Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia no me pertenecen a mí, etc, etc. Todos sabemos lo que viene después, así que, ¿para qué repetirlo?
Muchas gracias a todos por seguir esta historia, en especial a aquellos que me han dejado sus comentarios. En los próximos días editaré algunos capítulos que incumplen el reglamento de tan solo eliminaré las respuestas a los reviews, así que no tendréis que volver a torturaos con su lectura (ahora podéis respirar aliviados)
Muchas gracias a Ana María por betear el capi. Los puntos suspensivos son mis enemigos... (ves, ya te lo estoy diciendo yo)
Espero que os guste. Besos
Cris Snape
CAPÍTULO 21: Los thestral y el banquete inaugural.
-¿Ya hemos llegado?
Adrien daba saltitos mientras miraba a Remus Lupin con la ansiedad brillando en sus ojillos negros; estaba junto a la ventana, mirando al exterior con impaciencia, cansado de estar durante tanto tiempo subido en ese tren. Su padre había tenido razón cuando le dijo que se iba a aburrir, pero el niño había puesto mucho de su parte para que eso no ocurriera: había dibujado, había hecho un puzzle entero él solito, había leído un poco más sobre Hogwarts en el libro que se compró en el Callejón Diagón y había escuchado una maravillosa historia que le narró Lupin cuando ya se había hecho de noche y el pequeño estaba demasiado aburrido como para hacer cualquier otra cosa. Remus le había hablado de "Los Merodeadores", cuatro antiguos estudiantes de Hogwarts que vivieron un montón de aventuras juntos y que se lo pasaban en grande saltándose las normas (algo que Adrien no debía hacer) y escapándose de cuando en cuando al Bosque Prohibido (lo cual le podía costar la vida a un niño tan pequeño como Adrien, claro); Remus le había dicho que "Los Merodeadores" se hacían llamar Cornamenta, Colagusano, Canuto y Lunático y que durante mucho tiempo fueron los mejores amigos del mundo, hasta que se hicieron mayores y abandonaron Hogwarts, poniendo fin a sus aventuras. Remus le relató una experiencia que tuvo lugar mientras investigan los pasillos del colegio para elaborar el maravilloso e inigualable "Mapa del Merodeador", un pergamino gracias al cual podían localizar a cualquier habitante de Hogwarts, en cualquier lugar del castillo y sus terrenos, a cualquier hora del día o de la noche. Adrien creyó recordar durante un segundo algo parecido a lo que Remus le contaba, pero como todo aquello no le parecía nada más que un maravilloso cuento de hadas, enseguida se olvidó del asunto. Remus le contó que un profesor los había atrapado fisgando por un pasillo prohibido y que les habían castigado durante tres semanas: los pobres "Merodeadores" debían limpiar todos los trofeos que había en Hogwarts, que no eran pocos, y sin usar la magia. Pero ellos, chicos listos, se las arreglaron para pasarse tres semanas de vagancia, engañando a todo el mundo e investigando más pasillos para incluirlos en su mapa. Tonks había fruncido el ceño en más de una ocasión mientras Remus relataba aquel cuento; seguramente a Severus Snape no le haría demasiada gracia saber qué clases de historias le contaba Lupin, su acérrimo enemigo, a su hijito: la metamorfomaga ya se imaginaba la cara del profesor de Pociones y, posiblemente, una desgracia tendría lugar muy pronto, si es que Adrien le iba con el cuento al brujo. Cosa que Tonks no dudaba ni por un segundo.
Adrien hubiera querido escuchar más de esas asombrosas aventuras, pero el tren había empezado a disminuir su velocidad y se había detenido en una estación que, aún desde el interior del vagón, a Adrien le pareció realmente bonita, iluminada por una bonita luz durada y con un toque de misterio realmente embriagador... Adrien se había levantado al instante y Remus había hecho lo propio mientras cogía la mochila del niño y preparaba su abrigo para evitar que el pequeño pasara frío.
-Estamos en Hogsmeade –explicó Remus con suavidad –Ahora tendremos que tomar una carroza que nos llevará a Hogwarts...
-¿Una carroza? –Adrien dio un respingo -¿Cómo las de los cuentos de hadas?
-Más o menos –Remus chasqueó la lengua y abrochó los botones del abrigo del niño -¿Estás nervioso?
-Un poco...
-Pues no te preocupes por nada –Remus le tendió la mano –Tu padre debe estar esperándonos en el castillo; ha debido tener mucho trabajo durante todo el día y seguro que está deseando verte.
-Yo también quiero verle... –Adrien se movió, inquieto, y miró a los adultos con ojos suplicantes -¿Podemos irnos ya, por favor?
-Claro...
Remus y Tonks intercambiaron una mirada cómplice y, cogiéndose uno a cada mano de Adrien, salieron del Expreso de Hogwarts mientras los estudiantes se apresuraban por descender del tren ellos también, aunque de una forma bastante caótica. Una vez en la estación, lo primero que Adrien vio fue a un hombre de altura descomunal que portaba un gran farol y que estaba acompañado por un perro enorme. Nada más verlos, Hagrid caminó hacia ellos con aire afable.
-Vuelta a la rutina, Remus –comentó con su voz grave, mientras Fang se adelantaba, se paraba frente a Adrien y empezaba a olisquearle detenidamente. El niño se dejó, sin asustarse ni por un segundo, aunque hizo un gesto desagradable cuando Fang le dio una lametada en la cara, manchándole todo el rostro con sus babas –Vaya, Adrien, creo que le has caído bien a mi perro...
-Sí... –Adrien intentaba alejarse del animalote, que caminaba hacia él intentando lamerle mientras movía su corto rabo con aire juguetón.
