CAPÍTULO 32. ¿Para qué sirven las dentaduras?

El domingo transcurrió con total normalidad.

Tras recuperarse de su indigestión, Adrien parecía haber olvidado su malestar de la noche anterior. Tal y como Severus Snape había vaticinado, el niño no tardó ni dos horas en volver a comer chucherías, aunque en esa ocasión, contó con el férreo control paterno; después de tres regalices, dos ranas de chocolate y siete caramelos de limón, Adrien vio desaparecer todos los dulces que Albus Dumbledore le había regalado, como premio por recuperarse tan pronto de su enfermedad.

Adrien había pasado un buen rato con Neville Longbottom, observando, con curiosidad, todos y cada uno de los movimientos de Trevor. El niño había descubierto que le encantaban los sapos en general, y el de Neville en particular. El animal se pasó media mañana rondando la cama de su amo, saltando de unas manos a otras y, curiosamente, sin intentar escaparse. Neville parecía realmente encantado con la presencia del pequeño hijo de su profesor de Pociones y, por primera vez en su vida, toleró la presencia de Snape a su lado, sin casi inmutarse. Severus no terminaba de entender por qué esos dos se llevaban tan bien, pero Neville no le pareció una mala compañía. Tras lo ocurrido con Harry Potter unas semanas atrás en el Gran Comedor, y con la incertidumbre de no saber cómo se comportaría Draco ahora que sabía quién era la madre de su hijo, el profesor no podía evitar mirar al joven Longbottom con buenos ojos; era evidente que le gustaban los niños y no se mostraba en absoluto tímido con ellos. Quizá, debería dedicarse a la pediatría; sería una buena especialidad médica para el chico, de eso no cabía duda.

Después de desayunar, cuando madame Pomfrey decidió que el pequeño podía abandonar la enfermería, Severus decidió sacar a Adrien a los terrenos; el día amaneció soleado y el niño podría jugar junto al lago. Ambos se mantendrían alejados de los alumnos y, ante todo, de Albus Dumbledore.

Severus no podía evitar temer que llegara el momento en que el anciano mago y Adrien se encontraran. Después de saber que su hijo pretendía unirlo a Carole en matrimonio, y que para ello contaría con la asesoría de Dumbledore, el mago no quería dejarlos solos bajo ningún concepto. Por supuesto, no había hablado con su hijo sobre ese tema, procurando no mostrarse excesivamente preocupado respecto a eso, pero tampoco quería echarse la soga al cuello él mismo. Dumbledore tenía mucha imaginación, y Severus no dudaba que el viejo loco disfrutaría viéndolo casado; por más atractiva que le pareciera Carole, no iba a permitir...

Un momento. ¿Cuándo había empezado a parecerle Carole atractiva? Severus se descubrió a sí mismo pensando en eso, y se sintió horrorizado por momentos. Carole era la niñera de su hijo; él no podía fijarse en ella de esa forma. De hecho, hacía años que no miraba a ninguna mujer de esa forma; lo de Mariah fue un accidente, algo completamente inesperado. La pasión lo había abrumado (gracias a Merlín) y él había bajado las defensas, pero eso no volvería a ocurrirle. Él no había nacido para casarse, ni para mantener una relación larga con nadie; durante años, el sexo fue algo secundario en su vida, totalmente esporádico. En cuanto al amor, ni siquiera fue algo que permaneciera en segundo plano; simplemente, no existió. Ahora tenía a Adrien; ese mocoso había despertado todos esos sentimientos que permanecieron ocultos durante años; el saberse capaz de amar a alguien con tanta intensidad, aún le daba miedo. Eran muy pocas las personas a las que Severus Snape quería y, por el momento, prefería que la situación no cambiara; cierto que ninguna de ellas era una mujer, pero el profesor de Pociones no creía necesaria una relación de ese tipo en su vida. Era feliz y un romance le traería problemas; estaba Adrien, que absorbía la mayor parte de su tiempo, y Carole tenía a Josh. ¿Qué haría él con ese crío, si llegara a algo con su madre? Severus se veía incapaz de responder a esa pregunta. Ni siquiera debía formulársela ¡Merlín!

