CAPÍTULO 34: El tío Jerry
-Diez puntos menos para Gryffindor.
El niño de primero se encogió contra la pared, miró a aquel hombre con pánico y salió corriendo por el pasillo, alejándose a toda velocidad de su profesor de Pociones. Severus Snape sonrió, hizo ondear su capa negra con su característico frú-frú, y siguió caminando, sintiéndose un poco menos enfadado que un par de minutos antes.
Cuando llegó al Gran Comedor, aquel lunes por la mañana, Gryffindor ya había perdido la, nada desdeñable, cantidad de treinta y siete puntos. Minerva McGonagall lo fulminó con la mirada, transmitiéndole sin palabras el odio ancestral que todo león debía sentir por las serpientes, y Albus Dumbledore sonrió, entre divertido e irónico. ¡Cómo no! El maldito viejo se estaba divirtiendo, quizá porque aún no sabía que Snape había pasado todo el fin de semana meditando sobre las más variopintas formas de matarlo, lenta y dolorosamente.
El jefe de la casa Slytherin ocupó su lugar en la mesa de los profesores, entre el director y Remus Lupin. El licántropo lo miró de reojo un momento, sabedor de que algo no iba bien esa mañana, y volvió de forma inmediata a su desayuno. Cuando Snape estaba tan enfadado como ese día, era mejor no provocarle, así que optó por no saludarle; nadie lo hizo en realidad, en parte, porque el profesor de Pociones parecía haber recuperado aquel brillo siniestro en la mirada que, durante años, le hizo pasar por un mortífago sin escrúpulos.
Albus Dumbledore sí que le saludó. En ningún momento había perdido la sonrisa y, cuando Snape apretó las mandíbulas, como si pretendiera contener una larga serie de insultos que no terminarían hasta el mediodía, alzó su taza de té con limón, en un gesto que parecía ligeramente burlón. Severus bufó, cogió con fiereza su cuchillo y su tenedor, y comenzó a devorar unos huevos con bacon, ansioso porque el desayuno terminara cuanto antes, para ir a su aula de Pociones y torturar a sus alumnos de séptimo curso, especialmente a Harry Potter.
-¿Qué tal el fin de semana, Severus?
El anciano director había hablado con alegría, obviando la venita que latía en la sien izquierda de su compañero. La verdad era que llevaba dos días esperando el momento de hacer esa pregunta, desde que el viernes por la noche pillara al profesor de Pociones en una situación de lo más comprometida. Era de esperar un estallido de ira, teniendo Severus el carácter que tenía, pero Albus necesitaba correr el riesgo. Quería saber si, después de tomarse tantas molestias por arreglar aquella cita, las cosas habían salido tal y como esperaba.
-El viernes te encontré un poco... nervioso.
En esa ocasión, el bufido se convirtió en un gruñido frustrado. Severus empuñó su tenedor, lo colocó frente a la barbilla del director, y balbuceó unas palabras sin sentido que pretendían sustituir a los improperios. Albus no dejó de sonreír, mientras, a su mente, acudían los acontecimientos del pasado viernes por la noche, con una claridad casi pasmosa.
Flash BackLa película había sido realmente divertida. Albus Dumbledore recordaba que, la primera y última vez que él pisó un cine, fue unos cien años antes, cuando éste aún era mudo y en blanco y negro; esa noche, quedó encantado con los efectos especiales que habían utilizado los muggles. Era asombroso que pudieran lograrse aquellos resultados tan fascinantes sin ayuda de la magia, y Albus no podía dejar de reconocer el talento de los muggles; eran ingeniosos y sabían lo que era el entretenimiento. Sí, señor.
Además, los niños estaban encantados. Josh no se cansaba de defender a su personaje favorito, ese soldado inter-espacial, cuyo nombre Dumbledore no alcanzaba a recordar, mientras que Adrien hablaba maravillas sobre el vaquero Woody y mostraba su contento porque Andy, el niño de la película, no había rechazado a su antiguo juguete. Ambos parecían estar de acuerdo con que Sid, el niño psicópata, hubiera recibido su merecido, y Albus también daba su opinión al respecto, afirmando que el Señor Patata era un estirado, pero simpático después de todo.
Habían abandonado el cine una hora antes. Las risas de los pequeños se confundían con la de otros niños que, al igual que ellos, fueron a ver la película. De cuando en cuando, alguien observaba a Albus Dumbledore con curiosidad, atraídos por su llamativo atuendo, pero no hubo ninguna clase de incidente mientras iban a la hamburguesería más cercana y se ponían a cenar. Dumbledore nunca había probado una de esas maravillas muggles y lo saboreó todo con fascinación, llamando la atención de un Josh que lo observaba totalmente atónito; Adrien, que ya estaba más que acostumbrado a las rarezas de su abuelo, se limitaba a hablar sin parar. Le encantaba que Josh y su abuelo se hubieran conocido al fin y, además, parecía que se llevaban bien. Dumbledore trataba al niño rubio con total confianza, y Josh, a pesar de su timidez, había cogido tal confianza, que ya se atrevía a hablar con el anciano como si le conociera de toda la vida.
En resumidas cuentas, se lo estaban pasando en grande. Si alguno de los tres había creído que la noche resultaría ser algo desastroso, era más que evidente que se habían equivocado. De hecho, cuando llegó la hora de regresar a casa, los niños mostraron su descontento, quejándose lastimeramente y negándose a salir de la hamburguesería. Incluso Josh, que estaba aprendiendo demasiado rápido a utilizar los métodos persuasivos de Adrien, hizo un par de pucheros y dos lágrimas, tan falsas como inefectivas, rodaron por sus mejillas. Adrien no pudo contener la risa y, por supuesto, Dumbledore tampoco, así que Josh tuvo que regresar al apartamento, un poco molesto por haber fracaso en aquel intento por quedarse en aquel sitio un poco más. Albus le prometió que, antes de lo que pudiera pensar, estaría de regreso para sacarlos de paseo y, el niño, le creyó de forma inmediata, aferrándose a su mano y conversando con Adrien de nuevo, a tal velocidad, que ni Dumbledore logró entenderlos. Eran como dos pequeñas cotorras cargadas de energía que, por cierto, se habían olvidado de que, a esas horas, sus padres estaban compartiendo una cena romántica.
Quizá, por eso, entraron al piso de Carole sin molestarse en llamar al timbre. Ninguno de los dos se preguntó cómo se había abierto la puerta, aunque Adrien supuso que aquello fue cosa del abuelo Albus; cuando pasaron a la sala de estar, sin dejar de hablar con pasión sobre lo que habían hecho esa noche, no se percataron de que Carole y Severus estaban a punto de besarse. Los adultos pretendieron disimular, alejándose el uno del otro a toda velocidad, pero Albus sí los había visto; sonrió para sus adentros, convencido de que los planes de los chicos llegarían a buen fin, y saludó a Snape con una leve inclinación de cabeza. En los ojos del antiguo mortífago titiló la ira durante un segundo; Albus no necesitó mucho más para darse cuenta de que, aquel hombre, había descubierto los trucos utilizados para que, aquella velada, resultara inolvidable para Carole y para él.
-¡Mamá! ¡Hemos ido al cine! –Josh saltó a los brazos de Carole Allerton; la mujer se esmeraba por apagar todas las velitas desperdigadas por la estancia, con el rostro sonrojado y una expresión de puro fastidio en el rostro. Severus se había levantado y Adrien le tiraba del pantalón, reclamando un poco de atención paterna -¡El abuelo Albus nos ha llevado!
