Hola a todo el mundo. Hace un par de semanas que no actualizo, así que aprovecho para pedir perdón, pero algunas veces, no se puede. ¿Qué le vamos a hacer? Tampoco he podido responder a los reviews que me habéis enviado, pero procuraré hacerlo en el siguiente capi, si dispongo de un poco de tiempo más que ahora.

Este capítulo es un punto de inflexión. Ya hemos introducido a Adrien en el mundo mágico y, a partir de ahora, me centraré en la historia "romántica" de Carole y Severus; espero que os guste el giro que van a dar los acontecimientos y, bueno, Adrien perderá protagonismo... ¡Qué no1 Si hasta va a ser un Celestino, el pobrecito mío...

En fin, decir que los personajes no son míos (pero eso ya lo sabíais), y dar las gracias a todos por seguir la historia. Un besazo para todos y hasta pronto,

Cris Snape

(Pd. : Muchas gracias, Ana, de nuevo. Siento darte tanto trabajo XD)

CAPÍTULO 28. Londres

Durante el resto de la semana, Severus Snape llegó a la conclusión de que los niños pequeños, y en particular Adrien, nunca dejarían de sorprenderle.

El martes por la mañana, mientras desayunaban en la cocina, el brujo había sacado a colación el tema de sus túnicas robadas. Pensaba que amenazando a Adrien con castigarle de nuevo, el niño le diría donde le había escondido toda su ropa, pero se equivocó. De hecho, el mocoso aseguraba no saber de qué le estaba hablando, aunque su sonrisa maliciosa indicaba lo contrario; eso era, a todas luces, una mentira. Una mentira perfectamente respaldada por Albus Dumbledore, así que el niño debía sentirse muy protegido teniendo un aliado como aquel.

Así pues, Severus Snape tuvo que acudir a trabajar con una de sus túnicas de colores. Cambió el azul marino por el verde oscuro, que le daba un aspecto mucho más Slytherin, y sintió la tentación de meterse en la mente de Adrien para averiguar dónde estaba el escondite secreto. Desechó la idea inmediatamente y decidió esperar un par de días y, si finalmente no se salía con la suya, probar con un nuevo método: el chantaje.

Todo iba a ser muy sencillo: primero, pondría la miel en los labios de Adrien, anunciando un viaje a Londres para el fin de semana y, después, llegarían las condiciones. Sólo habría viaje si aparecían sus túnicas. Severus estaba seguro de que el niño terminaría cediendo y su humor mejoró un poco en los días sucesivos. En Hogwarts las cosas transcurrían con normalidad: los Gryffindor´s eran tan molestos como siempre, las clases de Pociones seguían siendo un desastre la mayor parte del tiempo y Albus se mostraba más juguetón que nunca. Severus había empezado a dedicar un tiempo cada noche a estudiar todos sus libros sobre licantropía; era extraño para él comprobar la empatía que comenzaba a sentir hacia Remus: parecía que la paternidad los había unido después de tantos años de enemistad. No obstante, no podía dedicar a esa investigación todo el tiempo que necesitaba: al parecer, el accidente de Neville Longbottom en el aula de Pociones había sido más grave de lo que todos pensaron en un principio. A raíz del ataque de la exótica planta carnívora, el brazo herido de Neville permanecía insensible y medio paralizado; la profesora Sprout, madame Pomfrey y Severus habían comenzado a tratar el veneno para intentar sanar al muchacho, pero tampoco lograban grandes avances en ese sentido.

Adrien, por su parte, se sentía feliz con su nueva vida académica. Ya contaba con unos cuantos amigos con los que jugar y, ciertamente, no tenía tiempo para aburrirse; su relación con Josh era cada vez más estrecha y se les veía casi inseparables. El miércoles por la tarde, Aaron y su grupo de matones arrinconaron a Adrien en los lavabos del colegio; el niño había intentado escapar, pero los otros no se lo permitieron y, justo cuando estaban a punto de robarle su almuerzo, Josh había entrado y había defendido al que, posiblemente, era su único amigo de verdad. La pelea en el baño les costó un castigo con la profesora Stiller, pero ellos estaban contentos porque sabían que eran un buen equipo; si estaban juntos, ni Aaron ni los otros niños se atreverían a meterse con ellos. La cosa se puso un poco fea cuando Carole se enteró de lo ocurrido, pero no se enfadó tanto como Josh esperaba; de hecho, estuvo a punto de sonreír cuando supo que su hijo había protegido a Adrien. Y, en cuanto a Severus, él ni siquiera se enfadó; más bien parecía orgulloso porque los matones del colegio no habían podido intimidar al pequeño...

En resumidas cuentas, la semana transcurrió con normalidad y el viernes por la tarde llegó sin que se dieran cuenta. Severus había dejado de castigar a sus alumnos; lo que parecía una nueva forma de educar no era más que un acto meramente egoísta: si cometía la estupidez de arrestar a algún estudiante por las tardes, no podría estar con Adrien, así que últimamente se conformaba con quitar cantidades horripilantes de puntos. Por ejemplo, cuando un Hufflepuff de sexto año se atrevió a chasquear la lengua en señal de rebeldía, Severus le arrebató cincuenta puntos de una sola vez; normalmente le hubiera costado una semana de detenciones limpiando calderos con agua y jabón, pero las cosas habían cambiado y, pese a que las puntuaciones de todas las casas, menos Slytherin, eran inusualmente bajas, los estudiantes estaban contentos. Ya no tenían que pasar tardes eternas en compañía de su desagradable profesor de Pociones.