Severus había agitado varias veces la cabeza para alejar esos pensamientos. Últimamente, pensaba demasiado en Carole, especialmente en lo guapa que estaba con determinada ropa, y se sentía estúpido y totalmente fuera de lugar. "ÉL" no era de esa clase de hombres. No debía pensar en Carole de esa forma. No podía permitir que Adrien intentara arreglarlo con ella. Y, sobre todo, no iba a dejar que Dumbledore metiera las narices en todo ese asunto.

Lo que Severus Snape no sabía, era que Albus ya tenía una ligera idea de lo que pretendía hacer Adrien. Durante alguna de las conversaciones que mantenían, el niño le había hablado maravillas sobre Josh y su niñera. Dumbledore sabía que los dos niños se consideraban hermanos, y conocía el anhelo que ambos compartían de ver a sus padres juntos. Lo que ignoraba era que los pequeños habían comenzado a ejercer labores de celestinos; de haberse enterado, era seguro que algo habría ocurrido ya entre Carole y Severus. Él personalmente se habría encargado de ello.

Albus sabía que no debía entrometerse. Severus era un hombre adulto. Un hombre adulto que se pondría como loco si alguien se metiera en su vida, pero no podía evitarlo. Ahora que toda la comunidad mágica podía permitirse el lujo de ver el futuro con esperanza, el anciano mago quería que Snape tuviera cosas de las que siempre había carecido. La presencia de Adrien había sido una bendición para todos, especialmente para su padre, y Dumbledore veía con alegría la felicidad de Severus; jamás, desde que lo conociera siendo un niño de once años, Snape había regalado al mundo tantas sonrisas como lo hacía desde que Adrien estaba a su lado. El brillo en su mirada delataba la paz que embargaba su alma y Albus sabía que el hombre no le pedía nada más al destino. Adrien, en cambio, parecía reclamar una madre y un hermano, así que Severus debería aceptar que necesitaba una esposa. Él mismo se encargaría de hacérselo ver, aunque tuviera que recurrir a métodos poco ortodoxos.

No obstante, aquel día de principios de octubre, Albus Dumbledore no se mostraba especialmente interesado en la vida amorosa del que fuera su espía. Sentado en su despacho, observaba el paisaje que se alzaba ante sus ojos, mientras una bolsa con artículos de broma descansaba sobre su mesa. Adrien y él había comprado unos cuantos artículos de lo más interesante en Zonko, el día anterior; la idea inicial era usar alguno de ellos durante la cena pasada, cuando todos estuvieran reunidos en el Gran Comedor, pero la enfermedad repentina del niño se lo había impedido. Albus había sugerido un par de nombres para convertirse en víctima de las bromas de aire (y, de paso, se había sentido terriblemente travieso) y Adrien había escogido al futuro mártir con total acierto. Todo prometía ser muy divertido y, aunque los planes cambiaron bruscamente, Albus pensaba que esa noche sería perfecta para descubrir un nuevo uso de las dentaduras postizas. ¡Oh, sí! ¡Sería divertido! Muchos podrían tacharle de irresponsable, pero, a su edad, y tras lo que había pasado en los últimos años, eso no le preocupaba demasiado.

Albus se acomodó en su butacón, suspirando profundamente. Una sonrisa ciertamente maliciosa adornó su rostro anciano, sintiéndose muy contento. Era una lástima que no todo el mundo pudiera compartir su alegría, pero no permitía que ese pensamiento le borrara su gesto amable. Se merecía un poco de dicha. Era demasiado viejo para pensar en otra cosa...

Como en Harry Potter, que se había levantado igual de triste que siempre, aunque sintiéndose orgulloso de sí mismo por haber ayudado a Adrien la noche anterior. O como Ginny Weasley, que había visto con tristeza como su novio pasaba a su lado y la saludaba con desgana, sin darle un simple beso en la mejilla.

