Hola a todos. Definitivamente, no soy Rowling, pero eso ya lo sabíais.
En el capítulo anterior no hubo comentarios y en éste no será muy extenso. Quiero agradecer a todos los que leen la historia que se tomen la molestia de seguirla y, a los que dejaron sus comentarios, un beso muy fuerte.
Gracias, una vez más, a Ana por ser mi beta.
Comprobaréis que en este capi no hay adelanto, pero es que me está costando coger el ritmo. De todas formas, voy a actualizar ya. El capítulo es muy largo, así que paciencia y, por supuesto "valor y al otro"
Besos, Cris Snape
CAPÍTULO 25. El castigo
El viernes llegó antes de lo que Adrien hubiera deseado. Esa misma tarde, su padre y él se marcharían de Hogwarts y regresarían a su cada en Las Hilanderas para que se iniciara una nueva rutina que Adrien anhelaba y temía a partes iguales: el lunes siguiente empezaría sus clases en el colegio.
El niño parecía estar realmente nervioso; el jueves por la tarde ya dedicó una buena parte de su tiempo a interrogar a Albus acerca de las nuevas obligaciones que pronto llegarían y, esa mañana, Severus procuraba vestir al niño mientras éste no dejaba de hablar y estrujarse los deditos de forma casi compulsiva. Le preocupaba todo lo relacionado con la escuela: desde sus uniformes hasta sus libros de texto, de los lápices de colores a los cuadernos de escritura... Severus intentaba tranquilizarle, explicándole que él mismo se había encargado de preparar todo durante las semanas anteriores, pero Adrien siempre parecía un nuevo motivo para alarmarse; quería que todo saliera bien y Severus esperaba un fin de semana de nervios y balbuceos constantes.
Adrien estaba sentado frente a la chimenea de las estancias privadas de su padre, con las manos extendidas hacia el fuego. Hacía frío esa mañana y el pequeño, recién salido de la ducha, aún tenía el pelo húmedo y la naricita enrojecida, así que Severus le ordenó que se calentara mientras él terminaba de preparar las redacciones de los alumnos de segundo curso que debía devolver ese día. Habían desayunado en la habitación; Dobby los atendió personalmente y había recogido todo cinco minutos antes, dándole un poco de conversación a Adrien mientras tanto. Hablaron sobre los pasteles de chocolate (a Severus eso le pareció un tanto surrealista) y el elfo invitó a Adrien a pasarse por las cocinas cuando quisiera; el niño, que al principio se mostraba un tanto reticente a tratar con Dobby, aceptó de buen grado la invitación, y Severus ya se lo imaginaba entre los fogones, rodeado de elfos condescendientes y comiendo toda clase de dulces que, sin duda alguna, terminarían por hacerle daño.
Severus alzó la mirada y se concentró en Adrien durante unos segundos. El niño permanecía ajeno a su mirada y giraba las muñecas graciosamente, tarareando una canción infantil que, sin duda alguna, le había enseñado su madre. Hacía un par de días que Severus le notaba un poco raro, como si le estuviera ocultando algo, y el hombre empezaba a preocuparse. Normalmente Adrien le contaba todo lo que le ocurría: le hablaba de las cosas que le gustaban y le disgustaban, le narraba todos los acontecimientos que tenían lugar en su vida y le hacía preguntas sobre todas las personas a las que conocía, pero ahora le ocultaba algo. Severus podía verlo en sus ojos.
La Legeremancia no era una opción; el brujo se negaba rotundamente a irrumpir en la mente de su hijo como si Adrien fuera un vulgar delincuente o, peor aún, uno de sus alumnos. Se había propuesto muy seriamente averiguar lo que le ocurría y ya había hecho algunos avances, aunque no podría decir si eran importantes o no. Por ejemplo, Adrien había dejado de hablar de Hagrid; si, anteriormente, Adrien dedicaba unos minutos al día a contarle a su padre las cosas que hacía cuando estaba con el semi-gigante, desde el miércoles por la tarde no lo había mencionado ni una sola vez. De hecho, Severus notó un poco nervioso al niño cuando le preguntó directamente por el guardabosques; Adrien había soltado un par de balbuceos y rápidamente cambió de tema, poniéndose tan rojo que parecía estar avergonzado por algo. Además, la actitud de Hagrid no era menos esquiva: durante la cena anterior, Severus había captado un par de miradas extrañas entre su hijo y Rubeus y, al preguntarle si ocurría algo, el hombre había empezado a carraspear con una fuerza desmedida y se había marchado sin responderle. Severus hubiera podido pensar perfectamente que Hagrid se había vuelto estúpido definitivamente, pero conocía perfectamente al guardabosques y sabía que se comportaba así porque estaba ocultando algo... El profesor de Pociones no necesitaba pensar demasiado para comprender que ese "algo" tenía mucho que ver con Adrien y, curiosamente, con Draco Malfoy.
Draco y Adrien se habían hecho muy amigos, quizás demasiado. Severus los notó más unidos de la cuenta el jueves, durante el desayuno; intercambiaron unas cuantas miradas cómplices y, después, Adrien se deslizó discretamente a la mesa de los Slytherin y le entregó un trozo de pergamino cuidadosamente enrollado. Severus suponía que se trataba del misterioso dibujo que había terminado la noche anterior y que el niño no le había permitido ver, alegando que era un regalo especial para su primo y que nadie más podía verlo antes que Draco. El brujo no se había terminado de conformar con aquella respuesta de su hijo, pero no hizo más intentos por mirar el dibujo; debía reconocer que se moría de ganas por hacerlo, puesto que algo le decía que la clave del comportamiento de Adrien estaba precisamente allí. No obstante, se había resignado en ese sentido, pues tenía la sensación de que Draco no le iba a permitir ver su regalo.
Adrien tampoco hablaba demasiado sobre Draco; también se ponía nervioso cuando su padre lo mencionaba y Severus sabía que había algo raro, sobre todo si tenía en cuenta el comportamiento de Draco. El joven rubio se mostraba indiferente, como si nada hubiera ocurrido, pero había en sus ojos una chispa de malicia que Severus no había visto en ellos desde hacía un par de años, cuando Draco perdió la poca inocencia que le quedaba al quedar marcado como un mortífago. Todo parecía indicar que el Slytherin estaba saliendo adelante poco a poco; Severus ya podía reconocer al verdadero Draco en muchas de sus actitudes y, especialmente, en una que no le hacía demasiada gracia: Draco estaba intrigando y, para desgracia de su profesor, contaba con la ayuda involuntaria del mismísimo Adrien. Severus estaba seguro de eso: Draco y Adrien compartían alguna clase de secretos y Hagrid tenía algo que ver con el mismo. Si Severus deseaba averiguar de qué trataba todo aquello, debía recurrir al eslabón más débil de la cadena: Draco Malfoy. Quizás eso pudiese sonar curioso, pero Severus estaba seguro de que el joven era el que más información involuntaria podría proporcionarle.
En realidad, Adrien sería el más débil de los tres. Sólo tenía cuatro años y Severus podría romper sus defensas con un par de miradas intimidantes, pero el brujo no quería llegar a ese extremo; si Adrien le ocultaba algo, esperaba que se lo contara por voluntad propia, no porque estuviera asustado.
Hagrid tampoco era una opción; el semi-gigante podía ser muchas cosas, pero una de sus principales cualidades era su terquedad: si se proponía mantener algo en secreto, lo haría hasta el final, fueran cuales fueran las consecuencias. Si Severus lo amenazaba, el guardabosque se reiría en su cara; si intentaba leerle la mente, Hagrid se obcecaría lo suficiente para mantenerlo a raya; si le daba "Veritáserum", el organismo del semi-gigante anularía sus efectos inmediatamente. Así pues, interrogar a Rubeus no era una opción.
