Hola a todos otra vez; aquí estoy, actualizando como cada miércoles. Antes de nada, gracias por todos los reviews recibidos y agradecer a todos los que estáis siguiendo la historia.

Os dejo con el capítulo. Espero que os guste y que me dejéis algún comentario, y tal y tal...

Besos, Cris Snape

CAPÍTULO 12. De hipogrifos y mortífagos

-Seguro que Buckbead te gusta... Es un animal mágico especial y dudo mucho que hayas visto nada parecido –decía Albus Dumbledore, mirando de reojo al hombre que se quedaba parado en el recibidor de la casa haciendo muecas extrañas, como si estuviera a punto de sufrir un ataque de nervios o algo similar.

-¿Y qué animal es? –preguntó Adrien, claramente entusiasmado con la idea de descubrir cosas nuevas- ¿Un perrito? ¿Un gato?

-No –Dumbledore soltó una risita ante las ocurrencias del niño y detuvo su marcha, para poder dar más "misterio" a su explicación siguiente; se colocó frente a Adrien y, mirando a su alrededor como si no quisiera que nadie pudiera escucharles, habló en un susurro –Un hipogrifo es una criatura mitad caballo, mitad águila.

-¡Oh! –Adrien abrió mucho los ojos, absolutamente fascinado, y se cogió a la mano de Albus para que el anciano siguiera andando y lo llevara cuanto antes a ver a aquel animal tan extraño –Yo nunca he visto un hipo... grifo.

-Eso es porque no todo el mundo puede verlos –Albus hablaba con suavidad y el niño estaba tan interesado en las cosas que tenía que decirle su "abuelo", que ni siquiera se fijaba en el aspecto tenebroso de aquella casa –Al ser animales mágicos, sólo los magos están cerca de ellos.

-Ah... –Adrien se quedó pensativo ante lo que acababa de escuchar y, de pronto se acordó de su madre y no pudo evitar que una serie de dudas lo asaltaran –Mi mamá no era bruja, ¿verdad? –preguntó con seriedad; Albus lo miró de reojo, temiendo que el niño pudiera sentirse mal al acordarse de Mariah Bellefort, pero a juzgar por la expresión de su cara, todo iba bien.

-No; ella no podía hacer magia.

-Y... Si mi mamá estuviera aquí... –Adrien tragó saliva, temiendo que su pregunta pudiera sonar estúpida -¿Podría ver a Buckbead?

Albus miró al pequeño que se cogía a su mano con absoluta confianza y se sintió más enternecido de lo que ya estaba... No le cabía la menor duda de que Adrien no se iba a olvidar jamás de su madre; era evidente que Mariah había sabido cuidar de su hijo a las mil maravillas y, aunque el niño parecía estar feliz en esos momentos, cuando su situación junto a Severus ya se había asentado, siempre la tenía presente...

-Claro que podría –dijo Albus, deteniéndose frente a una puerta de aspecto mucho más robusto que las demás de la casa; Adrien pareció satisfecho con esa respuesta, pero no dijo nada más, así que Dumbledore llevó su mano al picaporte para desvelar de una vez por todas cómo era Buckbead ante los ojos de Adrien-¿Estás preparado?- dijo, dándole un toque de misterio a su voz.

-¿Está ahí Buckbead? –Adrien inclinó un poco la cabeza, como si así pudiera ver a través de ella, y miró a Albus con intensidad.

-Eso es –Albus chasqueó la lengua –Pero, antes de entrar, tienes que saber una cosa...

-¿Qué?

-No puedes acercarte directamente a Buckbead –Albus se inclinó hacia delante, para asegurarse de que Adrien entendía lo que le estaban diciendo –Los hipogrifos son unos animales mágicos muy excepcionales y, antes de tocarlos, tienes que hacer una serie de cosas.

-¿Qué cosas? –Albus temió durante un segundo que Adrien no le hiciera mucha gracia escuchar esas palabras, creyó que se asustaría de Buckbead, pero no fue así. De hecho, parecía mucho más emocionado que antes.

-Hagrid te las dirá –dijo el director, irguiéndose de nuevo –Tendrás que hacerle caso en todo a Hagrid, ¿de acuerdo? Un hipogrifo puede ser peligroso si se siente ofendido.

-¡Oh! –Adrien cabeceó y por un segundo pareció querer echarse atrás, pero luego dio un saltito emocionado, ansioso por ver a aquella criatura tan especial -¿Puedo ver ya al hipogrifo, abuelo? –preguntó, esbozando una sonrisa encantadora –Por favor...

