Hola a todos. En primer lugar, creo que no está de más decir que los personajes no son míos, sino que pertenecen a esa mujer forrada en oro que dice llamarse JK Rowling, y que escribo estas cosas para entretenerme; si quisiera ganar dinero, me presentaría a las elecciones en cualquier ayuntamiento de la costa mediterránea (a poder ser Marbella) y me forraría, pero no, ese no es el caso. Bueno, evidentemente no todos los personajes son de Rowling; Adrien, mi niño, es mío y sólo mío, aunque tengo que compartirlo con Severus, jeje.

A otra cosa; como habréis notado, no he hecho referencia a ninguno de los reviews anteriores, así que voy a mencionaos a todos ahora y, a partir de hoy, los responderé uno a uno... En fin, muchas gracias a:

Lia Du Black, Miss SS, Meilin Snape, amsp 14, Miko Midoriko, Saria Black, Marieru Takaishi, eugenia Malfoy, venice raven, Alexa Krum, Melisa Colombia y Ninniel

Una vez hechas todas estas menciones, cuelgo el siguiente capítulo. Ya tengo la historia bastante avanzada, pero acepto sugerencias, críticas (buenas y malas, que conste) y todo lo que queráis decirme.

Besos, Cris Snape

CAPÍTULO 5: Una noche de tormenta

Adrien no podía dormir; estaba acurrucado en la cama, arropado pese al calor, abrazado a su osito de peluche con tanta fuerza que parecía a punto de romperlo. Tenía miedo no sólo porque aquella casa lóbrega y fría no le inspirara ninguna confianza, sino porque en ese momento estaba solo en una habitación de lo más siniestra, porque la noche era una de las más oscuras que podía recordar y porque fuera había estallado una tormenta y al niño siempre le había aterrorizado las tormentas...

La habitación se iluminó fugazmente durante un segundo y un trueno fortísimo hizo temblar las paredes de la vieja casa; Adrien apretó los ojos con fuerza para no ver las sombras amenazantes que parecían alzarse a su alrededor y se tapó la cabeza con la almohada mientras intentaba pensar en algo que no fuera la tormenta. Recordó los acontecimientos que habían tenido lugar a lo largo de ese día que se le hizo eterno: al señor Burns llevándoselo del centro de acogida para presentarle a su papá, el momento en que vio por primera vez a Severus Snape, a Albus Dumbledore saliendo por la chimenea y tranquilizándolo con palabras que a él le sonaron convincentes... Recordó que había comido por primera vez con su padre, que luego habían recorrido toda la casa en busca de una habitación bonita y que Severus le había prohibido terminantemente subir al desván; no le había dado ningún motivo para no hacerlo, pero Adrien supuso que tenía que ver algo con esa capacidad de su padre para convertir sillas viejas y medio rotas en caballitos de madera, así que no preguntó nada. Recordó que la primera sensación que tuvo cuando vio la habitación en la que ahora estaba fue de desasosiego y recordó que Severus le había dicho que él solía dormir allí cuando era niño, que la habitación estaba bien para él... Pero no logró convencerle... Por eso, cuando se hizo de noche, Adrien hubiera preferido quedarse con ese hombre antes que subir al lugar en el que ahora estaba; durante la tarde no habían hecho prácticamente nada. Severus había dicho que tendrían que ir de compras al día siguiente y poco más; se le notaba incómodo cuando Adrien estaba cerca de él y al niño no es que se le ocurrieran muchas cosas que decirle... Severus había sacado el caballo de madera a un jardín bastante descuidado que había en la parte trasera de la casa, y le había dicho que podía jugar ahí si quería, pero Adrien no se encontraba con ganas para jugar... No sabía qué era lo que quería, pero jugar no era su prioridad precisamente.

A pesar de la frialdad con que su padre lo había tratado durante todo el día, Adrien retrasó todo lo que pudo el momento de irse a la cama; se caía del sueño sentado en la cocina mientras Severus ordenaba las cosas de la cena, pero intentaba aguantar despierto a causa del miedo que le daba quedarse solo en cualquier rincón de esa horrible casa; conforme se hacía de noche, todo le parecía mucho más tétrico y luego estaba la tormenta, que llegó tan "oportunamente" para hacer que el niño no lograra pegar ojo... Cada vez que un relámpago iluminaba la estancia, al niño le parecía ver monstruos rondándole para hacerle daño y, a pesar de que sabía que no eran reales, a pesar de que su madre siempre le había dicho que las tormentas no eran peligrosas, a él le parecía que estaban ahí y por eso estaba tapado hasta el cuello, por eso no soltaba su osito de peluche y por eso se cubría la cabeza de cuando en cuando, para intentar tranquilizarse un poco.

