Hola! Como todo el mundo sabe que yo no soy JK Rowling, me ahorraré eso de que los personajes no son míos a partir de ahora... Gracias a todos por los reviews y por seguir leyendo
Pues nada más... ¡Ah, sí! Perdonad si en este capítulo hay más errores de lo normal, pero es que no he tenido tiempo de corregirlo...
Besos, Cris Snape
CAPÍTULO 11. El número 12 de Grimmauld Place
Severus Snape se despertó muy temprano, como siempre; Adrien dormía tranquilamente a su lado, con los brazos y las piernas abiertas, y una suave brisa entraba por la ventana, refrescando el ambiente un tanto acalorado de la habitación. Sin poder resistirse, Severus le pasó la mano por el pelo al niño y, por primera vez, tomó plena conciencia de que ese pequeño era su hijo, suyo y de nadie más; se dio cuenta de que la criatura que tan plácidamente dormía a su lado lo necesitaba a él más que a nada en el mundo y, de una forma un tanto extraña, Severus también sentía que necesitaba a Adrien. Todo lo demás había dejado de tener sentido, sólo estaban Adrien y él y todas sus acciones futuras debían estar encaminadas al bienestar de ese enano; un pensamiento extraño, turbador y agradable, sobre todo porque procedía de un hombre que durante toda su vida había estado solo, un hombre que nunca había tenido a nadie a quién amar y que ahora, de la noche a la mañana, era capaz de hacerlo con una intensidad que casi le daba miedo...
Adrien se removió durante unos segundos, mascullando unas leves palabras entre dientes y dándose media vuelta hasta quedar boca abajo; Severus sabía que tenía que levantarse, puesto que tenía muchas cosas que hacer y muy poco tiempo que perder, pero en lugar de eso, colocó su mano sobre la espalda del niño y sintió su respiración pausada... No pudo evitar acordarse de su madre... Le entristecía pensar que Adrien fuera a crecer sin tener cerca de Mariah; ella había sido una buena madre, se notaba en cada una de las actitudes de Adrien. Era un niño que había recibido mucho amor, un niño educado y listo y Severus le agradecía profundamente a esa mujer el regalo que le había hecho; tal vez, un mes antes Severus pensara que no necesitaba de nadie para ser feliz, pero la presencia de Adrien le hacía ver lo equivocado que había estado... El brujo se preguntaba si Adrien conservaría recuerdos de su madre cuando fuera más mayor; sólo tenía cuatro años y, aunque soliera hablarle muchas veces de las cosas que hacía con su mamá, Severus sabía que con los años, esos recuerdos que ahora parecían nítidos, se irían desdibujando, así que había empezado a plantearse la posibilidad de utilizar un pensadero para evitar que esos recuerdos desaparecieran. Tenía pensado consultar ese tema con Albus cuando surgiera la oportunidad, pero no iba a dejar que Adrien se olvidara de su madre; no es que él hubiera estado enamorado de Mariah, no le había dado tiempo a estarlo, pero llegó a cogerle cariño, siempre la había apreciado y tenía buenos recuerdos de ella. Y, eso era lo más importante, había querido a Adrien con todo su corazón, Severus se daba cuenta cada vez que releía la última carta que la mujer le envío; no quería imaginarse la angustia de Mariah cuando supo que iba a morir dejando a un niño tan pequeño solo... Ella le había confiado a Severus su más grande tesoro y Severus ya lo había aceptado como propio y no consentiría que nada le ocurriera a Adrien...
Se sintió un poco raro pensando en todas esas cosas a una hora tan temprana de la mañana, sobre todo cuando sabía que un poco tiempo después tendría lugar una importante reunión con los miembros de la Orden del Fénix, la primera a la que él asistiría después de la desaparición del Señor Tenebroso y de que se descubriera que él jamás había traicionado a Albus Dumbledore. No dudaba que fuera a ser un reencuentro tenso, sobre todo teniendo en cuenta las veces que intentaron matarlo, pero eso no le importaba, no cuando iba a tratarse un tema tan importante para él como era la seguridad de Adrien; también estaba el hecho de atrapar a unos cuantos mortífagos que se empeñaban en amenazar su vida constantemente, pero era Adrien quién más le preocupaba en todo eso. Era un niño de cuatro años, un niño que había crecido en el mundo muggle, ajeno a la guerra que en su momento viviera el mundo mágico, un niño que nada sabía de magos tenebrosos y traiciones y que no debía sufrir las consecuencias de un problema que nada tenía que ver con él.