Albus agitó la cabeza y esbozó una media sonrisa; Adrien era un niño magnífico, de eso no le cabía la menor duda... Llevaba un par de días imaginándose la carita del pequeño cuando viera al primer hipogrifo de su vida, aunque en ese momento se hubiera conformado con contemplar un rato más el rostro expectante de Adrien, que todavía sonreía sugestivamente, como para conseguir cumplir el objetivo que se había auto-impuesto.

-Muy bien... –Dumbledore se aclaró la voz y empezó a girar el picaporte –A la de una... –Adrien echó la cabeza hacia delante con impaciencia –A la de dos... –Adrien dio un pasito hacia la puerta y entornó los ojos –Y a la de ¡TRES!

Albus abrió la puerta de una vez, varita en mano por si Buckbead se asustaba y le daba por atacar a los "intrusos" que irrumpían en la estancia de una forma tan brusca.

Adrien avanzó hasta colocarse bajo el umbral de la puerta y se quedó paralizado, absolutamente maravillado con lo que veía... Esa imagen no se le iba a olvidar en muchos años, no le cabía la menor duda...

Buckbead, el hermoso hipogrifo, estaba en pie en mitad de la estancia, con sus alas extendidas majestuosamente y con las patas delanteras alzadas con orgullo, mientras Hagrid le daba de comer una serie de hurones muertos. El semi-gigante no se percató de la presencia del niño en un principio, pero Buckbead sí: apoyó sus cuatro patas en el suelo y replegó las alas, clavando sus ojos brillantes en Adrien, que seguía parado, enmudecido y sin saber muy bien que hacer, con Albus a su espalda preparado por si se producía alguna clase de incidente que hiciera peligrar el bienestar del pequeño. Al ver el comportamiento del hipogrifo, Hagrid giró la cabeza y su rostro se iluminó con una mirada sincera cuando vio a Adrien a unos pocos pasos de él, tan diferente a su padre en algunas cosas y tan parecido en otras...

-Adrien Bellefort –dijo ufanamente, dejando los hurones en el suelo y acercándose a Adrien mientras Buckbead se quedaba quieto, mirando al niño fijamente pero sin resultar amenazante -¿Cómo has estado, pequeño?

-¡Hola, señor Hagrid! –saludó Adrien, dejando momentáneamente de admirar al hipogrifo para centrar su atención en el hombre que le estaba hablando -¡Es muy bonito! –y señaló a Buckbead, que pareció darse por aludido, pues alzó su cabeza con arrogancia.

-¿Te gusta? –Hagrid miró al animal y luego, sin previo aviso, cogió a Adrien en brazos, sin pedir ninguna clase de permiso, aunque al niño no pareció importarle.

-Abuelo, tenías razón –Adrien clavó sus ojos negros en Dumbledore, que sonreía con complacencia bajo el umbral de la puerta –Es el animal más bonito que he visto nunca...

-Ya te lo dije, pequeño –Albus se estiró la túnica y aclaró su voz -¿Te gustaría quedarte con Hagrid un rato? Tu papá y yo tenemos que hablar con otros señores sobre cosas de mayores, seguro que aquí te lo pasas mejor.

Adrien frunció el ceño; "cosas de mayores"... El niño tuvo la extraña sensación de que su padre y Dumbledore iban a tratar algún tema relacionado con él, pero no le importó demasiado sentirse... excluido. De hecho, en sus cuatro años de vida había tenido muchas oportunidades de comprobar que los adultos normalmente hablaban de cosas muy aburridas, así que prefería mil veces quedarse en esa habitación, con Hagrid y el hipogrifo. Después de un breve segundo, afirmó con la cabeza, agarrándose al cuello de Hagrid como buenamente pudo, y le dedicó una leve sonrisa a su abuelo para darle a entender que no le importaba quedarse allí.

-Muy bien –Albus agitó la cabeza y dio dos pasos atrás –Si hay algún problema, estaremos en la biblioteca, ¿de acuerdo?

-No se preocupe, profesor –dijo Hagrid, que aparentemente sólo tenía ojos para Adrien.

-Si tienes hambre –dijo el anciano mago, dirigiéndose al niño que en ese momento estiraba sus manecitas hacia el hipogrifo –pídele a Hagrid que te lleve a la cocina; estoy seguro de que encontrarás algo que te guste.

-Sí, señor.

En el tono de Adrien había una clara nota de impaciencia; el niño no quería seguir hablando, quería averiguar de una vez qué era lo que tenía que hacer para acercarse a Buckbead y poder tocar sus hermosas plumas. Albus Dumbledore inclinó levemente la cabeza en señal de despedida y se marchó cerrando la puerta con suavidad, dejando a Hagrid a cargo de la situación con la certeza de que el pequeño no podía estar en mejores manos.

