Hola a todos; no, no soy Rowling, así que no esperéis leer el último libro de la saga de Harry Potter, que esto es sólo un fic. En primer lugar, quisiera dar mil gracias a edysev por recomendar mi historia en su blogg; creo que te lo he dicho antes, pero me siento muy honrada de que alguien que escribe también como tú me recomiende... Este capi es para ti, entonces, no tengo otro remedio. Y, ahora, como siempre, agradecer a todos aquellos que me han dejado sus reviews en el capi anterior: yukiatena, Utena-Puchiko-nyu, SNAPEFOREVER, RAC, mace, Lia Du Black, rWana, MeilinSnape, amsp14, lyala kyoyama, Nemesis Crow y Malu Snape Rickman. También gracias a todos los que seguís el fic capítulo a capítulo; aquí os dejo la actualización. Espero que os guste.

Besos, Cris Snape

CAPÍTULO 17. Túnicas, calderos, lechuzas y escobas voladoras II

Flourish y Blotts estaba repleto de gente aquella mañana; Severus se había sorprendido un poco cuando entraron y se encontró con aquella marabunta de mujeres que gritaban histéricas mientras agitaban en el aire unos libros de tapas de colores rosados y malvas. Adrien frunció el ceño un momento, mirando a su alrededor sin saber muy bien qué pasaba, aunque pronto empezaron a llamar su atención las altísimas estanterías repletas de libros hasta el techo... Nunca se cansaría de visitar lugares mágicos; eran simplemente maravillosos. Severus, por su parte, había estirado el cuello hasta descubrir el motivo de todo aquel alboroto: Gilderoy Lockhart, aquel mago presumido y sin demasiado talento mágico que un día fuera profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, estaba en pie al otro lado de la tienda, agitando su cabellera rubia y mostrando una amplia sonrisa supuestamente encantadora. Estaba allí para presentar su último libro, "Mi regreso del olvido" y, como ya ocurriera años antes, había atraído a una multitud de seguidoras que seguían admirándolo a pesar de ser un farsante reconocido... Severus dudaba seriamente que se hubiera recuperado por completo del hechizo desmemorizante que él mismo se aplicó de una forma bastante ridícula, pero allí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado por él, igual de estúpido que en sus años de estudiante.

Severus soltó un bufido y se giró para mirar a Adrien; el niño estaba a dos pasos a su derecha, observando con la boca abierta "El Monstruoso Libro de los Monstruos", el libro que utilizaba Hagrid para dar sus clases de Cuidado de Criaturas Mágicas en Hogwarts. Adrien estaba realmente encantado con aquellas cosas, pues acercaba su mano al contenedor en el que estaban los libros de cuando en cuando, alejándola rápidamente cuando un libro le gruñía directamente a él, provocándole una risa tan encantadora como imprudente.

-¡Qué libros más divertidos, papi! –exclamó el pequeño, acercándose un poco más a la urna -¿Me compras uno?

Severus soltó un bufido; definitivamente no debería dejar que el niño pasara demasiado tiempo con Hagrid. Estaba empezando a comportarse de una forma parecida al semi-gigante.

-Me temo que no –Severus se apresuró a alejarlo de aquellos horribles libros de texto –Me gusta que estés entero, Adrien, no quisiera que uno de esos libros te arranque una mano o algo peor.

-Son sólo libros –se quejó el niño, mirando con pena cómo se alejaba de su último caprichito –Los libros no se comen a la gente, mi mamá me lo dijo –Severus alzó una ceja y Adrien rió traviesamente –Bueno, mi mamá no me dijo eso, pero seguro que no son tan malos...

-Son libros para niños mayores –dijo Severus, esquivando el brazo de una fan desaforada de Lockhart –Además, en la tienda habrá algo más adecuado para ti... Seguro que los libros para colorear están arriba... –esa vez sí, un libro rosado golpeó la nuca de Snape y, cuando éste se giró para gruñirle a la responsable de su altercado, se quedó callado momentáneamente –Molly...

-¡Oh, Severus! Lo siento mucho, no me di cuenta... –Molly Weasley bajó su brazo y miró a Snape con las mejillas encendidas; inmediatamente, bajó su mirada hacia Adrien y le sonrió con ternura -¡Adrien! ¿Cómo estás?

-Hola, señora –saludó el niño, un poco extrañado porque esa mujer le hablaba como si ya le conociera.

-¡Oh! No te acuerdas de mí, ¿cierto? –la mujer extendió una mano que Adrien estrechó sonriendo amablemente –Soy Molly Weasley; yo estaba anoche en la casa cuando pasó aquello...

Adrien entornó los ojos... Aquella cara repleta de dulzura le resultaba muy familiar... Recordó que la noche anterior había visto un rostro parecido a ese entre sueños, cuando todavía no había tenido la conversación sobre los mortífagos con su papá, y de pronto dio un bote y mostró sus dientes.

