Muy buenas. Aquí estoy, con una nueva actualización. Como siempre digo, no soy JK Rowling y no gano ni un mísero eurillo escribiendo esto, así que ahorraos las demandas y esas cosas.

Muchas gracias a Ana por betear y por hablarme de la empañada de riñones (creo que no aceptaré invitaciones de ciudadanos ingleses para ir a cenar XD)

Espero que os guste el capítulo.

Hasta pronto, Cris Snape

CAPÍTULO 26. Fotografías y cintas de video

Llovía con fuerza esa mañana de septiembre. Era sábado y un niño de cuatro años miraba el jardín de su casa desde la ventana de la cocina, con los ojos repletos de ansiedad; quería salir a jugar con su coche teledirigido, disfrutar del espléndido circuito de carreras que su padre y su abuelo habían preparado para él, pero eso sería imposible hasta que el tiempo no mejorara. A su espalda, un hombre de pelo negro y nariz ganchuda utilizaba su varita mágica para preparar la comida; lo había intentado sin hacer uso de la magia, pero, como siempre, todo resultó ser un desastre.

Las últimas patatas cayeron en la sartén repleta de grasa hirviente; un par de minutos después, estarían mágicamente fritas. Mientras tanto, Severus Snape sacó la empanada de riñones del horno y aliñó una ensalada de lechuga y tomate; tenía la sensación de que aquella comida era demasiada para dos personas, pero siempre podrían guardar lo que quedara para la noche y, de esa forma, se ahorraría volver a cocinar.

De cuando en cuando, Severus alzaba la mirada para asegurarse de que Adrien continuaba en el lugar que debía estar. Nada más levantarse, el niño preparó todos sus útiles escolares; todos los libros y demás materiales estaban dentro de una mochila que, a esas horas, ya descansaba en la entrada de la casa, perfectamente colocada en un rincón para que no molestara. El uniforme, de un color marrón claro bastante elegante, se encontraba sobre la cama del dormitorio de Adrien; Severus se había visto obligado a planchar los pantalones, la camisa y la chaqueta otra vez, puesto que el niño afirmaba que estaban muy arrugados. Los zapatos descansaban en el suelo, negros y brillantes, y el abrigo colgaba de aquella percha que una vez Severus confundió con un mortífago. Todo estaba preparado y Adrien pensaba pasar todo el día jugando y viendo la televisión; así no se sentiría tan nervioso y se olvidaría de que el lunes tendría que asistir a su nuevo colegio por primera vez.

-Vamos a comer, Adrien –Anunció Severus cinco minutos después, colocando varios platos sobre la mesa de la cocina y llenando un vaso con zumo de naranja para el niño.

Adrien dio un bote, contempló durante un par de segundos más la lluvia y, con aire resignado, abandonó su coche y fue hasta la mesa, arrodillándose sobre una silla, junto a su padre. Severus colocó en su plato un buen trozo de empanada y algo de ensalada, mientras el pequeño cogía con las dos manos un bote de ketchup y cubría las patatas fritas con su contenido; su padre frunció el ceño un momento, pero no protestó, consciente de que no podría hacer nada para quitarle esa costumbre al niño.

-¿Crees que dejará de llover pronto, papi? –Preguntó Adrien, llevándose la comida a la boca. No estaba tan buena como la de Hogwarts, pero al menos se podía comer.

-No lo creo –Severus entornó los ojos y vio el cielo grisáceo por la ventana –Seguramente no puedas salir al jardín en todo el día.

-¡Oh! –Adrien, disimuladamente, había apartado un poco de comida, colocándola sobre su servilleta. Era para "Oso", por supuesto –Ahora lloverá todos los días...

-Estamos casi en otoño, es normal. Tendrás que acostumbrarte porque el invierno será muy largo...

-¿Crees que en el colegio nos dejarán salir aunque llueva? –Preguntó el niño, recuperando el tema estrella en los últimos días –Podríamos llevar chubasqueros y salir a jugar en los charcos...

Severus alzó una ceja. No fue necesario que dijera nada; Adrien ya empezaba a conocer esas miradas de su papá y sonrió con dulzura.