Por lo tanto, a Severus sólo le quedaba Draco. El chico era astuto y un experto en Oclumancia; conocía lo suficientemente bien a su padrino como para no temerle a sus amenazas y sabía perfectamente como ocultar las cosas que no quería que nadie más supiera, pero era su mejor baza. Después de todo, Draco era humano y más tarde o más temprano cometería un error; Severus sólo debía estar atento y esperar a que este se produjera para caer sobre el joven y obligarle a revelar todos los secretos que tenía con su hijo.
Quizás, Severus estaba exagerando un poco. ¿Qué misterios podía ocultar un niño pequeño? Posiblemente, toda aquella situación de miradas extrañas y comportamientos esquivos se debiera a alguna tableta de chocolate con almendras devorada a deshora, pero Severus quería averiguar la verdad; odiaba tener la sensación de que Adrien le ocultaba cosas por una sencilla razón: eso sólo podía significar que el niño no confiaba en él y Severus se estaba esforzando todo lo que era humanamente posible para conseguir que entre Adrien y él existiera una auténtica relación padre e hijo. Una relación íntima, familiar y respetuosa, totalmente diferente a la que él tuvo con su padre; si Adrien empezaba a mentirle a una edad tan temprana, todos sus esfuerzos serían en balde y Severus no podía ni quería tolerar eso.
Severus ordenó los últimos pergaminos, los ató todos con una cinta de seda negra y los colocó con cuidado debajo de su brazo, preparado ya para iniciar un nuevo día. Sólo faltaba esperar a que Albus llegara para cuidar de Adrien y, entonces, podría marcharse e investigar a Draco durante la clase de Pociones que tendrían ese día, a última hora de la mañana; después, Severus no tendría más lecciones que impartir, aunque había aceptado dedicar los viernes por la tarde a dar clases particulares a Neville Longbottom. Desde que Adrien le pidió que le enseñara pociones a ese chico, Severus había decidido que Neville aprobaría su asignatura y, si para conseguirlo tenía que sacrificar un par de horas de las tardes de los viernes, lo haría encantado.
Severus se acercó al niño y le pasó una mano por la cabeza; llevar el pelo tan corto era verdaderamente útil, pues Adrien ya lo tenía seco, así que el pequeño ya podía alejarse del fuego si así lo deseaba. Pero Adrien no parecía tener muchas ganas de ir a ningún sitio; seguía tarareando distraídamente, con los ojos fijos en las llamas; al notar la caricia cariñosa de su padre, alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa cargada de dulzura, aunque no dijo nada. Parecía un poco adormilado y Severus no resistió la tentación: dejó los pergaminos y se sentó en el sillón, acomodando a Adrien en sus rodillas; el niño apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos dando un largo bostezo. Tenía sueño, era evidente, y Severus se alegró; Adrien solía levantarse cargado de energía y desde primera hora de la mañana ya correteaba por todos lados, yendo de unos brazos a otros, hablando con todos sus conocidos y derrochando energías a manos llenas. A Severus le gustaba disfrutar de momentos como aquel, cuando Adrien permanecía en silencio, dejando que lo mimaran sin apenas moverse, como si fuese un bebé; el mago sabía que se había perdido muchas cosas de la vida de Adrien y, por ello, cada vez que tenía la ocasión, abrazaba al niño con fuerza, deseando que el tiempo se detuviese para permanecer así hasta hartarse. Normalmente, el tiempo no se detenía y Adrien saltaba de sus brazos, pero esa mañana fue Albus quien interrumpió el momento, entrando en la habitación sin llamar; o eso fue lo que le pareció a Severus, porque el anciano mago sí que había golpeado la puerta un par de veces antes de decidirse a pasar, creyendo que no lo habían escuchado.
Dumbledore se había quedado muy quieto bajo el umbral de la puerta, observando a los Snape con una sonrisa en el rostro; el anciano sabía que Severus adoraba a su hijo, pero no había tenido muchas oportunidades para verlo en una tesitura como aquella, meciendo a Adrien con ternura y acariciándole el cabello con cuidado, con los ojos casi cerrados. No era fácil reconocer a Severus Snape en ese momento y a Albus le alegraba verlo así, tan tranquilo y feliz...
-Buenos días –Saludó el anciano alegremente; Severus se puso en tensión, como un niño pequeño al que han descubierto haciendo una travesura, y Adrien alzó la cabeza rápidamente, recuperándose de su somnolencia y saltando de los brazos de su padre para correr hasta los del anciano –Hola, Adrien. ¿Has dormido bien? –Preguntó, alzando a Adrien y besándole la frente. Severus ya estaba en pie, recuperando los pergaminos que dejara tirados en el suelo.
-Muy bien, abuelo. Aunque tengo un poco de sueño todavía –Adrien bostezó y se frotó los ojos con los puños, demostrando que, efectivamente, estaba algo adormilado -¿Qué vamos a hacer hoy?
-Creo que será un buen día para visitar la Biblioteca –Anunció distraídamente, mirando de reojo a Severus -¿Te parece bien? Hay un par de libros con ilustraciones que a Adrien le encantarán...
-Sí, sí –Severus se dirigía a la salida, prácticamente corriendo, aunque sacó un segundo para darle un beso a su hijo –Nos vemos en el Gran Comedor.
-Adiós, papi.
Adrien despidió a su padre agitando una mano y, cuando éste cerró la puerta tras de sí, enseguida centró su atención en Dumbledore, alzando una cejita claramente interesado en lo que el anciano le había dicho.
-¿Qué libros son esos, abuelo?
-Unos libros sobre criaturas mágicas –Explicó el director, que muy emocionado con todo aquello –He notado que te llevas muy bien con los animales mágicos y no-mágicos.
-Me gustan mucho los animales –Adrien sonrió, removiéndose inquieto –Y creo que yo les caigo bien... Siempre me dan lametazos y todo eso... Buckbeak me acaricia con el pico y la señora Norris se pone delante de mí cada vez que me ve y le bufa a todo el mundo. El otro día casi araña a papi...
-¿En serio?
-Papi se enfadó mucho y le lanzó un hechizo con su varita. La señora Norris se quedó maullando delante de la puerta hasta que salí y le dije adiós.
-Ya veo –El anciano cabeceó y miró a Adrien con mucha seriedad –Y, dime una cosa... ¿Alguna vez algún animal ha hecho algo que tú quisieras que hiciera?
Adrien frunció el ceño, como si se esforzara por recordar algo, y dio una palmadita en el aire, con la mirada iluminada.
-El otro día no quería que Fang volviera a lamerme –Anunció con alegría –Siempre que me ve me pasa su lengüetaza por la cara y me mancha de babas, pero el otro día le miré cuando venía preparado, con la lengua fuera y todo, y no me lamió...
-¡Oh, qué suerte! –Albus sonrió, aunque en sus ojos apareció un brillo especial, como si acabara de comprender algo muy importante –Ya verás como los libros que te voy a enseñar te gustarán mucho.
OoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººO
Draco añadió la piel de dragón cocida en la poción y removió dos veces en el sentido de las agujas del reloj; después de equivocarse con la sangre de lagartija, mezclándola con ojos de tritón verde en lugar de ojos de tritón verde agua, había conseguido que la poción recuperara su consistencia casi pastosa y, aunque iba con un poco de retraso, estaba seguro de que podría terminar a tiempo. A pesar de todo, era el que mejor resultado había obtenido: la poción de Theodor Nott olía a perfume muggle y era de un color blanquecino, totalmente opuesto al gris oscuro que debía tener; la de Ernie McMillan, el Hufflepuff que se sentaba en el pupitre de enfrente, era transparente y parecía simple y llanamente agua; la de Potter era totalmente sólida y la de Weasley echaba un humillo amarillo que no auguraba nada bueno. La única que parecía ir medianamente bien era, como siempre, Granger; todavía era más líquida de lo que debiera, pero ya había logrado el gris exacto. Draco supuso que con un par de estómagos de cobra negra conseguiría que le quedara bien aunque, por supuesto, no estaba dispuesto a decirle nada.