-Fang, muchacho, déjale ya –Hagrid cogió a su perro por el collar que llevaba atado al cuello y lo alejó de un Adrien que se limpió la cara con las mangas del abrigo y luego le dedicó una sonrisa conciliadora al perro; realmente Fang no parecía demasiado contento con la actitud de su amo. Hubiera querido seguir con su bienvenida, pero Hagrid se mostraba bastante inflexible y no le soltaba –He reservado una carroza para vosotros –Hagrid miró por encima de su hombro –Está nada más salir de la estación... Ahora tengo que ir a por los niños...
Hagrid se alejó y comenzó a llamar a los alumnos de primer año. Adrien lo observó atentamente unos segundos, ansiando más que nunca el momento en que él sería uno de los afortunados chicos que irían a estudiar a Hogwarts, hasta que sintió cómo tiraban con suavidad de una de sus manos. Remus lo instaba a caminar y el niño obedeció al instante, con la cara un poco humedecida aún por los lametazos de Fang. ¡Hay que ver que perro más baboso era aquel!
Adrien observaba todo aquello que le rodeaba con inmensa curiosidad; poco a poco se iba acostumbrando a visitar los lugares mágicos, aunque no creía que fuera posible que alguna vez dejaran de fascinarle. Todo aquello era, simplemente, maravilloso, y el niño estaba realmente encantado, se sentía muy afortunado y quería vivir todos aquellos instantes sin perderse un solo detalle y, aunque aquel día era de noche y no había demasiada luz, se dio cuenta de que Hogsmeade era un lugar muy especial y bonito.
Después de caminar durante un par de minutos, llegaron al lugar donde estaban paradas las carrozas que los llevarían a Hogwarts. Adrien no pudo evitar dar un pasito atrás, desconfiando de lo que tenía delante; si bien los carruajes eran preciosos, muy blancos y de aspecto cálido, los caballos (o lo que fueran aquellos extraños seres de pelaje negro, ojos blancos y grandes alas de murciélago) no le inspiraban demasiada confianza...
Remus, que ni por un segundo había llegado a pensar que Adrien era capaz de ver los thestral, pensó que el niño se había detenido al ver que las carrozas no eran tiradas por nada; el licántropo sonrió con indulgencia y se agachó junto a Adrien, abrazándole con dulzura.
-No tienes que preocuparte, Adrien. Los carruajes empezaran a moverse en cuanto nos hayamos subido y nos llevarán directamente a Hogwarts...
-Ya... Pero, ¿qué son esas cosas?
Y Adrien señaló a los thestral, de eso no cabía duda. Remus se quedó callado unos segundos, asimilando lo que acababa de ocurrir, mientras Tonks fruncía el ceño y se preguntaba por la identidad de la persona a la que Adrien había visto morir; porque, si el niño veía a los thestral, necesariamente había presenciado el fallecimiento de alguien.
-¿Puedes ver a los thestral? –susurró Remus, que evidentemente no estaba preparado para algo así; afortunadamente, logró reaccionar antes de preocupar a Adrien –Son unas criaturas mágicas especiales... No todo el mundo puede verlas... Pero, no tienes que asustarte, no son peligrosos...
-¡Oh! Bueno...
Adrien se dio por satisfecho con aquella breve respuesta; en cierta forma entendía que Remus Lupin no le explicara con pelos y señales lo que eran los "thestral", así que decidió que más tarde le preguntaría a su papá. Seguramente él si le hablaría de ellos, y lo haría encantado, así que no debía preocuparse por nada. Con saber que no eran peligrosos era más que suficiente, así que dejó que Tonks le ayudara a subir a una de esas carrozas, que salió de Hogsmeade en primer lugar, mientras el resto se quedaban rezagadas, esperando a todos sus ocupantes. Y, entonces, Adrien se fijó en Hogwarts, y se dijo a sí mismo que nunca había visto nada más hermoso: el castillo estaba rodeado por un halo mágico inigualable, con todas sus luces encendidas, iluminado con elegancia. Adrien se moría de ganas por estar allí, por pasar su primera noche en aquel espléndido castillo...
OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO-Vas a hacer un agujero en el suelo, Severus... ¿Te importaría tomar asiento, por favor?
Albus Dumbledore había hablado con tono divertido, acomodado con tranquilidad en su butacón de siempre, presidiendo la mesa de los profesores del Gran Comedor. Todavía faltaba media hora para que aquella estancia se viera invadida por una horda de adolescentes con las hormonas en ebullición y los profesores ya se habían reunido allí para asegurarse de que todo estaba listo en la nueva etapa académica que esa noche se iniciaba. Severus Snape estaba muy nervioso esa noche, pero no porque el curso empezara después de un año cerrado, sino porque ese día, por primera vez desde que fuera profesor, sentía que esa noche era especial: Adrien iba a estar con él, sería el primer banquete en Hogwarts para el niño y Severus esperaba que todo saliera bien. La presentación en sociedad de su hijo; a más de un estudiante le daría un infarto, pero no podía esconder al niño eternamente, así que cuanto antes supieran todos de él, mejor.
Albus había instalado una silla especial para el pequeño entre la suya y la de Severus; Minerva, que se sentaba a su izquierda, observaba con aire divertido a Severus, mientras éste paseaba frente a ellos, con las manos a la espalda y preguntándose cómo habría sido el viaje de Adrien en el Expreso de Hogwarts; a mediodía había recibido una carta de Remus diciéndole que el niño ya sabía que Draco Malfoy era el hijo de Lucius y Severus había estado preocupado por eso durante toda la tarde. De hecho, había amenazado con irrumpir en el tren para calmar los nervios de su hijo y llevarlo a Hogwarts a cualquier precio, pero Albus no se lo había permitido, afirmando que sería mejor para el niño afrontar cuanto antes todos sus temores; Adrien no corría peligro en el tren, así que Severus se resignó, aunque su ansiedad era más que evidente.