Pero ese trueno había sido peor que todos los demás juntos; al principio, Adrien se había escondido bajo las sábanas y había cerrado los ojos, pero el ruido de la lluvia lo tranquilizó durante unos segundos y consiguió reunir el valor suficiente para mirar a su alrededor otra vez... Un momento después comprobó que fue un gran error... Cuando se produjo un nuevo resplandor, Adrien distinguió claramente la figura de un hombre junto a su cama, mirándolo fijamente, un hombre vestido con una túnica, de pelo largo y ojos brillantes... Adrien ahogó un grito y quiso cerrar los ojos, pero estaba tan aterrorizado que no pudo... La habitación se quedó otra vez a oscuras y sólo podía oírse el ruido del agua cayendo con fiereza en el exterior y la respiración entrecortada del niño, que se había puesto a llorar casi sin darse cuenta, con los huesos atenazados por el miedo y con los ojos muy abiertos...

El siguiente relámpago sirvió para que Adrien se diera cuenta de que aquello no era producto de su imaginación; el hombre seguía allí, parado junto a la ventana, mirándolo fijamente y, guiado por un instinto de supervivencia que hasta ese día no había sentido, el niño dio un bote en la cama, se levantó y salió corriendo de la habitación todo lo deprisa que pudo, sin mirar atrás ni una sola vez y buscando la habitación de su padre. Severus le había dicho que él dormiría en el cuarto de al lado, por si necesitaba algo durante la noche, y Adrien entró allí sin pensar en las consecuencias; posiblemente su papá se enfadaría con él, pero prefería enfrentarse a la ira de Severus antes que a la mirada brillante del hombre que estaba en su habitación...

Por su parte, Severus tampoco podía dormir, pero no porque la tormenta le preocupase demasiado; de hecho, apenas era consciente de la brutalidad con que estaba teniendo lugar esa noche puesto que sus pensamientos estaban centrados en Adrien... Suponía que a esas horas ya debería estar durmiendo; había notado que la casa le daba un poco de miedo, algo bastante lógico puesto que no presentaba su mejor aspecto, pero durante la cena parecía haber estado tan cansado que seguramente había caído rendido nada más acostarse. Severus se sentía extraño sabiendo que un niño dormía tranquilamente a unos pocos pasos de él e intentaba pensar en alguna forma para ganarse poco a poco su confianza; se había dado cuenta de que a lo largo del día, Adrien había hecho un par de intentos por cogerle la mano, tal vez como solía hacer con su madre cuando ella seguía viva, pero el hombre había rechazado cualquier clase de contacto físico con el niño; no es que sintiera rechazo hacia él ni nada parecido, pero es que todavía no se sentía preparado para ello. Ignoraba cómo podría sentirse si Adrien lo tocaba o intentaba darle un abrazo, pero sabía que sería algo diferente a cualquier cosa que había sentido hasta entonces: si escuchar su vocecilla infantil lo emocionaba hasta el extremo de sentir una curiosa opresión en el pecho, si con solo verlo se despertaba en su interior un instinto de protección que le era completamente desconocido... ¿Qué no le pasaría cuando lo tocara por primera vez? Le daba miedo imaginárselo porque ya se había planteado un par de cosas que no le hacían mucha gracia y que estaban muy próximas a la dependencia... ¿Era posible que sus instintos paternales se estuvieran despertando lentamente durante las horas que Adrien llevaba bajo su techo? Severus quería negárselo a sí mismo, él no era la clase de hombre que se dejaba llevar por sus sentimientos (algunas veces dudaba que fuera capaz de sentir algo), pero con ese niño todo le parecía diferente, empezaba a creerse capaz de hacer cosas que hasta entonces no había hecho...

