Hola a todos! He vuelto a la carga y no, todavía no soy JK Rowling, así que no habrá adelanto del último libro de la saga de Harry Potter; esto sólo es un fic, aunque espero que lo disfrutéis igualmente. Como siempre, saludar a todos los que me habéis dejado algún comentario: Eugenia Malfoy (en el fic, Adrien será peque, pero en el epílogo será más mayor, ya verás. Quizás algún día termine de plantearme la posibilidad de hacer una segunda parte... O quizás no) líala kyoyama (pobre Sev, le va a dar un infarto un día de estos), edysev, Lia Du Black, Utena-Puchiko-nyu, RAC (Adrien y los animales... ¡ay! Y no te preocupes por Sev, jeje), Paula Moonlight (uhm... Lucius no aparecerá por el momento; Adrien tiene muchas cosas de las que disfrutar, así que...), mace (aquí tienes la continuación)Némesis Crow y MeilinSnape. Un besazo para todos los que me leéis y, bueno, avisar que este capi es un poco más largo que los demás.
Para aquellos que querían el primer encuentro (de verdad) entre Harry y Adrien, aquí lo tenéis; espero que os guste.
Besos, Cris Snape
CAPÍTULO 18: Otra vez en Hogwarts...
Era casi de noche cuando "Athos" salió volando, estirando sus magníficas alas en toda su longitud y planeando en el aire elegantemente en dirección al castillo de Hogwarts. Adrien miraba a su mascota con aire soñador mientras se decía que aquel día en el Callejón Diagon fue uno de los mejores de su vida. Sabía que al día siguiente volverían a visitar en colegio de magia y ya se moría de ganas por hacerlo; pensaba cenar, darse un buen baño y meterse en la cama cuanto antes porque, si se dormía pronto, amanecería enseguida y podría volver a ver en castillo donde trabajaba su padre... ¡Le había gustado tanto Hogwarts!
Adrien no había perdido de vista a "Athos" aún, cuando vio que otro pájaro se acercaba volando con cierta gracia en dirección a la casa; a pesar de la distancia, Adrien se dio cuenta de que era una lechuza de color gris y que traía consigo un paquete alargado que parecía a punto de caérsele en cualquier momento. Severus, que vigilaba al niño desde la puerta de la cocina, dio dos pasos al ver a la lechuza, sabiendo que era imposible que Albus hubiera respondido la carta del niño...
-¡Mira, papi! –dijo Adrien, girando levemente la cabeza y señalando la lechuza -¡Viene para acá!
Severus caminó hasta colocarse al lado de Adrien y la lechuza sobrevoló sus cabezas con su mercancía firmemente sujeta; el ave parecía examinar el terreno y, después de un par de vueltas en el aire, descendió y dejó el paquete frente a Adrien, elevándose de nuevo en el aire y alejándose volando a toda velocidad. Severus supo que lo que la lechuza había traído era para el niño, así que tomó el paquete con las manos, examinándolo detenidamente para asegurarse de que no había ningún peligro, y reconoció un trozo de pergamino anexo al envoltorio marrón de lo que parecía un regalo para Adrien... Cuando vio la letra de Hagrid garabateada en el pergamino, el hombre soltó un bufido y le tendió el paquete a Adrien, imaginándose lo que era y, por supuesto, muy poco contento con el semi-gigante.
-Creo que es para ti –dijo, procurando que su voz no pareciera demasiado grave –Es de Hagrid...
-¿Para mí? –el rostro de Adrien se iluminó en una sonrisa de genuina felicidad y dejó su regalo en el suelo, admirándolo como si tuviera entre sus manos el mayor tesoro del mundo -¿Seguro que es para mí?
-Te lo envía Hagrid –Severus señaló el trozo de pergamino -¿Por qué no lees lo que pone?
-"Ho...la... Ad...rien...! –leyó con cierta dificultad el niño, hasta que miró a su padre con ojos suplicantes -¿Puedes ayudarme, papi? Por favor...
-Está bien –Severus se acuclilló junto al niño, se aclaró la voz y empezó a leer –"Hola Adrien. Como me has dicho antes que tu papá no querrá comprarte una escoba voladora, he pensado que yo puedo regalarte una. Si tu papá se enfada, hablaremos con el abuelo Albus y él lo convencerá de que debes aprender a volar cuanto antes. Espero que te guste. Hagrid"
Se produjo un leve silencio; Adrien miraba a su padre sin atreverse a abrir su regalo, sabiendo que estaba enfadado con Hagrid por tomarse esas libertades. Y Severus, que realmente estaba mosqueado, sólo podía pensar en lo que le haría al guardabosques cuando lo tuviera enfrente, cosas todas ellas poco agradables... Notaba sin embargo que Adrien se moría de ganas por tener una escoba y, bueno, al menos él no se había gastado los galeones que valía una escoba infantil... Algún día Adrien querría aprender a volar; que él no supiera hacerlo bien no significaba que el niño tuviera que correr la misma suerte, así que optó por tragarse su enfado y hablarle con suavidad.
-¿No la abres?
-¿Puedo? –Adrien miró a su padre con entusiasmo, apretando el papel marrón del regalo con manos temblorosas por la emoción -¿No te enfadas?
-No tengo motivos para hacerlo... –Severus soltó aire -¡Vamos, Adrien! Es para hoy.
El niño dio un saltito y empezó a quitar el papel de su regalo sin demasiado esmero, ansioso por ver lo que había en su interior. Tal y como Severus se temía, era una pequeña escoba voladora, con el mango de color azul fuerte y con las ramitas perfectamente colocadas y cuidadas; Adrien soltó un grito emocionado, mientras que Severus bufaba por lo bajo y se esforzaba por mantener una sonrisa de circunstancias...
-¡Una escoba voladora! –exclamó el pequeño y Severus se dio cuenta de que sostenía algo más entre las manos –Y... ¡Mira, papi! Unas gafas de aviador para mí y otras para "Oso"... ¿No es fantástico?
Severus miró las gafas, que hacía juego con la escoba, y cabeceó; bueno, eso había sido todo un detalle, debía reconocerlo. Algunas veces Hagrid utilizaba esa gran maraña de pelos que tenía sobre los hombros para pensar y hacía cosas realmente bonitas (porque el regalarle una escoba a Adrien era un gran gesto, teniendo en cuenta que el guardabosques no nadaba en la abundancia precisamente)
-¿Puedo probar la escoba, papi? –Adrien ya casi tenía un pie encima de aquel "infernal artefacto", como Severus llamaba a las escobas desde... siempre, al menos desde que él se acordara...