Sus compañeros de trabajo lo miraban entre curiosos y temerosos; a pesar de que seguía teniendo su mal carácter de siempre, cada vez que alguien mencionaba a su hijo la mirada se le iluminaba y parecía que su genio se suavizaba hasta quedar convertido en un manso corderito. Y lo mejor de todo es que a Severus no le importaba demostrar que quería al pequeño Adrien; más bien estaba orgulloso de su hijo hasta extremos insospechados. Albus era el único que se atrevía a hacerle algún comentario malicioso al respecto; la mirada asesina de Severus incitaba a los demás a permanecer callados, aunque Minerva siempre terminaba riéndose por lo bajo, ignorando los malos modos de su colega de profesión. Ella, que ya conocía a Adrien, entendía perfectamente que a Severus se le cayera la baba con el niño y muy pronto, cuando el resto del profesorado conociera a Adrien Bellefort-Snape, tendría la misma necesidad que ella misma tenía en ese instante: consentir al mocoso hasta no poder consentirlo más...
-Tengamos la fiesta en paz, Albus –masculló entre dientes el profesor, molesto por el tono divertido del viejo loco... El fin de la guerra no le había sentado bien; ahora era más pesadito que antes... -¿Está todo preparado? ¿La cena? ¿El sombrero...?
-Adrien...
Albus silabeó distraídamente el nombre del pequeño y Severus lo fulminó con la mirada; Minerva dio un golpecito en la mano del director, Flitwick dio un botecito en su silla y Sinistra ahogó una carcajada... Ese iba a ser un año interesante... A saber cómo se comportaría el profesor Snape ahora que su vida había experimentado un cambio tan radical...
-Albus...
-No, Severus... ¡Adrien!
Y el viejo director hizo un gesto para señalar la puerta del Gran Comedor; efectivamente allí estaba Adrien, cogido de la mano de Tonks y de Lupin, charlando alegremente con ellos... Severus dio un bote y sintió cómo el estómago se le revolvía; necesitó de todo su autocontrol para no salir corriendo y comerse a su hijo a besos; jamás hubiera pensado que podría echarlo tanto de menos, pero esa era la verdad. Unas pocas horas separados y el pobre hombre ya se sentía a morir sin su pequeño al lado...
Adrien, por su parte, fijó sus ojos en el techo del Gran Comedor; por un momento tuvo la sensación de seguir en la calle, pues el techo lucía estrellado y hermoso como el cielo del exterior, pero Adrien sabía que eso sólo era un truco de magia. Lo había leído en "Historia de Hogwarts para niños"; le pareció que el Gran Comedor era un lugar maravilloso, con esos cientos de velitas flotando en el aire, las mesas de las cuatro casas del colegio elegantemente engalanadas y siempre con ese aire mágico que rodeaba el mundo de su padre... Su mundo... Cuando el niño bajó la mirada y miró al frente, vio a su padre parado al otro lado de la enorme estancia; inmediatamente su rostro se iluminó en una sonrisa plagada de sinceridad y soltó las manos de sus cuidadores para correr a brazos de Severus...
Y, para sorpresa de todos, el profesor recibió al pequeño niño encantado, alzándolo en el aire y dejando que Adrien le besara las mejillas una y otra vez mientras se mantenía férreamente sujeto a su cuello (sin dejar que "Oso" se librara de aquel abrazo, por supuesto)
Las reacciones ante aquel hecho fueron de lo más variopintas; Tonks pareció realmente enternecida ante la escena y se cogió al brazo de Remus con aire soñador, mientras el hombre sonreía y se imaginaba cómo sería cargar con su pequeño cachorro cuando éste hubiera nacido... Albus y Minerva intercambiaron una mirada cargada de comprensión y sonrieron al unísono, complacidos por el comportamiento del profesor de Pociones, quien parecía dispuesto a ser feliz de una vez por todas. Flitwick se había puesto de pie en su silla y tenía la boca tan abierta que su mandíbula estaba a punto de desencajársele; Sinistra había puesto los ojos en blanco, sin saber si estaba soñando o no; la profesora Sprout, que hasta ese momento había estado dedicando un discurso eterno a la pobre señora Hooch, enmudeció de golpe y le dio un codazo a la profesora Vector, que se atragantó con su cerveza de mantequilla y empezó a toser estrepitosamente. Poppy Pomfrey, que curiosamente paseaba por detrás de ella, le golpeó con fuerza la espalda y la señora Pince, que no dejaba de quejarse de todo el trabajo que tenía en la biblioteca aún cuando nadie la escuchara, clavó sus ojos en Adrien, sabiendo que ese era el pequeño demonio del que tendría que ocuparse durante todo el año (aunque, para ser justos, el mocoso aquel más parecía un angelito...)
-¡Papi! He visto unos caballos muy raros –dijo el niño de inmediato –El señor Remus dice que se llaman thestral y que son animales especiales que no todo el mundo puede ver –Adrien no notó que todo el mundo se quedaba callado al escucharle decir eso; incluso Albus perdió su sonrisa... durante un segundo. Severus, por su parte, logró parecer despreocupado, aunque intercambió una breve mirada con Remus; Tonks y él ya caminaban hacia la mesa, discretamente cogidos de la mano -¿Me hablarás luego de ellos?
-¡Claro! –Severus se esforzó por sonar despreocupado... y lo logró, a pesar de que no le parecía posible que un niño tan pequeño hubiera tenido la muerte tan cerca –Pero ahora vamos a cenar... ¿Tienes hambre?
-Muchísima...
-Y supongo que no has comido chucherías... –Severus frunció el ceño y escuchó el leve carraspeo de Remus, que ya había llegado a su lado.
-¡Oh, papi! Sólo fue un trocito de chocolate muy pequeñito –Adrien se vio obligado a recurrir a su carita angelical para evitar que su padre se enfadara con él –Muy, muy pequeñito.