O Draco Malfoy, que se había quedado en su Sala Común, sintiéndose más miserable que nunca, sin poder quitarse de la cabeza los acontecimientos del día anterior.

El joven Slytherin estaba hecho un lío. Por una parte, no sabía muy bien qué pensar sobre Severus Snape. Si bien era cierto que el hombre le había ayudado cuando todo el mundo le dio la espalda, no podía evitar sentirse dolido. Confiaba en su padrino, lo admiraba y respetaba, incluso podría decir que lo apreciaba, pero sentía que algo había cambiado entre ellos. Snape no le había contado que era mestizo. No le había hablado de la complicada relación que tuvo con su padre, casi tan difícil como lo era la suya con Lucios Malfoy. No le había dicho que mantuvo una relación con una muggle. Había obviado el detalle de que Adrien era tan mestizo como él, y todo eso dolía; porque él había confiado en Severus más que en nadie, y el hombre no le había devuelto dicha confianza.

Tampoco sabía cómo sentirse respecto a Adrien. Era un mestizo, de acuerdo, pero no quería dañarle. En parte, por eso no había abandonado las mazmorras en todo el día. Temía su reacción cuando estuviera frente al niño; tenía muchas cosas que pensar respecto a él y, hasta que no aclarara sus pensamientos, no quería hacer nada de lo que pudiera arrepentirse. Aunque terminara por rechazar la compañía del pequeño, no deseaba que Adrien volviera a sentirse cómo el día en que Harry Potter lo hirió en pleno Gran Comedor.

Por último, no sabía qué pensar sobre sí mismo. La aparición de su padre le había sorprendido y aterrorizado. Sabía que, lo correcto, sería hablar con alguien sobre Lucius Malfoy, confesar que le había visto rondando por Hogsmeade unas pocas horas antes, pero sentía que eso sería traicionar a su padre. Aunque estuvieran enfrentados, aunque Draco supiera que no le debía absolutamente nada a ese hombre, los lazos familiares que los unían seguían siendo tan fuertes como en el pasado, y a Draco le dolería que apresaran a su padre por su culpa. Era plenamente consciente de que había cometido un error al decirle quién era Adrien, y que eso podría poner en peligro al niño, pero no estaba seguro de querer hablar sobre ello. Quería proteger a Adrien, cierto, pero no quería actuar contra su padre. No podía hacerlo porque, a pesar de todo el daño que les hizo, a él y a su madre, seguía siendo su padre. Y lo quería. Probablemente, Lucius se reiría de él si supiera de esos sentimientos; sus progenitores, especialmente su padre, nunca le habían enseñado a querer, pero Draco aprendió a hacerlo por sí mismo. Por supuesto, nunca lo reconocería abiertamente, pero quería a su madre. Ella siempre mostró preocupación por él; había estado a punto de morir por protegerle, y Draco no temía mostrarle su aprecio; Narcisa lo agradecía y, periódicamente, se escribían cartas. La relación con su padre fue diferente, pero Draco recordaba con nostalgia todos los momentos que había compartido con el brujo. Él le convirtió en una persona fuerte; aunque era posible que sus enseñanzas no fueran las mejores, Draco aún se veía a sí mismo sentado frente a la chimenea de su mansión, escuchando la voz apasionada de su padre cuando le hablaba de Artes Oscuras y le prometía un futuro repleto de dicha y poder.

Definitivamente, Draco Malfoy necesitaba pensar. Necesitaba estar solo, en silencio, meditando sobre todos sus problemas hasta hallar una solución que fuera satisfactoria para todos. Para Adrien, para Snape, para su padre. Y, ante todo, para sí mismo.

Así pues, las horas transcurrieron tranquilas para todos los habitantes del castillo. Adrien tuvo oportunidad de cabalgar sobre Buckbeak durante una buena parte de la tarde. Severus y Hagrid hablaron sobre la recién descubierta empatía del niño; el semi-gigante relató algunas experiencias propias, y Severus llegó a pensar que no sería un mal aliado para su hijo en el nuevo viaje que pronto iniciaría. Albus Dumbledore paseó por Hogwarts con tranquilidad, charlando con los profesores, interesándose por los alumnos y sonriendo cada vez que tocaba la dentadura que descansaba en el bolsillo de su túnica.