-Da igual –se encogió de hombros –En el cole haremos muchas cosas y, además, hay un gimnasio... ¿Crees que jugaremos al quidditch en el cole? Sería muy divertido...

-No, Adrien. Sólo los magos juegan al quidditch. Los muggles practican otros deportes.

-¡Cómo el fútbol! –Adrien dio un bote, repentinamente emocionado -¡Me gusta mucho el fútbol! Ojalá podamos jugar en el cole... ¿Crees que Josh sabe jugar al fútbol?

-No sé... ¿Por qué lo preguntas?

-Porque me gustaría jugar con él. Como vamos a pasar mucho tiempo juntos... –Adrien se agitó, sin dejar de comer, y miró a su padre fijamente -¿Tú jugabas al fútbol cuando eras más pequeño?

-No... –Severus carraspeó y miró con desdén como Adrien dejaba un par de patatas en la servilleta de "Oso"; nunca antes había visto esa costumbre en el niño y le extrañaba –No fui al colegio hasta que no me admitieron en Hogwarts.

-¿Por qué? –Adrien parecía confundido –Los niños deben ir al cole para aprender. Mi mami me lo dijo el año pasado, cuando no quería que me llevara a la guardería –Adrien se mordió el labio un segundo, algo avergonzado -¿Los abuelos no querían que aprendieras?

-Mi madre decidió que era mejor para todos que me enseñara en casa –Severus parecía un poco apenado, aunque procuraba disimularlo.

-¡Oh! Debía ser muy aburrido –Adrien suspiró –Todo el día aquí encerrado, estudiando sin poder jugar con nadie... Yo prefiero el cole; aunque los otros niños no puedan hacer magia ni vayan a ir a Hogwarts, estoy deseando hacerme amigo de ellos. –Adrien frunció el ceño –Bueno, Josh ya es mi amigo, pero no es muy divertido... Tiene muy mal genio. ¿Sabes, papi? Pero me cae muy bien. Y, su mamá es muy simpática. Me alegra que sea mi niñera. Yo nunca he tenido una antes pero, cuando era más pequeño y mi mami se iba a trabajar, me cuidaba una señora que me hacía muchas galletas de chocolate... La señora Miller.

-Uhm... –Severus sonrió; una vez más, Adrien hablaba sin parar –La señora Miller... ¿Dices que te hacía galletas de chocolate?

-Sí... Siempre me decía: "Adrien" –y el niño hizo más grave su tono de voz –"Siéntate en el sofá, pon los dibujos animados y cómete las galletas". Yo la obedecía y ella se iba a hablar por teléfono –Adrien alzó una ceja –La señora Miller hablaba mucho por teléfono... Muchas veces venían otras señoras a su casa y hablaban, y hablaban... Creo que de otras personas. Algunas veces hablaban de mí; decían que les daba pena porque yo era el hijo de una oveja descarriada... Pero mi mamá no era una oveja... –Adrien se removió de nuevo y miró a Severus -¿Qué es una oveja descarriada, papi?

-Uhm... –Severus soltó una leve risotada y alborotó el cabello del pequeño, que le fulminó con los ojos, rencoroso –Es una forma de hablar que tienen los mayores cuando se refieren a una persona que es muy... -Alocada, irresponsable... Ninguno de los adjetivos que acudían a su cabeza definía a la Mariah que él conoció –Independiente –Severus se sintió repentinamente orgulloso de sí mismo.

-¡Oh! –Adrien agitó la cabeza –Yo creo que a la señora Miller y sus amigas les molestaba que yo no tuviera un papá. Una de ellas, me decía bastardo... –Severus frunció el ceño –La señora Miller siempre le regañaba y le decía a su amiga que no fuera antigua... –Adrien se encogió de hombros –Yo creo que la señora Miller me quería, aunque algunas veces no me hacía mucho caso. Cuando mi mamá se tuvo que ir al hospital y el señor Burns me llevó con él, la señora Miller prometió cuidar de nuestra casa y de todos mis juguetes... ¿Crees que lo habrá hecho, papi?

