No, los personajes aún no me pertenecen; de hecho, he recuperado mi color de pelo natural. He comprendido que nunca podré ser JK Rowling, así que lo siento mucho.

Sí, he podido actualizar; me ha costado rescribir el capítulo (ahora mismo estoy con el 24, así que no tiene título aún) y aquí estoy, colgándolo con la esperanza de que lo disfrutéis.

Muchas gracias a todos aquellos que han sacado unos minutos para dejarme un review y, gracias especialmente a Ana por betear el capi y hacerme ver unos errores que procuraré corregir de ahora en adelante (que no se diga que no pongo interés XD)

En fin, creo que la espera no ha sido tan larga después de todo; mi ordenador ha recuperado su salud casi al 100 y yo estoy de vacaciones, así que tengo más tiempo para escribir y actualizar pronto (¿podré colgar un nuevo capi el viernes o el sábado? ¡Ah, eso lo veremos)

Nada más que comentar.

Besos, Cris Snape

CAPÍTULO 23. Rencores

-Dicen que el profesor Snape raptó a ese niño y que lo tiene hechizado –Decía una Ravenclaw de quinto curso.

-Sí –Aseguró otro Hufflepuff de tercero, en voz muy baja para que sólo pudieran escucharlo sus compañeros –El Señor Tenebroso le ordenó matar a sus padres y se quedó con el pobre niño.

-Dumbledore debería hacer algo –La Ravenclaw de quinto parecía ofendida.

Draco Malfoy, que se dirigía a clase de Transformaciones, captó aquellas últimas palabras y chasqueó la lengua, conteniendo las ganas de hechizar a todos aquellos estúpidos. Desde que dos días antes se hiciera oficial en Hogwarts que Severus Snape tenía un hijo, los comentarios al respecto se habían ido multiplicando hasta alcanzar aquellas cotas de surrealismo que el joven Slytherin no acertaba a explicarse; por lo visto, todo el mundo necesitaba tener un motivo constante para calumniar a los demás y Adrien se había convertido en ese motivo, aunque el niño afortunadamente no se enteraba de nada. Correteaba por los pasillos alegremente, siempre con "Oso" entre los brazos y acompañado por un más que entusiasmado Albus Dumbledore; al parecer, el director estaba dejando de lado sus obligaciones laborales, más preocupado por el bienestar de Adrien que por el suyo propio y se le veía tan feliz como al pequeño, quizás un poco más. A Draco le resultaba un tanto extraño sentirse tan enternecido cuando tenía al niño cerca y poco a poco empezaba a entender por qué su padrino parecía estar embobado cuando miraba a Adrien: no era complicado encariñarse con él.

-¡Draco! ¡Eh, Draco!

El rubio giró la cabeza; creyó reconocer aquella voz femenina, pero no estuvo completamente seguro de que era ella hasta que la vio corriendo por el pasillo, con su larga cabellera pelirroja flotando en el aire. ¿Qué querría ahora esa maldita Weasley? Siempre que se cruzaba con ella terminaba peleándose con alguien y ya estaba harto, así que se dio media vuelta, dispuesto a ignorarla, pero Ginny no tardó en alcanzarle, colocando una mano en su brazo y deteniendo su intento de evasión.

-¡Draco!

-¿Qué quieres, Weasley? –Draco arrastraba las palabras mientras se zafaba de las manos de la pelirroja con una mueca de asco en su rostro.

-Sólo saludarte –Ginny sonrió abiertamente y miró por encima de su hombro; a Draco le pareció que buscaba a alguien con la mirada, pero se preocupó más por irse de allí.

-Pues ya lo has hecho, así que aléjate de mí –Draco dio dos pasos atrás; Ginny volvió a mirar a su espalda y, esa vez, Draco distinguió a Harry Potter entre los demás estudiantes, observándolos a ellos con el rostro pálido. ¿Acaso Ginny...? Agitó la cabeza e ignoró a Potter, volviéndose a la pelirroja con un deje de desprecio –Y no me llames Draco; sé que la inteligencia Weasley no da para más, pero seguro que puedes hacer eso, ¿verdad?

-¡Oh, vamos, no seas borde! –Ginny sonrió con dulzura y, otra vez, colocó su mano en el brazo de Draco; desde la distancia, Harry apretó las mandíbulas inició una marcha veloz hacia ellos.

-Déjame tranquilo, Weasley.

A Draco le hubiera gustado enfrentar a la pelirroja y al psicópata de su novio como se merecían, puesto que Potter se acercaba con claras intenciones homicidas, pero el rubio recordó los consejos de Severus Snape (y, por qué no decirlo, de su tía Andrómeda) y creyó que sería más conveniente darse la vuelta y salir de allí lo antes posible. Una nueva pelea en el colegio no sería buena para él y, si se enteraban en el Ministerio, su período de prueba se iría al infierno y él derechito a Azkabán. Draco se estremecía con sólo pensar en eso; prefería pasarse el resto del curso huyendo de Potter y sus amigos, tarea bastante complicada si el Gryffindor no dejaba de buscarlo para darle una paliza o hechizarle de una forma cruel y retorcida. El joven Malfoy se disponía a entrar al aula de Transformaciones cuando alguien le empujó bruscamente, estrellándolo contra la pared y haciendo que su mochila cayera al suelo y sus libros se extendieran por el suelo; el rubio no necesitaba alzar la cabeza para conocer la identidad de su agresor.

