Hola a todos; aquí estoy, con otro capítulo más (y no han pasado ni tres días desde la última vez que actualicé) Muchas gracias por sus reviews a Paula Moonlight (no sé cómo agradecerte que me hagas publicidad, no tengo cómo pagártelo XD), edysev, mace, RAC (tienes razón, Sev ya no es el que era...), blackspirit (mi crítica número 100... Muchísimas gracias, no sé que más decir), Miko Midoriko, Utena-Puchiko-nyu y MeilinSnape.

Debo decir que estoy muy contenta por haber alcanzado los 100 reviews; la verdad es que no esperaba llegar a tanto cuando empecé a publicar el fic, así que muchas gracias a todos los que habéis contribuido a que me lleve esta alegría. Espero de todo corazón que la historia os siga gustando y que me sigáis enviando muchos más reviews... Y, bueno, no soy muy buena con estas cosas, así que os dejo con el capi y espero que os guste.

Besos, Cris Snape

(PD. Antes de que se me olvide, quiero dedicar el capi a Rwana, porque el otro día fue su cumple. Un beso, wapetona)

CAPÍTULO 16. Túnicas, calderos, lechuzas y escobas voladoras I

Draco había optado por ir a hacer sus compras al Callejón Diagón en soledad; Severus le había invitado a acompañarles e incluso Adrien había puesto carita de ángel para que aceptara, contento por conocer al ahijado de su papá, pero Draco alegó que tenía prisa y los dejó solos. A pesar de no pasar más de cinco minutos en compañía del padre y el hijo, se había dado cuenta de que su presencia entre ellos sólo molestaría y se marchó a toda prisa, rechazando la bebida que Severus le había estado ofreciendo.

Adrien, aún en brazos de su padre, miró a Draco un segundo y luego clavó sus ojillos oscuros en los de Severus, con un brillo divertido, mientras señalaba con el brazo su abandonado zumo de naranja, ansioso por terminárselo todo cuanto antes y proseguir con la excursión de esa mañana.

-Es un chico muy extraño... –dijo Adrien riendo por lo bajo, recuperando su vaso de jugo –Habla "Muyy rraroo" –y Adrien intentó imitar el tono de voz grandilocuente de Draco Malfoy, arrancando una nueva risa a su padre.

-Sí, supongo que tienes razón –Severus cogió su vaso de zumo y lo miró con ojo clínico –En fin, vamos a terminar nuestras "copas" y a ponernos en marcha.

-Se llama Draco... –Adrien prosiguió hablando del chico que acababa de conocer –Yo nunca había conocido a nadie que se llamara así... Aunque, claro, tú te llamas Severus...

-No son nombres muy comunes, tienes razón... Muchos magos tienen nombres que te sonaran extraños...

-Como el señor Hagrid –Adrien alzó la cabeza –Se llama Rubeus, ¿lo sabías? Él me lo dijo cuando lo conocí –Severus fue a decir algo, pero lo interrumpieron –O el abuelo Albus... Tampoco hay mucha gente que se llame así, ¿a qué no? –otra vez, Adrien cortó la frase de su padre –O ese hombre que "no es amigo tuyo"- y le dio a esas palabras un soniquete especial –Remus... Creo que me gusta más mi nombre... ¿Sabías que mi mamá tenía un hermano que se llamaba como yo?

-No... –Severus carraspeó; realmente no sabía demasiadas cosas de Mariah...

-Mi mamá me contó que su hermano se murió cuando era muy pequeño... Se ahogó en el mar, cuando mi mamá vivía con mis abuelos en Francia...

-Pobrecito –Severus se sintió incómodo de repente.

-Mi mamá tiene otro hermano, pero nunca me dijo como se llama... Creo que no se llevaban muy bien, ¿sabes? –Adrien se arrodilló en su silla, sin dejar de beber zumo mientras hablaba –El señor Burns me llevó al funeral de mi mamá, pero su hermano no estaba allí... El señor Burns me dijo que no había podido venir... Yo creo que mi tío no quiere conocerme, ¿tú que crees?

-No lo sé... Quizás no sepa que tiene un sobrino; si lo supiera, seguro que le encantaría estar contigo...

-Yo creo que no –Adrien negó enérgicamente con la cabeza –Mi mamá me dijo una vez que su hermano y ella habían discutido cuando mis abuelitos se murieron... Antes yo quería conocer a mi tío, ¿sabes? Pero ahora me da igual.

-¿Por qué?

-Porque ahora tengo un papá... –Adrien sonrió con inocencia, pero en su mirada había un brillo que quería decir mucho más –Si mi tío no me quiere, no me importa porque estás tú...

-Ya veo... –Severus no pudo resistirse y alzó al niño en brazos, ayudándole a tomarse el último sorbo de zumo –Y, ¿sabes qué? No nos hace falta un tío; nosotros dos estamos bien, ¿no crees?

-¡Claro! Y, papi... ¿tú tienes hermanos?

-No.

-¡Oh! A mí me gustaría tener herma...