Carole miró a Dumbledore, parpadeó un par de veces y se giró hacia Severus, como si fuera el único que pudiera explicarle aquella situación. El hombre suspiró, cogió la mano de su hijo, y se acercó a los otros dos adultos, consciente de que no le quedaba más remedio que presentarles. Por más que le fastidiara tener que hacerlo, por supuesto.
-Carole, este es Albus Dumbledore –Dijo, con voz cansina, como si no estuviera a gusto con la situación (o, al menos, con el propio Dumbledore) –Ya te he hablado de él –La mujer afirmó con la cabeza, estrechando la mano del anciano con energía. Quizá con demasiada energía, como si le culpara a él por la interrupción de momentos antes –Albus, ella es Carole Allerton. La niñera de Adrien.
-Encantado de conocerla, Carole –Albus sonrió con afabilidad y, a continuación, le guiñó un ojo a Adrien. El niño estaba al lado de Josh, observando la escena con curiosidad –Adrien habla maravillas de usted.
-Lo mismo digo –Carole soltó la mano del hombre; lo miraba como si pretendiera evaluarlo en profundidad, para saber si podía o no confiar en él –Así que usted es el abuelo de Adrien...
-¡Oh, mamá! –Josh dio un paso adelante, llamando la atención de la mujer –Es el abuelo de los dos. De Adrien y mío...
-Pero, Josh...
-Espero que no le importe que me haya tomado esa libertad –Albus inclinó la cabeza, cogiendo a Josh por los hombros con un afecto que, de ninguna forma, podía ser fingido –Después de escuchar a Adrien hablar sin parar sobre su hermano, no he podido resistir la tentación de aceptar a Josh como a un nieto más.
-Eh... Yo... No... –La mujer miró a Severus, que alzó una ceja para indicar que él no podía hacer nada. Después de todo, cuando al viejo loco se le metía una idea en la cabeza, no había manera de hacerle cambiar de opinión –No, no me importa... Pero no quiero que Josh le moleste...
-¡No le molesto, mamá! –Josh pareció ofendido y, a juzgar por su expresión, Adrien también. Severus puso los ojos en blanco; realmente, esos mocosos se comportaban de una forma peculiar, apoyándose en los momentos que, en apariencia, eran más delicados –El abuelo Albus dice que Adrien y yo nos portamos muy bien y no le importa cuidar de nosotros cada vez que haga falta. Además, es muy divertido estar con él. Nos ha llevado al cine y a cenar, y ha prometido que nos llevaría a hacer más cosas guays otro día –Josh se cruzó de brazos y arrugó la nariz, pareciéndose más que nunca al niño enfurruñado con el que, Adrien, se peleó un día –Si le molestara, el abuelo Albus no diría que soy su nieto y no prometería que cuidaría de Adrien y de mí otro día.
Ante aquellas palabras, inspiradas por la lógica más aplastante, Carole no supo que decir. Miró de nuevo a Severus, que a esas alturas de la noche ya estaba totalmente resignado, y acertó a esbozar una sonrisa, mientras se acercaba a su hijo y le colocaba el cabello detrás de las orejas. Trataba de ganar tiempo, hacerse a la idea de que Josh no sólo había adoptado un hermano, sino que se había adjudicado un abuelo también.
-Claro que no le molestas, cariño –Dijo finalmente, esperando que la expresión del niño se suavizara –Yo sólo quería decir que... –Josh la miraba con el ceño fruncido, como si ninguna de las cosas que pudiera decir fueran a convencerle, así que terminó por suspirar profundamente y agitar la cabeza negativamente –Bueno, da igual. Si estás contento con tu abuelo, yo no digo nada.
Josh sonrió, claramente satisfecho. Sin mediar palabra, cogió a Adrien de un brazo y lo llevó hasta la habitación, donde se encerraron para jugar un rato más antes de tener que despedirse.
Severus, que había permanecido callado todo ese tiempo, cambió su postura. Se le veía incómodo, al igual que a Carole, mientras que Albus no perdía la sonrisa, mirándolos alternativamente a ambos, con los ojillos brillantes como si pretendiera decirles que él sabía lo que habían estado haciendo.
-Espero que la cena haya sido de vuestro agrado –Dijo, recorriendo la estancia con la mirada –Los niños fueron los encargados de escoger el menú y yo... Bueno, les eché una mano con la decoración de la casa.
-¿Usted...? –De forma repentina, Carole pareció enfadada. La magia que antes vibraba en el ambiente, se había apagado por completo y, en ese momento, la mujer sólo podía pensar en que un desconocido había estado paseándose a sus anchas por su apartamento -¿Entró a mi casa sin...?
Albus sonrió más ampliamente aún (si es que eso era posible) y abrió la boca para hablar. Sin duda, iba a soltar uno de sus discursos con tintes enigmáticos y, por esa noche, Severus no estaba dispuesto a escucharlo. Así pues, el hombre dio un paso al frente, colocando uno de sus brazos frente a Carole, y habló mirando directamente al anciano mago.
-Déjalo, Carole –Murmuró, entornando los ojos en un intento por parecer amenazante. De alguna manera tenía que dejar fluir su mal humor –No sé de que manera habrá organizado todo esto, pero te aseguro que no nos contará la verdad.
-Pero, este hombre ha entrado a mi casa. ¿Cómo puedo estar segura de que... no volverá a...?
-No tengo por costumbre irrumpir en hogares ajenos, Carole –Albus inclinó la cabeza, sin perder su condenado aire divertido –Lo de hoy, ha sido una ocasión especial. Los niños insistieron y no pude negarme.
-Y. ¿Puede saber por qué los niños...?
Carole se interrumpió. Recordó el comportamiento extraño de los pequeños, la insistencia de Josh para que le buscara un papá nuevo, las palabras halagadoras de Adrien cuando le decía que le gustaría tener una mamá como ella y, de pronto, todo encajó. La mujer alzó la vista, clavándola en Severus, y supo que él había llegado a la misma conclusión. Después de todo, ambos estaban igualmente azorados, con las mejillas encendidas y sin saber qué más añadir.
-Será mejor que nos vayamos –Severus carraspeó, yendo hacia el dormitorio de los niños –¡Adrien!
El pequeño acudió a la llamada de forma inmediata. Josh y él habían estado cuchicheando, comentando cosas sobre los supuestos avances experimentados por la relación entre sus padres, viéndose a sí mismos vestidos con trajes elegantes, en una iglesia. Acudiendo a una boda que, oficialmente, les convertiría en hermanos.
-Nos veremos el lunes –Dijo Snape, colocándole el abrigo a su hijo y empujando disimuladamente a Albus hacia la puerta.
-Hasta luego.
La voz de Carole se apagó un segundo después. Adrien había tenido tiempo de reaccionar, cuando su padre y su abuelo se desaparecieron del bloque de apartamentos. Cuando el niño se quiso dar cuenta, ya estaba en el recibidor de su casa, un tanto confundido por todo lo que había ocurrido.
-Ve arriba, Adrien –Severus habló con firmeza, dejando al pequeño en el suelo –Ponte el pijama y espérame...
-Espéranos –Corrigió Albus, afablemente, mientras le guiñaba un ojo a su nieto –Creo que, esta noche, te contaré un cuento.
-¿De los Merodeadores? –Adrien dio un botecito, presa de la emoción. Recordaba perfectamente las historias que solía narrarle el señor Remus, y ya estaba deseando escuchar una más. Estaba tan contento ante ese hecho, que no fue consciente de la sombra oscura que surcó el rostro de su padre.
-Tal vez. Ahora, haz caso a tu padre.