Cuando la puerta de la habitación se abrió de forma repentina, Severus se incorporó en la cama y, de forma casi inconsciente, alargó la mano hacia su varita, que descansaba sobre su mesita de noche, e iluminó la estancia mágicamente; demasiados años viviendo al límite como para no sentirse amenazado por algo así, demasiados enemigos para mostrarse confiado y, sin embargo, cuando apuntó con la varita hacia la puerta mientras se ponía en pie con la furia brillando en sus ojos oscuros, lo único que vio fue a un niño de cuatro años con el pelo alborotado que sollozaba amargamente mientras se aferraba a un osito de peluche y que corría hacia él como si lo persiguiera el mismo diablo... Severus fue a decir algo, pero entonces se encontró a Adrien agarrado a sus piernas y se quedó mudo, paralizado y con la mente en blanco... Bajó su varita e intentó buscar una explicación para lo que estaba ocurriendo, sin mucho éxito, claro, y luego se sentó en la cama otra vez e intentó despegar a Adrien de sus piernas, pero el niño parecía estar pegado a ellas y no había manera de que lo soltara... Severus, entonces sí, comprendió que el niño estaba aterrorizado y, sin saber cómo ni porqué, le pasó una mano por el pelo, con timidez, pero "sabiendo" que eso era lo que debía hacer en ese momento; luego, se inclinó un poco hacia delante y le cubrió la espalda con los brazos... Adrien era tan pequeño, tan frágil, que Severus sintió una extraña congoja oprimiéndole la garganta; tal y como se temía, el primer contacto con el niño lo turbaba, asustaba y emocionaba a partes iguales. Tal y como él se temía, nunca había sentido nada parecido a aquello y, aunque durante un segundo quiso buscarle una explicación, pronto comprendió que eso sería inútil. Eran sentimientos, y los sentimientos no siempre podía explicarse...

Poco a poco, la respiración del niño se fue haciendo más pausada; Severus no le había dicho nada, no le había preguntado lo que le ocurría, pero Adrien se sintió mucho más tranquilo y protegido. Sintió que el hombre de su habitación, si es que era real, no podría hacerle daño mientras su padre estuviera cerca. Al cabo de un rato, mientras la intensidad de la tormenta iba disminuyendo y Adrien dejaba de llorar, Severus logró separarlo de sus piernas, le puso las manos en los hombros y lo miró fijamente, sin ocultar la ternura que sentía en ese momento.

-¿Qué te pasa, Adrien? –le preguntó con suavidad, aunque en realidad tenía una idea de lo que ocurría; cuando él tenía cuatro años, también sentía pavor por las tormentas... A él no le quedó otro remedio que acostumbrarse, pero con el niño todo sería diferente...

-Hay un hombre en... mi... en... mi habitación –dijo Adrien mirando a su espalda con desconfianza y tragando saliva mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano –No... quiero... ir allí... otra vez... –sollozó de nuevo y Severus temió que otra vez fuera a ponerse a llorar.

-Yo no creo que haya nadie en tu habitación –dijo, pasándole una mano por la cara y clavando los ojos en la puerta del dormitorio –Pero, si hay un hombre –se puso en pie y puso voz grave, sin perder la suavidad, más para animar a Adrien que para resultar intimidantes; seguramente había tenido una pesadilla y, en su mente, ese hombre era totalmente real –Yo me encargaré de darle su merecido... ¿Vienes conmigo?

Adrien miró la mano que su padre le tendía con cierto toque alegre; parecía tan seguro de que no pasaba nada... Pero él había visto al hombre, no se lo había imaginado; lo había visto junto a la ventana, mirándolo fijamente, no se había asustado por nada... Ese hombre quería hacerle daño, Adrien lo sabía... Pero tal vez su padre supiera lo que se hacía y fuera capaz de librarse de él para siempre, así que se cogió a su mano y notó como él se la estrechaba con fuerza, como si quisiera darle confianza y calmar su temor.

-Vamos allá, entonces –dijo, asegurándose eso sí de tener su varita firmemente sujeta, por si acaso Adrien tenía razón y algún ladrón había entrado en la casa creyéndola vacía; no hubiera sido la primera vez...

Severus guió al niño por el pasillo, aunque esa vez se aseguró de encender la luz para que Adrien no sintiera tanto miedo; la verdad es que, cuando estaba iluminada, la casa era menos lúgubre, pero distaba mucho de ser bonita... Una vez frente a la puerta del dormitorio, que se había quedado entreabierta después de la precipitada huida de Adrien, Severus lo colocó detrás de él y encendió la luz, varita en alto.

No había nadie; la cama estaba allí, con las sábanas revueltas a causa de las vueltas que Adrien había dado intentado dominar su pánico, y, junto a la ventana, un viejo perchero del que colgaba un abrigo largo y un tanto ajado. Severus sonrió, soltó la mano de Adrien y se acercó al perchero, examinándolo detenidamente; entendía a Adrien, y algo en la historia que le contó lo había conseguido preocupar, pero sólo habían sido imaginaciones de la mente de un niño asustado de cuatro años, nada que hubiera que tener en cuenta.