Hagrid, por su parte, estaba encantado de poder estar al cargo de Adrien; siempre le habían gustado los niños, y aquel en particular parecía sentirse a gusto estando con él. La mayoría de los mocosos se asustaban de él cuando lo veían tan grande y desgreñado, pero Adrien parecía haber visto en él algo más que una figura amenazante y se agarraba a su cuello con total confianza, como si se hubieran visto más de dos veces en su vida. Todavía le resultaba muy difícil aceptar que ese niño que se movía impaciente por acercarse al hipogrifo fuera hijo de quién era; el guardabosques jamás hubiera podido imaginar a Severus Snape en el papel de padre... De hecho, hubiera apostado su mano derecha a que ese adusto profesor de pociones era incapaz de, tan siquiera, conseguir una mujer que quisiera compartir algo más que palabras con él; Snape no era precisamente atractivo (N/A: o eso dice Hagrid, porque para algunas es... uhm...) y tenía ese carácter del demonio que hacía que todo el mundo se mantuviera a una distancia prudencial de él... De hecho, sólo había una persona en el mundo que parecía saber cómo tratarlo: Albus Dumbledore. Hagrid no sabía cómo lo conseguía el director de Hogwarts, pero le bastaba con lanzarle una mirada a Severus para aplacar su mal genio; el anciano conocía muy bien a Snape, sabía lo que significaba cada uno de sus gestos y miradas y siempre encontraba una forma para obtener del brujo lo que quería... Hagrid algunas veces tenía la sensación de que Severus Snape respetaba al director no sólo porque era un grandioso mago y una persona excepcional, sino porque veía en él una especie de figura paterna a la que no podía negarle nada. Aunque, pensándolo mejor, ahora existía otra personita capaz de aplacar el mal humor de Snape y que, además, podía hacerle sonreír: Adrien Bellefort... Hagrid no recordaba haber visto al profesor de Pociones mirar a nadie de la forma en que miraba a su hijo, ni siquiera a Dumbledore, con los ojos cargados de amor, sin preocuparse por aparentar ser el hombre frío y calculador que, a pesar de todo, continuaba siendo...

-Señor Hagrid –la vocecilla de Adrien sacó al hombre de sus cavilaciones y, con un leve movimiento, reclamó que lo dejaran en el suelo otra vez; Hagrid así lo hizo, colocando al niño a una distancia prudencial del hipogrifo. Buckbead no parecía dispuesto a atacar a nadie esa tarde, pero era mejor prevenir –El abuelo me ha dicho que hay que hacer unas cosas para poder tocar al hipogrifo –dijo Adrien con timidez mientras se miraba las puntas de los pies, hasta que alzó la mirada y la clavó en un sonriente Rubeus -¿Usted sabe lo que hay qué hacer?

Hagrid tardó un momento en responder, sopesando su respuesta; él no tenía en mente dejar que Adrien se acercara a Buckbead más de lo estrictamente necesario, pero al parecer Albus Dumbledore pensaba otra cosa cuando lo llevó a aquella habitación. Aunque pudiera resultar extraño viniendo de una persona que normalmente no sabía medir el peligro que traía consigo una determinada acción, a Hagrid no le atraía demasiado la idea de permitir a niños tan pequeños como Adrien acercarse a criaturas tan espléndidas (y letales) como un hipogrifo. Aunque los mocosos hicieran las cosas tal y como él les indicara, el riesgo de una mala reacción por parte del animal siempre estaba ahí y, si por casualidad a Buckbead le daba por lanzarle un zarpazo a Adrien, podría matarlo de un solo golpe... Y Hagrid no quería pensar en la cara que pondría Snape si algo le pasaba a su pequeño... El guardabosques se estremeció ligeramente ante ese pensamiento y, de forma inmediata, pensó en Dumbledore.

Sin duda, Adrien estaba en esa habitación por obra y gracia de Albus Dumbledore; conociendo a Severus Snape como creía conocerlo, y teniendo en cuenta el trato que le dispensó a Adrien durante su visita al despacho del director una semana antes, el profesor no hubiera permitido que su hijo subiera a aquella habitación, menos aún sabiendo que Buckbead estaba allí... Snape no había tenido una buena experiencia con el hipogrifo el año anterior, después de los famosos acontecimientos de la Torre de Astronomía, y era evidente que le guardaba un gran rencor al animal (algo bastante lógico por otra parte); además, Buckbead tampoco toleraba la presencia del brujo a pesar de los pesares, y posiblemente Snape pensara que, si el hipogrifo lo rechazaba a él, haría lo mismo con Adrien... No, el niño no estaba allí porque Severus lo hubiera permitido, sino porque Dumbledore lo había "secuestrado" en contra de la opinión paterna y, si el director había hecho eso, debía tener un motivo muy importante... ¿Dejar que Adrien acariciara al hipogrifo, tal vez? Albus debía saber que el niño no se conformaría sólo con admirar la belleza de aquella criatura mágica, así que Hagrid llegó a la conclusión de que debía enseñar a Adrien la manera de establecer un primer contacto con Buckbead y, de pronto, se sintió como si hubiera retomado su empleo como profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas...