Adrien subió corriendo las escaleras. Severus lo observó detenidamente hasta perderlo de vista y, entonces, se volvió hacia Dumbledore. Un leve movimiento de cabeza, bastó para indicarle que quería que fueran a la vieja biblioteca y, por una vez, Albus no se hizo de rogar.
-Creo que no voy a preguntar nada sobre los Merodeadores –Bufó el hombre, una vez que hubo cerrado la puerta –Pero como escuche que mi hijo menciona alguna vez ese tema, le arrancaré la lengua a Lupin –Albus sonrió, sentándose en un butacón cercano –Porque, ha sido Lupin. ¿Cierto?
-No se me ocurre un candidato mejor para contar esa clase de historias. Me pregunto, si le habrá hablado ya del bueno de Quej...
-No lo digas, Albus –Severus apretó los dientes. Cualquier otro, se hubiera asustado ante su expresión casi bestial, pero no el director de Hogwarts. A él, todas esas cosas, le traían sin cuidado. ¿Qué era un ceño fruncido de más, o de menos?
-Ya va siendo hora de que superes todo aquello, Severus –Albus se cruzó de brazos, mientras su acompañante se sentaba frente a él. Parecía mucho más calmado de lo que en realidad estaba –Deberías tomarte tu pasado con buen humor. Te lo he dicho muchas veces y, además, ahora que Adrien está contigo, sería bueno que hablaras sobre esos temas con libertad y...
-¿Qué encantamiento utilizaste?
Severus lo había interrumpido con brusquedad, harto de aquel tema que el viejo comenzó a tratar. Lo que verdaderamente le interesaba en ese momento, era aclarar todo lo que había ocurrido esa tarde y, cuanto antes lo hiciera, mejor sería para todos.
-¿Encantamiento? No sé...
-Me está empezando a doler la cabeza. ¿Qué utilizaste? ¿Esencia de amortentia? ¿La pusiste en las velas o en las flores?
-Sabes que yo nunca utilizaría un filtro amoroso, Severus –la expresión del anciano se tornó seria, como si ya no fuera momento para bromear –Creo que el amor debe fluir por sus propios medios. Nunca me ha gustado forzar esa clase de situaciones.
-¿Entonces?
Severus alzó una ceja. Durante un segundo, Albus se planteó la posibilidad de dejarlo con la duda, pero no tardó en llegar a la conclusión de que el profesor necesitaba una buena explicación.
-Un hechizo deshinibidor –Explicó, como quién está hablando de la forma abstracta de las nubes –No demasiado potente, debo decir. Lo suficiente para que tú dejaras de comportarte como un tipo aburrido y enfurruñado, y para que tu niñera se olvidara de que eres su jefe, y pusiera al descubierto sus verdaderos sentimientos. En realidad, para que tú también hicieras esto último.
Severus entrecerró los ojos. Aquellas palabras implicaban muchas más cosas de las que pudiera pensarse inicialmente. Si su comportamiento de esa noche se debiera a la esencia aromática de alguna poción de amor, Severus no estaría preocupado; simplemente, se habría dejado llevar por sentimientos que, en realidad, no existían, pero lo que Albus le estaba diciendo era muy diferente. El viejo loco insinuaba que él sentía algo real por la niñera de su hijo; algo que, aunque oculto, estaba ahí, en su interior. El hechizo sólo hizo que dejara a un lado sus temores y reparos, ayudándole a comportarse de una forma más natural, siguiendo sus verdaderos instintos. Todo parecía indicar que, efectivamente, él quería tener algo más con Carole y, a juzgar por el comportamiento de la mujer, el sentimiento era mutuo.
Demasiado bonito para ser verdad, en realidad...
-No puedo creer que... –Masculló el hombre, dejando a un lado su confusión y centrándose en su enfado –Sabía que eres entrometido, Albus, pero no pensé que fueras a llegar a tanto... ¿Con qué derecho te...? –Severus se levantó, mesándose el cabello con ambas manos, buscando las palabras adecuadas, para no perder las formas. Albus permanecía en silencio, consciente de que ese hombre necesitaba desahogarse -¡No puedes meterte así en mi vida! ¡No puedes organizarme citas que yo NO quiero tener! ¡Ni puedes elegirme una...! –Severus gruñó, incapaz de pronunciar la palabra novia. Sonaba tan surrealista, que casi quería ponerse a llorar y reír al mismo tiempo - ¡Y no puedes utilizar a Adrien para ello, por Merlín!
-¡Papi! ¡Abuelo!
La vocecita de Adrien interrumpió la conversación. Los dos hombres se miraron un momento, Albus tranquilo en apariencia, y Severus respirando entrecortadamente; a continuación, se pusieron en pie al mismo tiempo y salieron de la estancia, dispuestos a atender la llamada del niño.
Fin del Flash Back-Tenemos una conversación pendiente, Albus –Dijo Severus, retirando el tenedor y poniéndose en pie. Si no salía de ese lugar en ese momento, terminaría por clavarle el cubierto a Albus entre los ojos, algo que sería realmente escandaloso, teniendo en cuenta que estaban en el Gran Comedor –Voy a las mazmorras. Más tarde hablaremos.
Severus dio dos pasos. Parecía que, efectivamente, se marchaba, pero, de repente, se volvió, clavando sus ojos en Remus Lupin. El licántropo permanecía ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor (o ese pretendía aparentar), así que, cuando se encontró con el dedo de su colega frente a la nariz, dio un respingo, preguntándose si habría hecho algo para molestar al profesor de Pociones.
-Y tú, Lupin –Siseó Snape, en un tono de voz bajo, pero perfectamente audible –Como vuelvas a contarle a MI hijo historias sobre los Merodeadores, me encargaré de adulterar la Poción Matalobos para tu próxima transformación.
Dicho eso, Severus hizo ondear su capa de forma magistral, y cruzó el Gran Comedor dando grandes zancadas; los alumnos lo miraban con genuino terror, como en sus mejores tiempos, y Remus no sabía muy bien qué pensar sobre lo que había ocurrido. ¿Sería capaz Severus de cumplir su amenaza? Lupin siempre había sido consciente de que a Snape no le haría ninguna gracia saber que le estaba hablando sobre los Merodeadores a Adrien, pero. ¿Llegaría tan lejos como afirmaba? A juzgar por la expresión risueña de Albus, no había ningún motivo para preocuparse pero, aún así, Lupin optó por extremar la prudencia. Con Severus Snape nunca se sabía.
-¿Vosotros sabéis ya de qué vais a disfrazaros?
Normalmente, Amy no era una niña demasiado habladora, pero esa mañana parecía realmente animada. Tal vez, el hecho de que Aaron no hubiera acudido al colegio porque estaba enfermo, hacía que su carácter no fuera tan apocado como siempre; en cualquier caso, todos los pequeños que compartían aquella mesa hexagonal, participaban activamente en la conversación. Ruth y Nadia, las gemelas, habían traído una fotografía de sus disfraces de Halloween; lamentablemente, no encontraron a nadie que quisiera hacer de príncipe, aunque eso no parecía importarles demasiado. Amy, por su parte, había decidido que se vestiría de mariposa, dijeran lo que dijeran los matones de su clase, y estaba más dispuesta que nunca a plantarles cara a los niños que, día sí, día también, disfrutaban metiéndose con ella.
Cuando la niña rubia formuló aquella pregunta, Adrien y Josh se miraron. Después de su salida con el abuelo Albus al cine, ambos tenían muy claro de qué querían ir disfrazados.