-¿Cuántas veces tengo que repetirte que dejes en paz a mi novia? –Bramó Harry Potter, ganándose la atención de todos los presentes, que se acercaron para curiosear.

Draco se levantó, intentando controlarse, y le pareció ver a Ginny Weasley sonreír, claramente satisfecha. ¿Qué demonios pretendía esa loca?

-Creo que quién debe dejarme en paz es Weasley a mí –Dijo Draco, peligrosamente socarrón, sin prestar demasiada atención a la venita que latía en la sien de su némesis –Debe estar muy desesperada la pobre para andar buscando a alguien que le haga caso. ¿Tan desatendida la tienes, Potter?

El tono malicioso de Malfoy hizo que Harry perdiera por completo los estribos y, esa vez sí, golpeó el rostro del rubio con toda su fuerza, haciéndole caer al suelo con el labio ensangrentado. Después, echó mano de su varita pero por una vez Draco fue más rápido; ya estaba harto de que todo el mundo lo tratara como si fuera un saco de boxeo, así que se le olvidó su período de prueba y todo lo demás.

-"Expeliarmus"

El hechizo pilló desprevenido a Harry, que salió volando un par de metros hasta toparse de espaldas contra una pared; cayó al suelo rojo de ira y alzó su varita contra Draco, que ya se había puesto en guardia. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto durante un duelo mágico y no le importaba estar en mitad de un pasillo, rodeado de compañeros y atacando a "El-Niño-Que-Vivió-Y-Venció". Lo único que quería esa mañana era derrotar a Potter, ganar algo después de una temporada vivida en medio de estrepitosos fracasos.

-¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?

La profesora McGonagall acababa de interrumpir el duelo; miró a Harry, que seguía tirado en el suelo, y luego a Draco, que mantenía la varita el alto, con el labio sangrando y los ojos repletos de furia.

-Estábamos intercambiando opiniones, profesora –Dijo Draco arrastrando las palabras mientras se limpiaba la sangre con el puño de su túnica.

-Ya veo –Minerva McGonagall se interpuso entre los dos y ayudó a Harry a levantarse –Diez puntos menos para Gryffindor y para Slytherin. Señor Malfoy, vaya a la enfermería y después preséntese en el despacho del profesor Snape. Señor Potter, entre a clase; más tarde hablaremos.

Los dos chicos obedecieron de forma inmediata; Draco recuperó todas sus cosas y se dirigió a la enfermería arrastrando los pies. Al menos la profesora McGonagall había sido justa, pero no quería ni imaginarse las cosas que le diría su padrino cuando se enterara de lo estúpido que había sido. Si al menos Potter no insistiera en pelearse con él cada vez que tenía oportunidad; y todo por culpa de esa Weasley. ¿Qué demonios pretendía con su actitud, por Merlín? En seis años no había demostrado ningún interés por él y ahora quería hacerse su amiga. Eso era totalmente irreal, se mirara por donde se mirara.

OooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooO OooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOo

-¡Brrrrr! ¡Brrrrrrr! ¡Brrrrrrr!

Adrien daba vueltas por el despacho de Albus Dumbledore, subido en su escoba voladora pero sin elevarse en el aire. Tanto él como "Oso" llevaban puestas sus respectivas gafas de aviador mientras revoloteaban por todos los rincones, fingiendo que volaban. Adrien imitaba el ruido de un motor y Albus alzaba la cabeza de cuando en cuando, sonriendo con aire divertido; el anciano tenía que solucionar unos cuantos asuntos relacionados con la admisión de alumnos en Hogwarts y Adrien esperaba impaciente a que terminara. El abuelo le prometió que ese día irían a buscar a Hagrid para que lo llevara al campo de quiddich y lo ayudara con su escoba y el niño era incapaz de estarse quieto a causa de la ansiedad.

-¡Brrrrr! –Adrien se acercó a la mesa de su abuelo y se quedó parado, observándolo detenidamente y alzando la cabeza para curiosear entre sus pergaminos -¿Qué haces, abuelo?

-Estoy rellenando un informe –Albus siempre era paciente con él, más aún que su padre, y eso que Severus no solía perder los nervios con el niño –Es un trabajo aburrido pero necesario.

-Y, ¿Te queda mucho?

-Un ratito –Albus entendía que el niño se aburría, pero a esas horas no podía dejarlo con nadie; bueno, podría quedarse con madame Pince, pero Adrien estaba demasiado nervioso como para quedarse quietecito y callado en la biblioteca. El brujo alzó la cabeza y miró a su fénix; una gran idea pasó por su cabeza -¿Por qué no le das de comer a Fawkes? Creo que ya es hora.

-¡Vale!

Adrien soltó su escoba, colocó con cuidado a "Oso" en una silla y correteó hasta un pequeño armario colocado justo frente al soporte que utilizaba el fénix. Había observado a su abuelo mucho durante esos días y sabía perfectamente que allí estaba la comida que necesitaba ese bonito pájaro. Abrió las portezuelas de madera y sacó una caja de galletitas de jengibre con semillas de mandrágora, la comida favorita (y extraña) del espléndido fénix.