Se moría de ganas porque llegara la noche...

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El Gran Comedor presentaba su imponente aspecto de siempre. La mayor parte de los alumnos ya estaban acomodados en sus respectivas mesas, a la espera de que los elfos sirvieran la cena.

En la mesa de Gryffindor, Ginny y Hermione se habían colocado en un extremo de la misma, junto a los niños de primero, y alejadas de sus compañeros de curso. Hablaban en susurros y, de cuando en cuando, la prefecta de séptimo curso intercambiaba una mirada con Ron Weasley, que parecía realmente intrigado. A su lado, Harry jugueteaba con su comida, sabiendo perfectamente qué era lo que les ocurría a las dos Gryffindor; sin duda alguna, Ginny estaba buscando un poco de apoyo en su amiga. Realmente le hacía falta.

En la de Slytherin, el sitio que normalmente ocupaba Draco Malfoy, estaba vacío. Una noche más, los chicos cenaban en silencio, exceptuando a los alumnos de primer y segundo años; parecían vivir ajenos al pasado, y uno de los hombres que ocupaban la mesa de los profesores se alegraba de ello.

Severus Snape no quería que los Slytherin se vieran perseguidos durante el resto de sus vidas por el pasado más cercano. Habían ocurrido muchas cosas desde que Voldemort regresó, pero el profesor esperaba que todo se arreglara poco a poco; sabía que los chicos de las otras casas, veían a las serpientes con desconfianza. Era evidente que los consideraban culpables de todo lo pasado, y a Severus no le estaba resultando fácil lidiar con todos ellos. Que los más pequeños se vieran libres de prejuicios, era una buena señal; después de todo, sólo eran niños.

Severus miró a su izquierda. Adrien estaba sentado a su lado, hablando en susurros con Albus Dumbledore.

Mala señal.

El adulto hizo ademán por acercarse al niño, esperando captar un retazo de su conversación, pero Remus Lupin llegó a la mesa de los profesores, tomando asiento a su lado y saludándolo amablemente. Algunos maestros no habían bajado a cenar aún: Hagrid, que estaba peleándose con saña con unos cuantos escregutos que aún conservaba en el Bosque Prohibido; Flitwick, que había decidido castigar a un par de Ravenclaws por armar jaleo durante sus clases (realmente debieron ser escandalosos, pues Filius no era un profesor severo); y, por supuesto, Sybil Trelawney, aunque, en su caso, nadie la esperaba.

-Buenas noches –Dijo Remus, sonriendo con su acostumbrada afabilidad. A su derecha, la profesora Sinistra inclinó educadamente la cabeza –Severus –El aludido lo miró de soslayo; acababa de escuchar a Albus Dumbledore decir algo sobre una dentadura. Inevitablemente, se temió lo peor.

-Lupin –Gruñó, poniendo los ojos en blanco.

-Supe que Adrien estuvo enfermo, pero parece encontrarse mucho mejor.

-Sí, sí... Está perfectamente –Masculló entre dientes, intentando escuchar a Adrien. Quizá estaba volviéndose un poco paranoico, pero no quería ni imaginar lo que ese niño podría hacer con una dentadura. ¿Acaso pretendía convencerlo para que fuera al dentista, y conseguir de esa forma que Carole se fijara en él?

-Me alegro –Remus desdobló su servilleta. Notaba algo extraño en su colega de profesión, aunque por esa noche, decidió ignorarlo. Necesitaba hablar con él –Severus. ¿Has averiguado algo más sobre la licantropía infantil?

Severus dejó de hacer oído de forma inmediata. En esa ocasión, Lupin consiguió ganarse toda su atención. Giró la cabeza para mirarlo, encontrándose con un rostro preocupado y cargado de impotencia y nerviosismo.