Severus paseaba entre los pupitres, como siempre. Neville requería la mayor parte de su atención y Snape había comprobado que el muchacho ya se atrevía a preguntarle cuando tenía dudas; la poción antigripal de días anteriores había quedado bastante bien y ahora estaba elaborando un poderoso filtro anti-bacterias para magos que iniciaban viajes a países exóticos. Sólo necesitaba tres clases de ingredientes, que ya estaban perfectamente troceados en su pupitre; la dificultad principal consistía en mezclarlo todo en las cantidades exactas, removiendo la poción el número de veces requerido. Era una poción que requería mucha concentración; el más mínimo fallo podría echarla a perder, pero Neville iba sorprendentemente bien. Acaba de añadir las flores de romero y, en ese momento, contabilizaba las vueltas en el sentido de las agujas del reloj: primero diecisiete, luego cuarenta y tres en sentido contrario y, por último, doce más. Severus se acercó a él con discreción y se alegró al comprobar que el chico ni se inmutó; sonrió disimuladamente y se dio media vuelta, observando con horror la poción de Weasley, que estaba a punto de explotar: Ron tenía los ojos muy abiertos y procuraba mantener el humo a raya, sin tener la más mínima idea de lo que había hecho. Severus sacó su varita y corrió hasta el caldero, apagando el fuego sin pronunciar hechizo alguno y haciendo desaparecer la poción.
-Si quiere hacer bombas caseras, señor Weasley, le puedo recomendar un par de libros muggles al respecto –Espetó el profesor con sarcasmo, haciendo enrojecer al pelirrojo –Sin duda, sería menos peligroso que poner en sus manos piel de dragón y sangre de lagartija... ¿Por qué no añadió los ojos de tritón antes de la piel?
-Yo... –Ron balbuceó, mirando la pizarra y parpadeando, sorprendido. Se había saltado esa parte y había estado a punto de hacer estallar media clase –No me di cuenta...
-Ya... –Severus tomó aire, procurando controlar su temperamento. A su espalda, Longbottom seguía a lo suyo mientras el resto de la clase observaba la escena expectante –No volverá a hacer una poción hasta que no comprenda las principales cualidades de los ingredientes que aquí utilizamos –Ron tragó saliva, temiéndose lo peor –De hecho, la mayor parte de los asistentes a esta clase sufrirán la misma suerte...
Severus agitó su varita y desaparecieron la mayor parte de los calderos. Neville seguía trabajando, añadiendo una cucharada de entrañas de hormigas de fuego. Draco sonrió y agitó su poción con autosuficiencia. Hermione parpadeó muy deprisa y enrojeció, como si le hubieran hecho un halago. Dos Ravenclaw´s se miraron con complicidad, pero no siguieron trabajando. Y Harry Potter dio un bote en su silla cuando ocurrió algo totalmente inesperado para él y para media clase: su caldero seguía frente a él. Eso sólo podía significar una cosa: Snape aprobaba su trabajo; no se lo dijo directamente, por supuesto, pero esa era la realidad. O quizás no...
-Vaya, vaya, señor Potter –Dijo el profesor con aquel tono de voz cruel que le caracterizaba –Creo que esta es la peor poción que ha preparado en sus años como alumno mío –Hizo una mueca de desprecio y comprobó que Harry enrojecía (de ira o vergüenza, no era fácil de decir) –Pero, tiene suerte. Esta vez no la haré desaparecer. Creo que la guardaré para demostrar a los futuros estudiantes que "No" deben hacer si quieren aprobar –Severus se dio media vuelta, como si fuera a dejar ese asunto así, hasta que alzó una mano alegremente –Por cierto, su ineptitud le costará veinte puntos a Griffindor. Haría un buen favor a sus compañeros... –Miró, desdeñoso, a Ron –Mejor dicho, a su compañera de casa si no volviera a poner un pie en mi clase.
Dicho eso, siguió con su camino a través del pasillo. Harry apretaba las mandíbulas, a punto de estallar. Ron tenía las orejas rojas y Hermione estaba extrañamente tensa. Definitivamente, Snape era el de siempre, con hijo o sin él.
-Señorita Granger, recuerde cuál de los ingredientes que tiene sobre su mesa es un perfecto colorante y tiene propiedades anestésicas... –Dijo Snape como si nada. Hermione volvió a parpadear y, un segundo después, cogía el estómago de cobra negra con manos temblorosas –Señores Boot y Goldstein, dejen de enviarse notitas y céntrense. Si no terminan sus pociones para hoy, suspenderán igual –Los aludidos se pusieron rojos y empezaron a trabajar a toda velocidad –Señor Malfoy, tome una muestra y etiquete su poción correctamente –Draco volvió a sonreír, alzando la cabeza, y obedeció la orden –Señor... Potter –Harry alzó la mirada y se encontró con los ojos de Snape, tan fríos como siempre. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominarse –Apague el fuego y corte un trozo de su poción; será interesante tener ese desastre en mi armario de rarezas –Harry tomó su cuchillo; si pudiera lanzárselo al profesor, se sentiría mucho mejor –El resto, tomen sus libros de Pociones y ábranlos por el dossier de ingredientes; quiero que realicen una investigación pormenorizada de todos los componentes que utilizaremos este curso y me entreguen un trabajo dentro de dos semanas –Un par de gemidos de protesta siguieron a esas palabras; eran más de quinientos ingredientes y Severus lo sabía perfectamente. Esbozó una sonrisa contrahecha y continuó hablando –Quizás el trabajo en grupo les ayude a trabajar más rápido... O quizás no...
Dicho eso, se dio media vuelta y volvió a centrar su atención en Neville; escuchaba los cuchicheos a su espalda y sentía las miradas homicidas de una buena parte de sus alumnos, pero no le importó. Si para que esos inútiles aprendieran algo tenía que obligarles a trabajar hasta la extenuación, lo haría sin parpadear.
Lo que le impidió parpadear fue lo que vio cuando se centró en Longbottom: el muchacho tenía el cabello pegado a las sienes a causa del sudor y sonreía abiertamente al tiempo que le mostraba un frasquito que contenía una delicada poción rosada. Severus frunció el ceño y se inclinó sobre el caldero del joven moreno, encontrándose con un brebaje que era, simplemente, perfecto. Eso era muy extraño, el que Neville hiciera algo así sin ayuda, de la misma forma que fue extraño, casi increíble, lo que Severus se vio obligado a hacer a continuación.
-Realmente nunca pensé que esto fuera a ocurrir en una de mis clases –Musitó, analizando el frasquito que el muchacho le había dado –Acaba de hacer una poción perfecta sin ayuda, señor Longbottom –El aludido se puso colorado y bajó la mirada –Creo que esto merece... Cinco puntos para Gryffindor...
El tono carmesí del rostro de Neville se tornó en blanco repentinamente; el muchacho dio un pasó a atrás y se apoyó en la mesa, golpeando sin querer su caldero. La poción cayó al suelo y Severus sonrió con crueldad.
-Afortunadamente, hay cosas que nunca cambian –Dijo y, curiosamente, Neville pareció casi aliviado –Su torpeza es una de ellas. Cinco puntos menos para Gryffindor y se quedará a limpiar este desastre... sin varita.
