CAPÍTULO 31. Un peculiar talento.
-Me duele mucho la barriga, papi –Se quejaba Adrien entre sollozos. El niño estaba acostado en la cama de Snape, mortalmente pálido y con las rodillas prácticamente pegadas a la barbilla. Severus tenía una mano sobre su frente, asegurándose de que el niño no tenía fiebre –Papi...
-Te dije que no comieras tantos dulces –Bufó el hombre, sacando una pequeña manta de un armario situado a la derecha –Te has pasado todo el día atiborrándote a chucherías, y aquí tienes las consecuencias.
-Me duele, papi...
Aquellas palabras, pronunciadas mientras dos gruesos lagrimones se escurrían por las mejillas de Adrien, consiguieron que Severus Snape detuviera sus regaños. Chasqueó la lengua, agitó la cabeza en señal de negación, y cogió al niño en brazos con sumo cuidado, permitiendo que él pequeño se acomodara libremente. Adrien se aferró a su cuello, dominando las nauseas, y comenzó a sollozar en silencio.
-No llores, Adrien –Dijo con suavidad su padre, acariciándole el cabello –Vamos a la enfermería. Seguro que madame Pomfrey te cura enseguida.
-No comeré chuches nunca más –Aseguró Adrien, secándose el rostro con una mano –Me duele mucho...
-Eso lo dices ahora que estás enfermo –Severus sonrió, abrazándolo cariñosamente –Pero, en cuanto se te pasen las ganas de vomitar, me pedirás un buen trozo de regaliz.
Adrien no respondió. Cerró los ojos, soltó un gemidito de dolor, y rezó para que su padre lo llevara con la señora Poppy cuanto antes. Severus abandonó sus dependencias privadas caminando a buen paso, notando el ligero temblor del pequeño cuerpo de su hijo; no parecía tener fiebre, pero todo indicaba que, de un momento a otro, expulsaría de su cuerpo todos las golosinas consumidas a lo largo del día.
Habían regresado a Hogwarts a media tarde. Adrien comenzó a sentirse mal después de la comida; había devorado casi toda la bolsa de dulces que Snape le compró en Honeydukes, y no quiso probar el guiso de carne especial que había preparado madame Rosmerta. A Severus le extrañó que el niño no se separara de su lado, ni hablara, ni se pusiera a hacer preguntas como un loco. Desde que había terminado su paseo con Dumbledore, su buen humor se fue apagando poco a poco, los ojos se le empezaron a poner vidriosos y el rostro fue adquiriendo un tono blanquecino que no auguraba nada bueno. Aunque no se había quejado en ningún momento, tal vez porque quería permanecer en Hogsmeade todo el tiempo que fuera posible, Severus notó que estaba enfermo y se lo llevó al castillo con total naturalidad; pensó que unas cuantas horas de sueño le harían bien al niño, pero su estado fue empeorando con el transcurso de las horas y Snape comenzaba a estar verdaderamente nervioso.
Adrien nunca se había encontrado mal hasta ese día. Severus sabía que la salud de los niños solía flaquear de cuando en cuando, pero él llegó a pensar que eso no ocurriría con su hijo, así que estaba terriblemente preocupado. A pesar de que sólo se trataba de una indigestión, el profesor de Pociones se sentía impotente y, por qué no decirlo, un tanto inútil. ¿Qué clase de padre era él, que no sabía calmar un simple dolor de estómago? Había pensado en darle alguna de las pociones relajantes que estaban guardadas en su armario, pero todas le parecieron demasiado fuertes para un niño tan pequeño; decidió que Poppy Pomfrey sabría que hacer y, allí estaba, caminando hacia la enfermería con el rostro más pálido que nunca.
Cuando entró en la estancia, se encontró con que prácticamente todas las camas estaban vacías. Tan sólo había un biombo rodeando uno de los lechos del final de la habitación; Severus apreció la sombra de Madame Pomfrey tras la mampara de color blanco, mientras la mujer atendía con total eficiencia al que, hasta ese momento, era su único paciente. Adrien abrió un momento los ojos, miró a su alrededor, y se aferró con más fuerza aún al cuelo de su padre, como si temiera el momento de ser alejado de él. Severus esperó pacientemente hasta que la enfermera terminó su trabajo y, cuando abandonó al paciente, se aproximó a ella con Adrien en brazos.
Madame Pomfrey lo miró con extrañeza un segundo. Nunca antes había visto aquel semblante tan preocupado en el rostro del profesor de Pociones y, por un momento, no supo muy bien cómo reaccionar. Después, sus ojos se deslizaron hasta Adrien, que respiraba agitadamente, y reaccionó de forma inmediata.
-¿Qué le ocurre? –Preguntó, colocando una mano en la frente del pequeño.
-Tiene una indigestión –Explicó Severus, dejando que la enfermera cogiera al niño en brazos para atenderle –Dice que le duele el estómago, pero no tiene fiebre...
-Has comido demasiados dulces, ¿Verdad, bribón? –Poppy sonrió con dulzura, acostando a Adrien en una cama y cubriéndolo con una manta –Enseguida te pondrás bien, no te preocupes. Voy a ir a por un par de pociones y, dentro de un rato, ni te acordarás de que ahora estás malito.
Adrien afirmó con la cabeza, haciéndose un ovillo sobre el mullido colchón. Severus permaneció a su lado, acariciando su frente, hasta que la anciana bruja regresó, portando dos frasquitos: uno, era una poción curativa de elaboración simple y, la otra, tenía toda la pinta de ser una poción para dormir sin soñar.
-Muy bien, Adrien –Poppy hizo que el niño se incorporara- Tienes que tomártelo todo. ¿Entendido?
