CAPÍTULO 33: Margaritas y pizza de queso
El fin de semana en Hogwarts terminó sin más incidentes. Sybill Trelawney tuvo que pasar la noche en la enfermería porque, según ella, tenía una fea herida en sus posaderas, y Minerva McGonagall estuvo despotricando por los pasillos durante unas cuantas horas, pero no ocurrió nada más digno de mención.
Severus Snape se tomó con tranquilidad la travesura de su hijo. La constante presencia de Albus Dumbledore junto al niño, para procurar que no le regañara, fue de gran utilidad, aunque el profesor de Pociones no tuviera muchos deseos de regañar a nadie. Cuando vio la carita de culpabilidad de Adrien, que le pedía con la mirada que no lo castigara, su mal genio se disipó y, Severus, ni siquiera le reprendió por su comportamiento. El hombre debía reconocer que todo había sido muy divertido, sobre todo cuando aquel enorme pedazo de tarta de nata impactó en el rostro de McGonagall, con la consiguiente mueca de disgusto de la subdirectora. Afortunadamente, Severus podía afirmar que él no había sufrido las consecuencias de la guerra de comida, y su ropa lucía su característica pulcritud; no en vano, había sido espía durante una buena parte de su vida, así que sus reflejos eran mejores que los de cualquier otro mago.
Con el paso de las horas, Adrien se fue animando a hablar sobre el incidente. De forma totalmente inocente, el pequeño confesó que, el abuelo Albus y él, habían comprado unos cuantos artículos de broma más en Zonko, para poder utilizarlos próximamente. Comentó que lo ocurrido esa noche fue muy divertido, y quiso saber si en Hogwarts era normal que los alumnos se tiraran la comida unos a otros, a lo que Severus respondió con un elocuente silencio. Adrien había reído a carcajadas durante un buen rato, recordando los rostros confundidos de casi todos los profesores, y lamentó el castigo que habían sufrido Harry Potter y Draco Malfoy. Después de todo, esos dos chicos parecían ser totalmente inocentes, pero les había tocado cargar a ellos con las consecuencias de lo ocurrido. A Severus le pareció una idea escalofriante que Minerva, con su eterna sabiduría, pusiera a trabajar juntos a esos dos, pero no dijo nada; posiblemente, en un par de días, ocurriera alguna desgracia en las cocinas (que incluiría el uso de una clase diferente de carne en la próxima cena) y, entonces, McGonagall se vería obligada a replantearse sus sanciones. ¿Acaso esa mujer no sabía lo que ocurría cuando un Gryffindor y un Slytherin pasaban más de cinco minutos juntos? ¿Acaso no podía imaginarse qué clase de hechizos se lanzarían Malfoy y Potter, si se veían obligados a tolerarse un día, tras otro, tras otro...? En otro tiempo, Severus hubiera protestado, pero en esa ocasión, prefería dejar que la profesora de Transformaciones de diera cuenta de su error ella sola.
Así pues, el lunes llegó de nuevo. Los miembros de la familia Snape habían dormido en la casa situada en la calle de Las Hilanderas, ajenos a cuanto les rodeaba. Adrien había caído rendido, una vez más, y Severus había aprovechado un par de horas para investigar sobre las plantas con efectos sedantes que podría utilizar en la Poción Matalobos, sin obtener mucho éxito. Finalmente, se fue a dormir, con un molesto dolor de cabeza y el cuello algo atrofiado. Ya por la mañana, fue el primero en despertar; tuvo tiempo para preparar todos los útiles de Adrien y de hacer algo de desayunar, antes de arreglarse y proceder a despertar al niño. Un día más, el pequeño escondió la cabeza debajo de la almohada y se aferró a las sábanas, afirmando que tenía demasiado sueño para ir al colegio y, como último recurso, comentó que todavía le dolía la barriga. Severus, que lo conocía demasiado bien, sólo tuvo que poner los brazos en jarra y entornar los ojos, para que el niño saliera disparado de la cama, se pusiera el uniforme del colegio y se lavara la cara, plantándose en la cocina en un tiempo récord. Severus, mientras tanto, lo miraba con una medio sonrisa en el rostro, contento porque su mirada de profesor severo también sirviera para intimidar a Adrien.
El resto de la mañana pasó velozmente. Carole se presentó en la casa tan puntual como siempre, con un Josh acatarrado cogido de su mano, y con los botones del abrigo mal abrochados, como si se hubiera vestido demasiado deprisa. Se llevó a Adrien antes de que Severus hubiera podido despedirse de él, y se alejó en su destartalado coche, conduciendo con prudencia a pesar de las prisas. Severus puso todo en orden y, minutos después, se marchaba a clase, justo a tiempo para empezar una nueva clase de Pociones con sus alumnos de séptimo curso. Tendría que verle la cara a Potter a esa hora tan temprana, aunque le quedaba el consuelo de saber que el chico estaba castigado, y no había sido él quién le impusiera aquella sanción. Seguramente, podría soportar su presencia; estaba de buen humor, con fuerzas para, al menos, intentarlo.
Carole y los niños, por su parte, llegaron al colegio, cuya puerta estaba abarrotada con los vehículos de las otras madres. Había comenzado a lloviznar, y las mujeres arrastraban a sus hijos debajo de grandes paraguas de diferentes colores, ajustándoles los abrigos y, de cuando en cuando, alzándolos para evitar que saltaran sobre algún charco demasiado grande. Carole, antes de bajar de su coche, miró a los pequeños y les sonrió ampliamente, instándolos a no marcharse todavía, y rebuscando algo bajo el asiento delantero; unos interminables diez segundos después, la mujer colocaba dos paraguas multicolores frente a las narices de los niños, asegurándoles que era un regalo por portarse siempre tan bien. Josh cogió el presente con entusiasmo, saliendo del coche para probarlo, y Adrien le dio las gracias con timidez a su niñera, atreviéndose a besarle la mejilla y darle un pequeño abrazo. Carole pareció satisfecha con eso (casi emocionada), y acompañó a los niños hasta el interior del edificio, dejándolos frente a la puerta de su aula y pidiéndoles que se quedaran allí, porque ella tenía que marcharse enseguida; al parecer, tenía unos asuntos que resolver en el banco, así que Josh y Adrien tendrían que esperar ellos solos la llegada de la profesora Stiller.