-Y, además, fue mi culpa que comiera –Remus intervino en la conversación; en ese momento, el resto del profesorado pareció menos interesado en el niño y "volvieron" a sus propios asuntos, aunque con un ojo y medio puesto en Adrien. Severus sintió la tentación de mandarlos al infierno por... milésima vez ese día –Debo salir en defensa de Adrien; él no quería probar ni un bocado, pero yo insistí...
Severus arrugó el entrecejo y Adrien bajó la mirada; Albus sonreía como un bobo y Minerva lamentó que estuviera a punto de llegar el momento de ir en busca de los alumnos de primer año.
-Se te caerán todos los dientes –dijo Severus en tono de reproche, dejando al niño en el suelo; Adrien se quedó esperando el castigo prometido, aunque éste no llegó –De todas formas, un trozo de chocolate no puede matar a nadie... Porque sólo ha sido un trozo –y Severus miró a Remus, que se agitó con fingido nerviosismo.
-La duda ofende, Severus...
-Ya, claro –el profesor chasqueó la lengua -¿Qué tal se ha portado? Tienes que explicarme lo que pasó con Draco...
Mientras Severus le dirigía al señor Remus un discurso que amenazaba con ser eterno, Adrien se escaqueó y fue hasta la mesa de profesores del Gran Comedor; Albus le indicaba con aire divertido que se acercara y el niño no pudo esperar a que los otros dos adultos terminaran de hablar... ¡Qué pesados eran los mayores cuando se lo proponían! Adrien fue hasta donde estaba su abuelo e inmediatamente se encaramó en sus rodillas.
-¿De verdad que sólo comiste un trozo de chocolate? –preguntó el anciano y Adrien afirmó con la cabeza, saludando con la mano a una Minerva que estaba retrasando al máximo el momento de irse –Pues vaya... ¡Qué aburrido es tu papá!
-Dice que los dientes son muy importantes... –Adrien alzó la cabeza y se inclinó hacia delante; un hombrecillo diminuto lo observaba con la boca abierta. Al parecer, Flitwick era el único que aún no se había recobrado del shock que le produjo ver a Severus abrazar a otro ser humano –Creo que ese señor está enfermo, abuelo...
Minerva giró la cabeza y vio la expresión pasmada del profesor de Encantamientos, dándole un codazo para que reaccionara al tiempo que Albus rompía a reír, ganándose la atención de todos los presentes.
-Filius... –recriminó la mujer con seriedad –Es un niño, no una serpiente de siete cabezas... Haz el favor de cerrar la boca.
Flitwick tuvo el detalle de ponerse rojo y, durante un segundo, no supo donde meterse... Sintió la mirada dura de Severus Snape y tuvo la tentación de salir corriendo todo lo deprisa que sus pequeñas piernas le permitieran, pero entonces Adrien le habló, con su vocecilla suave y su tono educado...
-Hola, señor. ¿Usted también es un profesor del colegio?
-Sí, sí –Flitwick carraspeó; su voz parecía menos chillona que otras veces –Soy el profesor de Encantamientos...
-¡Oh! –Adrien abrió mucho los ojos; miró a su padre un segundo, que escuchaba atentamente las explicaciones que le daba Remus sobre el viaje en tren –Tiene que ser muy divertido... Yo todavía no puedo aprender magia, ¿sabe? Pero, al menos, me dejan venir a Hogwarts...
Y Adrien empezó a soltar una perorata sobre las ganas que tenía de ser mayor para poder ser seleccionado para una casa y poder aprender magia. Minerva McGonagall salió cinco minutos después para recibir a los alumnos de primer año y su padre, Remus y Tonks tomaron asiento mientras Albus dejaba al pequeño en la silla especialmente colocada para él y se disponía a iniciar un nuevo curso. Los alumnos fueron entrando; muchos no volverían al colegio después de la guerra, pero los que tenían la oportunidad de iniciar una nueva vida, lo hacían con ánimos renovados...
OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoOHarry abandonó la Torre de Griffindor cuando sólo faltaban diez minutos para el inicio del banquete de principios de curso; lucía un aspecto impecable, con su nueva túnica del colegio más limpia y elegante que nunca y se preparaba mentalmente para lo que estaba por llegar. Desde que derrotara a lord Voldemort se había esforzado por mantenerse lo más alejado posible de la gente, incluidos sus amigos, pero esa noche sería inevitable para él convertirse en el centro de atención; no es que no estuviera acostumbrado a serlo, pero ese día no estaba de humor para soportar cuchicheos y miradas descaradas. Ni siquiera quería recibir felicitaciones; simplemente quería ser uno más, aunque poco a poco se iba haciendo a la idea de que eso no era posible. Albus Dumbledore le había aconsejado que se comportara con naturalidad y aceptara el apoyo de sus amigos; poco a poco todo el mundo se cansaría de hablar sobre él y su vida se iría asentando, pero hasta entonces el chico debería soportar lo que estaba por llegar.
Antes de abandonar su sala común había tomado aire, se había colocado la túnica y había cerrado los ojos para darse fuerzas; cuando llegó a la puerta del Gran Comedor, sus compañeros de estudios ya empezaban a acomodarse en sus respectivos asientos, charlando entre sí, contentos por reencontrarse con viejos amigos, lamentando las numerosas pérdidas de chicos que ya nunca volverían. Harry buscó con la mirada a Hermione o a Ron, sólo le apetecía verlos a ellos; quería que los tres se sentaran juntos como en los viejos tiempos para hablar sobre los acontecimientos que tenían lugar en el mundo mágico y, de paso, poner verde al profesor Snape.