-¡Usted me cuidó ayer! –dijo, contento por acordarse de eso –Me pasaba la mano por el pelo como hacía mi mamá cuando estaba malito... –Severus carraspeó y Molly se inclinó para besar la mejilla del pequeño.

-Así que te acuerdas de mí... ¿Cómo estás?

-Muy bien, señora Molly... –la pelirroja rió al oír ese calificativo –Mi papá me ha traído al Callejón Diagón por primera vez; es un lugar muy bonito... Hasta ahora me ha comprado unas túnicas para que pueda ir a Hogwarts y me he comido la bola de helado de menta más grande de mi vida –Adrien hizo un gesto con las manos –Ahora vamos a comprar unos libros de dibujo y luego me llevará a la tienda de las lechuzas y a la de las escobas voladoras...

-Me temo que eso está por verse –dijo Severus por lo bajo; Molly lo miró divertida, sin terminar de creerse que un niño como Adrien pudiera dominar su amargo carácter, y Adrien hizo una mueca como si quisiera dar a entender que iba a salirse con la suya.

-También me va a comprar juguetes mágicos –Adrien hablaba con total confianza, como si conociera a Molly Weasley de toda la vida... Y es que aquella mujer tenía algo en la mirada que le hacía acordarse mucho de su madre y eso le gustaba, esa señora le caía muy bien –Ya tengo muchas cosas, pero son todos juguetes de muggles... Yo he crecido con muggles, ¿sabe? Mi mami era muggle y por eso sólo tengo ropa y juguetes muggles, pero mi papi dice que tengo que acostumbrarme a vivir como un niño mago, así que estamos aquí... –Adrien inclinó un poco la cabeza y miró con el ceño fruncido al hombre rubio que reía de una forma bastante hipócrita al otro lado de la tienda; definitivamente Gilderoy Lockhart no era santo de su devoción -¿Quién es ese señor? ¿Y por qué se ríe tan alto? Se parece a la sirena del recreo de mi antiguo cole...

Severus no pudo reprimir la carcajada y, durante un segundo, concentró la atención de media tienda; todos reconocieron de inmediato al profesor de Pociones de Hogwarts y antiguo mortífago y retrocedieron alarmados, como si estuvieran ante el fin del mundo... Severus Snape estaba allí parada, riéndose a mandíbula batiente acompañado de un niño y una mujer pelirroja que, a pesar de ser admiradora de Lockhart, también se había puesto a reír ante la mirada atónita de Adrien... Aquellas tres personas causaron tal expectación que Gilderoy Lockhart interrumpió su discurso para observarlos claramente molesto; después de todo, eran los responsables de que su "público" hubiera dejado de prestarle atención tan repentinamente. Lockhart se cruzó de brazos, enfurruñado, y carraspeó hasta hacerse daño en la garganta, logrando que varios brujos giraran las cabezas para mirarlo; no obstante, el "espectáculo" que estaba ofreciendo Severus Snape parecía mucho más interesante y los allí congregados no dejaban de observarle como si se hubiera vuelto loco mientras el brujo permanecía ajeno a todo lo ocurrido, pensando en las palabras de Adrien... Definitivamente, el cretino de Lockhart sí que parecía una sirena de colegio muggle...

-Señoras... –dijo Lockhart modulando su voz como sólo él sabía hacerlo; había que reconocerle que siempre había sido un gran orador, tampoco se trataba de quitarle méritos al pobre, para una cosa que hacía bien... -¿Podríamos continuar con la presentación del libro?

Severus había escuchado esas palabras y continuó riendo un rato más, aunque la gente había dejado de prestarle atención. Así que Gilderoy había sentido celos de él... Eso sí que era el acabóse, lo nunca visto... Al fin, consiguió tranquilizarse y miró a Adrien, que parecía sorprendido por la reacción de los dos adultos que lo acompañaban; Molly también había dejado de reír y sostenía el libro de pastas rosas y malvas con languidez, de hecho estaba a punto de caérsele.

-Vas a perder tu turno en la fila, Molly –dijo Severus haciendo una mueca, con aire alegre –No querrás que "Lockhart" –y le dio al nombre un soniquete especial –deje de firmarte su libro... Al menos algo de lo que cuenta en él será cierto, si hace honor a su nombre.

-Claro... –Molly dio un paso al frente, dispuesta a seguir con lo suyo, pero antes giró la cabeza un momento para mirar a Adrien –Espero que tu padre te compre muchos juguetes, Adrien.

Si Severus no conociera como conocía a esa mujer hubiera pensado que decía esas palabras sólo para molestarle a él, pero tampoco se paró a pensar mucho en eso. Cogió a Adrien de la mano otra vez y miró en todas direcciones, intentando localizar algún distintivo que le indicara el lugar en el que se encontraba la sección infantil de aquella caótica librería... Supuso que debía ser en la planta superior, pues había un cartel mágico que representaba uno de esos cuentos muggles... "Caperucita Roja"... Aunque, claro, a Severus no le pareció muy adecuando relatar a un niño de cuatro años como un lobo se comía enteritas a una pequeña imprudente y a su abuelita... ¿En qué pensarían los muggles cuando escribían esas cosas y las catalogaban como literatura infantil? ¿En qué pensaban los magos que habían decidido trasladar esa parte de la cultura muggle al mundo mágico? Definitivamente, desde la caída de Voldemort el mundo se había vuelto del revés... ¡Qué se lo preguntaran a él!