Severus había regresado a casa antes de las seis. El día no era soleado, como los anteriores, así que el brujo tuvo que ir a buscar a Adrien al pequeño apartamento que Carole Allerton tenía en un bloque de pisos cercano al centro de la ciudad. Era un edificio antiguo y un tanto descuidado, pero aquel no parecía un mal sitio para vivir. Todos los vecinos de la niñera de su hijo eran familias de clase media y el bullicio en la escalera sorprendió al profesor; los niños jugueteaban por los pasillos comunales, corriendo y gritando mientras sus padres les regañaban desde el interior de los pisos. En cuanto vieron a Severus, los mocosos lo rodearon sonriendo alegremente y lo acompañaron hasta la casa de Carole; debía ser interesante vivir en un sitio así, aunque Snape prefería la tranquilidad de su vivienda en las afueras. Quizás su barrio era mucho más ruinoso (y peligroso) que ese, pero al menos tenía la tranquilidad que tanto le gustaba.

En cuanto lo dejaron frente a la puerta del ático propiedad de Carole, los niños desaparecieron y esa parte del edificio quedó en silencio. Tan solo se escuchaban las voces lejanas de los pequeños que jugaban un par de plantas más abajo. Severus intentó recuperar el aire; acababa de subir seis pisos casi corriendo y, aunque estaba acostumbrado a recorrer los largos pasillos de Hogwarts casi sin pestañear, no solía hacerlo siguiendo el ritmo de una manada de críos hiperactivos. Así pues, se quedó parado frente a la puerta unos cuantos segundos y, finalmente llamó; le extrañó un poco que Adrien y Josh no estuvieran con los otros niños aunque, según pudo observar, la mayoría eran más grandes que ellos y, quizás, eso les intimidó un poco.

Carole fue la encargada de abrir la puerta. Con el pelo recogido de una forma bastante desordenada, y el rostro manchado de harina, era evidente que la había pillado cocinando; llevaba puesto un mandil de vivos colores sobre sus vaqueros desgastados y su jersey rosa de hilo, y se limpiaba las manos con un paño que combinaba perfectamente con el mandil.

-Hola, señor Snape –Saludó con una sonrisa, haciéndose a un lado para permitirle entrar a su casa –No le esperábamos tan pronto. Los niños están en la cocina.

Severus entró directamente a la sala de estar, una habitación no demasiado grande y muy bien iluminada que contaba con tres puertas laterales: una que daba a la cocina, situada a la derecha, y otras dos, justo enfrente, que contactaban con el único dormitorio de la vivienda y un pequeño cuarto de baño.

-Hemos estado preparando una tarta de manzana –Explicó Carole, guiándolo a través del salón, que estaba plagado de juguetes y hojas con dibujos infantiles –Acabamos de meterla en el horno. Los niños están limpiándolo todo.

Efectivamente, Adrien y Josh estaban subidos en la encimera, ataviados con dos mandiles multicolores que les quedaban bastante grandes; cada uno tenía un trapo húmedo en las manos y frotaban las manchas de harina con fuerza, consiguiendo dejarlo todo aún más sucio. Tenían las caritas tan manchadas como Carole y, cuando vieron entrar a Severus, bajaron al suelo como buenamente pudieron; Adrien corrió a los brazos de su padre, mientras que Josh se quedó atrás, un tanto intimidado por la presencia del hombre.

-¡Papi! –Severus alzó al niño en brazos y dejó que le diera una buena sesión de besos -¡Hemos hecho una tarta!

-Carole me comentó algo sobre eso –Snape sonrió, sosteniendo a Adrien unos segundos, hasta que éste comenzó a removerse para recuperar su posición en el suelo de la cocina.

-¡Es de manzana! –Exclamó el niño, corriendo hacia el horno y pegando su carita al cristal; hizo gestos a su padre para que se acercara y éste obedeció –Josh y yo hemos ayudado a Carole a poner todos los ingredientes en el molde y, después, pondremos la mermelada en la tarta.

-Esta es la mermelada –Josh había hablado con timidez, mostrando un bote alargado de tapa verdosa. Severus miró a ese pequeño un momento, sin saber muy bien cómo comportarse con un niño que no era nada suyo. Quizás, ser amable no fuera una mala opción, aunque él no tuviera demasiada práctica mostrándose agradable con el prójimo.

-Uhm... –Fue lo mejor que se le ocurrió, aunque logró sonreír, de tal forma que Josh pareció un poco más tranquilo. Severus había notado que su presencia amedrentaba al mocoso rubio, y eso le incomodaba, así que cualquier avance sería muy significativo, sobre todo si Adrien había escogido a ese niño como su mejor amigo.

-¿Podemos quedarnos hasta que la tarta esté lista? –Preguntó Adrien con suavidad, tomando a su padre de una mano y logrando, de forma disimulada, que se sentara en la silla más alejada de la puerta –Carole ha dicho que me dará un trozo... ¿Nos quedamos, papi?

-Sí... –Josh avanzó hasta los Snape, colocando una mano sobre la rodilla de Severus -¿Os quedáis?

El profesor de Pociones miró a los dos niños con el ceño fruncido, sin saber muy bien qué hacer o decir. Josh y Adrien sonreían de una forma que pretendía ser encantadora, esperando con expectación la respuesta del adulto; un brillo en los ojitos de ambos, expresaba una gran determinación para salirse con la suya y, desde la puerta, Carole sonreía con los brazos cruzados. Ella, que en esos cinco días había aprendido cómo se las gastaban esos dos enanos, sabía que Severus Snape no podría negarse.

