CAPÍTULO 30. Hogsmeade

Adrien no se cansaba de girar la cabeza en todas direcciones, y no era para menos: Hogsmeade rezumaba magia en todos y cada uno de sus rincones.

Severus había sido uno de los primeros en abandonar el castillo esa mañana. Quería mostrarle al niño el pueblo antes de que los estudiantes invadieran sus calles. Si todo salía bien, Adrien habría visto todo lo que podría llamarle la atención antes del mediodía y, entonces, el brujo dejaría a su hijo al cuidado de Dumbledore y buscaría a Draco Malfoy para hablar con él. Snape tenía la necesidad, casi imperiosa, de mantener una conversación muy seria con su ahijado; era más que evidente que no le había sentado demasiado bien descubrir que Mariah fue muggle, así que Severus temía que el chico sintiera alguna clase de prejuicio contra Adrien. Sabía que al pequeño le dolería ser rechazado por su "primo", así que debía darse prisa para que todo saliera bien.

Adrien llevaba un par de minutos parado frente a Zonko, observando unas dentaduras postizas que castañeteaban en el escaparate, moviéndose en el interior de una pequeña caja de cartón. Tenía la nariz prácticamente pegada al cristal y sujetaba la mano paterna con fuerza, como si quisiera compartir con su padre la emoción que le embargaba. Severus observaba la calle con aire distraído, esperando a que Adrien se cansara de mirar todas esas estupideces para críos; posiblemente tardara un buen rato, teniendo en cuenta que él mismo era un niño...

-Papi –Adrien tiró de su brazo, llamando su atención y señalando las dentaduras con los ojillos brillantes -¿Me compras una de esas?

-¿Para qué? –Severus alzó una ceja.

-Pues... –Adrien tomó aire. Una idea un tanto "siniestra" había invadido su mente nada más ver esas dentaduras, pero no estaba muy seguro de si debía compartirla con su padre –Para... –Adrien dio un bote y sonrió encantadoramente –Cómprame una, por favor... No haré nada...

-¿No? –Severus se quedó completamente serio, poniendo los brazos en jarra -¿A quién pensabas asustar con la dentadura?

-A nadie, papi...

-Adrien...

-¡Oh! –Adrien suspiró, sabiéndose descubierto. ¿Acaso no podría engañar a su padre nunca? –Sólo iba a ser una broma para el abuelito. Él dice que está bien que haga travesuras.

-¡Oh Merlín!- Severus soltó un largo suspiro, alejando al niño de Zonko a toda velocidad. Definitivamente, Albus Dumbledore no era una buena influencia para Adrien.

Pasearon por el pueblo con tranquilidad. Visitaron la oficina de correos, despertando un gran revuelo entre todas las lechuzas; fueron a Honeydukes, donde Adrien consiguió convencer a su padre para que le comprara una gran cantidad de chucherías. También hubo tiempo para que Severus le relatara una pequeña historia sobre la Casa de los Gritos y, cuando los primeros estudiantes llegaron, Adrien ya estaba ansioso por reunirse con su abuelo para poder contarle todo lo que había visto.

Estaban sentados en Las Tres Escobas, en una mesa ubicada junto a la ventana. Adrien parecía haber hecho muy buenas migas con la señora Rosmerta; a pesar del bullicio reinante en el local, la mujer había sacado unos minutos para sentarse a conversar con el niño. Adrien le hablaba del colegio, de sus amigos y de Hogwarts, mientras bebía un zumo de arándanos que la propia tabernera le había recomendado. Severus permanecía muy quieto, con los ojos fijos en la calle, esperando localizar la figura de Draco Malfoy entre los estudiantes que caminaban de un lado a otro. Frente a él, una gran jarra de cerveza de mantequilla permanecía intacta; algunos clientes lo observaban con la acostumbrada curiosidad, aunque no se escuchaban demasiados comentarios relacionados con el profesor de Pociones.