Un profesor Snape que estaba sentado en la mesa de profesores, con su mismo rostro cetrino de siempre, serio y barriendo el Gran Comedor con sus ojos negros. A Harry le pareció igual de desagradable que antes de la guerra y, cuando sus miradas se encontraron durante un segundo, tuvo la misma sensación de desprecio de los "buenos tiempos". Sí, aquel hombre podría haberle ayudado a derrotar a Voldemort, podría haberse disculpado (aunque indirectamente) por el error que cometió al comunicarle la profecía al que entonces era su Señor, podría haber estado a punto de dar su vida para salvarle, pero a él seguía cayéndole como una patada en el estómago; no lo toleraba y dudaba que pudiera tolerarlo algún día. De la misma forma que Harry se sentía incapaz de soportar al pequeño niño que estaba sentado al lado de Severus y charlaba distraídamente con el director Dumbledore, sonriendo y dando largos sorbos a lo que parecía ser un zumo de naranja; realmente no es que tuviera nada en contra de ese tal Adrien, casi podría decirle que le había parecido un mocoso del todo adorable, pero Harry odiaba todo lo que tuviera que ver con el apellido Snape. Y ese niño, aunque encantador, no dejaba de ser hijo de su padre y Harry empezó a sentir cierta aversión hacia él; quizás la misma aversión que un día sintió Severus Snape por el hijo de James Potter, algo injustificado y cruel, pero completamente inevitable.
-¡Harry!
La voz alegre de Hermione Granger lo sacó de sus cavilaciones; al girar la cabeza vio a sus amigos de siempre acercarse a él con sendas sonrisas en el rostro. Harry se alegró de volver a verlos y se animó a sonreír; le sorprendió ver el rostro magullado de Ron. Al parecer había tenido una buena pelea hacía muy poco tiempo...
-¿Qué te ha pasado? –preguntó Harry mientras los chicos se acomodaban en la mesa de Griffindor, juntos, como siempre.
-He tenido un encontronazo con Malfoy- masculló el pelirrojo, tocándose un labio que estaba ciertamente lastimado –Pero creo poder afirmar que el hurón salió peor parado que yo...
-Seguramente ha perdido un diente –dijo Hermione, mucho más contenta de lo que sería normal en ella –El muy bestia me dio un codazo en la nariz, pero gracias a Remus no tengo ninguna herida...
-¿Y por qué no te curó a ti también?
-Creo que estaba bastante mosqueado –Ron se encogió de hombros, observando su reflejo en una de las cucharas de la cena –Y, además, había un niño que no dejaba de llorar...
-¿Un niño? –Harry arrugó el entrecejo -¿Qué niño?
-Ese niño...
Hermione señalaba al pequeño de pelo negro que estaba sentado en la mesa de los profesores; Adrien se removía inquieto y hablaba con todo el mundo que estaba cerca de él.; incluso con el profesor Snape. La prefecta de Griffindor se encogió en su silla cuando vio a Severus reír ante una de las ocurrencias de su hijo, con la sensación de que el mundo estaba a punto de acabarse. Harry miró a Adrien con desdén un momento y luego soltó un bufido; había decidido que el niño no le caería bien, y no le caería bien .
-¡Oh, ese niño!
-¿Lo conoces? –preguntó Hermione, sorprendida por el desprecio presente en el tono de voz de Harry.
-¡Cómo no! Creo que es el nuevo niño mimado de Hogwarts...
-¿Qué...?
-Se llama Adrien y... ¡Sorpresa! Es el hijo de Snape...
Silencio absoluto...
Ron, que contemplaba el reflejo de su magullado rostro apoyado en las patas traseras de su silla, se cayó al suelo al escuchar aquella información y Hermione abrió los ojos y la boca, movió los labios para decir algo, asemejándose bastante a un pez globo y, finalmente, sonrió como buenamente pudo.
-¡Anda ya!
-Es verdad –Harry agitó la cabeza y miró a su alrededor, dispuesto a cambiar de tema -¿Dónde está Ginny?
-No sé –Hermione parpadeó, mirando a Adrien descaradamente -¿Cómo es eso de que Snape tiene un hijo? ¡Harry, por Merlín! Eso no es posible...
-Técnicamente sí lo es –Harry se encogió de hombros y miró de reojo al pequeño de pelo negro. ¿Por qué tenía que tener esa sonrisa tan graciosa? ¿Por qué no se podía parecer un poco más a su padre? Así sería más fácil sentir desprecio por él –De hecho, por muy extraño que parezca, en algún rincón del mundo ha existido una mujer que fue capaz de hacer... –Harry carraspeó y Hermione se sonrojó –Ya sabéis, "eso" con Snape y, ahí está el resultado...
Silencio de nuevo; Ron consiguió recuperar la compostura y se sentó de nuevo en su silla, abandonando su "toque narcisista". Hermione se quedó callada; al parecer, su mente lógica y repleta de conocimientos no lograba explicar cómo era posible que Severus Snape hubiera encontrado a alguien que quisiera engendrar un hijo suyo; ¿quizás era el resultado de alguna clase de maldición muy oscura? Hermione agitó la cabeza. ¡No! Dumbledore no lo hubiera permitido y, además, no parecía haber nada extraño en el niño, salvo el hecho de que era capaz de sonreír y de arrancar sonrisas aún siendo hijo de quién era.
-Y, Harry... –Ron parecía un poco paralizado aún; de hecho, todavía no había mencionado la comida que pronto disfrutarían, signo de que algo no estaba bien en su amigo -¿Cómo sabes tú eso?
-Porque hace unos días, y de una forma absolutamente involuntaria, enseñé a ese crío a utilizar una escoba voladora –dijo de mala gana Harry; muchas veces se había arrepentido de confraternizar tan alegremente con el "enemigo" (si es que un niño de cuatro años podría ser considerado el enemigo de alguien) durante esa semana y, ahora que veía a Adrien de nuevo, estaba decidido a alejarse de él todo lo que pudiera.