-Seguro que sí –Severus sonrió, mirando la servilleta de "Oso" otra vez, cada vez más intrigado –Si tu madre te dejaba con la señora Miller, significa que ella era digna de confianza, así que estoy seguro de que tus juguetes y vuestra casa están en perfectas condiciones.

-¡Ojalá! –Adrien suspiró –Me gustaba mucho nuestra casa... Era muy pequeñita, pero mi mamá tenía muchas cosas bonitas...

Adrien colocó un poco de ensalada sobre la servilleta de "Oso" y Severus optó por preguntarle de una buena vez. Algunas veces el niño se comportaba de una forma que no comprendía muy bien. Serían cosas de los cuatro años...

-¿Qué estás haciendo, Adrien?

-"Oso" tiene hambre –Adrien cogió a su peluche y se lo mostró a Severus –Se está poniendo muy flaco y tiene que comer mucho.

-Adrien, "Oso" es un muñeco –Explicó con suavidad, procurando no herirle –No necesita comer y no está flaco; yo lo veo como siempre.

-Eso es porque no lo miras bien –Adrien agitó el peluche en el aire –Antes no me pedía comida, pero ahora sí... Tengo que llevarla a la puerta y dejar a "Oso" allí para que se la coma...

-Adrien, "Oso" no...

Pero Severus no pudo seguir con sus explicaciones; el timbre de la puerta acababa de sonar. El hombre se molestó un poco por la interrupción, hasta que suspiró resignado y fue a abrir, dejando a Adrien solo en la cocina.

-No te preocupes, "Oso" –Dijo por lo bajo el niño, abrazando a su muñeco –No dejaré que te pongas malito.

Tras decir eso, cogió un trozo de empanada y lo envolvió con unas servilletas; ocultó toda la comida en el cajón de la cocina y, cuando la visita se fuera, sacaría todo a la puerta para que "Oso" comiera en paz y se pusiera tan gordo y bonito como siempre. Dijese lo que dijese su papá.

Severus, por su parte, había abierto la puerta de la calle. Ante sus ojos apareció un hombre alto y fibroso, de pelo castaño y ojos grandes y azulados; era, a todas luces, un muggle, y a sus pies descansaba una caja de cartón relativamente grande. Severus le encontró parecido con alguien y lo observó con suspicacia, intentando recordar si lo había visto en otro sitio antes de ese día.

El hombre también parecía examinarlo con la mirada, contemplando su figura con detenimiento, hasta casi incomodarle. Tendría unos treinta y cinco años y, su pose altanera, hizo que Severus se acordara de Lucius Malfoy.

-Buenas tardes –Saludó el desconocido, inclinando levemente la cabeza -¿Es usted Severus Snape?

Severus arrugó el entrecejo; el recién llegado le miraba expectante y, al cabo de unos segundos, confirmó su identidad.

-Bien... –El hombre miró el interior de la casa; en ese momento, Adrien salía de la cocina con "Oso" en brazos. Correteó hasta llegar junto a Severus y se quedó oculto tras él, con los ojillos fijos en el desconocido –Edward Burns me comunicó su dirección, pero no estaba muy seguro de que ésta fuese la casa correcta. –El hombre miró a Adrien y entornó los ojos; a Severus no le gustó esa mirada y, con suavidad, ocultó al niño de la vista del recién llegado –No le molestaré por mucho tiempo; he venido a traer unas cosas que pertenecen a Adrien.

Severus entornó los ojos y permaneció inmóvil un momento, procurando intimidar al hombre que tenía frente a sí. Éste, permanecía impasible y, de cuando en cuando, buscaba a Adrien con la mirada.

-¿Se puede saber de qué conoce usted a mi hijo? –Preguntó Severus con frialdad; de pronto, parecía más grande y peligroso.

-De nada, en realidad –El hombre se encogió de hombros, como si no ocurriese nada –Y tampoco me apetece conocerlo. Estoy aquí para cumplir con la última voluntad de Mariah.

-¿Mi mami?