Severus no se percató de la presencia de Albus Dumbledore y Minerva McGonagall hasta que éstos no llegaron a la mesa que ocupaba. Adrien dio un bote, apresurándose en saludar al anciano director, que lo alzó en brazos y le preguntó algo en voz baja; Severus no pudo oír lo que decían, pero le pareció que tenía algo que ver con las travesuras que, de cuando en cuando, Albus instigaba alegremente.

-Buenos días, Severus –Saludó Minerva, retirándose el picudo sombrero y acomodándose en una silla, junto a él –Adrien...

-Hola –El niño saludó desde una postura un tanto complicada. Albus lo había colocado boca abajo, mientras le hacía cosquillas en la barriga y lo sostenía por las rodillas. Severus había fruncido el ceño, pero no hizo ningún comentario. Finalmente, Albus lo enderezó y tomó asiento; era increíble la agilidad con la que manejaba al pequeño Adrien, a pesar de su edad.

-Os habéis levantado muy temprano, Severus –Comentó el anciano, pidiendo dos copas de hidromiel caliente con especias -¿Ya has visto el pueblo, Adrien?

-¡Sí! –El niño regresó a su silla –Hemos estado en muchas tiendas y mi papá me ha comprado una bolsa de chucherías –Adrien buscó algo entre los pliegues de la túnica de Severus, hasta que localizó una bolsita llena de dulces -¿Quieres algo, abuelo?

-Uhm... –Albus examinó la bolsa. Severus alzó las cejas y Adrien sonrió abiertamente; no le importaba en absoluto compartir sus golosinas -¡Oh, chocolatinas de menta!

-Están muy buenas –Adrien le animó a coger una y, de forma brusca, se giró hacia la profesora McGonagall -¿Usted quiere algo, señora Minerva?

-¿Yo? –La aludida se sorprendió, aunque logró esbozar una sonrisa –No sé...

-Quizás, deberías recomendarle algo –Comentó Albus distraídamente, saboreando el chocolate amargo.

-Eh... –Adrien frunció el ceño, examinando detenidamente su bolsa de golosinas. De pronto, dio un gritito y cogió un regaliz rosado, tendiéndoselo rápidamente a la jefa de la casa Gryffindor -¡Esto está muy bueno!

Minerva tomó la chuchería con amabilidad. Un segundo después, Severus se levantó, aprovechando que Adrien y su colega estaban intercambiando opiniones respecto al sabor del regaliz, y le hizo un gesto a Albus para que lo acompañara a la salida de Las Tres Escobas. El anciano no se hizo de rogar y, cuando estuvieron en la calle, tuvo la sensación de que Severus no tenía ganas de bromear.

-¿Te importaría quedarte con Adrien un rato? –Preguntó, sin más rodeos, mirando con los ojos entornados a su alrededor –Tengo un par de cosas que hacer.

-Ya sabes que no –Albus agitó la cabeza –Pero, ¿Ocurre algo?

-Aún no lo sé –Severus tomó aire –Creo que las cosas no van a ser fáciles para Adrien... Por un motivo u otro, siempre habrá alguien dispuesto a verlo con malos ojos, aunque sólo sea un niño.

Albus entendió lo que el profesor quería decir en apenas un segundo. Colocó una mano sobre el hombro del más joven y le dirigió una mirada llena de picardía, una de esas miradas que sacaban de quicio a Severus, pues daban entender que el viejo mago sabía más que los demás.

-No deberías preocuparte, Severus. Estoy seguro de que Adrien estará perfectamente –El anciano sonrió con condescendencia –De todas formas, soluciona todo aquello que creas conveniente. Quizás, más tarde, podamos mantener una conversación que he estado aplazando desde hace varios días...

Severus alzó una ceja. No fue necesario que dijera nada para que el otro mago comprendiera su pregunta.

-He estado realizando algunas averiguaciones que encontrarás bastante... Interesantes –Albus carraspeó, girándose hacia la entrada de la taberna – ¿Te apetecería charlar sobre ellos esta noche, en mi despacho?

-¿Esta noche? –Severus dio un paso hacia el anciano -¿Ocurre algo, Albus?