-Sólo faltan veinte minutos para que termine la cocción –Carole se paseó hasta el horno y le echó un vistazo a la tarta –Después, habrá que esperar un poco antes de añadir la mermelada, hasta que se enfríe...

-Tenemos muchas cosas que hacer, Adrien –Dijo Severus, tras unos segundos de reflexión –Mañana vamos a Londres y tienes que hacer todos los deberes...

-¡Oh, ya los hicimos! –Adrien miró a Josh y éste confirmó esa información moviendo la cabeza –Por favor, papi... Hemos tardado mucho en hacer la tarta...

-Sí –Josh intervino –Por favor...

Severus frunció el ceño. No era fácil resistir los envites de dos niños tan cabezotas como aquellos al mismo tiempo, así que terminó por soltar un largo suspiro de resignación y afirmó con la cabeza. Inmediatamente, los pequeños soltaron un gritito emocionado y rompieron a reír.

-¡Gracias, papi!

Adrien le dio un sonoro beso en la mejilla y volvió junto a Josh, que sonreía como nunca antes lo había hecho. Se acercaron al horno, dispuestos a vigilar la tarta, olvidadas ya sus tareas de limpieza. Carole se colocó tras ello, sonriente, y les dio un pequeño susto cuando habló.

-La tarta no se hará antes porque os paséis todo el rato mirándola –Dijo con suavidad, y los pequeños la observaron con curiosidad -¿Por qué no vais a jugar un rato a la habitación?

Adrien y Josh se miraron un momento, se encogieron de hombros al mismo tiempo, y salieron corriendo de la cocina. Sus voces infantiles dejaron de escucharse cuando cerraron una puerta tras de sí.

Carole y Severus se quedaron en silencio, mirándose sin saber muy bien qué decir. La mujer optó por ponerse a limpiar, mientras el hombre recorría la estancia con los ojos, sintiéndose estúpidamente nervioso. Por alguna extraña razón, encontraba a aquella mujer sugerentemente atractiva, incluso ataviada con aquel ridículo mandil y con su cabello manchado de harina. Hacía mucho que Severus no se encontraba tan fuera de lugar; no estaba acostumbrado a experimentar esa clase de sentimientos y, lo único que podía hacer, era luchar porque sus ojos no fueran a pararse en una parte inadecuada de la fisonomía de Carole.

-Bueno... –Carole fue la primera en hablar, dejando de retirar los restos de harina de la encimera –Ya ha pasado la primera semana de curso...

-Sí... –Severus alzó una ceja y se movió, inquieto. La conversación no prometía ser demasiado larga.

-Usted era profesor. ¿Verdad? Adrien ha comentado algo al respecto...

-Sí... –Severus carraspeó –Doy clases en un internado...

-¡Oh! –Carole cabeceó y siguió limpiando –Los niños han insistido mucho, pero si no puede esperar...

-No importa. Mañana iremos a Londres, pero será un viaje corto, no hay demasiadas cosas que preparar.

-Bien...

Se produjo un breve periodo de silencio. Carole seguía poniendo todo en orden y Severus ya no tenía más rincones que observar, así que miraba por la ventana, volviendo su vista hacia la niñera de su hijo de cuando en cuando. Ella estaba de espaldas, un poco inclinada hacia delante, y sus curvas femeninas se vislumbraban perfectamente bajo la tela de su jersey y su pantalón.

Carole se giró repentinamente, descubriendo los ojos negros de Severus fijos en él, y se sintió algo molesta, aunque optó por pasarlo por alto; después de todo, el hombre se apresuró a mirar hacia otro lado, aunque no llegó a sonrojarse. No parecía ser capaz de hacer tal cosa.

-Adrien es un chico muy obediente –Comentó Carole, dándose la vuelta de repente –Se nota que está bien educado; creo que es una buena influencia para Josh...

-Es todo mérito de su madre –Severus suspiró, poniéndose en pie –Mariah hizo un buen trabajo con el niño; resulta extremadamente sencillo tratar con él. Parece tener muy claro lo que está mal y lo que está bien y, por regla general, no se salta las normas.

Carole cabeceó, apoyándose en la encimera.

-Habla mucho sobre ella –Anunció, sonriendo de medio lado –Recuerda muchas cosas y, cada vez que hacemos algo, explica cómo lo hacía con su madre. Parece echarla mucho de menos.

-Es normal –Severus se cruzó de brazos; se encontraba a gusto hablando con Carole sobre esos temas. Era la primera persona, sin contar a Albus, con la que hablaba sobre el comportamiento de Adrien, y la opinión de la mujer le parecía muy interesante –Es demasiado pequeño para comprender el significado de la muerte. Parece entender perfectamente que su madre se ha ido para siempre pero, de vez en cuando, me pregunta si Mariah va a volver por Navidad o para su cumpleaños... Aunque –Severus carraspeó –Supongo que usted sabe a que me refiero, puesto que el padre de Josh...

Severus había intentado ser sutil. Hacía ya varios días que aquella duda le rondaba por la cabeza: ¿Qué había sido del padre de Josh? Era plenamente consciente de que el hombre no estaba necesariamente muerto, y por eso introdujo aquel tema en la conversación. A pesar de su tono informal, sus intenciones quedaron en evidencia y Carole se tensó, apretó las mandíbulas y se irguió, cogiendo el trapo de la limpieza de una manera casi compulsiva.

-El padre de Josh no está muerto –Masculló, con voz dura. Severus creyó ver un halo de dolor en sus ojos, pero esa visión duró apenas un segundo –Y ese no es un tema que me guste tratar. Josh y yo nunca hablamos de su padre; espero que entienda eso.