Neville expulsó aire; de hecho, toda la clase lo hizo. Por un segundo, todo el mundo había pensado que Snape iba a conceder los primeros cinco puntos de su carrera profesional a un Gryffindor, pero al joven Longbottom no le sorprendió esa última decisión. De hecho, sonrió con resignación y enderezó su caldero, recogiendo sus materiales con sumo cuidado; nadie se dio cuenta de que Severus le devolvió esa sonrisa, ni siquiera el propio Neville, de la misma forma que nadie se percató de que, por una vez, el profesor de Pociones se alegraba de los avances de un Gryffindor; casi parecía orgulloso.
En ese momento, llegó el final de la clase. Severus indicó con un gesto desdeñoso a sus alumnos que podían retirarse y recogió las pociones de aquellos que habían superado su prueba de fuego; Harry se acercó a la mesa con la cabeza gacha y Snape lo ignoró por completo, como si quisiera evitar un enfrentamiento con él. Draco fue de los últimos en llegar a su mesa y Severus llegó a la conclusión de que ese era un momento tan bueno como cualquier otro para descubrir el secreto que tenía con Adrien; sabía que el famoso dibujo estaba dentro de la mochila de su alumno, así que, haciéndose el despistado, "tropezó" con Malfoy, tirándole todos sus materiales al suelo. Draco lo miró con enojo, más aún cuando Severus no le ayudó a recoger sus cosas: el buen hombre estaba demasiado ocupado deslizando el pergamino de Adrien debajo de su mesa para centrarse en esas nimiedades.
Neville observó la escena con curiosidad, dándose perfecta cuenta de lo que Snape estaba haciendo, pero optó por no decir nada. No sabía cuál de esas dos serpientes era más peligrosa, así que fue al armario de los ingredientes en busca de un cubo y una fregona, y empezó a limpiar con esmero, ansioso por salir de la clase cuanto antes. Era viernes y tendría dos largos días para descansar.
Draco se levantó del suelo y se colgó la mochila a la espalda, una vez recuperadas todas sus cosas. Severus lo despidió con una sonrisa burlona y miró a Neville, que tardaba demasiado en recoger todo aquel desaguisado. Ansioso por descubrir la verdad sobre Adrien, Severus chasqueó la lengua y, agitando su varita, limpió el suelo, ganándose una nueva mirada de sorpresa por parte de Longbottom.
-Retírese de una vez –Dijo con voz tensa, dejándose caer en su butacón de cuero.
Neville no necesitó que se lo dijeran dos veces; recogió todo rápidamente y salió casi corriendo antes de que a su profesor le diera por destruir su poción por puro aburrimiento.
Severus cerró la puerta y se inclinó bajo su mesa, recogiendo el pergamino con una sonrisa maliciosa. Allí estaba el dibujo de Adrien, un dibujo que aclaraba muchas cosas. El castillo de Hogwarts, las montañas, el lago, el bosque y Hagrid; todo visto desde el aire. Estaba claro que aquel paisaje no había salido de la imaginación del niño y la mente de Severus comenzó a trabajar velozmente hasta que llegó a la conclusión de que Draco había estado volando con Adrien a una altura superior a un metro, lo cual estaba totalmente prohibido para el niño.
Severus frunció el ceño y guardó el pergamino en los pliegues de su túnica con sumo cuidado; tendría que hablar con Adrien sobre todo eso y esperaba que el pequeño no le mintiera. De lo contrario, debería tomar medidas y eso no le hacía ninguna gracia.
OoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººO
Adrien permanecía atento a todas las explicaciones que le daba Dumbledore; ambos estaban sentados en el rincón más apartado de la biblioteca, el niño sobre las rodillas del anciano. Adrien escuchaba a su abuelo con una amplia sonrisa en el rostro; en ese momento, Albus le estaba contando un montón de cosas interesantes que podían hacer los fénix y el niño no se cansaba de observar las ilustraciones de los libros con la boca abierta. Los dibujos, que representaban hermosos ejemplares de fénix de luminosas plumas rojas, eran verdaderamente bonitos y Adrien anhelaba poder dibujar algún día de esa manera, logrando que sus imágenes parecieran tan reales como aquellas.
-Las lágrimas de fénix tienen propiedades curativas –Decía Dumbledore, permitiendo a Adrien acariciar las páginas del libro con total libertad –Cuando son otorgadas libremente, pueden sanar toda clase de heridas mágicas o no-mágicas.
-¿De verdad? –Adrien parecía muy interesado por todo aquello y tenía los ojos abiertos como platos -¿Fawkes te ha curado alguna vez, abuelo?
-Ha tenido que hacerlo en un par de ocasiones, sí –Albus sonrió, recordando tiempos peores, pero desterró esas imágenes de su cabeza inmediatamente –Y estoy seguro de que también te curaría a ti si te hicieras daño.
-¿A mí? Pero si no es mi fénix...
-Los fénix también pueden curar a otros magos, aunque no sean sus dueños... –Adrien entrecerró los ojos, sin comprender muy bien la lógica de todo eso –Fawkes ya ha utilizado sus lágrimas para ayudar a otras personas. ¿No lo sabías? –Adrien negó con la cabeza –Él sabe quiénes son las personas a las que yo aprecio; si alguna de ellas está herida, acudirá inmediatamente para sanarlas...
-¡Oh! –Adrien afirmó con la cabeza, quedándose más tranquilo. Tenía la sensación de que él era una de esas personas a las que el abuelo apreciaba, así que supuso que, efectivamente, Fawkes le curaría con sus lágrimas si alguna vez le pasaba algo malo – ¿Los fénix son siempre rojos, abuelo?.
-Eso es.
-Y Fawkes está muy calentito –Adrien sonrió, mostrándose curioso –Me he dado cuenta cuando lo acaricio...
-Eso es porque los fénix tienen una naturaleza cálida. Recuerda que, al morir, estallan en llamas y se queman hasta quedar reducidos a cenizas...
-Sí...
La conversación fue interrumpida cuando Severus Snape entró en la biblioteca dando grandes zancadas; buscó con la mirada a Albus y a Adrien y, en cuanto los localizó, caminó directo hacia ellos, con expresión inescrutable. Adrien sólo lo había visto tan serio una vez, el día que se conocieron, y temió que algo malo fuese a ocurrir, así que inmediatamente se olvidó del libro sobre animales mágicos y se puso en pie, recibiendo a su padre con una sonrisita un tanto tensa. Albus, que también había olido a problemas, se levantó y cogió a Adrien de la mano, como si quisiera mostrarle su apoyo o, más probablemente, interponerse entre Severus y él. No obstante, Severus ignoró ese gesto y, nada más llegar junto a ellos, tomó a Adrien en brazos; demostró el mismo cuidado de siempre, aunque había en su actitud una determinación desconocida para el niño.
-¿Ya has terminado, Severus? –Preguntó amablemente el director, preguntándose qué andaba mal entre esos dos.
-Tengo que corregir unos trabajos –Dijo con frialdad el hombre; Adrien había dejado de sonreír y se aferraba al cuello paterno con timidez –Nos iremos a casa después de la cena.
-Si quieres, puedo quedarme con Adrien esta tarde...
-Adrien y yo tenemos que hablar –Severus interrumpió las palabras del director, que miró a Adrien y le guiñó un ojo –Creo que este jovencito tiene algo que contarme. ¿No es así?
Adrien arrugó el entrecejo, pero no dijo nada. Tenía la sensación de que su padre había descubierto el secreto que tenía con el primo Draco y con Hagrid y supo, aún antes de quedarse a solas con él, que Severus Snape estaba muy enfadado y lo iba a castigar.
-Papi...
-Nos vamos al despacho –Anunció Severus, acallando a Adrien; no era necesario que todo el mundo supiera de los "problemas" que podía tener con el niño –Le he pedido a un par de elfos que recojan todas las cosas de Adrien; espero que no te importe.
-Claro que no.
-Bien.
Severus se dio la vuelta con decisión y, antes de echar a andar, escuchó la voz serena de Dumbledore.