-Puedes estar tranquilo, muchacho –Dumbledore agitó la cabeza con aire divertido, abriendo la puerta de Las Tres Escobas –He pensado en llevar a Adrien a Cabeza de Puerco; estoy seguro de que hará buenas migas con Aberforh.

Dicho eso, y antes de que Severus pudiera replicar, Dumbledore desapareció de la vista del profesor de Pociones. Snape soltó un bufido, contrariado ante el hecho de imaginar a su hijo en aquella mugrienta posada que era Cabeza de Puerco; decidió que era mejor no discutir con Albus, así que se dio media vuelta y comenzó a esquivar estudiantes excitados, buscando con la mirada a un alumno en particular: Draco Malfoy.

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Draco no sabía cómo había terminado exactamente en aquella parte de Hogsmeade. Antes de convertirse en uno de los estudiantes de Hogwarts, ya había sentido cierto temor por la Casa de los Gritos. Durante los años anteriores, había procurado mantenerse lo más alejado posible de aquella vivienda encantada (obviando, claro está, aquella ocasión en la que fue a provocar a Weasley y Granger, en la Navidad de su tercer año), pero esa mañana, sus pasos se encaminaron hacia allá, alejándose del resto de sus compañeros.

Estaba parado junto al cercado, apoyado en un viejo poste de madera carcomida. Desde su posición, podía observar perfectamente la fachada principal de la antigua mansión, percibiendo todo el misterio que, desde hacía ya varios años, la venía rodeando. Draco suspiró, cerrando los ojos un segundo, arrepentido una vez más de haber abandonado el castillo en esa ocasión.

Durante la noche anterior, se había planteado la posibilidad de quedarse en Hogwarts durante todo el día, para aclarar sus ideas respecto a una persona en particular: Adrien.

El joven Slytherin debía reconocer que le había sorprendido el origen del niño. Desde que Draco era pequeño, había pensado que Severus Snape era un defensor a ultranza de la pureza de sangre, como todos los amigos que alguna vez había tenido su padre. Recordaba que, cuando los Malfoy aún eran una familia influyente, Lucius solía organizar reuniones en el salón de su mansión; Draco tenía prohibida la asistencia, pero siempre se las apañaba para esconderse en algún rincón para escuchar lo que los adultos decían. Bien era cierto que Severus no solía acudir a dichas reuniones demasiado a menudo, escudándose en su trabajo, pero Draco recordaba que, cuando él estaba presente, los temas de conversación siempre giraban entorno a la pureza de la sangre y la necesidad de perpetuar las ideas del Señor Tenebroso. Draco había dado por hecho que su padrino era un acérrimo defensor de esos ideales, pero tras el descubrimiento de la noche anterior (aquella fotografía muggle en la que aparecía Adrien en compañía de su madre), había provocado cierta confusión en la cabeza del joven.

Durante gran parte de la noche, había intentado recordar una sola ocasión en la que Severus hablara con desprecio de los muggles, los mestizos, los squibs o los sangre-sucia. Después de un par de horas de reflexión, había llegado a la conclusión de que Severus nunca comentaba nada respecto a eso, al menos en su presencia. Draco no sabía muy bien qué pensar de él, como tampoco sabía qué clase de comportamiento tendría hacia Adrien a partir de entonces.

El niño seguía siendo el mismo. La misma persona que se había encariñado con él nada más conocerle. El mismo que lo trataba como a un joven normal y corriente, no como a un delincuente peligroso. El mismo que le llamaba "primo" cada vez que lo tenía delante, que le enviaba dibujos repletos de luz y color y que se aferraba a su mano cada vez que tenía la más mínima oportunidad. Era el Adrien que le había aceptado tal y como era, obviando el hecho de que su padre quería hacerle daño.