-Yo seré Woody, el vaquero –Afirmó Adrien, consciente de que sus compañeros sabían de que Woody estaba hablando. No en balde, Toy Story era la película favorita de los niños aquella temporada –Y Josh será Buzz Lightyear.
-¡Oh! –Las niñas parecieron encantadas con la idea. Los miraban con algo parecido a la envidia, como si lamentaran que no haber tenido esa idea.
-Mi mamá ha prometido conseguirnos los disfraces –Añadió Josh, creyendo que era necesario que él dijera algo también. Normalmente, Adrien era su portavoz, pero esa situación iba cambiando progresivamente –Vamos a alquilarlos en una tienda muy bonita.
-Sí. La hemos visto por fuera y tiene muchas cosas –Adrien cabeceó, para dotar de mayor credibilidad a sus palabras.
-Zeguro que el bobo de Aaron ze muere de envidia –Nadia sonrió con malicia, imaginándose la expresión que pondría el niño más odiado (y temido) del colegio.
-Cree que zerá el máz guay con zu traje de monztruo, pero vozotroz eztaréiz mejor –Ruth apoyó a su hermana, mostrando los relucientes dientes nuevos que ya habían crecido bastante.
-Hola, niños.
La señorita Stiller interrumpió la conversación. Como siempre, venía a asegurarse de que sus alumnos no tenían problemas con su tarea y, aunque éstos estaban hablando mucho más que otros días, era grato comprobar que trabajaban deprisa, casi más que el resto de sus alumnos.
Los pequeños respondieron al saludo al unísono. Era evidente que todos ellos admiraban a su profesora. La miraban con sus rostros sonrientes, ansiosos porque les preguntara algo para poder responder, y demostrar, de esa forma, que estaban aprendiendo un montón de cosas gracias a ella.
-He pensado –Dijo Patrice, cuando se ganó la total atención de los niños –Que como hoy hace mucho sol, podríamos jugar un partido de fútbol durante el recreo. ¿Qué os parece?
-¡Bien! –Chillaron Adrien y Josh a un tiempo, levantándose de sus sillas, totalmente entusiasmados con la idea. Amy se quedó callada y se encogió de hombros, para indicar que le daba igual. Nadia se cruzó de brazos y alzó el mentón, mientras su hermana negaba con la cabeza, con una arrogancia nunca antes vista en ella.
-Nueztro papá dice que laz princezitaz no deben jugar al fútbol.
Patrice alzó una ceja pero, antes de que pudiera decir nada, Nadia secundó a Ruth.
-Zólo loz niñoz brutoz juegan al fútbol.
-Eso no es así, niñas. –Patrice sonrió dulcemente, intentando convencer a las pequeñas –El fútbol es muy divertido. Ya habéis jugado cuando hacéis deporte...
-Pero zólo porque el profe noz obliga.
-Mejor, jugaremoz en loz columpioz.
Patrice suspiró. Unos días atrás, había conocido personalmente al padre de las gemelas y, después de hablar con él durante unos minutos, llegó a la conclusión de que nada de lo que dijera haría cambiar a las niñas de opinión. Cabeceó, para mostrar su conformidad con la última sugerencia de las pequeñas, y miró a Amy, que no había abierto la boca para nada.
-¿Tú que dices, cariño? –Le preguntó, apartándole un rebelde mechón de pelo de la cara -¿Quieres jugar al fútbol con los demás?
Amy miró a las gemelas y a Adrien y Josh alternativamente. Los cuatro le caían muy bien y, en ese momento, sentía como si debiera elegir con quién prefería estar. Nadia y Ruth eran niñas y, curiosamente, eran las primeras amigas que tenía, pero Josh y Adrien solían defenderla de Aaron cuando intentaba robarle su almuerzo. Era una elección muy difícil, pero, cuando vio las expresiones de sus amigos, supo que a ninguno le importaría la decisión que tomase; por una vez, podría hacer lo que de verdad quisiera hacer.
-Jugaré al fútbol –Dijo. Adrien y Josh dieron una palmadita, celebrando aquella respuesta, y las gemelas se encogieron de hombros, como si les diera absolutamente lo mismo que Amy no quisiera ir con ellas a los columpios.
-Muy bien, entonces –Patrice se levantó, para dirigirse a toda la clase –Vamos, niños. Recoged vuestras cosas y poneos los abrigos. Nos vamos al patio.
Un segundo después, la señorita Stiller era atropellada por una horda de niños sobre excitados. La mujer, que tuvo que apoyarse en su escritorio para no perder el equilibrio, chasqueó la lengua y sonrió, acostumbrada ya a esa clase de reacciones infantiles. Realmente, el clima de Inglaterra era un incordio, sobre todo en invierno; con tanta lluvia, los alumnos debían pasar en las aulas más tiempo del que les era posible soportar, por lo que solían estar nerviosos y no lograban concentrarse correctamente en sus tareas. Afortunadamente, el tiempo daba tregua de vez en cuando y, ese día, mientras escuchaba los grititos de los estudiantes más pequeños, recordó por qué había decidido hacerse profesora. Le encantaban las risas de los niños.
Adrien y Josh, por su parte, ya habían llegado al pequeño campo de arena situado en el patio del colegio. Hacía un poco de frío, pero sabían que, en cuanto se pusieran a jugar, entrarían en calor. Uno de sus compañeros de clase había cogido el balón de fútbol; se llamaba Alan y era el chico guapo, el más popular y por el que todas las niñas suspiraban. A Adrien no le caía mal del todo; algunas veces, jugaban juntos, pero no era tan buen amigo como Josh. Quizá, si no hubieran decidido unir fuerzas para enfrentarse a Aaron, nunca se hubieran hecho amigos, pero vencer al matón del cole era una prioridad para todos, tanto para los niños gorditos y callados, como para los más ligones y simpáticos.
-¡Vamos a hacer los equipos! –Anunció Alan y, con aquella capacidad innata que tenía, se ganó la atención de todos sus compañeros –Josh. ¿Eliges conmigo?
Todo el mundo sabía que Josh y Alan eran los mejores jugadores de fútbol de todo el colegio. Una vez, incluso, habían jugado un partido con los niños que eran dos años mayores que ellos y habían metido un gol cada uno; todo un acontecimiento que nadie olvidaría en mucho tiempo.
Josh respondió afirmativamente con la cabeza, se colocó frente a Alan, y se jugaron a pares y nones quién sería el primero en elegir. El afortunado fue Josh y, su primera elección, era más que evidente.
-Quiero a Adrien.
El niño sonrió, colocándose al lado de su amigo. A Alan también le hubiera gustado tenerlo en su equipo, sobre todo porque era muy buen portero, pero tuvo que conformarse con el segundo mejor: Jake, el chico más grande de la clase, que ocupaba media portería sin tener que moverse.
Poco a poco, todos los chicos fueron elegidos. Algunas niñas y un par de críos decidieron ir a los columpios, pero aún quedaba suficiente gente para hacer dos buenos equipos. Amy fue escogida por Alan (algunos decían que el guaperas le había puesto el ojo encima a la niña rara), y Josh intercambió una mirada desafiante con su amiga, dejándole ver que no tendría piedad con ella, ni aunque compartieran mesa en el aula.
Así pues, el partido dio comienzo. Adrien se colocó bajo los palos de su portería, dio un par de saltitos para tocar el larguero, y frunció el ceño; no conseguía alcanzarlo, así que debía esperar que sus compañeros no tuvieran la suficiente pericia como para intentar batirlo por ese ahí. Era, a todas luces, su punto débil.
Quién sí se dio cuenta de esa debilidad, fue un hombre que estaba apoyado en las verjas del colegio, observando el partido de fútbol con sumo interés. Fijaba sus grandes ojos azulados en un crío en particular: ese niño de pelo negro que se esforzaba por alcanzar el poste superior de su portería.
No había ido allí de forma consciente. Tal vez, debió abandonar la ciudad varias semanas antes, cuando cumplió con la misión que el destino le había encomendado, pero no había podido marcharse. Una especie de fuerza invisible lo mantenía unido a ese lugar y, especialmente, a ese niño, a Adrien.
-Buenos días.
El hombre, de pelo castaño, giró la cabeza, ligeramente sobresaltado. A su lado, se encontraba el tipo más extraño que hubiera visto, un individuo delgado, de aspecto siniestro, que llevaba un bombín cubriéndole la mitad de un rostro surcado por cicatrices, y usaba una especie de pata de palo.
Ojoloco Moody había visto a ese hombre rondando el colegio unos minutos antes. Al principio, no le había preocupado, suponiendo que esperaba ver a su hijo o a algún otro familiar, pero cuando comenzó a mostrarse interesado por el mocoso de Snape, el antiguo auror supo que algo no iba bien. Moody estaba acostumbrado a mantenerse constantemente alerta, así que no tardó en acercarse a ese supuesto enemigo. Bill Weasley, su compañero de guardia de ese día, le aconsejó que se quedara donde estaba, medio escondido entre los árboles de la calle de enfrente; pero Moody lo ignoró por completo, dispuesto a cumplir a la perfección con la misión que, meses atrás, Albus Dumbledore le había encomendado a los miembros de la Orden del Fénix: vigilar a Adrien Bellefort-Snape, y velar por su seguridad.
-Buenos días –Saludó el desconocido, una vez recuperado del susto inicial. Aquel tipo era extraño, pero a lo largo de su vida, había tenido ocasión de conocer a gente más rara aún -¿Ocurre algo?
Moody soltó un bufido casi imperceptible. Miró de reojo a su compañero de fatigas, que se removía inquieto en la distancia, y centró toda su atención en el desconocido.
-Me preguntaba, que ve de interesante en todos esos mocosos –Dijo Moody. Quien lo escuchara, podría distinguir cierto toque de locura en su tono de voz. Algo que, después de todo, no estaba muy lejos de la verdad –Especialmente, en el crío aquel.
Señaló a Adrien con un dedo. El desconocido se puso un poco pálido e intentó disimular su repentina turbación, pero no logró engañar a Moody. De hecho, no había en el mundo mucha gente capaz de hacer tal cosa.
-Es mi sobrino –Soltó Jerry Bellefort de repente. Moody frunció el ceño, creyendo fehacientemente que, allí, había gato encerrado.
-¿Sobrino? –Gruñó el brujo, sonando cada vez más amenazante –Curiosamente, conozco al padre del crío ese y sé que no tiene hermanos, así que no me venga con mentiras absurdas y...
-Soy hermano de su madre –Jerry interrumpió la perorata del mago. Odiaba cuando la gente le cuestionaba y, aunque nunca había tenido intención de ir a espiar a Adrien, aquel hombre parecía estar insinuando cosas que no le hacían ninguna gracia. A ningún hombre medianamente normal le agradarían dichas insinuaciones, eso estaba claro –Y no sé que está pensando, pero...
-¿Su madre? –Moody pareció sorprendido, aunque en realidad se sentía un poco tonto. Claro que el mocoso tenía una madre y, posiblemente, esa madre tendría hermanos, pero, de ahí a que ese tipo dijera la verdad, iba un largo trecho.
-Así es –Jerry alzó una ceja, desdeñoso, y se cruzó de brazos. Moody sólo pudo pensar que aquel era un muggle engreído –Y, ahora, déjeme en paz, sea quién sea usted... Caballero.
-¡Señor Moody!
El mago parpadeó velozmente, aturdido por lo inesperado de la vocecita infantil. Giró un poco la cabeza, y allí estaba Adrien, sonriéndole abiertamente, con ese niño rubio que lo acompañaba a todas partes, junto a él.
-Mocoss... Adrien...
Adrien había visto a esos dos hombres desde la distancia mucho rato antes, pero no se había acercado a ellos hasta que el partido terminó. Ganó el equipo de Alan, pero al menos él había logrado salvar numerosos goles durante los quince minutos que duró el encuentro. En cuanto la señorita Stiller les dijo que tendrían que ir recogiéndolo todo, Adrien arrastró a Josh hacia las verjas del colegio, ansioso por saludar a Alastor Moody lo antes posible. El otro hombre, ese tipo que vestía con elegancia y se mantenía en una postura muy rígida, le resultaba extrañamente familiar, aunque no le era sencillo ubicarlo en un lugar de su memoria. En los últimos tiempos, Adrien tuvo ocasión de conocer a muchas personas, y era imposible recordarlas a todas.
Afortunadamente, sabía perfectamente quién era el Señor Moody. Su ojo mágico no era fácil de olvidar, de la misma forma que su carácter huraño. Adrien pensó que, quizá, ese hombre no quisiera que le saludara, pero le hacía mucha ilusión conversar con otros magos, como él o su papá, así que se acercó a él a buen paso, llamando su atención con alegría y mirando, de cuando en cuando, al otro hombre. Necesitaba recordar quién era exactamente.
-¡Mire, señor Moody! Él es Josh –Anunció, haciendo que su amigo se colocara frente a él –Josh, él es el señor Moody –Se acercó al oído del otro niño, para poder hablarle en tono confidencial –Luego tengo que contarte unas cuantas cosas de su ojo. Es chulísimo.
Josh cabeceó y, con cierta timidez, le regaló una sonrisa al mago, que soltó un nuevo gruñido y miró a Bill Weasley. Hubiera dado cualquier cosa porque el pelirrojo salvara la situación; él odiaba tratar con niños. Nunca sabía que decirles y, además, solía asustarlos con su mera presencia, así que no tenía demasiada práctica en eso de mantener conversaciones con infantes de cuatro años.
-¿Ha venido Nymphadora con usted, señor? –Preguntó Adrien, al tiempo que buscaba a su amiga con la mirada. Muchas veces, Moody y Tonks habían hecho turnos de vigilancia juntos, aunque esa situación había cambiado sustancialmente. Mientras el embarazo avanzaba, las tareas de Tonks se reducían y, las guardias, ya formaban parte del pasado.
-No. Está... Descansado –Masculló el hombre, sin saber muy bien cómo tratar el tema de la salud de su compañera de batallas.
-¿Porque va a tener un bebé? –Moody parpadeó, sorprendido por la astucia del pequeño. Adrien supuso que no obtendría respuesta en esa ocasión, así que se giró hacia el otro hombre.
Jerry no sabía porque no se había alejado de aquel lugar en cuanto tuvo la oportunidad. La voz de Adrien había penetrado en su cerebro, haciéndole revivir una serie de recuerdos que, a pesar de todos los años transcurridos, aún le dolían con suma intensidad. Aquel niño había heredado el carácter de su hermano, eso era innegable; Mariah se lo había comentado en un par de ocasiones, cuando insistió en presentarle al niño, pero él nunca creyó que el parecido fuera tan evidente. Jerry recordaba a su hermano pequeño, miraba a Adrien, y creía tener a la misma persona frente a sí. Si el niño tuviera el pelo más claro y los ojos azules, sería su hermano menor.
-¡Hola, señor! –Saludó, acercándose un poco más a la verja, para saludar al hombre -¿Es usted amigo del señor Moody?