Adrien se calló de pronto y miró a su padre inquisitivamente; claro que le gustaría tener hermanos, su madre le había dicho muchas veces que algún día tendría uno, pero no estaba seguro de si Severus querría tener más hijos o no... Lo había dicho sin pensar, pero no dejó de notar la mueca de desconcierto de su padre; ese sería un buen detalle a tener en cuenta...

-Será mejor que nos vayamos –dijo Severus, haciendo un gesto a Tom el tabernero para que se acercara –Tenemos muchas cosas que hacer.

-¡Vale!

Severus le pagó la cuenta a Tom, que seguía mirando a Adrien con la ternura brillando en los ojos; el pequeño se despidió alegremente del camarero, todavía en brazos de su padre y se preparó para las emociones que le esperaban en el Callejón Diagón...

Tal vez porque había esperado mucho más se sintió un poco decepcionado cuando su padre lo llevó al callejón trasero de la taberna y lo dejó en el suelo con cuidado; lo único que allí habían eran cubos de basura y muros de ladrillo rojo, nada emocionante en todo caso.

-Las cosas no son siempre lo que parecen en el mundo mágico, hijo.

Severus había notado la extrañeza del pequeño; era evidente que se había llevado una desilusión, pero pronto esos ojos entornados se abrirían de la sorpresa, buscando no perder ni un solo detalle de lo que estaba por llegar. Severus sacó su varita, golpeó los ladrillos marcados y, en cuestión de segundos, la pared se abrió y Adrien abrió tanto la boca que pensó que la mandíbula se le caería al suelo... Aquello era, simplemente, maravilloso, mucho mejor que los centros comerciales a los que le llevaba su mamá... Severus lo miró de reojo un momento y le cogió la mano para ayudarle a andar; aquella era la primera vez en su vida en la que se veía capaz de divertirse en aquel lugar del mundo mágico.

Adrien, por su parte, no se cansaba de mirar a su alrededor: la calle estaba repleta de gente vestida con túnicas de diversos colores, aún más estrafalarias que las personas que había visto en "El Caldero Chorreante"... Hacían sus compras sintiéndose tranquilos y el ambiente era absolutamente festivo; había brujos ancianos, maduros, jóvenes y muchos niños, más mayores y más pequeños que Adrien, que eran vigilados por padres sonrientes y orgullosos... Adrien miraba los carteles de todas las tiendas, pero estaba tan nervioso que no acertaba a leer más que cosas absurdas... Vio una heladería en la que se servían cucuruchos de tamaño descomunal, una tienda de chucherías que parecía llamarlo con el olor y los colores, una librería en cuyo escaparate había libros que se movían y parecían atacarse entre ellos, una tienda en la que vendían calderos como el que tenía su papá en casa, una que estaba repleta de niños rodeando a dos chicos pelirrojos, otra en la que había animales de todas clases, pero sobre todo lechuzas... Otra en la que hacían ropa para magos y otra, y el corazón de Adrien dio un vuelco, en la que se exponía la más ultramoderna escoba voladora para profesionales...

-¡Papi! –dijo el niño extasiado, deteniendo la marcha veloz de su padre a lo largo de la calle y señalando la escoba -¡Mira, papi! ¿Me comprarás una escoba?

Severus miró la nueva "Nimbus 2010" y frunció el ceño; justo lo que se temía, al maldito crío le llamaban la atención las condenadas escobas voladoras...

-Lo pensaré, Adrien... Pero antes debemos ir a Gringotts...

-¿Gringotts? –Adrien dio un bote, perdiendo su interés por la escoba de forma repentina -¿Qué es Gringotts?

-Eso es Gringotts... El banco de los magos...

Adrien fijó sus ojos en el edificio que su padre le señalaba y, otra vez, abrió la boca... Era tan grande y tan bonito que se moría de ganas de entrar, así que hizo que Severus continuara andando.

-Y, ¿tú tienes dinero en Gringotts?

-Sí... Algo he ahorrado, sí...

-¡Oh...! Mi mami nunca tuvo dinero que llevar al banco... Y menos a uno tan bonito como ese...

-Pues espera a verlo por dentro –Severus empezó a hacerse el interesante, sabiendo que así ganaría la atención del pequeño -¿Sabes quiénes guardan el dinero en Gringotts?

-¿Los banqueros? –Adrien alzó una cejita, como si eso fuera lo más normal del mundo.

-Sí, claro, los banqueros –Severus sonrió con orgullo; eso le pasaba muy a menudo –Pero estos banqueros no son como los de los bancos muggles... Son gnomos...

-¿Gnomos? –otra vez, Adrien dio un bote -¿Gnomos de verdad? ¿Como los de los dibujos animados?

-Bueno... No exactamente... Son diferentes...

Efectivamente, Adrien comprobó enseguida que los gnomos del mundo mágico no eran precisamente como los de los dibujos que él veía por la mañana... Eran seres tan bajitos como él, rechonchotes y con las piernas y los brazos muy cortos, de largas orejas y narices puntiagudas y miradas astutas y casi maliciosas... "Muy trabajadores, pero con muy malas pulgas", le había dicho su padre... Adrien se fijó en las criaturas en primer lugar y luego recorrió con la vista todo el banco, repleto de magos y brujas algo atareados y de aspecto elegante, un tanto estrambótico pero bastante bonito... Severus no le soltó ni un segundo y, a su vez, él no soltó a "Oso", que lo acompañaba en aquella excursión, como siempre; quizás hubiera sido más cómodo dejarlo en casa, pero Adrien nunca abandonaría a su amigo, no señor...