Era el mismo niño, pero Draco lo veía con otros ojos. Él, que desde que era un bebé ya había empezado a creer en la pureza de la sangre, no estaba seguro de poder aceptar que Adrien fuera un mestizo. Su madre fue una muggle; Severus había mantenido una relación íntima con una de esas personas a las que, supuestamente, despreciaba, y Draco se sentía traicionado hasta cierto punto. En muchos sentidos, Severus era para él mucho más padre que Lucius Malfoy; Draco había podido sincerarse con él durante la guerra, explicándole sus miedos con total confianza, y Severus le había sabido ayudar, guiándolo hacia el lado de la luz. Draco le había revelado a ese hombre más cosas sobre sí mismo que a ningún otro ser humano y, lo mínimo que el joven esperaba, era una sinceridad recíproca. Pero no, Severus le había ocultado lo más importante de su vida, pensando que, tal vez, Draco no lo entendería. Y, aunque el joven no sabía muy bien qué pensar de todo aquello, había decidido no precipitarse hasta tener las ideas claras; Adrien era un mestizo, cierto, pero él no deseaba hacerle ningún daño. Después de todo, no era más que un niño.

Draco estaba tan inmerso en sus reflexiones, que no se percató de la presencia de aquella figura humana. De forma repentina, alguien lo agarró por detrás, tapándole la boca con una mano y arrebatándole la varita con la otra. El joven intentó defenderse mientras era arrastrado hacia el interior del bosque; pataleaba e intentaba golpear a su captor, sin saber muy bien qué pensar de todo aquello. Por su cabeza pasaron cientos de ideas disparatadas, pero ninguna de ellas se aproximó a la realidad ni de lejos.

Después de avanzar unos metros, Draco sintió cómo le empujaban y cayó al suelo de bruces, golpeándose las rodillas contra una piedra angulosa. Rápidamente, y obviando el dolor que le produjo la caída, se dio media vuelta, quedando frente a dos grandes ojos grises que lo observaban con un desprecio repleto de agotamiento.

-Padre –Musitó, retrocediendo por instinto. Ante él, Lucius Malfoy permanecía erguido. Su túnica presentaba un aspecto sucio y harapiento; tenía el cabello sucio y enredado y estaba mucho más delgado. A pesar de su aspecto enfermizo, Draco no pudo evitar que el miedo invadiera cada fibra de su ser; aquel hombre seguía siendo su padre, el mismo al que había temido y respetado durante años.

-Draco –Dijo Lucius. Su voz sonó ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar. El brujo había alzado la varita, apuntando directamente al pecho del más joven; no era fácil saber qué estaba pensando, pero no parecían ser cosas demasiado agradables.

Se produjeron unos instantes de tenso silencio. Draco retrocedía, buscando una escapatoria de forma casi desesperada; mientras tanto, Lucius permanecía inmóvil, con los ojos fijos en su hijo.

-Padre –Draco se aclaró la voz; sentía la necesidad de decir algo, aunque no sabía muy bien qué –Le están buscando... No debería...

-Schs... –El leve siseo del hombre sonó tan amenazador, que Draco guardó silencio de forma inmediata. El joven tenía la sensación de que su padre era capaz de hacer cualquier cosa; no se lo pensaría dos veces antes de lanzar alguna clase de ataque en su contra –Finalmente, resultaste ser un traidor... –Afirmó el mortífago, acercándose a él, peligrosamente, y agarrándolo por el cuello de la túnica –Abandonaste a nuestro Señor cuando más necesitaba de nosotros, uniéndote a toda esa escoria de sangres-sucias y amigos de los muggles...

-Padre...

-¡Silencio! –Lucius elevó el tono de voz; al parecer, no le importaba ser descubierto por algún por algún alumno extraviado. Draco tembló al plantearse esa posibilidad. ¿Qué podría hacer su padre si eso ocurría?- Deshonraste el apellido Malfoy de la manera más vil, siguiendo los consejos de esa sucia rata... –El mago apretó la mandíbula –Te uniste a ese viejo loco, olvidando quién eras... Ni un solo Malfoy, en siglos de tradición, había cometido semejantes infamias contra nuestra estirpe –Una mano de dedos larguiruchos apretó el cuello de Draco, mientras su espalda se topaba contra un árbol –Has permitido que te arrebataran todo lo que te corresponde. Toda la herencia Malfoy, presente en nuestra familia durante generaciones, pasará a manos de los mestizos y los amigos de Dumbledore... Tú vives como un pordiosero. Ni siquiera has podido librar a tu madre de Azkabán...