-Vamos arriba, Adrien –dijo con suavidad, llevando al niño en dirección a la escalera –Creo que encontraremos algo que te guste...

-Me gustan esos libros –y, otra vez, el niño señaló "El monstruoso libro de los monstruos", ganándose la primera mirada realmente endurecida de su padre.

-Creo que ya ha quedado claro que no te voy a comprar uno de esos libros –dijo con severidad y Adrien entendió que, a pesar de los pesares, no siempre iba a salirse con la suya... Vamos, que las cosas no habían cambiado demasiado con respecto a cómo eran cuando estaba con su mamá –Así que dejaremos el tema, ¿te parece? –Adrien afirmó con la cabeza y plantó los ojos en el suelo; Severus, como si quisiera compensarle, le despeinó cariñosamente y empezó a subir las escaleras mirando al niño de reojo –Cuando compremos unos cuantos libros –dijo con aire despreocupado –Iremos a echarle un vistazo a las lechuzas; tienes razón, Adrien, necesitamos una urgentemente...

Tras escuchar aquellas palabras, Adrien sonrió ampliamente, olvidando la pequeña regañina de su padre; iba a tener una lechuza... Eso era maravilloso...

Pasaron un buen rato mirando libros; Adrien jamás pensó que aquella actividad pudiera resultar tan divertida, pero ese día se lo pasó en grande. Su padre le compró un montón de cuadernos de dibujo y, cuando Adrien probó uno de ellos, descubrió que los muñecotes que había pintado se movían un poco y luego se quedaban muy quietos, como si lo miraran a él para saber qué era lo que debían hacer... Adrien no entendía muy bien el funcionamiento de esos cuadernos, pero su padre prometió que se lo explicaría detenidamente cuando llegaran a casa; compraron también unos libros de cuentos bastante extraños: cuando abrías las hojas, los personajes del cuento cobraban vida propia y daban vueltas alrededor de Adrien, representando aquellas acciones que se relataban por escrito. Adrien hubiera querido llevarse todos aquellos libros, pero debió conformarse con tres de ellos... Severus pensó también que debía comprarle algo que fuera mucho más didáctico y, como Adrien parecía encantado con la idea de conocer todo lo que fuera posible acerca de Hogwarts, adquirió "Historia de Hogwarts para niños", un libro similar al de los cuentos que entusiasmaron al pequeño y que, sin ninguna duda, lo ayudarían a comprender cómo era su futuro colegio, el lugar que tanto le gustaba. Una caja de lapiceros mágicos y un pequeño libro de hechizos de muy bajo nivel completaron la compra en Flourish y Blotts, dejando a la chica que los atendió más contenta que unas pascuas, gracias a la importante cantidad de galeones que Severus se había dejado allí esa mañana.

Abandonaron la tienda cerca del mediodía; la mañana se estaba pasando volando y pronto Adrien tendría hambre, así que se dirigieron a toda velocidad a la tienda de animales. Adrien entró primero, fijando sus ojillos negros en una amplia gama de lechuzas, gatos, ratas, sapos, perros y demás mascotas mágicas, sin saber qué animal le gustaba más... Supuestamente estaban allí para comprar una lechuza que llevara el correo a su abuelo Albus, pero ahora que veía todo aquello, hubiera sido capaz de llevarse toda la tienda a su casa... Era simplemente genial... Además, los animales parecían encantados con su presencia allí y Adrien tuvo la sensación de que todos lo miraban con ojos llorosos, como si estuvieran ansiosos porque los escogiera. Severus entró detrás de él y notó un extraño silencio que no muchas veces estaba presente en tiendas de ese tipo... El dependiente, un hombre cincuentón con un espeso bigote gris, miró a su alrededor un poco sorprendido, agitó la cabeza y clavó sus ojos en Severus, dispuesto a atenderle.

-¿Puedo ayudarle en algo, señor?

-Quisiera una lechuza para el niño –dijo Severus, señalando a Adrien, que seguía analizando todo lo que le rodeaba con ojo clínico –Será su primera lechuza y...

-Papi... –Adrien tiró de su camisa, señalando con su dedito un lugar determinado de la tienda –Papi, me gusta ese pájaro... ¿Me compras ese pájaro?

Severus y el tendero miraron hacia donde señalaba el niño y el hombre del bigote gris sonrió ampliamente.