El niño obedeció sin decir una sola palabra. A pesar de que aquella poción sabía realmente mal, y que en otras circunstancias hubiera protestado hasta agotar a su padre y a Poppy, ese día estaba demasiado enfermo para intentar resistirse. Fue un alivio comprobar que, apenas unos segundos después de tomarse la poción, el dolor de estómago comenzó a remitir, siendo sustituido por una agradable calidez que le arrancó una sonrisa de satisfacción.
-Debo suponer que mi remedio ha funcionado –Comentó madame Pomfrey al observar aquel gesto del niño –Ahora, te tomarás esta otra poción. Tendrás que pasar la noche en la enfermería; quiero asegurarme de que estás bien.
Una vez más, Adrien no protestó, quizás animado por el hecho de que la primera medicina había funcionado. Se bebió todo lo que Poppy le dio, quedando sumido en un tranquilo sueño que debía durar varias horas.
-No creo que le ocurra nada malo –Comentó la enfermera. Destapó a Adrien de nuevo y pasó su varita sobre el cuerpo del niño, murmurando unos hechizos ininteligibles. Sabía por experiencia que los niños tan pequeños solían ponerse muy nerviosos durante los reconocimientos médicos, por lo que esperó a que Adrien estuviera dormido para comprobar su estado de salud –Todo está bien. Mañana estará como nuevo, no se preocupe, profesor.
-Bien –Severus acarició la frente del niño, mientras Poppy reacomodaba las mantas -¿Es necesario que duerma aquí?
-Completamente –la enfermera arrugó la nariz y se dio media vuelta, sin agregar una sola palabra más.
Severus soltó un suspiro resignado, consciente de que aquella sería una noche muy larga. Pasó aproximadamente una hora dando vueltas por la enfermería, observando con desdén los cuadros que colgaban de las paredes y centrando su atención en el paisaje que se podía apreciar a través de los cristales. La identidad del otro paciente, que aún permanecía oculto tras el biombo, le tenía bastante intrigado, aunque no había tenido ocasión para descubrirlo: Poppy lo mantenía constantemente vigilado.
Albus llegó a la enfermería después de la cena. Había regresado de Hogsmeade bastante tarde y, al no encontrar a los Snape en el Gran Comedor, supuso que algo debía haber ocurrido; como era de esperar, no tardó mucho en saber de la enfermedad de Adrien y corrió a verlo. Sabía que el niño estaba perfectamente, pero él no podía dejar de preocuparse.
-Severus –Dijo, acercándose a la cama y sentándose junto a Adrien -¿Cómo está?
-Tranquilo –El profesor suspiró, acomodándose frente al anciano mago –Madame Pomfrey quiere vigilarlo unas cuantas horas, pero no tiene nada grave. Simplemente, se atiborró de golosinas, nada más.
-Ya veo –Albus sonrió, acariciando la frente del niño.
-Sabía que ocurriría algo así –Bufó Snape –Ya hablaré con él...
-Severus –Dumbledore alzó una ceja; su mirada, suspicaz, parecía una advertencia. Si el profesor "hablaba" con Adrien, él se encargaría de proteger al pequeño.
-Será mejor que no te entrometas en esto, Albus. Te recuerdo que la educación de Adrien es cosa mía.
Albus permaneció callado un segundo. Snape era consciente de que sus palabras habían sido un tanto duras para el viejo director, pero no se arrepentía de lo dicho; estaba harto de que aquel mago chiflado metiera sus narices en sus asuntos, por muy buenas que fueran sus intenciones.
-¡Oh, entiendo! –Albus cabeceó –Pero mucho me temo que no estoy de acuerdo contigo. En ocasiones, eres demasiado rígido. Ese niño va a necesitar a alguien que lo malcríe.
Snape alzó una ceja. Durante un momento, quiso responder a aquellas palabras de Dumbledore, pero no le pareció adecuado ponerse a discutir frente a un Adrien enfermo. Suspiró profundamente, aceptando una derrota momentánea, y centró toda su atención en su hijo.
-Puesto que Adrien está bien, creo que es el momento idóneo para que tratemos un asunto bastante serio –Comentó Dumbledore distraídamente, después de un breve silencio. Severus lo miró con intensidad, recordando que Albus lo había citado en su despacho aquella misma noche -¿Podríamos...?
El gesto del director evidenció que quería alejarse de la cama en la que reposaba el pequeño Snape. Severus frunció el ceño, pero terminó por encogerse de hombros y seguir a Albus hasta el despacho de Madame Pomfrey. La mujer seguía cuidando del enfermo misterioso, así que les cedió aquella estancia con amabilidad, asumiendo la vigilancia de Adrien durante unos cuantos minutos.
-¿Y bien? –Severus se acomodó en un butacón, mientras Dumbledore se acercaba a la chimenea y avivaba el fuego -¿Qué ocurre?
-Supongo que lo mejor que puedo hacer es no andarme con rodeos –Comentó el director sin más preámbulos, llevándose las manos a la espalda -¿No crees? –Severus alzó una ceja a modo de respuesta –Hace algún tiempo, noté algo extraño en Adrien.
-¿Qué quieres decir con eso?
-¡Oh, nada grave, no te preocupes! –Albus sonrió, sentándose frente a Snape –Quizás, podríamos afirmar que lo que he notado es curioso, si eso te hace más feliz –Añadió el anciano con socarronería, ganándose una mirada asesina.
-¿No decías que no ibas a andarte por las ramas?
-¡Oh, claro, claro! –Albus carraspeó –Bien... ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Esas cosas curiosas... Sin duda, tú también las habrás notado. Estás con Adrien mucho más tiempo que yo, así que...
-Albus, por favor.
