CAPÍTULO 24. Volando alto
Harry había ido a los invernaderos. Necesitaba encontrar un buen lugar para estar solo y meditar sobre lo que había ocurrido en el Gran Comedor y terminó allí, sentado en suelo y rodeado de las numerosas clases de plantas que solía cuidar la profesora Sprout.
Desde que terminó la guerra el joven Potter se sentía perdido; al principio fue una sensación vaga, pero conforme pasaban los días, esos sentimientos extraños se iban afianzando en su interior. Toda su vida había tenido que prepararse para vencer a lord Voldemort; desde que cumplió los once años había vivido experiencias emocionantes y peligrosas y, a los quince, cuando supo de la profecía que sellaba su destino, supo que todas sus acciones debían estar encomendadas a cumplir con la misión que las palabras de una adivina le encomendaron. ahora que había cumplido con ese destino, Harry no sabía qué debía hacer, no sabía cómo encauzar su vida.
Quizás por eso había decidido que debía sacar a Sirius Black de detrás del velo; una vocecilla interior no se cansaba de repetirle que eso era imposible, que su padrino había muerto y los muertos nunca regresaban del más allá. Pero Harry no quería escuchar esa voz tan insistente y realista; necesitaba tener una esperanza, algo por lo que seguir luchando, y ese algo era tener a Sirius a su lado otra vez. A ello dedicaba la mayor parte de su tiempo; a eso y a imaginar cómo se tomaría su padrino todas las cosas que habían ocurrido desde su desaparición: la derrota de Voldemort, su noviazgo con Ginny, el compromiso de Remus y Tonks, la aparición del pequeño hijo de Snape...
Harry agitó la cabeza. No quería pensar en él, no quería tener que recordar lo que le había dicho al pobre niño porque se había arrepentido en el mismo instante en que las palabras salieron de su boca. Sólo tenía cuatro años, no era culpable de nada de lo que había ocurrido, ni siquiera entendía el pasado más reciente del mundo mágico, y Harry lo había herido. Durante un breve segundo se había sentido muy bien, mientras tenía las manos en los hombros de Adrien y empezaba a hablar, pero cuando sintió el cuerpecito del pequeño retroceder casi temblando, se arrepintió. Hubiera sido mejor decirle que estaba ocupado y no podía jugar con él; no estaba obligado a tener una relación con el hijo de su profesor más odiado, pero nunca debió hablarle de esa manera, no cuando Adrien no tenía oportunidad alguna de defenderse. De hecho, la única protección que ese pequeño podría encontrar eran sus propias lágrimas y Harry no se quedó el tiempo suficiente para escucharlas; de haberlo hecho, a esas alturas no estaría ahí tirado en el suelo, sino el campo de quiddich, con Adrien. Era curioso que Harry pensara eso después de su comportamiento, pero sabía perfectamente que no hubiera podido aguantar el llanto de Adrien; nunca le había gustado ver llorar a los niños. Jamás le había gustado que humillaran a los más débiles y, aunque le dolía reconocerlo, eso era precisamente lo que Harry había hecho: abusar de la inocencia de un niño pequeño para pagar sus frustraciones, para castigar a un hombre que ni siquiera estaba en el Gran Comedor cuando tuvo lugar aquel incidente.
-¡Oh, aquí estás, Harry!
El joven alzó la cabeza y vio a Albus Dumbledore en pie, a un par de pasos de distancia; se levantó de forma inmediata y encaró al director, que no sonreía afablemente como era su costumbre. Estaba muy serio y Harry sabía que no había ido hasta allí para darle una palmadita en el hombro; el anciano mago estaba realmente encariñado con Adrien y seguramente venía para hacerle algún reclamo; por supuesto Harry iba a aceptar su culpa y a rezar porque Snape no se tomara demasiado mal la ofensa si quería aprobar Pociones antes de que el brujo decidiera jubilarse. Albus parpadeó un par de veces, miró a su alrededor y colocó sus manos en la espalda, sin encararse directamente con Harry, como si estuviera seleccionando sus palabras con sumo cuidado.
-Creo que tenemos que hablar muy seriamente, Harry –Dijo finalmente, apoyándose en el hombro del chico –Últimamente no eres el mismo de siempre y necesito saber qué te ocurre.
-Yo... –Harry carraspeó, nervioso, y temió que Albus fuera a someterle a un interrogatorio –Siento lo que ha pasado con ese niño, señor... No debí hablarle así...
-No te preocupes por Adrien –Albus sonrió y el chico se sintió un poco más relajado –Los niños tienen una maravillosa capacidad para superar los malos tragos y Adrien, aunque tiene un buen puñado de dudas por resolver, se encuentra perfectamente –Albus alzó una ceja, malicioso, para dar más efecto a las palabras siguientes –El señor Malfoy se ha ofrecido a acompañarle en sus prácticas de vuelo y ahora mismo están en el campo de quiddich.
-¡Oh! Bien...
Albus no pudo dejar el tono casi decepcionado de Harry; no es que estuviera celoso ni nada parecido pero, ¿Por qué había tenido que ser precisamente Draco Malfoy el que ocupara su lugar junto a Adrien? Era algo estúpido pensar eso, sobre todo teniendo en cuenta su comportamiento anterior, pero al joven Gryffidor no le agradó aquella información.
-No he venido a hablar de Adrien, aunque voy a pedirte que no vuelvas a comportarte con él como lo has hecho en el Gran Comedor –Harry bajó la mirada; ahí estaba el tan esperado reproche –Es demasiado pequeño para entender esa clase de actitudes y mucho menos para comprender las hostilidades que existen entre tú y su padre –Harry apretó las mandíbulas y Albus lo ignoró, dispuesto a decir todo lo que quería –No te voy a pedir que seas amable o cariñoso con Adrien; entiendo hasta cierto punto que sientas cierto grado de resentimiento hacia él, pero tampoco voy a permitir que vuelvas a hacerle daño, ¿Quedó claro, Harry? –El chico afirmó con la cabeza; realmente no necesitaba que nadie le dijera eso, ya pensaba hacerlo por su cuenta –Severus ha decidido que su hijo debe crecer ajeno a su pasado; espero de ti que entiendas eso.