-Es un excepcional ejemplar de águila real española –dijo el hombre, acercándose a un ave rapaz que parecía ser mucho mayor que Adrien, de plumaje pardo con unos llamativos reflejos dorados y de ojos de un azul tan claro que resultaban irreales... Estaba posada en un suporte especial, erguida con orgullo, con su pico ganchudo levemente alzado y luciendo un elegante porte casi aristocrático –Los magos españoles suelen utilizar aves rapaces para mantener correspondencia –explicó el tendero, colocándose un guante de protección en la mano y tomando al águila por las patas para asegurarse de que no se le iba a escapar –Normalmente son azores o halcones; antiguamente las águilas eran sus predilectas, pero últimamente su especie parece correr cierto peligro de extinción, así que no es fácil encontrarlas. Este macho en particular tiene apenas un año de vida y es ahora el momento propicio para adquirirlo; las águilas son animales muy temperamentales e independientes, pero si se les amaestra desde jóvenes, son criaturas realmente fieles y eficientes...

-¿Puedo quedarme con el águila real española, papá? –Adrien estiró su mano hacia el ave, dispuesto a acariciar sus plumas... En cierto modo se parecía a Buckbead, aunque era mucho más pequeña y, al igual que ocurriera con el hipogrifo, también pareció caerle bien, pues se dejó acariciar agachando la cabeza mansamente, dando a entender que el niño era de su agrado –Le llevará las cartas al abuelo y... ¡mira qué bonita!

Severus reflexionó un momento; no era una mascota demasiado convencional... Un águila real... El animal era realmente hermoso y parecía entenderse a la perfección con Adrien... Una criatura excepcional para un niño especial... No podía negarse porque en cierto modo había comprendido que, desde que Adrien acarició el plumaje de aquel ave, el águila ya le pertenecía... Seguramente Albus encontraría divertida aquella adquisición, pero los ojillos de Adrien refulgían con tanta emoción que no se molestó en buscar excusas para comprar una lechuza en lugar del águila, tal y como pensaba hacer en un principio.

-Esta bien, es tuya –Severus suspiró y el tendero sonrió –Pero tendrás que buscarle un nombre tú mismo...

-¡Claro, papi! –Adrien dio un bote y miró fijamente el guante de cuero que cubría la mano del tendero... Se moría de ganas por coger a su nueva mascota él mismo, a pesar de lo grande que era, y señaló con timidez el guante de aquel hombre –Señor... ¿Podría darme una cosa de esas...? Me gustaría coger a...

-¿No crees que es demasiado grande? –le dijo Severus, frunciendo el ceño.

-¡Oh, pero puedo!... ya verás como puedo...

-Esta bien –el hombre de la tienda devolvió al ave a su soporte y abrió un cajón de detrás del mostrador, sacando dos guantes de cuero, uno negro, que debía ser para Severus, y otro mucho más pequeño de color marrón. Le tendió este último a Adrien, ayudándole a ponérselo, y fue hasta el águila, volviendo a cogerla con cuidado –Si ves que pesa demasiado o si te hace daño, dímelo enseguida, ¿de acuerdo?

Adrien afirmó con la cabeza y el hombre colocó con cuidado al águila sobre su bracito. La patas del ave se ciñeron a este con cuidado y el niño sintió el maravilloso peso de su nuevo amigo, sintiéndose unido al águila de una forma muy intensa... Sostener a "Oso" con una mano y al águila con la otra no era tarea fácil, pero no dejó que su padre le ayudara... Quería disfrutar de ese momento todo el tiempo que pudiera...

-¡Hola, Athos! (N/A: un pequeño homenaje a uno de mis libros favoritos, "Los tres Mosqueteros") –Adrien sonrió afablemente, acariciando la cabeza del águila –Yo soy Adrien... Vas a venir a casa con mi papá y conmigo –señaló con la cabeza a Severus y, como si "Athos" pudiera entenderle, miró al brujo –Él es mi papá; seguro que te cae muy bien.

Severus agitó la cabeza al escuchar a su hijo hablar con aquel animal... Tratándose de cualquier otra persona Severus hubiera pensado que se hallaba ante un loco, pero Adrien hablaba con tanto convencimiento que era inevitable pensar que podía entenderse con los animales mejor que cualquier otro mago... Luego, dejó que el niño y su mascota empezaran a conocerse y se volvió hacia el hombre de la tienda; compró el águila (un gasto del todo inesperado que lo hizo palidecer un poco), una gran jaula para transportarla cuando fuera necesario, un soporte para que el animal se posara y una buena cantidad de comida, aunque el dependiente aseguró que "Athos" saldría a cazar por su cuenta y que no tendrían que preocuparse por él, pues siempre encontraría la manera de regresar junto a sus amos aunque alguna vez se ausentara por largas temporadas que podrían llegar a durar dos o tres semanas... "Athos", al ser un águila macho, se mostraría terriblemente independiente y dedicaría mucho tiempo a marcar su territorio, así que deberían ser pacientes con él, al menos al principio.

Cuando salieron de la tienda, Adrien no podía estar más contento y Severus se olvidaba de todos sus quebraderos de cabeza con solo ver el rostro sonriente del niño. "Athos" había sido convenientemente ubicado en su jaula, cosa que no le hacía la más mínima gracia, aunque se mostraba más tranquilo cuando Adrien se acercaba para hacerle carantoñas. Algún que otro mago se volvió para mirarlos con curiosidad y Severus se sintió ligeramente incómodo; nunca le había gustado ser el centro de atención.