-Está bien, perdona –El director sonrió con afabilidad, apaciguando la impaciencia de su interlocutor con un leve gesto –Lo primero que me llamó la atención, fue la reacción de la señora Norris cuando trajiste a Adrien al castillo por primera vez –Severus lo miró fijamente, prestándole toda su atención –Todos sabemos que esa gata es particularmente huraña; sólo Filch puede acercarse a ella sin sufrir ningún rechazo y, cuando el animal se encontró con Adrien por primera vez, adquirió una postura bastante defensiva. Habrás notado que la señora Norris siempre camina por delante de él cuando están juntos y, según Adrien, tú mismo has sufrido las consecuencias de acercarte al niño sin su consentimiento –Severus se removió, sin saber muy bien a dónde quería llegar el brujo –Después, está Buckbeak... Quizás yo no sea un experto conocedor del comportamiento de los hipogrifos, pero sé lo básico para no perder la cabeza al acercarme bruscamente a uno de ellos. Reconozco que, antes de que Adrien viera a Buckbeak por primera vez, yo ya tenía mis sospechas sobre la reacción que el hipogrifo tendría al ver al niño. Lo ocurrido en Grimmauld Place sólo sirvió para confirmarlas.
-¿Qué clase de sospechas?
-Adrien es un empático con los animales –Severus abrió mucho los ojos al escuchar esa revelación –Es un talento muy peculiar, pero no tan extraño como algunos piensas. La mayor parte de los cuidadores de criaturas mágicas lo poseen. Hagrid entre ellos.
-¿Hagrid? –Severus alzó una ceja, sin dar crédito.
-Hagrid –Albus cabeceó alegremente –He estado investigando. Quería estar completamente seguro antes de hablar contigo. Después de mantener un par de conversaciones con Adrien, y de verlo interactuar con diversos animales, tanto mágicos como no-mágicos, puedo afirmar que no estoy equivocado.
-¿Entonces...? –Severus carraspeó. No sabía mucho sobre empatía animal; no era un tema que le hubiera interesado particularmente antes, pero ahora que Albus lo mencionaba, era evidente que la conexión de Adrien con los animales no era algo normal -¿Qué consecuencias puede tener esto?
-No muchas, en realidad –Albus se encogió de hombros –Sería conveniente que comencemos a desarrollar todas sus capacidades cuanto antes y, sobre todo, empezar a prepararlo para asumir las responsabilidades que su peculiaridad traerá consigo. En estos casos, la educación es muy importante, así que debemos asegurarnos de que Adrien utiliza bien su talento –Dumbledore hizo una breve pausa para llenar sus pulmones de aire –Algunos magos han hecho un mal uso de su empatía, dominando a los animales para obtener un beneficio propio. Debemos impedir que, en el futuro, Adrien haga eso. Podría ser peligroso, como tantas otras cosas...
-¿Estás diciendo que... Adrien podría controlar los instintos...?
-Sería una posibilidad, pero muy pocos magos lo han logrado –Albus se encogió de hombros –Se necesitan años de entrenamiento para ejercer cierto grado de dominio en pequeños animales, como ratas o pájaros. Escasean los casos en los que un mago ha logrado controlar criaturas realmente peligrosas, como hipogrifos o dragones –Severus lo observaba fijamente –Dudo mucho que Adrien pueda hacerlo. De hecho, no creo conveniente que le enseñemos a controlar esa faceta de su poder; no sería beneficiosa para él, ni siquiera si le diera un buen uso. Ya sabes lo que la gente opina sobre controlar las voluntades de otros seres...
Severus afirmó con la cabeza. Por algún extraño motivo, recordó la maldición "Imperius", y sintió un leve escalofrío recorriendo su espina dorsal.
-No termino de entender, Albus.
-Es sencillo, en realidad –El anciano sonrió, comprensivo. No es que Severus no comprendiera lo que ocurría; más bien, parecía negarse a aceptar lo que Dumbledore le estaba contando –Adrien es capaz de relacionarse con los animales de una manera más fluida que el resto de la gente. Una parte de su magia logra que los instintos de las criaturas se apacigüen y, de esa forma, confían en él plenamente. Algunos, se acercarán a él para mostrarle su cariño o para protegerle. Otros, en lugar de atacarle, se limitarán a ignorarle –Albus frunció el ceño –Creo que ese sería un buen resumen de su situación. Por eso, muchos empáticos son veterinarios mágicos. Son capaces de manejar a los animales más díscolos; unos profesionales muy preparados y bien considerados, por otra parte...
-Está bien –Severus se levantó, sin poder controlar su nerviosismo, y comenzó a pasear por la estancia -¿Y por qué demonios tiene que tener ese talento precisamente él? ¿No puede ser un niño normal, como todos los demás?
A Albus le sorprendió esa reacción. Suponía que al profesor de Pociones le alegraría saber que su hijo era poseedor de esa clase de aptitud, pero más bien parecía enfadado. Dumbledore estaba seguro que, de haber podido, Severus le habría arrancado esa parte de su poder a Adrien.
-No lo sé, Severus –El director se encogió de hombros, levantándose a su vez –Unos son buenos en Pociones, otros en Encantamientos y otros en quidditch. Adrien es empático y, te lo puedo asegurar, es un niño perfectamente normal. En un futuro, su talento le será de gran provecho.
-¿Eso piensas? –Severus bufó, llevándose las manos en la cabeza –Pues a mí me parece que eso no le traerá más que problemas. Como tú has dicho, la gente no ve con buenos ojos que alguien pueda controlar a cualquier otro ser –Cerró un momento los ojos, para luego fijarlos en Dumbledore -¿Cuánto tiempo crees que pasará antes de que alguien lo acuse de ser un...? –Suspiró profundamente, buscando una manera para escapar de toda aquella situación –Sabes tan bien como yo que en nuestra sociedad no está bien visto que uno destaque. O te ensalzan como a un héroe, o te tachan de monstruo. Yo no quiero para Adrien ninguna de las dos cosas.