Josh se había apoyado en la pared, estornudando de cuando en cuando, pero con ánimos suficientes como para hablar con Adrien sin parar. Había pasado un mal fin de semana; tenía la garganta irritada y tuvo un poco de fiebre el sábado por la noche, pero ya estaba mucho mejor. Adrien le comentó que él también estuvo enfermo, por culpa de una sobredosis de chucherías, y a Josh le pareció divertido que se pusiera malos al mismo tiempo, como si fueran hermanos de verdad. Después, se dieron un par de empujones con Aaron y sus amigos, que habían intentado registrarles las mochilas para robarles el almuerzo, y saludaron a las gemelas, Ruth y Nadia, y a Amy, que les hablaron, claramente emocionadas, sobre la fiesta de Halloween, que estaba muy próxima. Luego, llegó la profesora Stiller, que les dejó entrar en el aula y les pidió que tomaran asiento, y tuvieron que ponerse a hacer sus tareas; esa mañana, aprendieron todos los números del veinte al treinta, e hicieron unos trabajos de manualidades con plastilina. Josh diseñó un guerrero del espacio, con pistola de rayos X incluida, mientras Adrien se encargaba de hacer una fiel representación de Buckbeak, centrándose en la textura de las plumas y la forma del pico.
-¡Wow! ¡Qué bonito, Adrien! –Josh le halagó con emoción, mientras agarraba al hipogrifo de plastilina y lo examinaba detenidamente -¿Qué es?
-Se llama Buckbeak –Explicó, quedándose callado de repente. ¿Debía decirle a Josh la verdad? Su padre le había pedido muchas veces que no hablara con nadie de la magia, pero no pasaría nada si Josh sabía quién era Buckbeak. ¿O sí? –Es un animal que tiene la mitad del cuerpo de un caballo, y la otra mitad de un águila.
-¡Wow! –Josh abrió mucho los ojos, como si no le ocurriera nada más que decir –Si mis guerreros espaciales tuvieran cosas de estas, serían invencibles... ¿Me ensañarás a hacer uno?
-Vale –Adrien sonrió, tras pensárselo un par de segundos, hasta que llegó a la conclusión de que Josh había tenido una buena idea –Podríamos hacer un ejército de guerreros espaciales e hipogrifos –El niño miró a Aaron, que diseñaba alguna clase de monstruo desconocido, de aspecto enclenque y un color demasiado oscuro para ser bonito –Seguro que podemos acabar con todos los dragones de Aaron; si le ganamos la plastilina, haremos una casa para los guerreros espaciales. ¿Qué te parece?
-¡Chachi! –Josh dio un bote, esmerándose por trabajar más deprisa. Tenía tantas ganas de ganarle su plastilina a Aaron; quizá, de esa forma, se le quitarían las ganas de robarle el almuerzo a los otros niños –Pero, Adrien. ¿Tú has visto alguna vez una cosa de esas? –Señaló la figurita de colores –Un... hipo...grifo.
Adrien entornó los ojos. Aquella sí era una pregunta complicada. ¿Pasaría algo si le decía a Josh que, de hecho, él tenía un amigo hipogrifo? Su papá había dicho que la gente no-mágica, los muggles, no entendían muchas de las cosas que pasaban en el mundo mágico, pero Adrien estaba seguro de que Josh sí que comprendería todo lo que le contara. Además, si le pedía que le guardara el secreto, su amigo no abriría la boca, podía confiar en él. Y Adrien tenía tantas ganas de compartir todas sus vivencias con alguien, en especial con aquel niño, que era un hermano para él...
-En realidad –Dijo, bajando la voz, decidido a ser sincero –Sí que he visto uno –Josh fue a decir algo, pero Adrien lo interrumpió –Pero no tienes que decírselo a nadie. Es un secreto.
-¡Claro! –Josh se acercó a él, hablando en susurros –Y. ¿Cómo es? Tiene que ser muy bonito. ¿Verdad?
-Sí que lo es. Es muy grande y tiene las plumas muy suaves. Incluso, he montado en él, aunque todavía no hemos podido ir a volar.
-¡Wow!
-Mi amigo Hagrid dice que los hipogrifos son peligrosos, porque son muy orgullosos y no les gusta que nadie se les acerque sin permiso –Josh hizo una mueca extraña –Pero yo me llevo muy bien con él. Buckbeak me quiere mucho y se porta conmigo como si fuera un perrito –Adrien sonrió y Josh se relajó notablemente –Cada vez que me ve, se acerca corriendo y me acaricia con su pico. Es genial.
-¡Wow! Y, Adrien. ¿Podré ver yo a tu hipogrifo alguna vez?
-Pues... No lo sé... Pero, puedo intentar traerte una foto.
-¡Eso sería genial! –Josh se puso en pie, presa de la emoción, captando la atención de unos cuantos compañeros de clase -¡Muchas gracias, Adrien!
El niño sonrió, retomando su labor de manualidades. Se sentía muy bien en ese momento, después de compartir todas las cosas que le gustaba hacer con su mejor amigo; sabía que Josh le guardaría el secreto para siempre y, cuando intercambiaron una mirada de complicidad, se sintió aún mejor. Era genial tener un confidente, alguien con quién compartir todo, alguien en quién confiar; quizá, él era muy pequeño para captar el verdadero significado de la amistad, pero Josh ya era su mejor amigo y, posiblemente, nunca encontraría uno mejor que él.