Jerry se quedó callado, sin saber muy bien qué debía responder a esa pregunta. En ningún caso, se había planteado la posibilidad de contarle a su sobrino quién era él en realidad, pero esa mañana, con Adrien frente a él, se sentía extraño, diferente. No era fácil enfrentarse a los recuerdos y separarlos de la realidad.
-Yo soy... Jerry Bellefort. El hermano de tu madre.
-No sé qué le ocurre, Severus –Carole guió a Snape hasta la habitación de su hijo. Antes de abrir la puerta, sostuvo el pomo con una mano, para hablar confidencialmente con su jefe –Cuando lo recogí del colegio, ya estaba así. Ni él ni Josh han querido decirme lo que le pasa, pero nunca había visto a Adrien tan... Triste.
Severus se quedó inmóvil, sin saber muy bien qué pensar de aquella situación. Normalmente, Adrien era un niño alegre y activo, así que cuando Carole le contó que había pasado toda la tarde encogido en un rincón de la habitación de Josh, el brujo no pudo evitar preocuparse por el estado de su hijo. Era posible que estuviera enfermo; en tal caso, Snape lo llevaría de forma inmediata a Hogwarts, esperando que la señora Pomfrey obrara de nuevo el milagro de curarlo.
No obstante, cuando entró al dormitorio, supo que la salud de Adrien era buena. El niño estaba sentado sobre la cama, pasándole una pelotita de goma a Josh, para que éste se la devolviera. Ambos estaban callados, pero, todo parecía indicar que Josh sabía perfectamente cómo ayudar a su amigo en ese momento, fuera lo que fuera lo que le estaba ocurriendo.
Nada más percatarse de la presencia de Severus, los dos pequeños lo miraron. El profesor de Pociones se sorprendió cuando Josh le dedicó un bufidito, con la nariz arrugada, pero lo que le turbó por completo, fue el rencor que pudo vislumbrar en los ojos oscuros de su hijo. No sabía muy bien qué era lo que había hecho, pero estaba claro que Josh no estaba muy contento con él. De forma casi inmediata, Adrien se cruzó de brazos y Josh se levantó, colocándose frente a su amigo, como si pretendiera protegerlo de algo. O, mejor dicho, de alguien, puesto que, en ese momento, Severus parecía ser el mayor enemigo de ambos.
-Hola, chicos –Saludó Snape, ocultando sus sentimientos bajo una máscara de absoluta tranquilidad -¿Todo bien?
Adrien y Josh intercambiaron una mirada. El niño rubio se enderezó y, sin decir nada, salió de la habitación, dejando a su amigo solo frente al peligro. Severus tuvo la sensación de que todos aquellos movimientos estaban perfectamente estudiados, y no pudo evitar sonreír; los mocosos habían logrado confundirle y, de paso, asustarle. Cuando avanzó hacia la cama, sentándose al lado de su hijo, sabía perfectamente que esa tarde no habría abrazos ni saludos entusiasmados. Era evidente que Adrien no se iba a dar su brazo a torcer.
-Carole está preocupada por ti. ¿Qué te pasa?
Severus utilizó el tono más suave que fue capaz de encontrar. Pretendía sonar amigable y tranquilizador pero, a juzgar por el ceño fruncido del niño, no lo consiguió. Sin duda alguna, Adrien había heredado algo del carácter paterno (para desgracia de Snape, por supuesto)
-¿Te han hecho algo en el colegio? ¿Algún niño se ha metido contigo?
El hombre sabía, a ciencia cierta, que las respuestas a esas preguntas eran negativas. Se daba perfecta cuenta de que el problema de Adrien estaba relacionado con él y, mentalmente, intentó recordar algo que hubiera hecho que pudiera molestar a su hijo hasta el extremo de no dirigirle la palabra.
-Si no me dices qué te pasa, no podré ayudarte.
Severus pensaba que el niño permanecería obstinadamente callado pero, entonces, Adrien se incorporó, arrodillándose sobre la cama, y miró fijamente a su padre. Era una mirada que incitaba a ser completamente sincero, una mirada que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era.
-El tío Jerry ha venido a verme al cole.
No hicieron falta más palabra para que Severus tomara conciencia de lo que ocurría. Sus músculos se tensaron un momento, mientras enfrentaba el reproche en los ojos infantiles, y su cerebro se quedó en blanco. Durante el tiempo transcurrido desde que Jerry Bellefort irrumpiera en su casa, marchándose tan deprisa como había llegado, Severus se había planteado la posibilidad de hablarle sobre él a Adrien; sin embargo, tras llegar a la conclusión de que eso sólo podría hacerle daño al niño, optó por guardar silencio, convencido de que Bellefort no regresaría a sus vidas nunca más. Ese día, el destino le demostraba lo equivocado que había estado todo el tiempo; después de todo, nunca debió dar por hecho que la actitud de Jerry Bellefort rozaría la indiferencia y, ahora, tenía un pequeño problema por resolver con Adrien.
-¿Por qué no me dijiste que él era el señor que nos llevó las fotos de mamá? –Inquirió el pequeño. Severus no movió un solo músculo de su casa, mientras sopesaba todas las respuestas posibles. Podría mentir, pero no quería hacerlo; desde un principio, se había propuesto ser completamente sincero con Adrien. Si había conseguido tratar abiertamente el tema de los mortífagos, aquel asunto no debía suponerle ninguna dificultad.
-¿Te ha dicho algo el tío Jerry? –Severus no respondió directamente a la pregunta. Pretendía sopesar la situación, para saber cuál de sus argumentos debía utilizar. Conocer la actitud de Bellefort le parecía importante.
-Sólo que era hermano de mi mamá –Adrien apretó los puñitos. No se había dado cuenta de la maniobra de su padre y, en ese momento, sólo quería respuestas. Estaba enfadado con Severus porque se sentía engañado; él, que tanto insistía en que no era bueno decir mentiras, le había contado un montón a él, sin reconocer que Jerry era su tío y sin hablarle de él todo ese tiempo –Después, la señorita Stiller nos llamó y no pudo decirme nada más.
Severus permaneció en silencio un momento, sopesando esas palabras. El hecho de que Bellefort no hubiera hablado con el niño, le daba cierta libertad de acción. Así pues, suspiró profundamente y cogió a Adrien entre sus brazos, ignorando las protestas del menor.
-Debí decirte quién era, tienes razón –Dijo con suavidad, sintiendo cómo Adrien dejaba de retorcerse para prestarle más atención –Es el hermano de tu mamá y tienes derecho a estar con él, pero cuando vino a casa, no estaba muy seguro de qué era lo que él quería hacer. –Severus miró a Adrien. El niño tenía los ojos entornados, mientras le escuchaba sin casi respirar –Muchas veces me has dicho que tu mamá y tu tío no se llevaban bien. Yo no sabía si él quería verte o no; me pareció que sólo vino a casa a traer las cosas de tu mamá, y yo no quería que tú lo pasaras mal si no volvías a verle. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, Adrien?
Adrien afirmó con la cabeza. Severus supuso que le había convencido, pues el niño se abrazó a él con fuerza, y dejó escapar un par de lagrimitas. Desde que viera a su tío, había estado terriblemente angustiado (aunque no sabía muy bien por qué) y, en ese momento, sentía que podía desahogarse con total libertad.
-Vamos a hacer una cosa, Adrien –Severus alzó al niño, para volver a mirarle a la cara –Me voy a encargar personalmente de encontrar a tu tío. Voy a hablar con él y le invitaré a venir a casa para que te conozca. ¿Qué te parece?