-Sí, señor –Dijo Harry con voz débil –No volverá a ocurrir, se lo prometo.
Albus se relajó al escuchar eso; el anciano ya sabía que Harry no estaba orgulloso de su acción y algo en su interior le dijo que el chico no había cambiado tanto como él pensaba. Tan solo necesitaba algo de ayuda y él estaba dispuesto a ofrecérsela, si es que Potter quería aceptarla, por supuesto.
-He oído que esta mañana has tenido una nueva pelea con el señor Malfoy –Comentó como si nada, centrando su atención en las plantas que la señora Sprout cuidaba con tanto mimo –De hecho, he oído que tú empezaste esa pelea. ¿Por qué lo has hecho, Harry?
Harry tragó saliva y retrocedió un par de pasos, claramente incomodado por la pregunta de Dumbledore. Los motivos que había tenido para empujar a Malfoy en mitad del pasillo, provocando la reacción hostil del Slytherin, no eran algo que quisiera compartir con nadie más, menos aún con el director. Había estado celoso. Le avergonzaba reconocerlo, pero eso era lo que le ocurría; supuestamente él, el salvador del mundo mágico, podría tener a su lado a cualquier chica que quisiera sin apenas esforzarse, pero Harry quería a Ginny y sentía que su relación se deterioraba a pasos acelerados. Harry entendía que su comportamiento no era el mejor; estaba demasiado ausente, demasiado centrado en sus propios asuntos para prestarle a Ginny toda la atención que ella necesitaba, pero eso no quería decir que ya no le agradara compartir su tiempo con la pelirroja. Durante la guerra lo habían pasado realmente mal al estar separados y, ahora que podían estar juntos, sin preocupaciones, Harry se sentía demasiado raro para comportarse como un novio atento y cariñoso. Cada vez que veía a Ginny hablando con algún chico le hervía la sangre; estaba celoso incluso de Colin Creevey, a pesar de que sabía perfectamente que entre ellos sólo había una bonita amistad. Cada vez que Ginny saludaba a alguno de sus ex-novios sentía deseos de arrancarles la cabeza, pero la cosa empeoraba cuando la veía con Draco Malfoy, quizás porque ya odiaba al Slytherin por motivos ajenos a la joven Weasley.
En cierto modo, Harry entendía que Draco no era el que buscaba los encuentros con su novia; cuando pelearon en el Callejón Diagón, fue Ginny la que se acercó al rubio mientras éste compraba sus libros de texto. De hecho, Draco pareció tan sorprendido como el propio Harry e intentó rehuir a la chica; Harry se sintió furioso y persiguió al Slytherin hasta casi provocar un duelo mágico. Luego, los había visto hablar en los pasillos y, una vez más, fue Ginny la que se acercaba a él; Draco respondía siempre con monosílabos y la rehuía. Harry lo sabía, pero no quería culpar a Ginny; necesitaba creer que Draco era el único responsable de lo que estaba pasando para no tener que sentir que estaba perdiendo a su novia de la misma forma que había perdido todo lo demás...
Ron y Hermione, por ejemplo. ¿Cuánto hacía que no se sentaba a charlar tranquilamente con ellos, como en los viejos tiempos? Desde que hicieron oficial su relación, sus amigos cada vez parecían necesitar más tiempo para estar solos y Harry se sentía aislado y, en cierta forma, apartado de ellos. En más de una ocasión no se había acercado a ellos cuando estaban a solas por temor a interrumpir y hacía semanas que sólo hablaban acerca de cosas triviales; no les había explicado que creía que pronto averiguaría algo muy importante sobre el Velo, no les había hablado de sus problemas con Ginny ni les había confesado que se sentía solo, y eso le frustraba. Ya no eran el "Trío Dorado", ya no eran los amigos inseparables que un día fueron y Harry sabía que ya no lo serían nunca más. En cierta forma era lógico que eso ocurriera; ya no eran unos niños, habían crecido y madurado y pronto tomarían rumbos distintos, pero a Harry le parecía injusto que sus dos mejores amigos fueran a estar juntos para siempre mientras él se quedaba a un lado, solo.
Luego estaba Remus; el licántropo, la última figura paterna que le quedaba, el último amigo de sus padres, su último apoyo incondicional, se alejaba de su lado día a día. Harry entendía que el hombre estaba iniciando una nueva vida y se sentía feliz por él, porque Remus se merecía toda la dicha de la que ahora disfrutaba, pero lo echaba de menos. Apenas hablaban, apenas se veían y, cuando lo hacían, Remus se limitaba a hablar sobre su vida junto a Tonks, compartiendo sus alegrías pero sin escuchar a Harry. Quizás si el chico le dijera cómo se sentía, Lupin lo entendería e intentaría ayudarle, pero Harry no quería amargarle la vida con sus problemas. Posiblemente sería padre muy pronto, se había comprometido con Tonks, tenía un buen trabajo y era respetado por la comunidad mágica y Harry deseaba que todo siguiera estando bien para el último merodeador; él no sería quién le empañara su felicidad, por mucho que necesitara de los consejos del hombre.
Harry miró a Albus Dumbledore; el anciano parecía preocuparse tanto por él como en los viejos tiempos, pero tampoco le dedicaba la misma atención de antes. Ahora tenía otras cosas más "alegres" que hacer; desde que la guerra terminó, el director parecía dispuesto a disfrutar de la vida en paz y su carácter era más despreocupado que nunca, casi como el de un niño. Sin duda Dumbledore también necesitaba de la calma que se había instaurado en su vida y Harry también se había resignado a la lejanía de su mentor. Además, una parte de sí mismo pensaba que Albus Dumbledore ya no se interesaba por él; Voldemort no existía, Harry había cumplido con su misión y lo que le ocurriera después no le importaba a nadie, ni tan siquiera al director de Hogwarts.
-Bueno... –Balbuceó el chico, sintiendo que sus mejillas se encendían por la vergüenza –Malfoy y yo no nos llevamos bien... Ya peleábamos antes y ahora...