El niño dio un saltito, colocándose frente a Severus antes de que el hombre tuviera tiempo de actuar. Cuando ese señor mencionó el nombre de su mamá, Adrien no pudo evitar emocionarse. ¿Quizás podría volver a verla? Todo el mundo le había dicho muchas veces que ella se había ido para siempre, pero todo era posible.

-Ve al salón a ver los dibujos, Adrien –Ordenó Severus, alejando al pequeño del desconocido frente a él.

-Pero, papi... Mi mamá...

-Ve dentro, Adrien.

El tono de voz no admitía réplicas. El niño agachó la cabeza con decepción y se marchó arrastrando los pies, dejando a los dos hombres solos. Cuando Severus escuchó cerrarse la puerta de la salita de estar, se cruzó de brazos y encaró de nuevo a su visitante, quien permanecía tan impasible como antes.

-¿Quién es usted? –Preguntó bruscamente el brujo, preparado para hacer uso de la varita si era necesario.

-¡Oh, claro! No me he presentado –El hombre estiró la mano e inclinó la cabeza educadamente –Jerry Bellefort –Dijo con voz grave y, de pronto, Severus se dio cuenta del gran parecido que ese tipo tenía con la madre de Adrien –Mariah era mi hermana. Y usted –Jerry torció el gesto –Debe ser el padre de su... hijo.

Severus se sintió profundamente molesto cuando escuchó aquella palabra; nunca pensó que algo tan bonito pudiera sonar a insulto y su cuerpo reaccionó inmediatamente: su espalda se enderezó y sus puños se apretaron hasta que se clavó las uñas en las palmas.

-Adrien es mi hijo, efectivamente –Dijo, apretando las mandíbulas -¿Qué quiere?

-Como dije antes, cumplir con el último deseo de mi hermana –Jerry se agachó y tomó con ambas manos la caja de cartón, tendiéndosela a Severus –Mariah y yo nunca nos llevamos bien, pero eso no viene al caso... Hace un par de meses llegó a mi apartamento esta caja; no me he molestado en abrirla, pero creo que tiene algunos recuerdos familiares que mi hermana quería que el niño conservara –Jerry se encogió de hombros y retrocedió, dispuesto a marcharse –Creo que he cumplido con mi parte.

Severus contempló al hombre mientras se alejaba, con la caja entre los brazos. Definitivamente, Jerry Bellefort no se había presentado en su casa por voluntad propia, ni siquiera había sido amable; educado, sí, pero amable, no. Severus no terminaba de explicarse su presencia en esa casa y dejó la caja en el suelo, saliendo al porche; seguía lloviendo y vio al hombre correr hacia un coche bajo un gran paraguas negro; hubiera podido salir detrás de él para preguntarle lo que quería, pero se quedó donde estaba, consciente de que no debía dejar a Adrien solo. Toda esa situación había sido tan rápida y extraña que tardó unos segundos en reaccionar. El hermano de Mariah... Severus no pensaba que fuera a encontrarse con ese hombre alguna vez; definitivamente, su carácter era totalmente opuesto al de Mariah. Severus entendió porqué ellos no se llevaron bien y soltó un suspiro. Hubiera esperado alguna explicación más, algo que pudiera decirle a Adrien cuando el niño preguntara, pero ese tal Jerry no parecía dispuesto a decirle nada.

Severus dio media vuelta y recogió la caja del suelo, entrando a la casa de nuevo y cerrando la puerta tras de sí. Inmediatamente, Adrien asomó la cabecita al pasillo y, al ver a su padre solo, corrió hacia él, saltando a su alrededor y estirando sus manitas hacia el paquete que cargaba el brujo.

-¿Quién era ese señor, papi? –Empezó a preguntar, sin dar tiempo a Severus a que respondiera -¿Conoce a mi mamá...? ¿Podré verla otra vez? –Adrien suspiró y se colocó junto a su padre, mientras él colocaba la caja sobre la mesa -¿Qué es esto?

-No lo sé, Adrien –Severus carraspeó –Creo que es un regalo de tu madre...

-¿Mami? –Adrien dio un saltito y se subió a una silla; intentó abrir el paquete, pero estaba perfectamente precintado.