Con un poco de suerte, Adrien no tendría que acompañarlo a la reunión esa tarde; si después de que se reuniera con Carole Allerton ella aceptaba el empleo, tal y como Severus esperaba, el niño podría quedarse a su cargo (en esa casa, por supuesto), durante unas horas y él podría marcharse tranquilamente... Y, en ese momento, Severus recordó la conversación que mantuviera con la mujer el día anterior y se llamó mil veces estúpido. Le había ofrecido el empleo a Carole, ella prácticamente lo había aceptado, y habían quedado en ultimar detalles esa mañana, pero Severus había obviado un pequeño detalle: no le había dicho a la mujer dónde vivía. Eso no era bueno... No, señor, a menos que Carole fuera adivina y se presentara inesperadamente en la puerta de su casa... Severus soltó un bufido por lo bajo; acababa de darse cuenta de que tendría que llevar a Adrien con él, no había manera de hablar con Carole antes de la reunión con la orden y eso le dejaba en una posición incómoda. Aunque, claro, siempre podía darle una poción a Adrien para dormir sin soñar y dejarlo bien protegido en la casa...
No, no era una buena idea; Albus lo mataría si se le ocurriera hacer algo así. Él mismo se sentía incapaz de hacerlo, así que Adrien iría con él... Y no le cabía duda de que el mocoso se lo iba a pasar en grande curioseando en una casa que ocultaba tantos secretos que harían las delicias de un niño; claro que, viendo lo visto cuando Adrien llegó a su casa, seguramente el número 12 de Grimmauld Place le causaría cierto grado de temor. Aquella vivienda perteneció durante años a una familia de magos tenebrosos y, por mucha limpieza que hubieran hecho desde que la tomaron como cuartel general, el ambiente tétrico no había desaparecido; así pues, Severus dudaba si Adrien se dejaría llevar por su temor a los lugares siniestros y, si por el contrario, encontraría esa casa como un lugar perfecto para jugar e investigar. Más de una vez le había pedido que volviera a llevarlo a Hogwarts; Adrien se había quedado con las ganas de ver mucho más de ese castillo, pero Severus había estado demasiado ocupado, aunque planeaba una próxima visita al colegio de magia antes de que empezaran las clases. Tenía la excusa perfecta, por supuesto: en unos días tendría que ir al Callejón Diagón a comprar algunos ingredientes para la clase de Pociones y, después tendría que llevarlos a Hogwarts; llevaría a Adrien consigo, por supuesto. Quería comprarle algunos juguetes mágicos y un par de túnicas por si se presentaba alguna ocasión en la que fueran a ser necesarias; no estaba muy seguro de que Adrien fuera a aceptar de buena gana eso de vestirse con la "ropa rara" que a veces se ponía su papá (así llamaba el mocoso a las túnicas negras que guardaba en su armario), pero tendría que ir acostumbrándose a la vida en el mundo mágico. Después de todo, el crío también era un mago y, aunque hubiera crecido como un muggle más a este ese día, Severus no deseaba obviar su condición de brujo en ciernes: le compraría ropa, juguetes, libros apropiados para su edad e, incluso, y Severus no podía evitar sonreír cuando lo pensaba, buscaría algún pequeño caldero para que Adrien empezara a hacer sus primeras pociones, sencillas, por supuesto, pero como buen amante que era de las pociones, Severus no quería que su hijo creciera siendo un negado en la materia como lo eran la mayor parte de sus alumnos de Hogwarts (N/A: éste hombre... Pobrecito Adrien, la que le espera haciendo pociones, jeje) y, cuanto antes empezara a enseñarle, mejor. Bueno, el niño tendría que empezar por aprender a leer y a escribir antes, por supuesto, pero en cuanto supiera hacerlo, Severus se pondría manos a la obra con él.
Severus estaba seguro de que a Adrien le encantaría el Callejón Diagón; el niño tendría ocasión de ver a otros magos haciendo su vida cotidiana, justo lo que necesitaba para terminar de acostumbrarse a la idea de que él mismo era un mago. Severus no veía el momento de llevarlo a aquel famoso lugar del mundo mágico, pero antes tendría que pensar en la reunión que tendría lugar esa misma tarde, así que se levantó, un poco a regañadientes, se vistió y bajó a desayunar, dejando a Adrien dormido, ajeno a todo lo que le tocaría vivir aquella tarde.