-¿Y Snape te permitió que...? –Hermione se puso pálida y miró hacia la mesa de los profesores; no pudo pasarle desapercibido el hecho de que el profesor Snape, a pesar de que volvía a estar tan serio como siempre, no dejaba de acariciar la espalda del niño que tenía a su lado, mientras Adrien charlaba animadamente con el profesor Dumbledore. Definitivamente el mundo había cambiado mucho después de la guerra; y quizás lo había hecho para bien –Parece un niño simpático... –Hermione sonrió; Ron lo miró como si de pronto le hubieran salido cuernos y Harry pareció muy molesto por el comentario –Y es realmente gracioso... ¡Mira qué mono está con esa túnica...!
-Hermione –cortó Harry bruscamente –Ese mocoso es un Snape; no es simpático, ni gracioso y mucho menos mono... Es un bastardo grasiento como su padre...
Hermione entornó los ojos y miró a su amigo como si quisiera fulminarlo con la mirada; entonces, sin previo aviso, se puso en pie y echó la cabeza hacia atrás con orgullo, dispuesta a irse a otro lado.
-Veo que no has madurado en absoluto –dijo, echando un ojo a la mesa de Griffindor –Creo que Neville tendrá cosas más interesantes que decir que tú.
Cualquiera hubiera dicho que la reacción de Hermione fue un tanto exagerada, pero después de pasar al lado de Harry las semanas posteriores a la guerra, la chica había comprobado con cierto grado de disgusto que Harry era más cabezota y prejuicioso que nunca. Habían discutido mucho sobre Snape y sobre Malfoy (entre otras cosas) y aunque a ella Malfoy le seguía pareciendo un niño mimado altanero y orgulloso, aunque Snape, efectivamente, aparentara ser el mismo bastardo grasiento de siempre, la joven no aprobaba el comportamiento de Harry, que se había quedado anclado en el pasado, alimentando sus viejos rencores y negándose a empezar de cero, olvidando las afrentas pasadas y aceptando que todo el mundo merecía una segunda oportunidad, sobre todo aquellos que, como Snape y Malfoy, habían luchado con ahínco al lado de la luz. Otra cosa muy distinta era que tuvieran que llevarse bien con ellos; Hermione jamás pretendería algo así. ¿Cómo hacerse amiga de aquel que la llamaba "sangre-sucia" cada vez que se daba media vuelta?
Harry iba a decirle a su amiga que no se marchara cuando empezaron a entrar los alumnos de primer año; el joven se había prometido a sí mismo que estaría atento a la entrada de Draco Malfoy, sólo para ver con quién iba a juntarse ese año, pero la conversación con sus amigos lo había despistado y Draco ya estaba en la mesa de Slytherin, al lado de Theodor Nott, pero sin dirigirse ni una simple mirada. Harry lo observó fijamente unos segundos, complacido porque el rostro de Malfoy estaba mucho más golpeado que el de Ron; no era necesario preguntar quién había ganado la pelea en el tren; Draco pareció notar su mirada y alzó la vista hasta encontrarse con los ojos verdes de Harry; pareció desafiarle durante un segundo, hasta que las cabezas de los niños de primer año interrumpieron el contacto visual y ambos se vieron obligados a centrar su atención en la profesora McGonagall.
Draco, por su parte, había notado la mirada de Harry y no había dudado ni un segundo en aceptar el desafío que el Griffindor le proponía; era extrañamente agradable comprobar que las cosas seguían como siempre y Draco hubiera sonreído si no se encontrara en una situación tan delicada. Volvía al colegio después de un año complicado y seguía teniendo los mismos enemigos; claro, ahora no contaba con Crabbe y Goyle para acompañarle, pero había descubierto que podía hacer amistad con otras personas. Chicas. Griffindor. Miembros de la familia Weasley...
Draco no terminaba de entender por qué Ginny Weasley había decidido trabar amistad con él; cuando se le acercó en el Callejón Diagón, el día de su "casi" duelo mágico con Potter en la tienda de túnicas de madame Malkin, el Slytherin pensó que la pelirroja tenía intenciones de burlarse de él; después de todo, Draco no se había cansado de insultar a los Weasley´s burlándose de su pobreza y, ahora, él era aún más pobre que ellos puesto que ni siquiera tenía una casa propia y dependía de la generosidad de sus parientes. Pero no, Ginny se había mostrado amable, se había interesado por él y había comentado que lamentaba la situación de su madre; Draco, por supuesto, seguía desconfiando y quiso rechazar la mano que la joven le estaba tendiendo, más por orgullo que por otra cosa, pero entonces el cretino de Potter los había interrumpido, dándoselas de héroe ofendido, y la pelea fue inevitable. Luego, las cosas se habían tranquilizado y Draco no había vuelto a ver a Ginny hasta ese día, cuando el tren llegó a la estación de Hogsmeade; la pelirroja se había disculpado por el comportamiento de su hermano y le había ofrecido compartir su carruaje hasta Hogwarts. Draco no había aceptado, cansado ya de meterse en líos por ese día, pero Ginny parecía dispuesta a hacerse amiga suya; el rubio ignoraba los motivos de la chica, pero cuando recorrió la mesa de Griffindor, más por costumbre que por otra cosa, se encontró con que Ginny alzaba su mano a modo de saludo. Él no respondió y se apresuró a prestar su atención a otro lugar: la mesa de los profesores, donde Adrien parloteaba, quizás contando cómo había sido su primer viaje en el Expreso de Hogwarts; Draco sintió como se tranquilizaba ante la sola visión de ese niño, y se dispuso a presenciar la Ceremonia de Selección de ese año, con Theodor Nott a su lado y unas ganas apasionadas de que todo fuera bien durante ese curso.
