He vuelto. Los personajes no son míos. Gracias por los reviews. Un beso para Ana y gracias otra vez. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Saludos, Cris Snape
CAPÍTULO 27. Alumno y profesor
-¡Papi, papi! ¡Despiértate ya!
Adrien intentaba sacudir el peso muerto que era el cuerpo de su padre dormido. Era lunes por la mañana y, ese día, el pequeño comenzaba su andadura escolar. Estaba tan nervioso que apenas pegó ojo en toda la noche y, en cuanto los primeros rayos de luz entraron a través de la ventana, se sentó sobre la cama y se dispuso a despertar a su padre. Al principio, pensó que sería una tarea fácil; su padre tenía la costumbre de dormir con un ojo medio abierto, vigilando el sueño del pequeño, pero todo parecía indicar que Severus Snape escogió ese día para dormir a pierna suelta. Adrien se sentó sobre su pecho y empezó a darle golpecitos en los hombros, sin notar la sonrisita maliciosa que el hombre disimulaba a duras penas.
Severus se había despertado con la primera llamada del niño; lo había notado un tanto inquieto durante la noche y, por ello, su sueño era tan ligero como siempre. Si no había abierto los ojos fue porque tenía ganas de jugar; sonaba extraño, pero le apetecía pasar un rato divertido con Adrien, aunque el pobre niño no parecía estar pasándolo demasiado bien. Escuchaba la vocecilla casi desesperada del niño y, finalmente, se apiadó de él, fingiendo despertar perezosamente, soltando un sonoro bostezo.
-¿Qué ocurre, pequeño? –Preguntó, haciéndose el tonto. Adrien se puso en pie sobre la cama con los brazos en jarra, dispuesto a regañarle.
-¡El cole, papi! –Dijo, cargándose de razón -¡Tenemos que ir al cole!
-¡Oh, eso es cierto! –Severus se estiró y se dio media vuelta, cerrando los ojos otra vez –Pero déjame dormir diez minutitos más...
Severus sonrió. No había contando hasta tres, cuando Adrien se abalanzó sobre él e intentó abrirle los párpados con sus deditos, frunciendo el ceño como un padre que sermoneaba a sus hijos.
-¡No, papi! ¡Tienes que despertarte ya! –Dijo, casi gritando -¡No podemos llegar tarde!
Severus se hizo el remolón un rato más, aunque Adrien no se lo ponía nada fácil: le golpeaba con la almohada, le quitaba las mantas, le zarandeaba y le pedía que se levantara, sin callarse ni un solo segundo. Finalmente, Severus soltó un gruñido y cogió a Adrien por la cintura; se puso en pie y el niño quedó boca abajo, un poco sorprendido al principio, aunque rompió a reír cuando Severus le hizo cosquillas en la barriga. Era la primera vez que su padre tenía un despertar como aquel, y el niño se sintió realmente a gusto. Severus no sabía por qué actuaba de esa forma, pero debía reconocer que le agradaba.
-Está bien, pesado –Dijo, enderezando a Adrien y dirigiéndose al cuarto de baño –Necesitas una buena ducha. ¿No te parece?
-¡Sí!
Adrien parecía satisfecho; con un par de movimientos perfectamente estudiados, consiguió que su padre lo dejara en el suelo y corrió hacia el aseo, preparándose para entrar en la bañera como todas las mañanas. Fue la ducha más rápida en semanas, puesto que Adrien tenía demasiada prisa por terminar; ni siquiera intentó mojar a su padre, algo bastante normal últimamente.
-Puedo vestirme yo solo –Dijo, cuando Severus lo envolvió en una toalla, yendo ya hacia su dormitorio, en busca del uniforme del colegio –Tú puedes hacer el desayuno.
Adrien mostró sus dientes, dando a entender que aquello era más una orden que una sugerencia. Severus se encogió de hombros y se marchó de la habitación, consciente de que Adrien no tendría ninguna clase de problemas para presentar un aspecto medianamente aceptable. En cuanto se quedó solo, el niño se secó rápidamente y empezó a ponerse la ropa; tuvo un pequeño problemas con los calcetines y se abrochó mal la camisa en el primer intento, pero en menos de cinco minutos ya estaba de vuelta en el cuarto de baño, peinándose el cabello como a él le gustaba. Lo que no consiguió hacer fue anudarse la corbata; eso era algo que su mamá no le había enseñado, así que bajó a la cocina con el cuello de la camisa hacia arriba y la corbata, de un tono marrón claro similar al de la chaqueta y los pantalones, enredada entre los dedos.
-Papi –Adrien anunció su presencia en la planta baja con algo de nervios, estirándose la camisa color chocolate con manos temblorosas –No puedo ponerme... esto...
Severus lo miró de reojo y sonrió; aún no había tenido tiempo de vestirse, pero no era algo que le preocupara. Todavía quedaba más de un ahora para que llegara el momento de marcharse a Hogwarts, así que podría disfrutar de la compañía de Adrien un rato más. Debía reconocer que él también estaba nervioso; esperaba que el niño empezara con buen pie en el colegio y, en cierta forma, temía que su pequeño tuviera que pasar por las mismas cosas que él se vio obligado a vivir en Hogwarts. No quería que Adrien perdiera la ilusión y, en cierta forma, estaba seguro de que eso no ocurriría; después de todo, Adrien y él no eran la misma persona, y tampoco se parecían demasiado.
-Déjame ver –Severus se acuclilló frente a él y comenzó a maniobrar con la corbata –Estás muy guapo, Adrien; pareces un hombre grande.
-Sí... –Adrien se colocó la chaqueta y, durante un momento, dudó entre abrochársela o dejarla suelta. Finalmente, optó por lo segundo –Carole vendrá a por mí. ¿Verdad que sí?
-Llamó por teléfono anoche –Explicó Severus con serenidad, sirviéndole zumo de naranja y unas tostadas –Estará aquí a las siete y media, no te preocupes.
-Bien –Adrien miró su desayuno con desgana; tenía el estómago tan revuelto que comer le parecía un imposible. Además, temblaba ligeramente y la sensación de frío era la más extraña que sintió nunca –Mi profesora será la señorita Stiller... ¿Cómo crees que...?
-Todo estará bien, pequeño –Severus se sentó frente a él; por una vez, "Oso" se había quedado olvidado en la habitación, testigo de los nervios de Adrien –Sólo tienes que hacer caso de lo que la profesora te diga y ser tú mismo; seguro que pronto haces muchos amigos y, además, estará Josh.
-Sí... –Adrien se removió, frotándose las manos –Papi... Tengo frío...