Un rato después, la profesora Stiller llamó la atención de los alumnos. Pasó una buena parte de la mañana de mesa en mesa, ayudándoles con sus tareas y admirando sus pequeñas obras maestras, dando pequeños consejos y felicitándoles por sus progresos. En cuanto su voz resonó en el aula, todos los niños se quedaron callados, prestándole toda su atención de manera casi reverencial.
-Muy bien, niños. Puesto que queda poco tiempo para que nos vayamos a casa, tengo que decios unas cosas para que las comentéis con vuestros papás –Los pequeños casi no se movieron, mostrándose expectantes –Como sabéis, dentro de muy poco tiempo será Halloween y, como todos los años, haremos una fiesta de disfraces –Unas cuantas exclamaciones de emoción la interrumpieron; Patrice sonrió, satisfecha por la reacción general –Tendréis que escoger un disfraz bonito y, seguramente, vuestros papás y mamás tendrán que ayudaos, así que los reuniré a todos para poder explicarles todo. ¿Les diréis que vengan?
-¡Sí, señorita Stiller!
Patrice sonrió. Después de tanto tiempo trabajando con niños, sabía perfectamente cuál era la mejor manera de captar su atención. Posiblemente, ninguno de ellos se acordaría de los encargos que les haría a continuación, pero las palabras fiesta y disfraz, bastaban para que todos los pequeños les pidieran a sus padres que fueran a hablar con ella. Si hubiera empezado hablando de evaluaciones iniciales y obras de teatro, algún que otro crió la hubiera ignorado por completo, pero no cuando se trataba de Halloween, de diversión y de sacos llenos de dulces.
-Muchas gracias, entonces –Los niños alzaron las cabezas, orgullosos de sí mismos –También quería hablaros sobre la función de Navidad. Pronto comenzaremos a buscar a nuestro nuevo señor Scrooge, así que le pediré a vuestros papás que os compren la versión infantil del libro, para que conozcáis la historia. ¿Os parece bien? –Los niños afirmaron alegres, dispuestos a hablar sobre teatro también, si era realmente necesario –Muy bien. ¿Podréis decirles que vengan a verme el viernes por la tarde? Perfecto. Muchas gracias, niños. Podéis seguir trabajando.
Los niños retomaron sus tareas, aunque no dejaban de hablar sobre la futura fiesta de disfraces. Las gemelas aseguraban que ya tenían sus vestidos de princezitaz colgados en su armario; por una vez, harían caso de las palabras de su padre, y serían lo que él afirmaba que eran. Amy dijo que quería disfrazarse de mariposa, aunque se desanimó cuando Aaron se rió de ella, casi haciéndola llorar. El matón, por supuesto, se vestiría de monstruo, junto a sus amigos, de lo cual se sentía muy orgulloso.
-Pues yo no sé de qué me disfrazaré –Josh se encogió de hombros. Era, sin duda, el que menos entusiasmado parecía con la idea de la fiesta de Halloween –No lo he pensado...
-Adrien y tú podríaiz dizfrazaoz de principez –Sugirió Ruth, ganándose una mirada de lo más desagradable.
-Podríaiz venir con nozotraz. Zerá divertido...
-No –Josh se levantó, como si aquellas palabras le hubieran ofendido demasiado –No quiero vestirme de príncipe.
Nadia le sacó la lengua y, junto a su hermana, comenzaron a recorrer las otras mesas, en busca de dos príncipez. Adrien parpadeó insistentemente, mientras Josh volvía a sus guerreros espaciales, más huraño y malhumorado que unos segundos antes.
-Le pediré ayuda a mi madre –Aseguró, captando la mirada preocupada de su amigo –Seguro que a ella se le ocurre alguna buena idea.
-Ya... –Adrien se cruzó de brazos. Ya creía tener claro de qué se disfrazaría, pero tenía que hacer unas cuantas consultas –Yo también le preguntaré a mí papá. O, mejor, a mí abuelo Albus. ¡Oh! ¡Acabo de acordarme!
Josh lo miró fijamente, sorprendido por aquel inusual entusiasmo.
-¡Ya sé qué hacer para que mi papá y tu mamá se enamoren! Y, creo, que el viernes será un buen día para conseguirlo.
Severus se frotó las manos por décima vez aquella tarde. Era estúpido, pero se encontraba bastante nervioso, consciente de su inminente reunión con la profesora de su hijo. Diez minutos antes, la profesora Stiller había terminado de explicar a todos los padres, todo aquello que tenía que ver con la fiesta de Halloween y la función de Navidad y, en ese momento, mantenía una conversación individual con todos los progenitores de sus alumnos, explicándoles cómo iban los niños a esas alturas de curso. En cuanto los señores Ruthers salieran del aula, sería su turno, y Snape no tenía ni idea de lo que aquella mujer podría decirle; no sabía muy bien qué era lo que le asustara, pero la verdad era que, en ese momento, estaba casi aterrorizado. Temía que Adrien fuera el alumno más retrasado de su clase, que no pudiera relacionarse con sus compañeros, que se hubiera convertido en un marginado y, lo peor de todo, que hubiera hecho magia accidental frente a los otros niños. Posiblemente, aquellos temores fueran totalmente infundados, pero, cuanto más tiempo pasaba, más reales le parecían.
A su lado, Carole le esperaba pacientemente. La mujer hubiera podido marcharse un buen rato antes, pero optó por quedarse con él para, más tarde, regresar juntos a casa. Los niños se habían quedado en casa de una vecina de confianza y, en cierta forma, la joven sabía que ambos estarían bien juntos; cuanto más tiempo, mejor, eso por supuesto. Por eso, no tenía prisa. La semana transcurrió con normalidad, aunque los mocosos parecían tener más secretos de la cuenta, lo cual no era demasiado alentador. Por más que intentó saber lo que pretendían hacer, no logró ningún avance; esos dos podían ser auténticas tumbas si se lo proponían, así que la mujer se cansó de sonsacarles.