-Hice lo que era justo –Musitó Draco; su tono de voz apenas era perceptible.

-¿Qué has dicho?

-¡Qué hice lo justo! –Draco no sabía de dónde salió el valor, pero acababa de librarse del agarre de su padre –Yo no sabía que... Mi madre intentó ayudarme, aunque yo no supe verlo al principio... Severus...

La bofetada hizo a Draco enmudecer, tirándolo al suelo con brusquedad. El joven sintió una varita clavándose en su cuello y, en esa ocasión, no se atrevió a alzar la mirada.

-No menciones su nombre, Draco –Ordenó en voz baja y autoritaria –Por su culpa, te has convertido en escoria... Confié en él para completar tu educación, para hacer de ti un hombre de bien y él me traicionó... –Las manos del brujo temblaban compulsivamente, debido a la ira y la frustración -¿No te ha hablado de sus orígenes, Draco? ¿No te ha dicho que su padre era un asqueroso muggle?

Draco no respondió. En cierto modo, aquella noticia no le sorprendía, pero eso no significaba que le resultara del todo grata.

-¡No, claro que no! –Lucius sonrió de medio lado –El viejo Severus, siempre aparentando ser cosas que no era... ¿Nunca te ha hablado de cómo su padre le pegaba? ¿No? –Draco agachó la mirada; hubiera deseado no tener que escuchar todo eso, pero le fue imposible –Su padre era un muggle borracho y vago; Severus le odiaba y le temía a partes iguales... Ni él ni su madre tuvieron valor jamás para enfrentarlo. Su madre era una bruja, una mujer débil que le abandonó siendo un niño. ¿No te ha contado eso? –Lucius se acercó a Draco, sabiendo que le estaba haciendo daño, aunque el chico lo mantuviera oculto en algún lugar de su alma –No, por supuesto. Él jamás hablaría sobre su infancia con nadie. Yo tuve que robarle esos recuerdos, cuando el Lord me lo pidió... –Lucius agarró la cara de su hijo, obligándolo a mirarle –Odiaba tanto a su padre, que no dudó en unirse a los mortífagos para vengarse; de hecho, Severus odiaba a todo el mundo. Lo creíamos un gran aliado y, finalmente, terminó traicionándonos –El brujo soltó con violencia al chico, irguiéndose por completo –Por su culpa, perdimos la guerra. Nos vendió a todos para salvar el pellejo. Tan cobarde y traicionero como tú.

Draco estaba seguro de que su padre le iba a lanzar alguna maldición. Se quedó inmóvil, buscando alguna escapatoria, pero no tardó en comprender que sería inútil. Lucius no estaba dispuesto a dejarlo marchar, y parecía más decidido y loco que nunca.

-Debe pagar por lo que nos hizo –El adulto bajó un segundo su varita, aunque seguía en alerta –Todos los traidores deben pagar, pero él más que ninguno... –Lucius entornó los ojos y alzó el rostro de Draco, sosteniéndolo por la barbilla -¿Qué sabes de ese mocoso llorica?

Draco tardó un segundo en comprender que su padre estaba hablando de Adrien. Instintivamente, dio un paso atrás y rehuyó toda clase de contacto con Lucius; quizás hubiera sido lógico pensar que el hombre se enfurecería por ese gesto, pero no lo hizo. Por el contrario, sonrió con alegría, como si estuviera comentando algún acontecimiento especialmente divertido con su hijo.

-No me obligues a tomar medidas, Draco –Lucius agitó su varita. El joven no necesitó ninguna clase de explicación más; su padre estaba dispuesto a cualquier cosa para sacarle la verdad. Él era un Slytherin, así que nadie esperaba que fuera valiente -¿Quién es el niño?