-Mira, Fawkes –Adrien se acercó al ave y le mostró tentadoramente una galleta; el animal agitó la cabeza alegremente y revoloteó hasta colocarse frente a Adrien, que se sentó en el suelo y empezó a acariciarle las plumas mientras le daba de comer –Tenías mucha hambre, ¿verdad? –El fénix soltó un suave graznido a modo de respuesta –Eres un pájaro muy bueno, ¿Sabes? No como "Athos", que sigue marcando su territorio y se busca la comida él solito –El fénix agitó la cabeza como si entendiera a Adrien y Albus Dumbledore sonrió desde su mesa –El abuelo me ha explicado que cuando te hagas viejo estallarás en llamas y te quemarás, pero no tienes que tener miedo, luego renacerás de tus cenizas –Fawkes picoteó juguetón la mano de Adrien, que rió nerviosamente –"Athos" no podrá hacer eso. El abuelo dice que las águilas mágicas pueden llegar a vivir hasta veinte años, dependiendo de su poder; a mí me gustaría que "Athos" viviera todo ese tiempo o que pudiera hacer lo mismo que tú. Será muy triste cuando "Athos" se muera –Adrien miró de reojo a su abuelo y le habló con calidez –Es una suerte que Fawkes no se muera para siempre; así nunca te abandonará, abuelito.

-Sí, es una suerte. Fawkes es un buen compañero.

-Y, ¿Desde cuándo lo tienes? –preguntó curioso el niño, partiendo una galleta para que Fawkes pudiera comérsela con más facilidad.

-Desde hace muchos años –Albus aparcó su informe durante unos minutos –Mi padre me lo regaló cuando me gradué en Hogwarts, a los diecisiete años.

-¡Oh! Tiene que hacer mucho tiempo de eso. Porque, abuelo, tú ya eres muy viejo...

-Sí, Adrien, hace muchos años –Albus miró a su mascota y sonrió con aire melancólico –Cuando me lo dieron, Fawkes era un polluelo que acababa de salir del huevo; juntos hemos pasado muchas cosas y espero que todavía nos queden algunas aventuras por vivir.

Adrien notó algo extraño en el tono de su abuelo, como si se hubiera puesto triste de repente, pero era demasiado pequeño para entender, así que siguió con sus preguntas.

-¿Y es fácil tener un fénix? Yo he visto muchas lechuzas, pero sólo este fénix...

-No son criaturas mágicas demasiado comunes, Adrien. Las fénix hembras sólo ponen un huevo a lo largo de su vida y no siempre nace un polluelo, así que no hay muchos fénix por ahí.

-¡Oh! –Adrien partió otra galletita; Fawkes le había tenido que llamar la atención porque se quedó distraído, pensando en los pocos polluelos de fénix que había –Entonces tu papá tuvo que buscar mucho hasta encontrar uno, ¿verdad? Debió quererte mucho para hacerte un regalo tan bonito...

-Mi padre era un hombre muy cabezota –Albus esbozó una media sonrisa –Se empeñó en que sus hijos debían tener como mascotas criaturas exóticas y consiguió un fénix para mí y un aethonan para mi hermano Aberfoth. Debo decir que llamábamos bastante la atención.

-¡Oh! Y, abuelo, ¿Qué es un aethonan?

-Es un hermoso caballo alado pardo, muy popular en Irlanda y el Reino Unido –Albus dejó definitivamente su informe –Y debo decir que le fue realmente leal a mi hermano hasta que murió. Era un animal muy noble.

-¿Tú tienes hermanos, abuelo? –Adrien se puso de rodillas, sin dejar de acariciar a Fawkes.

-Un hermano más pequeño que yo, sí. Quizás algún día puedas conocerle. Mi padre solía decir que nos parecíamos mucho.

Adrien alzó las cejas; no se había imaginado que su abuelo pudiera tener un hermano, pero si de verdad se parecía tanto a Dumbledore como el anciano afirmaba, tenía que ser muy divertido estar con los dos al mismo tiempo.

-¿Quieres que vayamos a buscar a Hagrid? –Albus se puso en pie y le tendió la mano al niño. Fawkes voló hasta su soporte y se quedó muy quieto, agradecido con Adrien porque lo había alimentado.

-¡Sí! Tengo muchas ganas de volar otra vez.

-Pues no esperemos más tiempo, ¿De acuerdo?

OooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooO OooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOo

Draco llegó a la enfermería de muy mal humor; el labio no dejaba de sangrar y el joven lamentaba que su duelo con Potter hubiera sido tan bruscamente interrumpido. Sabía de sobra que se había comportado de forma estúpida y que podría tener problemas, pero lo había disfrutado; cuando sintió su varita vibrar entre sus dedos al tiempo que le lanzaba una maldición a ese Gryffindor... esa sensación de poder, de control sobre los demás era algo que nunca dejaría de gustarle, una de las pocas cosas que le habían satisfecho en su etapa de mortífago. Por supuesto, la maldición utilizada contra Potter había sido del todo inofensiva, pero aún así se había deleitado como si se tratara de un cruel "cruciatus"; para Draco, el saberse victorioso por una vez era más importante que todo lo que le rodeaba.