-Haya hecho lo que haya hecho, no seas muy duro con el niño.
Snape no contestó; miró a Adrien, que tenía los ojillos casi llorosos, y agitó la cabeza en señal de negación. Si miraba durante demasiado tiempo a su hijo, centrándose en su expresión apesadumbrada, no sería capaz de aclarar el asunto que se traía entre manos y, dadas las circunstancias, lo que más necesitaba a esas alturas era establecer unos límites para que Adrien no terminara por volverse un niño malcriado, capaz de conseguir cualquier cosa con solo una miradita triste y una sonrisa.
Severus no dijo una palabra durante todo el trayecto hacia las mazmorras. Adrien continuaba abrazado a su cuello, temeroso de que fueran a castigarle durante mucho tiempo. Normalmente, cuando su padre lo cogía en brazos, siempre le acariciaba la espalda y le devolvía los abrazos, pero esa tarde se limitaba a sostenerlo con algo de frialdad. A Severus le estaba costando un gran esfuerzo resistirse, eso sí; sentir las manos de Adrien rodeando su cuello, jugueteando con sus cabellos distraídamente, era una gran prueba de fuego, pero logró llegar a su despacho sin sucumbir a las caricias del niño.
Una vez allí, lo dejó en el suelo, justo en mitad de la habitación, y se puso en pie frente a él, con los brazos en jarra. Adrien tenía que alzar la cabeza para mirarlo, y eso también era algo que iba mal; cuando su padre y él hablaban, sus caras siempre estaban a la misma altura, bien porque Severus se agachara, bien porque subiera a Adrien a alguna silla. Pero esa tarde, Snape pretendía mantener las distancias; no podría regañar a Adrien de rodillas en el suelo y, además, quedándose de pie, su autoridad parecía ir en aumento.
-¿Y bien? –Dijo Severus, alzando una ceja, totalmente serio, tanto que casi daba miedo.
-¿Papi?
-Te voy a dar la oportunidad de confesar –Severus se sintió extraño diciendo eso; ni que Adrien fuera un criminal... –Te he dicho muchas veces que no me gustan las mentiras, así que ahora es el momento para que me digas lo que necesito saber.
-Papi... –Adrien bajó la mirada, sabiendo a qué se refería. Pero él no había dicho ninguna mentira; simplemente tenía un secreto –El primo Draco me dijo que eso no era mentir –Explicó Adrien, esperando que su padre entendiera.
-¿El primo Draco? –Severus frunció el ceño -¿Qué te dijo?
-Me preguntó si quería subir en su escoba con él –Adrien se atrevió a levantar la mirada y se sintió un poco más seguro; los ojos de su padre tenían aquel brillo que siempre le tranquilizaba –Yo le dije que tú no me dejabas, pero él me convenció... Yo no quería decirte mentiras, papi, pero Draco me dijo que si volaba con él y no te decíamos nada, no sería una mentira –Adrien aún creía en esas palabras –Sería un secreto... ¿Es un secreto, no? –Adrien tosió débilmente y siguió hablando –Tú no me habías preguntado: "Adrien. ¿Te subiste a la escoba con Draco y volasteis muy alto?", así que no he mentido... Sólo no te dije que...
-Está bien –Severus apretó las mandíbulas, maldiciendo a Draco. Sin duda, no le había resultado difícil engañar a Adrien de esa manera –No me has mentido –Adrien casi sonrió, pero su padre siguió hablando –Pero me desobedeciste. Te he dicho muchas veces que no me gusta que vueles en escoba y tú te subiste con Draco sabiendo que yo no te lo permitiría –Adrien agachó la cabeza con tristeza y, esta vez sí, Severus se acuclilló y cogió a Adrien por los hombros con suavidad –Voy a tener que castigarte para que no lo vuelvas a hacer, ¿Entiendes?
-Pero... No lo haré otra vez, papi –Dijo el niño, esperando que el hombre no le castigara de verdad –No te desobedeceré nunca más. Te lo prometo, papi...
Severus suspiró, sintiéndose tentado a dejar ese asunto así; veía en los ojos de Adrien que estaba siendo sincero pero, conociéndole como le conocía, el niño no tardaría en hacer algo similar si ese "algo" le entusiasmaba realmente, así que no cedió. No en esa ocasión.
-Te voy a quitar la escoba durante un mes –Dijo levantándose.
-¡No, papi! Por favor... –La vocecilla angustiada denotaba rebeldía.
-Y pasarás toda la tarde en ese rincón –Señaló en dirección a la chimenea –Estarás calladito y mirando a la pared...
-Papi... –La mirada severa del hombre volvió a acallarlo.
-Y tendré que hablar con el primo Draco –Bufó el hombre, viendo como Adrien arrastraba los pies hacia el rincón señalado –Si pudiera, lo pondría a mirar la pared contigo, créeme. Lástima que sea demasiado mayor para esas cosas –Concluyó, dejándose caer en su butaca, frente a un montón de pergaminos que amenazaban con amargarle la tarde más de lo que ya estaba.
OoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººO
Severus apenas pudo corregir tres redacciones en toda la tarde. Tres redacciones que habían resultado totalmente decepcionantes y habían contribuido a que su mal humor fuera en aumento con el paso de las horas. A media tarde, seleccionó los trabajos de sus alumnos más aventajados, esperando poder obtener alguna satisfacción con ellos, pero descubrió que le resultaba totalmente imposible concentrarse en lo que estaba haciendo; cada dos por tres, su mirada se desviaba hacia el rincón en el que Adrien, sentado en una silla, permanecía obedientemente quieto y en silencio. Un extraño estremecimiento recorría el cuerpo del adulto cuando lo veía allí, con esa apariencia tan frágil y melancólica; en más de una ocasión tuvo que controlar el impulso de dejar lo que estaba haciendo para abrazar a Adrien. Tenía la sensación de que el castigo estaba siendo excesivo; sin duda, perder su escoba voladora durante treinta largos días sería muy duro para Adrien. Quizás fuera casi cruel obligar al niño a pasar su última tarde en Hogwarts mirando una pared, pero Severus deseaba que el pequeño aprendiera una lección que no debía olvidar nunca: cuando su padre le decía que no podía hacer algo, simplemente no podía hacerlo, le dijeran lo que le dijeran.
Severus sabía que Draco había sido el principal responsable de lo que había ocurrido; desde niño había sido un manipulador nato y convencer a Adrien para que se divirtiera con él apenas le había costado unas cuantas frases, cuidadosamente escogidas para confundir a su hijo. Severus estaba decidido a hablar con él; no le importaba lo más mínimo que el joven Malfoy utilizara todo su talento para manejar a placer a medio Slytherin, a medio colegio incluso, pero no iba a permitir que volviera a engañar a Adrien. Ahora era el niño quién pagaba las consecuencias y a Severus le dolía tener que castigarlo.
El primer castigo para ambos. Igualmente duro para los dos.
Severus, a pesar del mal rato que estaba pasando, sabía que eso era lo correcto. Cada vez que pensaba en lo que pudo ocurrirle a Adrien durante su aventura voladora, se quedaba sin respiración. Imaginaba el cuerpecito de su hijo cayendo al vacío desde una altura considerable, estrellándose contra el suelo y quedando destrozado... Severus agitó la cabeza y volvió a mirar a Adrien; el niño estaba bien. Se aferraba con sus manitas a ambos lados de la silla y balanceaba los pies, buscando una forma para que el aburrimiento no fuera tan grande. La hora de la cena debía estar muy próxima; ya había escuchado los débiles rugidos del estómago de su hijo un par de veces y eso contribuyó a hacerle sentir más apenado todavía: Adrien ni siquiera había merendado y, al parecer, se tomó tan en serio su castigo que no le pidió a su padre nada de comida.