-Sólo era el perchero –dijo con calma el hombre, haciéndole un gesto a Adrien para que volviera a la cama- No tienes que tener miedo; la tormenta ya se está terminando y aquí no hay nadie, ¿ves?

-Pero –Adrien señaló a la ventana, poco convencido con la explicación recibida- Estaba ahí... Me miraba... Le brillaban los ojos...

-Debió ser la tormenta, Adrien –dijo Severus, cogiéndolo por la cintura y dejándolo en la cama con cuidado –Intenta dormir, ¿de acuerdo?

-Pero... –Adrien se acurrucó otra vez y miró a su alrededor, temeroso; otra vez apretó con fuerza a su osito –Yo... no...

-¿Tienes miedo? –Severus le interrumpió, sentándose a su lado y arrugando el entrecejo; sabía lo que el niño quería decirle, aunque no se atreviera... Tal vez fuera una buena ocasión para ganarse su confianza -¿Quieres venir a mi habitación esta noche?

Adrien no necesitó oír nada más; dio un bote y se puso de pie en la cama, dispuesto a marcharse de allí cuanto antes mejor. Severus sonrió, le pasó la mano por el pelo otra vez y le tendió una mano que el pequeño aceptó gustoso. Aunque había visto que allí ya no había nadie, le daba miedo que ese hombre volviera porque, y estaba seguro, él no había visto un perchero y un abrigo, sino a un hombre de pie, dispuesto a hacerle daño en cualquier momento...

De vuelta al dormitorio de Severus, el hombre cerró la puerta con suavidad y, sin que Adrien se diera cuenta, hizo un hechizo para que nadie, ni brujos ni muggles, pudieran entrar a la habitación esa noche. No podía perder esa costumbre que le había acompañado durante una buena parte de su vida y que lo había ayudado a mantenerse de una pieza; no sabía por qué, pero cuando Adrien habló de unos ojos brillantes entendió que un perchero y un abrigo no podían conseguir esa clase de efecto, a pesar de que se inclinaba a pensar que todo aquello no había sido más que una pesadilla.

Adrien se soltó rápidamente de su mano y se encaramó a la cama con bastante dificultad puesto que no parecía dispuesto a soltar su osito de peluche; se recostó en un extremo y se cubrió con la sábana, echando un rápido vistazo a la ventana con desconfianza. La tormenta daba sus últimos coletazos, pero Adrien estaba seguro de que, si no la vigilaba de cerca, volvería a recuperar la fuerza perdida... Severus lo miró un momento mientras se recostaba y luego fue a dormir él también... Apagó la luz y se tumbó boca arriba; Adrien se movía inquieto en el otro lado de la cama y poco a poco se iba acercando a su padre, hasta que su espalda se quedó pegada al brazo del hombre; sólo entonces apoyó la carita en su osito de peluche y cerró los ojos para dormirse, totalmente tranquilo, sintiéndose seguro y protegido...

Fue entonces cuando a Severus le costó conciliar el sueño; sin cambiar su postura, giró la cabeza para mirar a Adrien. Escuchó cómo su respiración se acompasaba en cuestión de segundos y no tardó demasiado en quedarse dormido; Severus suspiró, se dio una vuelta y pasó un brazo por encima del niño sin saber por qué lo estaba haciendo. Simplemente, lo necesitaba... Adrien se movió, girando su cuerpo hasta quedarse frente a Severus y el hombre, por primera vez en su vida, se durmió mientras observaba el rostro sereno de un enano de cuatro años que había irrumpido en su vida para complicársela y al que había empezado a querer por mucho que le costara explicárselo y admitirlo...

-Así que has dormido con él... –comentó Albus Dumbledore mientras le daba un largo sorbo a su taza de café -¿Qué tal?

-Raro... –bufó Severus- Demasiado raro, diría yo.