Los dientes habían empezado a castañearle. El niño se abrazó a sí mismo y vio a su padre sonreír ampliamente. Severus se levantó de nuevo, cogió en brazos a Adrien y le frotó los brazos para darle algo de calor.
-Son los nervios –Explicó, animándole a tomar algo de zumo –En cuanto entres en clase, te sentirás mucho mejor, ya lo verás.
-¡Oh!... Y, papi. ¿Por qué no puedes venir con nosotros al cole?
-Me gustaría mucho, pero tengo que ir a Hogwarts. Carole se encargará de que todo vaya bien, no te preocupes.
-Y... ¿Luego irás a buscarme al parque?
-Estaré allí un poco más tarde de las seis.
Adrien suspiró y decidió que era hora de comer algo. Su papá intentaba obligarlo a beberse el zumo de naranja, de una forma bastante sutil, y el niño, sintiéndose mucho más tranquilo de repente, tomó el vaso con sus manos. Descubrió que tenía hambre y se comió todo lo que tenía en el plato; estando en el regazo de su padre, se sentía mucho más tranquilo y, en cierta forma, sabía que todo saldría bien en el colegio. Sólo debía hacer lo que Severus Snape le indicó y su primer día sería pan comido.
Cuando terminó su desayuno, Adrien corrió hasta la entrada de la casa y se sentó en la escalera, con la mochila entre las piernas, preparado para irse a la escuela. Los minutos pasaban muy despacio y el niño empezó a comerse las uñas; miraba por la ventana constantemente y golpeaba el suelo con la punta del zapato, agitándose nerviosamente. Severus lo vigilaba desde la cocina, sin poder evitar una sonrisa maliciosa; nunca había visto al crío tan nervioso, hasta se le habían quitado las ganas de hablar...
A las siete y media en punto, Adrien escuchó el ruido de un motor y, un segundo después, un destartalado coche verdoso se detuvo frente a la puerta de la casa e hizo sonar el claxon. Adrien dudó entre ir a la cocina, en busca de su padre, o salir a la calle sin esperarle. No obstante, no tuvo que tomar ninguna decisión: Severus ya estaba a su lado, con el abrigo en las manos para ayudarle a ponérselo.
-Muy bien, pequeño –Severus cogió al niño por los hombros y le habló con mucha seriedad –Pórtate bien y diviértete mucho. ¿De acuerdo?
Adrien se limitó a afirmar con la cabeza; tenía la garganta demasiado reseca para hablar.
-Vamos –Severus le tendió una mano y abrió la puerta de la calle –Ya verás como todo sale bien.
El brujo miró hacia el coche. Carole se había bajado para recibir al niño y Severus intentó sonreír, aunque sólo consiguió una mueca inclasificable. La mujer se adelantó y saludó a Severus con un gesto, centrándose luego en Adrien, que estaba demasiado nervioso para pensar con claridad.
-Buenos días, Adrien. ¿Estás nervioso? –Preguntó ella con voz dulce; Adrien afirmó con la cabeza –Josh está en el coche –El niño rubio saludaba con una mano a Adrien -¿Por qué no vas con él? Te dirá cuál es tu silla de viaje y te ayudará a abrocharte el cinturón.
Adrien volvió a afirmar con la cabeza; iba a marcharse directamente al coche, pero, de pronto, dio media vuelta y corrió hasta donde estaba Severus. Le hizo un gesto para que se agachara y, de forma inmediata, se agarró a su cuello y le dio un beso en la mejilla; el hombre volvió a desearle suerte y le animó a ir con Josh.
-Pobrecito, tiembla como una hoja –Comentó Carole con alegría, mirando de soslayo a Adrien –Josh apenas ha dormido en toda la noche; he tenido que precintar el congelador para que no se comiera todos los helados...
-Adrien también está nervioso –Severus miró a su hijo; en ese momento, el niño rubio le estaba enseñando a abrocharse el cinturón de seguridad –Supongo que se les pasará en cuanto entren a clase.
-Puede darlo por hecho –Carole sonrió, como si tuviera mucha experiencia en esos asuntos –Según tengo entendido, la profesora Stiller tiene un talento natural para tranquilizar a los niños... Por cierto, posiblemente ella deseará hablar con usted en los próximos días; las madres de los otros chicos me comentaron que suele mantener reuniones puntuales con los padres de los alumnos para informarles de sus progresos. –Carole carraspeó un segundo, como si tratara de decidir algo –Si quiere, yo podría... Preguntarle por el día que le citará a usted...
Severus parpadeó un par de veces. Era más que evidente que tenía muchas cosas que aprender en su nueva vida como padre, pero eso le había pillado por sorpresa; no sabía que tuviera que hablar periódicamente con la maestra de su hijo. Él llevaba mucho tiempo siendo profesor y, jamás, en todos esos años, había llamado a los padres de sus alumnos para informarles de los avances de sus hijos; supuso que aquella sería una costumbre muggle y se encogió de hombros. Lo único claro de aquel asunto era que le resultaría mucho más fácil encauzar la educación de Adrien si contaba con alguien que ya tenía experiencia, así que afirmó con la cabeza para aceptar esa oferta; también era más cómodo no tener que ir a hablar personalmente con la profesora del niño para tratar ese asunto, Carole estaba más que capacitada para hacerlo (o eso esperaba Severus)
-Me haría un gran favor –Dijo finalmente, moviendo afirmativamente la cabeza –Lamentablemente, no dispongo de todo el tiempo que quisiera para ocuparme de estos asuntos, así que le estaré muy agradecido si habla con la profesora de Adrien.
-En ese caso, yo me encargo de todo –Carole escuchó el claxon del coche; al parecer, Josh no era un muchachito demasiado paciente, pues miraba a su madre con los ojos entornados y las cejas formando una curiosa "uve" sobre su nariz –El deber me llama –Dijo, encogiéndose de hombros -¿Recogerá a Adrien en el parque?
-Si el día no se estropea, sí –Severus miró el cielo; después de un fin de semana lluvioso, el lunes había amanecido soleado, aunque bastante frío.
-De acuerdo, entonces –Carole comenzó a caminar de espaldas hacia su automóvil –Hasta esta tarde.
Carole subió al coche y, unos segundos después, éste se alejaba calle abajo. Severus despidió a los dos niños con una mano; al principio, sólo Adrien agitaba el brazo para decirle adiós, pero luego Josh se animó y ambos muchachos terminaron por volverse en sus sillas de viaje para ver cómo Snape se alejaba en la distancia.