-¿Qué papel cree que tendrá que hacer Adrien en la obra de Navidad? –Preguntó Carole. Había notado los nervios de Snape, y quería distraerle, para evitar que el corazón se le saliera del pecho –Yo no creo que a Josh le toque el papel estrella y, de cualquier forma, no está realmente emocionado por serlo. Quizá, sea el fantasma de la Navidad futura, que no tiene ni una sola frase.
Severus se encogió de hombros. Aún no había leído ese libro muggle, así que no tenía ni idea de lo que decir. Carole sonrió, entendiéndole perfectamente, y dio dos pasos adelante, mirando a los otros padres, que charlaban distraídamente entre ellos. Snape no parecía encajar demasiado entre ellos, con su ropa oscura y su rostro cetrino, pero era evidente que quería a su hijo tanto, o incluso más, que todos los demás.
-Estoy segura de que todo está bien con Adrien –Dijo, suavemente. Severus la miró, esbozando una sonrisa. Se sentía tan a gusto junto a esa mujer, que era imposible negarlo. Y, por la forma que ella tenía de mirarlo, el sentimiento era mutuo –Patrice afirma que se complementa perfectamente con Josh. Son buenos chicos y aprenden deprisa.
En ese momento, los Ruthers aparecieron en el pasillo, acompañados por Patrice Stiller. Se despidieron amablemente y, a continuación, la mujer invitó a Severus a seguirlo. Le pidió que se acomodara en una de la mesa de los niños (logrando, de paso, que el hombre se sintiera ridículo, al tiempo que nervioso), y le ofreció unas galletas infantiles que Snape, por supuesto, rechazó.
-Lamento haberle hecho esperar –Dijo la mujer, sentándose frente a él –Sé que usted es un hombre ocupado, señor Snape, pero era necesario que hablásemos sobre Adrien.
-Entiendo –Severus carraspeó, removiéndose en su sillita, claramente incómodo -¿Cómo va todo?
-Bastante bien, en realidad –Patrice sonrió con afabilidad –Adrien es un chico inteligente. No tiene ningún problema para aprender y cumple perfectamente con los objetivos académicos del curso. La verdad, estoy bastante contenta con él –Severus respiró, más tranquilo, y atendió las palabras de la mujer –Pone mucho interés en todo lo que hace y, aunque quizá peque de perezoso, cuando comienza a trabajar es imparable.
-Sé lo que quiere decir...
-Parece necesitar que alguien le anime a trabajar, pero poco a poco, vamos superando eso. Para los niños tan pequeños, la motivación es muy importante, así que asegúrese de que se preocupa por las tareas del colegio en casa. –Severus afirmó con la cabeza, más que dispuesto a seguir ese consejo –Los padres deben implicarse activamente en la educación de los niños...
El comentario quedó en el aire, aunque Severus captó perfectamente su significado. Debía reconocer que no dedicaba demasiado tiempo a tutelar la labor académica de Adrien; apenas podía realizar todas las labores relacionadas con su trabajo, pero estaba decidido a que eso cambiara cuanto antes.
-Tiene algunos problemas con las matemáticas, pero es algo normal a su edad –Patrice hojeó un cuadernillo, asintiendo ligeramente, como si estuviera satisfecha con algo –En lectura y escritura va bastante bien, y sus profesores de educación física e idiomas aseguran que su evolución es positiva –La mujer miró a Severus, sonriéndole ampliamente –En cuanto a la relación con sus compañeros, debo decir que Adrien es bastante sociable. Parece llevarse bien con todo el mundo, aunque tiene sus problemillas con algunos niños. Nada grave, en realidad. Se lleva particularmente bien con Josh. Su madre es la niñera de Adrien. ¿Verdad?
-Así es. Empezó a trabajar para nosotros en septiembre. Pasan mucho tiempo juntos.
-Son dos niños muy diferentes entre sí, pero parecen entenderse a la perfección –Patrice cerró el cuadernillo, cambiando su postura –Josh es el contrapunto de Adrien y viceversa. Hacen un muy buen equipo, tanto a la hora de estudiar, como cuando dibujan o tienen que defenderse de otros niños. Aseguran, incluso, que son hermanos, lo cual ha dado lugar a algunos malentendidos con los demás chicos –La mujer hizo una pequeña pausa –Es curioso observar a esos dos niños, puedo asegurárselo –Severus cabeceó. No podía estar más de acuerdo con la mujer –Otro aspecto que quería comentarle, es que Adrien es un niño muy imaginativo –Severus se irguió en ese momento, temiéndose lo peor –Sus dibujos están repletos de colorido y de toda clase de criaturas y lugares mágicos o mitológicos. Parece realmente interesado en todo lo que tiene que ver con la magia. –Severus carraspeó, claramente turbado –Un día, incluso, me preguntó si podía transformar cosas cuando estábamos en la alfombra mágica –La mujer señaló un rincón del aula, que Snape miró con timidez –Pareció sentirse avergonzado en el mismo momento en que hizo la pregunta, y quiso echarse para atrás. Le expliqué que no hay nada de malo en creer en la magia, pero él no dijo nada.
-Sí, bueno... –Severus logró recuperarse del impacto inicial de aquellas palabras, recuperando su habitual templanza –Su madre acostumbraba a contarle cuentos de hadas y yo creí conveniente seguir con la tradición.
-Cuando vaya creciendo, se dará cuenta de cómo es la realidad –Severus alzó las cejas. Si esa muggle supiera... –Por el momento, no considero que su afán de soñador sea algo grave. Algunos niños se pasan la vida afirmando que los extraterrestres invadirán en planeta. Otros, como Adrien, prefieren creer en dragones y magos con varita. Resulta maravilloso comprobar cómo los verdaderos problemas no les alcanzan.
-Tiene razón –Severus suspiró, sonriendo. Aquellas palabras de la profesora de su hijo le parecieron realmente graciosas.
-En fin –Patrice se levantó –También debería saber que, a lo largo de la semana, repartiremos los papeles para la obra de Navidad. Asegúrese de que Adrien lea el libro que le he encargado.