Severus se detuvo ante un gran escritorio; Adrien alzó la cabeza y vio a un gnomo de largos dientes incisivos escribiendo sobre un pergamino con una larga pluma azulada.

-Vengo a sacar oro de la bóveda número 210496.

El gnomo miró a Severus y luego se reclinó sobre el escritorio para lanzarle a Adrien una mirada de absoluta indiferencia.

-No se permite la entrada a las bóvedas a los menores de ocho años; tendrá que esperar en la sala reservada.

-¿Qué?... –Severus se acercó un poco más al gnomo –No puedo dejarlo solo, es demasiado pequeño...

-Está absolutamente prohibida la entrada a las bóvedas a los menores de ocho años. Entra usted solo o vuelve otro día...

Severus pareció reflexionar; no quería dejar a Adrien, eso estaba claro, pero necesitaba el dinero lo antes posible. No podía seguir retrasando las compras ni un día más, pero después de lo ocurrido la noche anterior no pensaba separarse del niño ni un segundo...

-¡Adrien!

Severus no pensó que algún día se alegraría tanto de oír la voz de Rubeus Hagrid como esa mañana; el niño giró la cabeza al oír su nombre y, de forma inmediata, corrió a los brazos del semi-gigante, que lo levantó en el aire como si no pesara nada y lo abrazó con fuerza, como si quisiera compensarle por lo ocurrido el día de antes. Lo que no le agradó demasiado a Severus fue comprobar que, detrás de Hagrid venía "Ojoloco" Moody, con su aire hostil de siempre y con su ojo mágico girando desaforadamente en todas direcciones.

-¡Hagrid! ¿Cómo está Buckbead?

-¡Oh, muy bien! Te ha estado echando de menos, ¿sabes?

-Yo también... Me hubiera gustado decirle "adiós", pero después de lo que pasó con ese bicho... –Adrien giró la cabeza hacia su padre -¿Cómo era papi? ¿Bostlar?

-Boggart –Severus, muy a su pesar (o tal vez no) se acercó a Hagrid –¿Te importaría quedarte con el niño un rato? Tengo que sacar algo de oro y supuestamente no puede bajar conmigo a las bóvedas...

-Claro, no hay problema.

-¿Te quedas con Hagrid? –Adrien afirmó con la cabeza, contento por volver a ver a su amigo –Vale... No tardaré...

Severus se marchó en compañía del gnomo con aire resignado, prácticamente arrastrando los pies. Adrien sonrió y fijó su atención en el hombre que acompañaba a Hagrid... Tenía un aspecto bastante raro, con ese ojo que daba vueltas y esa "pata de palo", como si fuera un pirata, pero ni por un segundo le dio miedo estar cerca de él; nada más verlo se había dado cuenta de que ese hombre no era peligroso.

-Hola, señor –dijo con voz suave, saludándole con la mano. Moody arrugó y estiró la cara un par de veces, poco acostumbrado a tratar con niños (menos aún con niños de viejos enemigos) e intentó decidir si quería o no contestarle –Tiene un ojo muy gracioso...

-¡Es un ojo mágico, mocoso! –bufó Moody dando un paso al frente, logrando que Hagrid diera un paso atrás con afán protector –No hay nada de gracioso en eso.

-Y, ¿por qué tiene un ojo mágico en lugar de uno normal? –preguntó Adrien, ajeno al tono algo "estresado" de Moody.

-Porque un asqueroso mortífago me lo arrancó.

-¡Alastor! –exclamó Hagrid, abrazando a Adrien, que parecía seguir interesado en hablar con Moody.

-Mi papi me ha contado muchas cosas sobre los morfigatos... –Adrien estaba contento porque al fin podía hablar con alguien sobre todo lo que sabía –Dice que hay uno que quiere hacerle daño, pero el abuelo Albus ha hecho "UN PLAN"... –Moody fue a decir algo, pero Adrien no le dejó -¿Usted se llama Alastor? Tampoco conozco a nadie que se llame así... Yo me llamo Adrien.

-Sí, lo sé...

-Y, señor Alastor... ¿cómo le arrancaron el ojo? ¿Le dolió mucho?... A mí no me gustaría que me pasara algo así aunque... El ojo mágico, ¿es especial? A lo mejor, tener ese ojo no es tan malo...

Moody había llegado allí con aire hostil, dispuesto a molestar un poco a Severus utilizando al crío, pero la verborrea del pequeño no le daba tregua... Es más, al cabo de dos minutos escuchando hablar al niño, ya se le habían quitado las ganas de hacer o decir nada en su contra; evidentemente no se parecía en nada a su padre y muy a su pesar le estaba resultando agradable estar allí con él mientras hacía preguntas que no esperaba a que le respondieran.

-Bueno, pero yo creo que no me gustaría que me arrancaran un ojo...

Adrien terminó su discurso y miró a Moody interrogante, esperando a que el hombre dijera algo, un hombre que estaba demasiado aturdido como para abrir la boca.