-¡No! –exclamó, retirando el nuevo "juguetito" del alcance de las pequeñas manos de su hijo –Será mejor esperar a mañana; lo estrenarás cuando Hagrid esté delante. Puedes aprovechar para darle las gracias y seguro que a él le hace mucha ilusión, ¿no crees?
-¡Claro! –Adrien sonrió y se puso sus gafas de aviador, haciendo lo mismo con "Oso" –Es una pena que "Athos" se haya ido ya; podría haberle escrito algo a Hagrid también...
-No te preocupes por eso –Severus cogió al niño en brazos y sostuvo la escoba con una mano –Mañana lo verás en Hogwarts; no creo que a él le importe esperar.
-Seguramente pueda jugar con Buckbead un ratito –Adrien sonrió ampliamente, encantado ante esa perspectiva –Y hasta puede que conozca a su dueño... Así le podré pedir permiso para estar con el hipogrifo todo el tiempo que quiera, ¿no es genial?
-Sí, claro...
Realmente a Severus no le parecía genial que Adrien conociera a Harry Potter, pero verlo tan contento después de las cosas que habían tenido que pasar el día anterior siempre era un gran consuelo. El resto de la noche transcurrió con normalidad; "Athos" regresó un par de horas después de llevar la carta para Albus Dumbledore, cuando Adrien ya estaba durmiendo, e insistió en dormir pegada a la cama de Severus, como si pretendiera velar los sueños del pequeño. A regañadientes, Severus aceptó y se quedó dormido él también, agotado después del día cargado de emociones que acababan de pasar...
"Querido abuelo Albus:
Soy Adrien... Bueno, es mi papá quién escribe, pero yo le dicto... Es que no sé escribir muy bien todavía y mi papá ha aceptado ayudarme a escribirte esta carta; seguro que así se entiende mejor (Albus, como te rías te voy a lanzar un "Avada Kedavra" de verdad)
Te escribo para que conozcas a "Athos"; es mi nueva águila real española y servirá para mandarte cartas, como hacen las lechuzas normalmente. ¿Verdad que es muy chula? Es un águila macho y el hombre de la tierra dice que marcará territorio... ¿Qué es eso? Quizás algún día alguien me lo explique... ¿Te gusta el nombre que le he puesto? Lo he escogido yo solito... ¿verdad que es bonito?
Hemos comprado a "Athos" en el Callejón Diagon... Hoy hemos ido a visitarlo y he visto muchas cosas; he conocido a mucha gente y mi papi me ha comprado unas túnicas muy bonitas para cuando vayamos a Hogwarts de visita. Mañana iremos y voy a estrenar una roja y negra que es muy chula, ya verás... También me ha comprado papel para dibujar, juguetes e incluso un caldero para aprender a hacer Pociones...
He visto tantas cosas que no sé por dónde empezar, así que te las contaré mañana cuando nos veamos, ¿vale? Como ya no sé que más decirte, me voy a despedir...
Te he hecho un dibujo que espero que te guste; todavía no sé cómo funcionan mis colores mágicos, así que te lo he hecho utilizando los que tengo de antes. El dibujo es de "Athos" volando en Hogwarts... "Athos" es el pájaro marrón, por si acaso no te das cuenta...
Nos vemos mañana, abuelito.
Un beso,
Adrien Bellefort-Snape
(P.D.: Albus, ni se te ocurra mencionar este asunto con nadie, ¿de acuerdo? Y mañana no hables del instinto paternal ni nada de eso porque no respondo...)"
Albus terminó de leer la carta por quinta vez aquella mañana y una gran sonrisa se dibujó en su rostro; realmente Adrien era un niño encantador, un niño que siempre se salía con la suya, hasta el extremo de hacer escribir al huraño Severus Snape una carta como la que sostenía en sus manos... Adrien había escrito las últimas palabras de una forma bastante caótica y, efectivamente, había usado otra hoja para hacer un dibujo bastante logrado (teniendo en cuenta que era un niño de cuatro años) de las torres de Hogwarts y la cabaña de Hagrid; Albus distinguió a la perfección la figura de "Athos" dentro de aquel paisaje lleno de color y dibujos en tres dimensiones y se dijo que tenía que guardar ese dibujo en un lugar seguro, tal vez junto a la receta para hacer la Piedra Filosofal y a los libros de magia antigua heredados de su padre... En cualquier caso, en un lugar especial... Recordaba la noche anterior, cuando vio aparecer a la hermosa águila de Adrien por las ventanas del despacho; al principio se sintió intrigado, pero después se alegró porque Severus hubiera tenido el acierto de comprarle esa mascota a Adrien. El niño ya revelaba una naturaleza independiente, igual que la de "Athos" y seguramente tendrían muchas cosas en común; Albus no dudaba ni por un segundo que Adrien y el animal iban a hacer buenas migas; de hecho, ya había empezado a buscar unos libros para saber si había algo "más" en esa capacidad que tenía el niño para entenderse con toda clase de criaturas, tanto mágicas como no mágicas.