-Lo haré, no se preocupe.
-¡Oh! Y también sería conveniente que le ayude a buscar un disfraz para la fiesta de Halloween. Será a finales de mes y los niños se divierten mucho ese día. Los llevamos por las calles de alrededor, para que pidan caramelos a los vecinos. Por supuesto, será necesaria su autorización.
-Claro –Severus se paró frente a la puerta de salida –Muchas gracias por todo, señora Stiller.
-Es un placer. Adrien es un niño encantador.
Snape se despidió educadamente de la profesora. Carole, que estaba junto a uno de los radiadores de la calefacción, se acercó a él mientras se colocaba la bufanda y se ajustaba los guantes, preparándose para el frío que reinaba en aquel día del mes de octubre. Severus debía reconocer que le había gustado que esa mujer lo esperara para volver a casa; de esa forma, podrían conversar sobre la reunión con la profesora Stiller.
-¿Qué tal todo? –Preguntó la joven, siguiendo los veloces pasos del hombre hasta la salida.
-Bastante bien –Severus sintió el aire golpeándole la cara, y se metió las manos en el bolsillo –Adrien es un buen estudiante y no hay motivos para estar preocupado. Usted tenía razón.
Carole afirmó con la cabeza, satisfecha ante ese último comentario. Sostuvo la puerta de la calle, permitiendo a Severus que saliera antes que ella, y encaminó sus pasos hacia el coche, ciñéndose el abrigo al cuello.
-Viene conmigo. ¿Verdad? –Carole señaló su vehículo. Severus se quedó parado, observando aquel medio de transporte muggle, y dudó un momento. Hacía años que no se subía en uno de esos, pero no tenía motivo para desconfiar de Carole; después de todo, llevaba a su hijo todos los días al colegio, esa era la mejor prueba de confianza que Snape podría darle a la mujer –Por desgracia, la calefacción se ha estropeado, pero al menos no tendrá que caminar hasta mi casa, con éste aire tan fuerte.
Severus no dijo nada. Rodeó el vehículo y esperó a que Carole ocupara su lugar como conductora, acomodándose a su lado un segundo después. Escuchó el ruido del motor, que no era algo precisamente agradable, y se colocó el cinturón de seguridad, sin terminar de fiarse mucho de esos artefactos.
-He visto que usted no tiene coche –Carole inició la marcha, limpiando el parabrisas, que estaba humedecido por algunas gotitas de lluvia caídas durante la tarde. Comenzaba a anochecer y el cielo estaba encapotado, anunciando un fin de semana de tiempo desapacible –No debe ser demasiado cómodo tener que caminar o coger el autobús constantemente.
-No tengo permiso de conducir –Explicó escuetamente Severus, esperando que la mujer no hiciera más preguntas –Nunca he sentido la necesidad de tener un coche. Hasta que llegó Adrien, solía viajar solo a todas partes y prefería utilizar otros... medios de transporte –En ese punto, pudo hablarle de la red flú o de la aparición, pero eso podría ser contraproducente –Además, la ciudad no es demasiado grande, y a Adrien le gusta pasear. Es molesto cuando hace frío o llueve, pero nos las arreglamos.
-Me va a disculpar, pero es el primer hombre que conozco, que no considera el coche como algo imprescindible en su vida –Carole sonrió con ironía, al tiempo que Snape alzaba una ceja –Mi padre solía decir, que los coches lo decían todo sobre sus dueños. Cuanto más lujoso, potente y caro fuera un coche, mejor considerado estaría su dueño. Creo que al pobre le daría un infarto si viera este viejo trasto... –Carole suspiró con aire melancólico, recordando, quizá, tiempos mejores –Aunque debo reconocer que me ha salido realmente bueno. Lo tengo desde que dejé la universidad.
-¿La universidad?
Severus se arrepintió de forma inmediata por hacer aquel comentario. Carole lo miró de reojo, sin que fuera posible averiguar si estaba enfadada o no, y detuvo el vehículo frente a un semáforo.
-La universidad, señor Snape –Carole, finalmente, sonrió –Estudié Química y, afortunadamente, pude terminar la carrera, pero no encontrar trabajo –Severus la miraba con intensidad, sintiendo que tenía algunas cuantas cosas en común con esa mujer. Después de todo, la Química era la variante muggle de las Pociones –No es fácil patearse todos los laboratorios farmacéuticos del país con un niño de meses en los brazos, no sé si me entiende. –Severus afirmó con la cabeza, sin saber qué decir –Uno de mis profesores de la facultad no se cansaba de regañarme por mi inconsciencia. Decía que yo tenía talento, y que en lugar de ir teniendo niños por ahí, debí ampliar mis conocimientos y realizar algunos estudios complementarios en Estados Unidos. Se podría decir, que la llegada de Josh trastocó mis planes... Y los suyos, por supuesto –Añadió eso último con un deje alegre, reanudando la marcha.
-Supongo que, ya entonces, el padre de Josh no asumió sus responsabilidades.
-Supone bien –Carole bajó la mirada y, una vez más, Severus lamentó su comentario, aunque no dio ninguna muestra de ello –Era estudiante de Derecho, aunque pasaba más tiempo en las fiestas de la facultad que dando clase o estudiando. Uno de esos chicos malos que, por algún extraño motivo, tanto nos gustan a las mujeres.
Severus cabeceó, recordando sus años de estudiante. Las ratas de biblioteca, como él, no solían aparecer rodeados de chicas, mientras que los alborotadores parecían tener legiones de admiradoras dispuestas a perseguirlos en cualquier momento, a donde quiera que fuesen.