Draco entró en la amplia estancia de paredes blancas esperando encontrarse a madame Pomfrey sola. Durante el primer día de curso no solía haber muchos accidentes en el colegio, así que el joven suponía que él era el único imbécil herido, por eso le sorprendió ver a Tonks tumbada en una camilla; sabía que su prima había ido hasta allí para acompañar a Remus, pero no que estuviera enferma y, muy a su pesar, se sintió un poco preocupado. Tonks, que esa mañana tenía un aspecto bastante serio, con el pelo castaño claro cortado por encima de los hombros y los ojos marrones oscuros, giró la cabeza para mirarlo y Draco supo que no le ocurría nada malo; esa sonrisa de felicidad y ese brillo en la mirada sólo podía significar que estaba contenta.

En un principio Draco se planteó la posibilidad de ignorar su presencia pero, entonces Tonks, que había visto su labio partido, estiró un brazo y le indicó con un gesto que se acercara. Y Draco obedeció, a regañadientes pero lo hizo, consciente de que mostrarse insolente no le convenía en absoluto dadas las circunstancias.

-¿Qué te ha pasado? –Preguntó la joven, analizando desde la distancia el labio de Draco -¿Te has vuelto a pelear?

El rubio se limitó a soltar un bufido; Tonks frunció el ceño como si fuera a regañarle, pero debió pensárselo mejor, pues esbozó una sonrisa plagada de dulzura y no hizo ningún comentario al respecto. Seguramente habría un par de personas dispuestas a recriminar el comportamiento de ese chico y ella podía permitirse el lujo de quedarse fuera; tampoco era cuestión de atormentar a su primo todo el tiempo.

-Madame Pomfrey está en su despacho, enseguida viene.

Draco afirmó con la cabeza sin decir nada; se quedó parado a un par de metros de la cama de Tonks, mirándose distraídamente las puntas de los pies y tocándose la herida del labio de cuando en cuando. Evidentemente no estaba cómodo en esa situación; de hecho, el joven hubiera preferido estar ante Severus Snape, soportando su eterno discurso, antes de estar tan cerca de Nymphadora, sin saber si sería o no sería correcto preguntarle el motivo de su estancia en la enfermería del colegio.

-¡Oh, querida! –La voz agitada de madame Pomfrey hizo que los dos primos posaran su mirada en la enfermera, que acababa de salir de su despacho con una gran sonrisa en el rostro y un trozo de alguna clase de pergamino extraño agarrado con suavidad con la yema de los dedos pulgar e índice -¡Enhorabuena, querida! ¡Qué grandiosa noticia, Tonks! Debemos avisar al profesor Lupin cuanto antes...

Poppy se quedó callada de pronto, en cuanto vio a Draco Malfoy en mitad de su enfermería; el chico la miraba sin entender muy bien lo que pasaba y Tonks, simplemente, parecía estar en una nube, a juzgar por el rostro de extrema felicidad que tenía. De hecho, se había levantado de la cama y pasó junto a Draco prácticamente corriendo, arrebatándole el pergamino a madame Pomfrey y admirándolo con una esplendora sonrisa en el rostro.

-¡Oh, por las barbas de Merlín! –Exclamó la bruja, al borde de las lágrimas -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! –Soltó una carcajada y, de pronto, Draco sintió que alguien lo abrazaba. El joven intentó soltarse, pero Tonks era demasiado fuerte para él y no parecía importarle que se sintiera incómodo; afortunadamente la metamorfomaga estaba muy emocionada y no tardó en arrojarse al cuello de madame Pomfrey, que sonrió contenta y le dio un par de golpecitos en el hombro a la joven -¡Remus! –Tonks dio un salto, sosteniendo el pergamino como si fuera un gran tesoro, y empezó a dar vueltas por la estancia –Tengo que hablar con Remus... ¡Oh, por Merlín!

-Lo haré venir, querida –Madame Pomfrey sonrió con indulgencia e hizo tomar asiento a la joven en la cama que antes ocupara –Pero no te alteres, Tonks. A partir de ahora tendrás que cuidarte más que nunca. Creo que te recomendaré un buen medimago en San Mungo...

-¡Oh, pero yo prefiero que sea usted quien se encargue de todo! –Interrumpió Tonks intentando levantarse de nuevo -¡Oh, por Merlín! Creo que tendré que llamar a mis padres... A papá seguro que le da un infarto; usted ya sabe como se ha puesto con el tema del matrimonio...

-¡Oh, sí! –Poppy hizo una mueca –Recuerdo al bueno de Ted en sus años de estudiante... Pasaba más días en la enfermería que fuera de ella; era muy torpe...

-Sí –Tonks sonrió –He heredado eso de él...

-Y siempre andaba en peleas con los Slytherin, especialmente con...

Madame Pomfrey se quedó callada de pronto y miró a Draco, que observaba a las dos mujeres con expectación; no entendía demasiado bien a qué se debía toda aquella alegría, pero estaba claro que las brujas se habían olvidado de su presencia durante un par de minutos.

-Señor Malfoy, ¿qué hace aquí? –Gruñó Poppy, como si le molestara ver al joven.

-La profesora McGonagall me ha enviado –Draco se encogió de hombros, dejando al descubierto su labio partido.

-¡Oh, claro! –la enfermera se acercó a él, agitó su varita una vez y, un segundo después, Draco estaba curado y su rostro limpio de los feos moratones que tenía desde que se peleó con Weasley; seguro que no era intención de la profesora de Transformaciones que le sanara todos los golpes, así que Malfoy se sintió alegre, casi victorioso –Ya está todo, señor Malfoy, ¿podría avisar al profesor Lupin?

-Pero, debe estar en clase...