Severus soltó un largo suspiro y regresó a la casa; se dio cuenta de que todavía tenía el pijama puesto y sus mejillas se encendieron cómo llevaban años sin hacerlo. Había estado charlando con la niñera de su hijo con esas pintas, comportándose como si nada, y eso no era propio de él; debía reconocer que estaba muy nervioso por culpa de Adrien y no quería imaginarse lo que Carole Allerton debía estar pensando de él. Agitó la cabeza, intentando recuperar el tono pálido de su piel, y subió al dormitorio para ducharse y ponerse una de sus túnicas negras. Iría a Hogwarts utilizando la red-flú y esperaría con impaciencia a que llegaran las seis de la tarde; ansiaba conocer cómo sería el primer día de colegio de su hijo, aún cuando éste no había comenzado aún.
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-Tú papá salió en pijama –Josh sonreía abiertamente; a pesar de que sus palabras pudieron sonar burlonas, era evidente que no pretendía reírse de Adrien y, de esa forma, se lo tomó el otro niño.
-No le ha dado tiempo a vestirse –Dijo, encogiéndose de hombros –Ha estado todo el tiempo ayudándome y no ha podido.
-¡Ah! –Josh se cruzó de brazos; algo en el temblor compulsivo de su mandíbula recordaba al propio temblor compulsivo de la mandíbula de Adrien –Tengo frío... ¿Tú no?
-Mi papá ha dicho que son los nervios –Explicó Adrien con profesionalidad –Dice que, en cuanto entremos a nuestra clase nueva, se nos pasará.
-¡Ah! –Josh cabeceó y, de pronto, miró a su madre, que permanecía muy concentrada en la conducción -¿Es eso verdad, mamá?
-Yo diría que sí, cielo –Carole miró a los niños a través del espejo retrovisor –Es normal que estéis muy nerviosos, pero ya veréis como todo sale bien.
Los dos niños afirmaron con la cabeza; permanecieron callados un rato, viendo pasar las casas de la ciudad. Adrien se mordía las uñas y Josh había cogido un mechón de su cabello y lo retorcía entre sus dedos, golpeteando el cristal del coche con los nudillos. Carole los miraba de vez en cuando y sonreía con ternura; parecían tan indefensos en ese momento, eran tan pequeñitos que casi le daba pena tener que dejarlos en el colegio en lugar de llevárselos a algún parque de atracciones o algo similar.
Finalmente, Carole aparcó el coche a unos metros de la entrada del colegio. Decenas de niños llegaban a esas horas de la mañana, ataviados con sus uniformes marrones; unos, los más pequeños, llegaban junto a sus padres, mientras que los más grandes venían solos, formando grupitos de amigos y mostrándose ilusionados por el nuevo curso.
-Muy bien, niños –Dijo, con voz firme –Ha llegado el momento de la verdad. ¿Estáis preparados?
Adrien alzó una ceja, extrañado por el tono autoritario de su niñera. Hubiera empezado a preocuparse si Carole no hubiera soltado una carcajada antes de bajarse del vehículo.
-Vamos, chicos. Todo va a salir bien.
Abrió la puerta para que los chicos salieron; Adrien fue el primero, cargado con su mochila y con el estómago vuelto del revés. Josh pareció resistirse un poco, pero obedeció en cuanto Carole puso los brazos en jarra; ni siquiera hizo falta que dijera nada.
-Será mejor que entremos –Carole tomó de una mano a cada niño y se dispuso a cruzar la calle.
Adrien, que se sentía un poco aturdido, barrió el lugar con la mirada y, entre unos árboles, vio un rostro que le resultaba conocido. Nymphadora Tonks estaba allí, acompañada por un hombre con un extraño sombrero color violeta. Adrien dio un respingo y Carole lo notó.
-¿Ocurre algo, cariño?
-¡Es Nymphadora! –dijo, señalando a la joven bruja. Esa mañana seguía con su aspecto serio, aunque un poco diferente: pelo negro recogido en una coleta y ojos castaños, con pintitas doradas. Vestía la ropa muggle con bastante estilo, aunque el hombre que estaba a su lado llamaba la atención más de la cuenta -¿Puedo ir a saludarla? Es amiga de mi papá.
-Claro, cielo –Carole le soltó la mano y le acarició el cabello –Pero no tardes mucho. No queremos llegar tarde.
-¡No tardaré!
Adrien corrió hasta donde se encontraban Tonks y el hombre extraño. La metamorfomaga recibió al niño con una sonrisa resplandeciente y le dio un beso en la mejilla; la última vez que se vieron fue el viernes, durante la cena en Hogwarts, pero Adrien se comportaba como si llevaran meses alejados.
-¡Hola, Nymphadora! –Saludó, dejando que la joven le pasara una mano por la cabeza.
-¡Hola, Adrien! –Tonks se cruzó de brazos y lo miró detenidamente –Vaya, qué guapo estás hoy, cariño.
-¡Oh! Es el uniforme del colegio –Se giró para señalar el edificio que había a su espalda –Es ese; no es tan grande como Hogwarts, pero es muy bonito y hay muchos juguetes.
-Hoy es tu primer día. ¿Verdad? –Adrien afirmó con la cabeza y miró de reojo al hombre extraño. Tonks se dio cuenta de ello y sonrió –Este es Dedalus Diggle; es un mago, como tu papá y como yo.
-¡Hola, señor Dedalus! –Adrien le estrechó una mano formalmente y Dedalus sonrió con afabilidad.
-Será mejor que vayas, Adrien –Dijo Tonks, mirando a una Carole que, aunque aparentaba tranquilidad, miraba de cuando en cuando el reloj –Tu amiguito te está esperando; seguramente estaremos por aquí cuando terminen las clases, así que ya nos veremos.
-Sí... –Adrien empezó a alejarse -¡Adiós, Nymphadora! ¡Adiós, señor Dedalus!
Adrien llegó junto a Carole y Josh; los tres cruzaron la calle bajo la atenta mirada de los dos brujos y se adentraron en el colegio Saint Andrew.
-Así que ese niño es el hijo de Severus Snape –Dedalus Diggle suspiró; apoyó la espalda en el tronco de un árbol cercano y, de algún lugar de su túnica, sacó una pipa, que encendió para empezar a fumar alguna clase de hierba que olía a cerveza de mantequilla –No pensé que fuera a mandar al chico a un colegio muggle. Snape nunca dejará de sorprenderme.
-Es lo mejor para el niño –Tonks miró con desagrado la pipa de Diggle -¿Desde cuando fumas?
