Muy buenas a todos... En primer lugar, muchas gracias por seguir la historia; espero que os guste leerla tanto como a mí me gusta escribirla, porque, bueno, le tengo un cariño especial y todo eso. También quiero decir (otra vez) que los personajes no me pertenecen a mí, sino a JK Rowling y a la Warner Bross (excepto Adrien, por supuestísimo). Ahora colgaré el siguiente capi, pero antes lo prometido es deuda:
Amsp14 Definitivamente Albus le va a hacer mucha falta a Severus porque, conforme avance el fic, el pobre hombre se va a ir poniendo de los nervios, ejem, ejem... A mí Adrien me tiene loca, la verdad (y no es porque yo lo haya traído al mundo, jeje) y, bueno, Severus no se resiste a sus encantos... Y, en cuanto a lo de ir a Hogwarts, ya se verá, ya se verá... Me alegra que la historia te guste y, bueno, me alegra mucho más que la hayas agregado a tus favoritos XD. Un besazo y hasta pronto.
Lia Du Black: ¡Ay, mi niño Adrien! No te puedo decir si el hombre era real o no, lo siento... Creo que se me acaba de olvidar, ejem, ejem... Y Sevy... ¿Quién lo diría? Muchas gracias por tu comentario (espero que haya muchos más) Un abrazote y hasta el próximo capi.
MeilinSnape: Bueno... No sabes la que le espera al pobrecito Adrien, con lo pequeñito que es... Y Severus se nos irá ablandando, ya verás, ya...En fin, que me alegra que te guste la historia y espero que no te aburras con los siguientes capis XD. Un beso y hasta pronto.
Edysev: ¡Ey, muchas gracias! Mírame, roja como un tomate, medio escondida detrás de la mesa del ordenata... Bueno, que me alegra que te guste la historia y, bueno, a mí también me atrae la historia de que Severus sea padre (no sé porque Rowling no le inventa un retoño, por Merlín)... Confieso que en un principio Adrien tenía dieciséis o diecisiete años, pero queda más mono con cuatro, ¿a qué sí? En fin, que ya se resolverán ciertas cosillas pendientes, así que estate atenta. Besazos y hasta pronto.
Utena-Puchiko-nyu: Adrien es un encanto... ¡Ay, mi niño! (creo que eso ya lo dije antes) Todavía queda un poco para que el trío descubra a Adrien, pero te aseguro que sus caras serán auténticos poemas... En fin, que me gusta que te guste la historia y que espero que te siga gustando a partir de ahora. Un abrazo y hasta lueguito...
Marieru Takaishi: Como dije antes, pobre Adrien... Lo va a pasar muy mal, pero ahí tendremos a Severus, defendiendo a su pequeñín... Bueno, bueno, Sevy poco a poco se nos va a ir reblandeciendo (sólo con Adrien, que conste en acta) y el niño va a ir cogiendo confianza... En fin, que me alegra que te guste el fic (he dicho esto unas cuantas veces ya, ¿verdad?) y que pronto vendremos a Adrien haciendo ciertas "cosas". Pues nada, chica, besos y hasta pronto.
Y una vez hechas las referencias pertinentes, quiero anunciar que al final del capítulo voy a poner un adelanto del capítulo siguiente, para que se os haga la boca agua, ¡Juas, juas, así que atentas. Bueno, ya no me enrollo más; espero que os guste y que sigáis dejándome algún comentario que otro.
Besos y hasta pronto
Cris Snape
CAPÍTULO 6: Un día en... ¿familia?