-Ambos sabemos que existe otro motivo, Harry –Interrumpió el director con suavidad, colocando una mano en su hombro –Confía en mí, por favor. Quiero ayudarte, pero si no me cuentas lo que te ocurre, no puedo hacer nada.
Harry suspiró y meditó un segundo su respuesta; era la oportunidad idónea para confesar que se sentía inútil, perdido y totalmente prescindible. Era el momento de explicarle al profesor que sentía que su vida ya no tenía ningún sentido, para decirle que no sabía qué hacer con su vida, para contarle que había perdido una buena parte de sus ilusiones anteriores. Debió hablarle de Sirius Black, de lo mucho que lo necesitaba a su lado porque, en cierto modo, su padrino siempre había estado tan solo como él y, juntos, se harían compañía mutuamente, pero Harry se quedó callado; le daba vergüenza hablar de todo ello, así como no creía conveniente decirle a Dumbledore que se peleaba con Draco porque estaba celoso y, además, lo odiaba. Porque Draco había sido un mortífago y ahora estaba en Hogwarts, paseándose por los pasillos como si nada hubiera pasado, disfrutando de una segunda oportunidad que muchos no habían tenido. Tampoco podía decirle al brujo que despreciaba a Severus Snape más que nunca, porque él había sido uno de los causantes de la muerte de sus padres, porque había provocado a Sirius durante meses hasta que el animago terminó muerto, porque seguía siendo profesor cuando debía estar, sino en Azkabán, sí en la calle... Porque Severus Snape ahora era feliz, porque tenía un hijo y la oportunidad que no habían tenido sus padres: él vería crecer a Adrien, podría sentirse orgulloso o decepcionado, podría educarle, quererle y ayudarle a ser un hombre. No, Harry no podría decirle todo aquello, así que se encogió de hombros, metió las manos en los bolsillos y no dijo nada; Dumbledore frunció el ceño y negó levemente con la cabeza, claramente decepcionado. Estaba perdiendo al muchacho y no sabía qué hacer para recuperarle.
-Posiblemente te ofenderá esto que voy a decirte, Harry –Dijo el mago, suspirando –Pero si te niegas a hablar conmigo es necesario que lo sepas –Harry lo miró con interés, pero permaneció callado –Sé que últimamente has buscado más de una pelea con el señor Malfoy y eso no puede seguir así –Harry se tensó y apretó los puños, pero tampoco habló –Draco está en período de prueba; cualquier movimiento en falso que haga puede llegar a oídos del Ministerio de Magia y las consecuencias para él podrían ser muy graves –Albus esperó una reacción, un comentario que no llegó –El señor Malfoy es mayor de edad y podría ir a Azkabán; me consta que se está esforzando por seguir adelante aún cuando lo ha perdido todo. Su padre está en busca y captura y su madre será juzgada próximamente; le han despojado de toda su fortuna y actualmente depende de la... "caridad" de sus tíos, los padres de Tonks –Albus carraspeó; notaba a Harry enfadado y esperaba que el chico se desahogara porque esa actitud sólo le hacía daño –Draco se ha comprometido a no pelear con nadie durante éste curso y espero que no lo busques. Déjalo en paz, Harry.
El muchacho se separó de Dumbledore como si la mano que aún estaba apoyada en su hombro quemara; todo aquello que le estaba diciendo era realmente injusto y, a pesar de que Harry sabía internamente que el director estaba en lo cierto, no pensaba conformarse con tanta facilidad. Se suponía que ahora debía sentar pena por Malfoy porque no tenía a sus padres con él, porque dependía de sus tíos y estaba en la miseria... Pues bien, él había vivido de esa forma durante toda su infancia y Draco no sólo no sintió compasión, sino que convirtió su situación en motivo de burla. ¿Cuántas veces había insultado la memoria de sus padres? ¿Cuántas veces se había reído de él porque estaba obligado a vivir con sus tíos muggles? ¿Cuántas veces había insultado a Ron por ser pobre? Habían sido tantas ofensas que Harry no podía recordarlas todas y ahí estaba Albus Dumbledore, pidiéndole que dejara a Draco Malfoy tranquilo. Su enemigo no merecía estar en Azkabán, Harry lo admitió desde el mismo día en que supo que Dumbledore velaría por el bienestar del rubio, pero tampoco debía estar en Hogwarts como si nada.
-Malfoy no es ningún santo, señor –Bufó el chico a la defensiva –Quizás yo haya empezado un par de peleas, pero él siempre me provoca. Intenta pisotear mi territorio y eso no lo voy a permitir.
-Está bien –Albus carraspeó; no terminaba de entender lo que Harry quería decir y, aunque le hubiera gustado utilizar la Legeremancia con el muchacho, optó por no hacerlo para darle más libertad al Gryffindor, para demostrarle que aún confiaba en él –El señor Malfoy te provoca; me reuniré con él y con el profesor Snape y aclararemos ese asunto. Me comprometo a mantener a Draco lo más alejado de ti que sea posible, pero tú debes prometer que harás lo mismo: no le atacarás en los pasillos, no le insultarás y no le volverás a golpear –Harry carraspeó, incómodo, y se revolvió el pelo –Sobra decir que un duelo mágico podría traer graves consecuencias para los dos, ¿Cierto?
-Claro, señor...
-Bien –Albus sonrió y dirigió sus pasos a la salida –La guerra ha terminado y espero que en Hogwarts pase lo propio. Las generaciones venideras no pueden crecer en mitad del ambiente hostil que últimamente existe entre las casas de Gryffindor y Slytherin. Será bueno que los alumnos de los cursos superiores den ejemplo y, aunque la competencia siempre es positiva, espero que no haya más batallas abiertas entre leones y serpientes –Harry no se movió, entendiendo perfectamente lo que ese hombre quería decir –Si necesitas hablar, ya sabes donde estoy.