-Desde que tengo tiempo –Suspiró el hombre en tono melancólico –Ya era hora de poder disfrutar de momentos de paz y tranquilidad.
-Pues te agradecería –Tonks le quitó la pipa y la apagó sin muchas contemplaciones –Que no fumes guarrerías en mi presencia.
Dedalus miró a la joven auror con mala cara, pero a Tonks no le importó. Desde que la señora Pomfrey le comunicara que estaba esperando a su primer hijo, la joven se había propuesto cuidar su salud al máximo, y eso implicaba muchas cosas: una alimentación sana, un poco de ejercicio suave todas las mañanas, nada de alcohol, reducción del uso de la magia... En resumen, que Dedalus se iba a quedar sin su pipa durante todo el día; les esperaba una jornada realmente agotadora vigilando a Adrien, pero continuaban trabajando para la Orden y era allí donde debían estar.
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-Veinte puntos menos para Gryffindor –Bufó Severus. Caminaba en dirección a las mazmorras, con el pelo aún ligeramente humedecido y un humor de perros. Todo chico que se cruzaba en su camino y no era un Slytherin, perdía puntos irremediablemente; esa vez, el turno fue para un pobre niño de primer año que, simplemente, pasaba por allí y terminó por salir corriendo con los ojos anegados en lágrimas.
¿Por qué estaba enfadado Severus Snape? Muchos dirían que no estaba enfadado, que su carácter era agrio por naturaleza y que, por ello, se comportaba de esa forma tan huraña, pero eso no era lo que ocurría aquella mañana. Estaba de tan mal humor por un motivo: el color azul marino.
Podía ser una estupidez, pero por culpa del color azul marino, esa mañana se sentía capaz de torturar al primero que se atreviera a dirigirle la palabra. ¿Qué ocurría con el azul marino? Pues que un rato antes, mientras estaba en su casa preparándose para ir a Hogwarts, había abierto el armario de su dormitorio para descubrir que todas sus túnicas negras habían desaparecido; las buscó por todas partes, pero no obtuvo ningún resultado positivo. Sin duda, Adrien, cansado de verle con su ropa negra, había decidido esconderle todo el vestuario, pero no lo había hecho solo; todo parecía indicar que Albus Dumbledore era su aliado en todo ese asunto, no sólo porque Adrien fuera demasiado pequeño para encontrar un buen escondite, también porque, cuando Severus fue a sus dormitorios de Hogwarts a por una túnica de repuesto, se encontró con que en el colegio tampoco tenía.
Maldiciendo al viejo loco que era el director de Hogwarts, Severus recurrió a su túnica de gala azul marino, esa tan sobria que se compró varios años antes y que nunca se había puesto. Estaba un poco pasada de moda y podía parecer una túnica de diario un tanto elegante, así que le serviría para dar clases, aunque no se sintiera especialmente cómodo vestido de esa guisa: el color negro le daba aquel aspecto intimidante que el profesor adoraba y, ahora, tendría que renovar esfuerzos para mantener a todos los alumnos a raya.
Después, subiría tranquilamente al despacho de Dumbledore, le lanzaría un par de cruciatus para que le devolviera su ropa, y volvería a casa (todavía no sabía si mataría a Albus o no), para castigar a Adrien mirando a la pared otra vez; el niño debía aprender que no podía hacer cosas como aquella, ni siquiera si su abuelo lo incitaba a ello. Porque Severus estaba seguro de que Albus era el cabecilla; después de todo, Adrien sólo tenía cuatro años.
Esperando frente al aula de Pociones, estaban sus ineptos alumnos de séptimo año. Por una vez, le hubiera gustado encontrarse a Draco y a Potter enzarzados en alguna clase de pelea; de esa forma, podría castigar a Potter y torturarle antes de entrar a clase, pero ambos chicos permanecían lo más alejados posible el uno del otro, con las miradas agachadas y los brazos cruzados. Severus soltó una maldición por lo bajo y abrió la puerta del aula, lamentando no poder quitarle más puntos a Gryffindor: Harry Potter no había hecho nada malo, de momento.
-Quiero sus ensayos sobre los ingredientes de Pociones sobre mi mesa en cinco minutos –Dijo con gravedad, sin esperar a que los chicos se acomodaran en sus clases –Señor McMillan, quince puntos menos para Hufflepuff por comer chicle en mi clase –Ernie se puso colorado; normalmente siempre masticaba goma durante las clases y, en siete años, nadie le había dicho nada. Ni siquiera el profesor Snape –Haga el favor de tirarlo a la papelera en lugar de quedarse ahí pasmado... –Ernie vaciló un segundo y Severus alzó una ceja; detestable color azul marino... -¿Acaso no me ha oído? ¡Tire el maldito chicle!
Ernie obedeció la orden de forma inmediata. El resto de la clase observó la escena con sorpresa; la semana anterior, Snape parecía haberse ablandado un poco, pero era evidente que el fin de semana no le había sentado bien. Desde su pupitre, Draco Malfoy se preguntaba si seguiría peleado con Adrien y, de ahí, ese mal carácter. Sintió un poco de pena por el niño; si había tenido que soportar las miradas iracundas de su padre durante dos días enteros, el pobrecito debería estar aterrorizado, sin saber qué pensar de Severus.
-Aquellos que son capaces de distinguir un caldero de una olla para cocer verduras –Dijo con sarcasmo el profesor, pasando junto a Harry Potter como una flecha –Que comiencen con la Poción Desvanecedora.
Los chicos se pusieron en marcha enseguida. En apenas un minuto, Severus se encontró con un buen número de pergaminos sobre su mesa; esperaba que alguno de sus ineptos alumnos no entregara su tarea, pero se equivocó. Todos se mostraron extrañamente eficientes e, incluso, Ronald Weasley entregó un ensayo bastante pormenorizado. Lamentando una nueva oportunidad para quitar puntos a alguien, se volvió hacia Neville Longbottom; era una baza segura, pero... ¿Dónde se había metido?
-¿Se puede saber por qué el señor Longbottom ha decidido no deleitarnos con su presencia?
Severus miró a la clase; al parecer, los alumnos habían comprendido que, en esas circunstancias, era mejor mantenerse en silencio y alejados del profesor. Pero Snape había hecho una pregunta directa y alguien debía responder. Finalmente, Hermione Granger, que parecía muy ocupada ordenando sus ingredientes, alzó una mano; Severus frunció el ceño y suspiró profundamente. Como siempre, esa insoportable tenía todas las respuestas...