-Yo... No sé... Me gustaría... –Adrien carraspeó, sintiéndose un poco nervioso de repente –Él conocía a mi mamá. Podría contarme muchas cosas de ella y... Mi mamá quería que estuviésemos juntos... Ella quería mucho al tío Jerry... A ella le hubiera gustado.
-En ese caso, hablaré con él –Severus se levantó, con el niño en brazos, y se dirigió a la salida de la habitación –Y, ahora, será mejor que tranquilicemos a Carole y a Josh... –Severus alzó una ceja antes de hablar- ¿Tu amigo estaba enfadado conmigo?
-Un poco... –Adrien soltó aire y, seguidamente, sonrió –Pero se le pasará pronto.
Severus agitó la cabeza. No dudaba que Josh, en cuanto viera a su amigo mucho más hermano, dejaría de mirarlo como si le deseara una muerte lenta y dolorosa. No, lo que preocupaba a Severus en ese momento, era Carole Allerton. Y no por lo que había pasado con Adrien, precisamente.
Las imágenes de su cita forzada del viernes anterior, acudían a su mente de una forma un tanto recurrente. Severus había acudido a esa casa algo nervioso, sin saber muy bien cómo afrontar su reencuentro con Carole después del casi beso, pero el estado de Adrien le había alejado momentáneamente de sus preocupaciones. No obstante, ahora que las cosas estaban medianamente solucionadas, debía enfrentarse a su niñera de forma directa; quizá, debido a la presencia de los niños, pudieran obviar el tema por esa tarde, pero en algún momento tendrían que hablar. Y Severus debía aclarar sus ideas antes de hacerlo; seguía sin tener intención de iniciar una relación seria con nadie, pero Carole le gustaba. Aunque se esforzara, ya no podía negarse a sí mismo que la mujer le parecía atractiva; era guapa, inteligente y, hasta cierto punto, divertida, si se olvidaba del desastre que era su vida, y se dejaba llevar. Severus había descubierto durante su cena con ella, que le agradaba su compañía. Compartía con ella el gusto por las pociones (de forma indirecta, claro), algo que no había podido hacer con nadie jamás. Adrien se llevaba muy bien con ella, hasta el punto que la quería como madre. Sin duda, Carole Allerton era un buen partido; realmente, Severus no sabía lo que quería y, por ello, deseaba retrasar la conversación todo el tiempo que le fuera posible.
Cuando regresó a la sala de estar con Adrien, Carole y Josh estaban sentados en el sofá, viendo la televisión y comiéndose unas galletas de chocolate. De forma inmediata, se acercaron a ellos, como si pretendieran asegurarse de que todo iba bien; se relajaron cuando comprobaron que así era e, incluso, la mujer le dedicó a Adrien una dulce y esplendorosa sonrisa. Josh, un poco menos enfurruñado, captó el gesto tranquilizador de su amigo, y dejó de fruncir el ceño cada vez que miraba a Severus.
-Parece que todo está bien –Comentó Carole, colocando sus manos sobre los hombros de Josh -¿Estás mejor, Adrien?
-Sí –El niño afirmó efusivamente con la cabeza –Papá ha prometido que va a hablar con mi tío Jerry. A lo mejor, lo conozco y todo.
-¿Tu tío Jerry? –Carole alzó una ceja, sin comprender lo que el pequeño quería decir. Buscó la ayuda de Severus, que dejó al niño en el suelo, y le cogió una mano.
-Jerry es el tío de Adrien –Explicó con total naturalidad –Mariah era su hermana y sería conveniente que Adrien tuviera ocasión de estar con él. Después de todo, es la única familia que le queda.
Los dos Snape intercambiaron una mirada repleta de complicidad. Carole cabeceó, más consciente que nunca de lo importante que fue Mariah Bellefort en la vida de esas dos personas, y lamentó que a Josh no le quedara nadie más que ella. Desde que sus padres murieran, estaban los dos solos, puesto que ni el padre del niño, ni su familia, tenían el menor interés por tratar con ellos.
-Me alegro mucho, Adrien –Dijo la mujer, sin perder la sonrisa en ningún momento.
-A mi mamá le hubiera gustado que conociera a mi tío –Explicó Adrien, creyendo que ese era un dato muy importante –Tal vez, nos hagamos buenos amigos y todo.
-Habrá que esperar un poco para eso –Severus agarró el abrigo de Adrien. Había captado algo extraño en la mirada de Carole, como si la mujer estuviera a punto de mandar a los niños a la habitación, para quedarse a solas con él, y no podía permitirlo. Sin duda, pretendía hablar sobre eso, pero Snape no iba a permitirlo. No aún –Creo que nosotros nos marchamos ya. Tenemos algunas cosas que hacer y...
-¡Oh, claro! Pero antes –Y la mano de Carole se depositó suavemente en el brazo de Snape, que se puso rígido. Era la primera vez que ella lo tocaba de esa forma. Era tan... Tan raro –Tenemos que hablar.
Una palabra malsonante reverberó en la cabeza de Severus. Había hecho lo posible por evitar esa situación, pero Carole no le dejaba marchar, y los mocosos... ¿Dónde se habían metido los malditos mocosos? El sonido de una puerta cerrándose estrepitosamente, respondió a su pregunta, y Severus soltó un bufido y se pasó una mano por el cabello. Quizá, debería decir algo, pero encontraba más prudente quedarse callado; no tenía necesidad alguna de nada inapropiado, así que era mejor que Carole tomara las riendas de la situación. Después de todo, él siempre había sido muy bueno escuchando a los demás (y, de paso, deduciendo sus intenciones a través de los gestos y miradas), y esa capacidad no le vendría mal en un momento tan delicado como aquel.
-Se trata de la fiesta de Halloween de los niños –Explicó Carole, que se movía inquieta por la habitación, fingiendo recoger los (ausentes) juguetes de su hijo. Severus liberó el aire de los pulmones tras escuchar aquello, sintiéndose un poco estúpido y fuera de lugar –Después de su pequeña excursión con el señor Dumbledore, han decidido de qué se van a disfrazar.
-¿En serio? –La voz de Severus sonó tensa. Aquello le había pillado desprevenido (de hecho, se imaginaba algo mucho peor) y no sabía cómo debía actuar. Por un momento, echó de menos el hechizo deshinibidor de Albus, o algo más de talento para tratar con las mujeres. Exceptuando a Mariah, nunca había sabido comportarse con normalidad ante una mujer que le atrajera; aunque, claro, no es que él se hubiera sentido atraído por muchas mujeres a lo largo de su vida. Agitó la cabeza, alejando esos pensamientos poco halagüeños de su mente, y se esforzó por escuchar a Carole sin parecer... Un chiquillo de quince años. Sí, esa era una buena comparación.
-Se han vuelto unos fanáticos de una película de dibujos animados –Explicó Carole, sin detener su (inexistente) recogida de juguetes- Toy Story... Tienen algunas teorías bastante interesantes sobre el comportamiento del Señor Patata, todas ellas inspiradas por el señor Dumbledore –Severus alzó una ceja y Carole, que había hablado más para sí, que para su audiencia, parpadeó un par de veces antes de seguir hablando –La cuestión es, que quieren ir vestidos como los protagonistas de la película, y he visto unos disfraces muy logrados en una tienda que está cerca de aquí. Si no le importa, los alquilaré y...
-¡Oh, claro, claro! –Severus sonrió. Por el momento, le parecía que no hablarían sobre eso, así que se permitió el lujo de respirar tranquilo –Si me hiciera el favor yo... No he visto la película, pero está bien. La verdad es que no he podido dedicar mucho tiempo a preparar la fiesta de Halloween y, si ya tiene su disfraz...