Miró el dibujo por última vez y lo guardó en uno de los cajones de su escritorio; la junta de profesores empezaría en unos minutos y tendría lugar en el despacho de Minerva McGonagall, así que debía darse prisa para no llegar tarde. Había dedicado buena parte de la mañana a charlar con Harry Potter; el chico había pedido permiso para instalarse en el castillo antes de que empezara el curso escolar y Albus no se lo pudo negar. Sabía que Harry necesitaba pasar algún tiempo solo para pensar en el giro que había dado su vida a raíz de la muerte de Voldemort y ni la Madriguera ni Grimmauld Place eran los sitios adecuados: el primero porque siempre había demasiada gente a su alrededor, agobiándole aunque fuera inconscientemente, y el segundo porque siempre estaba demasiado vacío y le traía a Harry recuerdos dolorosos de Sirius Black... Ese era un tema que tenía preocupado a Albus; Harry había empezado a investigar todo lo relacionado con "El Velo" del Departamento de Misterios y Albus temía que estuviera obsesionado con traer a su padrino de vuelta, algo que se le hacía bastante complicado... Aunque ese no era el momento para pensar en ese tema, sino para centrarse en el curso escolar que pronto empezaría; un año sin clases traería problemas de organización y muchos chicos irían un año retrasado con respecto a sus compañeros graduados en promociones anteriores. Albus había pensado en aplicar cursos intensivos para que los chicos más capacitados no perdieran un curso, pero no era algo fácil de conseguir; la mayoría de los profesores estaba de acuerdo con comenzar un mes de prueba, para establecer que alumnos podrían pasar de curso y cuáles no. Dedicarían una buena parte de la reunión de esa mañana a hablar sobre esos asuntos, así que Albus salió de su despacho demostrando una agilidad bastante extraña para alguien de su edad. En unos pocos minutos ya estaba en el despacho de Minerva y, para no variar, era el primero en llegar; sabía que la subdirectora confiaba en que Severus llevara a su hijo con él esa mañana, para conocerlo de una vez por todas.
-Buenos días, Minerva –Albus saludó a la mujer con una inclinación de cabeza y tomó asiento en un butacón situado junto a la chimenea -¿Qué tal va la cosa?
-Acabo de bajar de la Torre de Astronomía –bufó la mujer, colocándose correctamente su sombrero y estirándose la túnica –Nuestra "querida Sybil" –dijo con sarcasmo –Se niega a acudir a la reunión si Firenze está presente... Esa mujer es exasperante, Albus...
-Supongo que hay cosas que nunca cambian, ni siquiera después de la guerra –comentó alegremente el brujo, llevándose un caramelo de limón a la boca -¿Quieres uno, Minerva?
-No... no, gracias –la mujer agitó la cabeza y tomó asiento –De todas formas, es mejor que no esté; así no interrumpirá cada cinco minutos con sus predicciones mortales ni se pondrá a discutir con Firenze sobre las estrellas y las posiciones astrales... –Albus sonrió y la mujer decidió que era el momento de cambiar de tema –He estado hablando con Harry; ya está instalado y me ha pedido permiso para consultar algunos libros de la biblioteca.
-De la "Sección Prohibida", supongo...
-Sigue empeñado en encontrar una forma de hacer regresar a Sirius Black –Minerva movió la cabeza en señal de negación –Me preocupa el chico, Albus; justo ahora que puede permitirse el lujo de vivir más tranquilo, insiste en hacerse mala sangre con cosas que no tienen arreglo.
-Dejémosle tranquilo unos meses –dijo Albus pausadamente –Un poco de conocimiento nunca le viene mal a nadie y Harry...
La frase fue interrumpida por un resplandor verde que surgió de la chimenea; Albus se echó a un lado y en cuestión de segundos una figurita infantil apareció entre las llamas... Adrien, aferrado a su osito con una mano y a su nueva escoba voladora con la otra, tenía el pelo lleno de cenizas y, efectivamente, traía puesta un bonita túnica roja y negra con manga corta que le sentaba realmente bien, y unas gafas de aviador azules en la cabeza. El niño se sacudió la ropa, un poco aturdido y alzó la vista, reconociendo a Albus Dumbledore de forma inmediata y sonriéndole afablemente, acercándose a él a toda prisa sin percatarse de la presencia de una Minerva McGonagall que observaba la imagen con ojo clínico.
-¡Hola, abuelito! –dijo, arrojándose a los brazos de Albus; el brujo se dio cuenta de que "Oso" llevaba puestas unas gafas similares a las de Adrien -¡Ya estamos aquí!
-¡Hola, Adrien! –Albus le dio un abrazo fraternal y le ayudó a limpiarse la túnica –¿Cómo estás?
-¡Muy bien!... ¿Te trajo "Athos" la carta que te escribí?
-Anoche, sí...
-¿Verdad que "Athos" es muy bonita? –Adrien dio un saltito; ya se había puesto a hablar y no habría fuerza humana que lo detuviera –Esta mañana se ha ido a cazar, o eso ha dicho mi papi, porque cuando me he levantado ya no estaba... –Adrien se quedó callado de repente y miró a Minerva McGonagall con curiosidad, interrumpiendo su discurso y sintiéndose un poco mal por no haber saludado antes a aquella mujer –Mi papá viene ahora –explicó, mirando de reojo a Albus, esperando a ser presentado –Tenía que recoger muchos papeles de sus clases de Pociones y me ha dejado venir a mí primero para saludarte... –viendo que Albus se limitaba a asentir con la cabeza sin dejar de sonreír, el niño tomó la iniciativa y se acercó a aquella mujer de aspecto severo y mirada cálida -¡Hola, señora!
-Hola –Minerva inclinó la cabeza levemente, sorprendida por la locuacidad de aquel mocoso.
-Soy Adrien Bellefort-Snape –el niño estiró una mano, tal y como habían hecho todas las personas a las que había conocido hasta entonces, y dejó a "Oso" en las manos de su abuelo.
-Minerva McGonagall –la mujer sostuvo la mano infantil unos momentos.
-¡Usted es profesora en Hogwarts! –Adrien dio un bote, acordándose de su primer visita al colegio –El abuelo Albus tenía sobre la mesa un mapa muy raro y yo vi su nombre... ¿Qué clase da usted, señora Minerva?
-Transformaciones –dijo la mujer, pensando en que ese niño era muy diferente de su padre; al menos abría la boca para hablar y no para soltar gruñidos malintencionados...
-Mi papá es profesor de Pociones, seguro que usted lo conoce. Se llama Severus Snape...
-Sí que lo conozco... Es un buen profesor –añadió eso, más por el niño que para reconocer los méritos de su colega de profesión.
-Ayer me compró un caldero para enseñarme a hacer pociones, ¿lo sabía? –Adrien bajó la voz, como hacía cada vez que quería compartir un secreto con alguien –Le brillan los ojos cada vez que digo que quiero aprender pociones y se ríe como un bobo... ¿por qué?
Minerva se permitió el lujo de esbozar una sonrisa; Albus sí que rió, imaginándose a Severus muriéndose de ganas por enseñar Pociones a su hijo para convertirlo en todo un Maestro lo antes que le fuera posible. En algunos sentidos, el viejo Severus era sorprendentemente predecible...