-Eso es –Severus comenzó a retirar la cinta adhesiva –Ese señor ha traído esto para ti, de parte de tu madre.

-¡Oh! ¿Y quién era el señor, papi?

Severus dudó un momento. Pensó en decirle que era su tío, pero Adrien no solía soportar demasiado bien los desprecios de los demás, así que optó por mentir. Después de lo sucedido en Howgarts, el niño se había levantado tan sonriente como siempre; Severus no iba a dejar que su carita se entristeciera de nuevo sin un buen motivo.

-No lo sé –Finalmente, se encogió de hombros –Quizás podamos ir a visitar al señor Burns en unos días. Dijiste que te gustaría verlo. ¿No es cierto?

-¡Sí! Podría llevarle un dibujo...

-Y él podría decirnos cómo ha llegado esto a casa...

Severus logró abrir el paquete finalmente; antes de poder ver su contenido, la manecitas de Adrien ya se habían metido en su interior, sacando lo que parecía ser un marco de fotografías de color azulado.

-¡Oh! –Exclamó el niño, totalmente extasiado -¡Es mi mamá! –Le mostró el retrato a Severus -¡Mira, papi! Esta es la foto que teníamos en la chimenea...

Severus tomó el portarretratos que Adrien le tendía; una extraña corriente eléctrica recorrió su espina dorsal cuando contempló aquella fotografía muggle: allí estaba Mariah, con su cabello castaño cayéndole delicadamente sobre los hombros y su rostro resplandeciente gracias a una inmensa sonrisa de felicidad. Sostenía un bebé de unos cuatro o cinco meses, que reía mostrando sus encías desdentadas; una espesa mata de pelo negro cubría su cabecita y estaba vestido con un mono vaquero y un jersey rojo...

-¡Ese era yo de pequeño! –Decía el niño, sintiéndose inmensamente feliz –Estamos al lado del lago... Mi mamá me dijo que, después de la foto, le eché toda la comida encima.

Adrien rió con animosidad, recordando la cara que ponía su mamá cada vez que le contaba esa anécdota, antes de ponerse a hacerle cosquillas en el estómago. Su mamá estaba muy guapa en esa fotografía y, Adrien, siempre se las arreglaba para hacerse con ella y mirarla durante mucho rato. El niño miró a su padre, esperando que dijera algo, pero Severus estaba como paralizado, contemplando esa escena familiar, pensando cómo habría sido su vida de haber compartido esos momentos con Adrien y Mariah. ¿Hubiera podido tener una familia?

-Tu madre era muy guapa –Musitó Severus, sintiendo una opresión en el pecho que no podía ignorar.

-Sí... –Adrien volvió a meter las manos en la caja y sacó un álbum que le resultó familiar -¡Mira, papi! –Gritó, y Severus giró la cabeza hacia él -¡Es mi "Libro de Bebé"!

El brujo dejó el portarretratos sobre la mesa y tomó el álbum de fotos; las pastas eran de cartón y estaban plastificadas. En la portada, Severus se encontró con la carita arrugada y sonrosada de un bebé recién nacido y, bajo ella, el nombre de Adrien escrito con delicadeza y hermosas florituras.

-¡Oh, Merlín! –Suspiró Severus, antes de abrir aquel libro cargado de fotografías de Adrien recién nacido, de Adrien tomando su primer biberón, del primer diente de Adrien, de sus primeros pasos, sus primeras palabras... Severus cerró el cuaderno, avasallado ante tantas imágenes, lamentando haberse perdido toda la vida de su hijo. Adrien, por su parte, seguía vaciando la caja: más álbumes de fotos y unas cuantas cintas de vídeos estaban esparcidas sobre la mesa, mientras el niño las examinaba frenéticamente, riendo cada vez que reconocía algo que le resultaba especial.

-¡Las fotos de mamá y sus amigos! –Adrien se puso en pie sobre la silla, arrebató el "Libro de Bebé" de las manos de su padre, y le acercó varias imágenes de Mariah Bellefort acompañada por personas que Severus no conocían, pero que parecían tenerle mucho aprecio a la mujer y Adrien, que estaba presente en casi todo los retratos -¡Mira, papi! –Adrien le puso delante de la cara una foto de Mariah abrazada a dos hombres sonrientes -¡Estos son los titos Axel y Auggie! –Antes de que Severus pudiera reaccionar, Adrien escogió otro retrato -¡Y esta es la tita Marcia! ¡Oh, mira, mira!