Una vez en la cocina, Severus se sentó frente a la mesa, con una buena taza de café bien cargado delante y con el ceño un poco fruncido; no podía evitar echar un vistazo al jardín de cuando en cuando, mientras pensaba en el horrendo perro de la señora Olsen. Era curioso que la mujer no hubiera ido a reclamarle por "maltratar" a su adorable mascota, tal vez porque la anciana al fin se había dado cuenta de que Severus no pensaba hacerle el más mínimo caso; al menos, eso era una cosa menos por la que preocuparse, que bastante tenía ya con todo lo demás. Desde el día del ataque, los hechizos protectores de Albus Dumbledore no habían vuelto a detectar magia extraña, pero eso no lograba tranquilizar a Severus; si, efectivamente, un mortífago estaba rondando su casa, se habría sentido un poco reticente a actuar en contra del niño mientras Severus estaba cerca de él y, como el brujo no se separaba del pequeño Adrien ni a sol ni a sombra, las ocasiones de atacarle eran mínimas, por no decir que nulas. Severus se sentía intranquilo, ansioso a ratos; tal vez fuera mejor que sus enemigos dieran la cara cuanto antes para enfrentarles de una vez por todas y dar por terminada aquella situación tan... exasperante.
Severus desayunó, ordenó la casa y, cerca de las diez de la mañana se marchó a la sala de estar a trabajar en las clases de Pociones; no es que tuviera mucho más que hacer, salvo pensar en la reunión de esa tarde. Había elaborado mentalmente una lista con aquellos miembros de la Orden del Fénix con los que tendría que encontrarse y el panorama no le resultaba demasiado alentador: Ojoloco Moody, Remus Lupin, Minerva McGonagall, Arthur y Molly Weasley... Tal vez a los dos últimos podría soportarlos, pero a los demás... No quería pensar en ello, no quería pensar en las caras que pondrían cuando lo vieran aparecer en la vieja mansión Black con Adrien cogido a su mano, así que se centró en los programas escolares. Tenía que terminar los cambios del tercer trimestre en las clases de primer curso y estaba un poco atascado por culpa de una poción revitalizante que no sabía si incluir o dejar para el segundo año de la asignatura...
-Hola, Severus.
Adrien acababa de entrar en la sala, frotándose los ojos y bostezando sonoramente, con el pelo tan revuelto como siempre; sin esperar una respuesta, caminó vacilante hasta el sillón y se recostó sin molestarse en encender la televisión. Era evidente que iba a dormir un rato más, así que Severus lo miró sonriente, sin decirle nada. Diez minutos después, Adrien volvió a removerse y, esa vez sí, se espabiló, encaramándose en el respaldo del sillón y mirando a su padre con curiosidad; las tripas le rugían de hambre y, sin necesidad de que le dijeran nada, Severus se levantó y fue a buscar el desayuno del pequeño, momento que Adrien aprovechó para corretear hasta la mesa y ponerse a curiosear en los pergaminos que su padre tenía extendidos sobre ella.
El niño apenas sabía leer, pero ver a su padre dedicando tanto tiempo a ese trabajo le llamaba muchísimo la atención, así que hizo un gran esfuerzo para saber de qué trataba todo ese asunto. Sabía que Severus era profesor en el colegio para niños que sabían hacer magia, pero nunca le había dicho que asignatura impartía y Adrien no podía imaginarse cuál sería dicha materia. Giró la cabeza para leer uno de los pergaminos, entornando los ojos y procurando juntar bien las letras para no equivocarse.
-P...oc...i...ooo...nnn...es –dijo con mucho esfuerzo, para luego afirmar con la cabeza- Pociones... ¿Pociones? –Adrien frunció el ceño... ¿qué asignatura sería esa? Cuando él iba al cole, nunca le habían enseñado nada que tuviera un nombre parecido aunque, claro, en su cole no enseñaban magia, así que eso debía ser algo normal, por lo que decidió seguir leyendo –Pr...iii...mu...me...rrr...a... –Adrien no supo seguir leyendo... ¿qué letra era esa? (N/A: ya sé que el chiquitín está en Inglaterra y todo eso, pero aquí leemos en castellano y el pobrecito Adrien no sabe qué letra es la "ñ". Entendedlo, sólo tiene cuatro años)
-¿Qué haces, Adrien?
Severus acababa de regresar cargado con un gran zumo de naranja y un tazón repleto de cereales con leche; habló con suavidad y Adrien alzó sus ojillos negros para mirarlo fijamente, sin importarle que lo hubieran descubierto curioseando. Sabía que su papá no iba a enfadarse con él.
-¿Qué son Pociones? –preguntó simplemente, haciendo que Severus sonriera tanto que parecía que se quedaría así para toda la vida (N/A: A Severus se le cae la baba cuando Adrien se interesa por las pociones...)