-Dígale que es muy importante.

Y, dicho eso, e ignorando a Draco, la enfermera retomó su conversación con Tonks; el chico agitó un momento la cabeza y salió de la enfermería un tanto frustrado porque no se había enterado de nada de lo ocurrido. Consciente de que no podía perder el tiempo lamentándose si no quería faltar a un par de clases más esa mañana, aceleró el paso y llegó al aula del profesor Lupin, interrumpiendo una clase con alumnos de quinto año de Griffindor y Hufflepuff. Remus pareció sorprendido al verlo allí, pero no enfadado, y cuando le dijo que madame Pomfrey y Tonks lo esperaban en la enfermería, también sonrió como un tonto y dejó la clase de forma un tanto precipitada; de hecho, los alumnos no terminaron de entender por qué su profesor se iba tan deprisa y sin explicaciones. Miraron a Draco como si él pudiera decirles algo, pero el rubio se limitó a encogerse de hombros y marcharse sin decir una palabra.

Llegó a las mazmorras cuando faltaban diez minutos para el final de la primera clase del día; sabía que a su padrino no se tomaría tan bien como Remus Lupin que lo interrumpieran, así que se quedó en el pasillo con aire aburrido, esperando el momento de hablar con el profesor Snape. A esas alturas era muy posible que McGonagall le hubiera enviado un mensaje explicándole lo ocurrido con Potter esa mañana y, aunque él no había empezado la pelea, su padrino no lo vería así; volvería a poner el grito en el cielo y, si a eso sumaban su combate de boxeo con Weasley en el tren y su enfrentamiento con el mismo Potter frente al aula de Pociones, las cosas no pintaban nada bien para él.

Draco contó los minutos hasta que la puerta se abrió y empezaron a salir alumnos de primer año de Hufflepuff y Ravenclaw; parecían bastante nerviosos y asustados, el resultado más común después de una clase con Severus Snape. Draco sonrió un segundo al ver a todos esos niños temblorosos, pero esa sonrisa se le borró de un plumazo cuando vio a su padrino a su lado, con los brazos cruzados y golpeando el suelo con la punta del pie. Más que enfadado parecía decepcionado y Draco temió que todo fuera a ser mucho peor de lo que él imaginaba. Severus miró el rostro del chico un segundo y luego chasqueó la lengua, haciéndose a un lado para dejarle pasar.

-Yo no te hubiera curado el labio tan pronto, Draco –Dijo, cerrando la puerta y caminando hasta su escritorio; Draco se colocó frente a él, sin decir nada –No sé de que forma hacerte entender que no puedes permitirte peleas "en público" –Y le dio a esas dos palabras una entonación especial –Cualquiera de los chicos que te han visto atacar a Potter esta mañana podría hablar con sus padres y, si a alguno le da por avisar al Ministerio, ni el mismísimo Dumbledore podrá salvarte de Azkabán.

-Pero, Potter me atacó –Se excusó Draco –Me empujó y me dio un puñetazo, yo sólo me defendía...

-Sí, Draco –Severus chasqueó la lengua –Explícale eso a los funcionarios del Ministerio; diles que te defendías y entonces ellos –y, repentinamente, el hombre se levantó, cogió el brazo izquierdo del chico y dejó al descubierto el último resto de su unión con los mortífagos –Verán esto y les dará igual si fuiste provocado o no.

Draco bajó la mirada y se libró de las manos de su padrino bruscamente; Severus se sentó de nuevo y suavizó su expresión, comprendiendo que para un chico tan orgulloso como ese que tenía delante no sería fácil afrontar la vida que le esperaba, una vida similar a la que él tenía... ¡No! Una vida similar a la que tuvo antes de que llegara Adrien.

-Nadie dijo que fuera a ser fácil –Comentó el hombre, negando con la cabeza –Tienes que mantenerte alejado de Potter y de todo aquel que te pueda causar problemas...

-¿Crees que no lo intento? –musitó, impotente, sintiéndose como si volviera a ser un niño, un niño atrapado –No sé qué rayos le pasa a Potter, pero es él quién busca pelea...

-Dumbledore se encargará de Potter; tú limítate a hacer lo que te digo –Draco suspiró; parecía derrotado y a Severus no le gustaba verlo así –Cuando termine Hogwarts las cosas mejorarán, ya lo verás.

Draco no dijo nada porque realmente no había mucho más que añadir. Al parecer Severus se había levantado con buen pie y no le dio por gritarle como él esperaba que hiciera. Todo parecía indicar que la conversación ya había terminado, pero Draco no quería irse de allí; no era fácil la vida en Hogwarts; sólo llevaba un par de días en el castillo, pero ya había notado las miradas hostiles posadas en él y estaba empezando a cansarse. En ese aula, en compañía de Severus, podía sentirse tranquilo, casi protegido, y por eso deseaba retrasar el momento de partir; él también necesitaba tener momentos de calma.

-El otro día se me olvidó decirte que Adrien me hizo un dibujo –Dijo casi en un susurro y, cuando Severus lo miró, vio aquel brillo extraño en sus ojos, el mismo que tenía el día en que Draco conoció a Adrien en el Caldero Chorreante –Hemos hablado un par de veces... Dice que soy su... primo...