El director se marchó dando pasos largos; Harry permaneció en pie unos segundos, pensando en lo ocurrido, y se dejó caer al suelo de nuevo. Aquella conversación sólo había servido para que el joven tomara una decisión en firme: jamás volvería a maltratar a Adrien Bellefort-Snape. Por más que odiara a su padre, por más frustrado que se sintiera, nunca más se aprovecharía de la debilidad del niño para intentar sentirse mejor; realmente le parecía inocente y, además, su comportamiento anterior le recordó al que Severus Snape siempre había tenido hacia él: su profesor de Pociones lo odió desde el primer momento por ser hijo de James Potter y a Harry eso siempre le había parecido injusto. Él no podía odiar ahora a Adrien sólo por ser hijo de quién era; sería igualmente indigno y, además, al muchacho no le hacía gracia tener algo en común con su profesor, así que cambiaría su actitud. No se haría amigo de Adrien, por supuesto, pero tampoco lo convertiría en su enemigo; ignorarlo sería una buena solución, aunque quizás eso ya no fuera necesario: seguramente que Adrien no se volvería a acercar a él después de lo que había ocurrido en el Gran Comedor. Ese niño podría ser muchas cosas, pero no parecía tonto y Harry le dejó las cosas muy claras, quizás demasiado claras.
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Adrien se lo estaba pasando muy bien esa mañana en el Campo de Quiddich. Hacía ya un buen rato que volaba con su escobita infantil y no se sentía cansado ni nada parecido.
Hagrid estaba en un rincón de aquel enorme campo de juego. A Adrien le había parecido un lugar realmente impresionante: las gradas engalanadas con los colores de las cuatro casas de Hogwarts, aquellos aros gigantes que eran utilizados en la práctica de aquel extraño deporte que era el quiddich, el inmenso terreno cubierto de césped verde, blandito y húmedo y, todo el conjunto en general, habían fascinado al pequeño, que durante un par de minutos se había olvidado de que estaba allí para volar y no para contemplarlo todo con los ojos abiertos como platos y la mandíbula cayendo hacia el suelo. Su primo Draco le tuvo que llamar la atención y le ayudó a subirse a su escoba, un poco temeroso por si se caía, pero Adrien, que ya se empezaba a sentir todo un profesional en aquellas lides, se había aferrado al palo de su escoba con fuerza y había conseguido dirigirla hacia el lugar que quería, recordando la clase magistral que le dio Harry Potter. Todavía le entristecía un poco lo ocurrido en el Gran Comedor, pero gracias a Draco y a Hagrid estaba empezando a olvidarse de todo: Draco era casi tan buen profesor como Harry y Hagrid lo animaba desde el suelo, dando sonoras palmadas, soltando unas carcajadas que resonaban en las lejanas montañas y controlando a su perro Fang, que ya había logrado tirar a Adrien de su escoba para darle largas lametadas en la cara que le habían llenado de babas.
-Adrien –Dijo Draco con una sonrisa, descendiendo hasta colocarse al lado del pequeño. El rubio había estado volando muy alto, sintiendo la libertad que siempre le invadía cuando utilizaba una escoba y vigilando atentamente al niño a un mismo tiempo -¿Te gustaría subirte conmigo? Podríamos volar mucho más alto; seguro que te agrada.
A Adrien aquella propuesta le resultó muy tentadora. Volar alto, hasta tocar las nubes con los dedos, ver Hogwarts desde el aire, descender luego muy deprisa... Esas eran cosas que no podía hacer con su escoba para niños y se moría de ganas por subirse a la de Draco, pero se imaginó el rostro de su padre si hacía eso y sintió un leve escalofrío; seguramente que se enojaría mucho con él cuando se enterara y a Adrien eso no le gustaría.
-Mi papá se enfadará –Dijo con tristeza –Él no quería que tuviera una escoba y le da mucho miedo que vuele; si sabe que he volado muy alto, seguro que me quita mi escoba...
-Pero no se va a enterar –Aseguró un Draco malicioso, haciéndole un hueco y tendiéndole una mano –Yo no se lo pienso decir, Hagrid tampoco y tú te quedarás calladito. Será nuestro secreto.
-Pero... Eso sería decir una mentira –Dijo el niño, poco convencido y sin aceptar la mano de Draco –Mi papá me ha dicho muchas veces que no debo mentirle; se enfadará mucho más que si me subo en la escoba.
-Eso no será mentir, Adrien –Explicó Draco, sonando bastante convincente –Simplemente, no le diremos nada a tu padre. –Adrien alzó una ceja, desconfiado –Si tu padre te preguntara: "Adrien, ¿te has subido con Draco en su escoba y habéis volado muy alto?".Y tú le dijeras que no, le estarías mintiendo, pero si él no te pregunta nada, será un secreto entre nosotros y ya está.
Si Severus Snape hubiera escuchado ese razonamiento tan digno de un buen Slytherin, habría pensado que Draco Malfoy no era una buena influencia para su hijo, pero Snape no estaba allí y a Adrien aquello le pareció del todo lógico. Todos los niños tenían algún secreto y ese sería el suyo: volar muy alto en una escoba de verdad. Era casi emocionante pensar en eso y no veía el momento de empezar con todo aquello, pero antes necesitaba la aprobación del tercer hombre que compartiría todo aquello: Rubeus Hagrid.
Por eso no aceptó la mano de Draco aún; hizo virar su escoba con una maestría absolutamente fascinante y surcó el aire a toda velocidad (que no era mucha), hasta llegar al lugar en el que se encontraba un Hagrid expectante. Adrien bajó de su escoba e inmediatamente se encontró con la lengua de Fang lamiendo su cara otra vez; le gustaba ese perro, pero era muy pesado tener que limpiarse sus babas cada vez que se le acercaba.
-¿Ya te has cansado, Adrien? –Preguntó el semi-gigante algo extrañado.