-Lo de Josh fue un accidente –Comentó la mujer. Por alguna extraña razón, se sentía a gusto hablando con Severus Snape –En mis planes, nunca entró quedarme embarazada siendo tan joven. No fue fácil, aún ahora todo es más complicado de lo que pueda parecer, pero tengo la sensación de que, poco a poco, vamos mejorando –Severus cabeceó. Le hubiera gustado decir algo amable, pero no se le ocurrió nada –Creo que esta ciudad es fantástica para Josh y para mí. El colegio es maravilloso, y el niño está bien. Mejor que nunca, diría yo. Además, he encontrado un trabajo que me agrada, así que no hay motivos para querer mudarse de nuevo.
-Me alegra oír eso, porque no creo que pudiera encontrar una niñera mejor para Adrien. Me costó mucho esfuerzo encontrarla, así que espero poder contar con usted mucho más tiempo.
El silencio resonó en el interior del vehículo. Severus se sintió estúpido de repente, sin saber muy bien por qué había dicho todas aquellas tonterías, y Carole carraspeó, concentrándose en la vía por la que circulaba. De pronto, la mujer detuvo la marcha; Severus pensó que quería decirle algo muy importante y se removió, intentando imaginarse lo que vendría a continuación. Quizá, por eso, las palabras de su acompañante le sorprendieron.
-Ya hemos llegado –Anunció. Efectivamente, el edificio en el que vivía la joven, estaba frente a sus ojos. Severus se puso rígido, sintiéndose aún más estúpido que antes. ¿Por qué esa mujer causaba aquel efecto en él?
La señora Brown vivía justo enfrente del apartamento de Carole y Josh. Era una mujer de mediana edad que había enviudado unos años atrás, y que no contaba con más compañía que la de un gran San Bernardo llamado Babas. Todos en el bloque de pisos, sabían que a la señora Brown le encantaban los niños; su único hijo vivía en Alemania desde hacía ya algunos años, y la pobre mujer apenas veía a sus nietos una vez al año, así que no dudaba ni un segundo en cuidar a los hijos de sus vecinos cada vez que se lo pedían. No era raro ver la puerta de su casa abierta, a través de la cual salían mocosos de todas las edades con la ropa llena de pelos del gran perro de la señora Brown, o con la cara manchada con nata montada o chocolate. Aquel apartamento parecía ser una fiesta constante, aunque aquella tarde todo estaba muy tranquilo.
Los dos niños que la mujer debía cuidar se estaban portando excepcionalmente bien. Pasaron una buena parte de la tarde haciendo sus deberes, hasta que lo terminaron todo y corrieron al comodísimo sillón de la señora Brown para ver la televisión. Merendaron en silencio y, un poco más tarde, se pusieron a dibujar, de tal forma que la mujer pudo dedicarse a las labores de costura que tenía tan abandonadas. La actitud de aquellos niños le tenía bastante sorprendida, aunque no pensaba ponerse a protestar; el único movimiento brusco que hicieron, fue acercarse a la ventana de cuando en cuando, como si esperaran a alguien, pero siempre en silencio, sin molestarla.
Adrien tenía un buen motivo para mirar por la ventana. Después de pasar toda una semana planeando lo que iba a ocurrir esa noche, quería asegurarse de que todo saldría bien. La reunión que su papá y la madre de Carole tenían esa tarde con la señorita Stiller, le había venido de maravilla, y, por ello, había iniciado todos los preparativos para conseguir que, de una vez por todas, su papá le consiguiera otra mamá.
Por la mañana, había encomendado a Athos una misión súper secreta. Procurando que su papá no le viera, le había enviado una carta a su abuelo Albus, comunicándole que esa tarde sería perfecta para hacer lo que él ya sabía. Josh, que conocía el pie tan bien como el propio Adrien, estaba tan nervioso como su amigo y, ambos, esperaban la llegada de Dumbledore para que les ayudara a prepararlo todo.
Los niños estaban impacientes porque, según ellos, se estaba haciendo tarde. El abuelo Albus había prometido llegar a la casa antes de que sus papás regresaran de la reunión, pero ya eran casi las seis, y el hombre no había aparecido. Adrien suponía que debió surgir algún problema en Hogwarts, pero confiaba en que su abuelo llegara pronto; después de todo, Albus Dumbledore siempre cumplía su palabra.
Efectivamente, a las seis menos diez, el timbre de la puerta sonó. La señora Brown dejó su costura a un lado, dirigiéndoles una cálida mirada a los chicos, y se atendió la llamada, encontrándose frente a un hombre de lo más pintoresco.
Albus Dumbledore había escogido un traje de terciopelo negro, con estampado en color rojo, que le quedaba más ceñido de lo que debería. Se había dejado el largo cabello blanco suelto, cubriéndolo con un sombrero de copa, y se había puesto una pajarita amarilla, que llamaba la atención más aún que sus sicodélicas zapatillas deportivas. Completaba el atuendo, un esplendoroso abrigo de pieles que, a todas luces, era de mujer. Por un momento, la señora Brown pensó que se trataba de algún loco recién salido de un psiquiátrico. Hasta que escuchó el grito emocionado de Adrien, y supo que no era más que un viejo excéntrico que debía tener demasiado tiempo libre.
-¡Abuelo! –Adrien se arrojó a sus brazos, contento y aliviado de ver al hombre. Josh se acercó a ellos con timidez; había oído hablar mucho del abuelo Albus, pero le daba vergüenza conocerlo personalmente -¡Has venido!
-Claro que he venido, pequeño –Dumbledore dejó al niño en el suelo, mirando a la señora Brown y saludándola con caballerosidad –Buenas noches, señora. Soy Albus Dumbledore, el abuelo de Adrien.
-¡Oh! –La señora Brown terminó por reaccionar, estrechando la mano del anciano –Encantada. Soy Mildred Brown. Pase, por favor.
-Muchas gracias –Dumbledore cerró la puerta. Al fin un muggle que era hospitalario... –Lamento la molestia, pero ya tenía ganas de ver a mi nieto. Y a este otro caballero –Se agachó frente a Josh, que hundió la mirada y enrojeció hasta las orejas –Tú debes ser Josh. Adrien me ha hablado mucho de ti.