-S... Se llama... Adrien –Masculló, sabiendo que se arrepentiría de proporcionar esa información. A pesar de lo que acababa de descubrir sobre el pequeño, no quería que le hicieran daño. Lucius no tendría compasión con nadie, mucho menos con un mestizo.

-Uhm... ¡Qué interesante! –Dijo con sarcasmo el adulto, sosteniendo con más firmeza su varita -¿Por qué está constantemente con Snape?

-Yo... –Draco tragó saliva, retrocediendo un poco más –Es sólo un niño...

-¿Eso piensas? –Lucius lo miró fijamente –A mí me parece algo más que un niño. La serpiente traicionera se preocupa por él; no se separan ni un segundo –Draco apretó las mandíbulas; debía guardar silencio, quería hacerlo, pero no sabía si podría –Y ese viejo chocho se está tomando muchas molestias para proteger al asqueroso muggle... ¿Por qué? –Draco no dijo nada. Abrió desmesuradamente los ojos cuando vio unas chispitas plateadas salir de la varita de su padre –Estoy teniendo mucha paciencia, pero empiezo a cansarme... Dime de una vez quién es el maldito mocoso.

-Es... –Draco tomó aire, maldiciéndose por lo que estaba a punto de hacer –El hijo de Snape...

Lucius lo miró fijamente un segundo, hasta que soltó una escalofriante carcajada. Draco aprovechó para alejarse de él, sabiendo que acababa de cometer un grave error.

-Bien –El adulto se quedó callado, como si meditara un asunto de suma importancia. De forma repentina, clavó los ojos en su hijo, lanzándole la varita con brusquedad –Pronto hablaremos, Draco. Tienes muchas cosas que compensarme.

Lucius Malfoy se dio media vuelta y, en cuestión de segundos, su hijo se había quedado solo en el bosque. Draco respiraba agitadamente, sin terminar de creerse lo que acababa de ocurrir; dedicó unos momentos a tranquilizarse y, cuando lo hizo, encaminó sus pasos hacia Hogsmeade. Estaba terriblemente pálido y las manos le temblaban, aunque lograba mantener su típica pose altiva.

Aceleró el paso, mientras miraba por encima de su hombro para asegurarse de que nadie le estaba siguiendo. Su padre... Después de tanto tiempo, volvía a verlo; no podía decir que se alegrara de aquel encuentro, más bien todo lo contrario. Tenía la sensación de que el brujo estaba planeando algo que tenía mucho que ver con Adrien y con él mismo, y de pronto sintió la necesidad de ver al niño para comprobar que estaba a salvo. Caminó aún más deprisa y, cuando se topó con una imponente figura masculina, se encogió, casi temeroso.

-Draco.

El chico alzó la vista. Allí estaba Severus Snape, mirándole con el ceño fruncido y con algo muy parecido a la preocupación.

-Profesor –Masculló, luchando por recobrar la compostura.

-¿Estás bien? –Severus alzó una ceja, notando la palidez enfermiza del muchacho.

-S... sí, señor –Draco carraspeó, procurando aparentar normalidad -¿Ocurre algo?

Severus guardó silencio. Él mismo hubiera querido formular la última pregunta, pero optó por ignorar el comportamiento un poco extraño del chico. Después de haberse pasado casi media hora buscándolo por todos los rincones de Hogsmeade, lo que menos le apetecía era lograr que Draco lo rehuyera si lo sometía a alguna clase de interrogatorio. Severus necesitaba hablarle de Adrien, y ese era el momento más adecuado para hacerlo.

-Quiero hablar contigo –Dijo, con frialdad –Sobre Adrien.

Draco bajó la mirada un segundo. Debió haberse imaginado que Snape haría algo así en cuanto vio aquella fotografía muggle, así que se cruzó de brazos, dispuesto a escucharle.