El brujo regresó a la mesa, alzó a Adrien en el aire y lo sentó con cuidado sobre sus rodillas, dispuesto a dar su primera clase magistral para introducir a su hijito en el noble arte de la elaboración de pociones, no sin antes dejar su desayuno frente al niño y entregarle su cuchara como animándolo a comer... y sin admitir ninguna clase de réplica, claro. Aunque, ahora que se daba cuenta, ¿cómo explicarle a un niño tan pequeño qué eran exactamente las Pociones? No podía soltarle su famosa perorata de principios de curso dedicada a los chicos de primer curso, seguramente no lo entendería, pero no se le ocurría otra forma...
-¿Es muy difícil de aprender? –preguntó Adrien al ver que su padre parecía estar pensándose la respuesta; el niño había arrugado la nariz y giraba la cara para mirar de frente a Severus.
-Y de explicar –dijo el brujo, soltando aire –Verás... Algunas veces los brujos necesitamos utilizar las pociones: cuando estamos enfermos, cuando queremos... atraer la buena suerte, cuando queremos disfrazarnos... –Adrien abrió mucho los ojos, pero no dijo nada; se limitaba a escuchar con atención, como si quisiera absorber todo el conocimiento que le fuera posible- Las pociones nos ayudan a hacer todo eso... Mezclamos una serie de cosas, siguiendo un orden y tenemos la poción que necesitamos, ¿entiendes?
-Creo que sí... –Adrien alzó las cejas y, después de un segundo de reflexión, sonrió -¿Y tú enseñas eso en el cole?
-Eso es –"Al menos lo intento", pensó el hombre.
-¿Y es divertido?
Severus nunca se había planteado esa cuestión... ¿Era divertido enseñar pociones? No mucho, la verdad, pero eso era básicamente por culpa de sus alumnos, a lo que les aburría soberbiamente su asignatura y, si él no veía un poco de interés, terminaba por desanimarse y sacar todo su mal humor...
-Algunas veces, sí, lo es –dijo finalmente, dando una respuesta bastante... neutra.
-¿Y me enseñarás pociones a mí también?
-Cuando llegue el momento, tal vez... –otra cosa en la que Severus no había pensado... Si todo seguía como hasta ese día, alguna vez tendría que ser profesor de su propio hijo... Realmente parecía interesante...
-Y... –Adrien pareció dudar antes de seguir hablando -¿Me enseñarás antes de ir al cole?
Severus se quedó callado un momento; la pregunta de Adrien había sido espontánea y sus ojos estaban cargados de sinceridad... Ese niño realmente quería aprender Pociones, pero no la materia en sí, sino porque era su padre el hombre encargado de enseñarle y eso le llenó de orgullo... Y, por qué no decirlo, le alegró y emocionó; Adrien era la primera persona que conocía que parecía dispuesta a prender Pociones por iniciativa propia. Aquel sería un día a tener muy en cuenta en el futuro...
-Claro que sí –respondió finalmente, pasándole la mano por el pelo –Pero tendrás que ser un poco más mayor para eso...
-¿Cuándo cumpla cinco años? –Adrien se removió, inquieto, y sonrió de forma cautivadora.
-Tal vez... –Severus cabeceó; cinco años no era una mala edad para su "iniciación" -¿Cuándo es tu cumpleaños?
-El 21 de abril –Adrien mostró sus dientecitos de leche y alzó la cabeza como si quisiera dar a entender que ese día iba a convertirse en un niño mayor.
-Ya veremos –Severus acercó los cereales al niño; con tanta cháchara se había olvidado del desayuno –Y ahora cómetelo todo; tenemos muchas cosas que hacer antes de que llegue esta tarde.
Adrien obedeció sin rechistar, como siempre solía hacer; se sentó en una silla sólo para él y se comió todo su almuerzo con absoluta voracidad, mientras observaba trabajar a su padre. Cinco minutos después, se aburrió de estar en la mesa y correteó hacia el sillón, terminándose los cereales mientras veía la televisión, riendo de cuando en cuando cada vez que algo le parecía realmente gracioso; Severus lo miraba de reojo, sin poder borrar la sonrisa que había aparecido en su rostro, convencido de que esa tarde Adrien se lo iba a pasar en grande (esperando que así fuera), aunque él tuviera que enfrentarse a unos aliados que, durante mucho tiempo, habían resultado ser sus enemigos...