Adrien no parecía capaz de controlar sus nervios; pasaba las páginas de los cuadernillos a toda velocidad, señalando una imagen tras otra. Severus estaba demasiado aturdido para reaccionar y, cuando Albus Dumbledore entró al saloncito, sacudiéndose aún las cenizas de su túnica, el hombre ni se movió. Adrien, en cambio, tomó el portarretratos que sacó de la caja en primer lugar, y corrió hacia su abuelo dando saltos y sin dejar de reír.

-¡Mira, abuelo! –Chilló, dando carcajadas -¡Es mi mamá!

Albus Dumbledore también se sintió un poco confuso ante ese recibimiento; después de la tensión existente entre los dos Snape durante la noche anterior, el hombre esperó encontrarse el ambiente enrarecido y llegaba con la intención de poner paz entre ambos, pero todo iba perfectamente. De hecho, hacía mucho tiempo que no veía a Adrien tan contento y, cuando se vio obligado a coger el retrato que el niño le tendía, miró a Severus en busca de una explicación; pero Severus no reaccionó. Seguía con la mirada perdida y la mano sobre el "Libro de Bebé" de Adrien.

-Un señor ha traído todas estas fotos esta mañana –Dijo Adrien, dando vueltas alrededor de su abuelo -¡Son las fotos de mi mamá! ¡Mira, abuelo! –Señaló el portarretratos que Albus sostenía -¿A qué era guapa mi mamá? Ese bebé soy yo, de más pequeño...

Albus dejó de mirar a Severus e hizo lo que el niño le pedía. Desde que conoció a Adrien, intentó imaginar cómo era su madre; ahora la estaba viendo y le parecía que la mirada de Mariah no podría haber desprendido más amor por su hijo del que se percibía.

-Tú mamá era muy guapa, sí –Dijo, tomando asiento y acariciando la carita de Adrien –Y tú también eras un bebé muy hermoso.

-¿Sí?

-¡Claro que sí! –Albus se fijó en Severus, que seguía paralizado -¿Podrías traerme un vaso de leche y unas galletas, Adrien? Tengo un poco de hambre.

-¡Sí!

Adrien se marchó saltando alegremente. Albus, que realmente no tenía hambre, aprovechó la ocasión para acercarse a Snape y colocarle una mano sobre el hombro; le pareció que sus ojos estaban más vidriosos de la cuenta, pero no hizo ningún comentario al respecto.

-¿Estás bien, Severus?

-Es... Adrien –Dijo Severus después de unos segundos, señalando la portada del "Libro de Bebé". Aquellas dos palabras pretendían explicar cómo se sentía en ese momento. Albus no pudo evitar reír con suavidad.

-Fue un bebé, sí –Albus se sentó a su lado, arrebatándole el libro con delicadeza –No pensarías que nació teniendo cuatro años. ¿Verdad?

Severus agitó la cabeza y suspiró; de no sentirse tan extrañamente melancólico, hubiera recurrido a una respuesta mordaz, pero en ese momento no podía pensar en una medianamente original.

-Me he perdido tanto... –Severus se pasó la mano por los ojos y miró a su alrededor –Ojalá hubiera sabido antes... Ojalá hubiera podido estar con él desde que nació...

-¡Vamos, Severus! –Albus le palmeó la espalda; comprendía los sentimientos del hombre, pero tampoco era algo que debiera deprimirle –No pienses en el pasado; lo que importa es el presente... Tienes mucho tiempo para recuperar los años perdidos.

-Sí –Severus tragó aire, sintiéndose un poco avergonzado, y agitó la cabeza.

-¿Qué son estas cosas?

Albus tomó una de las cintas de video y las examinó con ojo clínico; era la primera vez que veía una de ésas en su vida y el anciano frunció el ceño. No era demasiado fácil encontrarse en una situación como esa, en la que Albus no sabía algo, y Severus sonrió, tomando el video entre sus manos.