Severus también se puso tieso. Ignoraba los motivos que tendría Carole para hablar de esa forma, pero las palabras le parecieron terriblemente injustas; él se había perdido cuatro años de la vida de su hijo, y hubieran sido muchos más si Mariah no hubiera muerto. A pesar de la inmensa gratitud que sentía por la madre de Adrien, a pesar de que sentía por ella un cariño especial, no podía evitar echarle en cara todo el tiempo perdido; entendía que ella no tenía ningún derecho de alejarlo de su lado y, en cualquiera otra circunstancia, no se lo hubiera perdonado. Pero Mariah estaba muerta; le había dejado el regalo más especial de su vida y sólo podía agradecerle, noche tras noche, que hubiera confiado en él para cuidar a Adrien. Por eso le pareció casi inmoral que Carole hablara así, porque parecía estar privando a un padre de la compañía de su hijo y él, Severus Snape, ya sabía lo que era pasar por eso. Aunque, quizás, la mujer tuviera sus razones para actuar de esa forma.

-Todos los niños necesitan a sus padres –Dijo con suspicacia. Aunque, de pronto, se acordó de su propio padre, comprendiendo que él no lo necesitaba en absoluto...

-¿Eso cree? –Carole esbozó una sonrisa irónica –Para ser padre, no basta con dejar embarazada a una mujer... Aunque no voy a darle explicaciones. No es asunto suyo lo que ocurra entre mi hijo y su padre.

Dicho eso, Carole se giró de forma airada, y empezó a frotar como si fuera a arrancar la encimera con sus uñas. Severus meditó sus palabras unos segundos y tuvo que darle la razón; le había parecido captar una leve indirecta oculta en esas frases, pero no le dio importancia. Buscó algo que decir, pero no se le ocurrió cómo continuar con la conversación; Carole parecía enfadada y él, debía reconocerlo, no era precisamente un hombre locuaz, así que se volvió a sentar, con los ojos fijos en la tarta, rezando para que se terminara de hacer lo antes posible.

Mientras tanto, en la habitación de Josh, los niños jugaban con los muñecos articulados del chico rubio. Era, a todas luces, un dormitorio infantil, con una sola cama, un escritorio y un armario, repleto de juguetes y fotografías de dinosaurios por todas partes. Adrien sabía que, como el apartamento era tan pequeño, la mamá de Carole tenía que dormir en el sofá-cama del salón; algunas veces, Josh se acostaba con ella, pero normalmente dormía solo. Adrien todavía no le había confesado que él siempre dormía con su padre; tenía la sensación de que eso era algo que no todos los niños podían permitirse el lujo de hacer.

Nada más entrar en la habitación, Josh había sacado sus dos muñecos favoritos: uno, vestido con un uniforme de camuflaje, y el otro con un traje de astronauta. Los niños jugaban a las peleas, sin importarles demasiado el hecho de que seguían sucios, con el pelo cubierto de harina.

-Tu papá es muy serio –Dijo Josh, deteniendo el juego como si quisiera darle más importancia a aquella conversación –Da un poco de miedo...

-¿Sí? –Adrien pareció divertido ante esa afirmación de su amigo –A mí no me asusta aunque, al principio... –Adrien se mordió el labio, recordando el día en que conoció a su padre –Sí que daba un poco de miedo.

-Mi mamá también da miedo a veces –Josh se estremeció y Adrien rió por lo bajo. Ya había visto a Carole enfadada y, sí, se había asustado un poco. No parecía la misma persona –Sobre todo cuando grita...

Adrien no dijo nada respecto a ese comentario. Agitó su muñeco, provocando a Josh, que inmediatamente volvió a jugar con él.

-Josh... –Adrien se detuvo de nuevo, pensando en algo que le preocupaba desde hacía varios días -¿Tú no tienes un papá?

-Sí... –El rubio siguió jugando, aunque se había puesto tenso repentinamente –No me acuerdo mucho de él, pero sí sé que mi mamá solía llorar mucho antes, cuando no nos habíamos mudado –Josh entornó los ojos y miró a Adrien fijamente, como si su amigo pudiera responder a las dudas que tenía –A mi mamá no le gusta que hable sobre él; se enfadará si sabe que te he contado cosas...

-Yo no le diré nada –Dijo Adrien con solemnidad –No quiero que te regañe...

Josh pareció meditar la situación unos segundos, como si estuviera a punto de tomar la decisión más importante de su vida. Finalmente, suspiró y se acercó un poco más a Adrien, para hablar en tono confidencial.

-Yo no veía mucho a mi papá –Dijo, en un susurro –Venía a casa algunas veces y mi mamá siempre me mandaba a mi habitación... Yo me escondía debajo de la cama; nunca pasó nada, pero me daba miedo porque, cuando mi papá se iba, mi mamá siempre se quedaba llorando... –Josh miró a la puerta, temiendo que ésta pudiera abrirse –Algunas veces, le preguntaba por él a mi mami, pero ella siempre me decía que tenía que olvidarme de todo, porque mi papá no me quería... –Josh bajó la cabeza –Mi papá no quiere a nadie, ni a sí mismo, o eso decía mi mamá... –Josh se irguió de pronto; le estaba sentando bien hablar de todo aquello –Por eso nos mudamos, para que él dejara de molestarnos... Hemos estado en muchos sitios, pero mi mamá no encontraba trabajo, hasta ahora –Josh sonrió y una sonrisa franca apareció en su rostro –Me gusta estar aquí...

-Ojalá no tengas que irte nunca –Adrien se puso en pie, agitándose con nerviosismo –Ojalá tu papá no venga nunca a molestaros, para que no os tengáis que marchar otra vez...