-Como debes suponer, la madre de Adrien era muggle –Aseveró, sin más preámbulos, el profesor. Algunos alumnos pasaban por su lado, pero nadie parecía prestarles la más mínima atención –Se llamaba Mariah y, aunque estaría encantado de contarte cómo fue nuestra relación –El sarcasmo fue evidente y, a pesar de todo, Draco no pudo reprimir una leve sonrisa –No pienso hacerlo. No tengo que justificar mi comportamiento ante ti, ni ante nadie. Sé que tú mantienes tus antiguas... creencias –Draco se sintió incómodo al escuchar esa palabra –Pero en mi caso es diferente; quizás haya pasado demasiado tiempo al lado de Dumbledore, quién sabe –Severus suspiró profundamente, cruzándose de brazos –Adrien es un mestizo. No sé hasta que punto eso puede ser importante, pero ándate con ojo. Espero que entiendas que sigue siendo el mismo niño de siempre, pero si crees que es... inferior –Snape carraspeó –O algo similar, te voy a pedir que no lo trates como acostumbras a tratar a los, mal llamados, sangre sucia. Es más –Severus le señaló con un dedo –No te lo pido, Draco. Te lo exijo.

El más joven del clan Malfoy agachó la mirada. Las ideas daban vueltas por su cabeza a una velocidad frenética, haciéndole sentir confundido y un tanto agobiado. El encuentro anterior con su padre no le permitía pensar con claridad y, aunque le hubiera gustado poder darle una respuesta a Severus en ese preciso instante, no fue capaz de hacerlo. Apreciaba a Adrien, era cierto, pero no era fácil asumir que fuera un mestizo y actuar como si las antiguas creencias de su familia hubieran dejado de importarle.

-Piensa bien lo que vas a hacer, Draco –Severus se dispuso a dejarlo solo –Si quieres hablar, ya sabes donde estoy.

El profesor se marchó dando grandes zancadas. Draco permaneció inmóvil, con la vista perdida en algún punto indefinido del horizonte. Si tan sólo se hubiera quedado en el castillo...

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-¿Usted es el hermano del abuelo? –Adrien miraba a Aberforh Dumbledore con el ceño fruncido, procurando no prestar demasiada atención a las paredes llenas de mugre de la vieja taberna. El anciano afirmó con la cabeza, sus ojos repletos de la misma afabilidad que destilaban los de Albus –El abuelo me contó que, cuando erais muy jóvenes, hace mucho, mucho tiempo, vuestro papá te regaló un aethonan. ¿Era bonito?

-Uhm... Era muy bonito –Dijo Aberforh, con voz rasposa.

-A mí me gustaría tener un caballo volador algún día –Adrien se acomodó en el taburete, confiando plenamente en el hermano de su abuelo –Bueno, los thestral no me gustan mucho... Mi papá dice que no todo el mundo puede verlos, pero yo sí que puedo. No son muy bonitos, pero Hagrid dice que son muy buenos tirando de los carros que van y vienen a Hogwarts. ¿Sabía que Hagrid los cuida? –Aberforh no tuvo tiempo de responder –Hemos pensado en ponerles nombres. Los pobres thestral, aunque sean feos, también tienen que tener un nombre, como todo el mundo –Adrien pareció reflexionar un segundo -¿Sabe que yo tengo un águila que se llama "Athos"? Mi papá me la compró en el Callejón Diagón y siempre le lleva las cartas al abuelo y a mi primo Draco. "Athos" no es una buena mascota; como es un animal muy independiente, casi siempre está fuera, marcando su territorio. A mí me gustaría tener una mascota más buena, como "Fawkes", que siempre está con el abuelo. También me gustan mucho los perros y los gatos, pero mi papá no quiere comprarme uno. Dice que darían mucha guerra –Aberforh sonrió. Albus Dumbledore intercambió una mirada cómplice con su hermano, que quería decir algo así como "¿Qué te había dicho?" –Tengo que conformarme con jugar con "Fang" y con la "Señora Norris"... ¡Oh, y con Buckbeak! Es un hipogrifo. ¿Lo sabía? Hagrid dice que puede ser peligroso, pero a mí no me lo parece.

-Adrien se lleva muy bien con los animales –Comentó Albus de forma significativa.