-Deben ser grabaciones –Dijo el brujo; Albus puso cara de no entender y Severus siguió hablando –Es un método muggle para conservar sus recuerdos; parecido al pensadero... Supongo que Mariah no se conformaba con las fotografías...

-Ya veo –Albus sonrió y recuperó la cinta de video, sacando su varita de entre los pliegues de su túnica –Veamos qué hay aquí...

-¡Albus, no!

Severus se abalanzó sobre el anciano, pensando que iba a estropear aquellas filmaciones, pero Albus Dumbledore no parecía estar despistado en absoluto. Pronunció un hechizo en voz baja y, sobre la pared, comenzaron a proyectarse lo que parecían ser imágenes de un video doméstico muggle; Severus se quedó con la boca abierta y Albus sonrió con autosuficiencia, cruzándose de brazos y alzando el mentón. En ese momento, Adrien regresó con la leche y las galletas y se quedó boquiabierto cuando vio la reproducción en la pared: allí estaba su mamá, sosteniéndole a él de recién nacido.

Mariah estaba sentada en una habitación de hospital, ataviada con un camisón azul celeste; parecía realmente cansada, pero sus ojos brillaban de forma especial mientras miraba a la pequeña criatura que permanecía plácidamente dormida entre sus brazos. Adrien dejó su carga sobre la mesa y se acercó a la pared estirando los bracitos; hacía tanto tiempo que no veía a su mamá...

Severus, por su parte, estaba muy quieto, con los ojos fijos en el pequeño bebé que una vez fue su hijo. Posiblemente no tenía más de un par de horas de vida cuando se filmaron esas imágenes; Adrien estaba arrugado y enrojecido, un poco sucio aún, y Mariah lo mecía. Parecía estar diciendo algo, pero no había ningún sonido. El padre y el hijo miraron al mismo tiempo a Albus, que se dio cuenta inmediatamente de lo que estaba ocurriendo.

-¡Oh, disculpadme! –Masculló y, un segundo después, Severus Snape se estremecía sin poder evitarlo.

Mariah cantaba una nana; su voz grave, sonaba melodiosa y dulce. De fondo se oían algunos comentarios alegres, posiblemente de los amigos de las fotos, y el bebé permanecía en silencio. El Adrien de cuatro años dio un respingo cuando escuchó la voz de su mamá; tanto tiempo sin oírla y, en ese momento, tuvo la sensación de que ella volvía a estar a su lado, acunándole como cada noche.

Durante varios minutos, en el salón de la casa de los Snape sólo podía escucharse la canción de Mariah. Severus había cogido en brazos a Adrien, que dejaba que sus lágrimas se escurrieran por las mejillas, y Albus se mantenía apartado, contemplando a aquella mujer, la madre de su nieto adoptado. De repente, una joven apareció en el video, interrumpiendo la nana de Mariah.

-¡Oh, ya está bien! –Decía con desparpajo, sentándose en la cama de la convaleciente –Dejemos que el niño se despierte; quiero verle los ojos.

Adrien sonrió y miró fijamente a su padre, que le devolvió la mirada.

-Esa es tita Marcia –Explicó, pasándose una mano por las mejillas para secarse las lágrimas –Está loca.

-¿En serio? –La voz de Severus sonó un tanto rara y Albus sonrió; así que estaba emocionado... –Creo que vas a tener que explicarme muchas cosas de tu mamá y sus amigos. ¿Lo sabías? –Adrien no respondió, aunque estaba más que dispuesto a hablar sobre Mariah y sus "titos" –Albus, creo que podemos dejar esto para más adelante.

El anciano director entendió a la perfección la petición de Severus y puso fin al hechizo que permitía la reproducción de los videos; le explicó al profesor cómo hacerlo, para que pudiera visionarlos más tarde. Era evidente que Severus prefería compartir esos momentos en la intimidad, con la única compañía de Adrien, y él, lejos de sentirse molesto, pensaba que era lo mejor.

-Tengo que irme ya –Se excusó, dirigiéndose a la salida –Veo que todo está bien, así que...