-No... –Adrien agitó la cabeza y miró de reojo a Draco; había notado que a su primo no le hacía mucha gracia estar cerca de Hagrid y por eso no le pidió ayuda, para no hacerle sentir mal –Verás... Es que el primo Draco me ha dicho que si me gustaría subirme con él en su escoba para volar alto, pero sé que mi papá se enfadará conmigo si lo hago. Draco dice que si mi papá no se entera no será como si le mintiera, sino un secreto entre nosotros y he pensado que si tú no le dices nada a mi papá tampoco, podría decirle que sí a Draco –Hagrid pareció dudar; había fruncido al ceño y miraba al rubio Slytherin con reproche. Sin duda esas no eran cosas para enseñar a un niño, pero Adrien parecía tan entusiasmado que él no tuvo corazón para echarle a perder la diversión -¿Lo harás, Hagrid? ¿Compartirás nuestro secreto, por favor?
-No está bien que engañes a tu padre, Adrien...
-¡Pero sólo será una vez! –Adrien se enganchó a la ropa del guardabosques, rompiendo sus últimas defensas -¡Por favor, Hagrid! Sólo una vez, por favor... –El niño sonrió encantadoramente, mostrando todos sus pequeños y blancos dientes de leche –Por favooor...
Hagrid bufó y se pasó la mano por su maraña de pelos con resignación; miró a Draco, que sonreía con suficiencia, y deseó poder arrancarle la cabeza a ese manipulador, y luego se fijó en Adrien, que pestañeaba esperando una respuesta.
-Está bien –Dijo finalmente, arrancándole a Adrien una risotada de alegría –Pero sólo podréis volar sobre el campo de quiddich y no superar la altura de los aros, ¿Entendido?
-Eso déjalo de mi cuenta... Hagrid –Dijo Draco, sin mostrarse altivo con el semi-gigante por una vez en su vida; cogió a Adrien de la mano y lo subió con cuidado a la escoba. "Oso" se quedaría en tierra una vez y Draco se aseguró de que el niño estaba seguro delante de él –Sujétate con mucha fuerza a la escoba y confía en mí, ¿De acuerdo?
Adrien afirmó con la cabeza ansiosamente; la garganta se le había quedado seca a causa de la emoción y cuando Draco empezó a ascender contuvo la respiración. Era la sensación más extraña que nunca había tenido, casi de vértigo; el pequeño cerró los ojos con fuerza, sintiendo las los brazos de Draco rodeándole protectoramente. Después de unos segundos durante los cuales Adrien no tuvo valor para mirar a su alrededor, dejaron de subir y empezaron a moverse con suavidad hacia delante.
-Vamos, Adrien, abre los ojos –Draco sonrió; había visto al niño apretando los párpados, entre asustado y agitado, y quería animarlo para que disfrutara al máximo de esa experiencia –Ya verás que bien se ve todo desde aquí arriba.
Y, efectivamente, así era. Adrien abrió los ojos lentamente y se encontró con el paisaje más maravilloso que había visto en su vida: bajo él, Hagrid y Fang parecían dos enanitos en mitad de un inmenso prado verde y, a un lado estaba el castillo de Hogwarts, alzándose con majestuosa belleza, más iluminado que nunca por la luz del sol. El lago cristalino casi deslumbrándole, el Bosque Prohibido invitándolo a cometer alguna travesura entre sus árboles, las grandes montañas rodeándolo todo... Adrien había dejado de respirar, pero no de miedo, si no de fascinación, y Draco le había rodeado la cintura con un brazo, temiendo que el niño perdiera el equilibrio al estar más atento a lo que le rodeaba que a sujetarse a la escoba. Se deslizaban con suavidad, con calma, contagiándose de la paz que les rodeaba; Adrien no sabía como agradecerle a Draco todo aquello y el rubio tampoco. Ese niño era la primera persona que le demostraba confianza ciega y el rubio sentía que su relación se iba afianzando a pasos agigantados; Adrien empezaba a ser algo más que el hijo de su padrino, una personita a la que cuidar y enseñar, algo parecido al hermano pequeño que nunca tuvo.
-¡Qué bonito es todo, Draco! –Alcanzó a decir Adrien.
-Ya te lo dije, enano –Draco rió y miró hacia Hagrid, que empezaba a removerse con nerviosismo; no sabía cuánto tiempo llevaban allí arriba, quizás más de la cuenta –Será mejor que bajemos ya o se nos hará tarde.
-Sí –Adrien suspiró; se puso un poco triste porque sabía que no podría repetir esa experiencia hasta que no fuera mucho más mayor, pero había merecido la pena –Me gustaría crecer muy rápido para que mi papá me deje tener una escoba como ésta.
-Tendrás que ser paciente –Dijo Draco, empezando a descender –Será muy emocionante cuando seas mayor y podamos volar juntos.
-¿Querrás volar conmigo?
-Por supuesto que sí. Eres la mejor compañía que he tenido hasta ahora.
Adrien se sintió halagado y pensó en que debía hacerle un buen regalo a Draco para agradecerle todo aquello, tal vez un dibujo bien hecho con sus colores mágicos.
Cuando llegaron al suelo, Hagrid corrió inmediatamente hacia ellos y tomó a Adrien en brazos, que no podía dejar de sonreír; el guardabosques no estaba preocupado, ni mucho menos, pero le aliviaba tener al pequeño en tierra firme otra vez. Si le pasara algo mientras estaba a su cuidado, Severus lo mataría, sobre todo después de haberle dejado pasar el incidente con el dichoso boggart.
-¡Ha sido genial, Hagrid! –Fue lo primero que Adrien dijo cuando el brujo lo cogió –Las cosas son mucho más bonitas desde allí arriba y Draco sabe volar muy bien.
-Me alegra que te haya gustado –Hagrid abrazó al niño y miró de reojo a Draco; el joven se estiraba la túnica, con la escoba sujeta con una mano y su pose arrogante recuperada –Pero espero que no pretendas repetir la experiencia demasiado pronto.
-No creo –Adrien agitó la cabeza y recuperó a "Oso" de brazos de Hagrid –Pero me he divertido mucho.
-Bueno –Draco interrumpió la conversación con un carraspeo –Yo tengo clase de Runas Antiguas... Nos veremos pronto, Adrien.
-Sí, primo Draco.
-Hasta luego entonces –le dio un golpecito a Adrien en la pierna e hizo algo que Hagrid nunca pensó que haría: mirarlo con algo que rondaba el respeto –Adiós.