-¡Claro que sí! –dijo finalmente Hagrid, haciendo un gesto conciliador para "tranquilizar" a un bastante tranquilo Buckbead; luego, se inclinó para poder mirar a Adrien directamente, algo bastante difícil teniendo en cuenta que el niño apenas levantaba un palmo del suelo y que él no se topaba con el techo precisamente por un palmo de distancia –En primer lugar, debes saber que los hipogrifos son muy orgullosos, así que hay que tener mucho cuidado cuando tratamos con ellos, ¿entiendes?

-Sí, señor Hagrid.

-¡Oh, no me llames señor Hagrid! –el mago sonrió afablemente y pasó su manaza por el pelo de Adrien; si se lo propusiera, podría envolver su pequeña cabecita sin esfuerzo –Todos me dicen Hagrid...

-Hagrid –repitió el niño, sonriendo y sin dejar de mirar de reojo a un cada vez más tranquilo Buckbead.

-Eso está mejor –Hagrid frunció el ceño... El hipogrifo se estaba comportando de una forma extraña, demasiado mansamente para su gusto. De hecho, había empezado a inclinar las patas delanteras y la cabeza... –Bien, Adrien; es muy importante que no mires directamente a Buckbead; tienes que mantener la cabeza inclinada, así –y Hagrid hizo una demostración, siendo imitado casi al instante por Adrien –Y luego tienes que hacer una...

Hagrid enmudeció y se dispuso a saltar hacia delante...

Había visto a Buckbead acercarse peligrosamente a Adrien y se dio cuenta de que el pequeño, que permanecía con la cabeza agachada, no podía ver al hipogrifo para huir de él... Hagrid pensaba que iba a atacar al niño, quiso gritar para pedir ayuda, pero Buckbead no atacó... Apoyó su cabeza con sumisión en el hombro de Adrien y soltó un suave graznido; al principio, el niño dio un bote, alarmado por aquel inesperado contacto, pero cuando vio la cabeza aguileña del hipogrifo y sintió la caricia que el animal le dio rozando con cuidado su rostro, sonrió, no sin antes dirigirle una mirada plagada de confusión a Hagrid...

El guardabosques estaba paralizado; aquella era la primera vez en su vida que veía algo así y realmente no sabía ni qué decir ni qué pensar... Los hipogrifos no solían comportarse de esa forma; algunos sí que lo hacían, cuando sentían el suficiente respeto por sus amos, pero Buckbead nunca había hecho eso... Ni con él, ni con Sirius Black, ni con Harry... Tal vez Adrien le había caído bien porque era un niño y todo eso, pero de cualquier forma, era realmente extraño; tendría que hablar con Dumbledore, de eso no cabía duda.

Adrien, por su parte, había girado para colocarse frente al hipogrifo; comenzó a acariciarle la cabeza con delicadeza, fascinado por aquellas maravillosas plumas tan suaves y brillantes. Buckbead recibía esas caricias con satisfacción y Adrien, cogiendo poco a poco confianza, se atrevió a abrazarse al cuello del animal; era maravilloso lo que estaba sintiendo... Lo más maravilloso que había sentido nunca...

Todo permaneció en silencio unos minutos, durante los cuales Hagrid se limitó a observar cómo Adrien se hacía amigo de Buckbead, intentando encontrar una explicación de lo que estaba viendo. Si alguien le hubiera dicho una hora antes que eso ocurriría, se habría echado a reír... De hecho, si no estuviera viendo con sus propios ojos esa escena, no la hubiera creído.

-Hagrid –dijo Adrien, clavando en él sus ojos negros, sin dejar de pasar sus manos por el suave plumaje del hipogrifo -¿Buckbead puede volar?

-Cla... claro que sí –Hagrid estaba un poco confundido, pero logró hablar con su habitual afabilidad –Tal vez algún día podamos montar sobre su lomo los dos juntos...

-¡Oh! ¡Sí! –Adrien soltó un gritito de entusiasmo; no podía imaginar nada mejor que volar subido en ese animal tan bonito... Aunque, quizás su padre... –Bueno, pero tendremos que pedirle permiso a mi papá...