-Sí, señor –El niño, sacando fuerzas de flaqueza, estrechó la mano del anciano –Adrien dice que usted es su abuelo.
-Efectivamente. ¿Qué os parece si nos vamos a comer algo por ahí, y al cine?
-Disculpe, señor Dumbledore –La señora Brown no dejó que ninguno de los niños respondiera –Carole no me dijo nada de su visita. No estoy segura de que deba dejar que los niños vayan con usted.
-Entiendo su desconfianza, pero le aseguro que los chicos estarán perfectamente conmigo –Albus sonrió, mirando a la mujer con tal intensidad, que casi daba miedo –Después de todo, soy el abuelo de estos sinvergüenzas.
Adrien pensó que la señora Brown diría que no, pero ocurrió algo extraño. De pronto, la visión de la mujer se desenfocó, sonrió tontamente, y fue en busca de los abrigos de los pequeños. Josh frunció el ceño, sin saber muy bien qué ocurría, y Adrien sonrió, sabiendo que su abuelo había utilizado su magia para ayudarlos a salir de allí.
-Ha sido muy amable por su parte cuidar de los chicos –Dijo Albus, llevándose a los niños –Muchas gracias por todo y disculpe las molestias.
Cerró la puerta con suavidad, antes de que la señora Brown pudiera reaccionar. Después, miró a su alrededor, se ajustó la ropa, y se centró en los niños, que lo miraban expectantes.
-Decidme, niños. ¿Dónde podemos ver una buena película? ¡Hace siglos que no veo ninguna!
Adrien alzó una ceja. Cuando el abuelo le guiñó un ojo, supo que era más que posible que, aquella última frase, no fuese una simple forma de hablar, sino algo que era real.
-Hay un cine al final de la calle –Explicó Josh ante el silencio de su amigo. No se sentía del todo cómodo, pero había algo en ese hombre que le hacía tranquilizarse –Están poniendo una película de dibujos animados...
-¡Oh, pues veremos esa, entonces! –Albus se dirigió a las escaleras, cogiendo a cada niño de una mano. Se comportaba con tanta naturalidad, que Josh tenía la sensación de que, ese hombre, ya era abuelo suyo también.
-Pero... –Adrien se quedó parado, mirando hacia el interior de la casa de Josh –La cena y las flores y todo eso que íbamos a hacer para que mi papá y Carole...
-Ya está todo controlado, pequeño –Albus sonrió misteriosamente, comenzando a bajar los escalones –Esta noche, vuestros padres tendrán una noche especial –Se volvió para mirar a Josh -¿Cómo decías que se llamaba esa película?
-¡Toy Story! –La voz del niño rubio estaba cargada de emoción –Trata sobre unos juguetes que cobran vida y viven un montón de aventuras para poder regresar con un niño que se llama Andy...
-¿Cómo que no están? –Carole estaba realmente angustiada. Tanto, que incluso cogió a aquella mujer por el cuello de la camisa –Pero, Mildred. ¿Qué...?
-Albus Dumbledore –Musitó la pobre mujer, intentado liberarse de las manos de su vecina, buscando con la mirada la ayuda del hombre que la acompañaba –El... El abuelo de Adrien. Dijo que no habría problemas, que se los llevaría al cine y a cenar y se haría cargo de todo.
-¿Qué abuelo?
-Señorita Allerton... –Musitó Severus, consciente de lo que estaba pasando
-¡Oh, Dios mío! Tenemos que llamar a la policía y...
-Señorita Allerton...
-Denunciar el secuestro. Llamar a los hospitales y...
-¡Carole!
Severus subió el tono de voz, lo suficiente para que las dos mujeres lo miraran. Colocó una mano sobre el hombro de la mujer, y buscó una forma adecuada para tranquilizarla.
-Albus Dumbledore es de total confianza.
-Pero... ¡Usted dijo que no tiene familia! ¿Cómo va a ser ese hombre el abuelo de Adrien?
-Conozco a Albus desde los once años –Severus hablaba con calma, sacando a la mujer poco a poco del apartamento –En muchos aspectos, ha sido como un padre para mí. Adrien lo considera como a un abuelo, y yo le garantizo que no hay nadie con quien puedan estar más seguros que con él.
Carole no dijo nada. Estaba demasiado preocupada aún como para enfadarse por todo eso, así que se dejó llevar por Severus hasta la puerta de su casa.
-¡Oh, espera! Carole, querida –La señora Brown entró a su departamento, regresando al pasillo con una caja de pizza aún humeante –Han traído esto hace cinco minutos. El chico del reparto me ha pedido que te lo entregara en cuanto llegaras.
Severus cogió la pizza, agradeciéndole a la vecina su amabilidad. Carole intentaba abrir la puerta de su casa, aún temblorosa por el susto que se había llevado. Parecía estar a punto de explotar, y Severus no pudo evitar temer su reacción. Por experiencia, sabía que no había nada peor en el mundo, que una mujer enfurecida.
Pero, si Carole iba a ponerse a gritar, todo su enfado desapareció en cuestión de segundos. Su pequeño apartamento parecía haberse convertido en el lugar más íntimo del mundo. Cientos de margaritas blancas y amarillas decoraban todos los rincones de la sala de estar, que únicamente contaba con la iluminación de unas docenas de velitas, que llenaban el ambiente de sombras misteriosas y de un aire romántico que embargaba los instintos.
Carole se había quedado inmóvil en el sitio. Severus avanzó unos pasos, frunciendo el ceño cuando vio la elegante mesa, montada en mitad de todo aquel paraíso, algo molesto con lo que veía. Dio un respingo cuando una música suave (y de los años sesenta, aproximadamente) comenzó a sonar en el pequeño equipo de música; Carole había visto el cartel que rezaba "PONME", y no pudo reprimir el instinto de hacerlo. Hacía años que no vivía algo como eso y, por una vez, se sintió tremendamente halagada. Especial.