Mientras cogía la mano de Adrien para ayudarle a bajar del autobús muggle en el que habían viajado hasta el centro de la ciudad, Severus Snape intentaba recordar cuánto tiempo hacía que no utilizaba un medio de transporte de esa clase... Posiblemente desde que era un crío, antes de empezar a estudiar en Howarts... Se sintió un poco extraño viajando con Adrien, debía reconocerlo; el niño estaba callado, pero no parecía tan asustado como el día de antes; Severus suponía que era normal que se mostrara tímido, sobre todo cuando él mismo no tenía la menor idea de cómo afrontar una conversación con el niño. Le hubiera gustado poder decirle algo, pero en lugar de eso, se limitó a observarlo y a pensar en todas las cosas que debía comprar... Por supuesto, llenaría la nevera, no sólo por Adrien, sino por él mismo, porque no podía pasarse la vida tomando comida precocinada, y luego pasaría por alguna tienda para comprarle algo de ropa al niño; había visto que apenas tenía unos pares de pantalones y unas camisetas y, bueno, él suponía que necesitaba más cosas... Y, por supuesto, juguetes... Eso era algo en lo que había pensado durante bastante tiempo... ¿Qué se suponía que debía comprarle al niño? Era lógico pensar Adrien era un mago y podría comprarle juegos para impulsar sus capacidades mágicas, pero también era posible que fuera un squib y no necesitara nada de eso... En cualquier caso, Severus estaba seguro de que el crío no tenía la menor idea de que existía un mundo mágico; seguramente estaba acostumbrado a vivir como los muggles y, por lo tanto, le gustarían los juguetes muggles, así que esa era la mejor opción, al menos hasta que pasaran algún tiempo juntos... Después, ya vería...
Cuando bajaron del autobús, Severus soltó la mano del niño, pero se aseguró de que caminaba a su lado todo el tiempo; no le gustaba la sensación que tenía cuando Adrien lo tocaba. Era como estar desprotegido, como si su carácter se debilitara, y Severus no estaba acostumbrado a sentirse vulnerable; se dio cuenta de que Adrien lo miró con extrañeza cuando le soltó la mano. Él niño siempre se cogía a su mamá cuando salían fuera, a lugares donde había mucha gente, y solía regañarle cuando se soltaba por cualquier motivo; su papá, en cambio, se limitaba a vigilarlo, pero sin tocarlo, y Adrien no sabía si se debía al rechazo... Siempre el rechazo... Eso era lo que más temía Adrien, a pesar de que su padre lo ayudara la noche anterior, a pesar de que había dormido con él para protegerlo, Adrien tenía miedo a que lo rechazara, a quedarse solo otra vez, a no saber a dónde lo llevarían si su papá no quería tenerlo consigo... Recordaba que el señor Burns le había dicho que, si Severus Snape renunciaba a su tutela, habría otras muchas personas deseando poder cuidarle, pero a Adrien aquello le daba miedo; no le gustaba estar solo...
Severus cogió un carro de los que había en el aparcamiento de aquel centro comercial y se sintió un poco inseguro; hacer compras al estilo muggle no se le daba bien... Cuando era pequeño, había aprendido a utilizar el dinero muggle, las libras, se llamaban, puesto que su madre puso mucho empeño en enseñarle, y sabía cómo usar las tarjetas de crédito, pero no le gustaba tener que tratar con los vendedores, que siempre le miraban con cara rara si alguna vez se confundía y les entregaba más dinero del que debía.
Adrien, por su parte, miró el carro de la compra con curiosidad; cuando iba al supermercado con su madre, siempre se subía dentro para no cansarse caminando, pero no estaba seguro de que su papá fuera a dejarle. Aún así, decidió que era hora de hacer alguna petición y, con timidez, tiró de la punta del jersey oscuro que llevaba Severus, pensando en que debía tener mucho calor estando tan abrigado y preguntándose porqué no utilizaba ropa más fresca... Su padre lo miró fijamente, sin esperarse aquel gesto por parte del pequeño, intentado averiguar el motivo por el cual reclamaba su atención.
-¿Puedo subir al carro? –preguntó con voz débil, agachando la mirada y esperando una respuesta negativa.
-¿Qué...? –Severus frunció el ceño y tardó un momento en caer en la cuenta de lo que Adrien le estaba pidiendo; luego, señaló el interior del carro -¿Dentro? –Adrien afirmó con la cabeza, mirándose las puntas de los pies, esperando un "no" que no terminaba de llegar –Claro –Severus sonrió, lo alzó en el aire con cuidado y lo dejó suavemente en el carro –Si quieres bajar, sólo tienes que pedírmelo, ¿de acuerdo?
-Sí, Severus.