-Y... –Adrien miró a la bruja con intensidad -¿Qué son Transformaciones?
-Transformaciones se utiliza para cambiar las cosas de forma –explicó la mujer sencillamente, con menos torpeza que cuando Severus intentó explicar en qué consistían las Pociones –Es una rama de la magia muy difícil de aprender...
-¿Cómo cuando mi papá convirtió esa silla en el caballito de madera que tengo en mi habitación? –Adrien miró a Albus y el hombre afirmó con la cabeza –A mí me gustaría poder hacer magia ya; tiene que ser muy divertido, pero mi papá dice que hasta que no tenga once años no podré venir a Hogwarts y sólo entonces me comprará una varita como esa que tiene usted –Adrien señaló la varita de la profesora McGonagall –Mi papá me ha comprado un montón de juguetes mágicos y Hagrid me ha regalado una escoba voladora –se la mostró a la mujer con orgullo –Yo creo que a mi papá no le hace gracia que aprenda a volar, pero a mí me hace mucha ilusión, ¿sabe? Mi papá ha dicho que la traiga hoy para que Hagrid me enseñe, ¿usted conoce a Hagrid?
-Sí... Creo que está en su cabaña, ¿quieres que lo llame?
-No hace falta –Adrien se giró para mirar a Albus –Mi papá dice que tienen que hablar sobre cosas del colegio, así que me ha dado permiso para ir con Hagrid; dice que así no me aburriré ni molestaré a los mayores... ¿Puedo ir con Hagrid ya? Sé dónde está su cabaña y... –Adrien hizo una mueca, algo contrariado –Lo que no sé es como ir hasta la entrada del castillo... Antes vi que era muy grande y seguramente me perderé... ¿Puedes llevarme con Hagrid, abuelo?
-¡Claro! –el anciano se puso en pie y tendió una mano para que Adrien la agarrara –Enseguida vuelvo, Minerva.
-No te preocupes...
-¡Hasta luego, señora Minerva! –Adrien la despidió agitando su mano –Quizás algún día pueda explicarme más cosas sobre las Transformaciones...
-Cuando tú quieras, Adrien.
La puerta del despacho acababa de cerrarse cuando una nueva figura apareció en la chimenea, esa vez la de un hombre adulto que se sacudía su túnica negra con aire exasperado y que traía consigo un buen montón de pergaminos que amenazaban con caerse al suelo en cualquier instante. En ese momento, Severus Snape entendía perfectamente a Adrien cuando el pequeño decía que no le gustaba viajar utilizando la red flú; definitivamente no era un medio de transporte demasiado cómodo...
Severus salió de la chimenea y barrió la habitación con la mirada; al no ver a Adrien, temió que hubiera ocurrido lo mismo que la primera vez que lo llevó al castillo y, si Adrien andaba por ahí perdido, ese día no estaba el "Mapa del Merodeador" a la vista para encontrarlo. Se giró hacia Minerva, que tenía una expresión un tanto extraña, como si estuviera hipnotizada o algo así, y le habló sonando más suave de lo habitual en él, con el mismo tono de voz que empleaba cada vez que hablaba "de" o "con" Adrien.
-Hola, Minerva –saludó, llevándose la mano al pelo -¿Ha llegado...? –Severus se sintió incómodo de repente; era la primera vez que hablaba con Minerva sobre Adrien y no sabía muy bien como afrontar el tema.
-Albus se lo acaba de llevar con Hagrid –dijo la mujer de forma inmediata, sabiendo a lo que se refería su colega –Es un niño muy despierto... –Severus suspiró, tomó asiento y no abrió la boca, a la espera del "discursito McGonagall" –Reconozco que me llevé una gran sorpresa cuando supe que tenías un hijo... Teniendo en cuenta que nunca te has casado y no has mantenido una relación formal con nadie en todo el tiempo que te conozco...
-Eso es porque nunca me casé con la madre del niño –dijo Severus con calma; Minerva había utilizado unas palabras más suaves de las que él esperaba –Ni tampoco tuve una relación formal con ella; fueron apenas un par de semanas...
-Y, ¿ella nunca te habló del niño? –Minerva se sentó a su vez, con el ceño fruncido.
-Si lo hubiera hecho te aseguro que no hubiera pasado cuatro años lejos de él –Severus la miró, con la franqueza reflejada en los ojos, y Minerva supo que no le estaba mintiendo –Y tampoco hubiera continuado con mis labores de espía, poniendo en riesgo su integridad.
-Entiendo –Minerva agachó la mirada un momento –Albus comentó que lo habías reconocido...
-¿Esperabas otra cosa? –Severus alzó una ceja, irónico.
-Supongo que no...
-Bien.
-Mi papá me ha comprado un libro sobre Hogwarts –decía Adrien, dando saltitos alegres sin soltarse de la mano de Albus –Ahora sé qué son las cuatro casas... Griffindorf, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin; mi papi me contó que él había estado en Slytherin y que todos la llaman la "casa de las serpientes"... La verdad es que eso no suena muy bien, pero a mí me gustaría ser Slytherin, como mi papá... ¿Tú a qué casa fuiste?
-A Griffindorf –Albus esbozó una sonrisa, contagiándose del entusiasmo infantil del pequeño mago –La "casa de los leones"...
-¡Oh...! Todavía no sé leer muy bien, pero en cuanto aprenda me leeré el libro entero y sabré todo sobre las cuatro casas... ¿A dónde crees que me enviará el Sombrero Seleccionador?
-Todavía eres muy pequeño para saberlo –Albus frunció el ceño –Pero, personalmente, creo que harías un buen papel en Ravenclaw...
-¿Por qué en Ravenclaw?
-Porque eres muy inteligente –Adrien sacó pecho, orgulloso, y Albus soltó una carcajada –Pero eso ya lo veremos en unos años; tú no te preocupes por la casa para la que serás seleccionado. Lo importante es aprender magia y esforzarse todo lo que uno pueda...
-¡Oh, yo me esforzaré mucho, ya lo verás! –Adrien dio un saltito –Voy a estudiar mucho para aprender todo lo que pueda... Mi papá me ha comprado unos libros de hechizos muy facilitos y me ha dicho que cuando sea un poco más mayor me va a prestar su varita para que pueda practicar aunque –y Adrien bajó el tono de voz otra vez –Se supone que no puede saberlo nadie porque está prohibido que los niños hagan magia fuera de Hogwarts... tú no se lo dirás a nadie, ¿verdad?