-Estás exagerando –Albus colocó una mano en el hombro de su amigo, comprendiendo sus temores –Si manejamos bien el asunto, Adrien no tiene por qué llamar la atención de nadie. Sabes perfectamente que por el colegio han pasado varios empáticos. ¿Cuántos de ellos han sido héroes o monstruos? –Severus no respondió, consciente de que Dumbledore tenía razón –El niño es muy pequeño. Le enseñaremos a utilizar su poder con cautela, guiándolo por el "buen camino". Además –Albus sonrió ampliamente, palmeando la espalda del profesor –Adrien parece tener muy claro lo que quiere ser de mayor. Y, entre sus planes, no está ser un monstruo, ni una celebridad. Quiere ser veterinario.
Severus sonrió ante aquella revelación. Adrien no le había comentado nada, pero no le resultaba complicado imaginarse al pequeño rodeado de animales, curanto patas rotas y librándolos de odiosas plagas de pulgas mágicas de Siberia.
-Está seguro de que te enfadarás, por eso no te ha contado nada –Albus prosiguió, consciente de que las preocupaciones del otro hombre se estaban disipando entre aquellas cuatro paredes –Dice que tú deseas que sea un Maestro de Pociones; creo que se está preparando para un nuevo castigo...
-¡Por Merlín!- Severus rió. Definitivamente, Adrien lo conocía muy bien. Por supuesto que le encantaría que el chico estudiara Pociones, como él, pero no pensaba castigarlo sólo por eso.
-Quizás podamos arreglar las cosas para que, en el futuro, acuda a la Escuela de Cuidado de Criaturas Mágicas y No-Mágicas de Lyon. ¿No crees?
-¡Oh, Albus! –Severus se dejó caer en un butacón, sin perder su sonrisa –Adrien acaba de empezar el colegio, no pretendas enviarlo a estudiar a Francia tan pronto.
-Tienes toda la razón, muchacho –Albus se sentó. Los momentos más tensos ya habían pasado –Por el momento, debemos prepararlo para ese futuro. Por supuesto, no será un entrenamiento muy duro. Adrien es sólo un niño, pero debe tomar conciencia de lo importante que es este asunto.
-Sí... –Severus suspiró -¿Has pensado en alguien? ¿Algún tutor que se encargue de introducirlo en el... mundo empático? –Esas últimas palabras no estuvieron exentas de cierta ironía, aunque Albus Dumbledore no le prestó demasiada atención.
-Creo que, mientras las fuerzas me aguanten, yo mismo puedo asumir ese cargo –Severus cabeceó, como si ya se esperara algo así. El profesor era consciente de que Albus y Adrien compartían el mismo talento, aunque Dumbledore no soliera mencionar ese poder en demasiadas ocasiones. De hecho, la empatía parecía ser la menos importante de todas sus capacidades mágicas –Y, puedo afirmar, que Hagrid también colaborará conmigo.
-Mientras no insista en que Adrien meta perros de tres cabezas en casa...
-Yo me encargaré de eso, no te preocupes –Albus dio una palmadita. La conversación ya había llegado a su fin y, aunque Severus tendría que investigar un poco más sobre la empatía, en ese momento no tenía ninguna pregunta para Dumbledore. Juntos tendrían que pensar en una forma de explicarle al niño lo que ocurría, pero esa situación no era la adecuada; no con Adrien enfermo, postrado en una cama a unos pocos metros de distancia.
-Creo que iré a visitar al señor Longbottom –Comentó Albus, mientras se dirigían a la puerta –Después, me iré a descansar. Este viejo cuerpo ya no es el que era.
-¿Longbottom? –Snape alzó una ceja -¿Es el otro paciente?
-Neville ha tenido problemas con su brazo –Albus se detuvo para mirar fijamente al profesor –Como sabes, sigue paralizado y, desde ayer por la tarde, siente ciertas molestias que, lejos de remitir, van en aumento. Poppy quiere tenerlo en observación, para asegurarse de que las pócimas que le suministran no le perjudican más que le benefician.
-Entiendo. Pero, no noté nada extraño en Longbottom durante mis clases –Severus frunció el ceño –De hecho, se las arregla relativamente bien trabajando con una sola mano.
-El señor Longbottom es una pequeña caja de sorpresas, Severus –Comentó el director, recordando todo el valor que el chico había demostrado con el paso de los años, a pesar de su carácter apocado y su aspecto de brujo debilucho –Creo que ha estado dominando el dolor durante varios días. De hecho, fueron los señores Thomas y Finnigan quiénes lo trajeron a rastras a la enfermería. Esperemos que se recupere pronto.
-Seguiré investigando sobre el veneno de esa planta –Afirmó Severus, sintiendo cierta compasión por el chico Gryffindor. No era muy típico de él, pero después de lo que acababa de ocurrir con Adrien y del descubrimiento de Albus, tenía la guardia baja –No me parece normal una parálisis tan prolongada, veré qué puedo hacer.
-Bien. La situación de Neville comienza a ser preocupante. Toda ayuda es poca.
Severus afirmó con la cabeza y dio por concluida la reunión. Abrió la puerta del despacho y, de forma inmediata, dirigió sus ojos hacia la cama que ocupaba Adrien.
Descubriendo que el niño no estaba allí...
Adrien se había despertado. La poción debió mantenerlo dormido durante varias horas, pero no había sido así. Quizás, el remedio curativo que madame Pomfrey le había hecho beber previamente, había hecho que el efecto de la pócima para dormir sin soñar no mantuviera su efecto demasiado tiempo, así que el niño había abierto los ojos minutos después de dormirse, alarmado por algún ruido fuerte procedente del exterior.