Adrien se colocó en la parte delantera, apoyado sobre las rodillas y con las manos fuertemente sujetas a las barritas de acero del carro; su padre inició una veloz rápida hacia el interior de los grandes almacenes y, un poco perdido, se dirigió a la segunda planta, donde estaban todos los artículos de ocio, por llamarlos de alguna forma. Era un establecimiento no demasiado grande: sólo tenía dos plantas, la primera que hacía las veces de supermercado, y la segunda para todos los demás productos, había unos multicines, una sala de recreativos, varios locales de comida rápida y unas cuantas tiendas de ropa, deportes y telefonía móvil. Severus pensó que sería conveniente ir primero a ver la ropa para Adrien; no había mucha gente y tal vez alguna dependienta podría echarle una mano con todo aquello porque, Severus no se engañaba... ¿Qué sabía él de ropa para niños? Absolutamente nada; a veces dudaba que supiera algo sobre ropa para adultos, a juzgar por el contenido de su armario: todo era negro, túnicas, pantalones, camisas... No era un vestuario demasiado alegre, eso estaba claro, y Adrien era demasiado pequeño para vestirlo de vampiro; además, a juzgar por la ropa que le vio el día de antes y por la de esa mañana, sin duda comprada por Mariah, al enano le gustaban los colores alegres, y él... Bueno, él no valía para esas cosas.
Efectivamente, cuando entraron a la primera tienda de ropa para niños, sólo se encontraron con otro par de clientes, un niño que tendría más o menos la edad de Adrien, rubio, de pelo encrespado y grandes ojos azules, y una mujer que debía ser su madre, a juzgar por el parecido físico existente entre ellos; tendría unos treinta años y Severus reconoció que era bastante guapa, no era demasiado delgada, pero tenía una especie de gracia natural que resultaba de lo más agradable.
Una joven dependienta, de unos diecisiete o dieciocho años, le mostraba camisas al niño, que eran rechazadas sistemáticamente por el muchachito, que parecía enfurruñado y tenía una actitud bastante agresiva que intentaba controlar su madre a base de regañinas; Severus los observó un momento, preguntándose si Adrien se comportaría así con el paso del tiempo... A él no le agradaban demasiado los chicos respondones...
-¿Puedo ayudarle en algo?
Una mujer de mediana edad y cara sonriente lo sacó de sus pensamientos; tenía una expresión afable y, cuando miró a Adrien, el niño le regaló una sonrisa encantadora, sin duda porque la mujer le había caído bien. Severus agitó un momento la cabeza y miró a la dependienta, que esperaba su respuesta.
-En realidad, sí –se volvió y bajó a Adrien del carro, dejándolo en el suelo como si se fuera a romper en mil pedazos –Verá, quiero comprarle algo al chico, pero no sé...
-¡Oh, los hombres! –la mujer miró a Severus con indulgencia y luego, se agachó un poco para mirar a Adrien a los ojos –Hola, chiquitín, ¿cómo te llamas?
-Adrien, señora.
-¡Oh, que nombre tan bonito! ¿Y cuántos años tienes?
-Estos, señora –y, como ya hiciera el día anterior, se colocó los dedos de la mano para mostrar el número cuatro, haciendo que Severus volviera a reír.
-¡Oh, qué mayor! –la mujer se irguió, cogió a Adrien de una mano y lo llevó al interior de la tienda mientras miraba los estantes con el ceño fruncido –Tendremos que buscarte ropa de hombrecito... ¿qué te parece?
-Me gusta la ropa de hombrecito –dijo Adrien con voz aguda, sin duda porque aquella idea le gustaba; Severus seguía a Adrien y a la dependienta por la tienda, maravillado por la facilidad con que la mujer se había ganado la confianza del niño.
-¡Uhm... Veamos! –alargó su brazo hacia una barra de la que colgaban un montón de pantaloncitos y sacó unos que parecían ser de hilo, de color azul claro y con unos bolsillitos bastante graciosos -¿Te gustan estos?
-Sí, señora –Adrien dio un salto de emoción.
-¿Qué le parece? –la mujer se volvió para mirar a Severus, que se limitaba a observar con calma todo aquello.
-Eh... Bien... Bueno, si al niño le gustan... –fue lo único que pudo decir.
-¿Y qué talla usa?
Severus se quedó callado; aquella era una buena pregunta... ¿Qué talla de ropa usaba su hijo? Pues, la verdad, no tenía idea, pero no debía ser muy grande puesto que Adrien parecía un enano, tan bajito y tan flaco... No supo que contestar y se sintió un poco avergonzado, no sólo por el asunto de la talla; posiblemente, muchos padres no sabrían decir esos detalles, pero es que él ni siquiera sabía cuándo era el cumpleaños de Adrien y se sintió incómodo... Escuchó cómo la mujer chasqueaba la lengua y se volvió a Adrien, sentándose para examinarlo y quedar a su altura.