-Por supuesto. Seguro que a él no le importa...

-No sé... Mi papá es muy serio algunas veces –Adrien frunció el ceño –Seguro que dice que soy muy pequeño y no me deja.

-¡Oh! –Hagrid sonrió; sí, no le resultaba difícil imaginarse a Severus negándole aquel "capricho" al niño –Tal vez Albus pueda convencerle, ¿no te parece?

-Tal vez... –Adrien se encogió de hombros; dudaba mucho que su abuelo pudiera hacer algo por él en ese sentido, pero de todas formas, era una buena posibilidad -¿Buckbead es tuyo?

-Bueno... Yo lo cuido algunas veces, pero pertenece a un amigo mío... Harry Potter.

-¡Ah! –Hagrid esperó alguna reacción en el niño al escuchar el nombre de "El-Niño-Que-Vivió-Y-Venció", pero al parecer Severus había optado por no contarle cosas sobre la guerra que durante meses mantuvo al mundo mágico sumido en un auténtico caos -¿Y crees que él me dejará que vea a Buckbead otras veces?

-Claro que sí –Hagrid se sentó; el hipogrifo no parecía ser una amenaza y él estaba un poco harto de estar de pie –Además, cuando llegue septiembre, Buckbead vendrá a Hogwarts con su dueño y conmigo... Harry tiene que estudiar y yo cuidaré de él mientras tanto, así que podrás ir cuando quieras a jugar con el hipogrifo y con Fang, mi perro...

-¿Tienes un perro?

-¡Oh, sí! Uno muy grande. Seguro que le gustas.

-A mí me gustan mucho los perros –explicó Adrien, alejándose momentáneamente del hipogrifo para sentarse sobre las rodillas de Hagrid –Cuando fui con mi papá a comprarme ropa y juguetes, vi unos cachorritos así de pequeñitos –hizo un gesto con las manos para indicar el tamaño de los perritos –Eran muy bonitos y lloriqueaban en el escaparate, pero mi papá no me compró ninguno... Creo que no le gustan mucho los perros...

-Pues si tu papá no te quiere comprar uno, siempre podrás jugar con Fang –Hagrid sonrió y Adrien afirmó con la cabeza para, a continuación, volver a jugar con Buckbead.

Realmente ese niño era especial...

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Los pies de Severus se habían quedado anclados al suelo; había estado a punto de correr tras Albus y Adrien para evitar que su hijo se acercara al maldito hipogrifo de Harry Potter, pero alguna fuerza extraña lo había mantenido allí, mirando la escalera con irritación y sin acertar a mover un solo músculo.

Odiaba cuando Dumbledore hacía eso, cuando se salía con la suya a pesar de las negativas de Severus; el maldito viejo parecía tener un talento especial para hacer lo que le daba la gana, cuando le apetecía, y Severus era consciente de que no podía oponerse, a pesar de que no le hiciera mucha gracia tener que aguantar situaciones como la que había tenido lugar con bastante asiduidad; con más asiduidad de la que a él le gustaría, en realidad...

Finalmente, soltó un largo suspiro y fue directamente a la biblioteca, el lugar acordado para la nueva reunión de la Orden del Fénix; por el momento no había nadie más en la casa, así que se sentó en un viejo y elegante sillón, junto a la chimenea, y clavó sus ojos negros en el fuego que crepitaba con debilidad en el hogar. Pensó que tal vez alguien fuera a utilizar la red flú para llegar hasta allí y comenzó a pensar en quién sería el primero... Posiblemente Remus, que siempre había sido tremendamente puntual, aunque desde que andaba de romance con Nymphadora Tonks parecía haberse contagiado un poco de la habitual torpeza de la joven bruja... Tal vez fuera Minerva y, al pensar en ella, Severus hizo una mueca; a esas alturas, la mujer ya debería saber que Adrien existía y seguramente le sometería a un interrogatorio, por más que Snape no estuviera dispuesto a responder a ninguna de las preguntas que quisiera hacerle. No era tan estúpido.

De pronto, y tal y como él se había imaginado, una furiosa llamarada verde apareció en la chimenea y, un segundo después, reconoció una figura humana envuelta en ellas. Severus se puso en pie y retrocedió un paso cuando se encontró cara a cara con Ojoloco Moody, que aparecía tan gruñón como siempre, con su ojo mágico dando un rodeo a la habitación hasta que se quedó fijo en el profesor de pociones, como si quisiera examinarle muy detenidamente.