Adrien había mirado a su alrededor, sobresaltado ante aquello que interrumpió sus sueños. Fijó su atención en la enfermería. Al principio, no reconoció aquel lugar, un tanto confundido aún debido a su somnolencia, pero un poco más tarde recordó todo lo ocurrido. Buscó a su padre con la mirada, pero sólo distinguió una figura femenina en pie, detrás de un biombo de inmaculadas telas blancas. Se planteó la posibilidad de llamar a madame Pomfrey para preguntarle dónde estaba su padre, pero se dio cuenta de que la enfermera estaba demasiado ocupada, así que no quiso molestarla. Se incorporó en la cama con cuidado, descubriendo que el dolor de tripa había desaparecido, y se puso en pie, sin darse cuenta de que no llevaba los zapatos puestos. Alcanzó a "Oso" con una mano; el muñeco no le había abandonado en ningún momento y Adrien apreciaba su compañía, así que lo abrazó con fuerza. Había tomado una decisión y necesitaría la ayuda del peluche: iría a buscar a Severus.
Adrien estaba seguro de que su padre estaba enfadado con él y, por ello, no se había quedado en la enfermería para cuidarle. Al niño le parecía comprensible el enojo paterno; Severus siempre le decía que no debía comer demasiados dulces, porque podían sentarle mal y, además, se le caerían los dientes, pudriéndose por culpa del azúcar, pero Adrien no le había hecho caso. Le había convencido para que le comprara una gran bolsa de golosinas en Hogsmeade y se las había comido todas en unas pocas horas, a pesar de que su padre le había recomendado que comiera más despacio. Por supuesto, Adrien había enfermado por desobedecer a su padre y, aunque el brujo lo había llevado junto a madame Pomfrey para que lo cuidara, no había sacrificado sus horas de tiempo para quedarse con él. El niño sabía que tenía una lección que aprender, pero le daba mucho miedo quedarse solo en la enfermería, por eso fue a buscarlo; seguramente, su padre entendería que le aterrorizaba dormir solo, no podría negarle un poco de protección paterna.
Adrien salió de la enfermería sin hacer ruido. Sintió el suelo helado bajo sus pies cuando llegó al pasillo e hizo ademán de regresar a por su calzado, pero madame Pomfrey salió un momento del biombo blanco en busca de alguna medicina. Adrien se quedó muy quieto, pensando en que la enfermera no le permitiría ir a buscar a su padre, y dejó de respirar un momento. Afortunadamente, la mujer ni siquiera se molestó en mirar hacia su cama; estaba demasiado atareada para hacerlo, así que Adrien aprovechó el momento para salir corriendo por el pasillo, alejándose de aquella estancia todo lo deprisa que pudo. Los pies se le quedarían helados, pero no quería que le descubrieran; con un poco de suerte, llegaría en seguida a las mazmorras en unos pocos minutos; su padre lo cogería en brazos y le regañaría por haberse escapado. Entonces, Adrien utilizaría sus "armas" infantiles para apaciguar los enfados paternos, y Severus lo llevaría a la cama, le pondría un pijama y lo envolvería en las mantas, acostándose a su lado e instándolo a dormir hasta la mañana siguiente.
No obstante, Adrien no contó con el laberinto que, a sus ojos, formaban los largos pasillos de Hogwarts. El abuelo Albus le había mostrado una buena parte de los corredores principales, pero lo hizo cuando era de día y todos esos pasadizos estaban iluminados por la cálida luz del sol. En ese momento, era de noche y Adrien estaba desorientado y asustado; caminaba pegado a la pared, abrazado a sí mismo y helado de frío. No tenía ni la menor idea de dónde se encontraba, no reconocía ni uno sólo de los cuadros que colgaban de las paredes y cada vez estaba más oscuro. Llevaba mucho tiempo vagando por el castillo con la esperanza de encontrar algo que le resultara familiar, pero no fue así. Escuchaba los ronquidos de los hombres de los cuadros, el fuerte aire nocturno golpeando las ventanas exteriores y, de cuando en cuando, le parecía oír ruidos amenazadores que le hacían apretar el paso. Subió varios tramos de escaleras, aunque no se atrevió a poner un pie sobre esas que parecían ser las principales y se movían a placer. La luz de las antorchas era cada vez más débil y el pequeño estaba cada vez más asustado. Se abrazaba a sí mismo y sentía ganas de llorar, aunque logró ser fuerte durante un rato. El abuelo Albus le había dicho que el señor Filch solía rondar por los pasillos por las noches; quizás, el celador lo encontrara... O, tal vez, la señora Norris acudiera en su ayuda, guiándolo directamente hasta las mazmorras en las que descansaba su padre. Adrien no esperaba que Severus fuera a buscarle. Ya no. Seguramente estaría durmiendo, ajeno a la situación de su hijo. Seguramente, nadie se daría cuenta de que Adrien se había perdido hasta el día siguiente y, para entonces, el pequeño se sabía tan perdido que nadie sería capaz de encontrarlo. Todos dormían, Adrien estaba solo. Nadie sabía dónde estaba...
Lo que el niño no sabía era que un chico, perteneciente a la casa de Gryffindor, estaba sentado frente a la chimenea de su Sala Común, disfrutando de una nueva noche de insomnio.
Harry Potter permanecía envuelto en una sábana, observando las últimas brasas del fuego que, horas antes, había crepitado con energía, llenando de calor aquella estancia. Recordaba cierta noche en la que un rostro conocido se había dibujado entre las ascuas incandescentes... Sirius...
Harry se sentía deprimido. Tenía la sensación de que todos sus esfuerzos por sacar a su padrino del Velo estaban siendo inútiles y, ese hecho, le frustraba y entristecía a partes iguales. Durante un par de semanas, había estado seguro de que seguía una pista correcta; soñó con el momento del reencuentro con Sirius, estuvo a punto de ir a hablar con el director para pedirle ayuda, pero todo fue una falsa alarma. Sus indagaciones no le habían llevado a ningún lado y, en los últimos días, comenzó a perder toda esperanza. Debía asumir que su padrino se había ido para siempre, aunque fuera demasiado duro; aunque le resultara cruel, esa parecía ser la realidad.