-Bueno, creo que tendremos que arreglárnoslas tú y yo solos, Adrien –dijo la mujer, comprendiendo tal vez la reacción de Severus; ya estaba acostumbrada a esas cosas –Seguro que encontramos muchas cosas que te gustan... –otra vez, miró a Severus -¿Por qué no se sienta y se relaja? Yo me ocupo del niño, no se preocupe.
-¿Seguro?
-Seguro –y miró a Severus como diciendo: "no quiero que termine vistiéndose como tú, enterrador de pacotilla"
Severus siguió el consejo de la dependienta y se acomodó en un diminuto sillón para niños de color rojo y con un gran "Pato Donald" pintado en el respaldo. Se sentía un tanto ridículo, totalmente fuera de lugar, como un gigante en el país de los enanos, pero pensó que merecía la pena mientras observaba a Adrien, que reía sin parar mientras la mujer de la tienda le sacaba la ropa de media tienda y se la probaba; a Severus la verdad es que le gustó todo lo que se ponía y, una hora después, había gastado más dinero del debido en pantalones, camisas, camisetas y calzado, deportivo y formal; incluso le compró un par de gorras, que por cierto, le sentaban bastante bien al chico, unos cinturones para que los pantalones le quedaran mejor. Severus salió de la tienda rezando porque todo aquel desembolso hubiera merecido la pena; hacía años que no se gastaba tanto dinero de una sola vez y el día no había hecho más que empezar...
A partir de ahí, Adrien estaba tan nervioso que no quiso volver al carro; andaba junto a Severus, dando vueltas a su alrededor y señalando sin ninguna clase de pudor todas las cosas que le gustaban. Cuando pasaron frente a una tienda de animales, se acercó corriendo y pegó la nariz al escaparate, mirando unos cachorritos de color marrón claro que lloriqueaban como si reclamaran que alguien los comprara; se quedó tanto tiempo mirándolos que Severus no tuvo más remedio que acercarse a él para seguir con las compras... Por un segundo pensó que Adrien le iba a pedir un perro y, bueno, él no quería comprar uno por nada del mundo; no le gustaban esos animales, le recordaban a Sirius Black... Y, ¿por qué demonios se acordaba de Sirius Black en ese momento? ¿Para volver a sentir esa punzada de rencor en el pecho que logró que su rostro se ensombreciera? ¿Para que Adrien notara ese hecho cuando alzó la vista para mirarlo y su rostro perdiera un poco la sonrisa? No, debía olvidarse de él; ya estaba muerto, debía dejar de odiarle... Pero también James Potter llevaba muerto muchos años y él seguía odiándolo, como odiaba a su hijo a todo lo que tuviera que ver con él...
Severus agitó la cabeza para dejar a un lado esos pensamientos y suavizó su expresión cuando se dispuso a llamar la atención de Adrien; el niño no tenía la culpa de las cosas que le ocurrieron en el pasado y debía permanecer ajeno a todas ellas, era demasiado pequeño para entender y llevaba muy poco tiempo con él para revelarle todo lo que pasó con esos hombres... Además, estaba seguro de que eso era lo que menos le importaba a Adrien en un momento como ese... Bastante tenía con admirar a los perritos como si se le fuera la vida en ello.
-¿Vamos a la juguetería? –preguntó Severus con suavidad, sintiéndose tentado a ponerle una mano en el hombro al niño, pero sin llegar a hacerlo –Te compraré un par de cosas; las que tú quieras.
-¿Las que quiera? –Adrien se volvió rápidamente; aunque era muy pequeño, se había dado cuenta de que su padre no pensaba comprarle el perro que tanto le gustaba, porque si hubiera querido hacerlo, le hubiera preguntado por él, pero en lugar de entristecerse por ello, pensó en los juguetes que quería tener... La ropa le gustaba mucho, se lo había pasado muy bien con aquella señora tan simpática, pero los juguetes...
-Lo que quieras.
-¿Una bici y un coche teledirigido? –sugirió Adrien, dándose cuenta de que esos era juguetes muy caros.