-Sé que aún faltan unos cuantos meses para que el bebé nazca, y no quiero presionarte...

-Estoy tratando de mejorar la Poción Matalobos –Interrumpió Severus. No podría averiguar lo que Adrien y Albus se traían entre manos, no esa noche. Decidió dedicarle a Lupin unos cuantos minutos de su tiempo –Encontrar un antídoto me llevaría mucho más que unos meses, así que me estoy procurando dar con una forma para que las transformaciones no sean dolorosas –Remus permanecía atento, absorbiendo todas y cada una de aquellas palabras –Sin duda, evitar cualquier clase de sufrimiento al bebé será sumamente importante, así que estoy investigando con varias plantas que tienen poderosas cualidades sedantes. El problema reside en que la mayoría de las sustancias extraídas de esa dichas plantas, interactúan de forma negativa con la luparia, el principal ingrediente de la Poción Matalobos. De hecho, casi todas anulan por completo su efecto.

-Eso quiere decir...

-Que el dolor desaparece, pero el licántropo transformado no pierde su parte violenta, por lo que es mortalmente peligroso.

Remus se irguió. Durante un segundo, pareció realmente esperanzado con las palabras de Snape, pero aquella última frase le había devuelto a su estado inicial de preocupación y tristeza. Severus lo observó detenidamente un segundo, advirtiendo el dolor que sentía aquel hombre sin necesidad de entrar en su mente, y prosiguió hablando. Por alguna extraña razón, quería que se sintiera nuevamente animado. Después de todo, no le resultaba difícil ponerse en la piel de Lupin: si Adrien sufriera su misma maldición, él se volvería completamente loco al ver a su hijo sufrir.

-Seguiré investigando, Lupin. En estos casos, la experimentación es algo básico y no siempre se encuentran soluciones con el primer intento –Dijo, y Remus agitó la cabeza –Por el momento, será mejor que ni Tonks ni tú os preocupéis por este asunto. No sería bueno para ella, ni para el niño –Iba a añadir "ni para ti", pero lo creyó excesivo.

-Muchas gracias por todo lo que estás haciendo –Dijo Lupin con suavidad, después de unos segundos de silencio –Si alguna vez necesitas probar la poción con alguien, estaré dispuesto.

La respuesta irónica estuvo a punto de escapar de sus labios. Definitivamente, utilizar a un lobo como conejillo de indias podría ser una experiencia irrepetible; en otros tiempos, se hubiera burlado del licántropo y de sus buenos sentimientos, pero no esa noche. Era evidente que Remus Lupin sería capaz de hacer cualquier cosa por salvaguardar el bienestar de su hijo y, Severus, no pensaba hacer mofa de eso. No cuando él mismo se sabía capaz de actuar de una forma similar a la del antiguo Gryffindor.

-Lo tendré en cuenta –Afirmó Snape, mostrando cierto respeto por el otro hombre.

Mientras tanto, Albus Dumbledore y Adrien examinaban detenidamente el Gran Comedor, a la espera de que llegara la víctima que tan minuciosamente habían escogido, para convertirla en blanco de la primera broma del niño. Para empezar, habían escogido una jugarreta bastante básica: colocar una dentadura hechizada en el asiento de uno de los profesores que, a esas alturas de la noche, aún no habían llegado a la cena. La idea era que los dientes comenzaran a castañetear y que la víctima se llevara un buen susto; Adrien no debía ser especialmente cruel siendo tan pequeño y, de cualquier forma, el niño estaba realmente nervioso.

Ambos esperaban ansiosos la llegada de su pobre mártir. Cuando Remus Lupin entró, Adrien soltó un bufidito, lamentándose por no poder probar la dentadura todavía. Su abuelo le tranquilizó, sabiendo que el momento llegaría muy pronto.

Flitwick llegó en ese momento, acompañado por los dos alumnos que habían estado castigados. Tenía cara de malas pulgas y se acomodó en su sitio sin abrir la boca; comenzó a comer tan deprisa, que parecía dispuesto a acabar con su cena en un par de minutos.