La profesora McGonagall colocó el taburete en su sitio acostumbrado y tomó con cuidado el Sombrero Seleccionador; todos los chicos en el Gran Comedor se habían quedado callados entonces y Adrien hizo lo mismo, sorprendido por aquel silencio casi sepulcral. Había estado tan entretenido charlando con los profesores del colegio que casi no se había dado cuenta de lo que pasaba a su alrededor y, ahora que miraba a todos los estudiantes de Hogwarts se daba cuenta de que había muchos magos en Inglaterra; parpadeó dos veces y quiso preguntar algo, pero entonces el sombrero empezó a cantar y Adrien enmudeció, totalmente fascinado.
En su canción, el Sombrero Seleccionador habló sobre los buenos tiempos, recordó las cualidades de las cuatro casas e invitó a todos a permanecer unidos, porque gracias a esa unidad podrían seguir adelante y vencer todos los obstáculos que se les presentaran. Cuando terminó la canción, todo el Gran Comedor estalló en aplausos; Adrien no pudo reprimirse y palmoteó alegremente, sonriente y buscando la mirada de su padre: estaba muy serio, pero cuando lo miró, los ojos le brillaban con la ternura de siempre y Adrien se sintió muy bien.
Entonces, la profesora McGonagall se adelantó, sacó un gran pergamino y habló con voz clara:
-Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen. ¡Ascott, Miranda!
Una niña de pelo rubio y grandes ojos saltones de un imposible color azul se adelantó; parecía muy nerviosa y, cuando tomó asiento en el taburete y la profesora colocó el sombrero en su cabeza, se encogió temerosa. Adrien observó expectante y, cuando el sombrero abrió una pequeña ranura y habló, el pequeño se alegró de escuchar la elección que tuvo lugar:
-¡SLYTHERIN!
Anunció el sombrero alegremente; los aplausos no fueron demasiado fuertes. Los alumnos de las otras casas dieron un par de palmadas mientras cuchicheaban, mientras los Slytherin sí aplaudían, aunque sin escándalos ni nada de eso. Adrien notó aquello y miró a su abuelo y a su padre, que le invitaron a estar tranquilo con un gesto; ya habría tiempo para explicarle lo que ocurría, porque todo aquello era normal. Tal vez Miranda Ascott no tuviera la culpa de ser seleccionada para Slytherin, pero el rencor hacia las "serpientes" se respiraba en el ambiente y la pequeña arrastró los pies hasta la mesa de su nueva casa, claramente desilusionada. Sin duda esa niña rubia sabía que no iba a ser fácil ser una Slytherin, pero no podía hacer nada. Las cosas eran como eran y sería necesario algún tiempo para que se olvidaran los viejos rencores y todo volviera a la normalidad en Hogwarts.
La selección continuó; los nuevos alumnos de las otras casas fueron recibidos por sus compañeros con la alegría desbordante de siempre. Los que terminaron en Griffindor parecían realmente satisfechos con su suerte e, inmediatamente buscaban a Harry Potter y le saludaban, como intentando congraciarse con él; según dedujo Adrien, ser un Griffindor era lo mejor que te podía pasar, mientras que ser un Slytherin no estaba muy bien visto. Sin duda necesitaba que alguien le explicara un par de cosas esa misma noche.
Cuando todos los niños estaban instalados en las mesas de sus respectivas casas, Albus Dumbledore se levantó, sonriendo con afabilidad y ganándose la atención de todo el mundo:
-¡Bienvenidos a Hogwarts un año más! –dijo, y a Adrien le pareció que ese hombre era realmente un gran director... Si no lo fuera, nadie lo miraría con tanta admiración –Antes de comenzar el banquete, quiero decir unas pocas palabras: ¡Papanatas! ¡Caramelos de limón! ¡Dulcepica!... ¡Muchas gracias!
Y se sentó; todo el mundo rompió en aplausos de nuevo y Adrien frunció el ceño. ¡Qué cosas decía el abuelo Albus! Pero no tuvo tiempo para pensar demasiado en eso, pues de pronto de la nada surgieron un montón de bandejas repletas de comida; Adrien se había preguntado cómo se las arreglarían los camareros para servir la cena a tanta gente, y ahí tenía la sorprendente respuesta; miró toda esa comida con desconfianza, hasta que notó que su padre colocaba unas cuantas alcachofas salteadas con jamón en su plato y lo miró interrogante.
-¿No tienes hambre? –preguntó como si nada, sirviéndose un poco de sopa de picadillo.
-¿Se puede comer? –dijo el pequeño, clavando su tenedor a una alcachofa.
-¡Claro! Puedes comer todo lo que quieras... –Adrien siguió tentando su cena –Si te comes toda la verdura, quizás te de un buen trozo de tarta de chocolate de postre...
-¿Tarta de chocolate? –Severus afirmó con la cabeza, mientras Adrien llegaba a la conclusión de que no le iba a pasar nada por probar toda esa comida que surgió de la nada –Pero las alcachofas no me gustan...
-Pero tendrás que comértelas –Severus sonó firme; Adrien comprendió que su padre hablaba en serio –La verdura es necesaria para los niños, así que no te quejes.
-¿Me darás un trozo de ese pollo después? –Adrien señaló un delicioso pollo asado con patatas que estaba frente a Albus Dumbledore? –Tiene muy buena pinta.
-Claro que comerás pollo, si quieres...
-¡Y tarta de chocolate! –Adrien empezó a comerse sus alcachofas con fiereza, sin ver el momento de que llegara el postre -¡Un gran trozo de tarta de chocolate!