-¡Ah, Snape! –dijo con voz fría, saliendo de la chimenea sin dejar de mirarle fijamente con sus dos ojos; si no fuera porque estaban en tiempos de paz, Severus hubiera jurado que ese ex–auror quería atacarle –Oí que ya estabas recuperado...

-Así es.

-Bien.

Se produjo un leve silencio; a Moody realmente no le interesaba para nada la salud del hombre que tenía enfrente, pero optó por ser cortés. Severus conocía lo suficiente a ese hombre como para no darse cuenta de que le daba absolutamente lo mismo si él estaba vivo o muerto, pero había que mantener las formas. Albus no se pondría muy contento si organizaran un duelo mágico minutos antes de una reunión de la Orden.

-Hemos capturado a un buen número de mortífagos –dijo Moody; sus intenciones eran tan claras que Severus se sintió tentado a sonreír. A pesar de todo lo ocurrido, ese hombre seguía sin fiarse de él –Aunque todavía quedan muchos en libertad y, desgraciadamente, son los más peligrosos.

-Supongo que era de esperar –dijo Severus con calma, tomando asiento de nuevo –Después de todo, son hombres astutos; seguramente sepan mantenerse ocultos todo el tiempo que haga falta.

-Veo que no te causa demasiada contrariedad saber que hay un buen montón de asesinos rondando por ahí, totalmente impunes –comentó Moody con malicia, sentándose a su vez.

-Al contrario –Severus chasqueó la lengua –Es realmente molesto tener a todos esos brujos rondando mi casa, ¿sabes? Pueden llegar a hacerte sentir bastante incómodo.

-Ya veo –Moody hizo girar su ojo mágico, llevándolo hacia las habitaciones superiores y dejándolo inmóvil en un lugar bastante alejado de la biblioteca -¿Quién será el mocoso que está con Hagrid y con... Buckbead? –y le dio al nombre del hipogrifo un soniquete especial, consciente como era de lo poco que Severus lo soportaba.

Y el profesor Snape, por su parte, miró fijamente a Moody... Así que Dumbledore no había hablado con nadie sobre Adrien... Bien, eso era de agradecer; lo que menos le apetecía era tener que dar explicaciones, por más convencido que estuviera de que Minerva McGonagall si estaba al tanto de su situación y de que pronto tendría que hablar con ella sobre la rectitud y tal y tal...

-Serán cosas de Albus –dijo desdeñoso Moody, sabiendo que Severus no contestaría a su pregunta ni aunque conociera la respuesta.

-¿Qué son cosas mías, Alastor?

Albus acababa de reunirse con ellos en la estancia y Severus se sintió claramente aliviado; estaba harto de que el antiguo auror lo mirara con cara rara cada vez que se veía, a pesar de que Severus había demostrado con creces de parte de quién había estado durante toda la guerra contra lord Voldemort, a pesar de que ahora todos sabían que había estado arriesgando su vida para poder hacer un buen papel como espía, a pesar de que él había sido uno de los principales artífices de la victoria... No es que Severus esperara que alguien fuera a reconocer sus méritos, pero tampoco le hacía mucha gracia ser considerado aún como un desagradable mortífago.

-El mocoso que tienes arriba –Moody señaló con el dedo la planta superior de la casa -¿Quién demonios es?

Por un segundo, Severus pensó que Albus iba a decir la cruda verdad, y quiso pedirle que no lo hiciera, pero la respuesta del director lo tranquilizó.

-Es el hijo de un viejo amigo... –dijo, mirando significativamente a Severus –Estará al cargo de Hagrid durante un par de horas, así que no te preocupes por él, no dará ninguna clase de problemas.

-Los niños y los problemas siempre vienen dados de la mano –farfulló Moody; Severus lo miró de soslayo y, por una vez, estaba de acuerdo... Si lo sabría él...

-Pero este niño en particular está muy bien educado, te lo aseguro –Dumbledore también se sentó, sonriendo con su habitual buen humor, dando la impresión de que no se enteraba de gran cosa, como siempre -¡Qué impuntuales se están volviendo en la Orden últimamente! –suspiró a modo de protesta –Diez minutos de retraso...

-Todo el mundo está contento –Moody se encogió de hombros –Supongo que ahora tienen otras prioridades...

-Tal vez sea eso...

En ese momento, las llamas verdes volvieron a surgir de la chimenea y apareció Minerva McGonagall, con el sombrero torcido y una expresión un tanto... acelerada.

-Siento el retraso, Albus –dijo, limpiándose la ceniza de su túnica –He estado ultimando unos detalles relacionados con el principio del curso y se me ha pasado la hora... Moody –inclinó la cabeza a modo de saludo; se giró para mirar a Severus... A juzgar por el brillo de sus ojos, entre reprobatorio y alegre, ella sí sabía de Adrien –Severus... Me alegra que estés completamente repuesto.