-Sí –Josh agachó la mirada –Algunas veces me gustaría poder conocer a mi papá, aunque sea malo...

-¡Oh! –Adrien se acomodó al lado del niño otra vez –A mí me gustaría que mi mamá volviera...

Los niños se quedaron en silencio un par de minutos, con expresión abatida. Parecían sumidos en sus propios pensamientos, hasta que Adrien alzó la cabeza, sonriendo abiertamente; acababa de tener la idea más genial del mundo...

-Oye, Josh –Dijo, asegurándose de que nadie los estaba escuchando –Tú tienes una mamá y yo tengo un papá... ¿Te gustaría que ellos...?

Adrien se quedó callado, alzando una ceja significativamente. Josh abrió la boca, cayendo en la cuenta de lo que estaba diciendo.

-¡Oh! –el niño cabeceó, sonriendo a su vez –Tu papá podría ser el mío, y mi mamá, la tuya...

-¡Sí! –Adrien se levantó de un salto; Josh lo imitó un segundo después -¡Y nosotros podríamos ser hermanos!... ¿Te gustaría ser mi hermano?

-¡Sí! ¡Será muy divertido!

-Entonces...

Adrien abrió la puerta del dormitorio. Desde allí, Josh y él podía ver a sus respectivos padres, tercamente callados y muy serios, como si acabaran de discutir. Los pequeños parecían estar pensando lo mismo y Adrien volvió a cerrar la puerta, bajando la voz de nuevo.

-Para ser hermanos, nuestros papás tendrán que casarse –Dijo, muy sabiamente, recordando las cosas que su madre le había explicado acerca del matrimonio.

-Y, para casarse, tienen que estar enamorados –Josh también sabía lo suyo, así que alzó la cabeza, orgulloso de sus conocimientos -¿Crees que...?

-No sé –Adrien volvió a abrir la puerta, para observar a los adultos –A lo mejor, tenemos que ayudarles un poquito...

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El sábado por la mañana, Severus y Adrien utilizaron la red-flú para viajar hasta Londres. Finalmente, el "chantaje" del adulto respecto a las túnicas había funcionado y, la noche anterior, toda la ropa había regresado al armario misteriosamente; Adrien se negó rotundamente a decir cómo lo había hecho, y Severus no intento sonsacarle. Así pues, al día siguiente, realizaron la tan ansiada visita al señor Burns. El niño había pedido media docena de veces que se aparecieran en la oficina del señor Burns, ignorando los peligros que ese hecho podría acarrear, pero en esa ocasión no logró salirse con la suya.

La noche anterior, habían vuelto bastante tarde a casa. La famosa tarta de manzana tardó más del tiempo previsto en cocerse y, para cuando quiso estar lo suficientemente fría, ya eran casi las ocho de la noche. Josh y Adrien parecieron realmente encantados ante ese hecho y, cuando regresaron a la cocina, hartos de jugar, comenzaron a comportarse de una forma extraña, buscando las formas más variopintas para que sus respectivos padres estuvieran siempre juntos. Severus había observado un par de miradas maliciosas, y Carole parecía desconcertada al ver a su hijo tan animoso, pero ninguno de los dijo nada. La breve discusión que habían mantenido, se olvidó durante la velada y, cuando Severus logró llevarse a Adrien, pensó que le costaría una eternidad que el niño se durmiera esa noche. Afortunadamente, estaba demasiado cansado y nervioso y cayó rendido enseguida, para satisfacción de su padre, que pudo dedicar un par de horas a realizar estudios sobre la licantropía infantil y, de paso, averiguar algo más sobre la planta exótica que había atacado a Neville Longbottom en los invernaderos del colegio. Se fue a la cama bastante tarde, aunque logró descansar y, por la mañana, fue despertado por Adrien, que daba saltitos a su lado, ansioso por ir a ver a Edward Burns.

Aterrizaron en la chimenea de "El Caldero Chorreante" a la hora del desayuno. A esas alturas del año, no había demasiados clientes, pero el ambiente en la taberna no podía ser más animoso. Era fin de semana y algunas parejas de magos jóvenes aprovechaban esos días para llevar a sus hijos pequeños al Callejón Diagon. Adrien observó con curiosidad a los otros niños brujos, y éstos hicieron lo propio, fijándose sobre todo en sus ropas muggles; al pequeño le hubiera encantado jugar con alguno de ellos, pero Severus lo cogió de la mano inmediatamente, y lo arrastró a la barra del bar, sentándolo en una de las banquetas.

-Vaya –Tom, el tabernero, se acercó a ellos al cabo de unos segundos, sonriendo amablemente –Si es el joven Adrien Bellefort-Snape –El hombre extendió una mano que el niño estrechó fuertemente –En tu última visita causaste un gran revuelo. ¿Lo sabías?

-No, señor –Adrien negó enérgicamente con la cabeza. ¿Por qué haría él tal cosa? Miró a su padre un segundo, para descubrir que éste sonreía misteriosamente.

-Claro que no lo sabías –Tom le revolvió el cabello (para su profundo disgusto) y se volvió hacia Severus –Buenos días, Snape. ¿Qué os pongo?

-¡Oh! –Adrien dio un respingo, antes de que su padre pudiera responder -¡Un zumo, por favor!

-Por supuesto. –Tom cabeceó; Severus indicó con un gesto que quería lo mismo y el tabernero fue en busca del pedido.

Inmediatamente, Adrien se arrodilló sobre su banqueta y miró a su padre con avidez, ansioso por recibir una respuesta para las dudas que Tom le había creado.