-Entonces, yo me hago cargo de todo –Carole sonrió, agachándose tras el sillón un momento. Cuando se levantó, tenía una hoja con un dibujo en la mano; a Severus le pareció que estaba más pálida que un segundo antes y, por instinto, se dispuso a llamar a Adrien para salir de allí. Pero, desgraciadamente, la mujer volvió a interrumpirlo –Lo que pasó la otra noche... –Severus tragó saliva, poniéndose pálido él también –Yo no acostumbro a... No sé qué me ocurrió, pero...
-No... No importa –Severus intentó sonreír. Fracasó, y su gesto resultó un tanto intimidante. Lo suficiente, para que Carole agachara la mirada; quizá, lo había interpretado de forma negativa –Nos dejamos llevar por el ambiente –Y, llegado a ese punto, esbozó una sonrisa irónica –Afortunadamente, no pasó nada.
-Sí... Afortunadamente.
¿Eso había sido decepción? Severus observó a su acompañante un momento, vislumbrando un deje de amargura en su mirada, y carraspeó. Tenía la sensación de que acababa de decir algo inadecuado, pero no sabía muy bien qué. Nunca había conseguido entender a las mujeres; uno se esforzaba por hacer lo que a ellas debía parecerles bien, y siempre terminaban quejándose, o con cara de disgusto. Como Carole, en ese momento. ¿Qué se suponía que debía haberlo dicho? ¿Qué no se arrepentía de lo que pasó? ¿Qué le hubiera gustado que los niños entraran cinco minutos después, cuando ya hubieran consumado el beso?
Un momento. ¿Le hubiera gustado que...? ¡No! ¿Qué tontería era esa? Claro que no le hubiera gustado... ¿O sí? Toda aquella confusión le ponía nervioso y, en ese instante, Severus sólo quería agarrar a Adrien y largarse del piso en lo que dura un parpadeo.
-Espero que eso no interfiera en nuestra relación laboral –Añadió Carole y, en esa ocasión, sonó algo más dura –No era mi intención ofenderte y te aseguro que no volverá a ocurrir.
-Bien, entonces –Severus inclinó la cabeza. No se había dado cuenta de que, en todo ese tiempo, había tenido el abrigo de Adrien entre sus dedos. Ahora, lucía totalmente arrugado, testigo directo de los nervios del estoico profesor –En lo que a mí respecta, no hay ningún problema. Estoy satisfecho con la forma en que cuidas a Adrien, y el niño también está contento, así que eso no será más que una anécdota. De la que, por cierto, nos reiremos en un futuro no muy lejano.
-Sí, claro.
Otra vez la decepción. Severus quiso acercarse a ella un poco más, preguntándose si, quizás, eso era lo que ella quería, pero no lo hizo. Fue de nuevo hacia la habitación de Josh, la abrió sin llamar y descubrió a los críos saltando en la cama, sonrientes y charlando sobre la fiesta de Halloween. Ya se habían olvidado de sus preocupaciones y, cuando Josh miró a Snape, no parecía ni enfurruñado, ni enfadado.
-Nos vamos a casa, Adrien –Dijo el hombre, aliviado ante la premura del pequeño por obedecerle –Carole ya me ha dicho que tenéis vuestros disfraces. Creo que estaréis muy bien... Los dos.
-Sí, señor Snape –Josh se acercó al hombre y se despidió de Adrien.
Minutos después, padre e hijo aparecían en el comedor de su casa. Severus tenía la sensación de que los problemas se le multiplicaban por segundos, lo cual se tradujo en un mal humor que Adrien no acertó a comprender. Se pasó un par de horas gruñendo, trabajó en su investigación sobre la Poción Matalobos y descubrió un componente en el veneno de la plante carnívora que atacó a Longbottom, que podría serle de utilidad en el futuro. Cuando se fue a la cama, necesitó de una Poción para Dormir Sin Soñar; hacía años que no utilizaba ninguna, pero esa noche necesitaba olvidarse de algo que no le permitía descansar: el rostro decepcionado de Carole Allerton.
Hola a todo el mundo. Hacía un montón de tiempo que no dejaba un comentario en este fic, pero ahora toca, jeje. En primer lugar, muchas gracias a todos por seguir la historia; me alegra que dediquéis un poco de vuestro tiempo a echarle un vistazo a todos los capis y, en especial, a aquellos que habéis empezado a leer el fic ahora, que ya está tan avanzado. Hace falta mucho valor para leer treinta y tres capis de un tirón, así que enhorabuena por el valor. Espero que sigáis leyendo, después de las molestias.
En segundo lugar, y siguiendo lo dicho anteriormente, lamento mucho no haber podido responder a todos vuestros comentarios. Últimamente no tengo mucho tiempo, pero quiero que sepáis que los leo todos y, una vez más, os agradezco que os toméis la molestia de dejarme un review. Procuraré responder algunos, aunque no prometo nada. Espero que no os molestéis, pero cuando no se puede... No se puede ;)
En tercer lugar, voy a colgar el capítulo sin betear. Quiero que sea una especie de regalo navideño, pero como no sé si lo podré colgar mañana o el día de Navidad (tengo que inflarme a comer con mi familia y coger unos cuantos "pedos" de campeonato, entendedme) he decidido colgarlo esta noche. Disculpad los errores; he leído el capi un par de veces (eliminando, de paso, un par de "haverrazihones"), pero lo editaré en cuanto lo tenga corregido.
En cuarto lugar, explicar el tema de "Toy Story". Si las fechas no me fallan, estamos alrededor del año 98 y, fue por ahí, cuando se estrenó la peli (¿o fue en el 97?) Debo decir que la peli me gusta y a los niños también, jeje. Podría haber tomado cualquier película de ahora, pero hay que ser fiel a las fechas. ¿No? Bueno, a lo que iba; espero que no os hayáis perdido con los nombres y tal. Tampoco es que sea muy importante.
En quinto lugar, el tío Jerry... Será un personaje importante en el fic, por dos razones que no voy a explicar ahora. Tengo su historia muy clarita en mi cabeza, aunque no sé si llegaré a explicarla detalladamente. No obstante, una pequeña parte sí aparecerá en el futuro, y tendrá que ver con el parecido de Adrien con su hermano menor muerto, ese que se ahogó en Francia, no sé si os acordaréis. Bueno, mejor no digo nada más sobre él, que voy a terminar metiendo la pata.
En sexto lugar... No hay sexto lugar. Creo que la nota de autor está quedando bastante extensa. No recuerdo ninguna aclaración más que quisiera hacer... ¡Ah, sí! Una cosilla para Ireth... Creo que tu bola sigue funcionando muy bien. O eso, o ya empiezas a verme el plumero, jeje. En tal caso, enhorabuena por tus "dotes adivinatorias" A ver si saber qué pinta el tío Jerry en todo esto, jeje.
Bueno, me callo ya. Siento extenderme tanto, pero tenía muchas cosas que decir después de tanto tiempo. Espero que el capi os haya gustado. Anunciar que para el próximo (espero) tendremos la reunión de Severus con Jerry y, por supuesto, el día de Halloween, que será "especial"... Ejem, ejem... Algunos me habéis preguntado si Josh sería un mago. En un principio, la respuesta era negativa, pero por mi cabeza están pasando unas cosas que quedarán en el aire en el próximo capi. No acostumbro a cambiar el fic, pero quizá, pueda lograr cosas interesantes en ese aspecto.
Nada más. Un besazo para todos y hasta pronto
Cris Snape