-Te aseguro que soy una tumba –Dumbledore agitó la cabeza –Incluso te podré ayudar con esos hechizos si tú quieres; en mis tiempos, también fui profesor en Hogwarts, aunque hace mucho de eso...
-¿De verdad? –Adrien lo miró con curiosidad -¿Y qué enseñabas?
-Transformaciones, como la profesora McGonagall... Estoy seguro de que te va a gustar mucho esa materia cuando seas más mayor.
-Seguro que sí... Pero ahora tengo que tener paciencia y aprender todo lo que me van a enseñar en el cole muggle. Mi papá me lo ha dicho.
-Y tiene toda la razón.
-Tendré que llevar uniforme y todo; a mí no me gustan mucho los uniformes, pero en el cole dicen que todos los niños lo tienen que llevar, así que no me quedará otro remedio –Adrien alzó la cabeza -¿En Hogwarts también hay uniformes?
-Me temo que sí.
-¡Vaya! En algunos coles muggles los niños mayores no tienen que llevar uniforme. Cuando yo iba a la guardería, había un instituto al lado y todos los chicos se vestían como querían; era muy divertido verlos porque algunos eran un poco raros... –Adrien rió y vio con alegría que ya estaban llegando a la zona del castillo que él conocía; le gustaba Hogwarts, pero en días como aquel prefería que alguien lo acompañara para no perderse. Lo que más le apetecía era ver a Hagrid, saludar a Buckbead y probar su escoba voladora; ya tendría tiempo otro día para explorar por aquellos muros como lo hizo la primera vez que estuvo allí – Abuelo –dijo el niño con solemnidad –Si tienes que volver a la reunión de los profesores, puedes dejarme aquí; yo sé llegar solo.
-¿No necesitarás ayuda para bajar con tu escoba y con "Oso"? –Albus alzó una ceja.
-¡No! –Adrien negó con la cabeza –Mi papá hizo ayer unas correas para sujetar a "Oso" a la escoba, así que sólo necesitaré una mano... Puedo bajar solo...
-Sí es eso lo que quieres –Albus se encogió de hombros y soltó un silbidito que a Adrien le pareció una hermosa nota musical; inmediatamente después apareció "Fawkes" volando por el pasillo y deteniéndose en un saliente de la pared –Mi fénix irá contigo todo el tiempo; si algo te pasa, vendrá a buscarnos enseguida.
-¡No me pasará nada! –Adrien rió con autosuficiencia –Mi papá dice que Hogwarts es el lugar más seguro del mundo; no me da miedo quedarme solo.
-Aún así, si necesitas algo, sólo tienes que pedírselo a "Fawkes"; él nos avisará a tu padre o a mí, ¿de acuerdo?
-¡Vale! –Adrien miró al precioso pájaro y "Fawkes" lo saludó con un melodioso gorjeo; inmediatamente después, se puso a andar en dirección a la cabaña de Hagrid, sabiendo que pronto volvería a ver a Buckbead, ansiando ese momento más que cualquier otra cosa en el mundo.
Harry había ido a Hogwarts en busca de soledad, pero debía reconocer que no se sentía demasiado bien sin tener a nadie con quien charlar en todo el día; había pasado una buena parte de la mañana en la biblioteca, buscando información sobre "El Velo" del Departamento de Misterios de la Sección Prohibida. Era una suerte que la profesora McGonagall le hubiera autorizado el pase necesario para acceder a la información restringida; Harry se había dado cuenta de que la mujer lo había mirado con cara de pena cuando fue a solicitar su ayuda, pero no le importó. Sabía que todo el mundo pensaba que era inútil buscar una manera para hacer regresar a su padrino, pero él no pensaba darse por vencido tan fácilmente; con lord Voldemort derrotado y la mayor parte de sus mortífagos en Azkabán, el joven podía dedicar una buena parte de su tiempo a buscar una respuesta al por qué de la muerte de Sirius Black. No había sido justo lo que le ocurrió y él no pensaba abandonarlo ahora, justo cuando más lo necesitaba; todos los demás podrían afirmar hasta el cansancio que su padrino estaba muerto, pero él no, él jamás se iba a dar por vencido, aunque tuviera que pasarse el resto de su vida de biblioteca en biblioteca buscando algún indicio que le sirviera de ayuda. Sabía que nadie más lo apoyaba en esa especie de "locura", ni siquiera sus amigos, pero a él no le importaba; iba a llegar hasta el final del asunto.
Pero todas las mentes necesitan descansar y Harry había acudido a la cabaña de Hagrid precisamente para eso; el guardabosques era el único que no pretendía hacerlo desistir de aquella misión que se había auto-impuesto y con él podía seguir hablando en el mismo tono que utilizaban cuando no era el héroe de la comunidad mágica. Le gustaba sentarse con Hagrid junto a la chimenea y escuchar cómo el semi-gigante le contaba anécdotas relacionadas con sus padres; le hacía sentir un chico normal, podía vivir sin presiones a su lado y eso le agradaba y también le hacía falta, mucha falta en realidad.
Harry estaba sentado en la huerta que tenía Hagrid junto a la cabaña, dándole de comer a Buckbead; últimamente tenía un poco abandonado al hipogrifo y el animal parecía estar recriminándoselo, pues no le permitía acercarse a menos de dos metros de él. No es que Harry tuviera miedo por su integridad ni nada por el estilo, pero era mejor ser prudente (raro pensamiento para un Griffindorf); Hagrid había desaparecido de su vista un buen rato antes. Harry sabía que tenía una reunión con el resto de los profesores y supuso que estaría solo después de todo; por eso se sorprendió cuando escuchó a alguien llamando a la puerta de la cabaña. Eran unos golpecitos bastante flojos, pero perfectamente audibles, y Harry se asomó a ver quién era... Un niño de cuatro o cinco años, bajito y muy flaco, de pelo negro muy recortado, vestido con una túnica roja y negra y con unas gafas de aviador azules cubriéndole una buena parte de su rostro. Llevaba consigo una pequeña escoba voladora que parecía nueva y un oso de peluche, también con gafas de aviador, que no parecía nuevo en absoluto aunque se le veía muy bien cuidado. Harry dudó un momento entre si saludar al niño o dejar que se cansara de llamar a la puerta, pero Buckbead no le dio tiempo a tomar una decisión: el hipogrifo había salido corriendo en dirección al niño y Harry temió por un segundo que fuera a hacerle daño. Por eso se quedó helado cuando escuchó la risotada de aquel mocoso y vio a Buckbead acariciarle la carita con el pico, sin intenciones criminales ni nada parecido.