---- ---- ---- ---- ---- ----
Aquella tarde no habían utilizado la red flú para llegar al número 12 de Grimmauld Place por dos razones: la primera era, básicamente, la cara que había puesto Adrien cuando su padre le sugirió la posibilidad de hacer uso de ese medio de transporte. La primera experiencia del pequeño no había sido de lo más agradable y, aunque no llegó a decir nada, Severus se dio cuenta que el niño prefería hacer cualquier otra cosa antes que meterse en una chimenea para ser absorbido por una gran llamarada verde para luego empezar a dar vueltas sin descanso y terminar mareado y cubierto de ceniza, así que le hizo otra sugerencia: la aparición. Al principio, Adrien lo miró con los ojos entornados, sin terminar de entender lo que su padre quería decirle, pero luego, aún antes de que Severus le explicara en que consistiría aquella forma de desplazarse, Adrien se emocionó ante aquello que, a pesar de serle desconocido, no le asustaba porque hacía ya unos días que había comprendido que su papá jamás haría algo que pudiera poner en peligro su integridad. Severus se había planteado la posibilidad de utilizar algún traslador (aunque fuese ilegal, no le preocupaba la reacción de los hombres del Ministerio), pero Adrien comenzó a hacer preguntas acerca de la aparición y descartó la idea de forma casi inmediata. Después de explicarle que cuando fuera un adulto iban a enseñarle a desaparecer de un sitio para aparecer en otro, y de observar la expresión un tanto incrédula del pequeño, Severus lo cogió en brazos y le pidió que se agarrara a su cuello todo lo fuerte que pudiera; Severus había recuperado una de sus viejas túnicas negras para asistir a la reunión (y Adrien parecía haber estado a punto de regañarle por ello, aunque se limitó a mirarlo con los ojos entornados) y Adrien seguía sin separarse de "Oso". Aunque su padre le había recomendado que llevara algún juguete más por si tardaban mucho tiempo y se aburría, Adrien decidió no hacerlo; tenía la sensación de que iba a ver muchas cosas impresionantes esa tarde (aunque no fueran a Hogwarts, claro) y no creía necesario llevarse nada consigo, salvo a "Oso", que era mucho más que un juguete para él: era su amigo, lo había sido desde siempre, desde antes de que el pequeño se acordara, y lo sería durante mucho tiempo más.
-No te sueltes, Adrien –le dijo Severus mientras se preparaba para desaparecerse; el niño negó con la cabeza, dando a entender que no pretendía hacerlo, y vio a su padre sonreír –Bien... A la de una, a la de dos, a la de... TRES.
Y, un segundo después, la sala de estar de la casa desapareció de la vista de un más que impresionado Adrien, dando lugar a un callejón oscuro y sucio que parecía sacado de alguna de esas películas de cine negro que alguna vez había visto su mamá, cuando estaba junto a él. Adrien miró a su alrededor algo aturdido y notó como Severus le pasaba una mano por el pelo; no es que estuviera asustado ni nada de eso, pero estaba demasiado impresionado por lo que acababa de ocurrir así que, cuando Severus lo dejó en el suelo, las piernas empezaron a temblarle y el hombre tuvo que volver a alzarlo para evitar que se cayera al suelo.
-¿Estás bien? –le preguntó con suavidad Severus, mirándolo detenidamente para asegurarse de que el pequeño seguía estando de una pieza.
-Ha sido muy raro –Adrien hizo una mueca; se sentía bien, sí, pero demasiado... extraño.
-Te acostumbrarás, no te preocupes y, ahora, vamos a buscar el número doce de Grimmauld Place.
Severus echó a andar y salió del callejón mirando a su alrededor con suma cautela; a esas horas de la tarde, y dado el calor casi sofocante que reinaba en las calles de Londres, no había muggles por la calle. De hecho, todo permanecía en silencio y, si el brujo no tuviera la certeza de que lord Voldemort estaba muerto, hubiera temido alguna clase de ataque, una emboscada, pero todo estaba en calma; el silencio era extraño, sí, pero no amenazante... Severus clavó sus ojos en el número once de Grimmauld Place; Adrien miraba a su alrededor como sondeando cada rincón de aquel lugar. Severus miró el número trece y buscó entre su túnica un trozo de pergamino que tenía guardado para ocasiones como aquella. Adrien miró el cielo, con los ojos abiertos. Esa era la primera vez que estaba en Londres; nunca en su vida había tenido ocasión de ver edificios tan altos como aquellos y, aunque no viera a nadie hacer magia esa tarde, aunque no estuviera cerca de cuadros que se mueven y de hombres gigantescos, el niño ya tenía la sensación de estar viviendo una aventura. Su mamá solía hablarle de Londres; ella si conocía la ciudad y muchas veces le había prometido que lo llevaría a verla, pero desgraciadamente no tuvo tiempo de cumplir su palabra... Adrien, sin embargo, sí pudo ir a Londres y, aunque aquel barrio no era ni de lejos uno de los mejores de la capital británica, a él le estaba gustando mucho...
-¡Qué casas tan grandes! –dijo el niño, ajeno a los movimientos que hacía su padre para poder tener acceso al cuartel general de la Orden del Fénix.