-¡Oh! –Adrien se cogió a la mano del anciano -¿No quieres la leche y las galletas? –Preguntó, tirando de él para que se sentara a la mesa.

Albus se planteó la posibilidad de marcharse, pero al ver la carita de Adrien, decidió sentarse y comer un poco, a pesar de no tener demasiada hambre. Severus se acomodó a su lado, intentando poner en orden el desaguisado de la mesa, recordando a Mariah con más intensidad que nunca; bastaba con ver sus ojos en ese video para saber qué había querido a Adrien más que a nada en el mundo.

-¿Quién dices que ha traído todo esto, Severus? –Inquirió Albus, pensando en el bonito regalo que acaban de hacerles.

Severus tomó aire; su mirada fue lo suficientemente significativa como para indicarle a Albus que ese era un asunto que debían tratar en otro momento. El anciano cabeceó y ambos dejaron que fuera Adrien quien respondiera; el niño seguía tan emocionado como antes y empezó a hablar a toda velocidad.

-Fue un señor muy serio –Decía, entornando los ojos como si se esforzara por recordar todos los detalles –Dijo que el señor Burns le había dicho donde vivimos papi y yo... No sabemos muy bien quién era el señor, así que, cuando vayamos a Londres a visitar al señor Burns, le preguntaremos por el señor... Ha sido muy bueno que haya traído todas las fotografías de mi mami... También están los titos... Algunas veces los echo de menos...

-¿De verdad? –Albus miró al niño con interés- ¿Cómo eran esos "titos" tuyos, pequeño?

-¡Oh, eran muy divertidos! –Adrien rió con alegría –La tita Marcia estaba loca; siempre me decía que hiciera travesuras y mamá le regañaba mucho. Los titos Axel y Auggie eran un poco raros y me consentían en todo –Adrien alzó las cejas –Algunas veces me "secuestraban" y nos pasábamos toda la tarde jugando en los sitios que a mi mamá no le gustaban...

-Vaya –Albus rió y Severus no pudo contener una sonrisa –Debía ser divertido estar con ellos...

-Me gustaría poder verlos otra vez. Estuvieron en el funeral de mamá –Adrien pareció entristecerse un poco –La tita le dijo al señor Burns que ella podría cuidarme si mi papá no me quería –Miró a Severus de forma significativa; el hombre se limitó a darle un abrazo -¿Podríamos visitarles? Eran muy buenos conmigo...

-Ya veremos –Severus suspiró; Adrien había dejado a un montón de gente atrás y se acordaba de ellos bastante a menudo, aunque no dijera nada –Pero, antes, tendremos que ordenar todo esto. ¿No te parece? Y tienes que ir al cole el lunes. Las visitas tendrán que esperar.

-Bueno –Adrien se enderezó sobre las rodillas de su padre y comenzó a organizar los álbumes -¿Podremos verlos esta tarde?

-Podremos verlos cada vez que quieras, pequeño –Severus le alborotó el cabello –Y los videos también, no te preocupes.

-¡Bien!

Albus permaneció en la casa unos minutos más; Adrien y él hablaron sobre varias fotografías y, cuando el anciano se marchaba, llevaba en el bolsillo un retrato bastante reciente de Adrien, en el que el pequeño aparecía saludando desde un caballito de carrusel, tan sonriente como siempre.

Adrien y Severus pasaron toda la tarde viendo fotografías; poco a poco la tristeza que embargó a Severus en un principio fue desapareciendo, y logró disfrutar de aquel momento único. No se cansaba de ver retratos de Adrien, percibiendo a través de ellos el crecimiento de su pequeño, imaginando cómo hubiera sido poder presenciar sus primeros pasos, escuchar sus primeras palabras o consolarle mientras aparecían sus primeros dientes. Se había perdido muchas cosas, era cierto, pero tal y como había dicho Albus, lo importarte era disfrutar del presente y pensar en el futuro; Adrien era muy pequeño y tenía que descubrir muchas cosas aún. Severus estaría ahí para ver todas y cada una de ellas, pasase lo que pasase.