¡Muy buenas a todos! No pensaba actualizar tan pronto, pero como el número de críticas por capítulo es realmente satisfactorio, no os haré esperar más y colgaré el siguiente capítulo... Bueno, anunciar que descubriremos unas cuantas cosas bastante interesantes relacionadas con Adrien (en este y en el próximo capítulo) y que al fin desvelaré la incógnita del "perro-asesino"... Muchas gracias a todos por vuestros reviews y, ahora sí, os dejo con el siguiente capítulo y, al final, un adelanto del siguiente. Besos y hasta pronto
Cris Snape
CAPÍTULO 7: Magia
La señora Olsen era la vecina más cercana que tenía Severus Snape, una anciana de pelo blanco que andaba encorvada y que tenía un gran perro color canela que atacaba a cualquiera que cometiera el error de acercarse a su casa. Hacía ya mucho tiempo que Severus había cortado cualquier clase de relación con esa mujer, tal vez porque los dos tenían el mismo carácter agrio y a ambos les resultaba igual de complicado tolerar la presencia del otro, pero de cuando en cuando el horrible perro color canela se escapaba de la casa de su dueña y se dedicaba a perseguir a los vecinos de la zona, sin importarle si estaban o no en la propiedad de su ama. Severus odiaba a ese perro (de hecho, odiaba a cualquier perro, era algo superior a sus fuerzas), y eso pese a que el animal parecía tenerle cierto grado de respeto; bastaba con que Severus clavara en él sus ojos negros con firmeza para que el chucho agachara las orejas y se marchara aullando en dirección contraria, claramente asustado. Más de una vez la señora Olsen le había acusado de hacerle daño a "su cachorrito", aunque, por supuesto, Severus nunca le había hecho caso a aquella muggle medio loca; ella también parecía temerle y, aunque de cuando en cuando le hacía algún comentario desdeñoso si se lo encontraba cerca de su casa, solía hacer lo que su perro... Huir...
Aquella mañana, Adrien estaba jugando en el jardín con su nuevo coche teledirigido; Severus se había dedicado unos días antes a quitar las malas hierbas y a arreglar el viejo cercado para que el niño pudiera estar tranquilo y, al mismo tiempo, para no tener que estar encima de él constantemente. En la semana que llevaba viviendo con él, había terminado por perder toda su timidez inicial y correteaba por todos sitios con confianza, registrando todo lo que se encontraba a su paso, aunque, eso sí, respetaba la prohibición de subir al desván; lo que Severus no había conseguido de él fue que durmiera solo en la habitación; seguía teniendo miedo de aquel hombre que, según el niño, había querido hacerle daño, y su padre se vio obligado a dejarle dormir con él todas las noches, hecho que realmente no le importaba en absoluto... Por alguna extraña razón que no acertaba a comprender, a Severus le gustaba quedarse despierto solo para poder ver al niño dormir... Podía pasarse varias horas observándolo, sin pensar absolutamente en nada más, y eso le tenía un poco desconcertado; Dumbledore se burlaba de él hablando sobre su recién descubierto instinto paternal y Severus gruñía, pero siempre terminaba dejando que Adrien se quedara con él. Una mala costumbre, sin duda, pero es que no podía evitarlo...
Además, Severus se había propuesto hacer de su casa un lugar más... habitable. Puesto que Adrien ya estaba empezando a familiarizarse con la idea de que su padre era un hombre capaz de hacer magia, había hecho una pequeña inversión en pintura y llevaba varios días re-decorándolo todo; permitía que Adrien rondara libremente por la casa, pero había realizado un par de hechizos que le avisaban si el niño pretendía salir del jardín o de la vivienda (algo que, hasta ese día, no había ocurrido). Dumbledore se pasaba por allí todos los días, por la mañana y por la tarde, y Severus se había sorprendido mucho cuando descubrió a Adrien llamándolo "Abuelo"; a él todavía le decía "Severus", tal y como le pidió el día que llegara a la casa, pero con Albus era diferente. El viejo director había dicho que le gustaba que Adrien lo llamara así y, a juzgar por la forma en que trataba al niño, cualquiera diría que era su nieto de verdad; jugaba con él, le llevaba caramelos y, en algunos ratos (los menos, eso sí), se interesaba por las capacidades de Adrien para la lectura y la escritura. Al parecer, en el colegio ya habían empezado a enseñarle, pero confundía las letras bastante a menudo y era divertido leer las cosas que escribía, todas ellas confusas y sin mucho sentido; Severus todavía no había intentado corregir aquellos errores, reconocía que nunca ha sido un profesor precisamente paciente y no quería asustar a Adrien con sus gruñidos, así que se limitaba a sonreír cada vez que el niño intentaba leer algún cartón de leche o algo por el estilo. Lo que sí se le daba bien a Adrien era el dibujo; a pesar de ser tan pequeño, tenía cierto talento para copiar aquellas cosas que le llamaban la atención. Solía sentarse en el porche de la casa, con un bloc de dibujo y una caja de lápices de colores, y se pasaba horas enteras dibujando el viejo molino que había río arriba, el bosque que había enfrente o cualquier animal que se estaba quieto durante el tiempo necesario, normalmente pájaros y conejos. También hacía "muñecotes" y, según lo que Adrien comentó un día, cuando Severus le preguntó, eran los personajes de su serie de dibujos favorita, una serie que, y Adrien lo dejó caer con inocencia, hacía mucho que no veía porque en la casa de su padre no había televisión... Severus hubiera sido un poco estúpido si no hubiera captado el significado de esas palabras y ya tenía planeado ir a comprar un aparato de esos para que el niño se entretuviera; después de todo, Adrien no podía pasarse la vida en el jardín o con sus cuadernos de dibujo... Había crecido como un niño muggle y los niños muggles también veían la televisión, así que no le quedaba otro remedio más que resignarse. Ya daba por hecho que Adrien se quedaría en esa casa, con él...
El señor Burns había dicho que volvería quince días después de dejar allí a Adrien y solo faltaban siete para que el plazo se cumpliera; por supuesto, había muchas cosas que incomodaban a Severus. No era fácil para un hombre como él compartir su vida con otro ser humano; echaba de menos su antigua soledad, cuando se sentaba en su sillón favorito de la sala de estar, junto a la chimenea, y se ponía a releer sus viejos libros de magia... Se sentía extraño viviendo de una forma tan pacífica, sin tener que acudir a las llamadas de "El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado", sin tener que aguantar las suspicacias de los mortífagos ni de los miembros de la Orden del Fénix, sin tener que preocuparse constantemente por mantener la cabeza fría y vacía de recuerdos... De hecho, en esos días había estado recordando muchas cosas sobre su vida y, casi sin darse cuenta, había comprendido que nunca había sentido tanta paz como en esos días... Nunca se había sentido tan... ¿feliz? desde que Adrien irrumpió en su casa y le hizo cambiar todos los esquemas que tan meticulosamente había trazado... Era un poco molesto algunas veces, lo reconocía; no podía hacer todo lo que quería, no podía dedicar todo el tiempo que deseaba a estudiar las Artes Oscuras y a elaborar pociones, pero merecía la pena, después de todo... Le gustaba observar a Adrien, sobre todo cuando el niño no se daba cuenta; le gustaba oír como hablaba solo, montándose pequeñas historias para entretenerse, le gustaba verlo dormir y... En definitiva, que Severus había decidido que se haría responsable del mocoso; no sabía cómo lo haría, pero estaba seguro de que todo saldría bien.
Seguramente las cosas se complicarían cuando le tocara ir a Howarts para dar clase; no podía llevarse al niño con él... ¿Qué pensarían los demás profesores si, de pronto, lo veían aparecer con un crío de cuatro años enganchado a su túnica como una lapa? No quería imaginarse la cara de Minerva McGonagall... Una mujer tan recta como ella pondría el grito en el cielo si él le decía que tenía un hijo... Y lo que menos necesitaba era un nuevo motivo de confrontación con la profesora de Transformaciones; la defensa de sus respectivas casas en el colegio ya los tendría lo suficientemente entretenidos... ¿Remus Lupin? ¡Oh, eso si que prefería ni pensarlo! Después de tantos años de enemistad, lo menos que se podía esperar era alguna burla; quizá le hiciera alguna clase de reproches, acusándolo de haber ignorado a su hijo durante cuatro años... Bueno, el lado bueno de eso era que Remus Lupin no era Sirius Black; con el animago las cosas hubieran sido peores, tal vez hubiera tratado mal a Adrien para buscar un enfrentamiento con él, todo era posible... De hecho, era posible que el mismo Lupin lo intentara... ¿Y Hagrid? ¡Oh, él si que no debía enterarse de nada! ¡Con lo que le gustaban los niños al guardián de Howarts, era capaz de llevárselo al Bosque Prohibido para que jugara con esas mascotitas que él solía tener: arañas asesinas gigantes, dragones, escregutos de cola explosiva... ¡O lo que era peor! Hagrid era capaz de querer presentarle a Adrien a su hermano Grawp, y ese gigante sí era peligroso... Severus se daba cuenta de que si llevaba a Adrien a Howarts, tendría que asumir todas esas cosas (y muchas otras) y, sobre todo, tendría que enfrentarse a sus alumnos... ¿Qué cara pondrían todos esos muchachitos si descubrían que tenía un hijo? Capaces eran de secuestrárselo en un intento por aprobar sus exámenes de Pociones; seguramente ellos se reirían a sus espaldas, y, si por alguna extraña coincidencia, le veían teniendo algún gesto cariñoso con Adrien (últimamente esas cosas empezaban a salirle solas), perdería su autoridad... No, no podía llevar a Adrien a Howarts, debía encontrar una solución y algo había pensado ya...
En unos días se pondría a buscar un colegio muggle para Adrien; sabía que en la ciudad había cuatro escuelas primarias, así que las visitaría todas para decidir cuál le gustaba mal. Cuando él era niño, no fue a la escuela; su madre se encargó de enseñarle todo en casa, a la espera de que se marchara a Howarts, pero Severus no quería que su hijo creciera solo en esa casa, sin relacionarse con otros niños. Adrien era demasiado alegre para eso; no le costaba prácticamente nada ganarse a la gente con su conversación infantil y, según demostró en el centro comercial, tampoco se le daba mal tratar con otros niños. En cuanto terminara de arreglar la casa, lo llevaría todas las tardes a jugar un rato al parque, para que se fuera adaptando a la vida en la ciudad. A parte de seleccionar el colegio, debía buscar una niñera; era la única solución que se le ocurría para poder encargarse de Adrien, encontrar a alguien que lo cuidara mientras él estuviera dando clase en Howarts; también tendría que hablar con Dumbledore sobre ese tema: no podría pasar las noches en el colegio, de hecho, su deseo era terminar su jornada a eso de las seis de la tarde y volver a casa a través de la red flú... Seguro que Albus lo entendía, así que debía darse prisa en encontrar a una niñera adecuada; el mes de agosto ya había llegado y no podía perder más tiempo...
Pues bien, aquella mañana, Severus y Adrien se habían levantado muy temprano; el niño, después de vaguear un rato por la casa y de prácticamente quedarse dormido frente a su tazón de cereales, se había vestido con la ropa más fresca que Severus encontró en su armario, puesto que ese día hacía un calor insoportable, y había salido al jardín, que estaba a la sombra hasta después del mediodía; Severus estaba pintando el pasillo de un color naranja fuerte y, con la inestimable ayuda de la magia, le cundía bastante. Toda la parte superior ya había sido arreglada y la habitación de Adrien ya parecía el cuarto de un niño; de hecho, el pequeño ya no sentía miedo de estar allí, salvo cuando se hacía de noche, por supuesto, y se acordaba de aquel hombre de ojos brillantes... Severus dudaba mucho que algún día fuera a animarse a dormir solo; había dado esa batalla por perdida, no le quedaba más remedio.
Desde el pasillo, Severus podía oír el ruido del coche teledirigido de Adrien; solía recargarle las pilas con ayuda de la magia y el crío era capaz de pasarse horas enteras entretenido con aquel artefacto. De hecho, había montado una especie de circuito en el jardín (con ayuda mágica, por supuesto): tenía una zona de arena seca, otra pantanosa, otra asfaltada, montañas, terrenos pedregosos e, incluso, un pequeño lago rodeado de arbolitos diminutos que, a simple vista, no parecían más que hierba... Albus Dumbledore había perfeccionado el circuito, que ocupaba una buena parte del jardín, e incluso había felicitado a Severus por el buen tino demostrado, burlándose otra vez de su instinto paternal... Severus ya empezaba a enfadarse con aquel asunto; no necesitaba que le recordaran que Adrien le estaba ablandando el carácter, ya se daba cuenta solo y le agradaba y molestaba a partes iguales...
Adrien, que movía los bracitos enérgicamente como si pretendiera trazar mejor los movimientos de su coche, imitaba él mismo el ruido de un motor; sabía que su padre, aunque no estaba con él, lo vigilaba muy de cerca y se sentía a gusto. Le gustaban sus juguetes nuevos, aunque no le hacía mucha gracia no poder sacar muy a menudo su bicicleta; su mamá ya le había enseñado a montar y dar vueltas por el jardín no era muy agradable, así que prefería jugar con el coche; el circuito que le hicieron su papá y su abuelo Albus (le hacía gracia llamar "abuelo" a ese hombre tan raro, pero como le caía bien, no se podía resistir). "Oso", que así era como se llamaba su osito de peluche, descansaba en una tumbona de madera que estaba perfectamente colocada junto a una mesa de terraza y Adrien permanecía ajeno a todo salvo a su coche... En ese momento procuraba subir la pequeña montaña que culminaba todo el circuito, pero las ruedas resbalaban y caía hacia abajo una y otra vez, haciendo que Adrien se empeñara cada vez más en conseguir su propósito; a pesar de su corta edad, ya era terriblemente testarudo y no solía dejarse vencer por cosas como aquella...
Tal vez por aquel empeño suyo no se dio cuenta de que un gran perro color canela había saltado la cerca de la casa y se acercaba a él mostrando los dientes de una forma bastante peligrosa... Cuando el animal le ladró con fiereza, con el lomo erizado y los ojos repletos de cólera, Adrien se puso en pie y comenzó a retroceder lentamente, sin acertar a llamar a su padre; el perro parecía dispuesto a atacarle y Adrien dejó caer el mando del coche teledirigido, cada vez más asustado... A él los perros no le daban miedo, de hecho le gustaban mucho, pero aquel... La baba se le escurría de la boca mientras le enseñaba los dientes y le gruñía, dando sus pasos cada vez más largos... Adrien retrocedió hasta toparse con la pared de la casa y el perro soltó una especie de aullido, abalanzándose sobre él...
Severus había escuchado el primer ladrido y, sin saber porqué, reconoció al perro de la señora Olsen y supo que Adrien estaba en peligro. Sacó la varita de entre su ropa y corrió por el pasillo hasta llegar a la cocina; resbaló un momento y escuchó un aullido que hizo que se le erizaran los pelos de la nuca... Sabía que no llegaría a tiempo y corrió todo lo que pudo... Cuando salió al jardín, vio al perro saltando sobre Adrien, que estaba arrinconado, mirando al animal fijamente, totalmente aterrorizado... Alzó su varita para lanzar algún maleficio, pero entonces vio al perro suspendido en el aire de una forma bastante extraña... Vio como el animal bajaba las orejas y miraba a su alrededor como asustado y vio a Adrien con las manos extendidas al frente y los ojos clavados en el perro, sin dar crédito a lo que veía... Entonces, Adrien agitó una mano y, para sorpresa de Severus, el perro salió volando por los aires, hasta más allá del cercado de la casa, se topó con un árbol y cayó al suelo estrepitosamente, para luego levantarse y salir corriendo y aullando lastimeramente...
Severus se quedó paralizado... Jamás había visto a un niño tan pequeño hacer aquella excepcional demostración de magia; seguramente había sido algo inconsciente, algo basado en el instinto de supervivencia, pero había hecho levitar a un animal que pesaría dos o tres veces lo que él y se había deshecho del peligro sin sufrir ni un rasguño... Posiblemente estaría asustado, pero para eso estaba él ahí, para explicarle lo particular de su acción...
Adrien también estaba paralizado, con sus manos aún extendidas frente a él, respirando entrecortadamente y luchando por no llorar; había pasado mucho miedo, pero el perro no le había hecho nada... Él, de alguna manera, se había deshecho de él, lo había hecho volar y lo había sacado del jardín, todo ello sin saber cómo... Simplemente había deseado fervientemente que el perro no le hiciera daño y el animal había empezado a flotar en el aire; Adrien había sentido que podía controlarlo y no entendía por qué... Era raro y le daba miedo... ¿Qué clase de niño podría hacer esas cosas? ¿Acaso él no era alguien normal?
Después de unos segundos, giró la cabeza y vio a su padre en la puerta de la cocina, mirándolo con la boca abierta de par en par, como si no diera crédito a lo que acababa de ver... Seguramente ya no lo querría, no después de lo que le había hecho al pobre animal; Adrien bajó los brazos y agachó la cabeza con tristeza... Lo iba a rechazar, se iba a dar cuenta de que era un niño raro y lo iba a enviar de vuelta al orfanato, justo ahora que había empezado a acostumbrarse a estar con ese hombre, justo ahora que la casa parecía una casa de verdad y que se había encariñado con Severus... Tal vez hubiera sido mejor dejar que el perro le mordiera... Ahora no lo iba a querer y Adrien no podía culparlo... Pero, cuando más desesperanzado estaba el niño, cuando ya casi estaba a punto de ponerse a llorar de tristeza, vio a su padre acercarse a él dando grandes zancadas...
Severus llegó junto a Adrien, se arrodilló a su lado y, guiado por un sentimiento del todo incontrolable, por una necesidad que le dejaba sin aire, lo estrechó con una fuerza desmedida entre sus brazos, tan aliviado al comprobar que su hijo estaba a salvo que no le importaba demostrar el "instinto paternal" del que tanto hablaba Albus Dumbledore; quería sentir el cuerpecito de Adrien para asegurarse de que estaba bien. Después de lo que acababa de pasar, se había dado cuenta de que no podría soportar que algo le pasara al pequeño; llevaban juntos unos pocos días, era cierto, pero la idea de verlo herido le atormentó durante un segundo, cuando el perro se lanzó contra Adrien mostrando sus colmillos, dispuesto a morderle... Aquello le había hecho darse cuenta de que necesitaba a Adrien... No podría explicarlo, pero lo necesitaba...
-Lo siento, Severus –lloriqueó Adrien, abrazándose a él, sin poder soportar la idea de que lo rechazaran porque hizo volar al perro –Fue sin querer...
-No pasa nada –Severus lo separó de su cuerpo, cogiéndole firmemente el rostro para mirarlo a los ojos con franqueza –Has hecho bien, Adrien... Estoy orgullo de ti.
-Pero el perro...
-No te preocupes... –Severus lo abrazó otra vez y notó como Adrien le pasaba los brazos por el cuello –Vamos dentro, tengo algo que explicarte.
-"Oso" –masculló Adrien, señalando su osito; Severus sonrió y lo cogió con suavidad, consciente de lo mucho que ese muñeco significaba para el niño, y se lo dio. Adrien lo abrazó con energía, pero no soltó el cuello de su padre, y eso hizo a Severus sentirse aliviado... y feliz.
Severus cargó con Adrien hasta llegar a la sala de estar y lo sentó con cuidado en un butacón, acomodándose frente a él y dejando la varita en una mesa auxiliar cercana; suspiró profundamente, buscando las palabras adecuadas para explicarle a Adrien que era un mago y sintiéndose un poco estúpido... ¿Qué era lo que le decía un mago a sus hijos en un momento como ese? Él nunca se había planteado esa posibilidad, ni siquiera cuando Adrien irrumpió en su vida, y no tenía la menor idea de si debía o no ser directo... Curiosamente se acordó de Arthur Weasley; él había tenido siete hijos, seguro que sabría como afrontar la situación; sus labios dibujaron una media sonrisa y se decidió a iniciar aquella conversación... Suponía que Adrien estaba pensando mil barbaridades al respecto de todo aquello y él tenía que explicarle las cosas con cuidado y sencillez... No debía ser tan difícil...
-Adrien... –el niño estaba con la cabeza agachada, como avergonzado, y Severus le puso la mano con suavidad en el mentón –Mírame, hijo.
El pequeño corazón del niño dio un vuelco en ese momento... ¿Severus lo había llamado "hijo"? Nunca antes lo había hecho y sonaba tan bien, le recordó tanto a la forma en que su madre le llamaba, que no tuvo miedo de mirarle... Se acababa de dar cuenta de que ese hombre lo quería, pese a lo ocurrido, lo quería...
-¿Te acuerdas del primer día que estuviste aquí? Cuando el abuelo Albus apareció por la chimenea –Adrien afirmó con la cabeza -¿Y te acuerdas de cuando transformé aquella silla en el caballito de madera que hay en tu habitación? –Adrien volvió a afirmar con la cabeza –Sabes que todo eso es magia, ¿cierto?
-Sí...
-Sabes que yo puedo hacer magia y no te da miedo, ¿verdad?- Adrien negó con la cabeza –Pues, eso que acaba de pasar en el jardín... Eso que has hecho con el perro, también ha sido magia, Adrien... –el niño abrió mucho los ojos –Tú también eres un mago, hijo.
-¿Yo? –balbuceó Adrien, sin poder creerse lo que estaba oyendo- ¿Un mago?
-Así es –Severus sonrió y le pasó una mano por el pelo –Todavía eres muy pequeño para controlar tu magia, pero algunas veces, cuando estés muy asustado o muy contento, podrás hacer magia accidental, como ha pasado hace un rato... Es algo normal y, dentro de unos años, aprenderás a hacer magia como yo o como el abuelo Albus.
Adrien se quedó callado un momento, asimilando todo aquello que le estaban diciendo. ¿Él era un mago, como su papá? Así que lo que había pasado con el perro no era algo malo... Simplemente, podía hacer magia y, lo ocurrido, se debió a un instinto de protección... Era raro... Pero le gustaba la idea; seguro que sería divertido poder hacer todas las cosas que hacía su padre... Era algo especial... Su madre tenía razón cuando le decía que él era un niño especial...
-Y... ¿tendré una varita como esa? –Adrien señaló la varita de su padre, que descansaba a su lado.
-Cuando seas un poco más mayor, te compraré una sí... –Severus tuvo una idea descabellada de repente... Serviría para que Adrien se acostumbrara mejor a la idea y, al paso, podría comentarle a Albus lo que había visto... Y, a esas alturas del año, no habría mucha gente en Howarts, no habría peligro para Adrien -¿Te gustaría que fuésemos a un sitio especial? –Adrien lo miro con cara rara –Es un colegio al que tú irás cuando tengas once años, un colegio en el que estudian los magos...
-¿Hay colegios para niños como yo?
-¡Claro que sí! –Severus se levantó y le alargó la mano a Adrien –Yo soy profesor en uno de ellos y el abuelo Albus es el director, ¿te gustaría verlo?
Adrien pareció reflexionar un poco, hasta que dio un bote, cogió con firmeza a "Oso" y se asió a la mano de su padre. Si él era un mago, tal y como afirmaba Severus, quería ver cómo era uno de esos colegios de magia; seguro que se lo pasaba bien y veía cosas muy interesantes... Iba a ver Howarts y estaba ansioso...
Y en el próximo capítulo, titulado "Hogwarts I"-¿Qué haces aquí, niño? –dijo con voz grave, haciendo que Adrien diera un paso atrás –Eres demasiado pequeño para estudiar magia...
-Yo... –Adrien, después de lo que estaba viviendo, no estaba para responder preguntas, pero sí para hacerlas -¿Qué es usted, señor?
-¿Qué? –Nick Casi Decapitado (N/A: espero que haya quedado claro antes que estaba hablando de él), abrió mucho los ojos y, de pronto, pareció sentirse muy ofendido –Soy un honorable fantasma de la casa Griffindorf, por supuesto... Y, ahora contesta, muchacho impertinente...¿Quién eres tú y qué quieres?
-¿La casa Griff...in...do...orf...? –repitió Adrien, abriendo mucho los ojos, sin atender a las preguntas del fantasma -¿Qué es la casa Griff..indorf? –Nick Casi Decapitado fue a decir algo, pero Adrien se le adelantó –Y, si usted es un fantasma, ¿dónde están las cadenas y la sábana?
Nick Casi Decapitado no daba crédito a lo que estaba oyendo... ¿Sábanas y cadenas? ¿Qué clase de mal chiste era aquel? Él era un fantasma respetable, uno de los más antiguos de Howarts, así que ningún mocoso podía ir allí a insultarle de esa manera, hubiera salido de donde hubiera salido...
-¿Sábanas y cadenas? –dijo el espectro con voz chillona -¡No soy un fantasma de circo, muchachito!
Adrien frunció el ceño un momento, intentando asimilar todas las cosas que estaban ocurriendo, y se quedó medio paralizado cuando el fantasma le pasó uno de sus brazos transparentes por el pecho mientras se quejaba de su falta de "modales" y afirmaba que él había sido Sir Nicholas "No sé qué"; Adrien no pudo entender bien el nombre, puesto que estaba demasiado ocupado recuperándose de la extraña sensación que invadió su pecho cuando el espíritu lo traspasó. Tal vez en otras circunstancias se hubiera sentido asustado, por lo extraño de la situación y porque todo eso le era totalmente desconocido, pero no tenía miedo; de hecho, tenía la sensación de que, mientras estuviera en ese castillo, nada malo podría pasarle.
-¡Y, ahora!- gritaba Nick Casi Decapitado, dando vueltas a su alrededor y montando un gran escándalo –Dime quién eres... ¿Un mortífago disfrazado de niño, tal vez?
-¿Un morfigato? –Adrien arrugó la nariz; en su vida había oído esa palabra.
-¡Mortífago! ¡Mortífago! –gritó el fantasma, como si estuviera fuera de sí -¿Cómo has entrado?
-¿Qué es un morfigato? –una vez más, Adrien no atendía las preguntas de Nick Casi Decapitado.
-¡MORTÍFAGO! No, morfigato... –el fantasma se elevó en el aire –Iré a avisar al director inmediatamente...
(N/A: Puff... ¡Qué adelanto más extenso, jeje!)