-Neville está en la enfermería, señor. –Explicó con firmeza, a pesar de que estaba muy nerviosa –La profesora Sprout le pidió que lo acompañara a los invernaderos anoche, de madrugada, para examinar el crecimiento de las flores de luparia, y sufrió un accidente.
Severus bufó ruidosamente. Una oportunidad menos para quitar puntos; no estaría bien visto que resarciera su mal humor con un chico que ni siquiera estaba presente, así que se giró bruscamente y se acomodó en su butacón de cuero, odiando más que nunca su ropa azul marino.
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-Josh, pórtate muy bien. ¿De acuerdo? –El niño afirmó con la cabeza, dejando que su madre le diera un nuevo abrazo, y se alejó unos pasos de ella en cuanto lo soltó. Después, Carole se volvió para mirar a Adrien con dulzura –Y tú también, Adrien. –El pequeño también confirmó que sería un buen chico, aceptando gustoso el beso que su niñera le plantó en la frente –Voy a ir a hablar un momento con la profesora Stiller; escoged un sitio y disfrutad, niños.
Ambos se mostraron más que dispuestos a seguir ese consejo maternal. Carole los observó con una sonrisa en la cara mientras se acercaba a Patrice Stiller, una mujer madura, bajita y rechoncha, de rostro dulce, pelo moreno y ojos azules verdosos. La buena fama como profesora la precedía y, nada más cruzar la primera mirada con la mujer, Carole supo que todo lo que se decía sobre ella era cierto; parecía saber perfectamente como tratar a los niños y, cuando estrechó la mano de Carole y se presentó, la joven estuvo segura de que su hijo y el de su jefe estaban completamente a salvo.
-Buenos días. Yo soy Carole Allerton, la madre de Josh –Se presentó la joven, señalando al niño que, en ese momento, acomodaba su mochila en una pequeña silla verde, situada frente a una mesa de forma hexagonal. Adrien estaba a su lado, mirando a su alrededor con nerviosismo –Adrien también está a mi cargo.
La profesora Stiller miró a los niños con comprensión; había ideado un sistema para que todos empezaran a conocerse. Sabía que durante los primeros días, a los pequeños les resultaba complicado recordar el nombre de sus compañeros de clase; de hecho, a ella misma solían olvidársele las caritas de algunos niños. Así pues, todos los pequeños llevaban escrito su nombre en la solapa de sus chaquetas. Patrice Stiller lucía el suyo con orgullo y, los niños, se miraban unos a otros, esforzándose por leer los nombres de los demás.
-Soy su niñera –Explicó Carole, mirando a Adrien –Su padre no ha podido venir por asuntos laborales y me ha pedido que yo sea su intermediaria; cualquier asunto que desee tratar con él, puede hacerlo a través de mí.
-¡Oh, perfecto! –la profesora Stiller cabeceó; ya estaba acostumbrada a esa situación –Me gusta hablar personalmente con los padres de los niños; a estas edades, suelen surgir problemas de diversa índole que es mejor atajar cuanto antes: de comunicación, de comportamiento, de aprendizaje... –Patrice suspiró y se volvió hacia Carole –El curso no ha hecho más que empezar; esperemos que todo salga bien.
-Sí... –Carole desvió la mirada hacia su hijo un segundo; sabía que Josh no era un chico fácil, pero realmente deseaba que se pudiera adaptar a aquella nueva vida que, por el momento, iba viento en popa –Cualquier problema que tenga con Josh...
-No se preocupe –Patrice sonrío comprensivamente –Dentro de unos días tendremos la primera reunión; quiero observar a los niños antes de nada.
Mientras las dos mujeres hablaban, Josh y Adrien se acomodaron en una mesa hexagonal cercana a una ventana; el aula de los pequeños era muy amplia y estaba bien iluminada. Las paredes estaban plagadas de dibujos y había unos tablones junto a la pizarra para que ellos colgaran sus propios trabajos; los juguetes estaban colocados en un rincón y, a través de las ventanas, podía verse el patio en el que pasarían sus horas de recreo.
Adrien colgó su mochila en la silla y se sentó, fijándose en los detalles de la clase. Josh permanecía a su lado, procurando no mirar demasiado a su madre; no le apetecía demasiado tener que quedarse allí, pero al menos tenía un amigo en esa ocasión. El año pasado, había cambiado varias veces de colegio y siempre lo pasaba muy mal; cuando empezaba a llevarse mejor con los otros niños, tenían que cambiarse de ciudad y Josh se veía obligado a volver a empezar.
-¡Hola!
Dos niñas acababan de hablar al unísono; eran las mismas con las que Josh y Adrien jugaron un par de veces en el parque, dos hermanas gemelas de pelo castaño y muy rizado sujeto con dos trenzas que les caían sobre los hombros. Tenían los ojos marrones y les faltaban un par de dientes a cada una, así que, cada vez que hablaban, sus "eses" se transformaban en "zetas" irremediablemente.
-¿Podemoz zentarnoz con vozotroz? –Preguntó una de ellas, sonriendo ampliamente.
-En laz otraz mezaz hay muchoz niñoz –Afirmó la otra, mirando a su alrededor; efectivamente, ya eran muchos los pequeños que habían encontrado un sitio y la mesa de Adrien y Josh era de las más desocupadas.
-¡Claro! –Dijo Adrien alegremente, mientras su compañero se encogía de hombros y se aflojaba un poco el nudo de la corbata –Yo soy Adrien y él es Josh –Prosiguió el niño, cayendo en la cuenta de que, durante sus juegos, nunca se llegaron a presentar.
-Nozotraz zomoz Nadia y Ruth –Dijo una de las pequeñas, tomando asiento –Hay muchoz juguetez...
-Zí, antez loz hemoz eztado mirando...
-Ojalá podamos jugar pronto –Suspiró Adrien, señalando las bocas de las niñas –Se os han caído los dientes...
-Zí, fue al mizmo tiempo –Nadia sonrió, alzando la carita con orgullo –Ezaz cozaz ziempre noz pazan a la vez...
-Papá dice que estamos... "conectadaz" –Ruth se encogió de hombros –No zabemoz qué zignifica, pero da igual...
Poco a poco, los padres se fueron marchando del aula de los más pequeños. Adrien y las gemelas parloteaban sin parar y Josh, aunque pareciera increíble por su carácter, iba tomando confianza. Se les unieron otros dos niños más: Aaron, un chico de color que era mucho más alto y robusto que ellos y tenía toda la pinta de ser un matón de recreo, y Amy, una niña menuda de pelo negro que usaba unas grandes gafas, que le daban un aspecto de lo más curioso, y tenía una vocecilla cantarina y alegre.