Severus consultó la hora y suspiró profundamente; comenzó a recoger los pergaminos desperdigados sobre su mesa, sabedor de que tendría un montón de trabajo que llevarse a casa. Cuando terminó, se acercó a Adrien; hizo girar la silla hasta tenerla frente a sí y se puso a la altura del pequeño. Su carita era de puro aburrimiento y, sin saber si eso era bueno o no, Severus descubrió algo de enojo. Había pensado en ser amable con el niño, en dejarle hacer algo para compensar su castigo, pero cuando Adrien se cruzó de brazos y alzó la barbilla con arrogancia, Severus supo que ese no era el momento para ponerse blando: si el maldito mocoso estaba enfadado, no era el problema de Snape. Cuando Adrien admitiera que había merecido ese escarmiento, entonces Severus volvería a ser el mismo de siempre con el niño.
Así pues, Severus se irguió de nuevo y se cruzó de brazos con frialdad. Le pareció ver un destello triste en los ojos oscuros de Adrien, pero enseguida el niño imitó su gesto, alzando aún más el mentón, prestándose a aquella extraña batalla de voluntades.
-Vamos a cenar –Dijo Severus con frialdad, sin ofrecerle su mano al niño como ya era habitual. Si Albus lo viera, lo tacharía de infantil, pero es que el brujo no tenía ni idea de cómo afrontar esa situación; era la primera vez que castigaba a Adrien y tenía la sensación de que estaba pagando su falta de experiencia –Después, nos iremos a casa.
-Sí, papá.
Adrien tampoco hizo ademán de querer cogerle la mano; se bajó de la silla cuando comprendió que su padre no le iba a ayudar, y empezó a andar hacia la puerta. Se había aburrido mucho esa tarde; su padre parecía haberse olvidado de él y ni siquiera le dio de merendar. No le había gustado que le castigara durante tanto rato; sabía que se lo merecía por haberle desobedecido, pero cuando le dijo que le iba a quitar la escoba, pensó que con eso sería suficiente. Ya había aprendido la lección. Se había dado cuenta de que su papá se preocupaba mucho por él cuando le regañó; lo había mirado con aprensión y Adrien se había prometido a sí mismo que nunca iba a subirse a una escoba de verdad. Pero luego, se había puesto tan terco que Adrien no pudo evitar enfadarse; su madre nunca le había puesto castigos tan duros, nunca le había obligado a mirar la pared durante tantas horas y Adrien, sin poder evitarlo, sentía algo de resentimiento contra su padre. De pronto, él había dejado de preocuparse por él; cada vez que Adrien había girado la cabeza para comprobar si Severus le estaba prestando atención, lo había visto centrado en su trabajo, ignorándolo por completo. Un rato antes, Adrien había querido pedirle algo de comida, un poco de agua tal vez, pero algo le había impulsado en no ceder; su madre algunas veces le había dicho cosas sobre el orgullo (por eso, ella y su tío "sin-nombre" no se hablaban) y Adrien sabía que eso era lo que le pasaba. No quería ceder hasta que Severus no lo hiciera antes y cumplió con su arresto sin protestar, aunque cada vez más enfadado.
Cuando su padre decidió que ya era hora de cenar, Adrien esperaba que ya no estuviera tan enojado como antes, pero seguía mirándolo frío y él, por instinto, imitó todos sus gestos, incluso quiso que su voz sonara tan susurrante como la de Severus. No lo consiguió, por supuesto, pero logró que su papá se diera cuenta de que se había excedido mucho castigándolo. ¡Un mes sin su escoba...!
Llegaron al Gran Comedor enfurruñados y sin dirigirse la palabra. Severus acomodó al niño en su sitio habitual y tomó asiento, troceándole la comida como siempre, pero sin mirarlo ni una sola vez. Todos en la mesa de los profesores parecían saber lo que ocurría, puesto que ninguno les hizo ninguna pregunta. Tan solo Albus Dumbledore tuvo un gesto cariñoso con Adrien, reservándole una gran jarra de zumo de naranja para él solo; el niño pensó que su padre iba a regañarle por beber jugo, pero se limitó a mirarle de reojo.
Era extraño ver a esos dos comportándose con tanta frialdad. Una buena parte del alumnado se había dado cuenta del cambio que habían experimentado los dos Snape, entre ellos Draco Malfoy. Nada más ver a Adrien, le había sonreído con complicidad, como siempre, pero el niño se limitó a saludarle tímidamente con una mano mientras su padre le lanzaba una mirada furibunda. Draco se vio obligado a desviar la mirada hacia el plato, sintiendo los ojos de su profesor de Pociones tercamente clavados en él; sabía que algo no iba bien. De hecho, supo que las cosas se estaban torciendo cuando, esa tarde, llegó a la Sala Común de Slytherin y descubrió que el último dibujo que le había regalado Adrien ya no estaba en su mochila. Tenía la sensación de que Snape se había enterado de su pequeño engaño; cada vez que miraba a la mesa de los profesores y veía a Adrien tan tenso y a Severus con esa expresión entre enfadada y entristecida, sus sospechas se confirmaban un poco más.
Severus se levantó de la mesa de profesores cuando la cena ya había concluido. Los estudiantes se retiraban poco a poco hacia sus habitaciones y Snape los ignoró a todos, excepto uno: Draco. El Slytherin había intentando escabullirse entre unos alumnos de primer curso, convencido de que su padrino estaba realmente enfadado con él; lo había visto levantarse con un pergamino entre los dedos y, entonces, había acelerado el paso, pero Severus Snape recorrió el Gran Comedor dando grandes zancadas y lo retuvo junto a la puerta, mirándolo con una frialdad casi inhumana.
-¿Tienes prisa, Draco? –Preguntó, sonando casi formal. Draco tragó saliva, aspirando a dilucidar las intenciones de ese hombre –Pensé que te despedirías de Adrien; nos vamos esta noche y, como últimamente os lleváis tan bien...
-Eh... –Draco balbuceó un segundo, hasta que se repuso del susto inicial –Pensé que os marcharíais mañana...
-Estaría bien que le dijeras algo –Afirmó Severus, sonando un poco más frío que antes –Tardaré un par de meses en traerlo de vuelta y creo que te va a echar de menos.
-Eh... ¡Claro! Iré a...
Draco intentó caminar hacia el lugar en el que Adrien charlaba con Dumbledore, pero la mano de Severus firmemente colocada en su pecho le hizo detenerse y, de paso, le provocó un estremecimiento.
-Pero antes –Dijo Snape, entregándole el dibujo de Adrien –Creo que perdiste esto en clase de Pociones.
Draco recogió el pergamino y contuvo la respiración; definitivamente, su padrino lo sabía todo y no parecía muy dispuesto a dejar el asunto como estaba.
-Espero que al menos mereciera la pena ese vuelo por el campo de quiddich –Prosiguió el brujo, apretando los puños –Espero, también, que no se vuelva a repetir –Draco retrocedió un paso, pero Snape lo retuvo, colocando su mano en el hombro del chico –Pero, sobretodo, espero que no vuelvas a confundir a Adrien; sé que tienes una lengua afilada y no debe resultarte muy complicado manipular a un niño de cuatro años, pero la próxima vez que lo hagas, me lo tomaré como un asunto personal –Severus sonrió y Draco afirmó levemente con la cabeza –Podría perder la razón y quitarle todos los puntos a Slytherin. ¿Lo sabías? No sería agradable que todos tus compañeros de casa supieran que tú eres el responsable de eso... Y, bueno –Severus se encogió de hombros –A mí no me importaría perder la Copa de la Casa... Incluso podría sacarte del equipo de quiddich o quitarte tu insignia de perfecto –Snape era plenamente consciente de que estaba exagerando, pero merecía la pena ver el rostro desconcertado de Draco. Él, que nunca había amenazado a un Slytherin de esa manera, ahora parecía dispuesto a hundir a la casa de las serpientes y al propio Draco en el fango más sucio y maloliente –Estoy seguro de que eso no será necesario. ¿Verdad? Entiendes que Adrien es muy pequeño y que puedes pasarlo bien con él haciendo cosas que yo apruebo. ¿Cierto?