Harry suspiró. ¿Cuánto tiempo hacía que no dormía una noche completa? No lo sabía con exactitud, pero estaba seguro de que fue desde el día en que supo que Sirius no dormiría. Las cosas parecían ir cada vez peor, y eso le provocaba aquel exasperante insomnio. Su relación con Ginny se había enfriado tanto, que ya casi no hablaban; de hecho, Harry esperaba que, en cualquier momento, ella le abandonara para buscarse a otro que fuera capaz de prestarle toda la atención que merecía. Ron y Hermione comenzaron a alejarse de él; parecían haberse cansado del desánimo de su amigo y le dejaron por imposible. Iban a todos lados con él, le ofrecían ayuda de cuando en cuando, pero ya no le vigilaban tan estrechamente como antes, ya no insistían en aconsejarle. Habían hecho justamente lo que Harry les pidió: dejarlo en paz.
Al menos, sus notas eran buenas. Los profesores estaban realmente satisfechos con su rendimiento, y no era para menos; últimamente, Harry dedicaba casi todo su tiempo al estudio. Era la única forma de mantener la cabeza despejada, uno de los pocos motivos que tenía para sentirse satisfecho consigo mismo. Por supuesto, en Pociones seguía siendo un desastre, aunque no dejaba de esforzarse. Durante unos días, se había planteado la posibilidad de abandonar la asignatura, pero encontró dos razones para persistir: aún quería ser auror, por muy mal que le fueran las cosas, y deseaba seguir fastidiando a Snape con su presencia. Sí, esa era una buena razón para no dejarse vencer; quizás, en algún momento podría hacer una poción medianamente aceptable y, entonces, podría darle con el caldero en las narices a Snape.
Harry logró esbozar una ligera sonrisa al pensar en eso. Agitó la cabeza, consciente de que estaba demasiado aburrido; o eso, o se estaba volviendo loco, porque nadie podía sonreír mientras pensaba en un hombre como Snape.
Soltando un largo bostezo, Harry sacó de su mochila el Mapa del Merodeador. Había estado estudiando hasta tarde (para sorpresa de Hermione, que le había tocado la frente para ver si estaba enfermo), pero se cansó un par de horas antes. Sabía que, si se marchaba a la cama, pasaría toda la noche dando vueltas entre las sábanas, así que decidió quedarse en la Sala Común esperando que el sueño le venciera. Tomó el mapa para comprobar si, al igual que él, había alguien más que no podía dormir; encontraba curiosamente satisfactorio saber que otros tenían los mismos problemas que él para conciliar el sueño y, aunque eso no le llevaba a ningún lado, sentía alivio.
Harry abrió el mapa, se colocó las gafas correctamente, y examinó cada uno de los corredores del castillo. La mayor parte de los estudiantes estaban durmiendo; había un par de Hufflepuff en los invernaderos, haciendo quién sabría qué cosas, y una pequeña reunión de Slytherin en su sala común. Harry se sintió emocionado ante ese hecho, pero pronto se dio cuenta de que no eran más que niños de primero, incapaces de maquinar algún plan relacionado con mortífagos, así que suspiró, contrariado, y siguió examinando el mapa.
Neville estaba en la enfermería. Madame Pomfrey también (como es lógico), dando vueltas de un lado a otro sin parar. Harry entrecerró los ojos y descubrió cuatro nombres en movimiento: Rubeus Hagrid, Albus Dumbledore, Argus Filch y Severus Snape. Todo aquello no dejaba de ser extraño y Harry no pudo evitar incorporarse en el sillón. De pronto, otro nombre apareció en el pergamino, haciéndole suponer el motivo de tan aparente nerviosismo: Adrien Bellefort-Snape estaba cerca de la Torre de Astronomía, moviéndose muy lentamente.
Por un momento, Harry pensó en cerrar el mapa y olvidarse del asunto. Aquel no era problema suyo, así que lo mejor que podía hacer era dedicarse a otra cosa hasta caer rendido por el cansancio. Pero, entonces, recordó que Adrien sólo era un niño perdido, que vagaba sin compañía por los fríos pasillos de un enorme castillo; podía haberle ocurrido algo grave, a juzgar por los movimientos frenéticos de sus buscadores. Por más que despreciara el apellido Snape, no podía dejar que alguien tan pequeño sufriera algún año. Harry sabía que, si algo le pasaba a Adrien y él no hacía nada por evitarlo, se sentiría culpable más tarde.
Así pues, Harry Potter subió a su dormitorio y, sin hacer ruido, cogió su capa de invisibilidad. Con el Mapa del Merodeador en la mano, se movió en silencio por los pasillos, procurando no encontrarse con Filch o con Snape; seguramente, ambos le castigarían si lo veían, aunque sus intenciones fueran buenas. El chico caminaba con rapidez, plenamente consciente del lugar al que se dirigía y, después de unos quince minutos, distinguió la figura menuda de Adrien pegado a una pared. Escuchó sus sollozos y lo vio temblar, no sabía si de frío, miedo o ambas cosas. Harry se retiró la capa, procurando que Adrien no se asustara al verlo aparecer de la nada, e iluminó el pasillo para darle más seguridad al niño.
El pequeño Snape se había quedado quieto al ver esa luz. Entrecerró los ojos y buscó con la mirada a alguien. Cuando descubrió a Harry, sólo pudo pensar en que lo habían rescatado, y salió corriendo hacia el chico, abrazándose a sus piernas con fuerza, sin poder evitar que las lágrimas se escurrieran por sus mejillas hasta alcanzar la barbilla y gotear en el suelo. Harry se removió, claramente azorado, pero no tardó en comprender los sentimientos del niño. Tenía las manos heladas, no dejaba de temblar y lo miraba con angustia, como si no le importara la identidad de su rescatador, sólo el hecho de que lo habían salvado.