-Bueno... –el brujo adulto se quedó parado en mitad de la calle, meditando el siguiente paso a dar -¿Te parece si vamos a buscar un caldero para ti?

A Severus aquello realmente le hacía ilusión; comprar el primer caldero para Adrien, enseñarle sus primeras pociones, convertirle en alguien medianamente receptivo para ese arte... Sería bonito que su hijo fuera tan buen fabricante como él, eso le haría sentirse muy orgullo y, empezar cuanto antes con su educación no estaría de más... Aunque tuviera que esperar unos meses para ponerse en serio con ese asunto, ver a Adrien sentado junto a un caldero... Sería una experiencia inolvidable, seguro.

-¿Y me enseñarás a hacer pociones? –Adrien lo miró con interés, demostrando una vez más que sí que quería aprender.

-Por supuesto.

-¡Vamos!

Severus sonrió y guió al niño hacia la tienda en la que llevaba comprando la mayor parte de su material para las clases de pociones desde que empezó a dar clase. El dependiente, un anciano de grandes ojos saltones, como los de un gran sapo, lo miró astutamente un momento y examinó a Adrien detenidamente.

-Señor Snape –dijo, con su voz chillona que a Adrien le sonó un poco como el gruñidito de una rata -¿En qué puedo ayudarle? ¿Necesita reponer los calderos que destrozan sus alumnos?

-En realidad, busco algo para Adrien –y señaló al niño, que inmediatamente alzó la cabeza para hacerse notar –Ya sabe, un caldero resistente a las explosiones, que lleve algún sistema anti-vuelvo y que no se caliente demasiado, para evitar accidentes.

-¡Uhm...! –el hombre de ojos de sapo se rascó la barbilla como si meditara sobre algo importante y chasqueó los dedos, desapareciendo tras el mostrador. Adrien le dirigió una mirada interrogante a su padre y éste se limitó a tranquilizar su impaciencia con un leve movimiento de cabeza; segundos después, el hombre reapareció con un calderito entre las manos, de un negro muy brillante y con un asa plateada que a Adrien le encantó –Creo que la nueva Serie 2.4 para prácticas preescolares estará bien; es un nuevo modelo. Apenas lleva un par de semanas en el mercado, pero sus resultados son inmejorables; son realmente seguros, pequeños y manejables, idóneos para los niños menores de ocho años... ¿Qué le parece, señor?

Severus examinó el caldero durante un par de minutos que parecieron eternos; comprobó que el grosor era el adecuado para contrarrestar la violencia de una posible explosión, se aseguró que su forma garantizara cierto grado de eficiencia para evitar vuelcos y acreditó que su base fuera lo suficientemente gruesa para ejercer un mayor control sobre el calor que se quería administrar en cada momento. Definitivamente era un caldero seguro y, cuando afirmó con la cabeza dando su visto bueno, Adrien esbozó una sonrisa de satisfacción que lo llenó de alegría; al fin alguien mostraba un sincero interés por su mayor pasión (la elaboración de pociones) y ese alguien era precisamente su hijo. El dependiente metió el caldero en una caja de cartón y echó un vistazo a "Athos".

-Una hermosa ave –comentó, dirigiéndose directamente a Adrien -¿Es tuya, muchacho?

-Sí, señor –Adrien miró a "Athos" con admiración –Mi papá acaba de comprármela; al principio quería una lechuza, pero el señor de la tienda de animales me dijo que las águilas también se utilizan para llevar el correo, así que me quedé con "Athos".

-Extraña mascota para un muchacho –susurró para sí el hombre, volviendo su atención a Severus, que lo miraba con el ceño fruncido, y a sus comprar -¿Algo más, profesor Snape?

-Por el momento no –Severus hizo una mueca –Supongo que en cuanto empiece el curso necesitaré renovar más de uno de los calderos que destrocen los ineptos de mis alumnos, pero por el momento está bien así.

-Esperaré a recibir sus encargos entonces.

Los dos hombres intercambiaron una mirada cargada de complicidad y en un abrir y cerrar de ojos Adrien y su padre habían vuelto a la calle, paseando entre la multitud con aire distendido. Adrien, ahora sí, tenía hambre, así que se sentaron en la terraza de un restaurante y comieron pollo asado y patatas fritas; Adrien no dejaba de hablar sobre todas las cosas que había visto en el Callejón Diagón esa mañana y ya se moría de ganas por ir a la tienda de juguetes, el lugar que les quedaba por visitar.

-He pensado que podría enviarle una carta al abuelito Albus –decía Adrien, mordisqueando una gran manzana verde de sabor ácido –Así sabremos si "Athos" sabe dónde está Hogwarts; le hablaré de todas las cosas que me has comprado y de todo lo que hemos hecho... Aunque –Adrien miró a su padre con timidez, casi como si se sintiera avergonzado –Tendrás que escribir tú porque yo no sé muy bien... Aunque –y Adrien dio un bote en su silla –Yo te dictaré toda la carta, ¿qué te parece?

-Creo que es una buena idea- Severus sonrió afablemente, colocando disimuladamente un ala de pollo en la jaula de "Athos"; el animal parecía empezar a ponerse un poco nervioso por estar tanto tiempo encerrada y darle de comer tal vez la tranquilizara un poco –Seguro que a Albus le hace mucha ilusión que le escribas; incluso podrías dibujarle algo en el pergamino aunque yo lo escriba todo.

-¡Sí! Haré un dibujo de "Athos"...

Adrien empezó a mencionar un montón de cosas que podría dibujar especialmente para su abuelo. Severus los escuchaba medio embelesado y, media hora después, ya estaban otra vez en marcha. Fueron a la tienda de juguetes y Severus le compró un par de puzzles mágicos que cambiaban cada vez que uno se completaba; cada puzzle tenía un total de veinte dibujos, así que Adrien tendría mucho trabajo con ellos. Compró también un ajedrez mágico para niños, de tal manera que Adrien pudiera aprender a jugar sin necesidad de la ayuda de un adulto, puesto que el tablero se encargaba de darle las pertinentes lecciones, y unos cuantos muñecos que se movían y hablaban solos que debía acordarse de poner a buen recaudo. Adrien había visto las escobas voladoras de las que Hagrid le habló expuestas en un lugar bastante luminoso de la tienda, de tal forma que llamaban muchísimo la atención; eran escobas muy pequeñitas, con los palos pintados en alegres colores y con las ramitas haciendo formas bastante graciosas...

-Papi... –Adrien tiró de la camisa del hombre y éste frunció el ceño, temiéndose lo que venía ahora –Mira, papi, escobas para niños...

-No creo que estés en edad de volar –masculló Severus con algo de sequedad y el niño comprendió que no serviría de nada insistir en el tema. Después de lo ocurrido con "El Monstruoso Libro de los Monstruos", Adrien sabía que cuando su padre decía que no, quería decir precisamente eso, que bajo ningún concepto iba a cambiar de opinión –Quizás cuando seas un poco más mayor –dijo el brujo, para compensar a Adrien y evitar que pusiera aquella carita de pena.

Adrien no insistió; le hubiera gustado hacerlo, pero en lugar de eso pensó en todos los demás juguetes que le habían comprando y otra vez se sintió muy contento. Tenía un montón de túnicas nuevas, un caldero mágico, cuadernos de dibujo, lápices de colores, libros para aprender a ser un mago, muchos juguetes diferentes a todos los que había tenido hasta ese día y, por si eso fuera poco, una bonita águila real española que era sólo para él... ¿Qué más podía pedirle a su padre? Definitivamente, nada más...

Salieron de la tienda y Severus comentó que era el momento de regresar a casa, pero en ese momento se encontraron con una pareja de brujos a los que Snape conocía. Adrien reconoció al hombre, Remus Lupin se llamaba; gracias a él el "boggart" no le había hecho nada la noche anterior y, además, le había llevado a "Oso" cuanta tanta falta le hacía; caminaba de la mano de una mujer joven de aspecto despreocupado, que tenía el pelo de un amarillo chillón que Adrien nunca había visto, muy largo y rizado, y unos vivaces ojos violeta que le hacía parecer una niña más que una mujer. Adrien escuchó el suspiró de su padre, como si no le hiciera demasiada gracia tener que pararse a hablar con ellos, y por un momento pensó que no podría darle las gracias a Remus Lupin por haberle ayudado con el "boggart", pero su padre se había parado en la calle, mirando directamente a la parejita que se acercaba a ellos entre sonrientes e indecisos.

-Buenas tardes, Severus –saludó Remus Lupin, mientras su pareja miraba a Adrien y le sacaba la lengua de una forma bastante graciosa; el niño le sacó la lengua a su vez y ambos rieron por lo bajo, mientras Remus y Severus se encargaban de los asuntos protocolarios (N/A: lo de Adrien y Tonks ha sido amor a primera vista, jeje)

-Remus –Severus inclinó la cabeza –Tonks...

-Hola, Adrien –Remus miró al niño, sonriéndole con dulzura –Soy Remus Lupin, nos conocimos anoche... ¿Te acuerdas de mí?

-Sí –Adrien afirmó con la cabeza –Usted sacó su varita, dijo algo y el boggart que me estaba atacando se convirtió en una bola blanca –Remus afirmó, satisfecho por la viveza del niño –Mi papá me explicó muchas cosas de los boggart, ¿sabe? Me dijo que siempre toman la forma de algo que nos da mucho miedo... –Adrien entornó los ojos -¿A usted le da miedo una bola blanca?