Severus sonrió; la cena transcurrió con normalidad. Él, por supuesto, se sentía observado por los estudiantes y en un par de ocasiones descubrió al siempre molesto Harry Potter fulminándolo con la mirada, pero optó por ser paciente, al menos mientras Adrien estuviera delante; el niño realmente parecía estar hambriento y comía con voracidad, como si las alcachofas fueran su plato favorito y el pollo asado fuera a acabarse de un momento a otro. La tarta, en cambio, la saboreó con más detenimiento y, cuando pidió un trozo más, casi parecía temer que su padre fuera a negarse, pero Severus no lo hizo y Adrien terminó de cenar más contento que unas pascuas y con el estómago tan lleno que se sentía incapaz de caminar hasta la habitación que ocupaba su papá en ese castillo; no sabía muy bien donde estaba y en ese momento no le importaba realmente. Sólo quería que alguien lo cogiera en brazos y lo llevara a una cama calentita para dormir durante toda la noche; ni siquiera se acordaba de todas sus dudas acerca de los thestral y el comportamiento raro de todos los chicos contra la casa de Slytherin; estaba demasiado lleno para pensar en nada.
-Adrien, no te duermas –le dijo con suavidad su padre, cuando el niño se apoyó en su brazo y soltó un largo bostezo –El banquete está terminando...
-Tengo sueño –el niño se frotó los ojos, pero se las arregló para incorporarse -¿Nos vamos a ir ya a la cama, papi? ¿Dormiré contigo?
-Sí, pero aguanta un poquito –Severus miró a su alrededor; Adrien no parecía ser el único cansado después de una buena comilona. Posiblemente si Albus tardaba un poco más en levantarse para finalizar su discurso, más de uno caería rendido –Albus...
El profesor Dumbledore, que hablaba con Minerva sobre las clases que estaban por empezar, miró al profesor de Pociones con interés y se dio cuenta de que se le estaba empezando a pasar la hora; Adrien no dejaba de bostezar, buscando los brazos de su padre con la cabeza para apoyarse en ellos, y el director se puso en pie, comprendiendo que ya era hora de poner fin al banquete de bienvenida. Después de un año de ausencia en el colegio, sentía como si aquel día fuera el primero de su carrera docente y había tratado de disfrutarlo durante más tiempo.
-Un nuevo año comienza –dijo, tras lograr la atención de todos los presentes –En los últimos meses se han vivido tiempos muy difíciles, pero ahora podemos contemplar el futuro con esperanza y...
Adrien intentaba escuchar las palabras de su abuelo, pero los párpados se le empezaban a cerrar de sueño y él no podía hacer nada por evitarlo; apoyado en el brazo de su padre, bostezó de nuevo e intentó permanecer despierto, pero fue imposible.
Y se durmió.
Cuando despertó, estaba en brazos de Severus; realmente no había pasado demasiado tiempo. El banquete ya había terminado y todos los estudiantes se dirigían a sus Salas Comunes para descansar; Severus había obtenido permiso del director para retirarse antes que el resto de profesores y había pedido a un elfo doméstico que llevara un par de mantas a su dormitorio de las mazmorras. Normalmente era un lugar muy frío y sin duda Adrien necesitaría más calor del que él solía tener, así que las mantas eran una buena solución. Adrien abrió los ojos pesadamente, observando unos pasillos que nunca antes había visto y escuchando los sonoros pasos de su padre, que caminaba dando grandes zancadas, como era habitual en él. Adrien alzó la cabeza, comprendiendo que se había dormido en mitad de la cena, y se removió inquieto.
-Papi...
-¡Shss! –Severus intentó que el niño volviera a apoyar la cabeza en su hombro –Sigue durmiendo.
-¿Dónde vamos, papi?
-A mi habitación. Pero duérmete, Adrien, no pasa nada.
-El abuelo –dijo medio adormilado el niño –Hablaba... me dormí...
-Al abuelo no le ha importado. Dice que eres muy pequeño y que es normal que cayeras rendido después de un día tan largo.
-¡Oh! –Adrien se rindió y se recostó en el hombro de su padre –No debí dormirme...
-Estás cansado –Severus se detuvo de pronto, pero Adrien había vuelto a cerrar los ojos –Adrien... Mira, esta es la puerta de...
Pero Severus no siguió hablando; comprobó que Adrien había dejado de escucharle y esbozó una sonrisa tierna. Entró en sus aposentos privados, colocó el pijama al niño y lo envolvió entre las mantas de su cama.
Nunca antes le habían resultado más acogedoras las mazmorras que esa noche.
OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoO OoOoOoOoOoOo oOoOoOoOoOoOY en el próximo capítulo, titulado "Primer día de clases"...
...su padre no parecía dedicar demasiado tiempo a peinarse, echarse ungüentos en la cara ni, mucho menos, maquillarse, así que Adrien no entendía.
Y entendió mucho menos cuando su padre salió con el pelo negro mojado y cubriéndole una buena parte del rostro, vestido con una de esas túnicas negras que le daban aspecto tétrico; irremediablemente Adrien frunció el ceño, pero cambió el gesto por una sonrisa cuando su padre lo miró, sorprendido al verlo despierto, y se acercó a la cama, sentándose a su lado.
-¿No tienes sueño, Adrien? Es muy temprano.
-No, he dormido mucho. Además, quería darte algo –extendió el trozo de pergamino y Severus lo cogió con curiosidad- Quería dártelo anoche, pero me dormí... Es que en el tren me aburrí y pude hacer muchos dibujos –Adrien se levantó sobre la cama, apoyándose en el hombro de Severus, y señaló las figuras en el pergamino –Mira, esa es nuestra casa, ese es el río y ese es el molino... –Severus sonrió; realmente había cierto parecido –Este es "Athos", que viene de Hogwarts con una carta del abuelo... Este soy yo –Adrien frunció el ceño –No estoy muy guapo, pero bueno... Y este eres tú... –señaló una sombra negra –Creo que la nariz me ha salido un poco grande –Adrien observó a su padre con ojo clínico –Bueno... –y puso carita maliciosa –Quizás no sea tan grande...
-¡Oye! –Severus rió, haciéndose el ofendido -¡No tengo la nariz grande! ¡Es aguileña!
-Ya –Adrien chasqueó la lengua.