-Sí –Severus sonrió y miró uno de los cajones de su escritorio, el mismo en el que guardaba uno de los muchos dibujos que su hijo le hacía y que abría de cuando en cuando durante las clases para relajarse –Al parecer le ha dado por buscar parentescos con toda la gente que conoce... De todas formas, si no te gusta que te llame "primo" hablaré con él...

-¡No! –Draco pareció sobresaltado al escuchar aquello y Severus alzó una ceja; Adrien era una de las pocas personas que le mostraba un poco de afecto. Claro que no le importaba que le dijera "primo", ni siquiera en público –No hace falta, déjalo... No le digas nada.

-Está bien –Severus se levantó y fue hasta la puerta –Quizás podamos hablar en otro momento, pero tengo a un montón de mocosos de tercer año esperando ahí fuera y tú clase de Defensa...

-¡Oh, no creo que tenga clase! –Draco agitó la cabeza y se dirigió a la salida –El profesor Lupin está en la enfermería; al parecer le pasa algo a Tonks, pero no es grave... De hecho, se le veía muy contenta...

-¿En serio? –Severus entornó los ojos, imaginándose lo que ocurría; sabía que un par de días antes Tonks se había hecho unas pruebas para saber si estaba embarazada, sabía que los resultados los recibiría esa mañana, así que debía ser eso. Remus se iba a poner insoportable con el tema de los niños y el hombre se imaginaba a sí mismo como confidente y no le hacía gracia.

-Creo que iré al campo de quiddich a volar un rato –Draco estiró los brazos y salió de la clase –Procuraré no encontrarme con Potter.

Severus inclinó la cabeza pero no dijo nada; sabía que Draco se estaba esforzando, pero Harry no le ponía las cosas fáciles, y eso le molestaba. Últimamente Potter estaba peor que nunca, acosando a Draco, mirando de mala manera a Adrien y mostrándose arrogante ante él, y Severus anhelaba que surgiera la más mínima oportunidad para cobrarse todo eso de una vez.

OooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOo

Hagrid tenía la mañana libre; ese curso la profesora McGonagall había adaptado sus horarios de tal forma que el semi-gigante podía disfrutar de un par de mañanas sin dar clase para ir a cuidar a su hermano Grawp y el brujo se dirigía al Bosque Prohibido con su ballesta en la mano cuando escuchó una vocecilla que lo llamaba en la distancia. Al girar la cabeza distinguió la figura de Albus Dumbledore junto a su cabaña y a Adrien corriendo hacia él, escoba voladora y "Oso" en mano. Hagrid sonrió y, olvidándose momentáneamente de Grawp, se acercó al niño, alzándolo en el aire con suma facilidad y dejando que Adrien le diera una buena ración de besos en las mejillas antes de colocarlo en el suelo de nuevo y echar a andar en dirección a Albus.

-¡Mira, Hagrid! –Empezó a decir el pequeño, mostrándole su escoba -¡Es la que tú me regalaste! Es muy bonita y me gusta mucho. Gracias por comprármela.

-De nada, enano –Hagrid colocó su manaza en la cabeza del niño, que perdió la visión momentáneamente y sonrió con alegría –Pero, ¿Has aprendido ya a volar?

-Sólo un poco... Me gustaría que tú me enseñaras... ¿Puedes?

Hagrid hubiera sacado tiempo de cualquier sitio con sólo ver la carita de cachorrito que puso Adrien; el pucherito era realmente encantador y el semi-gigante se alegró de que Minerva se hubiera mostrado complaciente con él cuando le pidió tiempo para visitar a Grawp. Por supuesto, debía aprovechar la mañana precisamente para eso, pero estaba seguro de que a su hermano no le importaría demasiado verlo o no; últimamente no le hacía demasiado caso durante sus visitas. Al parecer andaba en romance con una giganta del clan que Dumbledore acogió en el Bosque Prohibido después de la guerra y Hagrid era algo secundario, así que el brujo sonrió abiertamente y decidió que Adrien era mejor compañía que un gigantón bobo y brusco como su hermano. Más tarde iría a visitarlo, pero por el momento, podría complacer a aquel niño.

-¡Claro que puedo! –Dijo, alzando de nuevo a Adrien y sentándolo sobre su hombro –Iremos al campo de quiddich; allí hay mucho espacio y aprenderás deprisa.

-¡Sí! –Adrien dio una palmadita y miró a su abuelo, que ya estaba junto a ellos -¡Hagrid me va a enseñar a volar, abuelo! ¡En el campo de quiddich!

-Eso está muy bien, Adrien, pero antes debes comer algo –Albus le tendió los brazos y el niño se le abrazó –Mientras desayunas, Hagrid puede ir a preparar todo, ¿Qué te parece?

-¡Bien!

La verdad es que Adrien tenía un poco de hambre, así que aceptó encantado la invitación de su abuelo; además a esas horas no habría mucha gente en el Gran Comedor y el niño podría comer tranquilo sin que todos esos chicos lo miraran raro y cuchichearan entre ellos. Aunque no dijera nada, Adrien se había dado cuenta de que llamaba mucho la atención de todo el mundo y se sentía muy raro; quizás le pudiera preguntar a su papá, pero tampoco esperaba que él le pudiera decir más de lo que ya le había dicho: que a todos les extrañaba que fuera hijo de su padre.