La incomodidad de Lupin fue más que evidente; al licántropo no le agradaba ir hablando sobre su condición por ahí, como si no tuviera importancia, y que un niño tan pequeño mostrara interés por su boggart no podía hacer más que provocarle cierta inseguridad que debía afrontar como buenamente pudiera... Por supuesto, Adrien no estaba en edad de entender qué era un hombre lobo y, a juzgar por el brillo sombrío que apareció en los ojos de Severus, el padre del mocoso no se había planteado dar esas explicaciones por el momento.

-Los temores de las personas son extraños a veces –dijo Severus, colocando una mano sobre el hombro de su hijo mientras intentaba sujetar la jaula de "Athos", que ya no podía estarse quieto ni un momento –Aunque a los demás nos parezca que son cosas sin importancia, nuestros miedos no son algo que podamos controlar... Y si a Remus le da miedo una bola blanca...

-A mí me pareció que era la luna llena –dijo Adrien como si nada, haciendo que los tres adultos se quedaran serios de repente –Mire, señor Lupin –Adrien cambió de tema de pronto, satisfecho al parecer con la explicación paterna, y señaló la jaula de su nueva mascota –Es "Athos"; es un águila real y mi papá me la ha comprado esta mañana, ¿verdad que es bonita? –Remus afirmó con la cabeza –El señor de la tienda dijo que las águilas son muy independientes, así que creo que "Athos" está tan inquieta porque quiere ir a cazar y a "marcar su territorio"... Yo no sé muy bien que es eso de marcar territorios, pero debe ser muy importante porque es posible que "Athos" no regrese a casa durante semanas sólo para hacer eso... –Adrien miró a Tonks entonces, y se acercó a ella con esa sonrisa cautivadora en los labios –Hola, señora... ¿Es amiga del señor Lupin?

-Nymphadora Tonks –la mujer extendió una mano y Adrien la estrechó con aire confundido; otra vez le trataban como si fuera un hombre mayor y otra vez se sintió extraño.

-Yo me llamo Adrien Bellefort-Snape –el pequeño volvió a sacar pecho con orgullo –Nymphadora es un nombre muy bonito... No conozco a nadie más que se llame así, pero es bonito... Suena como las ninfas... Mi mamá muchas veces me contaba historias sobre dioses y me hablaba de las ninfas... Aunque –Adrien alzó una ceja –No creo que usted sea una ninfa... –Tonks rió, anonadada ante el discurso incesante del pequeño; definitivamente, cuando Adrien se sentía feliz, era incapaz de dejar de hablar –Tiene un pelo muy chulo... Es un color muy raro, pero me gusta.

-¿Ves Remus? –Tonks le dio un codazo al licántropo entre las costillas –Al niño le gusta mi color de pelo, no hay motivo para cambiarlo.

-Papi –Adrien miró a su padre -¿Podré ponerme yo el pelo como la señora Nymphadora?

Severus abrió tanto los ojos ante esa pregunta que parecieron a punto de salirse de sus órbitas; afortunadamente no tardó en recobrar la compostura.

-No –dijo escuetamente; definitivamente no se imaginaba a Adrien pareciendo un pollo recién salido del huevo.

Adrien se limitó a encogerse de hombros; sabía desde el principio que su padre no le iba a dar permiso para hacer tal cosa, pero había merecido la pena intentarlo... ¡Era un color tan bonito!

-Albus comentó que ibais a venir al Callejón Diagon –explicó Remus, en tono más serio esa vez –Kingsley y Charlie se han pasado por tu casa esta mañana para asegurarse de que todo estaba bien.

-Y os ha enviado a vosotros y a Hagrid y Moody para vigilarnos –Severus cabeceó, un poco irritado porque no le gustaba que le montaran guardia todo el día –No hubiera sido necesario; no creo que Lucius se atreva a hacer algo en un lugar público, no es su estilo.

-Aún así... –Remus se encogió de hombros; Tonks se había agachado para hablar con Adrien y, al parecer, habían hecho muy buenas migas –Albus se ha encariñado con el niño de una forma realmente impresionante; cada vez que hablamos, no para de decir cosas sobre él... "Adrien por aquí, Adrien por allá..." No lo había visto tan entusiasmado en mucho tiempo.

-Adrien también lo aprecia mucho...

-Por eso ha insistido en que lo vigilemos casi todo el tiempo... Creo que le preocupa que le pase algo y –Remus carraspeó, como si no supiera si continuar hablando o no –cómo puedas reaccionar tú si Adrien...

-Supongo que habrá hecho alguna referencia al "instinto paternal" –Severus sonrió; realmente le agradaba comprobar que el viejo director se preocupaba por él, sobre todo porque él mismo sentía por ese hombre un cariño casi fraternal –Últimamente está un poco pesado con eso...