-¿Dónde está mi papá? –Preguntó, sorbiendo por la nariz y restregándose los ojos, mientras reconocía a Harry y recordaba aquel desagradable incidente en el Gran Comedor. De forma inmediata, se alejó del Gryffindor, bajando la cabeza, sabiendo que no debería haberse acercado al chico.
-Creo que te está buscando –Harry sonrió con calidez, algo incómodo, quizás, pero con la sensación de que estaba haciendo lo correcto. Observó a Adrien un momento, percatándose de que estaba descalzo, y le cogió de la mano, echándole un vistazo al mapa -¿Quieres que vayamos con él?
-Sí, por favor.
Harry carraspeó, ligeramente conmovido.
-¿Tienes frío? –Le preguntó, agachándose un poco y tomando a Adrien en brazos –Será mejor que no sigas caminando sin zapatos. Podrías resfriarte.
-Tuve que dejarlos en la enfermería –Explicó, sorprendiéndose por la actitud de Harry Potter. ¿No se suponía que no quería saber nada de él? ¿Por qué ahora lo cogía en brazos y era amable con él? Quizás, ya no estaba enfadado... Sí, debía ser eso. Adrien sonrió y, con algo de timidez, pasó un bracito por el cuello de Harry –Quería ir a la habitación de mi papá, pero me perdí...
-Estás muy lejos de las mazmorras, Adrien –Harry comenzó a caminar. Severus Snape estaba cerca de la biblioteca y, aunque la reacción del hombre, cuando lo viera aparecer en plena noche junto a Adrien, podría ser temible, en ese momento no le importaba demasiado –No deberías pasear por Hogwarts tú solo; el castillo es muy grande.
-Lo sé –Adrien, algo más animado y tranquilo, se olvidó de que tenía ganas de llorar –Llevo mucho rato andando. Estoy muy cansado.
-Pronto estarás con tu... padre –A Harry esa palabra le sonó extraña; de hecho, aún no se hacía a la idea de que Snape tuviera un hijo. El mismo niño que cargaba en brazos.
-Quería encontrarle –Explicó Adrien, después de unos segundos durante los que sólo se escuchaban las pisadas de Harry por el pasillo. Al niño le parecía muy importante hacer saber a aquel chico que no se fue de la enfermería por capricho, sino porque sentía una gran necesidad de hacerlo –Me da miedo dormir solo. Mi papá no estaba cuando desperté. Quería ir con él.
-Entiendo –Harry sonrió, condescendiente –Seguro que se alegra de verte.
Mientras tanto, Severus Snape buscaba frenéticamente a su hijo. Había pasado un buen rato buscando entre los estantes de la biblioteca, sin obtener ningún resultado, y en ese momento se dirigía a las cocinas, con la esperanza de que Dobby o alguno de los elfos supieran algo de él. Albus le había invitado a mantener la calma, alegando que nada le pasaría a Adrien mientras estuviera en Hogwarts, pero a Snape no le agradaba saber que el niño estaba vagando en soledad por los castillos, posiblemente asustado por la oscuridad, perdido y sin nadie que le guiara en su camino.
Madame Pomfrey no sabía qué había ocurrido para que Adrien se escapara. El niño dormía plácidamente en su cama, abrazado a su oso de peluche, y un segundo después había desaparecido sin dejar más rastro que unos pequeños zapatos a los pies de la cama. Severus le había gritado un par de verdades a la desdichada mujer, antes de salir corriendo, hacia ningún sitio en concreto, mientras Albus solicitaba la ayuda de Hagrid para que, el semi-gigante, se asegurara de que Adrien no rondaba por los terrenos de Hogwarts.
La búsqueda se prolongaba desde hacía casi una hora. Severus comenzaba a estar realmente nervioso y, con algo de violencia, sacó su varita cuando vio una luz acercándose por el pasillo contiguo. Estaba dispuesto a descargar su frustración contra el primer estudiante imprudente que se cruzara en su camino, pero no pudo hacer otra cosa más que suspirar aliviado. Ante sus ojos acababa de aparecer Harry Potter y, por más extraño que pudiera parecer, llevaba en brazos a un Adrien demasiado nervioso para hablar.
Harry se quedó quieto cuando vio a su profesor de Pociones. Esperaba una buena regañina, pero el hombre ni se molestó en mirarle. Abalanzándose sobre Adrien, lo abrazó con fuerza, mientras el niño humedecía el cuello de su padre con un torrente de lágrimas que parecía no tener fin.
-¡Papi! –Musitó el niño, estallando en lágrimas –Tenía mucho miedo, papi.
-Está bien, no pasa nada –Severus sonó consolador. Hablaba en susurros, más aliviado que enfadado, y Harry tuvo que apartar la mirada. Aquella escena era demasiado extraña para ser soportable –Tranquilo.
-Qui... se... Quise... ir... con...contigo –Adrien sollozaba, intentando explicar lo que había ocurrido –No... esta... bas... No quería... dormir.. solo... y me... me perdí...
-Está bien, Adrien. Ya estás a salvo –Severus notó que el niño estaba helado y, sin pensárselo dos veces, se quitó la túnica y envolvió al pequeño con ella –Vamos a la enfermería. Te prometo que no volveré a dejarte solo. ¿De acuerdo? –Severus miró a Harry y, como por arte de magia, su expresión se tornó dura, casi cruel -¿Dónde estaba, Potter?
-Lo encontré cerca de la Torre de Astronomía –Dijo el chico con rudeza, poco dispuesto a dejarse intimidar por la mirada hosca de ese hombre –Creí conveniente traérselo.
-¿Se puede saber qué hacía usted en la Torre de Astronomía a estas horas? –Siseó el hombre. Sabía que debía estarle agradecido al joven, pero esa expresión tan soberbia titilando en los ojos verdes de Potter, le sacaba de quicio.