-¿Seguro que vendrá, abuelo? –Preguntó Adrien, impaciente, alzando la cabeza para recorrer la enorme estancia con la mirada.

-Tendrá que hacerlo –Albus se encogió de hombros –Si quiere comer, al menos. He ordenado a los elfos que no le lleven la cena esta noche.

Adrien sonrió. Definitivamente, su abuelo era un gran estratega, incluso cuando se trataba de preparar bromas.

Efectivamente, apenas un par de segundos después, la víctima irrumpió en el Gran Comedor, llamando la atención de todos los presentes. Envuelta en tules, con multitud de collares colgando de su cuello y con aquel aspecto de libélula desvaída que le caracterizaba, Sybil Trelawney caminó hacia la mesa de los profesores con aire místico, anunciando a los cuatro vientos que se había visto cenando con los alumnos en su bola de cristal. Albus Dumbledore sonrió malicioso. Minerva McGonagall puso los ojos en blanco, dominándose para no estrangularla. Severus Snape simplemente la ignoró, mostrando un desmedido interés por un guisante que se había caído de su plato, yendo directamente a los pies de Remus. Y Adrien dejó de respirar, mientras estrujaba su servilleta compulsivamente y se ponía en pie en su silla.

Todo ocurrió muy deprisa. En teoría, Sybil debía escuchar el castañeteo de la dentadura y dar un grito horrorizado, pero estaba demasiado preocupada por justificar su presencia en el Gran Comedor.

Se acomodó en la silla.

Albus parpadeó. Adrien frunció el ceño. El resto de comensales, siguió a lo suyo.

Hasta que Trelawney gritó y se puso en pie.

Nadie sabía muy bien que pasaba. La pobre mujer empezó a correr alrededor de la mesa de los profesores, haciendo aspavientos con los brazos y dando pequeños y ridículos saltitos. Adrien la miraba muy serio, esperando a que su abuelo le explicara lo que había ocurrido; Albus observaba a Sybil, igual que la mayor parte del Gran Comedor. ¿Alguien le habría lanzado un maleficio? ¿Se había vuelto loca definitivamente? ¿Qué demonios le ocurría para gritar así?

La respuesta a todas esas preguntas estaba en sus posaderas. Durante uno de sus numerosos giros, Sybil mostró al mundo unos dientes inmaculadamente blancos, que se habían adherido con fuerza a sus nalgas; no parecía que le hicieran mucho daño, aunque por su forma de gritar, cualquier hubiera dicho que estaba siendo sometida a una maldición imperdonable. Pedía por favor que alguien le quitara aquel bicho que le mordía y, poco a poco, los profesores comenzaron a sonreír (incluso Flitwick, a pesar de su enfado). Finalmente, Sprout se apiadó de ella e intentó ayudarla; arrancó la dentadura de una sola vez, con tal mala fortuna que fue a parar al plato de sopa de Harry Potter.

Los fideos saltaron a su rostro, pegándose a sus gafas de una forma sumamente asquerosa. El Gran Comedor se había quedado en silencio, aunque algunos sonreían al mirar a Trelawney, que había fingido un desmayo de lo más oportuno. Madame Pomfrey la miraba con desdén, poco preocupada por su salud.

Entonces, Pansy Parkinson realizó la acción que echó a perder la velada. Riendo burlonamente, señaló a Harry Potter con el dedo. El chico, que últimamente no estaba para muchas bromas, se puso rojo de ira, se levantó y, con mucha mala leche, arrojó un puñado de puré de patatas contra la Slytherin.

Pero el puré de patatas no llegó a su destino, sino que se estrelló contra la cabeza de alguien que acababa de llegar y no tenía ni idea de lo que ocurría.

Draco Malfoy había decidido dejar sus dudas atrás (sobre todo porque tenía un hambre atroz) y fue al Gran Comedor. No había hecho nada más que entrar, cuando sintió que algo golpeaba su sien derecha, llenándole el pelo de una asquerosa pasta blanquecina. El joven buscó a su agresor con la mirada y, cuando lo localizó, un solo pensamiento invadió su mente: venganza.