-¿Por qué causé revuelo, papi?

-Por el mismo motivo que lo causaste en Hogwarts –Severus se sentó a su lado, haciendo que se sentara correctamente –Esas son cosas que no deben preocuparte. ¿De acuerdo?

-Sí, papi.

En ese momento, Tom regresó, colocando el desayuno frente a ellos. Por un breve segundo, pareció dispuesto a quedarse con ellos, pero una bruja le llamó la atención y el hombre se marchó, tan eficiente en su trabajo como siempre.

El desayuno duró muy poco tiempo. Severus parecía tener prisa y arrastró a Adrien al mundo muggle, buscando en los bolsillos de su pantalón la dirección del edificio en que podrían encontrar a Edward Burns; en los documentos que había dejado en su casa unas semanas antes, venían dicha dirección y un número de teléfono, así que no le resultaría demasiado difícil dar con el asistente social. Lo realmente complicado era convencer a Adrien para que caminara; al parecer, al pequeño le fascinaban las grandes edificaciones muggles de varios pisos, y no se cansaba de mirar hacia arriba, con la boca abierta y el dedo índice señalando todo lo que le llamaba la atención. Severus logró meterlo en un taxi a duras penas, y el pequeño viajaba con la cara pegada al cristal, sin perder detalle de todo lo que veía.

Finalmente, el coche se detuvo frente a un antiguo edificio, construido posiblemente a finales del siglo anterior, pero perfectamente adaptado a los tiempos modernos. Severus cogió a Adrien de la mano, preocupado por no perderlo de vista ni un segundo, y penetró en el edificio, accediendo a un gran recibidor de suelo de mármol muy bien iluminado. En la pared, a su derecha, un gran panel indicaba los departamentos que se repartían por las diversas plantas del inmueble y, con decisión, fue al ascensor para subir al segundo piso; a Adrien no pareció gustarle demasiado aquel lugar tan pequeño, puesto que se abrazó con fuerza a la pierna paterna, pero no dijo nada. Estaba demasiado ansioso para quejarse; iba a ver al señor Burns de nuevo...

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Severus tuvo la oportunidad de ver a un centenar de muggles trabajando frenéticamente. Los teléfonos sonaban insistentemente, y los trabajadores iban de un lado para otro, cargando archivadores, montañas de carpetas u hojas sueltas; los escritorios se repartían por todo el lugar, de forma bastante caótica, y numerosas plantas adornaban la enorme estancia, llenándola de vida. Olía fuertemente a desinfectante, como si una parte del personal se dedicara exclusivamente a esas labores, y fotos de numerosos niños estaban desperdigadas por las mesas, con pegatinas de colores pegadas en sus expedientes, como códigos de identificación. Adrien dio dos pasitos adelante, cogido a la mano paterna, y siguió avanzando, preguntándose dónde estaría el señor Burns; cuando su madre se puso enferma, nunca estuvo en Londres, mucho menos en aquel edificio, así que todo le llamaba poderosamente la atención.

-¿Dónde está el señor Burns? –Preguntó el pequeño, suponiendo que tardarían mucho tiempo en encontrarlo entre tanta gente.

-No sé... –Severus miró a su alrededor, localizando a una mujer de cabello blanco que estaba situada detrás de un cartelito que tenía escrita la palabra "Información" –Quizás esa mujer pueda ayudarnos.

Severus avanzó hasta el escritorio. La mujer parecía estar muy ocupada revisando unos papeles, así que tardó unos segundos en alzar la mirada; cuando lo hizo, les sonrió con fría amabilidad, como si llevara demasiados años haciendo eso, y de forma inmediata se concentró en Adrien. Debía suponer que había algún problema con el niño; demasiadas cosas habría visto trabajando en un sitio como aquel.

-Buenos días –Saludó, sin levantarse, aunque mostrándose totalmente solícita -¿En qué puedo ayudarles?

-Estamos buscando a Edward Burns –Dijo Severus con firmeza.

La mujer enarcó una ceja, como si todas sus sospechas se hubieran visto confirmadas de pronto. Miró a Adrien de nuevo, con algo parecido a la compasión, y señaló una mesa situada en el otro extremo de habitación.

-Burns debe andar por allí –Dijo, volviendo a sus quehaceres –No tendrá ningún problema para atenderlos.

Severus inclinó la cabeza para agradecer la ayuda prestada y avanzó entre los escritorios, esquivando a gente demasiado concentrada en su trabajo para prestarles atención. Cuando llegaron al lugar que la secretaria les indicó, no vieron más que una silla vacía y los expedientes de un par de críos con el rostro magullado; Severus optó por retirar la vista de aquellas fotografías, y buscó al señor Burns con la mirada.

Unos segundos después, un hombre que les resultó familiar a ambos, salió de una habitación contigua, con el pelo humedecido y las mangas de la camisa hasta los codos. Se acercó distraídamente a la mesa, sin prestar demasiada atención a los recién llegados, y comenzó a remover los papeles, mascullando unas maldiciones por lo bajo; finalmente, alzó la mirada y miró a Severus, entornando los ojos, como si tratara de reconocerlo. Después, se volvió hacia Adrien y, esa vez sí, sonrió abiertamente, realmente contento de volver a ver a aquel niño.

-¡Vaya, vaya! –Dijo, con alegría. Le agradó comprobar que Adrien tenía muy buen aspecto; se le veía feliz –Si es el señor Bellefort-Snape. ¿Cómo está usted, caballero?