Así pues, diez minutos después Adrien devoraba un gran trozo de tarta de chocolate. Seguramente su padre le regañaría después, pero esa mañana no se pudo resistir a los dulces e ignoró los cereales y las tostadas; lo que no pudo dejar a parte fue su zumo de naranja, que desapareció del vaso en cuestión de segundos. Albus lo miraba desayunar con una sonrisa; cualquiera diría viendo a un niño tan flacucho que fuera capaz de comer tanto y en tan poco tiempo. Severus no podía tener queja en ese sentido y seguramente Adrien crecería siendo delgado, pero muy sano.

Por otro lado, Dumbledore esperaba que el Gran Comedor estuviera vacío, pero había algunos chicos de séptimo curso por allí, los que tenían clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Seguramente Remus estaba en la enfermería y el anciano sonrió, contento ante la perspectiva de poder adoptar un nuevo nietecillo. Albus localizó a Harry sentado en su sitio habitual, mareando sus huevos con bacon y el anciano lamentó verlo tan triste; estaba obsesionado con traer de vuelta a Sirius Black y parecía haber perdido su camino. No se dejaba ayudar por nadie y Dumbledore ya no sabía qué hacer con él, por eso le permitía ir a su aire, aunque tendría que imponerle ciertos límites. Después de todo, Harry no podía pasarse la vida buscando pelea.

-Abuelo –Albus sintió que alguien tiraba de su túnica y vio a Adrien mirándole con el ceño fruncido -¿Tú crees que Harry Potter está enfadado conmigo?

A Dumbledore aquella pregunta le sorprendió; al mirar a Adrien le pareció que el niño había crecido mucho en muy poco tiempo y no supo muy bien qué responder. Había notado a Harry muy frío con el pequeño, pero no esperaba que Adrien se hubiera dado cuenta de ello, ni mucho menos que fuera a preguntarle sobre ese tema.

-Yo... No lo sé, ¿Por qué lo preguntas?

-Pues porque hace un tiempo Harry me enseñó a volar y fue muy simpático conmigo pero ahora –Y Adrien miró al joven Potter con tristeza, como si se sintiera culpable por algo –No me habla si le saludo; si estoy con mi papá ni me mira y creo que le he hecho algo malo, pero no sé qué...

-Tú no has hecho nada malo, Adrien –Albus le acarició el cabello, apenado por la actitud del niño –Algunas veces los mayores nos portamos como tontos, pero estoy seguro de que Harry no está enfadado contigo –O eso quería creer el anciano -¿Por qué no vas y lo invitas a volar contigo? Seguro que te dice que sí.

Era un riesgo; Albus lo sabía, pero se negaba a creer que Harry pudiera rechazar el ofrecimiento de Adrien ese día. Si algo sabía del chico era que tenía buen corazón y no podría resistirse al ver a Adrien con su escoba y sus gafas de aviador.

El niño pareció dudar un segundo, pero luego esbozó una sonrisa y se levantó de la silla; si su abuelo decía que Harry Potter no estaba enfadado con él debía ser cierto, así que caminó con paso decidido hacia ese chico con gafas y de aspecto triste y se quedó quieto a su lado, como ya hiciera unos días antes al ir a saludar a su primo Draco. Harry, que no dejaba de darle vueltas a la pelea de esa mañana y la posterior regañina de McGonagall, giró la cabeza sobresaltado y se encontró con Adrien.

El sentimiento fue contradictorio: por un lado le enterneció ver a ese niño con el aspecto que tenía y, por el otro, sentía desprecio por él, por el hijo de Severus Snape. Adrien le sonreía dulcemente y sostenía aquella pequeña escoba voladora con la que Harry ya le había dado una lección de vuelo; desde la mesa de profesores Albus Dumbledore observaba la escena expectante, confiando en el joven Potter, sin poder imaginarse lo que iba a ocurrir a continuación.

-Hola, Harry –saludó Adrien con timidez, agitando una manita y bajando un poco la cabeza, un tanto temeroso.

Harry se limitó a gruñir; no le gustaba tener a ese niño tan cerca, pero tampoco le pareció correcto hablarle de mala manera, así que pinchó con furia un trozo de bacon y se lo llevó a la boca mientras Adrien se quedaba quieto a su lado, mirándolo comer sin saber muy bien a qué atenerse. No le había gustado que Harry no le respondiera, pero supuso que era por el desayuno; después de todo, uno no podía hablar si tenía la boca llena de comida.

-¿No tienes que ir a estudiar? –Preguntó el niño casi en un susurro, acercándose un poco más a Harry, que se limitó a mirarlo de reojo –Yo voy a ir a volar con mi escoba –Y se la mostró a Harry, sintiéndose cada vez un poco peor; tenía ganas de salir corriendo de allí, pero al mirar a su abuelo, que no podía oír nada, y verlo sonreír, supuso que todo podría salir bien –Hagrid me llevará al campo de quiddich... Si no tienes que estudiar, a lo mejor me podrías seguir... enseñando...

Harry dejó el tenedor sobre el plato y suspiró profundamente; se encaró con Adrien lentamente, cansado de que nadie lo dejara en paz, y colocó sus manos en los hombros del niño, que se quedó quieto, recuperando un poco la sonrisa. Harry no quería ser desagradable, pero al mirar a ese mocoso fijamente se dio cuenta de lo mucho que se parecía a su padre y no pudo evitarlo; recordó la muerte de sus padres, la de Sirius, las de todos los demás que cayeron durante la guerra y odió más que nunca a Severus Snape. Posiblemente ese niño no tenía la culpa de nada, pero Harry sabía que si lo hería a él, su padre sufriría; era injusto y cruel, pero esa mañana no pudo reprimirse, no después de su pelea con Draco Malfoy.