-¿Te gustan? –Severus sonrió, tomándose las cosas con calma.
-Mucho... –Adrien miró a su padre con aquella sonrisita cautivadora que pronto empezaría a utilizar en beneficio propio (N/A: como todos los niños cuando ponen cara de angelito, vamos)
-Vendremos otro día, pero ahora tenemos una cita muy importante... –Severus se hizo el interesante y, asegurándose de que no había muggles cerca, señaló a Adrien el espacio que separaba las casas once y trece –Quiero que mires ahí y que estés muy atento, ¿entendido? –Adrien afirmó con la cabeza y, efectivamente, miró fijamente hacia el punto que su padre le indicó. Severus carraspeó un momento y leyó la nota que el propio Dumbledore le había entregado unas semanas antes –Número Doce de Grimmauld Place –dijo, con voz clara y alta, dispuesto a observar la reacción de Adrien, olvidándose de todos los miembros de la Orden del Fénix y centrándose únicamente en su hijo, que estaba a punto de ver cómo una casa entera se aparecía ante sus ojillos infantiles.
Efectivamente, después de que Severus leyera aquel trozo de pergamino, algo raro empezó a suceder entre el número once y el número trece. Adrien, al principio, pensó que ocurría algo malo y se agarró al cuello de su padre aunque, por alguna extraña razón, no pudo retirar la vista del lugar que el brujo le indicó. De pronto, las casas anteriores empezaron a moverse, desplazándose hacia los lados para dejar paso a una casa más, una casa de aspecto tétrico que se fue alzando lentamente ante los ojos de Adrien mientras el niño se ponía en tensión y abría la boca totalmente fascinado sin acertar a decir una sola palabra; de entre todas las cosas "especiales" que había visto desde que se fuera a vivir con su papá aquella era, sin ninguna duda, la más impresionante de todas. Después de todo, había muy pocos niños de cuatro años que tenían la ocasión de ver aparecer una casa tan grande (y fea, al menos a Adrien no le agradó demasiado su aspecto) ante sus ojos... Unos pocos segundos después, la casa se alzaba ante Severus y el pequeño en todo su esplendor, invitándolos a entrar (aunque el llamador de la puerta no fuera precisamente algo que a Adrien le gustaría tocar, claro)
-¡Güau!
Eso fue lo único que pudo decir el niño después de lo que acababa de oír. Severus soltó una leve carcajada y lo estrechó con fuerza entre los brazos sin poder resistirse; hacía unos días que se había dado cuenta que no merecía la pena intentar dominar su "instinto paternal"... De todas formas, aunque tuviera esos gestos con Adrien, pensaba seguir siendo el mismo Severus Snape desagradable de siempre; después de todo, sólo Adrien era su hijo y sólo a él le debía un poco de ternura... Para los demás, tenía preparadas las mismas cosas de siempre. No podía ser de otra manera.
-¿Qué te ha parecido, Adrien? –preguntó con curiosidad, mientras el niño permanecía con los ojos como platos y la boca abierta.
-Es mejor que aparecer en la chimenea –susurró el niño, cogiendo a "Oso" con fuerza; un segundo antes había estado a punto de caérsele al suelo debido a la emoción del momento -¿Y podemos pasar ahí dentro?
-Claro que podemos.
-¿No nos aplastarán las otras casas?
-¡Claro que no! –Severus, esa vez sí, rió con casa. No es que las palabras del niño fueran una absoluta barbaridad, de hecho, sonaban bastante sensatas teniendo en cuenta que Adrien era muy pequeño, pero él nunca se había planteado algo así y le pareció gracioso. Haciendo un esfuerzo, dominó su risa y dejó a Adrien en el suelo, mucho más recuperado tras su primera "aparición"; al niño ya no le temblaban las piernas y parecía estar disfrutando de cada momento con pasión, sin dejar que se le escapara ni un solo detalle -¿Vamos?
Severus le tendió su mano y Adrien no necesitó que se lo preguntaran dos veces para agarrarse a ella; Severus subió los escalones del número doce con parsimonia, comprobando no sin sorprenderse a sí mismo, que ya no se acordaba de las mismas cosas que venían a su cabeza en las ocasiones anteriores, cuando iba a esa casa para informar a Dumbledore sobre sus avances como espía de la Orden... Ese día sólo podía sentir la manita de Adrien en la suya, sólo la imagen del niño mirando a su alrededor para que no se le escapara ni un detalle estaba presente en su cabeza y eso era, cuanto menos, turbador... De todas formas, Severus ya se estaba acostumbrando a ese tipo de cosas y, teniendo en cuenta que sus preocupaciones habían descendido considerablemente desde la desaparición definitiva del Señor Tenebroso, no le resultaba demasiado difícil hacerlo.