-¡Niños!
La profesora Stiller acababa de dar un par de sonoras palmadas; al final, todos los adultos habían desaparecido y la clase parecía estar a punto de comenzar. Los pequeños se quedaron callados ante esa llamada de atención y la miraron con curiosidad, emocionados y nerviosos ante lo que estaba por llegar.
-Buenos días a todos –Dijo la mujer, sonriendo tranquilizadoramente –Yo soy Patrice Stiller y voy a ser vuestra profesora durante todo el curso. Nos vamos a divertir mucho, pero también tendremos que aprender unas cuantas cosas... ¿Tenéis todos vuestros libros?
-¡Sí, señorita! –Respondieron los niños al unísono, girándose para sacar los libros de sus mochilas, pero la voz de su profesora los interrumpió.
-¿Tantas ganas tenéis de poneos a estudiar? –Los pequeños la miraron con extrañeza –Yo creo que sería mucho más divertido ir a la "Alfombra Mágica" –Y señaló una bonita alfombra situada en un rincón de la clase en la que todos podrían sentarse. Adrien alzó una ceja al escuchar la palabra "mágica" y se preguntó si su nueva profesora podía hacer magia –Podríamos contar unos cuentos, charlar un ratito... Aunque si preferís estudiar...
-¡No, señorita!- Gritaron los niños al mismo tiempo, levantándose de sus sillas y corriendo hacia la alfombra. Todos parecían contentos, pero se sintieron un poco intimidados cuando Aaron se abrió paso entre ellos dando codazos; sólo los chicos de su mesa parecieron librarse de la agresión, aunque Josh parecía esperarla, porque tenía los puños preparados para darle un golpe en la cara.
-Muy bien, niños –Dijo la profesora Stiller cuando todos los pequeños estuvieron acomodados –Podríamos conocernos un poco. ¿Qué os parece? –Los niños la miraron con cara rara y la mujer sonrió; todos los años era la misma reacción –Yo soy Patrice –Habló con total claridad, dando un ejemplo de lo que quería que hicieran –Soy mucho más vieja que vosotros –los pequeños sonrieron y afirmaron disimuladamente con la cabeza –Me encantan las tortitas con chocolate y ver los dibujos animados, aunque eso debe quedar entre nosotros; los mayores se reirían de mí si lo supieran...
La profesora parecía apenada al decir esas últimas palabras y los niños prometieron quedamente que no dirían nada. Adrien descubrió que su nueva señorita le caía muy bien y, cuando le llegó el turno de presentarse, lo hizo con total confianza; sus compañeros parecían agradables y sabía que todo saldría bien.
OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoLa mañana transcurrió con una lentitud exasperante. Los alumnos volvían a tener miedo de Severus Snape, y el profesor se paseaba por los pasillos con su expresión insondable de siempre, quitando puntos aquí y allá, y mirando su ropa con desagrado de cuando en cuando. A media mañana se encontró a Neville Longbottom en los pasillos; hubiera querido echarle una regañina, pero cuando lo vio aparecer con un brazo en cabestrillo y media cara cubierta por gasas de un blanco inmaculado, se contuvo. Al parecer, había tenido un pequeño problema con una exótica planta carnívora que la profesora Sprout adquirió durante sus vacaciones en Turquía: Neville se acercó demasiado a ella y la planta, que era tan violenta como un dragón, se quedó pegada entre su cara y su brazo durante un par de minutos, clavando sus espinas en la piel del chico y haciendo que una toxina especialmente virulenta entrara en su sangre de forma inmediata; afortunadamente, no era un veneno mortal y la vida de Neville no corrió peligro ni durante un segundo, pero sí necesitó de un tratamiento exhaustivo que duraría un par de semanas. Así pues, Severus se conformó con mirar al chico de mala gana y pasó de largo; en cierta forma, le daba un poco de pena.
Snape caminaba hacia el Gran Comedor; era hora del almuerzo y, aunque no tenía demasiada hambre, tenía que hablar con Albus sobre las túnicas. Lamentablemente, no podría ponerse a gritar delante de los alumnos, como era su intención, pero al menos se desahogaría y, con un poco de suerte, recuperaría su ropa.
-Severus.
El profesor de Pociones giró la cabeza con resignación, encontrándose con el rostro amable de Remus Lupin, que se acercaba a él caminando deprisa. Llevaba unos días esperando a que el licántropo fuera a buscarle; todavía no le había comentado nada sobre su futuro hijo y Severus sabía que no tardaría en hacerlo. Por supuesto, él no iría a felicitarlo por su futura paternidad; tampoco le hacía mucha gracia tener que hablar sobre niños con Lupin, aunque tampoco estaba seguro de que Remus quisiera hacerlo. Tal vez quisiera tratar con él un asunto más grave, un asunto que ya se estaba imaginando.
-Buenos días, Remus –Saludó, reanudando la marcha en cuanto el antiguo Merodeador llegó a su altura -¿Quieres algún consejo para tus clases? –Ironizó, más por costumbre que por otra cosa.
-No, muchas gracias. Creo que puedo arreglármelas perfectamente.
-Entonces...
-¿Cómo está Adrien?
Severus hizo una mueca; estaba seguro de que Remus no quería hablar de Adrien y odiaba cuando la gente se andaba con rodeos en lugar de hablar de forma directa.
-Muy bien, como siempre.
-Hoy empezaba el colegio. ¿Verdad? –Severus alzó una ceja; de sobra conocía la respuesta el bueno de Lupin –Nymphadora y Dedalus iban a vigilar hoy los alrededores...
-Sí. Albus me comentó algo...
-Seguro que todo va bien –Remus se pasó una mano por el pelo. Ya habían llegado a la mesa de profesores y Lupin se acomodó al lado de Severus. Dumbledore aún no llegaba y el antiguo mortífago lo maldijo por lo bajo –Adrien debía estar muy nervioso...
-Sí que lo estaba –Severus soltó un bufidito -¿Ocurre algo, Lupin?
-En realidad, sí –Remus sonrió bobaliconamente –No hemos hablado sobre ello, pero supongo que sabrás que Nymphadora está embarazada...
-Sí –Severus sonrió de medio lado –Enhorabuena; un nuevo heredero de los "Merodeadores" para saltarse las reglas del colegio... –El hombre miró con desagrado a Harry Potter, que ya ocupaba su lugar habitual en la mesa Griffindor.
-Al menos, Adrien será mayor que él –Bromeó Severus, palmeando la espalda de su colega y ganándose una mirada cargada de dureza –Mi "Merodeador" no tendrá oportunidad de colgar boca abajo al pobrecito Snape...