-Me gustan mucho –Adrien afirmó efusivamente con la cabeza –El otro día vi una peli y salía un señor que curaba a los animales, un "veteranario" –El niño arrugó la nariz, como si aquello le sonara extraño –A mí me gustaría ser veteranario también.

-¿En serio? –Albus alzó una ceja -¿Tu padre sabe eso?

-Todavía no se lo he dicho porque no me ha dado tiempo, pero lo haré pronto –El pequeño cambió de postura –A lo mejor él no quiere que cuide a los animales. Creo que le gustaría que hiciera pociones, como él...

-Estoy seguro de que a tu papá no le importará que seas "veteranario" –Albus le dio un soniquete especial a esa palabra; le parecía sumamente divertido que el crío tuviera las cosas tan claras desde pequeñito –Yo creo que serías muy bueno. Tienes mucho talento para estar con los animales. ¿Lo sabías?

-No sé... –El niño se encogió de hombros –De todas formas, aprenderé a hacer pociones. Quiero que mi papá me enseñe.

-Debes ser el primero que desea que Severus Snape le dé clases de pociones –Comentó con aire despreocupado Aberforh. Albus ya le había dicho que ese niño tenía un piquito de oro, pero no imaginaba que la cosa llegara a tanto.

-¿Por qué? –Inquirió el niño, alzando una ceja. En su mente infantil, no cabía la posibilidad de que los estudiantes no se sintieran a gusto con su papá como profesor; con él era muy bueno, así que debía serlo con los demás también.

Los hermanos Dumbledore intercambiaron una sonrisa repleta de sarcasmo. Albus tomó en brazos al niño, asegurándose de que estaba bien abrigado antes de llevárselo a la calle.

-Digamos que, algunas veces, tu papá es muy exigente con sus alumnos –Comentó, encaminándose a la salida –Será mejor que nos marchemos ya. Nos vemos luego, Aberforh.

El aludido inclinó la cabeza y despidió a Adrien con cariño. Una vez en el exterior de Cabeza de Puerco, Albus dejó al pequeño en el suelo y lo tomó de la mano, encaminándose a Zonko; quería comprarle a Adrien un par de artículos de broma sin que Severus supiera nada. En un par de ocasiones, Remus y él habían comentado lo divertido que sería ver la cara de Snape si, algún día, Adrien se convertía en un heredero de los Merodeadores.

-Y bien, Adrien. ¿Qué te ha parecido mi hermano?

-Eh... Se parece mucho a ti –Adrien le regaló a su abuelo una sonrisa cargada de ternura –Aunque su bar está muy sucio. ¿Por qué no lo limpia?

Albus comenzó a reírse a modo de respuesta. Adrien no terminaba de entender su comportamiento, pero dejó estar el asunto; de todas formas, los adultos no siempre actuaban sensatamente, así que era mejor que dijeras cosas raras de vez en cuando. Si, de esa forma, se desahogaban, él no era nadie para pedir explicaciones.

-¿Dónde vamos, abuelo?

-¡Oh...! –Las facciones de Dumbledore dibujaron una mueca traviesa –A Zonko, por supuesto.

-¿Dónde venden cosas para gastar bromas? –Adrien pareció exultante durante un segundo, pero no tardó en acordarse de la cara que había puesto su papá cuando le pidió que le comprara aquella dentadura tan graciosa –No creo que mi papá...

-Deja que yo me ocupe de Severus –Comentó con alegría. Adrien tuvo la sensación de que su abuelo se iba a poner a dar saltitos de un momento a otro –Creo, Adrien Bellefort-Snape, que tu abuelo tiene algunas cosas que enseñarte...

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Y hasta aquí voy a leer... Siento mucho haber tardado tanto en actualizar, pero aquí estoy, colgando un capítulo más. Creo que éste es uno de los más importantes y, también, mucho más corto. En el siguiente, más Hogwarts, un poco de Harry y Neville y una escapadita de Adrien, que da con sus huesos en la enfermería por comer demasiadas chucherías... ¡Oh, pero no adelanto más! Habrá que esperar a la próxima actualización.

Un besote y hasta pronto, wapetones

Cris Snape.