Albus Dumbledore había vuelto a la casa de su profesor de Pociones a una hora muy temprana de la mañana; durante todo el día anterior no había dejado de darle vueltas a la nueva situación por la que estaba atravesando Severus Snape y no pudo aguantar mucho más tiempo para volver a la vieja casa de Las Hilanderas y asegurarse de que estaba sabiendo llevar todo aquello; había notado que Adrien no quería quedarse solo con su padre el día anterior, había notado su temor y le preocupaba. Sabía que Severus jamás le haría daño a un niño (daño de verdad, por supuesto, porque algunas veces no trataba a sus alumnos con demasiada condescendencia), pero era lógico pensar que el día de antes no había sido el mejor en la breve vida de Adrien Bellefort y, si Albus podía hacer que el niño se sintiera mejor con su simple presencia, a él no le costaba nada presentarse en la casa de Severus a primera hora de la mañana. Sabía que Severus solía levantarse temprano y ese día no fue diferente; cuando apareció en la chimenea de su salón, Severus ya estaba dando vueltas por la casa, aunque parecía más un animal enjaulado que el hombre frío y distante que siempre había sido; era divertido comprobar los nervios que le provocaba la presencia de un niño tan pequeño viviendo bajo su mismo techo.

-Así que, después de todo –dijo Albus con sarcasmo –Hay un corazoncito escondido ahí dentro –y señaló el pecho de Severus.

-El crío estaba aterrorizado –Severus se encogió de hombros, negando la "insinuación" de Dumbledore -¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarlo solo para que no pegara ojo en toda la noche?

-Ya, ya –Dumbledore hizo un gesto desdeñoso con la mano, indicando que las excusas de Severus no le servían, que él estaba seguro de que tenía sentimientos, y sonrió ampliamente -¿Sigue durmiendo?

-Eso creo... Si estuviera despierto, ya habría bajado; la casa le da un miedo atroz.

-Y no me extraña –Albus miró a su alrededor -¿Cuándo cambiaste por última vez el papel de las paredes?

-No empieces, Albus... La decoración está bien; me gusta así...

-¡Oh, claro! A ti te encanta pasar los inviernos en una mazmorra oscura y fría; esta casa es un paraíso de color comparado con eso...

-Ya, Albus –Severus chasqueó la lengua y se sentó frente a él -¿Cuándo es la próxima reunión de la Orden?

-No cambies de tema... Justo ahora iba a recomendarte un decorador que no te saldrá caro...

-¡Albus!

-¡Ay, vale, hombre! No tienes sentido del humor...

-Contéstame- insistió Severus con firmeza –Mientras estuve en San Mungo no quisiste hablarme sobre los planes que tienes ahora, pero ha llegado el momento...

-¿En serio? –Albus alzó las cejas –Sinceramente, Severus, no creo que sea el momento para que te pongas a cazar mortífagos, sobre todo teniendo en cuenta que tienes a un niño de cuatro años durmiendo en tu habitación del que eres el único responsable...

-Albus...

-Hablo en serio... ¿Por qué no te tomas un descanso? Disfruta de lo que queda de verano, conoce a tu hijo y, cuando empiece el curso, ya hablaremos.

-Pero no puedo estar de brazos cruzados mientras vosotros lo hacéis todo... Quiero colaborar...

-Ya has colaborado bastante –Albus apuró el café y dejó la taza sobre la mesa- Y, si quieres ayudar a la Orden, lo harás quedándote quieto, ¿entendido?

-¿No vas a decirme nada? –dijo por lo bajo Severus después de un par de segundos, claramente molesto.

-Me temo que hoy tengo otro tema más interesante... –Albus se recostó alegremente en la silla.

En ese momento, "El tema más interesante" irrumpió en la cocina con el pelo tan enmarañado que Severus se preguntó si sería posible arreglar ese desaguisado, todavía en pijama y con los ojos hinchados de sueño, abrazado a su osito de peluche, como siempre. Después de lo ocurrido la noche anterior, hubiera sido lógico pensar que bajó corriendo nada más despertarse, asustado y en busca de alguien que lo protegiera, pero Adrien entró en la cocina dando saltitos alegres, emanando una vitalidad que hasta entonces permaneció oculta. Cuando entró, miró a los hombres que charlaban en la cocina y se acercó a Albus sonriendo y frotándose un poco los ojos.

-Hola, señor –dijo con voz ronca, alzando una manita a modo de saludo.

-Buenos días, Adrien –Albus le sonrió y le pasó una mano por el pelo; el niño arrugó un poco la nariz. No entendía la manía que todo el mundo tenía con despeinarle (aunque esa mañana estuviera desgreñado, claro) -¿Cómo has dormido?

-Muy bien, señor –Adrien no dejaba de sonreír; miró tímidamente a su padre, como si no supiera qué pensar de él después de lo ocurrido durante todo el día anterior.

-He oído que las tormentas te dan miedo...