-Gracias, Minerva.

Se produjo un breve periodo de silencio; Minerva parecía querer decir algo, pero no abría la boca para nada, limitándose a mirar a Moody, Albus y Severus alternativamente, como queriendo dilucidar si todos los presentes estaban al tanto de la existencia de Adrien o no... Lo más prudente sería quedarse calladita pues, si Moody no sabía nada, Severus terminaría bastante enfadado si ella metía la pata.

-Ya hemos terminado de preparar los horarios escolares para este año –dijo, eligiendo un tema más liviano y sentándose frente a Severus para poder mirarlo directamente –Deberías acercarte por Hogwarts en un par de días para aclarar algunos detalles, si te parece.

-Claro –Severus hizo un leve gesto afirmativo y se cruzó de brazos –Iré a verte en un par de días.

La profesora McGonagall fue a decir algo, pero fue interrumpida por una nueva aparición en la chimenea: Remus Lupin en esa ocasión, quién curiosamente llegaba solo. Severus lo encontró con mucho mejor aspecto, como si hubiera rejuvenecido varios años de repente y, en cierto modo, se alegró por él; después de todo, ya no le caía tan mal como en otro tiempo... Y no era porque el carácter le estuviera cambiando gracias a la presencia infantil de Adrien Bellefort-Snape; era algo que venía de lejos, algo en lo que había pensado en el hospital hasta que llegó a la conclusión de que no tenía ningún motivo en concreto para considerar a ese hombre como un enemigo en potencia.

-Buenas tardes –saludó con voz suave, recorriendo con la mirada a todos los presentes, hasta centrarse en Albus –Nymphadora no podrá venir; se siente un poco... indispuesta –Remus carraspeó, evidentemente incómodo, y también se sentó; Severus no pudo dejar de notar la mirada cómplice que le dedicó Albus. Una vez más, el viejo parecía estar enterado de las cosas antes que nadie.

Después de Remus, los demás miembros de la Orden fueron llegando, prácticamente de sopetón; Molly y Arthur Weasley fueron los siguientes. Estaban bastante agitados y balbucearon unas palabras de disculpa para luego felicitar a Severus por su recuperación con total sinceridad. Mundungus Fletcher, Kingsley y Bill y Charlie Weasley entre otros, terminaron medio apretujados en la biblioteca, dispuestos a escuchar todo lo que Albus quisiera decirles. Todos miraron a Severus con curiosidad, aunque ninguno parecía desconfiar de él... Salvo Moody, por supuesto.

-Gracias a todos por venir –dijo Albus; por un momento, Severus pensó que iban a esperar a Harry Potter, pero al parecer el chico estaba de "vacaciones". Bueno, en cierta forma se las merecía –Como ya sabéis, os he convocado para tratar el asunto de los mortífagos que continúan huidos.

-Desgraciadamente el Ministerio no está dando la talla... Otra vez –dijo Kingsley con un deje de tristeza –El Ministro ha empezado a hacer tratos con algunos de ellos...

-Dinero a cambio de impunidad –escupió Moody con desprecio –Esos ineptos corruptos nunca escarmentarán... Todos deberían estar en Azkabán... Sin excepción –y miró a Severus, que lo ignoró y procuró dibujar mentalmente el rostro de Adrien para no terminar enfadado.

-Sí, bueno, pero ese no es el asunto que quería tratar –Dumbledore interrumpió la conversación, temiendo que todo fuera a ir por derroteros que no eran los deseados por él –Veréis, Severus y yo sabemos perfectamente donde podremos encontrarlos.

-¿Dónde? –preguntó Arthur con suavidad, cogiendo la mano de su esposa.

-En mi casa.

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-Hagrid. Tengo hambre.

Hacía más de una hora que Adrien estaba jugando con Buckbead. El hipogrifo había dejado que el pequeño se subiera encima de él y Adrien había pasado un rato de lo más agradable, imaginando que estaba volando sobre ese espléndido animal, pero las tripas le habían rugido varias veces, reclamando un poco de comida.

Hagrid, que permanecía tranquilamente sentado en una silla, vigilando atentamente los movimientos del niño, no tardó más de un segundo en ponerse en pie para satisfacer todas y cada una de las necesidades de Adrien. Lo cogió en brazos y se dispuso a sacarlo de la habitación, pero Buckbead no parecía estar muy de acuerdo con la separación; se acercó lastimeramente al pequeño, reclamando su atención, hasta que Adrien estiró una mano y se despidió de él prometiéndole que pronto volverían. Sólo entonces el hipogrifo pareció quedarse tranquilo y los dejó marchar.

Hagrid llevó a Adrien directamente a la cocina y, tal y como Albus había dicho, encontraron un montón de cosas buenas que comer. Al niño le apeteció un gran pedazo de tarta de manzana y empezó a comerlo con glotonería, mientras, en el piso de arriba, Buckbead hacía esfuerzos por salir de la habitación; después de todo, no se había quedado tan tranquilo. El guardabosques de Hogwarts intentó ignorar los esfuerzos del animal mágico por liberarse, algo bastante complicado dado el escándalo que estaba armando, así que decidió ir a ver si podía hacer algo por sosegarlo un poco.

-Quédate aquí, Adrien –le dijo con seriedad al niño, quien lo miró atentamente y afirmó con la cabeza –No tardo mucho en bajar, ¿de acuerdo?

-Sí, Hagrid.

-Bien... Vamos a ver que le pasa a ese bicharraco...

Hagrid desapareció de la cocina refunfuñando para sí mismo, molesto por tener que dejar solo a Adrien en una casa que no conocía, por más a gusto que el pequeño pareciera encontrarse. Adrien se terminó su tarta y luego le apeteció un gran vaso de leche; fue a la nevera, empinándose sobre las puntitas de los pies, pero sólo encontró una botella vacía... Tal vez debía esperar a que alguien fuera a darle la leche, pero es que tenía mucha sed, así que se puso a buscar por todos los armarios de la cocina, infructuosamente, por supuesto.

Lo había registrado todo, excepto la despensa; Adrien supuso que la leche estaría detrás de la sobria puerta que había situada a su derecha y fue hasta allí con decisión, cogiendo una silla para poder alcanzar el picaporte, puesto que era demasiado bajito para hacerlo sin ayuda. Abrió la puerta y se dispuso a entrar en la despensa, pero entonces retrocedió.

Aterrado, con los ojos abiertos como platos, sin acertar a gritar para pedir ayuda siquiera.

El hombre de la tormenta estaba allí... Con su ajada túnica negra cayéndole de mala manera, con su largo cabello rubio un tanto desgreñado, con sus ojos grises clavados amenazadoramente en él, como aquella noche...

Adrien retrocedió lentamente, hasta toparse con la otra pared de la cocina.

El hombre estiró un brazo hacia él...

Adrien no pudo gritar y quiso escapar, pero el hombre lo cogió...

Ahora sí que le haría daño de verdad...

Y, haciendo un gran acopio de valor, consiguió dar un angustiado grito, mientras el hombre apretaba su cuello con crueldad...

Y en el próximo capítulo, titulado "El mayor temor de Adrien"

-¿No? –Moody alzó las cejas, escéptico -¿Qué otro as guarda bajo la manga Severus Snape?

-¡PAPI!

El grito resonó por toda la casa... Moody inmediatamente giró su ojo mágico en todas direcciones y alcanzó a ver al mocoso que antes estaba con Hagrid en la cocina, siendo atacado por... ¿un mortífago? Se puso en pie a toda velocidad y salió corriendo antes que nadie... Bueno, antes que nadie no, porque Severus prácticamente había saltado del sofá y ya estaba fuera de la biblioteca, con la sangre helada en las venas, pensando en lo que podría estar ocurriéndole a Adrien para gritar de esa manera, tan fuerte y con tanta desesperación...

Cuando entró en la cocina, nada de lo que hubiera visto hasta ese momento de su vida le causó más temor que esa escena: Lucius Malfoy estaba allí, sucio y con la mirada cargada de ira y sentimientos de venganza... Tenía agarrado a Adrien por el cuello, con fuerza, asfixiándolo, y el pequeño no podía hablar; se aferraba a la mano de su atacante como si se tratase de un salvavidas y poco a poco sus rodillas iban doblándose debido a la falta de aire en los pulmones... Miró a Severus un momento, suplicándole ayuda con la mirada, llorando, indefenso y un poco morado ya... Severus sacó su varita, dispuesto a atacar y apuntó a Lucius con ella...

-"Desmaius"

El hechizo pegó de lleno en Malfoy, pero no pareció afectarle en absoluto... Más bien al contrario, pues era evidente que Adrien empezaba a perder fuerzas poco a poco... Severus lanzó otro hechizo, pero siguió sin pasar nada... Los ojos de Adrien se cerraban poco a poco y sus manitas empezaban a caer laxas a ambos lados de su cuerpo; Severus se lanzó hacia delante, dispuesto a acabar con el maldito Malfoy con sus propias manos, pero entonces una mano se posó con firmeza sobre su hombro...