Una vez frente a la puerta, llamó con suavidad y, por primera vez se sintió nervioso... ¿Quién iría a atender su llamada? ¿Molly Weasley? ¿Albus Dumbledore? ¿El propio Harry Potter, tal vez? Esa última opción era la que menos gracia le hacía; después del día tan agradable que había pasado con Adrien, no quería que el maldito muchacho le echara por tierra su mal humor... Y es que a Severus le bastaba con ver el rostro de "El-Chico-Que-Vivió-Y-Venció" para sentirse molesto de forma casi inmediata; no necesitaba que le dieran una mala contestación, ni que le hablaran con un tono de voz de lo más desagradable... Era ver a Harry Potter y ponerse enfermo; no lo podía evitar, aunque muchas veces había intentado controlar esos instintos, era algo superior a sus fuerzas. El maldito Harry se parecía demasiado a su padre y habían ocurrido demasiadas cosas entre James y él para que ahora viera a su hijo con buenos ojos; era algo estúpido e infantil, lo sabía, Dumbledore no se cansaba de repetirle que James y Harry Potter no eran la misma persona, pero es que Severus no podía evitarlo... Mientras pensaba en ello, agachó la mirada y vio a Adrien balanceándose a su lado, evidentemente nervioso y, sin darse cuenta, se sintió más tranquilo... Sintió como si la presencia de Harry en esa casa (o en cualquier otro sitio), le importara menos que otras veces y no pudo evitar preguntarse si, a pesar de todo, el carácter no se le estaría ablandando de cara al resto del mundo también...
Al cabo de un minuto, se escucharon pasos en el interior de la casa y la puerta empezó a abrirse. Adrien contuvo la respiración mientras la puerta chirriaba de una forma bastante desagradable, y Severus buscó la mirada más fría e indiferente de todo su repertorio... Hasta que se encontró con el rostro sonriente de Albus Dumbledore y se relajó al tiempo que Adrien daba un gritito y se arrojaba a los brazos del anciano mago.
-¡Abuelo! –dijo totalmente emocionado; hacía una semana que no veía a Albus y, se alegraba muchísimo de poder estar otra vez con él. Dumbledore cogió al niño en brazos y dejó que le besara las mejillas, con efusividad.
-Buenas tardes, muchachito –dijo el anciano, dejando al pequeño en el suelo otra vez -¿Cómo estás?
-Muy bien.
-Pasad –dijo el brujo, echándose a un lado y mirando a Severus significativamente –Llegas puntual, como siempre. No pensé que fueras a traer al niño.
-No encontré a nadie con quién dejarlo –Severus hizo una mueca mientras la puerta se cerraba a su espalda –Pensé en darle una poción para dormir y encerrarlo después en su habitación, pero no me pareció lo más conveniente –prosiguió en un tono claramente sarcástico.
-No, definitivamente no lo era –Dumbledore chasqueó la lengua y miró a Adrien, que se había quedado parado en mitad del recibidor, mirando a todas partes con rapidez, como si no tuviera muy claro qué era lo que más le llamaba la atención de todo lo que tenía a su alrededor -¿Te gusta la casa, Adrien?
El niño no contestó, no hasta que no pasó un tiempo reconociendo el lugar... ¿El abuelo Albus le había preguntado que si le gustaba? Pues no podía decir que sí, la verdad... Todo estaba muy oscuro y, aunque pareciera imposible, aquella casa era mucho más tétrica que la de su papá antes de la reforma; la vivienda era grande, de eso no cabía duda, y había varias puertas distribuidas en diferentes lugares del recibidor, pero Adrien jamás hubiera tenido el valor suficiente para ir a curiosear a ninguna de ellas. Giró sobre su cuerpo y localizó una escalera que llevaba a la parte superior y, eso sí le llamó la atención, vio un gran cuadro que estaba tapado con una sábana... Podía escuchar una especie de gruñido procedente de él y, llevado por la curiosidad, caminó lentamente hacia él con la sensación de que no iba a encontrarse nada bueno; Severus y Albus lo observaban atentamente, pero Adrien no era consciente de ello, por eso se asustó un poco cuando fue a quitar la sábana que cubría el cuadro parlanchín y alguien lo cogió por debajo de los brazos y lo alzó en el aire, impidiendo que lograra su objetivo... Se asustó por que estaba un poco despistado y porque, además, la casa en sí ya le daba bastante miedo...
-Esa no es una buena idea –le dijo con suavidad Dumbledore, que fue el que lo separó del cuadro –Será mejor que no te acerques a ese cuadro, Adrien.