-Si eso es lo que quieres...
Severus dijo eso sin saber que le iban a costar un ojo de la cara... Pero, ¿qué sabía él de juguetes? Exactamente lo mismo que de ropa... Cuando salieron de la juguetería, con una espléndida bici de montaña roja y un coche teledirigido verde y blanco, ya no estaba de tan buen humor como antes; el dinero apenas le iba a llegar para comprar la comida más esencial y, bueno, él había ido al supermercado básicamente a por esa comida, así que había fallado en su objetivo... Se daba cuenta de que había empezado a consentir a Adrien unas horas después de conocerlo y no le gustaba demasiado la idea; si seguía así, si el niño se quedaba con él, iba a malacostumbrarse, y eso que ni siquiera le había pedido nada, todo había sido por su cuenta y riesgo...
Después de comprar los alimentos que Severus consideró más prioritarios y de posponer todo lo demás para los días siguientes, fueron a comer a una hamburguesería, dentro del mismo centro comercial. Era la hora punta del día y, si cuando llegaron todo aquello estaba casi vacío, a esas horas el local estaba plagado de niños escandalosos que correteaban por todos lados y no dejaban de gritar y pelearse; a Severus no le agradó el panorama demasiado, pero se sentó junto a Adrien en una esquina, desde podía controlarlo prácticamente todo, y mientras comían, reconoció dos rostros: el de la mujer y el niño rubios que se habían encontrado en la tienda de ropa. El niño seguía enfurruñado y su madre también, pues le daba su comida sin casi mirarlo; Severus sonrió y miró a Adrien, que todavía tenía clavados los ojos en los bolsillos de su padre.
Diez minutos antes habían entrado en el cuarto de baño, cargados con todo lo que habían comprado ese día y Severus, después de una gran "sesión preparatoria" había empequeñecido sus compras hasta que todas cupieron en su bolsillo, mientras Adrien lo miraba con la boca abierta y sin decir nada, como si temiera que cualquier palabra pudiera estropear ese momento; Severus no estaba seguro de si debía o no debía hacer magia frente a Adrien. Era posible que el niño se asustara, que no se explicara todas esas cosas, pero hasta ese momento, los pocos "trucos" que había visto le habían gustado y, bueno, quizás no estuviera en edad de ponerse a pensar en si lo que veía era o no algo raro; le gustaba y punto... Y, realmente, Adrien era un niño que estaba acostumbrado a creer en la magia, tal vez no en ese tipo de magia, pero su madre muchas veces le había contado antiguas leyendas, como la de Nessy, el monstruo del lago, y a él le parecían posibles, le gustaba pensar que todo eso podía hacerse realidad... Severus le había dicho que no comentara nada sobre la magia a la gente y Adrien había prometido obedecer sin hacer preguntas; se le veía un muchacho obediente, pero alguna vez tendría que sentir una gran curiosidad por algo, era lo lógico en los niños. Mientras asintiera sin rechistar, Severus estaría contento y tranquilo...
Mientras Severus se tomaba un café bien cargado, Adrien le pidió ir a jugar a un pequeño parque infantil que había instalado en la misma hamburguesería; el niño, que había comido como si llevara semanas sin hacerlo, se marchó dispuesto a divertirse. Poco a poco iba teniendo ganas de jugar, no como cuando se murió se mamá y estaba siempre triste... Ese día, por ejemplo, se lo estaba pasando tan bien que le apetecía tirarse por el tobogán un par de veces, pero cuando se dispuso a subir la escalerita, alguien lo empujó: era el niño rubio que había visto esa misma mañana en la tienda de ropa y seguía teniendo la misma cara de pocos amigos de siempre; sin embargo, Adrien no era de esos que se dejaban empujar, así, sin más. Había aprendido a defenderse desde que era mucho más pequeño que ahora y se encaró con el niño rubio, impidiéndole el paso al tobogán: sino iba él primero, no iba nadie... Pero el niño rubio tampoco se daba por vencido y volvió a empujarlo y, esa vez, Adrien casi se cae al suelo, y eso lo enfadó...
-¡Estaba yo primero! –dijo, haciendo a un lado al niño rubio y cogiéndose a la escalerilla.
-¡Pues ahora no! –insistió el otro, empujando a Adrien otra vez.
-¡Me toca a mí! –y Adrien empujó al rubio...