-¿Pasó miedo? –preguntó Adrien y Moody pestañeó –Yo pasé mucho miedo ayer, cuando ese boggart me cogió por el cuello... Mire –y Adrien le mostró al ex–auror los moratones de su encontronazo con "Lucius Malfoy" –Me duele un poquito, pero mi papá me ha dado unas pociones y estoy mejor...

-¿De verdad estás bien? –intervino Hagrid, examinando al niño detenidamente –Me asusté mucho cuando supe lo que te pasó...

-Mi papá me ha contado muchas cosas; me ha explicado lo que pasó anoche y sé que no debo tener miedo –Adrien seguía mirando a Moody; se estaba esforzando por caerle bien a ese hombre, pero no estaba dando resultado, así que optó por retomar la conversación con Hagrid -¿Cuándo podré ver a Buckbead otra vez?

-No sé... Dentro de poco lo vamos a llevar a Hogwarts...

-Es muy bonito –Adrien sonrió con aire melancólico -¿Le has preguntado a su dueño si me va a dejar jugar con él? No me gustaría que se enfadara...

-No he podido hablar con Harry, pero te aseguro que no le importará que juegues con el hipogrifo...

-Entonces, yo intentaré convencer a mi papá para que me deje volar sobre Buckbead... –añadió el pequeño en tono confidencial, volviéndose otra vez hacia Moody. Todavía no iba a darse por vencido con ese hombre -¿Usted sabe volar, señor Alastor? Yo todavía no he aprendido, pero le voy a pedir a mi papá una escoba voladora para poder practicar... Antes he visto una muy bonita, pero en el cartel ponía algo de pro-fes-iona-les, así que no creo que mi papá me compre esa.. ¿Usted cree que hay escobas para niños?

-¡Claro que sí! –fue Hagrid quién habló; Moody permanecía obstinadamente callado –Hay unas escobas pequeñitas que se elevan sólo un metro del suelo para que los niños pequeños aprendan a volar y no se hagan daño si se caen.

-Me gustaría tener una de esas –Adrien suspiró –Pero me parece que a mi papá no le gusta volar... Antes me dijo que se iba a pensar si me compraba la escoba o no, pero yo creo que me va a decir que no...

-Pues a mí me parece que tendrás tu escoba en casa esta misma noche –dijo Hagrid con una seguridad pasmosa –No te preocupes por tu papá; Albus se encargará de convencerle.

-¿Está aquí el abuelo? –Adrien miró a su alrededor con emoción; le gustaba mucho estar con ese viejo loco.

-Se ha tenido que quedar en Hogwarts atendiendo unos asuntos.

-¡Oh!... –otra vez, Adrien miró a Moody –Señor Alastor, ¿usted conoce a mi abuelo Albus?

-Eh... –fue la "inteligente" respuesta del antiguo auror.

-Bueno, en realidad no es mi abuelo de verdad, pero a mí me gusta decirle así... ¿Le conoce?

-Eh... Sí, sí –Alastor se aclaró la voz y agitó su ojo mágico –Lo conozco desde hace muchos años...

-Es muy divertido estar con él –Adrien sonrió, contento porque al fin le había arrancado una frase a ese hombre tan huraño –Siempre me da caramelos de limón y jugamos a muchas cosas juntos... Mi papá no suele jugar mucho conmigo porque es muy serio, pero el abuelo Albus sí.

-Supongo que es muy típico de Albus –bufó por lo bajo el antiguo auror –Mira, enano, ahí está tu... papá.

Moody dijo esa última palabra con voz temblona; le sonaba tan extraño imaginar a Severus Snape siendo el padre de alguien... Bueno, más concretamente le extrañaba que Snape pudiera ser el padre de ese niño en particular; cuanto más tiempo pasaba a su lado, observando sus gestos y escuchando sus interminables palabras mejor impresión le causaba el mocoso... Definitivamente se había equivocado cuando dijo eso de "De tal palo tal astilla" la noche anterior; por el momento, Adrien Bellefort-Snape no estaba dando muchas muestras de parecerse a su padre, quizás en algún gesto, en el color de los ojos y en el cabello, pero en poco más.

Severus Snape se acercaba a ellos caminando todo lo deprisa que podía; el gnomo que le acompañaba lo miraba con los ojos entornados, molesto porque el brujo se había pasado todo el tiempo insistiendo en que debían tardar el menor tiempo posible y habían terminado discutiendo... De hecho, el gnomo se había sentido tentado de abandonar a ese hombre frente a su bóveda acorazada, pero el reglamento de Gringotts prohibía hacer algo semejante con los clientes, así que se aguantó y procuró no prestarle demasiada atención a ese tipo tan pesado... Y Severus Snape también hubiera querido deshacerse del maldito gnomo y conducir él mismo su propia vagoneta, pero no conocía la inmensidad subterránea de los sótanos (por llamarlos de alguna forma) que tenía Gringotts, así que no le pareció una buena idea y optó por aguantarse las ganas.

-Ya he vuelto –nada más ver a Severus, Adrien le echó los brazos y el hombre lo cargó con cariño -¿Te lo has pasado bien?