-¿Por qué? –el niño frunció el ceño, pero realmente no tenía muchas ganas de discutir las órdenes de su abuelo Albus.
-Porque ese cuadro no es como los que tengo en mi despacho y puede montar un gran escándalo si lo destapas.
-¿Un escándalo? –Adrien enarcó las cejas y Albus volvió a dejarlo en el suelo.
-Es el retrato de una señora que grita mucho –explicó con sencillez el anciano –Y muy fuerte además, así que será mejor dejarla tapada, ¿no crees?
-Si grita tanto... –Adrien se encogió de hombros y no pudo evitar mirar el cuadro de reojo.
-Eso está mejor –Albus le pasó una mano por el pelo y se volvió hacia Severus otra vez –Los demás no han llegado aún, no creo que tarden mucho –Severus no dijo nada –Pero Hagrid si está aquí...
-¿Rubeus? –Severus parecía sorprendido –Él no suele acudir a esta clase de reuniones.
-No ha venido por la reunión... –Albus sonrió –Creo que Adrien le causó una muy buena impresión y supuso que lo traerías contigo...
-Así que me has conseguido niñera –dijo Severus por lo bajo, entre aliviado al no tener que exponer a Adrien frente a toda la Orden, y preocupado porque Hagrid no era el candidato que él hubiera escogido para cuidar al niño.
-Está arriba, con Buckbead...
-¿Ese hipogrifo? –Severus dio un bote y Adrien, que estaba escuchando la conversación atentamente mientras seguía mirando todo lo que había a su alrededor, lo imitó –No quiero que el niño esté cerca de ese... animal... Y no me refiero a Hagrid –añadió con malicia, ganándose una mirada reprobadora de Albus.
-Pues es eso o tendrás que dejar que Moody lo analice durante un par de horas con su ojo mágico –dijo Albus con dureza, cogiendo la manita de Adrien que, a esas alturas, ya no tenía interés por lo que le rodeaba. Una sola palabra rondaba por su mente...
-¿Qué es un hipo...grifo?
Los dos adultos interrumpieron el inicio de aquella conversación y se volvieron para mirar a Adrien, que tenía sus ojos clavados en ellos con intensidad, ansiando escuchar aquella explicación. Severus quiso responder para ver si encontraba un argumento que hiciera que Adrien no quisiera ver a esa criatura, pero Albus se le adelantó, tomó a Adrien de la mano y, antes de que Severus pudiera reaccionar, empezó a subir las escaleras con aire misterioso.
-Seguro que Buckbead te gusta... Es un animal mágico especial y...
Severus no pudo escuchar nada más; Albus corría mucho, más de lo que pudiera parecer dada su edad y Adrien, que estaba entusiasmado por descubrir algo nuevo esa tarde, y también contento por volver a ver a Hagrid, se dejaba llevar sin mirar atrás. Severus soltó un bufido... Esa iba a ser una tarde muy larga... Demasiado larga y eso no le hacía ninguna gracia... Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Y en el próximo capítulo, titulado "De hipogrifos y mortífagos"...
-¡Claro que sí! –dijo finalmente Hagrid, haciendo un gesto conciliador para "tranquilizar" a un bastante tranquilo Buckbead; luego, se inclinó para poder mirar a Adrien directamente, algo bastante difícil teniendo en cuenta que el niño apenas levantaba un palmo del suelo y que él no se topaba con el techo precisamente por un palmo de distancia –En primer lugar, debes saber que los hipogrifos son muy orgullosos, así que hay que tener mucho cuidado cuando tratamos con ellos, ¿entiendes?
-Sí, señor Hagrid.
-¡Oh, no me llames señor Hagrid! –el mago sonrió afablemente y pasó su manaza por el pelo de Adrien; si se lo propusiera, podría envolver su pequeña cabecita sin esfuerzo –Todos me dicen Hagrid...
-Hagrid –repitió el niño, sonriendo y sin dejar de mirar de reojo a un cada vez más tranquilo Buckbead.
-Eso está mejor –Hagrid frunció el ceño... El hipogrifo se estaba comportando de una forma extraña, demasiado mansamente para su gusto. De hecho, había empezado a inclinar las patas delanteras y la cabeza... –Bien, Adrien; es muy importante que no mires directamente a Buckbead; tienes que mantener la cabeza inclinada, así –y Hagrid hizo una demostración, siendo imitado casi al instante por Adrien –Y luego tienes que hacer una...
Hagrid enmudeció y se dispuso a saltar hacia delante...
Había visto a Buckbead acercarse peligrosamente a Adrien y se dio cuenta de que el pequeño, que permanecía con la cabeza agachada, no podía ver al hipogrifo para huir de él...