-Estaba haciendo algo que usted parece incapaz de hacer –Harry alzó la cabeza, sonriendo con un sarcasmo extraño en él –Le estaba salvando.
Con la cabeza, señaló a Adrien. El niño observaba aquella escena con curiosidad, sin despegarse del cuello de su padre, claramente confundido. Harry comprobó con placer que Severus apretaba las mandíbulas; la respuesta del joven le había dejado sin argumentos y, aunque parecía dispuesto a ponerse a gritar, retirando de paso unos cuantos puntos a Gryffindor, consiguió dominar su mal carácter. Sólo por Adrien.
-Vuelva a su sala común antes de que me arrepienta –Masculló, sabiéndose en deuda con Harry.
Harry se encogió de hombros y se dispuso a obedecer aquella orden. No es que esperara gratitud por parte de Snape, pero al menos podría haber sido más amable. Además, no le había quitado puntos, tampoco era un mal bagaje.
-Harry –La vocecilla de Adrien rompió el silencio establecido. El chico giró la cabeza, mirando fijamente al pequeño Snape –Gracias por traerme.
Harry no dijo nada. Inclinó la cabeza amablemente y reanudó la marcha. En ese momento se sentía muy bien; las palabras de Adrien le ayudarían a conciliar el sueño, aunque fuera por una noche.
Ya era de madrugada cuando Adrien concilió el sueño. En esa ocasión, Severus se había parapetado junto a su cama, dispuesto a no moverse de allí hasta el amanecer. Dumbledore y Hagrid se habían marchado a descansar tras comprobar que el niño estaba bien. Filch, tras gruñir y soltar un par de maldiciones, había dejado que la señora Norris se quedara junto a Adrien; mientras él se retiró a su habitación privada, afirmando que se tomaría libre el siguiente día.
Severus se cubrió con una manta que, amablemente, le había cedido madame Pomfrey. Decidió que no pensaría más en todo lo que había ocurrido durante ese día y, en algún momento, se quedó dormido.
Le despertaron un par de risas, que más bien parecían susurros. Abrió los ojos lentamente y dio un bote cuando descubrió que Adrien no estaba en la cama. Temeroso de que la historia volviera a repetirse, se puso en pie rápidamente, dispuesto a buscar a su hijo hasta debajo de las piedras. Pero eso no fue necesario, puesto que Adrien estaba a sólo unos metros de distancia, tras el biombo que protegía a Neville Longbottom de las miradas curiosas.
-Resbala mucho –Decía Adrien, mientras intentaba sujetar a "Trevor" con sus pequeñas manos. El sapo parecía querer ir a cazar una mosca que rondaba por la cama, pero ni su dueño ni Adrien se lo permitían.
-Cógelo por debajo de las patas delanteras –Explicaba Neville, mostrándole al niño qué debía hacer para que el anfibio no se le escapara.
-¡Oh, creo que tiene hambre! –De un ágil salto, "Trevor" huyó, capturando con gran maestría a su desdichado desayuno -¡Wow, tu sapo es genial, Neville!
-¿Te gusta? –Adrien afirmó efusivamente con la cabeza –A la gente no suelen gustarle los sapos, pero "Trevor" es una buena compañía.
Severus escuchaba la conversación con interés, decidido a no interrumpirla durante un buen rato. Le gustaba oír hablar a su hijo, así que suspiró y optó por hacerse el dormido, relajándose sobre aquella incómoda butaca.
-¿Tienes que llevarlo al agua y todo eso? –Neville afirmó con la cabeza –Yo no conozco a nadie más que tenga un sapo como mascota. Josh dice que quiere un perrito y, bueno, yo tengo a "Athos", aunque no creo que a Josh le guste mucho. Quizás, consigamos convencer a Carole para que le compre un perro a Josh y, así, los dos podremos jugar con él. Pensamos en preguntarle a mi papá, pero no creo que él quiera comprarme nada.
-¡Oh! –Neville cabeceó -¿Quién es Josh?
-Es mi hermano –El joven Longbottom miró a Adrien con cara rara –Bueno, no somos hermanos de verdad, pero pronto lo seremos. Cuando consigamos que mi papá y Carole se enamoren y se casen.
Severus abrió los ojos, sin dar crédito a lo que escuchaba. ¿Qué demonios...?
-¿En serio? –Neville rió por lo bajo -¿Y cómo vais a hacer eso?
-No lo sabemos bien, pero pienso preguntarle al abuelo Albus. Seguro que él sabe qué hay que hacer para que dos personas se enamoren.
Severus se levantó, con la sensación de que había oído demasiado. Con el rostro ligeramente enrojecido, y sus facciones dibujando cierto sentimiento de terror, caminó hasta el biombo de Longbottom, retirando el lienzo blanco con brusquedad. Los dos interlocutores giraron la cabeza rápidamente, sin perder sus sonrisas, y miraron a Severus fijamente. Por primera vez, Neville no sintió miedo al tener frente a sí a ese terrible hombre; se lo estaba imaginando sufriendo las consecuencias de un futuro matrimonio concertado por su hijo, y eso era algo de lo más divertido.
-¡Papi! –Adrien se arrojó a los brazos paternos. Sonreía abiertamente, como si todos sus temores nocturnos hubiera desaparecido -¿Sabes qué he visto? ¡A "Trevor" cazando! ¿No es genial? Saca la lengua y atrapa a las moscas y se las come... ¡Es muy chulo!
Mientras Severus escuchaba una nueva perorata infantil, no podía dejar de pensar en los planes que tenían Josh y Adrien. Los niños le parecían del todo inofensivos, pero no quería ni imaginarse lo que podría pasar si contaban con la ayuda de Albus Dumbledore...