Edward se enorgullecía de su capacidad de memoria; era capaz de recordar los nombres y rostros de casi todos los niños que alguna vez había atendido y, en situaciones como aquella, resultaba maravilloso poder hacerlo. Así se evitaban situaciones embarazosas y podía hacer que los niños se sintieran especiales; quizás a Adrien no le hiciera falta, pero muchos pequeños no tenían la misma suerte que él y, un gesto como ese, podía significar un mundo para ellos.

-¡Muy bien, señor Burns! –el niño no lo dudó, y abrazó al asistente social con fuerza, bajo la atenta mirada de su padre –Hemos venido a visitarle.

-¿De verdad? –Edward volvió a mirar a Severus, estrechando su mano con cortesía –Siéntense, por favor. ¿Puedo ofrecerles algo?

-No, gracias –Severus se sentó, acomodando a Adrien sobre sus rodillas.

-Quizás, Adrien quiera... no sé –El señor Burns pareció buscar algo en los cajones de su escritorio; unos segundos después, lo encontró –Un poco de regaliz... Creo recordar que te gustaba...

Adrien miró a su padre antes de aceptar; Snape afirmó con la cabeza y el pequeño tomó las chucherías con alegría, mordisqueándolas de forma inmediata.

-¿Qué tal va todo, Adrien? –Preguntó Edward, aunque no necesitaba escuchar la respuesta del niño.

-¡Muy bien, señor Burns! –Adrien parecía emocionado; le gustaba mucho poder hablar con ese hombre otra vez –El lunes empecé a ir al colegio y ya tengo muchos amigos.

-Me alegra mucho oír eso.

Edward había captado el gesto de Severus Snape. Era evidente que el hombre necesitaba hablar con él a solas, así que debía buscar una forma de librarse de Adrien durante unos segundos. Una mirada cómplice bastó para que una joven se acercara a la mesa; era una de las chicas en prácticas, una que tenía una mano especialmente buena para tratar con los niños.

-¿Sabes lo que vamos a hacer, Adrien? –El muchacho negó con la cabeza, expectante –Vas a ir con Claire a la "Habitación de los Juguetes". Nunca te he regalado nada, así que podrás escoger lo que más te guste y llevártelo a casa.

-¿De verdad?

-De verdad.

Adrien soltó una risotada y, sin pensárselo dos veces, se cogió a la mano de esa chica que le sonreía con dulzura. Severus los miró de reojo mientras desaparecían por una puerta lateral, y luego se concentró en Edward, que pareció preocupado de repente; no sería la primera vez que surgían problemas en casos similares al de Adrien.

-¿Ocurre algo, señor Snape? –Preguntó, sin poder evitar que la dureza impregnara su voz.

Severus observó detenidamente al hombre que tenía frente a sí; sus pensamientos eran demasiado claros para pasar inadvertidos y el brujo no pudo evitar sonreír. Aquel hombre era demasiado desconfiado; sin duda, la experiencia le había hecho así y, aunque le molestó un poco que dudaran de él, Severus comprendió sus temores.

-Si se refiere a si he venido a devolver a Adrien como si fuera una prenda de ropa que me sienta mal, está completamente equivocado –Dijo, con la misma dureza en su voz, logrando que el otro hombre se sonrojara –Tal y como el niño ha indicado, hemos venido a visitarle; Adrien le echaba de menos.

-Disculpe... Yo no... –Edward intentó excusarse, pero Severus le detuvo con un leve gesto.

-Entiendo su desconfianza –Miró las fotografías de los niños maltratados con lástima –No debe ser fácil tener un trabajo como el suyo...

-No, no lo es –Edward suspiró, recordando los detalles del último caso que tenía entre manos –Algunas veces, debemos tratar con situaciones que escapan a nuestro control; los niños se convierten en víctimas y, aunque intentamos ayudar, no podemos... Resulta bastante frustrante...

Severus afirmó con la cabeza. Era evidente que ese hombre quería lo mejor para los pequeños, pero no siempre lo conseguía. Aunque, al menos con Adrien, logró su objetivo.

-En realidad, no hemos venido sólo por Adrien –Explicó Severus, tratando el tema que le preocupaba desde el sábado anterior –Hace unos días, recibimos la visita de... Jerry Bellefort...

-¡Oh! –Edward entornó los ojos y, con un gesto, indicó a Snape que esperara. Buscó algo en un archivador y, cuando regresó a la mesa, Severus pudo ver el expediente de Adrien –Vino a la oficina el jueves pasado, preguntando por la dirección de su casa. Mariah Bellefort ya me había advertido que lo haría, así que no pensé que pudieran surgir problemas.

-No los hubo –Severus chasqueó la lengua –De hecho, podría decirse que nos hizo un gran regalo a Adrien y a mí; nos hizo llegar una serie de recuerdos familiares muy importantes.

-¿La famosa caja de fotografías? –Edward sonrió ante el desconcierto del otro hombre –La señorita Bellefort dedicó varios días a prepararla. Yo mismo me ofrecí voluntario para asegurarme de que Adrien la conservara, pero ella parecía tener muy claro qué hacer con la caja...

-¿Usted sabía que existía? –El señor Burns afirmó con la cabeza –Lo que no entiendo, es por qué fue a parar a manos de ese hombre. Según Adrien, él y Mariah nunca se llevaron bien. ¿Por qué le confiaría algo así?

-Mariah era una mujer muy especial, señor Snape –Dijo Edward, tras reflexionar sus palabras un momento- La enfermedad pudo causar estragos a su salud, pero en ningún momento perdió la fuerza de voluntad. Recuerdo que, en ocasiones, estaba tan cansada que ni siquiera podía hablar, pero en cuanto veía a Adrien, se recomponía, sonreía y abrazaba a su hijo, sin dar muestra alguna de debilidad –Burns suspiró –Ignoro de dónde sacaría todo su valor, pero era una luchadora nata; no se rindió hasta el último momento.