Se alejó dando grandes zancadas; Adrien le despidió agitando la mano durante unos segundos y luego miró a Hagrid, que lo dejó cuidadosamente en el suelo. Otra vez Fang fue al ataque, pero no llegó a lamer a Adrien; el niño había estirado un brazo para detenerle y el perro se quedó a medio camino, conformándose con una cariñosa caricia infantil detrás de las orejas. Hagrid se sintió aliviado por no tener que seguir apartando a Fang de la cara del pequeño y le tendió una mano para abandonar el campo de quiddich.
-Será mejor que vayamos a buscar al abuelo Albus –Hagrid se sentía extraño diciendo aquello, pero poco a poco se iba acostumbrando –Se alegrará al saber que te lo has pasado tan bien.
-Sí... –Adrien dio un saltito de alarma –Pero él tampoco puede saber que he estado volando con Draco; es nuestro secreto, de nosotros tres...
-No le diré nada –Aunque Hagrid no dudaba que el viejo se enteraría de todo, siempre lo hacía –Nadie quiere que tu papá se enfade contigo, ¿verdad?
-Verdad.
Los dos brujos se adentraron en el castillo de Hogwarts; aunque no pudiera parecer importante, ahora compartían un misterio y eso los había unido más de lo que ya estaban. Adrien se sentía inmensamente feliz, aunque le preocupaba un poco que su padre terminara enterándose de todo y le castigara. De todas formas, merecía la pena correr el riesgo.
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La última clase del día. Los alumnos que cursarían sus E.X.T.A.S.I.S de Pociones. Cuatro Slytherin´s, cuatro Ravenclaw´s, tres Gryffindor´s, un Hufflepuff y Neville Longbottom.
Severus Snape se había propuesto ser paciente con el chico y, aunque normalmente no dejaba de meter la pata, había mejorado notablemente respecto a otros años, quizás porque había ganado algo de confianza en sí mismo. Esa tarde Severus ya había dado permiso al resto de estudiantes para que se retiraran; le había quitado a Harry Potter veinte puntos básicamente porque le caía como una patada en el estómago y se sentía bastante satisfecho, tanto que en ese momento intentaba explicar a Longbottom como realizar una poción contra la gripe en condiciones a pesar de que su horario laboral había terminado cinco minutos antes.
-Debe trocear de una forma más equitativa las patas de Escorpión del Gobi –Explicaba pacientemente, creando cierta desconfianza en el chico, que esperaba una violenta explosión de un momento a otro –Coge el cuchillo demasiado atrás –Y él mismo tomó la mano de Neville para indicarle cuál era el modo correcto para sujetarlo –Si lo sostiene más cerca del filo podrá manejarlo con más soltura. Y si deja de temblar de una vez no se cortará un dedo –Severus suspiró, un poco harto de aquellos espasmos, y se cruzó de brazos –Vamos, Longbottom, usted está aquí de forma excepcional, demuestre que no me equivoqué al aceptarlo en mi clase y trocee bien esas patas –Neville lo miró con los ojos abiertos como platos y el semblante pálido, pero no hizo ningún comentario –Tómese su tiempo; preparar correctamente los ingredientes es tan importante como mezclarlos en las cantidades exactas, remover la poción o graduar el calor que debe recibir. Esto no es una maratón y nadie le presionará para que trabaje deprisa, sino para que trabaje bien.
-S... sí, señor –Musitó Neville, sin terminar de creerse lo que ocurría. Snape trataba de enseñarle algo; el fin del mundo debía estar más próximo de lo que todos pensaban.
-Bien –Severus se acomodó en su adorado butacón de cuero negro –Apague el fuego. Por el momento nos ocuparemos de esas patas. Cuando termine, etiquete sus materiales y guárdelos en la parte inferior del armario de ingredientes para la próxima clase.
-Sí, señor.
Neville empezó a trabajar con esmero, concentrándose en lo que estaba haciendo. Severus se había propuesto enseñar algo a ese chico por una vez en su vida y comprendía que la única forma de hacerlo era procurando no intimidarlo demasiado; en toda la clase no se había metido con él ni una sola vez, comprobando que los resultados obtenidos por el muchacho eran bastante satisfactorios. De momento sólo había llevado a cabo la primera fase de esa poción y ahora empezaba la parte más complicada, pero la base era casi perfecta y, si lograba trocear en partes iguales aquellas patas de escorpión, Neville Longbottom haría la primera poción útil de su existencia. Severus lo miró de reojo y vio que iba bastante bien, así que decidió darle más libertad aún.
-Debo ir a mi despacho un momento –Dijo, levantándose de su sillón y encaminándose a la puerta ubicada al final del aula –Siga trabajando y procure no destrozar nada.
-Sí, señor.
Severus se retiró y cerró la puerta. Neville suspiró profundamente cuando se quedó solo y siguió trabajando con esmero, dispuesto a no decepcionar a su profesor. Por una vez en su vida tenía la sensación de que Snape confiaba en sus capacidades y quería hacerlo bien, por Snape y porque no iba a renunciar tan fácilmente a su carrera de sanador.
No obstante, su soledad no duró demasiado. Un par de minutos después, la puerta principal de aula se abrió dando paso a un niño pequeño al que Neville había visto anteriormente; según lo que le contó Hermione durante la primera cena, ese pequeño era el hijo del profesor Snape. Neville lo había visto varias veces correteando por los pasillos, pero nunca lo había tenido tan cerca; la idea de que Snape fuera padre le resultaba tremendamente extraña y no podía imaginarse lo terrible que debía ser la vida de ese pobre niño, conviviendo día y noche con su profesor. Sin embargo, cuando lo vio esa tarde, tan sonriente, con ese brillo de inmensa felicidad en los ojos, tuvo la sensación de que el pequeño no era tan infeliz después de todo y sonrió para sus adentros: si resultaba que Severus Snape era un buen padre, él podría convertirse en el mejor fabricante de pociones del mundo mágico contemporáneo.