-Es precioso –Musitó, dando una vuelta sobre sí misma para admirar toda aquella belleza –No puedo creerlo.
-Esto debe ser cosa de los mocosos y del viejo chiflado –Severus arrastró las palabras. Se sentía extraño (entre molesto y sorprendido) y, cuando dejó la pizza sobre la mesa, sintió la necesidad de quedarse allí, durante todo el tiempo que fuese necesario –Todo esto parece sacado de alguna estúpida película romántica.
Carole sonrió. Había algo en el aire que le impedía pensar con claridad y, tal vez por eso, tuvo valor para acercarse a Severus, quitarle su abrigo, y obligarle a sentarse frente a la mesa, donde un sobrio plato blanco esperaba que alguien sirviera un poco de comida.
-Falta el caviar y el champagne francés, pero todo lo demás, es perfecto –Carole se acomodó frente a él, sirviendo una buena porción de pizza. La luz de las velas iluminaba su rostro con armonía, resaltando lo más hermoso de sus facciones y opacando lo más negativo –Alguien se ha tomado demasiadas molestias para que disfrutemos de esta cena. ¿Por qué no hacerlo?
-Porque...
Severus iba a decir una grosería. Iba a decir que todo aquello le parecía ridículo, que él no encontraba nada de especial en comer pizza de queso, mientras les rodeaban velitas y sonaba música melosa. Pero, cuando vio la sonrisa de Carole, cuando ella le sirvió un vaso de coca-cola y una porción de pizza, decidió que no estaba tan mal dejarse llevar. Más tarde, ajustaría cuentas con Albus (porque, sólo él, había podido preparar todo aquello), pero, de momento, disfrutaría de la cena y, sobre todo, de la compañía de Carole Allerton.
-Yo siempre quise trabajar en la investigación –Decía Carole una hora después. Hacía ya un rato que terminaron de comer y, en ese momento, estaban sentados en el sofá, bebiendo una copa de whisky y charlado tranquilamente –La Química comenzó a gustarme en el instituto. Mientras mis amigas estudiaban nuevas formas de tintarse el pelo, yo buscaba alguna mezcla que no les quemara el cabello. ¡Ya ves!
Severus sonrió. Hubiera sido realmente hipócrita si dijera que no estaba disfrutando de aquella noche. Carole era una mujer realmente agradable (más de lo que imaginó en un principio), además de inteligente, y una auténtica fanática de la Química. En algún momento de la noche, habían empezado a tutearse, y ahora lo hacían con total normalidad, hablándose como si se conocieran de toda la vida.
-A mí me apasiona la química desde niño –Dijo él, eludiendo la palabra pociones con más dificultad de la esperada. Quizá, estaba demasiado relajado o, tal vez, el alcohol comenzaba a nublarle los sentidos –Mi madre era una mujer muy talentosa en ese campo. De hecho, fue relativamente famosa hasta que se casó; entonces, abandonó todo para ocuparse de mi padre –Severus carraspeó. No era su intención hablar sobre eso y, tal vez, se calló con demasiada brusquedad. Tanta, que Carole notó su tensión y optó por cambiar de tema.
-En algunas ocasiones, hecho de menos todo lo que aprendí en la facultad. Cuando comencé a estudiar, me veía con cuarenta años, encerrada en algún laboratorio, mi vida dedicada por completo a la química y, aquí estoy, alejada de mi pasión, y cuidando a duras penas de un niño pequeño.
-Pues tienes mucha suerte –Severus se recostó en el sillón, cerrando los ojos, sin saber lo que decía, y sin que le importara lo más mínimo –Yo me encontré con cuarenta años, mi vida dedicada a mi trabajo, y te aseguro que no era tan gratificante como imaginas. De hecho, lo mejor que me ha pasado nunca ha sido encontrar a Adrien. Si lo hubiera tenido a los veinticinco, en lugar de a los cuarenta, hubiera sido mucho más feliz de lo que lo fui durante los años en los que mi hijo no estuvo conmigo.
Carole cabeceó, como si le diera la razón, pero no dijo nada al respecto. Permanecieron callados unos minutos, más cerca el uno del otro, de lo que hubieran querido, y sin pensar en nada, únicamente concentrados en la respiración de su acompañante.
-Esta noche ha sido muy especial –Dijo Carole, incorporándose y captando la atención del hombre –Pensé que estas cosas sólo ocurrían en las películas de Julia Roberts, pero es evidente que me equivocaba. Todas las mujeres podemos ser princesas por un día.
-¿Eso me convierte en alguna especie de príncipe azul? –Severus bromeó, alzando una ceja –Porque no pienso ponerme a recitar poesía, ni me presentaré en tu puerta con un ramo de flores ni nada de eso...
-Entonces. ¿Cómo piensas cumplir con tus labores de galán de película? –Carole le siguió la broma, acercándose un poco más a él, que se había erguido y la miraba intensamente –Si no hay palabras ñoñas, ni flores, ni bombones, ni peleas con espadas contra los villanos. ¿Qué piensas hacer?
Severus parpadeó. Se sentía extraño, como si aquello no le estuviera pasando a él. Carole lo miraba con la pasión titilando en sus pupilas claras, y él, decidió seguir el impulso que sintió en ese momento. Un impulso que se inició en las puntas de los pies, recorriendo todo su cuerpo hasta alcanzar las manos; éstas, se aferraron al rostro de la mujer, acercándola hasta él con rudeza. La vio cerrar los ojos, totalmente entregada, y él hizo lo mismo, dispuesto a culminar aquella velada como la situación lo requería.
Con un beso.
Pero, entonces, la puerta de la calle se abrió, y dos pequeños terremotos irrumpieron en la estancia, acompañados por un viejo extravagante que hizo que Severus se ruborizara. Carole ya estaba en pie, apagando velas, aquí y allá. Por primera vez en su vida, había maldecido tener a Josh cerca. ¡Había faltado tan poco!