Severus escuchaba con interés; siempre era agradable conocer un poco mejor a la madre de su hijo.

-Se puso en contacto con los servicios sociales en cuanto supo que iba a morir –Prosiguió el hombre, hojeando el expediente Bellefort –La primera vez que la vi, parecía estar llena de vida, más que personas completamente sanas. Supongo que tendría miedo, pero su mayor preocupación era Adrien. Intentó localizarle en numerosas ocasiones, pero fue en vano; no dejó de buscarle hasta que le fue imposible estar fuera del hospital... Quería asegurarse de que Adrien terminaba en buenas manos, así que me pidió que yo le localizara... –Edward carraspeó y tragó saliva –Preparó al niño para que asumiera que iba a perder a su madre; era realmente escalofriante escucharla hablar. Nunca en mi vida he oído hablar a nadie sobre la muerte con esa serenidad... Las enfermeras afirmaban que, por las noches, y en soledad, solía llorar con desconsuelo, pero nunca frente a mí o frente a Adrien... Era una gran mujer.

Severus sólo pudo afirmar con la cabeza. No podía estar más de acuerdo con ese hombre.

-La caja de las fotografías y los vídeos fue uno de sus grandes proyectos. Quería que Adrien siguiera ligado a su pasado, pasara lo que pasara con él, y lo preparó todo con esmero –Edward se fió en Severus, comprobando que lo escuchaba atentamente –Ignoro por qué se la envió a Jerry Bellefort, pero tengo una teoría –Severus alzó una ceja, pero no dijo nada; prefería escuchar – Mariah no hablaba mucho sobre su familia. Supe que su hermano menor murió ahogado tras un desafortunado accidente y que su madre no superó aquella pérdida; podría decirse que murió de pena... –Edward suspiró profundamente –El señor Bellefort decidió trasladarse desde Francia a Inglaterra con su hija, dejando a Jerry en un internado; la familia se distanció y, cuando el padre de Mariah falleció, siendo ella una adolescente, Jerry se encargó de la tutela de su hermana, aunque siguió viviendo en Francia. Ignoro los problemas que tenían, pero jamás tuvieron una relación demasiado fluída.

"Aún así, creo que Mariah confiaba en recuperar a su hermano. Fue una de las primeras personas a las que avisó de su enfermedad y, aunque él nunca mostró demasiado interés, ella afirmaba que Jerry se preocupaba por ella y por Adrien. Creo que, al preparar la caja, pensó en que serviría para unir a Jerry y a Adrien... Mariah sabía que su hermano jamás se acercaría al niño por voluntad propia, pero también sabía que él le haría llegar la caja. Creo que confiaba en que la relación entre ambos se estrechara a partir de ese momento –Llegado a ese punto, Edward miró a Severus con curiosidad -¿Ha sido así?

-No –Severus alzó las cejas, liberando el aire de sus pulmones. Todo aquello parecía muy plausible –Jerry Bellefort se marchó inmediatamente después de darme la caja. No dijo gran cosa...

-Algo debió salirle mal a la señorita Bellefort –Edward sonrió, entrelazando sus dedos sobre la mesa –Aunque, siempre es posible que el señor Bellefort sienta curiosidad y quiera conocer a Adrien. ¿Qué le parecería eso?

Severus tardó un segundo es responder.

-Es la única familia de Adrien, aparte de mí –Se encogió de hombros y el señor Burns pareció complacido –Es su tío; no tengo ningún derecho de prohibirle que vea a Adrien, si es que el niño está de acuerdo...

-¡Mira, papi! –Adrien acababa de interrumpir la conversación, sorprendiendo a los dos hombres. La joven Claire parecía realmente apenada, pero su jefe la tranquilizó con un gesto. Adrien agitaba alegremente la figura de... ¿Un hipogrifo? -¡Es Buckbeak!

Severus dio un bote. Edward rió, sin comprender lo que ocurría, y Adrien se quedó serio, como si acabara de percatarse de la gravedad de sus palabras.

-¿Ya le has puesto nombre a tu nuevo juguete? –Preguntó Burns.

-Eh...

-Es un nombre muy bonito –Severus cogió a su hijo en brazos, antes de que pudiera hacer o decir nada más –El señor Burns me contaba que te portaste muy bien mientras estuviste a su cargo.

-¿Eso hice? –Adrien ocultó su juguete, temiendo que el señor Burns le preguntara algo más y él no supiera qué responder.

-¡Claro! –Burns recogió el expediente, devolviéndolo a su lugar.

-Será mejor que nos vayamos –Severus se levantó, cargando a Adrien –Se nos está haciendo un poco tarde y el señor Burns tiene que trabajar.

-¡Oh! ¿Podremos venir a verle otro día? –Inquirió Adrien.

-Cuando tú quieras, Adrien.

Los dos brujos se despidieron del muggle con amabilidad y, cinco minutos después, estaban en las calles de Londres. Severus pensaba volver a casa pronto, pero Adrien insistió en visitar algunos sitios bonitos de la ciudad y pasaron casi todo el día en el centro, observando los edificios antiguos; comieron en una pizzería, visitaron Hyde Park y tuvieron ocasión de hablar sobre toda clase de cosas. Adrien se disculpó por lo que dijo sobre Buckbeak, pero su padre no parecía enfadado por eso; después de todo, Adrien sólo tenía cuatro años. Podía meter la pata de vez en cuando...