-¡Hola Buckbead! –escuchó la vocecilla del niño y se preguntó en que momento había tenido ocasión de conocer a su hipogrifo; luego, le vio agarrarse al cuello del animal y acariciarle las plumas como muy poca gente podía hacerlo. Harry también alcanzó a ver a "Fawkes", el fénix del profesor Dumbledore, que se posó en el techo de la cabaña y se dedicó a vigilar al pequeño muy atentamente -¿Está Hagrid contigo?
El hipogrifo soltó un graznido a modo de respuesta y, como si hubiera entendido a la perfección la frase de Adrien, miró en dirección a Harry...
Adrien reconoció al chico de forma inmediata; era el mismo que se había estado peleando con el ahijado de su papá el día anterior en el Callejón Diagón, ese tal Potter... Su padre le había dicho que posiblemente era Harry Potter, el dueño de Buckbead y, como el chico parecía estar cuidando del hipogrifo, supuso que era él la persona a la que quería conocer desde el mismo momento en que conoció a su amigo alado. Aún así, no fue a hablar directamente con él; cuando había saludado a personas como Alastor Moody (el hombre del ojo mágico), Nymphadora Tonks (la chica del pelo amarillo canario) y Minerva McGonagall (la profesora de Transformaciones), siempre había alguien con él (Hagrid, su padre, Albus Dumbledore), pero en ese momento estaba solo con ese chico que debía ser Harry Potter y no sabía muy bien qué hacer. Por un lado quería acercarse y saludarle para después pedirle permiso para jugar con Buckbead, pero por otro no sabía cómo podía reaccionar ese chico Potter y prefería ser prudente, esperar a que él hablara primero (si es que quería hacerlo) para saber a qué atenerse después.
A Harry, por su parte, ese niño le recordaba ligeramente a alguien, pero no sabía muy bien a quién; juraría haber visto aquellos ojos negros en otro sitio e intentó ubicarse... Hasta que reconoció al niño que había presenciado su pelea con Draco Malfoy en la tienda de túnicas de madame Malkin el día anterior... Y aún así siguió pensando que esos ojos los había visto en otra parte (N/A: ¡Ay, Harry! ¡Ay, Harry!)
Adrien empezaba a estar un poco inquieto; ese chico no parecía dispuesto a decir nada y a él el silencio siempre le había incomodado un poco, así que se separó un poco de Buckbead, que estaba encantado con que el pequeño le acariciara las plumas, y se acercó a Harry, mirándolo con los ojos entornados para asegurarse de que era él la persona que tanto quería conocer.
-Hola –dijo con timidez segundos después, aferrado a su escoba voladora y a "Oso" al mismo tiempo -¿Tú eres Harry Potter?
"Vaya –pensó Harry- Hasta los niños pequeños me conocen. Esto no va a ser fácil..."
-Sí, soy yo –y Harry ya esperaba que aquel niño le preguntara por su cicatriz y le hiciera alguna reverencia o algo; por eso le sorprendió su pregunta.
-¿Buckbead es tuyo? –dijo Adrien suavemente, señalando al hipogrifo con la cabeza –Hagrid y el abuelo Albus me lo presentaron hace unos días en una casa muy rara que salió de la nada y nos hemos caído muy bien –explicó, sin la emoción innata que expresaba su voz cada vez que hablaba –Hagrid me dijo que seguro que no te importaría, pero si tú eres Harry Potter es a ti a quién debo pedir permiso para jugar con Buckbead... ¿Te importa que juegue con él de vez en cuando, si mi papá me trae a Hogwarts?
-Eh... –Harry realmente no sabía que decir; todo aquello lo había cogido desprevenido –Supongo que no hay problema, pero tienes que saber que Buckbead puede ser peligroso... Y tú papá también...
-¡Oh! ¡Él ya lo sabe! –Adrien rió cuando Buckbead reclamó su atención dándole un golpecito con el pico; Harry observaba las reacciones del hipogrifo absolutamente embelesado –Y no le hace mucha gracia, pero se aguanta; el abuelo Albus lo convencerá.
-¿Eres nieto del profesor Dumbledore? –inquirió Harry con los ojos entornados, intentando recordar algún comentario pasado que le indicara que el viejo director había tenido una familia.
-En realidad no es mi abuelo –Adrien negó con la cabeza y se sentó en los escalones de la cabaña, con Harry a su lado –Todos mis abuelos de verdad están muertos, pero el abuelo Albus se porta conmigo como si lo fuera y yo lo quiero mucho; es muy divertido estar con él y siempre me llena los bolsillos de caramelos de limón. Mira –efectivamente, Dumbledore se las había arreglado para introducir una docena de caramelos en los bolsillos de la túnica del pequeño y él casi no se había dado cuenta –A mi papá no le hace gracia que coma muchos dulces; dice que se me van a caer todos los dientes antes de los diez años, pero yo no le hago caso. Mi mami siempre me daba muchas chucherías y a ella no parecía importarle... –Adrien miró a Harry con el ceño fruncido unos segundos –Mi papá me ha contado algunas cosas de ti, pero no las entiendo muy bien; dice que había un hombre muy malo que se llamaba lord Voldemort y que tú le derrotaste, ¿es verdad eso?
-Sí...
-Debes saber mucha magia –Adrien realmente no parecía interesado en escuchar batallitas; simplemente quería hablar con alguien y Harry se sentía un poco raro –Yo estoy deseando aprender, pero todavía soy muy pequeño, o eso dice mi papá... Mira –Adrien le mostró la escoba voladora y Harry la cogió con cierto grado de inseguridad –Me la ha regalado Hagrid; ayer lo encontramos en el Callejón Diagón y yo le dije que quería una, pero mi papá no quiso comprármela. A él no le gusta mucho volar, ¿sabes? –Harry rió por lo bajo –Pero creo que me va a dejar que aprenda; cuando recibimos la escoba, anoche, me dijo que hoy Hagrid podría ayudarme a probarla... ¿Sabes dónde está?