Remus sabía que esa había sido una broma demasiado osada, pero también sabía que Severus se la tomaría mejor que en otros tiempos. Notó que el profesor se tensaba y apretaba las mandíbulas un momento, aunque terminó por recuperar su apariencia fría y optó por ignorar el comentario.
-¿Estás preocupado por algo, Lupin? –Preguntó con suavidad, sabiendo la respuesta de antemano y queriendo ponerle las cosas fáciles por una vez en su vida.
-Sí... –Remus carraspeó –Sé que tú no eres un experto en la materia, pero eres el mejor fabricante de la poción matalobos que existe en la actualidad...
-La licantropía es hereditaria, Remus –Atajó Snape; al fin hablaban del asunto que preocupaba a su viejo enemigo y no quería seguir dando rodeos –Debías saberlo antes de decidir ser padre...
-Nymphadora y yo hablamos sobre ello, Severus –Remus volvió a carraspear –El embarazo ha sido planeado; pasamos varios meses pensando en el tema, así que no creas que es una irresponsabilidad. Queremos ser padres.
-Lo sé –Severus cabeceó; ante sus ojos apareció un poco de carne asada con puré de patatas –Es muy típico de ti; no podría decir lo mismo de Tonks, pero supongo que alguna influencia ejercerás sobre ella.
Remus cabeceó; esa era la primera vez que recibía un halago de Severus (o algo que lo parecía) y se sentía un poco extraño.
-Sabemos que el bebé heredará mi problema, pero también confiamos en que haya alguna forma de atajarlo –volvió a carraspear; era evidente que esa conversación no le estaba resultando sencilla –Queríamos pedirte que... Bueno, eres un gran investigador; has logrado mejorar la Poción Matalobos y... Tienes buena fama –Severus alzó las cejas; hubiera interrumpido los halagos, pero era divertido escucharlos –Nos preguntábamos si podrías averiguar si existe alguna forma de que el bebé...
-Sus transformaciones no serán agradables –Severus cabeceó, interrumpiendo la perorata confusa de Lupin –Veré lo que puedo hacer.
-¿Conversando como dos hombres adultos y civilizados?
Albus Dumbledore acababa de llegar, acompañado por Minerva McGonagall, que tomó asiento sin decir nada. El viejo mago miraba a sus dos profesores con expresión divertida y sonrió abiertamente cuando ambos le lanzaron dos miradas de sorpresa; un segundo después, la de Remus se tornó tan alegre como la del anciano, pero Severus se volvió furibunda. Todavía se acordaba de las túnicas...
-Intentándolo, al menos –Comentó distraídamente Remus, comenzando a comer.
-Me alegra oír eso –Albus se sentó, sonriendo –He recibido el último reporte de Tonks hace diez minutos; Adrien parece estar disfrutando de su primer día de colegio.
-¿De verdad? –Severus alzó una ceja; le gustaba oír aquello, pero tenía otras cosas en las que pensar -¿Habrá disfrutando tanto como conspirando en contra de su padre?
-¿Conspirando? –El anciano se hizo el desentendido –No sé de qué hablas...
-¿No? –Severus colocó ambas manos sobre la mesa; unos cuantos alumnos de primero lo miraron y se encogieron en sus sillas. Parecía un lobo a punto de saltar sobre su presa -¿No recuerdas dónde metisteis Adrien y tú mis túnicas negras?
-¿Qué? –El brillo travieso en las pupilas azules delataba su culpabilidad.
-Tienes demasiados años para estos juegos, Albus –Bufó Snape; Remus lió disimuladamente a su lado –Quiero que me las devolváis.
-Pero, Severus, no sé...
-Sois todos una terrible influencia –Protestó el hombre, volviendo a remover su comida –Engañáis al niño y...
-Adrien me pidió ayuda –Albus se encogió de hombros, tomando su cuchillo y su tenedor con delicadeza –Yo me limité a prestársela. Creo que al niño no le agrada tu vestuario y, sinceramente, se te ve mucho mejor esta mañana... Quizás, si fruncieras un poco menos el ceño y no gruñeras a todo el mundo...
Severus negó con la cabeza, exasperado. Aquella conversación no les llevaría a ningún lado, así que decidió comer en paz. Albus estaba empezando a comportarse como un niño y no quería imaginar lo que podría hacer Adrien si contaba con un cómplice como él.
OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoººoO OoººoOOoººoOOoLas clases habían terminado unas cuantas horas antes. Adrien había comido en casa de Josh, descubriendo que su madre era una experta cocinera, amante de la dieta mediterránea; el pequeño había descubierto los milagros del pollo frito con aceite de oliva y había decidido que su padre debía aprender a cocinar de esa forma. Puesto que el viejo Severus había decidido ocuparse de las tareas domésticas, no estaría de más guiarle un poco e instarle a cocinar aquellas cosas tan buenas.
En el colegio, todo había ido muy bien. Pasaron todo el día hablando y jugando; estuvieron un rato muy grande en el patio y conocieron al bedel del colegio, un hombre bajito y gordo que siempre iba por ahí con su escoba y una bolsa de caramelos de menta. Adrien se había acordado de su abuelo, cuando el hombre le metió un par de dulces en el bolsillo, y había decidido que le caería bien.
Los otros niños eran bastante agradables, aunque, durante el recreo, ya se habían separado en grupitos. Adrien y Josh jugaron con las gemelas y con Amy; Aaron se fue con otros niños con pinta de matones y estuvieron por ahí, molestando a los demás. Sin embargo, la profesora Stiller no les dejaba reñir de verdad, así que todos estaban relativamente a salvo.
También vieron a los chicos mayores; jugaban al fútbol en el campo trasero, dándose patadas y empujones que parecían muy dolorosos. Adrien pensó en pedirles permiso para jugar con ellos, aunque cambió de idea cuando los vio golpearse tan bruscamente; era mejor volver al tobogán con Josh y los demás...
La profesora Stiller les explicó las normas del colegio y les dio un papelito para que no las olvidaran. También les comentó cómo organizarían las clases y les pidió que al día siguiente estuvieran preparados para comenzar a estudiar. Conocieron al profesor Green, que les enseñaría Educación Física, y a la señorita Lilles, que sería su profesora de Idiomas. La hora de volver a casa llegó muy pronto y, cuando Josh y Adrien llegaron junto a Carole, le explicaron todo lo que habían hecho en cuestión de segundos. La mujer pareció alegrarse de que todo fuera bien y abrazó a Josh con mucha fuerza; Adrien no entendía por qué ella se emocionaba tanto, aunque esperaba que a su padre le ocurriera lo mismo.