-Mi mami se murió –decía Adrien mientras tanto, con la voz un poco entristecida, mientras Tonks le prestaba toda su atención –Un día se puso malita y tuvo que pasar mucho tiempo en el hospital; el señor Burns me cuidaba y me llevaba todos los días con mi mami mientras buscaba a mi papá... Lo encontramos cuando mi mamá ya se había muerto y al principio yo pensé que no me querría, pero ahora estamos muy bien juntos... Me ha comprado muchas cosas y mañana me va a llevar a Hogwarts otra vez... ¿Tú estudiaste en Hogwarts? Digo, mi papi dice que todos los magos van allí y tú eres una bruja, ¿no?

-Eso es.

-Mi mami era muggle, así que no podía hacer magia. Mi papá dice que algunos magos creen que son mejores que los muggles, pero eso no es verdad, ¿no?

-Eso es una absoluta estupidez. De hecho, mis abuelos eran muggles.

-Mi papi me habló de un mago... Voldemort –Adrien notó el estremecimiento de la mujer y pensó que había hecho algo malo, pero siguió hablando cuando ella le sonrió tranquilizadoramente –A él no le gustaban los muggles y los magos que eran hijos de muggles... Me explicó algo de la sangre, pero no lo entendí bien...

-Eso también es una estupidez.

-Eso pienso yo... –Adrien dio un bote, como hacía cada vez que iba a cambiar de tema –Mi papi me ha comprado un libro de Hogwarts; yo todavía no sé leer muy bien, pero en cuanto lleguemos a casa voy a empezar a ver todos los dibujos. Le pediré a papá que me lea un poco si le da tiempo porque está muy ocupado con su trabajo... ¿Sabías que es profesor de Pociones? Hoy me ha comprado un caldero para que yo aprenda...

-Minerva está un poco paranoica con el tema de Adrien –decía Remus, sonriendo con algo parecido a la malicia –Da por hecho que vas a llevarlo a Hogwarts durante este curso y no para de buscar formas para que la presencia del niño en el colegio no interceda en el desarrollo normal de las clases... Yo creo que en realidad se muere de ganas por conocerlo, aunque eso no lo va a admitir nunca...

-Pues mañana mismo me encargaré de tranquilizarla –Severus soltó un bufido –No le gustaba hablar con Lupin sobre esas cosas, pero ya no sabía cómo salir de ese embrollo –He pensado que Adrien debe vivir en el mundo muggle por el momento; es evidente que está acostumbrado a esa vida, así que lo introduciré en el mundo mágico poco a poco. De hecho, le he buscado un colegio para este año y casi tengo contratada una niñera; Minerva puede estar tranquila porque no lo llevaré a Hogwarts más que en las ocasiones especiales –"Athos" soltó un graznido en ese momento y Severus consultó la hora –Mejor nos vamos ya... ¡Adrien! –el niño interrumpió su conversación con Tonks para atender a su padre –Volvemos a casa.

-¡Vale! –Adrien se agarró a la mano paterna -¡Adiós, señorita Nymphadora! ¡Adiós, señor Remus!

Severus y Adrien llegaron a Las Hilanderas un cuarto de hora más tarde. El niño revoloteó por la casa con sus juguetes nuevos un rato, hasta que decidió que era la hora de escribirle la carta prometida a su abuelo...

Era casi de noche cuando "Athos" salió volando, estirando sus magníficas alas en toda su longitud y planeando en el aire elegantemente en dirección al castillo de Hogwarts. Adrien miraba a su mascota con aire soñador mientras se decía que aquel día en el Callejón Diagon fue uno de los mejores de su vida.

Y en el próximo capítulo, titulado "Otra vez en Hogwarts"...

-Esto, Severus –dijo Flitwitch con su voz chillona, captando la atención del profesor de Pociones –Me preguntaba –el mago carraspeó –Sinistra y yo nos preguntábamos si podríamos conocer al niño.

Severus entornó los ojos; Remus alzó las cejas y se cubrió la boca para ahogar su risa y Dumbledore se preparó para disfrutar del espectáculo, el muy condenado...

-No todos los días uno conoce al hijo de Severus Snape –comentó Sinistra alegremente, mientras la señora Sprout se acercaba a ellos disimuladamente; Severus dejo caer un par de pergaminos y buscó una forma educada de mandar a todos esos curiosos al mismísimo cuerno.

-Todo a su justo momento –se limitó a decir, procurando no decir nada que sonara a amenaza de muerte o algo parecido –Además, ahora mismo Adrien está con Hagrid; seguro que se lo ha llevado al Bosque Prohibido.

-¿Con Hagrid? –la señora Sprout intervino, adelantándose a sus colegas y mirando fijamente a Severus –Eso no es posible; me lo encontré cuando venía a la reunión de profesores y le pedí que fuera a Hogsmade a buscar un abono para mi nueva plantación de mandrágoras.

-¿Qué? –Severus dejó de ordenar sus papeles y la miró con cierta ansiedad.

-No parecía saber nada de ningún niño y...

-Demonios encendidos.

Tras soltar esa maldición, Severus salió corriendo del despacho bajo la atenta mirada de los demás profesores. Albus Dumbledore se quedó sentado en su silla y, de pronto, como si se hubiera vuelto loco, rompió a reír; ver para creer.