-Creo que en una reunión de profesores...
-¡Oh! –Adrien pareció decepcionado y agachó la cabeza unos segundos –Yo quería aprender hoy; Hagrid dice que sólo se eleva un metro del suelo y nos ha comprado unas gafitas de aviador a mí y a "Oso" –Adrien cogió a su peluche con las manos para presentárselo a Harry –Este es "Oso"; mi mami me lo compró cuando yo era un bebé y siempre lo llevo conmigo, a todas partes... No es muy bonito, pero está muy suave y blandito y, algunas veces, huele como olía mi mami –Adrien se abrazó a su muñeco de forma casi inconsciente -¿No sabes cuándo volverá Hagrid? Estoy deseando aprender a volar...
-Quizás –Harry carraspeó; iba a hacer algo que quizás no debiera... Ni siquiera podía explicar el impulso que estaba sintiendo –Quizás yo pueda ayudarte... Se me da bastante bien volar en escoba...
-¿En serio? –Adrien dio un bote, completamente emocionado.
-Solía ser el buscador del equipo de quiddick de Griffindorf –dijo con cierto toque de melancolía el chico; ya no podía asegurar que fuera a recuperar su pasado tal y como lo recordaba.
-¿Griffindorf? Esa es una de las cuatro casas de Hogwarts, lo he leído en un libro –Adrien alzó la cabeza, orgulloso de saber todas las cosas que sabía –El abuelo Albus también fue a Griffindorf; me ha dicho que puede que yo vaya a Ravenclaw, pero a mí me gusta más Slytherin...
-¿En serio? –Harry no pudo evitar una mueca extraña que Adrien no dejó de notar.
-¿Hay algo malo? –preguntó el niño y Harry comprendió que estaba hablando sin ninguna clase de maldad, así que tampoco era cuestión de tratarlo como si fuera Draco Malfoy.
-No... –musitó, agitando la cabeza un momento -¿Y por qué te gusta Slytherin?
-Porque es la casa a la que fue mi papá –otra vez, estiró el cuello y sacó pecho –Mi mamá no estudió en Hogwarts porque ella no era una bruja, ¿sabes? Pero mi papá sí que es un mago de verdad y fue a Slytherin... Yo ya quiero venir a Hogwarts... –Adrien alzó una ceja –Antes has dicho que eras capitán de quid... ddi... ich... ¿Qué es el quiddich?
-Un deporte mágico que se juega sobre escobas voladoras –Harry se puso en pie –Es muy divertido; estoy seguro de que te gustará mucho ver los partidos...
-Le pediré a mi papá que me lleve a ver alguno...
-No es por presumir –y Harry fingió que era eso precisamente lo que estaba haciendo –Pero yo fui el buscador de quiddich más joven de Hogwarts en muchos años...
-¿De verdad? –Adrien también se levantó, aferrado a su escoba –Entonces debes saber volar muy bien –a pesar de no saber cómo se jugaba a ese deporte mágico, Adrien estaba seguro de que ese chico debía ser un profesional del vuelo con escoba porque de otra manera nunca hubiera llegado a ser el buscador de quiddich más joven de Hogwarts (fuera lo que fuera un buscador)
-¿Me dejas tu escoba?
Adrien afirmó con la cabeza y se preparó para aprender a volar de la mano de todo un profesional... Estaba tan emocionado que había dejado de prestarle atención a Buckbead, a Fawkes y a todo Hogwarts. Sólo le interesaba escuchar los consejos de ese chico, Harry Potter, cuando le explicara qué cosas debía hacer para aprender a volar en su nueva escoba infantil.
-Bien –decía Minerva McGonagall, observando detenidamente a todos los presentes –Una vez aclarados todos los detalles relacionados con los horarios escolares, tenemos que tratar un tema que tiene que ver mucho contigo, Severus.
El aludido, que estaba enfrascado en la lectura de su frenético horario, alzó la cabeza y clavó sus ojos negros en la subdirectora de Hogwarts, notando como todas las miradas se centraban inmediatamente sobre él, adivinando sin duda que el tema a tratar tenía mucho que ver con cierto mocoso de cuatro años...
-¿Qué tema?
-Adrien –dijo Minerva sin más, ganándose una mirada fría; un par de profesores se removieron incómodos. No era fácil volver a codearse con el ex-mortífago para además enterarse de que tenía un hijo... –Si va a quedarse en Hogwarts deberíamos tener en cuenta que él también necesitará ciertas clases para empezar a desarrollar su capacidad intelectual y...
-Minerva –atajó Severus antes de que la mujer siguiera hablando –Adrien no va a quedarse en Hogwarts; vendrá sólo las tardes en que sea estrictamente necesario.
-Pero...
-Como sabes, su madre era muggle, así que he decidido que no puedo arrancarlo del único mundo que conoce de la noche a la mañana –varios profesores lo miraron sorprendidos. De hecho, los únicos que parecían tranquilos eran Dumbledore y Lupin –Le he encontrado un colegio que está bastante bien y tendrá una niñera para que se ocupe de él cuando a mí me sea imposible; vendrá conmigo las tardes y los sábados que tenga tutoriales de Pociones y no creo que eso suponga demasiado problema.
-Yo me ofrezco a cuidarlo, ya sabes –dijo afablemente Dumbledore, entrelazando sus dedos y sonriendo abiertamente –Y estoy seguro de que madame Pince estará encantada de cuidar del pequeño en la biblioteca... –Dumbledore miró a la aludida, qué acertó a sonreír a duras penas... Realmente no le apetecía cuidar de una réplica en miniatura de Severus Snape -¿Verdad, querida?
-Haré lo que esté en mi mano, director.
-Bien... En ese caso, creo que la reunión ya ha terminado...
Los profesores empezaron a levantarse, pero parecían reticentes a marcharse así como así; de hecho, Sinistra y Flitwitch se estaban acercando lentamente a un Severus que estaba intentando poner en orden todos sus pergaminos mientras Remus le miraba sonriente, haciéndole sentir realmente molesto; nunca le había gustado ser el centro de atención. Tenía un par de malos recuerdos en los que todo el mundo le miraba mientras colgaba por los tobillos.