Adrien llegó acompañado por el profesor Dumbledore. Después de regresar del campo de quiddich en compañía de Hagrid, el niño quedó nuevamente al cuidado de su abuelo. Si éste se sentía preocupado por el pequeño después de lo ocurrido en el Gran Comedor, ese sentimiento se esfumó en cuanto vio la sonrisa de Adrien; Hagrid aseguraba que se lo habían pasado en grande y el director captó una mirada cómplice entre aquellos dos, aunque optó por hacerse el desentendido. Pasaron el resto del día paseando por los terrenos de Hogwarts; hicieron un pequeño pic-nic en lugar de ir a comer con los profesores y los estudiantes, y estuvieron un rato con Buckbeak. En definitiva, el día había sido muy similar a todos los anteriores y Adrien se sentía un poco cansado; cuando quedara al cuidado de su padre, ambos irían a las habitaciones particulares del profesor: Severus se pondría a corregir las redacciones de sus alumnos y Adrien haría un par de dibujos, uno para Draco y otro simplemente para guardarlo; seguramente se marcharían pronto a la cama (Adrien al menos) y, en cuanto amaneciera, vuelta a empezar.
Adrien miró con curiosidad a Neville; había esperado encontrarse a su papá solo, como todos los días, pero allí estaba ese chico, aparentemente preparando una poción. El niño intercambió una mirada con Albus Dumbledore, y el anciano se adelantó para dirigirse al Gryffindor.
-Señor Longbottom –Dijo con suavidad, captando toda la atención del muchacho -¿Dónde se encuentra el profesor Snape?
-Ha ido a su despacho, señor –Respondió Neville, sin perder la concentración ni soltar su cuchillo.
-Bien –Albus miró a Adrien, que parecía expectante –Espera aquí, ¿Quieres? Voy a buscar a tu padre.
-Sí, abuelo.
Dumbledore acarició el pelo negro del niño y fue hasta el despacho de Snape, cerrando la puerta tras de sí. Neville siguió cortando las patas de escorpión, ajeno a su alrededor, hasta que se sintió observado y dio un respingo al encontrarse a Adrien a su lado, observándolo sin hacer ningún ruido, casi sin respirar, como si admirara su trabajo. Neville carraspeó e intentó concentrarse en lo que estaba haciendo, misión que le parecía totalmente imposible con el niño mirándolo (admirándolo más bien), por más discreto que Adrien fuese.
-Esto... –Masculló el joven Longbottom, dejando a un lado su cuchillo y centrándose en Adrien, sin saber muy bien qué decir –Hola.
-Hola –Saludó Adrien con una sonrisa en el rostro –Estás haciendo pociones...
-Eh... Sí, sí... –O lo intentaba, al menos.
-Mi papá es tu profesor, ¿a qué sí? –Adrien se acercó un poco más confiado y alzó la cabeza para ver mejor esas cosas negruzcas que había sobre la mesa -¿Qué es eso?
-Patas de escorpión...
-¿Y qué haces con ellas?
-Las troceo para la poción... –Neville carraspeó y se pasó una mano por el pelo.
-¡Oh! –Adrien afirmó con la cabeza, como si eso fuera lo más obvio -¿Es muy difícil esa poción que haces?
-Un poco, sí.
-Seguro que mi papá te ayudará mucho –Afirmó el niño; Neville se limitó a alzar una ceja, incrédulo –A mí me enseñará cuando cumpla cinco años; dice que ahora soy muy pequeño.
"Pobre de ti", pensó Neville, aunque alcanzó a sonreír para mostrar una alegría que no existía.
Mientras tanto, en el despacho de Severus Snape, dos hombres se habían acomodado frente a una mesa de roble para iniciar una conversación que parecía ser realmente importante, y es que Albus Dumbledore estaba allí para explicar lo que había ocurrido horas antes entre Harry y Adrien en el Gran Comedor.
Había sido una suerte que Severus no se hubiera enterado antes de ellos. Si lo hubiera hecho, los veinte puntos que le quitó a Harry Potter podrían haberse multiplicado por diez perfectamente y Dumbledore no estaba dispuesto a permitir que la guerra abierta entre esos dos se recrudeciera aún más que en los peores tiempos. Conociendo el carácter de su profesor de Pociones, Albus Dumbledore sabía que el hombre pondría el grito en el cielo cuando supiera que alguien había estado a punto de hacer llorar a su hijo, más aún si ese "alguien" era precisamente Harry Potter; el anciano director ya había aceptado mucho tiempo atrás que entre esos dos nunca existiría una relación cordial, pero de la misma forma que no iba a dejar que Harry abusara de la inocencia de Adrien, tampoco iba a tolerar que Severus aprovechara su posición como profesor para hacerle la vida imposible a un estudiante. Ya estaba harto de las constantes peleas entre ambos y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para evitar que siguieran echándose los trastos a la cabeza cada vez que se veían.
Así pues, le relató los acontecimientos a Severus con total objetividad. El ex –mortífago se puso primero muy pálido al pensar en lo que habría sentido su pobre niño ante lo ocurrido, pero inmediatamente su preocupación se tornó en furia, haciéndole enrojecer bruscamente y clamar por una venganza especialmente cruenta. Luego se tranquilizó un poco, cuando supo que Draco había solucionado el problema; le gustaba saber que su ahijado y Adrien se llevaban bien. Esperaba de ellos que estuvieran siempre muy unidos, puesto que eran de los pocos a los que el profesor apreciaba sinceramente.
Sin embargo, la furia pronto recuperó su lugar y Severus se levantó bruscamente, golpeando la mesa con los puños y echando mano de su varita. Albus también se levantó y lo miró con severidad, mostrándose inflexible.
-Cuando agarre a ese Potter –Masculló Severus controlando las ganas de gritar –No volverá a molestar a Adrien en lo que le resta de vida...
-Tú no vas a agarrar a nadie –Dijo Albus, firme y sin levantar la voz –Te vas a sentar otra vez, te vas a tranquilizar y vas a dejar que yo maneje este asunto...
-¡Claro que no, Albus! –Vociferó Severus, casi fuera de sí –Ese muchacho engreído y maleducado a insultado a mi hijo. No voy a consentir que siga metiéndose con él a sabiendas de que no puede defenderse.