No le importó ser expulsado, ni ir a Azkabán ni ninguna de esas nimiedades. No mientras se abalanzaba sobre la mesa de los Huffelpuffs, cogía un cuenco con salsa de arándanos, y se lo arrojaba a "El-Niño-Que-Vivió". Pero, como esa noche las cosas no parecían destinadas a salir bien, el cuenco cayó sobre la cabeza de Zacharias Smith, que jadeó por la sorpresa y...

-¡GUERRA DE COMIDA!

Nadie supo de dónde vino el grito. De hecho, lo último que vio Severus Snape antes de coger a Adrien en brazos y ocultarse detrás de la mesa de profesores, fue un montón de muslos de pollo y zumos de calabaza volando por todos los rincones del Gran Comedor. Los gritos y risotadas inundaron la estancia, y Snape frunció el ceño cuando Albus se agachó junto a ellos intercambiando una mirada cómplice con Adrien.

-Esto no era lo que esperábamos. ¿Verdad, señor Bellefort-Snape?

Adrien negó con la cabeza y, esa vez sí, rió, conciente de que podía hacerlo con total libertad. Después de todo, contaba con el apoyo de su abuelo.

-¿Qué demonios...? –Masculló Snape, mirando con desprecio una cáscara de plátano que acababa de caer sobre su zapato -¡Albus!

-¿Sí, Severus? –Dumbledore fingió inocencia. Junto a él, Minerva McGonagall había dejado de intentar evitar la guerra de comida, y bufaba totalmente exasperada.

-No me lo puedo creer...

-¿Qué cosa?

Severus buscó con la mirada a Minerva. La subdirectora pareció entender y, con algo de brusquedad, golpeó al anciano mago en el hombro. Si alguien podía detener esa batalla, era él. Y debía hacerlo cuanto antes, por más divertido que pareciera.

-Está bien –Albus suspiró, comenzando a levantarse, no sin antes mirar a Adrien –Estos adultos aburridos.

El niño sonrió, procurando no mirar demasiadas veces a su padre.

Un segundo después, el Gran Comedor volvía a la calma, pero no a la normalidad. De hecho, eso último no ocurriría hasta que no desaparecieran las toneladas de comida que cubrían suelo, mesas, sillas, alumnos y paredes.

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-Lo que ha ocurrido esta noche es absolutamente vergonzoso –Decía la profesora McGonagall. Quizás su aspecto no fuera el más serio del mundo, debido a los rastros de comida que adornaban su túnica, pero su tono de voz no invitaba a bromear demasiado con ella –Es indignante observar comportamientos tan inmaduros en jóvenes de su edad. Supuestamente, deberían dar ejemplo y, sin embargo, organizan... –La mujer pareció atragantarse un momento, aunque pudo salir hablando –Guerras de comida en pleno Gran Comedor. Gustosamente quitaría todos los puntos a las casas de los alumnos implicados en tan lamentable espectáculo, pero el director me ha pedido que no haga tal cosa –McGonagall arrugó el entrecejo, claramente molesta por ese hecho –No obstante, tengo potestad para castigar a los responsables. A ustedes.

Draco Malfoy y Harry Potter estaban en pie, frente a la profesora de Transformaciones, con los ojos clavados en el suelo y totalmente cubiertos por restos de los más variados tipos de comida. De hecho, hasta la boca de Draco se escurría un poco de sirope de fresa realmente delicioso, mientras que Harry lamía de cuando en cuando la nata que embadurnaba su mano derecha. Procuraban disimular, conscientes de que aquella mujer se pondría echa una fiera si los veía disfrutar de su situación; ninguno de los dos podía negar que lo ocurrido hubiera sido divertido, aunque el castigo de McGonagall podía ser ciertamente terrible.