-Esto, Severus –dijo Flitwitch con su voz chillona, captando la atención del profesor de Pociones –Me preguntaba –el mago carraspeó –Sinistra y yo nos preguntábamos si podríamos conocer al niño.
Severus entornó los ojos; Remus alzó las cejas y se cubrió la boca para ahogar su risa y Dumbledore se preparó para disfrutar del espectáculo, el muy condenado...
-No todos los días uno conoce al hijo de Severus Snape –comentó Sinistra alegremente, mientras la señora Sprout se acercaba a ellos disimuladamente; Severus dejo caer un par de pergaminos y buscó una forma educada de mandar a todos esos curiosos al mismísimo cuerno.
-Todo a su justo momento –se limitó a decir, procurando no decir nada que sonara a amenaza de muerte o algo parecido –Además, ahora mismo Adrien está con Hagrid; seguro que se lo ha llevado al Bosque Prohibido.
-¿Con Hagrid? –la señora Sprout intervino, adelantándose a sus colegas y mirando fijamente a Severus –Eso no es posible; me lo encontré cuando venía a la reunión de profesores y le pedí que fuera a Hogsmade a buscar un abono para mi nueva plantación de mandrágoras.
-¿Qué? –Severus dejó de ordenar sus papeles y la miró con cierta ansiedad.
-No parecía saber nada de ningún niño y...
-Demonios encendidos.
Tras soltar esa maldición, Severus salió corriendo del despacho bajo la atenta mirada de los demás profesores. Albus Dumbledore se quedó sentado en su silla y, de pronto, como si se hubiera vuelto loco, rompió a reír; ver para creer.
-¡Lo has hecho muy bien!
Harry ayudó a Adrien a bajar de la escoba; el niño había sufrido un par de accidentes antes de conseguir mantenerse volando durante cinco minutos seguidos y estaba despeinado, sucio y con una sonrisa de felicidad que era casi inigualable. Harry debía reconocer que se lo estaba pasando muy bien con ese niño y siempre era bonito enseñar algo a alguien; ya se había sentido bien cuando formó el ED, allá por su quinto curso en Hogwarts. Era muy gratificante que otras personas pudieran aprender de tus conocimientos y esa mañana, cuando al final Adrien se cansó de volar y lo miró con aquel brillo en sus ojos negros, Harry sintió que había hecho algo bueno, algo que ni siquiera sintió cuando derrotó a lord Voldemort.
-¡Es muy divertido! –dijo el niño, dejando que Harry cogiera su escoba, sin terminar de creerse que había conseguido volar; se sintió tan bien, tan ligero, que por un momento pensó que podría tocar el cielo con las manos si de verdad quería hacerlo.
-Otro día volveremos a intentarlo –dijo Harry, sentándose junto a Adrien en las escaleras de la cabaña de Hagrid; Buckbead y Fawkes andaban por allí, medio aburridos y el primero molesto además, porque no le estaban prestando toda la atención que él creía merecer –Vuelas realmente bien; podrías ser un muy buen buscador cuando seas un poco más mayor, ¿lo sabías?
-El mejor buscador de Slytherin –dijo Adrien, rescatando a "Oso" de la escoba y abrazándolo con fuerza –Y además podré decir a todo el mundo que Harry Potter me enseñó a volar...
-Y eso no es algo que pueda decir cualquiera...
Se produjo un momento de silencio; Adrien miró a su alrededor, algo inquieto ya por la ausencia de Hagrid, y Harry suspiró, sintiéndose más relajado de lo que había estado en mucho tiempo... Adrien entornó los ojos y reconoció la figura negra de su padre caminando hacia la cabaña...
-¡Es mi papá! –dijo, contento porque podría contarle todo lo que había hecho esa mañana –Seguro que viene a buscarme.
-Entonces, será mejor que vayas con él.
-Sí –Adrien ya empezaba a andar hacia su padre -¡Adiós Buckbead! Nos veremos muy pronto –el hipogrifo respondió con un suave graznido -¡Adiós, Harry! Muchas gracias por enseñarme a volar.
-De nada –Harry se levantó -¡Por cierto! ¿Cómo te llamas, enano?
-Adrien –el niño giró la cabeza cuando ya se alejaba –Adrien Bellefort-Snape.
Harry se quedó mudo, más aún cuando vio a Adrien, al niño adorable al que había enseñado a volar con escoba, correr hacia los brazos de un hombre que no era otro que el odioso profesor de Pociones, Severus Snape... De repente, sintió que el niño ya no le caía tan bien porque, ¿cómo podía caerle bien el que parecía ser el hijo del hombre que le hizo la vida de cuadritos desde que tenía once años?
Ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo oo
Y en el próximo capítulo, titulado "Preparativos para el cole"...
Al principio me dabas un poco de miedo, ¿sabes?
-¿Por qué? –Severus hizo una mueca divertida; creía tener unos cuantos buenos "por qués" en mente, pero prefería escucharlos de labios de Adrien.
-¡Uhm...! –Adrien frunció el ceño y arrugó la nariz, como si estuviese seleccionando cuidadosamente sus palabras –Pues porque eras muy serio... Me mirabas como si quisieras pisotearme como a un bicharraco...
-¡Adrien!
-Pero luego me di cuenta de que siempre miras así a la gente –dijo el niño alegremente, y Severus no pudo evitar sonrojarse un poco –También vestías todo de negro y hablabas de una forma... Como los malos de las películas.
-¿De verdad?
-Sí –Adrien afirmó con la cabeza animosamente –Y luego me diste vueltas por la casa; estaba todo tan oscuro y sucio que me daba mucho miedo... ¡Y ni siquiera sabías cocinar!
-Sí, bueno...
-Pero luego –Adrien suavizó su voz y jugueteó con las manos de su padre –Me dejaste quedarme contigo cuando ese hombre malo fue a mi habitación y me sentí muy bien –Severus acarició la carita del niño, mirándolo embobado –Y luego me compraste toda esa ropa y entonces empecé a pasármelo bien contigo... Ya no me das miedo.
-¿Ni un poquito? –Severus alzó una ceja y le dedicó una de sus miradas "Snape", cargada de frialdad y algo de furia.
-Ni cuando me miras así –Adrien rió y se bajó de sus piernas -¿Me das otro vaso de limonada?