-¡Quita, imbécil! –y el rubio empujó a Adrien...
Y, sin darse cuenta, los dos se enzarzaron en una violenta pelea en la que hubo puñetazos, patadas, arañazos, tirones de pelo e, incluso, algún mordisco. Los dos niños parecían querer marcar su territorio a toda consta y no estaban dispuestos a separarse, mientras que otros niños se habían acercado para mirar: unos, los más pequeños, lloraban asustados, y otros, los más mayores, daban ánimos a los dos contrincantes.
Adrien había conseguido colocarse sobre el niño rubio e intentaba inmovilizarlo en el suelo para subirse en el tobogán y zanjar así toda aquella cuestión; su enemigo estaba a punto de rendirse y Adrien casi cantaba victoria, pero entonces notó como dos manos fuertes lo cogían y lo alzaban en el aire con suma facilidad... Antes de girarse para ver el rostro airado de su padre, vio a la mujer rubia acercarse a su enemigo, cogerlo del brazo y ponerlo en pie para regañarlo... Adrien notó que su padre lo dejaba al lado del otro niño y los dos se vieron uno junto al otro, frente a sus respectivos padres, ya sin ganas de pelear... Se habían metido en un buen lío...
-Josh Allerton... –dijo la mujer rubia con voz chillona, y el niño agachó la cabeza; su madre estaba enfadada de verdad -¿Se puede saber qué estabas haciendo?
-Empezó él –el tal Josh señaló acusadoramente a Adrien –No me dejaba subir al tobogán...
-¡Estaba yo primero! –dijo Adrien, que tenía un golpe en el labio y un arañazo en el cuello; el estado del otro era similar al suyo -¡Él me empujó! –y miró a Severus para ver si le creía.
-¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que te pelees? –dijo la mujer, alzando un cejo, consiguiendo que el niño dejara de señalar a Adrien- ¡Pídele perdón!
-¡Mamá!
-¡Qué le pidas perdón!
Josh no parecía muy convencido, pero sabía cómo se ponía su madre cuando se enfadaba de verdad, así que se volvió hacia Adrien, lo miró con profundo odio y se metió las manos en los bolsillos.
-Lo siento –masculló entre dientes.
-¡Quiero oírte, Joshua Allerton!- dijo con gravedad la mujer.
-Lo siento –Josh habló más alto y Adrien sonrió satisfecho, creyendo que había vencido... Pero Severus aún no había dicho nada y a él tampoco le parecían bien las peleas... Aunque no quisiera regañar a Adrien tan pronto, debía empezar a educarle, si es que quería que saliera una persona de provecho.
-Creo que tú también tienes algo que decir, Adrien –dijo con gravedad; el niño dio un pequeño bote y miró a su padre sorprendido... A juzgar por el brillo de los ojos del hombre, era mejor no rechistar y, después de todo, él también se había peleado con el niño rubio, y en igualdad de condiciones, además...
-Lo siento –dijo, con voz no muy alta, pero perfectamente audible.
-Eso está mejor –Severus cabeceó y se cruzó de brazos.
-Ahora, id a jugar –dijo la mujer rubia, haciendo movimientos frenéticos con las manos; a los niños no les quedó más remedio que irse y, curiosamente, se pusieron a jugar juntos... Los críos no dejaban de sorprender a Severus... –Siento mucho lo de Josh... Algunas veces me resulta muy complicado controlarlo y le gusta pegar a otros niños... Si su hijo ha salido lastimado...
-Creo que ha sido una pelea justa –Severus sonrió y miró a Adrien, que en ese momento subía al tobogán, seguido por Josh, que estaba enfurruñado, como si no quisiera pasárselo bien- Y es normal que los niños peleen –o, al menos, eso pensaba Severus...
La mujer lo miró de reojo y sonrió, alargando una mano con amabilidad.
-Carole Allerton –dijo con suavidad, presentándose.
-Severus Snape –dijo él, estrechando su mano.
-Josh y yo acabamos de mudarnos a la ciudad –dijo Carole, mirando a su hijo -¿Usted es de aquí?
-Sí; crecí aquí...
-Es una ciudad bonita... –Carole miró su reloj y pareció sobresaltada -¡Oh, tengo que marcharme! ¡Josh, cariño, nos vamos! –el niño la miró haciendo una mueca –Ha sido un placer.