-Claro, señor –Afirmó Draco, pareciendo casi indiferente a pesar de su turbación.
-Bien –Severus le dio una palmadita en el hombro y esbozó una sonrisa que no era alegre, ni comprensiva, ni sincera. Era una amenaza velada y Draco lo sabía –Este sería un buen momento para despedirse de Adrien. ¿No te parece?
-Sí, señor.
Mientras eso ocurría en la entrada del Gran Comedor, un niño y un anciano hablaban casi en susurros, como si estuvieran tratando asuntos de gran importancia. Albus Dumbledore había sentado a Adrien sobre sus rodillas nuevamente y le ayudaba a tomarse un trozo de pastel de chocolate; para el brujo, no había pasado desapercibido el enfado del niño y, para no variar, creyó conveniente entrometerse. Quería ayudar, por supuesto, aunque estaba seguro de que a Severus no le haría gracia que le dijera cómo debía educar a su hijo.
-No tienes que estar enfadado con tu papá –Le decía con suavidad al niño, que dejó de comer durante un segundo para mirarle fijamente –Si te ha castigado ha sido porque se preocupa por ti.
-Pero he estado mucho rato mirando la pared –Respondió apenado, alzando la vista en dirección a su papá –Y me ha quitado la escoba...
-Le desobedeciste, Adrien –Dijo el anciano, acariciándole el cabello –Tu papá quiere lo mejor para ti y, si no le haces caso, podrían pasarte cosas muy malas –Adrien bajó la cabeza, sabiendo que eso era cierto –Tu papá se sentiría muy mal si te ocurriera algo. –Albus sonrió y besó al niño en la mejilla –El castigo ya ha pasado; seguro que tu papá está ansioso por hacer las paces contigo... Deberías darle un besito...
Albus estaba seguro de que el profesor se desharía en cuanto Adrien se le acercara con actitud conciliadora. Sin embargo, el niño no estaba tan convencido de eso.
-No creo que él quiera que le dé un beso –Dijo, sonando algo apenado –Está muy enfadado conmigo... Creo que ya no quiere ni que le dé la mano...
-¡Claro que no está enfadado! –Albus alzó al niño, haciendo que lo mirara –Escúchame, Adrien. Tú papá está deseando que le des la mano y le beses y le abraces, pero es muy orgulloso para demostrarlo. ¿Sabes lo que es el orgullo?
-Mi mamá me habló de él...
-Pues eso le pasa a tu papá, pero no tienes nada que temer –Albus sonrió dulcemente, pasándole los dedos por la mejilla –Él te quiere mucho, Adrien. Jamás rechazaría un abrazo tuyo...
La conversación fue interrumpida por Draco Malfoy; con algo de timidez, pidió permiso para llevarse a Adrien a un rinconcito para hablar con él. Severus se sentó entonces junto a Dumbledore, y el anciano lo miró de reojo.
-Eres realmente exagerado con tus castigos, Severus –Comentó, burlón aunque algo molesto –No creo que fuera necesario tener a Adrien sin hacer nada durante toda la tarde; le has quitado unas horas preciosas de diversión por Hogwarts...
-No necesito que me digas cómo criar a mi hijo –Bufó el hombre, mirando de reojo a Draco.
-Está bien –Albus suspiró profundamente; no quería ponerse a discutir con Severus a esas alturas de la noche –Pero deberías hacer algo; Adrien piensa que no le quieres tener cerca.
Severus fue a protestar, pero no se le ocurrió nada sensato que decir. Miró a Adrien, que escuchaba atentamente a Draco, y se sintió terriblemente culpable.
-Siento mucho que te hayan castigado por mi culpa –Decía Draco, mientras tanto, ligeramente conmovido por el rostro triste de Adrien –No debí convencerte para que volaras conmigo...
-No importa –Adrien agitó la cabecita y sonrió –Me lo pasé muy bien contigo, de verdad, pero ya no desobedeceré a mi papá nunca más. No quiero que vuelva a enfadarse conmigo.
-Seguro que se le pasa pronto –Draco acarició el brazo del pequeño y miró de reojo a Severus –Espero que puedas venir a Hogwarts dentro de poco; podríamos hacer muchas cosas juntos.
-He pensado que podría mandarte dibujos con "Athos" –Dijo Adrien, dando un saltito emocionado –Y, cuando aprenda a escribir mejor, te podré enviar cartas...
-Eso estaría muy bien –Draco sonrió y se irguió –Te escribiré siempre que pueda, Adrien...
-Vale...
Draco se quedó inquieto durante un segundo; no sabía muy bien qué hacer para terminar de despedirse del niño. Finalmente fue Adrien quién tomó la iniciativa, abrazándose a sus piernas con lágrimas en los ojos. No sabía muy bien porqué se ponía tan triste en ese momento, pero el pequeño contenía el llanto a duras penas.
-Te voy a echar mucho de menos, primo Draco –Musitó, dominando un sollozo.
-¡Eh...! –Draco se agachó, separando a Adrien de su cuerpo y sosteniéndolo por los hombros –No llores, Adrien... No pasa nada...
-¡Ojalá pudiera verte pronto! –gimoteó Adrien, limpiándose un par de lágrimas. Draco se sentía muy raro; era la primera vez que alguien lo abrazaba con aquel abrumador cariño y, después de un momento de duda, abrazó a Adrien fuertemente, dejando que el niño se cogiera a su cuello.
-Vamos, Adrien –Dijo el rubio, sin saber muy bien cómo afrontar aquellas emociones nuevas para él –No llores... Seguro que el tiempo se pasa rápido y vuelves a Hogwarts antes de lo que crees –Adrien hipó a modo de respuesta –Y... Quizás pueda –Draco no sabía qué decir –Quizás pueda convencer a tu papá para que me deje ir a visitarte alguna vez.
-¿Harías eso? –Adrien dejó de llorar de repente; un par de lágrimas se escurrían por su cara, pero volvía a sonreír -¿Vendrás a verme a casa? Mi habitación te va a gustar mucho. ¿Sabes? Y podríamos jugar en el jardín... Tengo un gran circuito para mi coche teledirigido...
-Seguro que es genial –Draco sonrió y, de forma casi inconsciente, le limpió las lágrimas –Tienes que tener paciencia y no llorar más. ¿De acuerdo?
Adrien afirmó con la cabeza. Draco no terminaba de entender por qué le molestaba tanto que Adrien llorara; quizás era porque le hacía sentir extraño y un tanto inútil al no poder tranquilizarlo de forma inmediata.
-Adrien –La voz de Severus resonó a la espalda del niño, que giró el cuello para mirar a su padre- Es hora de irnos.
El niño le dio un nuevo abrazo a Draco, que estaba empezando a ponerse un poco rojo al notar como una buena parte del profesorado los miraba, y le despidió con un beso en la mejilla. El joven Malfoy se alejó del grupo de profesores algo aturdido y alzó la mano para decirle adiós a Adrien una vez más, antes de salir de Gran Comedor.
Adrien aceptó gustoso las muestras de cariño de los profesores. Todos fueron despidiéndole mientras le pellizcaban las mejillas o le revolvían el pelo; la profesora McGonagall sorprendió a todos al abrazarle tiernamente y Hagrid, para no variar, derramó un par de lagrimitas. Eso fue lo único que salvó al semi-gigante de la furia de Severus, puesto que el profesor de Pociones ya se dirigía a él dispuesto a recriminarle que tuviera secretos con su hijo.