-Sí... –Adrien miró a Hagrid y, por el brillo extraño de sus ojos, quería decirle algo que debía ser secreto, tal vez relacionado con la escoba voladora -¿Ya tenemos dinero?

-Mucho dinero –Severus miró al semi-gigante –Muchas gracias por cuidarlo, Rubeus.

-Ya sabes que es un placer.

-Nosotros nos vamos ya, tenemos muchas cosas que hacer. Despídete, Adrien.

-Adiós Hagrid –el semi-gigante le hizo un gesto con la mano –Adiós señor Alastor... Me gusta mucho su ojo mágico... Algún día yo tendré uno...

-Espero que eso no sea necesario, enano –Moody no pudo evitar sonreír; quiso halagar los ojillos negros y astutos del niño, pero se encontró con la mirada de Severus, tan parecida a la del niño, y se quedó callado.

-Hasta luego.

Severus echó a andar con el niño en brazos, que miraba por encima de su hombro para despedirse de los dos hombres. Una vez fuera del banco, Adrien volvió al suelo y Severus lo cogió de la mano con suavidad, pensando en el primer lugar que visitarían esa mañana... Quizás era conveniente ver a madame Malkin; sin duda sería un poco pesado para Adrien que le anduvieran probando una túnica tras otra, así que cuanto antes terminaran con ese asunto, mejor para el niño.

-Hagrid me cae muy bien –decía Adrien mientras caminaban por la calle.

-Siempre se le han dado bien los niños –Severus se sintió tentado de añadir un comentario malicioso, pero se abstuvo de hacerlo. Por alguna extraña razón, no quería que el niño heredara sus antiguos rencores, así que nunca le hablaba mal de nadie, ni siquiera de Hagrid... Y eso que no era santo de su devoción precisamente, aunque debía reconocer que el guardabosque había conectado muy bien con el niño desde el primer momento y eso decía mucho a su favor.

-Y el otro señor... ¿Sabías que un morfigato le arrancó el ojo? –Severus alzó las cejas; era de esperar que Moody se pudiera a relatarle a un niño de cuatro años sus batallitas de sus años de auror, aunque hubiera preferido un poco más de tacto por su parte –Debió dolerle mucho, ¿no crees?

-Seguramente...

-Su ojo mágico es muy chulo... –Adrien dio un saltito, parándose de pronto para hablar -¿Me comprarás uno cuando sea más mayor, papi?

-Creo que es mejor conservar los dos ojos, pequeño –Severus rió por lo bajo ante esa ocurrencia –No está bien eso de quedarse tuerto, aunque luego te pongan un ojo como el de Alastor Moody...

La breve conversación fue interrumpida de pronto; padre e hijo habían llegado a la puerta de la tienda de túnicas para todas las ocasiones de madame Malkin. Adrien observó con ojo clínico el escaparate y, aunque los maniquís en los que se exponían las túnicas era de hombres y mujeres adultos, no le desagradó el aspecto de aquella ropa; era muy rara, por supuesto, y algunas túnicas se parecían a los vestidos de gala que se ponían las mujeres que no hacían magia para ir a fiestas como bodas o cenas de navidad, pero no terminaban de ser iguales.

-Vamos a comprar un par de túnicas, ¿te parece?

-Vale... Aunque no me gustan mucho... Son raras...

-Te acostumbrarás, no te preocupes –Severus abrió la puerta y se hizo a un lado para dejar pasar a Adrien –Si vienes conmigo a alguna fiesta en Hogwarts tendrás que parecer un mago, ¿no crees?

-¿Me llevarás a las fiestas del cole?

Adrien pareció entusiasmado otra vez; Severus iba a contestarle afirmativamente cuando una mujer madura y de pelo grisáceo se acercó a ellos con una sonrisa en los labios... Bueno, la sonrisa sólo era para Adrien, pues aquella bruja miró a Severus con desconfianza (para no variar); mientras atendiera bien al niño, a él podía mirarlo como quisiera.

-Buenos días –saludó con su voz melodiosa; la tienda estaba vacía y Adrien miraba a su alrededor extrañado por los colores de las telas que colgaban por todos sitios -¿En qué puedo ayudarles?

-Quiero unas túnicas para el niño –se apresuró a decir Severus; Adrien miró a la dependienta en cuanto se le mencionó –Tendrían que ser un par de gala y otras tres para diario... No, mejor cuatro...

-¿Algún color en particular?

-Al niño le gustan los colores vivos... –dijo Severus por lo bajo.

-Me gusta esa...

Adrien señaló con sus deditos una tela azul celeste con mucha caída que casi podía tocar con las manos. Madame Malkin miró la tela como examinándola y luego a Adrien; después de unos segundos, sus labios dibujaron una media sonrisa, como si aprobara la decisión del pequeño.

-Podemos sacar una espléndida túnica de gala a partir de esa finísima seda de las Indias... Aunque, claro, el señor debe saber que es la tela más cara de la tienda –madame Malkin sonrió con malicia; algo le decía que ese hombre que tenía delante no podía negarle nada al pequeño y se alegraba de que hubiera escogido lo más caro que tenía, sería una buena forma de fastidiar a ese hombre tan desagradable... Y por otro lado, no era muy normal que niños tan pequeños demostraran aquel excepcional buen gusto a la hora de vestir.

-Será su primera túnica... –Severus sonrió, aunque internamente se preguntaba cuánto iba a costarle la bromita.

-Y esa también me gusta...

Adrien, que aparentemente estaba ajeno a la conversación de los adultos, señaló una tela rojo Burdeos que colgaba en el extremo opuesto de la tienda; a pesar de su tono fuerte, parecía ser bastante discreta y elegante.

-Esa túnica en particular viene preparada para coserle unos preciosos bordados dorados en las mangas que representan algunas runas antiguas –explicó madame Malkin –A la túnica azul celeste le podemos hacer algunos adornos en las mangas y, bueno, correrían por cuenta de la casa...

-Me parece buena idea –Severus cabeceó y examinó su alrededor; Adrien había escogido las túnicas de gala, pero las de diario correrían de su cuenta. No era cuestión de gastarse todos los galeones que había sacado de Gringotts en aquella única tienda -¿Podría empezar a cortar las túnicas de gala? Yo miraré para encontrar las de diario...

-En la trastienda tenemos más, si quiere mirar alguna... –la mujer se volvió hacia Adrien y, cogiéndolo de la mano, lo ayudó a subir a una tarima que se elevó mágicamente hasta quedar a la altura idónea para que madame Malkin pudiera trabajar a gusto –Muy bien, cariño... ¿cómo te llamas?

-Adrien, señora.

-Muy bien, Adrien... ¿Podrías estirar los brazos hacia arriba, por favor?

Adrien obedeció la orden de forma inmediata; la mujer pasó la tela azul por sus hombros, cosiendo los extremos para convertir la tela en una túnica que llegaba al suelo y que hacía parecer a Adrien algún adulto que había encogido hasta quedarse tan pequeño como era. La mujer empezó a tomar medidas de su cuerpo y, después de unos segundos, agitó la varita; la túnica se ciñó al cuerpecito de Adrien en un corte asimétrico con aire infantil y luego se acortó hasta que le quedó como un guante.

-Creo que así está bien –madame Malkin lo miró de lejos, afirmando con la cabeza -¿Qué dibujo te gustaría para las mangas y el cuello?

-No sé... –Adrien meditó la respuesta un segundo –Me gustan mucho los caballos...

-Caballos... ¿Y qué te parecen los unicornios? Quedarían mucho más... mágicos.

-Sí... –Adrien sonrió con aquel encanto que le caracterizaba –Vale.

-Muy bien, Adrien. Haz el favor de esperarme aquí cinco minutos; tengo que ir a buscar un cordel azul marino especial para la cintura. Tu padre está en la trastienda, así que llámalo a él si quieres algo, ¿de acuerdo?

-Sí, señora.

-Bien.

Madame Malkin salió a la calle y un segundo después desapareció de la vista; parecía realmente atareada y Adrien se sintió un poco culpable porque la mujer tenía que ir a por un cordel especial por su culpa, pero si tenía que comprarse una túnica, quería que fuese muy bonita... Y esa azul celeste realmente lo era y le quedaba muy bien; no se veía tan raro como él pensó al principio...

La puerta de la tienda se abrió en ese momento y, para alegría de Adrien, Draco Malfoy entró, aunque no parecía tan tranquilo como cuando lo vio esa mañana en el Caldero Chorreante. Venía medio corriendo, claramente enfadado y con la varita en la mano, como si quisiera lanzarle un maleficio a alguien; de hecho, parecía tan sulfurado que no se dio cuenta de la presencia de Adrien. El niño fue a saludarle, pero entonces la puerta volvió a abrirse y un chico moreno que usaba gafas entró, aparentemente tan molesto como el ahijado de su papá.

-¡Deja de perseguirme, Potter! –gritó Draco, apuntando con su varita al otro chico. Adrien entornó los ojos, sin entender lo que pasaba.

-Deja tú de perseguir a Ginny –dijo el chico moreno, apuntando con su varita a Draco a su vez.

-¿Estás celoso? –Draco hizo una mueca de desagrado –No es mi culpa que ella prefiera estar conmigo antes que escuchar tus patéticos lamentos...

-¡Cierra la boca, cretino!

-Mírate –Draco clavó sus ojos grises en el chico moreno con aquella fría arrogancia tildada de crueldad que tan famoso lo hizo en sus primeros años del colegio y habló con desdén –El salvador del mundo mágico se ha convertido en una estúpida caricatura... Sabes que no podrás cumplir con las expectativas que todos tienen puestas en ti y eso te carcome por dentro... Eres tan patético que ni siquiera puedes mantener a tu lado a tu novia...

-Estabas advertido... –el chico moreno apretó su varita y se dispuso a gritar una maldición mientras Draco se preparaba para hacer lo mismo, pero en ese momento Madame Malkin regresó a la tienda y los miró a ambos con indignación, corriendo hacia Adrien para protegerlo.

-¿Qué piensan que están haciendo, insensatos? –gritó medio histérica la mujer -¡Un duelo mágico en mi tienda! ¡Y frente a un niño pequeño! ¿No pensaron que podrían lastimarle?

Draco y el chico moreno, el tal Potter, vieron a Adrien por primera vez y ambos agacharon la cabeza un instante, comprendiendo lo que la mujer quería decir... Draco se había puesto un poco pálido al verlo ahí, como si la idea de lastimar al hijo de su padrino le horrorizara...

-¡Fuera de mi tienda los dos! –dijo la mujer con energía, llevando a los chicos a la salida –¡Y no vuelvan hasta que no se comporten como magos adultos!

Adrien fue a decir algo, pero los dos chicos se marcharon casi corriendo... Potter... Adrien se acordó del dueño de Buckbead... Se llamaba Harry Potter... ¿Y si fuera ese chico de gafas que se peleaba con Draco? Hubiera querido preguntárselo, pero el momento había sido demasiado tenso y ya se le había pasado la oportunidad. Madame Malkin se había girado para mirarlo y le pasó una mano por la cabeza con aire maternal; Adrien pensó que tal vez quisiera comprobar si tenía fiebre o algo así.

-¿Estás bien, Adrien?

-Sí, señora –Adrien afirmó con la cabeza -¿Qué es un duelo mágico?

-¡Oh, eso son cosas de mayores! –la mujer movió los brazos con desdén y, de forma inmediata, le mostró un bonito cordel azul marino -¿Te gusta? Es de una tela especial; los bordados de las mangas y el cuello podrán aparecer cuando tú quieras... Pensé que sería una buena idea que la túnica cambie de aspecto...

-Creo que estas telas irán bien para las túnicas de diario...

Severus acababa de regresar de la trastienda; traía consigo una sencilla túnica verde oscuro, otra que combinaba el azul y el blanco, otra entre anaranjada y amarilla y, por último, una roja y negra que a Adrien le gustó mucho. El mago se quedó parado mirando a su hijo; le pareció que tenía frente a sí a un mago de verdad y se dijo que merecía la pena gastarse todo el dinero que fuera en vestir al niño de forma apropiada... Posiblemente en unos meses ninguna de las túnicas le sirviera, puesto que los niños de esas edades crecían muy deprisa, pero eso no le importaba en ese momento.

-Vaya, Adrien –comentó Severus acercándose a él con una sonrisa en los labios –Estás hecho todo un hombrecito...

-¿Verdad que sí? –Adrien giró la cabeza para mirarse la espalda.

-Vas a estar muy guapo en las fiestas de Hogwarts...

-Será mejor que sigamos, señores.

Madame Malkin acababa de retomar su trabajo con bastante eficiencia y, una hora más tarde, Severus Snape encogía media docena de paquetes envueltos en papel amarillo y los guardaba en los bolsillos de sus pantalones; Adrien no dejaba de fascinarse cuando su padre hacía magia y lo había mirado con la boca abierta, ansiando que llegara el momento en que él también pudiera hacer algo así... Tendría que esperar unos cuantos años, pero ya se imaginaba a sí mismo con una varita en la mano encantando cosas como su papá... Sería maravilloso...

Después de comprar las túnicas, Severus llevó al pequeño a un par de tiendas bastante extrañas para comprar los ingredientes que necesitaría en las clases de Pociones del próximo año; Adrien se había sentido un poco intimidado entonces, rodeado de brujos no sólo de apariencia extraña, también bastante siniestros, y había procurado esconderse entre las piernas de su padre todo el tiempo, siempre con la vista firmemente clavada en el suelo para pasar desapercibido. Para compensarle por ello, Severus lo había llevado un poco más tarde a comer una gran bola de helado de menta con chocolate; Adrien se había reído mucho cuando vio el helado del señor que había en la mesa de al lado, que era casi tan grande como él y que se empezaba a deshacer mientras el hombre se esforzaba pro comer a toda velocidad.

-He visto a Draco –comentó Adrien mientras saboreaba su deliciosa crema de menta –Cuando estaba en la tienda de las túnicas... Pero no me ha saludado.

-¿No? –a Severus esa noticia lo sorprendió y lo indignó a partes iguales.

-Estaba peleando con un chico... –explicó Adrien, recordando lo ocurrido en la tienda como si lo estuviera viviendo otra vez –Madame Malkin les regañó porque iban a hacer un duelo mágico; tenían sus varitas en la mano y se apuntaban el uno al otro... ¿Es eso un duelo mágico? Cuando te apuntas con las varitas...

-Más o menos –Severus hubiera querido explicarle un poco más sobre los duelos, pero había una cosa que le interesaba más -¿Con quién se peleaba Draco?

-Un chico moreno y con gafas... –Adrien frunció el ceño –Draco le dijo: "Deja de perseguirme, Potter" –y Adrien puso voz grave, amenazante- Y el otro le dijo: "Deja tú de perseguir a Ginny" –Adrien dio un bote en la silla –Yo creo que se peleaban por una chica... Yo una vez tuve una novia en el cole, ¿sabes?

-¿Sí...? –Severus rió, sorprendido por el cariz que estaba tomando la conversación.

-Me dejó para irse con otro niño, uno nuevo que sólo estuvo en el cole una semana... –Adrien suspiró; así que el mocoso ya había tenido su primera decepción amorosa... –Ese Potter... ¿Crees que será el dueño de Buckbead? –otra vez, el cambio repentino de tema –Hagrid me dijo que se llamaba Harry Potter, ¿será el mismo?

-Estoy casi seguro de que sí... -¿con quién sino se iba a pelear Draco? Severus sonrió al pensar en ello.

-¡Vaya! –Adrien estaba ligeramente decepcionado –Yo quería preguntarle si me dejaría jugar con Buckbead otra vez, pero se fueron muy deprisa... Quizás la próxima vez...

-Sí, quizás...

Realmente a Severus no le agradaba la idea de que Adrien se relacionara con Harry Potter, pero probablemente lo haría algún día, así que debía resignarse y esperar que el chico no le cayera en gracia, porque bastante le había caído ya cuando el mocoso decidió que Hagrid y Remus Lupin eran dos personas con las que se podía tratar...

-Antes Hagrid me dijo que van a llevar a Buckbead a Hogwarts muy pronto... ¿vamos a volver nosotros también al colegio? Es que me gustó mucho y ya tengo ganas de ver otra vez a esa gata tan grande... ¿Tú sabes como se llama?

-Supongo que te refieres a la señora Norris...

-Sí... ¿tú conoces a su dueño?

-Sí. Es el conserje de Hogwarts, el señor Filch...

-Y, ¿crees que le molestará que juegue con su gata?

-No lo sé; quizás deberías preguntárselo mañana...

-¿Iremos mañana a Hogwarts? –Adrien se puso de pie en su silla y a punto estuvo de tirar lo poco que le quedaba de su helado.

-A no ser que tengas algún plan...

-¡No! –Adrien negó efusivamente con la cabeza, dando saltitos de emoción –Quiero volver a tu cole...

-Pues, entonces, será mejor que terminemos las compras de una buena vez, ¿no te parece? Todavía tenemos que hacer muchas cosas y se nos está empezando a hacer tarde.

-¡Vale! –Adrien devoró literalmente el resto de su helado y fijó en su padre sus ojillos negros –Antes he visto una tienda de animales... Había muchas lechuzas... Me gustan las lechuzas...

-Pues me parece que eres muy pequeño para tener una –Severus pagó la cuenta y se puso en pie para seguir con las compras –Los niños magos no acostumbran a comprarse lechuzas hasta que no entran a Hogwarts; se utilizan para llevar el correo entre los magos...

-¡Oh, como los carteros! –Adrien abrió mucho los ojos; definitivamente el mundo mágico no dejaba de sorprenderle –Pero quizás podríamos comprar una lechuza para los dos, ¿no? Tú no tienes ninguna y puede que alguna vez yo quiera mandarle cartas al abuelo Albus...

Severus rió por lo bajo; realmente aquel mocoso siempre encontraba argumentos para salirse con la suya... Sonaba tan sensato que casi le había convencido para comprar la dichosa lechuza.

Tendría que aprender a decirle que no de vez en cuando o terminaría arruinado y con la casa repleta de cosas que no eran del todo necesarias...

Y en el próximo capítulo, titulado "Túnicas, calderos, lechuzas y escobas voladoras II"...

-¿Puedo ayudarle en algo, señor?

-Quisiera una lechuza para el niño –dijo Severus, señalando a Adrien, que seguía analizando todo lo que le rodeaba con ojo clínico –Será su primera lechuza y...

-Papi... –Adrien tiró de su camisa, señalando con su dedito un lugar determinado de la tienda –Papi, me gusta ese pájaro... ¿Me compras ese pájaro?

Severus y el tendero miraron hacia donde señalaba el niño y el hombre del bigote gris sonrió ampliamente.

-Es un excepcional ejemplar de águila real española –dijo el hombre, acercándose a un ave rapaz que parecía ser mucho mayor que Adrien, de plumaje pardo con unos llamativos reflejos dorados y de ojos de un azul tan claro que resultaban irreales... Estaba posada en un suporte especial, erguida con orgullo, con su pico ganchudo levemente alzado y luciendo un elegante porte casi aristocrático –Los magos españoles suelen utilizar aves rapaces para mantener correspondencia –explicó el tendero, colocándose un guante de protección en la mano y tomando al águila por las patas para asegurarse de que no se le iba a escapar –Normalmente son azores o halcones; antiguamente las águilas eran sus predilectas, pero últimamente su especie parece correr cierto peligro de extinción, así que no es fácil encontrarlas. Este macho en particular tiene apenas un año de vida y es ahora el momento propicio para adquirirlo; las águilas son animales muy temperamentales e independientes, pero si se les amaestra desde jóvenes, son criaturas realmente fieles y eficientes...

-¿Puedo quedarme con el águila real española, papá? –Adrien estiró su mano hacia el ave, dispuesto a acariciar sus plumas... En cierto modo se parecía a Buckbead, aunque era mucho más pequeña y, al igual que ocurriera con el hipogrifo, también pareció caerle bien, pues se dejó acariciar agachando la cabeza mansamente, dando a entender que el niño era de su agrado –Le llevará las cartas al abuelo y... ¡mira qué bonita! ( Y he aquí un personaje que será muy importante más adelante...)