-Lo mismo digo.
-Tal vez volvamos a vernos... ¡Josh, date prisa!
El niño llegó junto a su madre corriendo y, en cuestión de segundos, ambos desaparecían de la hamburguesería; Severus dejó que Adrien jugara un rato más, pero el crío no parecía pasárselo tan bien jugando él solo, así que al cabo de media hora ya se disponían a coger el autobús para volver a casa.
-¿Por qué peleabas con ese niño? –preguntó Severus, mientras él y Adrien viajaban sentados en la parte trasera del bus.
-Porque me empujó –dijo Adrien, agachando un poco la cabeza, ligeramente avergonzado –Mi mamá me dijo que no tenía que dejar que nadie me pegara...
Severus sonrió; su madre había tenido toda la razón al decirle eso, pero ahora Adrien parecía un poco arrepentido de haberlo hecho, así que le dio un toquecito en la pierna para animarle.
-No pasa nada, Adrien –le dijo sin perder la sonrisa –Está muy bien que te defiendas, no estoy enfadado, pero no quiero que te metas con niños que no te han hecho nada, ¿entiendes?
-Yo nunca hago eso –Adrien contestó apresuradamente, como si tuviera mucha prisa por aclarar ese detalle.
-Lo sé... Tranquilo... Pero al final, parece que te llevabas bien con Josh...
-Bueno, es simpático... –Adrien quiso decir que era un gruñón que siempre fruncía el ceño, como él, pero no le pareció apropiado –Además, pega como una niña...
-Cualquiera lo diría a juzgar por ese labio –Severus rió ante aquella ocurrencia –Seguro que luego podemos arreglarlo.
Después de eso, apenas hablaron, pero Adrien seguía sintiéndose feliz; había sido un buen día en el centro comercial. Le habían comprado ropa, juguetes, había comido hamburguesas e, incluso, había hecho un amigo (o un enemigo, depende como se mire), pero sobre todo se había dado cuenta de que su padre también era capaz de sonreír y ya no le tenía miedo... Ni desconfianza.
Había sido un buen día para los dos... No tanto para la cuenta corriente de Severus Snape, pero había merecido la pena.
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Y en el próximo capítulo, titulado "Magia"...
Adrien, que movía los bracitos enérgicamente como si pretendiera trazar mejor los movimientos de su coche, imitaba él mismo el ruido de un motor; sabía que su padre, aunque no estaba con él, lo vigilaba muy de cerca y se sentía a gusto. Le gustaban sus juguetes nuevos, aunque no le hacía mucha gracia no poder sacar muy a menudo su bicicleta; su mamá ya le había enseñado a montar y dar vueltas por el jardín no era muy agradable, así que prefería jugar con el coche; el circuito que le hicieron su papá y su abuelo Albus (le hacía gracia llamar "abuelo" a ese hombre tan raro, pero como le caía bien, no se podía resistir). "Oso", que así era como se llamaba su osito de peluche, descansaba en una tumbona de madera que estaba perfectamente colocada junto a una mesa de terraza y Adrien permanecía ajeno a todo salvo a su coche... En ese momento procuraba subir la pequeña montaña que culminaba todo el circuito, pero las ruedas resbalaban y caía hacia abajo una y otra vez, haciendo que Adrien se empeñara cada vez más en conseguir su propósito; a pesar de su corta edad, ya era terriblemente testarudo y no solía dejarse vencer por cosas como aquella...
Tal vez por aquel empeño suyo no se dio cuenta de que un gran perro color canela había saltado la cerca de la casa y se acercaba a él mostrando los dientes de una forma bastante peligrosa... Cuando el animal le ladró con fiereza, con el lomo erizado y los ojos repletos de cólera, Adrien se puso en pie y comenzó a retroceder lentamente, sin acertar a llamar a su padre; el perro parecía dispuesto a atacarle y Adrien dejó caer el mando del coche teledirigido, cada vez más asustado... A él los perros no le daban miedo, de hecho le gustaban mucho, pero aquel... La baba se le escurría de la boca mientras le enseñaba los dientes y le gruñía, dando sus pasos cada vez más largos... Adrien retrocedió hasta toparse con la pared de la casa y el perro soltó una especie de aullido, abalanzándose sobre él...