-Sí, señor –Adrien agachó la mirada un momento; luego, se acercó a Dumbledore y le hizo un gesto para proceder a hablarle en tono confidencial. Albus lo cogió con suavidad y lo sentó sobre sus rodillas –Mi papá no me cree, pero anoche había un hombre en mi habitación...

-¿Un hombre?

-Tenía el pelo largo y llevaba una cosa de esas –señaló la túnica estrellada de Dumbledore –Y me miraba como si quisiera hacerme algo.

Adrien necesitaba contarle eso a alguien; sabía que su papá creía que el hombre que vio la noche anterior no era más que un perchero, pero él estaba convencido de que había sido real y, como no conocía a ninguna persona más a la que poder confiarle aquella información, pensó que Albus Dumbledore era el hombre perfecto para ello. Con un poco de suerte, quizás hasta creyera su historia y, tal vez, hiciera algo para averiguar quién era la persona que irrumpió en su dormitorio y que quiso hacerle daño.

-Adrien –la voz de Severus interrumpió aquella conversación; el niño giró la cabeza y miró a su padre. Ya no había miedo en sus ojos, pero si algo de desconfianza -¿Tu mamá te enseñó a vestirte solo?

-Sí, Severus.

-¿Por qué no subes y te arreglas? Luego te peinaré, desayunarás algo y nos iremos de compras.

Adrien no dijo nada; de un saltito se bajó de las rodillas de Dumbledore y desapareció de la cocina en un abrir y cerrar de ojos. Dumbledore lo observó detenidamente, pensando en las palabras que acababa de escuchar.

-¿Qué es eso de que anoche había un hombre en su habitación?

-Supongo que fue por la tormenta –Severus se encogió de hombros, levantándose y buscando algo que prepararle a Adrien; tal vez un poco de leche y unas tostadas... –Hay un perchero en el cuarto; se confundiría con los relámpagos por culpa del miedo y creería ver a alguien, pero luego me aseguré de que no ocurría nada.

-¿Has pensado que los mortífagos que quedan libres...?

-Eso no es posible –Severus negó con la cabeza; sí que pensó en ello y le preocupaba –Serían unos estúpidos si vinieran a buscarme, casi como meterse en la boca del lobo.

-Están resentidos y no tienen nada que perder. Posiblemente no les importe meterse en la boca del lobo con tal de vengarse del hombre que los traicionó...

-Sé protegerme solo –Severus se estaba comportando de forma obstinada, aunque sabía que Dumbledore tenía razón -¡Qué intenten atacarme...!

-¿Y si atacan a Adrien? –ese comentario hizo que Severus se quedara callado, con las mandíbulas apretadas- Tú podrías defenderte, estoy seguro pero, ¿y él? Es un niño y, aunque no hayas pensado en ello, te hace ser vulnerable.

Severus se quedó callado; eso era verdad y, aunque sólo hacía un día que Adrien estaba en esa casa, ya le empezaba a angustiar la idea de que algo malo le pasara... Era una posibilidad, después de todo, y debía tenerla muy en cuenta.

-Tal vez podrías poner algunos hechizos protectores... –masculló muy a su pesar; nunca había aceptado esa clase de ayuda de Dumbledore y ahora la estaba solicitando.

-Cuenta con ello –Albus sonrió, satisfecho, y decidió cambiar de tema, por si Adrien escuchaba algo y hacía preguntas inapropiadas –¿Has dicho que vais a salir de compras?

-No tengo nada decente que darle de comer al crío –Severus se encogió de hombros –Además, no hay juguetes por ningún lado y él sólo tiene ese oso de peluche y el caballo de madera de ayer...

-¡Oh, no me engañas!- otra vez la ironía -¡Un padre cariñoso! ¿Quién lo iba a decir?

Severus quiso protestar, pero las risotadas de Albus Dumbledore fueron tan fuertes que nada de lo que dijera sería atendido, así que se limitó a esperar a que se le pasara el ataque de risa. Luego, cuando Adrien regresó a la cocina, vestido con un pantaloncito corto de color rojo, una camiseta blanca y las zapatillas del día anterior, Severus ofreció al anciano mago que los acompañara en su andadura por el centro comercial, pero Albus afirmó que tenía muchas cosas que hacer y los dejó solos. Snape estaba preocupado por lo que Dumbledore dijo sobre los mortífagos, pero se dispuso a pasar un día agradable.

Su primer día de verdad junto a Adrien Bellefort...