-Es curioso –Dijo Albus pausadamente, golpeándose la nariz con un dedo –Si James Potter estuviera vivo, pensaría exactamente lo mismo que tú...
Severus se puso muy tenso al oír ese nombre y apretó los puños y la mandíbula.
-¿Qué quieres decir? –Musitó con voz arrastrada.
-Quiero decir que Harry se está comportando con Adrien exactamente igual que tú te comportas con él –Afirmó el hombre con una medio sonrisa, notando el rubor en el rostro del profesor, un rubor que no era de enfado precisamente –Es realmente curioso, pero eso es algo que tenéis en común...
-Albus, no es lo mismo...
-Siéntate, por favor –El anciano hizo lo propio, sabiendo que el hombre ya no saldría corriendo del despacho sediento de sangre. Efectivamente, Severus se acomodó en su butaca –He hablado con Harry; te aseguro que se arrepiente de lo ocurrido y me ha asegurado que no volverá a suceder nada parecido –Severus se limitó a soltar un bufido exasperado –Me gustaría creer que tú harás lo mismo, es decir, que dejes aparte ese comportamiento absurdo y belicoso que siempre has tenido con Harry. Te lo he pedido muchas veces y nunca me has escuchado, pero espero que lo hagas ahora que sabes lo que se siente al ser la parte ofendida –Severus bajó la mirada un segundo y tomó aire –En el fondo siempre has sabido que eres injusto con Harry; lo odias por lo que ocurrió con su padre, a pesar de que tiene tan poco que ver con eso como Adrien con vuestros actuales rencores. Además, Harry no está pasando un buen momento; creo que se siente solo, pero no quiere hablar conmigo y, por ello, voy a pedirte que le dejes en paz –Severus puso los ojos en blanco y se removió, inquieto –Demuestra que eres capaz de tener el mismo grado de madurez que Harry y acepta una tregua. Creo que sería bastante beneficioso para Adrien que las hostilidades entre Harry y tú disminuyeran...
-Eres un chantajista, Albus –Se quejó el hombre, consciente de que el anciano tenía toda la razón en sus argumentos, sabedor de que no le quedaba más remedio que aceptar –Está bien –Suspiró y se puso en pie –Prometo no tomar represalias por lo ocurrido hoy, pero sólo por Adrien –Albus sonrió, satisfecho –Y, en cuanto al cese de hostilidades, no puedo asegurar nada.
-Me conformaré con eso por ahora –Albus pasó una mano sobre los hombros de su pupilo, que lo fulminó con la mirada pero no rechazó el gesto –También he hablando con Harry sobre el señor Malfoy.
-¿Y bien?
-Creo que podremos tomarnos un respiro, aunque será necesario que Draco se mantenga alejado de él todo lo que le sea posible.
-Yo me encargaré de eso, no te preocupes.
Tras decir esas palabras, Severus abrió la puerta del despacho, encontrándose con la escena más extraña que había presenciado en mucho tiempo: allí estaban Adrien y Neville Longbottom, sentados en el frío suelo de la mazmorra, riéndose a carcajadas. Neville había recogido todos sus materiales de Pociones y Adrien sostenía con bastante dificultad a Trevor, el escurridizo sapo del joven Longbottom.
Severus se quedó paralizado, sin terminar de creerse lo que estaba ocurriendo y Albus, que al principio se sorprendió tanto como el otro brujo, terminó por cruzarse de brazos, mostrándose más sonriente que nunca.
El primero en percatarse de la presencia de los adultos fue Adrien, que se levantó de un saltito, con Trevor entre las manos, y se acercó a su padre sin dejar de reír. Neville, por su parte, se puso colorado y se levantó, temiendo alguna mala reacción de su temido profesor.
-¡Mira, papi! –Exclamó un Adrien tremendamente alegre –Neville me ha dejado jugar con su sapo; está muy resbaladizo y es muy raro cogerlo, pero es muy bonito, ¿A qué sí?
Severus se limitó a hacer una mueca, aunque no parecía a punto de estallar ni nada parecido; Neville se acercó al niño, absolutamente ruborizado, y recuperó su sapo, que croó entre satisfecho y molesto.
-Ya he terminado con la patas de escorpión, señor –Dijo con voz débil, intimidado una vez más -¿Puedo marcharme?
-Por favor –Susurró con sarcasmo el hombre.
Neville soltó una débil tosecilla e inclinó la cabeza a modo de despedida, aunque Adrien no iba a dejarlo ir tan deprisa.
-¿Me dejarás jugar con Trevor más veces? –Preguntó sin ocultar su ansiedad.
-Claro –Neville sonrió tímidamente y alzó una mano para despedir al niño –Hasta luego, Adrien.
-Adiós, Neville.
El chico se fue, cerrando la puerta tras de sí; inmediatamente Adrien reclamó los brazos de su padre, que lo alzó cariñosamente y le dio un beso en la frente.
-Neville me ha dicho que quiere aprender a hacer muchas pociones, ¿Sabes? –Dijo, ignorando la extraña relación que existía entre ese chico y su padre -¿Tú le enseñarás? Dice que quiere ser medimago para curar a la gente que está malita y que va a necesitar saber pociones. ¿Le ayudarás a ser un medimago, papi?
-Claro –Masculló el hombre, más por compromiso que por convicción propia –Haré todo lo que pueda para ayudarle, no te preocupes.
-¡Qué bien! Neville es muy simpático.
Severus siguió sonriendo tensamente y sintió ganas de borrar de un plomazo la mueca burlona de Albus Dumbledore, que le dio un beso en la mejilla a Adrien y se marchó. Después, el padre y el hijo se encerraron en sus habitaciones privadas y el pequeño comenzó a tener mucho sueño, aunque antes de dormirse en el viejo sillón que había tomado como propio, situado junto a la chimenea, logró terminar un nuevo dibujo para su primo Draco. Un dibujo del maravilloso paisaje que pudo observar mientras volaban alto en aquella escoba de verdad.