-Escúchame, pequeña serpiente –Dijo despectivamente y sintió como el niño se encogía bajo sus manos, retrocediendo instintivamente –No voy a ir a ningún sitio contigo; no quiero que me mires ni me saludes, ¿Entiendes? No quiero tener nada que ver con el maldito apellido Snape.

Y, dicho eso, Harry se levantó, cogió su mochila y se marchó del Gran Comedor sin mirar atrás; sabía que si lo hacía se arrepentiría de todo lo que acababa de decir, así que aceleró el paso para huir de allí. No vio a Adrien agachar la cabeza, no vio la escobita escurrirse entre sus pequeños dedos y no escuchó su sollozo amargo. Adrien no entendía lo que pasaba; nunca antes le habían hablado de esa forma, nunca lo habían mirado con tanto desprecio y el niño estaba seguro de que había hecho algo malo, algo que no podía solucionar porque no terminaba de entenderlo. Estaba a punto de llorar cuando sintió que alguien lo cogía por los brazos, esa vez con mucha más suavidad...

Draco Malfoy sí que lo había visto agachar la cabeza; escuchó perfectamente la frase despectiva de Potter y quiso partirle el cuello cuando casi se chocan en la puerta del Gran Comedor, pero se contuvo. El rubio vio a Albus Dumbledore levantándose de su silla en la mesa de los profesores con semblante alarmado; posiblemente el anciano se disponía a consolar a Adrien, pero el Slytherin hizo un leve gesto y se acercó al pequeño, agachándose a su lado y cogiéndole por los brazos. No es que le gustaran demasiado los niños, pero desde el principio había sentido que tenía una unión especial con ese mocoso en particular, quizás por ser el hijo de su padrino, y no podía soportar verlo en aquel estado, así que estaba dispuesto a consolarle.

-¿Ibas a volar, Adrien? –Preguntó alegremente, como si lo ocurrido con Potter no hubiera tenido lugar; el niño alzó la mirada, claramente abatido, y sorbió por la nariz, limpiándose una lágrima solitaria que rodaba por su mejilla –Yo estaba buscando a un profesor para que me presten una escoba –Adrien terminó de levantar la cabeza, un poco más tranquilo –Y después iré al campo de quiddich; hace mucho que no practico, pero no solía ser malo... ¿Te gustaría venir conmigo? –Adrien abrió mucho los ojos y el rubio se pasó la mano por el cabello –Odio volar solo...

-¿De verdad no te importa? –Dijo el pequeño con voz chillona.

-¡Claro que no! Pero será mejor que nos demos prisa o nos quedaremos sin prisa.

Draco se levantó y Adrien se aferró a su mano sonriendo de nuevo; quizás más tarde alguien pudiera explicarle porqué Harry Potter había sido tan malo con él, pero por el momento se conformaría con ir a jugar con su primo Draco. Quería volar esa mañana y lo haría, acompañado además.

Desde la mesa de profesores, Albus Dumbledore sonrió aliviado; le hizo un gesto a Draco para permitirle llevarse a Adrien y le indicó que Hagrid le prestaría una escoba. Le sorprendió la actitud de Harry y por un segundo temió que Adrien terminara herido, pero las cosas no salieron tan mal después de todo; lo que debía hacer ahora el viejo director era hablar largo y tendido con Harry Potter. No podía retrasar más ese momento.

Y en el próximo capítulo, todavía sin título... (no me pidáis más, por lo menos actualizo XD)

-¡Oh, aquí estás, Harry!

El joven alzó la cabeza y vio a Albus Dumbledore en pie, a un par de pasos de distancia; se levantó de forma inmediata y encaró al director, que no sonreía afablemente como era su costumbre. Estaba muy serio y Harry sabía que no había ido hasta allí para darle una palmadita en el hombro; el anciano mago estaba realmente encariñado con Adrien y seguramente venía para hacerle algún reclamo; por supuesto Harry iba a aceptar su culpa y a rezar porque Snape no se tomara demasiado mal la ofensa si quería aprobar Pociones antes de que el brujo decidiera jubilarse. Albus parpadeó un par de veces, miró a su alrededor y colocó sus manos en la espalda, sin encararse directamente con Harry, como si estuviera seleccionando sus palabras con sumo cuidado.

-Creo que tenemos que hablar muy seriamente, Harry –Dijo finalmente, apoyándose en el hombro del chico –Últimamente no eres el mismo de siempre y necesito saber qué te ocurre.

-Yo... –Harry carraspeó, nervioso, y temió que Albus fuera a someterle a un interrogatorio –Siento lo que ha pasado con ese niño, señor... No debí hablarle así...

-No te preocupes por Adrien –Albus sonrió y el chico se sintió un poco más relajado –Los niños tienen una maravillosa capacidad para superar los malos tragos y Adrien, aunque tiene un buen puñado de dudas por resolver, se encuentra perfectamente –Albus alzó una ceja, malicioso, para dar más efecto a las palabras siguientes –El señor Malfoy se ha ofrecido a acompañarle en sus prácticas de vuelo y ahora mismo están en el campo de quiddich.

-¡Oh! Bien...