-Pensé en que podrían limpiar el Gran Comedor sin ayuda de la magia, trabajando hombro con hombro, pero el director señaló, amablemente, que todo debe estar en perfectas condiciones para el día de mañana, así que esa idea ha sido descartada –Los chicos parecieron aliviados un momento; no les hacía mucha gracia tener que pasarse horas encerrados en la misma habitación, fregona en mano, retirando los restos de la cena de todos los rincones del enorme salón. Aunque, el tono de la subdirectora no auguraba nada bueno –Los elfos domésticos parecían claramente contrariados –Comentó la mujer con malicia, sonando peligrosamente despreocupada –No les gusta que se desperdicie toda la comida que preparan con tanto mimo. ¿Alguno de los dos tiene idea de lo que tardan en hacer una cena como la de esta noche?

Los chicos se miraron con timidez. Estaban juntos en eso, aunque aquel no fuera un pensamiento demasiado consolador. Más bien, contribuía a aumentar el mal humor de ambos.

-Por supuesto que no lo saben, muchachitos desconsiderados –Minerva se puso en pie, abandonando su sombrero picudo sobre su escritorio. Más tarde le pediría a Dobby que le limpiara la ropa; era el elfo en el que más confiaba –Por ello, he pensado que sería conveniente que conocieran de primera mano lo que supone trabajar en las cocinas.

Los chicos se estremecieron y dieron un respingo al unísono. Minerva sonrió, complacida.

-Durante dos meses, pasarán dos horas al día en las cocinas, ayudando a los elfos a cocinar y, por supuesto, a limpiar los platos... Sin ayuda de la magia.

Ni Draco ni Harry pudieron protestar, aunque era evidente que querían hacerlo.

-Ahora, márchense a sus salas comunes. Y den gracias porque no les haya quitado ni un solo punto.

Los dos jóvenes abandonaron el despacho con paso atropellado. Se miraron con odio un par de veces, pero ninguno abrió la boca, mientras obedecían las órdenes de McGonagall con total diligencia. La mujer, por su parte, tomó asiento y suspiró; una figura masculina apareció a su espalda.

-¿No has sido un poco dura con los chicos, Minerva?

La bruja ni siquiera miró a Albus Dumbledore. Estaba demasiado enfadada para hablar con ese hombre, el verdadero culpable de todo lo que había ocurrido esa noche. Después de todo, él había convencido a Adrien para que colocara la dentadura de Zonko sobre la silla de Trelawney, lo que había desencadenado los acontecimientos posteriores.

-Como les dije a Potter y a Malfoy, yo hubiera retirado todos los puntos a sus casas –La mujer apretó las mandíbulas, levantándose con parsimonia –Lo que ha ocurrido es inaudito. ¿Cuándo fue la última guerra de comida?

-Creo que durante el primer curso de los gemelos Weasley –Dumbledore frunció el ceño –Aunque hacía tiempo que ninguna era tan intensa como esta... Creo que desde los tiempos de Severus y Remus...

-¡Oh, no me lo recuerde!

-No se haga la mojigata, Minerva –Albus se acomodó frente a la mujer, con un brillo malicioso en sus ojos azules –Aún tengo pesadillas con aquella Navidad, cuando la prefecta de Gryffindor colocó un gran pavo asado sobre la cabeza de cierto compañero experto en Defensa Contra las Artes Oscuras...

McGonagall enrojeció bruscamente. Sin decir una palabra más, se puso en pie y abandonó el despacho a toda velocidad. Albus sonrió abiertamente, pensando que aquel había sido un día realmente satisfactorio.

Había tenido ocasión de vivir la que, sería, su última guerra de comida. Había podido consentir al pequeño Adrien todo lo que quiso, introduciéndole en el malvado mundo de las travesuras. Había conseguido que Harry Potter y Draco Malfoy volvieran a sonreír. Y, ante todo, había aprovechado un descuido de Severus Snape durante la cena, pera explicarle a su hijo qué debía hacer para conseguir que su papá se decidiera a tener una novia.

Sí, definitivamente, aquel había sido un gran día.