-Aaron es malo –Dijo Josh mientras volvían a casa –Le pega a los otros niños...
-¿Os ha hecho algo a vosotros? –Preguntó Carole, sonando preocupada.
-No, pero ojalá lo intenté –Josh blandió sus puñitos –Yo le dejaré un ojo morado y Adrien podría morderle...
-¡Josh!
Carole había regañado a su hijo, pero a Adrien aquello le pareció una buena idea. Si Aaron se atrevía a hacerles algo, se unirían en su contra y terminarían venciéndole, eso seguro.
Después de comer, puesto que no tenían que hacer gran cosa, Carole los llevó un rato al centro comercial. Les compró una camiseta a cada uno, ambas de color rojo y sin ningún dibujo, y después fueron al parque para que se divirtieran. Era maravilloso ver que los niños se llevaban tan bien; Carole estaba segura de que, en esa ciudad, Josh y ella podrían encontrar el hogar que tanto tiempo llevaban buscando. La mujer se había sentado en un banco; hacía un poco frío, pero a los pequeños no les importaba lo más mínimo. No dejaban de moverse, corriendo, saltando y riendo por todos los rincones del parque; no eran los únicos, pues muchos padres aprovecharon el día soleado para que sus niños agotaran una parte de sus energías. Tenerlos encerrados en casa durante muchas horas volvía a los chicos demasiado inquietos; los ponía nerviosos y resultaban insoportables, así que era un alivio poder dejarlos en libertad durante un par de horas. Al menos, estaban demasiado ocupados divirtiéndose para planear alguna trastada...
Un poco más tarde de las seis, Severus Snape llegó con total puntualidad al parque. Saludó a Adrien desde la distancia, indicándole que podía jugar un rato más, y se acercó a Carole, sentándose a su lado; la mujer le sonrió amablemente y señaló a los niños con la cabeza.
-Terminarán agotados –Dijo, cruzándose de brazos y encogiéndose por el frío –Creo que se han hecho muy amigos...
-Sí... ¿Qué tal ha ido todo?
-Bastante bien. Están muy contentos y no han dejado de contar maravillas de la profesora Stiller.
Severus observó a los niños con detenimiento. Unas semanas atrás, había llegado a la conclusión de que Adrien necesitaba tener cerca otros chicos de su edad y, viendo la cara de absoluta felicidad que lucía, había estado en lo cierto. Parecía estar pasándoselo en grande y, a juzgar por su esplendorosa sonrisa, Josh estaba en la misma situación; eran compañeros de juego y se entendían y complementaban a la perfección. Severus no podía estar más contento.
-Espero poder acudir a la reunión con su profesora –Comentó, más para sí que para Carole –Quiero estar al tanto de sus avances.
-Habrá que esperar unas semanas. La profesora quiere observar a los niños antes de hablar con sus padres. La primera evaluación de conocimientos no será hasta Navidad, pero estoy segura de que para el mes de octubre ya nos habrá citado una vez –Carole se arrebujó en su abrigo –Supongo que también querrá hablarnos de la fiesta de Halloween y la obra de Navidad...
-¿Obra?
-Sí –Carole cabeceó –El colegio hace una obra de teatro todas las Navidades; los niños ensayan por las tardes y luego hacen una representación delante de sus compañeros.
-Teatro –Severus alzó las cejas -¿Qué representación hacen?
-Normalmente, hacen una adaptación de "Cuento de Navidad" –Era evidente que Carole estaba más informada de los asuntos del colegio que Severus; la mujer había hablado con bastantes madres antes de matricular al niño, así que sabía muchas más cosas de las que pudiera imaginar su interlocutor –Se pelean por el papel del señor Scrooge... Será divertido verles.
-Sí...
Severus suspiró; no tenía ni la menor idea de lo que la joven estaba diciendo, aunque eso no era algo que estuviera dispuesto a admitir. Debería averiguar qué obra era "Cuento de Navidad" para poder mantener una conversación medianamente normal sobre ese tema.
-Será mejor que me lleve a Josh a casa –Carole se levantó –Recogeré mañana a Adrien a las siete y media.
-Estará esperándola.
-Bien... Hasta mañana, entonces.
Carole hizo un gesto y Josh acudió inmediatamente a su lado. Adrien y él se despidieron calurosamente y Severus observó a la madre y al hijo alejándose por el parque; quizás miró con demasiado interés a aquellos dos, pues salió de su ensoñación gracias a una pequeña mano que se paseaba insistentemente frente a sus ojos.
-¡Papi! –Decía Adrien, sonriendo abiertamente -¿Nos vamos ya?
-¡Oh, claro! –Severus reaccionó, carraspeó suavemente y se puso en pie, cogiendo a Adrien en brazos y recibiendo encantado los besitos del niño -¿No traes tu mochila?
-La he dejado en el coche de Carole –Explicó el niño, sintiéndose inmensamente feliz –Como hoy no hemos hecho tareas en el cole, me ha dicho que puede guardarla para que yo no tenga que cargar con ella todo el tiempo.
-¡Oh, muy bien! –Severus miró al niño con curiosidad, alzando una ceja –Y, ¿Qué tal tu primer día?
Adrien no necesitó que le dijeran nada más. En ese preciso momento, se puso a hablar sobre todas las cosas que había hecho y no paró hasta que, unas horas después, Severus lo llevó a la cama, lo arropó con las sábanas y le pidió que se durmiera solo porque él tenía que trabajar durante un rato. A Adrien eso no le hizo mucha gracia, pero estaba tan cansado que, por una noche, no le dio miedo la oscuridad, no pensó en el hombre malo y no se enteró cuando Severus se acostó a su lado, cerca de la media noche, tras ojear unos cuantos libros antiguos de su biblioteca particular. Libros sobre licantropía que pertenecieron a la familia de su madre y que, tal vez, podrían ayudarle a resolver el problema de Remus Lupin. Por el momento no había encontrado nada, pero pensaba seguir buscando. Ahora que estaba Adrien, entendía muchas cosas relacionadas con el comportamiento de los padres: admiraba a Lily Potter por salvar a su hijo, comprendía la desesperación de Narcissa Malfoy la noche que fue a solicitar su ayuda, y era plenamente consciente de lo preocupado que debía estar Remus en ese momento. Quizás, en otro tiempo, no le hubiera ayudado, pero ahora sentía que el niño no-nato merecía que alguien lo ayudara y él, Severus Snape, estaba dispuesto a hacerlo.
