caramelo, mientras que Severus se aproximaba a él lentamente, buscando algo que decirle...

-¿Tienes hambre? –preguntó con suavidad; el niño lo miró y no pareció tan asustado como antes, aunque era evidente que no se fiaba.

-Un poco, señor –dijo después de unos segundos de reflexión, agachando la cabeza.

-No tienes que llamarme señor –dijo Severus, y se interrumpió de pronto... ¿debía obligar a ese niño a llamarlo "papá"? Ni siquiera estaba seguro de querer que Adrien lo hiciera- Puedes llamarme... Severus, si quieres.

-Sí, Severus –Adrien se bajó del caballo; la situación no era cómoda para ninguno de los dos, pero la estaban sobrellevando como podían.

-¿Vienes a la cocina? Veré que tengo para darte.

Adrien alzó un poco el brazo para cogerse a la mano de Severus, pero el hombre no se dio cuenta de ello y se giró con brusquedad, guiando los pasos del niño pero sin tocarlo para nada. A Adrien la casa le parecía demasiado oscura y tétrica y le daba un poco de miedo, pero en cierto modo había comprendido que mientras estuviera con Severus nada malo podría pasarle, así que lo siguió a lo largo del pasillo hasta la cocina, una habitación que estaba inmaculadamente limpia pero que no se parecía en nada a la cocina de su madre, donde siempre había una tarta esperándole encima de la mesa...

-¿Qué te apetece?- preguntó Severus, abriendo la nevera y descubriendo que sólo tenía leche, huevos, mantequilla y un gran trozo de carne, nada que sirviera para preparar comida de niños, comieran lo que comieran los niños...

Adrien le echó un vistazo al frigorífico y frunció el ceño... Severus se vio reflejado en ese gesto y sonrió; eso era suyo, no cabía duda, como tampoco cabía duda de que al niño no le agradaba lo que estaba viendo.

-¿Te gusta la pizza, Adrien? –el pequeño afirmó con la cabeza –Creo que pediremos una, ¿qué te parece?

-Muy bien, señor... Severus...

-Y, después, te buscaremos una habitación donde puedas dormir esta noche.

Adrien afirmó con la cabeza, pero la perspectiva de tener que dormir en esa casa, en alguna habitación para él solo no le hacía ni pizca de gracia...