Después de eso, padre e hijo regresaron a las mazmorras acompañados por Albus, que sostenía en brazos a Adrien. El niño miraba fijamente a su padre y, cuando los ojos negros de Severus se encontraron con los suyos, Adrien supo que su abuelo tenía razón: su papá ya no estaba enfadado.
Una vez frente a la chimenea de las habitaciones privadas de Severus, Dumbledore dejó al niño en el suelo. Snape se despidió parcamente y se marchó a casa para esperar a Adrien en el otro lado.
-Iré a visitaos mañana –Dijo el anciano para tranquilizar a un Adrien nervioso que no dejaba de mirar la silla en la que cumpliera su castigo –No te preocupes por tu papá. Ya no está enfadado.
Adrien se limitó a afirmar con la cabeza. Se abrazó muy fuerte al anciano, sintiendo otra vez ganas de llorar, pero esa vez no lo hizo. Se lo había dicho a Draco. Después, se encaminó a la chimenea, le dijo adiós a su abuelo con la mano y experimentó lo desagradable de viajar utilizando la red flú otra vez.
Su padre lo sostuvo con cuidado nada más salir de la chimenea. La casa seguía teniendo el mismo aspecto de siempre y ninguno de los dos dijo nada mientras subían la escalera que conducía al segundo piso. Severus llevaba el equipaje y Adrien se mostraba un tanto temeroso, sin saber muy bien qué hacer. Comprobó con horror que su padre le llevaba a su cuarto y Adrien supo que tendría que dormir solo, y no estaba preparado para hacerlo. Aún se acordaba del hombre malo y tenía miedo...
-¿Quieres dormir conmigo, Adrien? –Preguntó suavemente Severus, dejando las cosas de Adrien junto al armario. Escuchó el suspiro aliviado del niño y estuvo a punto de sonreír.
-Sí, papi –Dijo de forma inmediata el niño. Entonces, se acordó de que estaban enfadados y siguió hablando –Si tú quieres...
Severus no dijo nada durante un par de segundos que a Adrien le parecieron eternos. El niño temía que su papá fuera a decirle que no quería dormir con él porque le había desobedecido. Entonces, sintió las manos de Severus rodeando su cuerpo con la ternura de siempre y alzándolo en el aire.
-Claro que no me importa, Adrien –Dijo, casi en un susurro, estremeciéndose cuando el niño se sujetó a su cuello.
Adrien no dijo nada mientras su papá le ponía el pijama y lo llevaba a su propio dormitorio. Tampoco habló cuando Severus lo recostó en su sitio de la cama de siempre y le cubrió con una manta. Cerró los ojos cuando su padre se fue al baño a darse un baño, pero no se quedó dormido; vio a Severus regresar a la habitación y cerrar puertas y ventanas para que nadie les molestara durante la noche. Se encogió un poco cuando las luces se apagaron, recuperando el miedo a la oscuridad; respiró aliviado cuando sintió el peso de su padre acostándose a su lado y tuvo que contenerse para no abrazarse a él. Estuvo mucho tiempo con los ojos abiertos, sin poder dormirse y, por la forma que tenía su papá de respirar, él tampoco dormía.
Efectivamente, Severus se sentía muy nervioso; Adrien se movía constantemente, tan desvelado como él. Severus sabía qué era lo que ambos necesitaban para poder tranquilizarse; era la primera vez que se distanciaban como ese día y el brujo, aunque sabía qué era lo que tenía que hacer, ignoraba cuál era la forma adecuada de hacerlo. Las palabras de Albus, cuando le dijo que Adrien temía mostrarse cariñoso con él, resonaban en la cabeza del hombre de forma constate. Era evidente que el niño se resistía a darle un abrazo y Severus se sentía culpable por eso, y por todo lo que había ocurrido durante el día. Adrien era un niño pequeño, era normal que quisiera divertirse, era normal que no midiera el peligro y que se dejara llevar por gente más mayor que él a la que apreciaba. Ese día, Severus se había olvidado de que él también fue un niño y se había excedido en sus castigos, pero no podía decirle eso a Adrien; si se disculpaba con él por ejercer su autoridad como padre, el niño olvidaría que había unas reglas que debía cumplir. Tampoco deseaba que Adrien le tuviera miedo, o que pensara que ya no le quería... A Severus le angustiaba esa distancia que existía entre ambos y, al cabo de un rato, no lo pudo resistir más.
Sin hablar, se puso de medio lado y pasó su brazo sobre el cuerpecito de Adrien; el niño se quedó muy quieto de repente, sin terminar de creerse lo que estaba pasando. Su padre volvía a abrazarlo como si no hubiera pasado nada y él se sentía tan protegido y querido como siempre. Sonriendo, Adrien dejó que su papá lo atrajera hacia su cuerpo y cerró los ojos, sintiendo la respiración cada vez más serena del hombre. Severus había dado el primer paso y Adrien, de forma repentina, se dio media vuelta para mirarlo fijamente. La habitación estaba muy oscura, pero el brillo en los ojos de ambos se distinguía perfectamente, un brillo que delataba lo mucho que se querían el uno al otro y lo mal que lo habían pasado durante aquella horrible tarde.
-Papi –Musitó el niño con timidez, poniéndose nervioso repentinamente –Yo no quería desobedecerte... Lo siento, papi...
-No pasa nada, pequeño –Severus sonrió, acariciando la frágil carita del niño –Ya ha pasado todo...
-No quiero que te preocupes... –Masculló el niño con voz apagada, como si estuviera a punto de llorar –Me portaré siempre muy bien, te lo prometo...
-Adrien, no pasa nada, de verdad –Severus, conmovido por esa actitud del niño, no quería que se sintiera culpable de nada, menos aún por querer divertirse –Me da miedo que vueles en escoba por si te caes, pero no hace falta que siempre te estés portando bien –Sonrió, con la certeza de que esa no era una buena forma de... "educar" –Eres muy pequeño y algunas veces querrás divertirte, pero tienes que escucharme cuando te digo que algo es peligroso –Adrien sorbió por la nariz, pero no dijo nada –Cuando seas más mayor, podrás hacer cosas que ahora no puedes; debes ser paciente y esperar. ¿Crees que podrás?
-Creo que sí –Afirmó el niño, sin dudarlo un segundo –Y... ¿Cuándo podré tener una escoba de verdad?
-Uhm... –Severus soltó una risita suave y Adrien sonrió abiertamente –Cuando seas tan viejo como el abuelo Albus... Creo que entonces estaría bien...
-¡No, papi! –Adrien dio un bote, sentándose en la cama –Tanto tiempo, no...
-Está bien –Severus le hizo acostarse otra vez –Ya lo pensaré. ¿De acuerdo? –Adrien se recostó en su hombro a modo de respuesta –Dime una cosa, pequeño... –Severus se mordió los labios -¿Te gustó volar con Draco?
Adrien pensó que esa era una pregunta con trampa; no entendía muy bien lo que su papá pretendía, pero finalmente optó por responder con la verdad.
-Fue muy divertido –Dijo, con aire soñador –Todo era muy bonito y el primo Draco sabe volar muy bien...
-¿De verdad? –Severus sonrió, abrazando al niño con fuerza. Sentía como Adrien se iba quedando dormido y supuso que él no tardaría en rendirse a los brazos de Morfeo –Seguramente, Draco jugará en el equipo de quiddich de Slytherin. ¿Te gustaría ir a verlo?
-Claro, papi...
Adrien respondió, pero Severus tenía la sensación de que no había escuchado su última pregunta. Cuando lo miró, descubrió que el niño dormía plácidamente; esbozó una sonrisa repleta de paz y él mismo cerró los ojos calmadamente.
El primer castigo de Adrien había sido superado satisfactoriamente por ambos.
OoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººOoººO
