CAPÍTULO 35. Halloween I

Cabeza de Puerco no estaba demasiado frecuentado aquella tarde lluviosa del mes de octubre. Un hombre con dos grandes orejas y las manos totalmente cubiertas de pelo, dormitaba en un rincón, medio apoyado en la pared, mientras dos tipos de aspecto siniestro hablaban en susurros en el rincón opuesto, intercambiando una serie de productos que no parecían legales, precisamente.

Ojoloco Moody estaba junto a la ventana, recorriendo con su ojo mágico cada rincón de la taberna. Aberforh Dumbledore secaba unos vasos en la barra, al tiempo que vigilaba a los contrabandistas, y el tipo orejudo emitió un sonido ronquido, dejando que su cabeza cayera pesadamente hacia un lado. Alastor frunció el ceño, sin terminar de entender por qué él lo había citado en ese lugar. No es que tuviera nada en contra del local, pero si alguien los viera reunirse clandestinamente allí, no podría hacer otra cosa más que sospechar de sus intenciones.

En un momento determinado, la puerta de Cabeza de Puerco se abrió, dejando entrar el aire gélido del exterior. Moody se giró, distinguiendo la figura imponente de un hombre envuelto en una túnica negra, y se acercó a él, mientras éste se dirigía a la barra, y se bebía de un trago una copa de whisky de fuego.

-¿Tienes la información que te pedí?

Alastor se sentó a su lado, moviendo la cabeza afirmativamente. Dejó un trozo de pergamino sobre la mesa, y esperó a que su acompañante leyera lo que allí había escrito.

-¿Se ha dado cuenta de que lo estabas siguiendo?

Moody se removió, ligeramente incómodo. Aberforh Dumbledore los observaba detenidamente y, por un momento, pensó que alguien podría descubrir aquella reunión y...

-Claro que no –Espetó con brusquedad, alejando esos pensamientos de su mente, y optando por sentirse ofendido. Durante años, había sido el mejor auror del Ministerio de Magia; sabía perfectamente cómo realizar labores básicas de espionaje sin ser visto. Era un profesional y, en cierta forma, la duda de su acompañante, desmerecía su trabajo del pasado.

-Bien –El hombre cabeceó, ajustándose un poco más la túnica negra, y se levantó para marcharse –Muchas gracias por tu ayuda, Moody.

Alastor chasqueó la lengua. No dijo nada más, ni siquiera cuando el hombre se marchó. Permaneció unos segundos mirando la puerta, hasta que ésta se cerró por completo.

-Creo que a Albus le gustaría saber lo que acaba de ocurrir –La voz despreocupada de Aberforh llegó a sus oídos y, de forma brusca, lo sacó de su ensoñación. Moody se giró para mirar al tabernero y, entornando los ojos, procuró parecer amenazante.

-Espero que no vayas a decirle nada –Siseó, poniéndose en pie.

-¿Por qué? –El menor de los hermanos Dumbledore, alzó una ceja con suspicacia y esbozó una sonrisita divertida, muy parecida a la de Albus –No veo nada de raro en que dos miembros de la Orden se reúnan en mi local. Aunque no termino de entender a qué viene tanto secretismo. ¿Acaso, tenéis algo que ocultar?

Moody se tensó. No estaba muy seguro de qué responder a aquello, pero tenía la certeza de que no había hecho nada malo. Después de todo, si aquella cita tuvo lugar en la clandestinidad, fue por petición expresa del otro hombre. Al parecer, se traía entre manos un asunto de suma importancia, y no deseaba que el viejo Albus tomara lugar en ello. Moody no terminaba de entender por qué, pero había hecho lo que él le pidió. Después de todo, aquel asunto estaba relacionado con el mocoso Snape y, entre sus prioridades, estaba la protección del crío.

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La música clásica resonaba en la pequeña habitación de hotel, mientras un hombre planchaba unas camisas de hilo sobre la cama, y canturreaba las conocidas melodías de aquel CD de música. Echó un vistazo por la ventana, descubriendo que el día sería lluvioso otra vez, y soltó una sonora maldición cuando a su nariz llegó un ligero olor a ropa quemada. Con los ojos entornados, observó el tejido chamuscado, justo bajo el cuello de la prenda de vestir, y soltó la plancha con brusquedad, echando más de menos que nunca a la vieja Helen.

Ella era la mujer que se encargaba de los quehaceres domésticos en su apartamento de París, donde pasaba la mayor parte del tiempo atendiendo los negocios de su, ya inexistente, familia. La noche anterior, había tenido ocasión de hablar con Helen, que se mostró preocupada por su prolongada ausencia. Normalmente, Jerry Bellefort era un hombre que viajaba, más aún desde que se había asociado con aquellos empresarios de Londres; no obstante, solía pasar los fines de semana en Francia, intentando alejar su mente de los balances económicos y las subidas y bajadas de la Bolsa, para centrarse en él y en las cosas que le gustaba hacer. Relajarse en su cómodo sillón, aquel situado junto a la chimenea, mientras leía alguna novela policíaca y escuchaba música. Pasear por los Campos Elíseos, sin nada más que hacer que contemplar el paso de las estaciones a través de los árboles de aquella gran avenida. Acudir esporádicamente al teatro, si lograba conseguir alguna compañía femenina que le resultara agradable. Y, sobre todo, quedarse en la cama hasta tarde, sin hacer otra cosa que no fuera dormir.

Jerry había heredado la pereza de su padre. Recordaba que su hermano menor también había sido un vago redomado, aún cuando fuera un niño; Mariah, en cambio, era igual de enérgica que su madre, siempre llena de vida, dispuesta a contagiar a los demás su inagotable dinamismo.

Jerry no acostumbraba a pensar demasiado en el pasado. En ocasiones, le resultaba demasiado doloroso hacerlo. Aunque intentara evocar sólo los momentos alegres, a su mente siempre acudían aquellas trágicas imágenes que marcaron su vida para siempre... El hombre suspiró, sintiéndose molesto consigo mismo; otra vez, sin quererlo, había pensado en todo aquello y, otra vez, sentía aquel molesto nudo en la garganta.

Sus ojos se deslizaron hasta la maleta que descansaba en un rincón del dormitorio. Había preparado el equipaje unos días antes, dispuesto a abandonar aquella ciudad lo antes posible y, sin embargo, no pudo hacerlo. No, después de conocer, de forma oficial, al pequeño hijo de Mariah.

Era igual que su hermano... Jerry no podía quitarse esa idea de la cabeza. Cuando lo vio, por primera vez, en casa de ese tal Snape, le pareció haber regresado al pasado, cuando Adrien estaba vivo. El corazón le comenzó a latir desbocadamente, como si pretendiera salírsele del pecho, y su cabeza se vio inundada de recuerdos; logró dominar sus emociones haciendo un gran esfuerzo, pero no pudo acallar un extraño instinto que le impulsaba a mantenerse cerca del niño. Fue como si los lazos familiares existentes entre ellos, los ligaran con fuerza para siempre; hacía años que Jerry no sentía nada parecido. Quizá, veía en su sobrino una prolongación de su hermano, alguien con quien recuperar un pasado que, desgraciadamente, se truncó entre las saladas aguas de un mar azulado y cálido.

Jerry no podía regresar a casa. Todo estaba preparado para el viaje de regreso, menos él. Aún no alcanzaba a comprender los motivos que lo impulsaron a ir al colegio de aquel niño, pero desde que Adrien se había acercado a él, presentándose con una naturalidad innata, no se veía capaz de marcharse sin conocerlo un poco mejor. Lamentaba haber rechazado todas las invitaciones que Mariah le hizo en vida; de hecho, no se sentía especialmente orgulloso del comportamiento que tuvo hacia su hermana. Después de todo, ella no fue responsable de nada de lo que ocurrió en aquellos años; sólo era una niña, y Jerry recordaba perfectamente sus ojos llorosos cuando, el padre de ambos, los separó para siempre. En algún momento, Jerry llegó a culparla a ella por su soledad; no apreció los esfuerzos que Mariah hizo por recuperar su relación de hermanos. No estuvo con ella al final, cuando la joven necesitó de alguien que le ofreciera apoyo incondicional y, ahora, se arrepentía.

Desgraciadamente, el arrepentimiento ya no servía de nada; sin embargo, tal vez tuviera alguna oportunidad para enmendar sus errores. A través de Adrien.

Los pensamientos de Jerry se vieron interrumpidos por los vigorosos golpes que alguien daba contra la puerta de la habitación. Suponiendo que se trataba del servicio de habitaciones, desenchufó la plancha y acudió a abrir, sin molestarse en presentar su habitual aspecto de absoluta pulcritud; de hecho, esa mañana ni siquiera se había afeitado, y su pelo caía rebeldemente sobre su frente, cubriéndole una buena parte de los ojos. La vieja Helen solía decirle que estaba mucho más guapo cuando no se esforzaba por arreglarse; Jerry no terminaba de entender a qué se debían tantas confianzas.

Cuando el hombre abrió la puerta, descubrió que frente a él no había nadie perteneciente al personal del hotel. Un individuo vestido de negro le observaba con los ojos entornados, como si se estuviera preparando para pisotear a alguna clase de insecto particularmente desagradable. Jerry lo reconoció enseguida, sin poder evitar sentirse satisfecho por recibir aquella visita. Nunca se le había dado especialmente bien dar su brazo a torcer, así que, la presencia de ese hombre allí, sólo podía indicar que, después de todo, podría conocer con detalle a su sobrino.

Severus Snape centró toda su atención en Jerry. Alastor había hecho un gran trabajo al conseguirle la dirección de aquel hombre y, esa mañana, podría cumplir de una vez por todas, la promesa que le hizo a Adrien. Hablaría con Jerry Bellefort, se enteraría de sus intenciones y, después, se plantearía la posibilidad de permitirle mantener una relación con su hijo.

-Buenos días, señor Bellefort –Dijo con gravedad, entrando a la habitación sin esperar invitación. Vio al otro fruncir el ceño un momento, pero no le importó demasiado –No creo necesario seguir ninguna norma de comportamiento con usted, así que iré directo al asunto que me ha traído aquí. ¿Por qué ha irrumpido en la vida de MI hijo sin autorización?

Severus no había planteado la cuestión con la diplomacia que hubiera deseado. De hecho, había pasado un par de horas ensayando un discurso mucho más agradable, pero en cuanto llegó a aquel hotel, descubrió que había perdido toda su paciencia de repente. Lo único que le interesaba era aclararlo todo cuanto antes, regresar a su casa y saber si, Jerry, quería o no quería ejercer sus labores como tío de Adrien.

-¿Disculpe? –Jerry se cruzó de brazos. No estaba acostumbrado a que la gente le hablase con aquel tono y, a pesar de sus buenas intenciones, no pudo evitar enfadarse –No creo que usted pueda venir aquí y hablarme en ese tono...

-Puedo hacerlo, porque usted se ha dedicado a espiar a Adrien y no sé cuáles son sus intenciones con él.

Jerry puso los ojos en blanco. Otra vez, por segunda vez en muy pocos días, un hombre dudaba de sus intenciones, aunque en el caso de Severus, su preocupación era perfectamente comprensible. Posiblemente, si la situación fuera a la inversa, Jerry estaría actuando de la misma forma que ese otro hombre.

-Yo no estaba espiando a nadie y, por supuesto, no pretendo causarle daño alguno a su hijo –Bufó, consciente de que era conveniente tragarse una pequeña parte de su orgullo –Pasé casualmente cerca del colegio de Adrien, vi al niño y, simplemente, sentí curiosidad.

Severus alzó una ceja, como si aquellas palabras le parecieran una absoluta patraña. Sin embargo, no hizo ningún comentario malicioso; permaneció en silencio, creyendo conveniente que su acompañante agregara algo más, y sin dejar de mirarlo fijamente.

-En cierta ocasión, le dije que no deseaba conocer a Adrien y, sin embargo, las circunstancias me impulsaron a presentarme al niño –Jerry carraspeó. Debía reconocer que la presencia de aquel tipo era intimidante. Había algo extraño en él, que no sabía muy bien cómo definir, pero que no pasaba desapercibido –Si ha salido herido a raíz de nuestro encuentro, lo lamento. No era mi intención causarle daño alguno.

Eso era una disculpa. Severus tomó aire, meditando sobre aquellas últimas palabras, y relajó un poco su postura. Buscaba las palabras adecuadas para seguir hablando, aunque no le resultara difícil manejar un tema como ese. No obstante, merecía la pena el esfuerzo.

-Adrien está bien –Dijo, finalmente, respirando nuevamente –Tras su encuentro con usted, quedó un poco confundido, pero las cosas ya están aclaradas. En parte, al menos –Jerry lo miró interrogante, pero no dijo nada –Usted es el último vínculo que une a Adrien con su madre. Sé que el niño desea conocerle y, precisamente por eso, estoy aquí. Para saber qué piensa usted al respecto.

-¿Yo? No entiendo.

Severus soltó un bufido. Puso los ojos en blanco y apretó los puños, para, a continuación, continuar con la conversación.

-Considero importante que haya alguien en la vida de Adrien, que pueda hablarle de su madre. Lamentablemente, no son muchas las cosas que yo puedo contarle, pero en su caso es diferente –Hizo una pausa, comprobando que Jerry le prestaba atención –Usted es su tío, nadie puede negar eso. Tal vez, a usted no le interese conocer a Adrien. Quizá, a mí no me agrade la idea de que lo haga, pero creo que sería... beneficioso para él tenerle cerca –Severus agitó la cabeza, claramente incomodado por sus propias palabras. Lo que tenía que hacer uno por el bienestar de los hijos... –En resumidas cuentas, he venido aquí para saber si usted, señor Bellefort, está pensando en estrechar sus lazos familiares con Adrien o si, en cambio, el encuentro del otro día fue algo esporádico.

Severus suspiró. Al fin, había dicho lo que quería decir; le había costado más de lo que pensó en un principio, pero su misión estaba cumplida. Ahora, sólo cabía esperar la respuesta de Jerry, quien lo observaba detenidamente, asimilando aún todo lo dicho; sabía perfectamente qué era lo que quería hacer, pero tardó unos segundos en responder.

-Tal vez, podamos hacer un esfuerzo –Afirmó, escogiendo sus palabras con cuidado –Reconozco que tengo una buena impresión de... Adrien y, en cierta forma, lamento no haberlo conocido antes. Quizá, no sea un mal momento para hacerlo. Después de todo, él es el único familiar vivo que me queda.

Severus captó una nota de ligera amargura en su tono de voz. Los sentimientos del hombre se presentaban confusos, como si estuviera en mitad de una cruenta batalla interna; sus frases, parecían sacadas a la fuerza, como si estuviera haciendo un esfuerzo supremo por hablar. El brujo se preguntó a qué se debía tanta confusión, pero no se lo hizo saber a Jerry, por supuesto. En lugar de eso, dejó caer los brazos a lo largo de su cuerpo, mucho más tranquilo.

-En tal caso, deberíamos organizar una primera cita –Dijo, con gravedad. Parecían estar hablando de negocios, en lugar de un niño, y ese, aunque sonara extraño, no desagradaba a Jerry –Podríamos buscar un lugar neutral, como un parque o un centro comercial. Yo estaría presente, por supuesto, pero si todo sale bien, quizá podríais veros a solas. ¿Qué le parece?

-Bien. Como usted decida. –Jerry cabeceó, frunciendo el ceño levemente.

-¿Qué le parece el día de Halloween? Adrien pasará la tarde fuera del colegio y, tal vez, sea un buen momento para propiciar un acercamiento.

-Es una buena idea, señor Snape. Nos veremos en el parque cercano a la escuela, a primera hora de la tarde.

-Me alegra llegar a un acuerdo con usted –Severus se dirigió a la salida de la habitación aunque, antes de irse, sus facciones dibujaron una mueca casi demoníaca, antes de centrarse en el otro hombre -¡Oh! Si por algún motivo, hace daño a MI hijo, puedo asegurarle que se arrepentirá el resto de sus días –Jerry no pudo evitar temer la mirada fría de Snape –Hasta luego, señor Bellefort.

Severus inclinó educadamente la cabeza y, sin esperar a que el otro dijera nada, se fue dando un portazo. Jerry se quedó inmóvil, con la vista clavada en la puerta. Por alguna razón, sabía que aquel hombre era perfectamente capaz de cumplir con su última promesa y, ese hecho, le asustaba en cierta forma. Pero, lo que le parecía más importante en ese momento, era el hecho de poder conocer a Adrien. Una vez más, lamentó no haber escuchado las palabras de su hermana cuando lo instó a unirse de nuevo a la familia. Sin embargo, no pensaba cometer el mismo error y, aunque tuviera que soportar las altanerías de Severus Snape, lograría enmendar alguno de los errores cometidos en el pasado. Y, todos sus conocidos lo sabía, Jerry Bellefort siempre cumplía con sus objetivos.

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-¡Papi, papi! Mi sombrero. ¿Dónde está mi sombrero?

Severus retiró la mirada del pergamino que sostenía con delicadeza, centrándose en la figurita infantil de su hijo. Aquella mañana, debía decidir si atendía los asuntos de Hogwarts o los de Adrien, y no le estaba resultando demasiado fácil decidirlo. Tras enterarse de que, precisamente ese día, Severus debía examinar a sus alumnos de quinto curso de las Pociones, aprendidas desde que empezó el año escolar, Albus Dumbledore se había ofrecido personalmente para vigilar a la clase mientras realizaba su trabajo. El anciano mago pretendía, con ello, que Severus pudiera acudir a la fiesta de Halloween que habían preparado en el colegio de Adrien (y, de paso, atender ciertos asuntos privados), pero el profesor de Pociones se mostraba reticente; nunca, desde que había comenzado su carrera docente, había delegado sus funciones en ningún otro compañero. Le gustaba examinar a sus alumnos personalmente, para poder vigilarlos de cerca, y asegurarse de que no hacían trampa; no obstante, esa mañana, Snape se estaba planteando la posibilidad de no ir a Hogwarts.

La verdad, le resultaba mucho más atrayente la idea de estar con Adrien, observando como el niño se divertía con sus compañeros de colegio. Además, estaba todo aquel asunto de Jerry Bellefort y, por supuesto, Carole.

¡Otra vez! Severus soltó un bufido, sin saber por qué demonios tenía que pensar en esa mujer cada vez que se descuidaba. El asunto del casi beso, ya estaba aclarado (o, al menos, eso creía él), y el hombre ya se había hecho a la idea de que, nunca, tendría ninguna otra clase de relación con esa mujer que no fuera meramente laboral. Sin embargo, no podía quitársela de la cabeza; sus sueños comenzaban a ser peligrosamente incitantes, y tener que oír hablar a Adrien acerca de las maravillas que su niñera cocinaba, no le ayudaba demasiado. A él nunca le había pasado eso; nunca debió pasarle. Eso de dedicar los ratos libres a pensar en una persona en particular... A Severus Snape le daban escalofríos.

-¡Papi! –Adrien insistió, liberando a su padre de sus extraños pensamientos. El pequeño ya se había puesto su disfraz de vaquero y, en ese momento, apuntaba a Severus con una pistola de plástico. El hombre veía al niño raro, vestido de esa guisa; no obstante, era Halloween, por lo que no tenía nada que objetar -¡El sombrero!

-Está colgado en el perchero de la entrada –Explicó Severus, plegando el pergamino con cuidado. Había decidido tomarse el día libre y acompañar a Adrien a su fiesta. Quizá, no estuviera solo... ¡Otra vez, otra vez, otra vez! –Acuérdate de que lo dejamos allí anoche, para que no se arrugara –El hombre salió al recibidor y, con cuidado, cogió el sombrero de vaquero, y lo colocó sobre la cabeza de un sonriente Adrien -¿Ves? Eres muy impaciente, pequeño.

-¡Gracias, papi! –Adrien dio un botecito, enfundó su pistola, y subió corriendo las escaleras. Hacía algún tiempo que Severus había dejado de preguntarse ciertos comportamientos del niño; no merecía la pena desentrañarlos. Después de todos, aquella mente infantil le parecía un tanto complicada -¡Papi! ¿Te has disfrazado ya?

Adrien lo miraba desde la parte superior de la escalera, sonriendo con una picardía infantil que, sin duda, Albus le había inculcado sabiamente. Severus alzó una ceja, sin querer captar el significado de esa pregunta, y tuvo la sensación de que Adrien había ido hasta ese lugar, para estar relativamente lejos cuando planteara aquella cuestión.

-¿Disfrazarme? –Severus puso los brazos en jarra. El condenado chiquillo sonrió más ampliamente aún.

-Los papás de los otros niños se van a disfrazar –Explicó Adrien, como si hablara de algo realmente obvio –El papá de Nadia y Ruth irá de rey. Como ellas serán unas prinzecitaz –Le dio a aquella palabra un tono especial –Tú también tienes que ponerte un disfraz, papi –Severus fue a decir algo, pero Adrien le interrumpió. Parecía haber pasado mucho tiempo ensayando aquella escena –Había pensado que podrías disfrazarte de mago –Sugirió. Severus entornó los ojos, aunque la idea le parecía interesante (o, mejor dicho, aceptable) –Sólo tendrías que ponerte una túnica y, además, podrías llevar la varita y hacer algunos trucos para muggles. ¿No?

Y, el adorable bicho traicionero que era Adrien Bellefort-Snape, puso al descubierto todos sus dientecitos y pestañeó de esa forma tan cautivadora que, irremediablemente, reblandecía el corazón paterno.

-¿Te disfrazarás? –Adrien se atrevió a bajar un par de escalones, poniendo su mejor cara de angelito –Todos los demás papás se disfrazarán. Si tú no lo haces, los niños se reirán de mí...

¿Eso era chantaje emocional? Severus soltó un bufido, intentando averiguar el nombre de la persona que le había enseñado aquel nuevo método de seducción, y no pudo resistirse a cumplir con los deseos de Adrien. Después de todo. ¿Qué trabajo le costaba ponerse una túnica y fingir ser un mago?

-Está bien. Me disfrazaré y llevaré mi varita.

-¡Bien!

Adrien bajó las escaleras corriendo, hasta que estuvo lo suficientemente cerca de Severus, como para saltar a sus brazos. Se aferró a su cuello, le dio un par de besos, y fue hasta la puerta de entrada para esperar a Carole y Josh. En cuanto viera a su amigo, y se asegurara de que su mamá se había vestido de bruja también, sabrían si el nuevo plan había funcionado.

La idea surgió el lunes siguiente de la famosa cita y el casi beso. Los niños tenían la certeza de que la relación entre sus padres se iba asentando poco a poco, pero estaban seguros de que necesitaban unos cuantos empujones más. Sobre todo Severus, que parecía no tener ni idea de cómo cumplir con su parte del trabajo; era del todo incapaz de cortejar a una dama (tal y como hacían en las películas románticas), y los dos niños consideraban que él, más que un empujón, necesitaba que alguien lo arrojara de cabeza al precipicio. Y, si ese alguien debían ser ellos, lo serían totalmente encantados. Tanto Josh como Adrien, estaban seguros de que sus papás sabrían reconocer las señales que los incitaban a estar juntos; si los dos aparecían vestidos de magos, significaría que existía algún vínculo especial entre ambos y, tal vez, se decidieran a estrecharlo de una vez.

-¿Iremos después a Hogwarts?

-Lo intentaremos, al menos –Severus, que ya se había cambiado de ropa, guardó su varita en la túnica negra. En cierta forma, se sentía extraño por la situación; podría mostrarse como un mago ante los muggles, y nadie notaría nada extraño en él. Los milagros del día de Halloween...

-El abuelo dijo que había muchos dulces. Tal vez, podamos traerle algunos a Josh. Porque no se puede venir, ¿Verdad? Como es un muggle...

-No, Adrien, no puede venir, pero sí podemos traerle un buen puñado de chucherías –Severus miró al exterior, después de escuchar el motor de un coche –Vamos. Carole está aquí.

Efectivamente, Carole y Josh estaban allí. El niño salió corriendo del vehículo, ataviado con su trajecito de astronauta. Saludó a Severus de pasada y se acercó a su amigo; una serie de "wows", "qué chulo" y risotadas, salieron de las bocas infantiles, pero Snape no les escuchaba. Estaba demasiado ocupado mirando a Carole (aunque mantenía su característica expresión indiferente)

Llevaba puesta una túnica blanca, de largas y anchas mangas, y sujeta a la cintura mediante un cinto dorado. Se había dejado el pelo suelto, que era agitado por una suave brisa, haciéndola parecer algo etéreo (o, al menos, eso pensaba Severus). El contraste existente entre ambos adultos era más que evidente, y los niños se sintieron realmente contentos cuando, tras unos segundos, se dieron cuenta de que sus papás se miraban fijamente, sin llegar a abrir la boca. Josh y Adrien intercambiaron una sonrisa cómplice, y se marcharon al coche dando saltitos alegres. Al fin conseguirían salirse con la suya. Seguramente, cuando terminara el día, sus papás estarían enamorados; muy pronto se casarían, se irían a vivir todos juntos e, incluso, era posible que tuvieran unos cuantos hermanitos más. ¡Era genial!

Aunque, tal vez, los dos pequeños celestino estaban adelantándose a los acontecimientos. Después de unos momentos de embarazoso silencio, Severus reaccionó, recordándose a sí mismo que NO quería tener nada que ver con ninguna mujer. Ni siquiera con Carole, que carraspeó algo avergonzada, consciente de que se había puesto en evidencia ante un hombre que no quería ninguna clase de relación con ella.

-Vaya –Snape se colocó frente a la mujer, buscando algo que decir –Tal parece, que hemos escogido el mismo disfraz.

-Sí, bueno... Josh insistió en que me disfrazara de bruja...

De forma inmediata, Severus miró a los niños. Ambos estaban en el interior del vehículo, con sus naricitas pegadas al cristal, y sonriendo con satisfacción. Así que por eso Adrien había sugerido que se pusiera una de esas túnicas. ¡Malditos críos!

-Una curiosa coincidencia –Severus optó por no dar importancia al asunto, aunque tendría que hablar con Adrien. Realmente, estaba decidido a cumplir con las palabras que, una vez, le dijo a Longbottom en Hogwarts -¿Nos vamos?

-¡Sí, claro! –Carole dio un pequeño saltito. Aún estaba observando la ropa negra de aquel hombre. La verdad, no era precisamente guapo, pero había algo en él que le atraía, sobre todo cuando utilizaba ese disfraz. Era como si lo rodeara un aura de misterio que le despertaba una curiosidad arrebatadora.

Los adultos se acomodaron en los asientos delanteros del vehículo. Los condenados chiquillos parecían incitarles a hacer algo más que mirarse y dedicarse palabras educadas, aunque ellos no les prestaron demasiada atención. De hecho, se sintieron repentinamente incómodos; Severus estaba totalmente rígido, y Carole había subido tanto el volumen de la radio, que apenas podían hablar. Josh y Adrien seguían sonrientes; el abuelo Albus ya les había dicho que era normal que sus papás se comportaran como idiotas cuando estuvieran juntos. Eso hacían las personas cuando se gustaban y tenían miedo, así que ellos debían ayudarles y no preocuparse si pasaban un rato sin hablarse o sin mirarse. Pronto, muy pronto, se enamorarían.

-No sabía que los padres debíamos ir disfrazados –Severus subió la voz. Había que decir algo y, bueno, los niños no podrían darle demasiada conversación. Parecían demasiado ocupados urdiendo complicados planes para interferir en sus vidas, y volverlas del revés.

-¿Qué? –Carole casi gritó y, resignada, bajó el volumen –Perdón, no te oí.

-Decía, que no sabía que teníamos que disfrazarnos.

-No, yo tamp...

Adrien y Josh vieron dos pares de ojos entornados fijos en ellos. Antes de ponerse a reír a carcajadas, se encogieron de hombros y celebraron lo ocurrido. ¡Sus papás tendrían que pasar toda la mañana juntos!

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-Criajos del demonio –Gruñía Snape, mientras buscaba en su armario algo de ropa muggle que ponerse –Una buena tunda es lo que se merecen, por meterme en estos líos.

Carole le estaba esperando en la sala de estar. Después de dejar a los niños en la escuela y, de paso, descubrir que los padres no tenían que ponerse disfraz alguno, la mujer se ofreció a llevarlo de vuelta a casa para que se cambiara de ropa. Severus había pensado en aparecerse y lanzar un par de maldiciones en el sótano antes de volver al colegio, pero no pudo rechazar la oferta de la mujer. Después de todo, ella no debía saber que eso de vestirse con túnicas no era cosa del día de Halloween, únicamente. Carole se mostró amable, aunque le hiciera tan poca gracia como a él la bromita, y Severus regresó a casa con ella, ambos en silencio, pero mirándose de cuando en cuando. El hombre debía reconocer que no le desagradaba su compañía, pero de ahí a lo que los niños habían hecho, iba un largo camino.

-Tendremos que hablar muy seriamente con esos dos –Afirmó Severus con gravedad, una vez estuvo con Carole de nuevo.

-Son cosas de críos –Carole sonrió. Evidentemente, a ella se le había pasado el enfado con más rapidez y, en ese momento, sonreía indulgentemente –Les habrá parecido divertido gastarnos una broma. Después de todo, es Halloween.

-¡Oh, no! Esto es más que una broma –Severus se dejó caer en una silla. Carole no se había quitado aún su túnica blanca, y el hombre no podía quitarle los ojos de encima (con el consecuente enfado, por supuesto) –Esos dos mocosos se han propuesto que nos... –Carole giró la cabeza, para mirarlo de reojo. ¿Por qué rayos no dejaba de sonreír? –Tienen cuatro años, Carole, pero no me gusta lo que están tramando. Ellos quieren que...

-¿Nos enamoremos? –Carole completó la frase -¡Vamos, no me mires así! Paso la mitad del día con esos dos niños. ¿Crees que no me doy cuenta de lo que están intentando hacer? –Severus pareció sorprendido ante esa revelación. ¿Ella lo sabía y no...? –Son niños, Severus. Necesitan pasar su tiempo de forma original y, hasta el momento, no han causado ningún daño.

-¿Original? Se están entrometiendo en nuestras vidas. Ellos no pueden decidir algo así.

-Claro que no pueden, pero es divertido ver como lo intentan –Carole se echó el cabello hacia atrás. Severus dio un respingo. Gruñó internamente –No deberías preocuparte tanto. Aunque, es innegable, que lo de la cena les salió bien –Carole apenas musitó esas palabras. Snape alzó las cejas –Bueno, casi les salió bien, porque afortunadamente no pasó nada.

Severus tragó saliva. Había captado el tono ligeramente amargo, presente en aquellas últimas palabras, y se puso nervioso repentinamente. Sabía que tenía que decir algo respecto a ese asunto, pero no tenía ni idea de qué sería lo más correcto. Carole estaba herida por todo ese asunto, pero es que él NO quería una relación. No necesitaba complicarse la vida.

-Respecto a ese asunto –Musitó. Carole lo miró con creciente interés, y él se sintió como si lord Voldemort hubiera vuelto y estuviera a punto de castigarlo por su traición –Quizá, malinterpretaste mis palabras. Yo no quise decir que no me hubiera gustado bess...

Severus se quedó callado. Ahora, sí que estaba en un buen lío. ¿Cómo se suponía que debía terminar esa frase? Acababa de reconocer que le gustaría besar a esa mujer. ¡Por Merlín! Y él no quería ninguna relación con ella. ¿Qué demonios había hecho?

-Quería decir que las cosas se podrían haber complicado y, puesto que no pasó nada, no hay motivo para... –Severus carraspeó. Los ojos de Carole brillaron de forma especial y, al profesor de Pociones, le pareció que era una bruja por algo más que la ropa. Era como si lo estuviera hechizando, demonios –Yo no acostumbro a hablar sobre estas cosas. Reconozco que no tuve mucho tacto, pero no quise decir que no me guste... -¡Otra vez! Como no se callara, terminaría por hacerle alguna horrible proposición –Que no me guste tu compañía –Bien, Severus, bien –Es agradable hablar contigo y Adrien te aprecia y...

Severus retuvo el aire en los pulmones. Estaba seguro de que nadie (ni siquiera Sirius Black, que siempre fue un cretino redomado) hubiera sido capaz de decir tantas estupideces juntas y en tampoco tiempo. Sin embargo, Carole sonreía y, curiosamente, parecía casi aliviada. ¿Sería por algo que había dicho? ¡No! Seguramente, se estaba riendo de él. Sí, sería eso.

-Creo que, efectivamente, no hablas demasiado sobre esos temas –Carole agitó la cabeza –En cuanto a lo ocurrido, supongo que tienes razón. Un beso –Severus se estremeció al escuchar aquello... ¡Demonios! –Hubiera complicado todo. Tal vez, fuera mejor así, aunque no se puede descartar nada. ¿No te parece?

Vale. Ahora, Severus Snape se había puesto colorado y, una vez más, no supo que decir. ¡Maldita sea! Si en lugar de haberse dedicado a ser un espía, se hubiera pasado la vida en bares muggles, intentando ligar con mujeres, ahora no se estaría comportando como un imbécil. Además, con Mariah las cosas no le resultaron tan difíciles; aunque, claro, al principio, su relación con Mariah sólo estaba basada en el sexo... ¡Demonios!

-Será mejor que nos vayamos –Carole se dirigió a la puerta. Severus recuperó la compostura, pero permaneció en silencio. ¿Qué podría decir? ¡Rayos!

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El colegio estaba repleto de niños disfrazados, que correteaban por todos los rincones, riendo y celebrando el día de Halloween con toda la alegría que eran capaces de desplegar.

Adrien y Josh, que habían decidido quedarse en el patio hasta que sus padres regresaran, estaban un poco inquietos. A todo el mundo, sus disfraces les habían parecido geniales y eran muchos los que se habían acercado para felicitarles, incluso algunos chicos de los mayores. Aaron y sus amigos no parecían especialmente contentos; hacía un buen rato que los observaban con cara de malas pulgas, como si planearan hacerles algo terrible, pero los dos niños no prestaban atención. En ese momento, únicamente podían pensar en sus papás, y en las cosas que estarían haciendo.

-¿Crees que se habrán besado ya? –Adrien se mordió las uñas, sintiéndose un tanto nervioso –A lo mejor, ya se han enamorado y todo...

-Ojalá... –Josh suspiró –Están tardando mucho tiempo. ¿No?

-Sí, pero el abuelo dijo que teníamos que tener paciencia.

Los pequeños se quedaron callados. Tenían los ojos fijos en la calle, esperando ver llegar el coche de Carole, y se movían con impaciencia. A ninguno de los dos les gustaba tener que esperar, pero no les quedaba otro remedio.

-Josh, tengo que ir al baño –Adrien se mordió el labio. Realmente, no quería ir, pero ya no podía aguantar más. Los nervios lo estaban matando –Tú quédate aquí, por si vuelven.

El niño rubio afirmó con la cabeza y, de forma inmediata, se aferró a la verja. Adrien corrió hacia el interior del colegio, sin percatarse de que tres sombras amenazantes lo estaban persiguiendo.

Aaron y sus amigos no soportaban que esos dos les hubieran robado el protagonismo. Desde que empezó el colegio, los dos tontos se estaban dedicando a estropear todos sus planes y, aunque juntos eran casi invencibles, cuando estaban separados se volvían vulnerables. Por ese motivo, siguieron a Adrien; los dos cretinos merecían una lección y ese era el momento idóneo para dársela. A Josh no podían hacerle nada, porque se había quedado en el patio, donde estaban los chicos grandes, los maestros y los padres, pero a Adrien...

Se había metido en un servicio. Aaron y los otros dos entraron sin hacer ningún ruido, asegurándose de que no llegaba nadie más al baño; si alguien los descubría, se meterían en un buen lío. Si, al menos pudieran pegarle a Adrien antes, no les importaba, pero un fracaso sería terrible.

Al fin, el estúpido entrometido salió. Pareció asustarse levemente cuando vio a los tres mastodontes interrumpiéndole el paso, pero se recuperó inmediatamente e intentó pasar entre ellos sin decir nada. Evidentemente, Aaron no le dejó, poniéndole una mano en el pecho y empujándolo hacia atrás.

-Estoy harto de ti, idiota –Le espetó –Ahora, tendrás tu merecido.

Adrien sintió algo de miedo, aunque supo disimularlo muy bien. Entornó los ojos, mientras buscaba una forma de salir de aquel embrollo en el que se había metido. Eran tres contra uno y, aunque él fuera muy ágil y rápido, no sería fácil escapar del baño; podría deslizarse por debajo de los lavabos (saltar por encima estaba descartado) y correr todo lo que pudiera para llegar a la puerta. El problema, es que ninguno de sus tres enemigos se lo permitiría. Quizá, sería mejor intentar pelear, aunque llevara todas las de perder, y recibir una paliza con toda la dignidad que pudiera.

-¿Dónde está ahora tu hermanito? –Aaron se rió, mientras se acercaba a él y le cogía del cuello. Alzó el puño para golpearle. Adrien cerró los ojos, esperando el impacto, pero éste no llegó.

-¡Estoy aquí!

La voz de Josh sonó alta y clara. Adrien abrió los ojos; ahogó un gritito cuando vio a Aaron y sus amigos encaramados en la parte superior de los retretes, mirando hacia abajo claramente asustados. Josh parecía tan alucinado como él y, cuando Aaron empezó a llorar y a pedir ayuda para que alguien lo bajara, los dos chicos rieron por lo bajo. El tiro le había salido por la culata a aquel matón, y bien que se alegraban.

-Nuestros papás han llegado –Comentó Josh, sin darle importancia a lo ocurrido. Era como si aquella situación fuera de lo más normal y, aunque Adrien miró atrás un momento, pensando que eso podría tener algo que ver con la magia, decidió ignorar a sus enemigos. Después de todo, iban a pegarle.

-¿Le decimos a alguien donde están? –Preguntó Adrien, una vez fuera del baño, sorprendido por la actitud indiferente de Josh. No es que fuera muy normal ver a la gente flotar en el aire, así, sin más –Se podrían caer.

Josh miró atrás un momento. Un grupo de chicos grandes entraron en los lavabos en ese momento y, al parecer, encontraron divertida la situación de Aaron y los otros, a juzgar por sus risotadas.

-Creo que ellos se encargarán –El niño se encogió de hombros, instando a Adrien a salir –Ha sido alucinante ver volar a esos bobos. ¿A qué sí?

-Uhm... No los vi –Adrien estaba un poco dubitativo. Todo parecía indicar que había vuelto a utilizar su magia de forma involuntaria, aunque no podría decirlo abiertamente. A su padre no le gustaría –Pero. ¿Cómo?

-¿Qué más da? –Josh se encogió de hombros. Era agradable comprobar que no le daba importancia a lo extraño del asunto. Adrien se sintió aliviado, no podía negarlo. –Son imbéciles y se merecen lo que les ha pasado. Ojalá se quedaran ahí para siempre.

Adrien rió levemente. No es que encontrara aquella actitud de Josh demasiado positiva, pero tenía toda la razón. Aaron se merecía aquel castigo; tal vez, así, se le quitaran las ganas de pegar a sus compañeros de clase.

-Bueno. ¿Cómo están nuestros papás? ¿Les has notado algo raro?

-Uhm... Venían un poco serios. Me parece que estaban un poco enfadados.

-¡Oh! –Adrien bajó la cabeza. Así que el plan no había salido bien... Sólo esperaba que su papá no le castigara con demasiada severidad –El abuelo dijo que podrían enfadarse. Sobre todo mi papá, que tiene muy mal genio. A lo mejor, hasta nos castigan y todo.

-Sí, bueno –Josh sonrió, buscando el lado positivo a la situación que Adrien planteaba –Pero, si al final se enamoran. ¿Qué más da que nos castiguen?

Adrien no pudo estar más de acuerdo con esa afirmación. Después de todo, el fin justificaba los medios y, si para conseguir que su papá y Carole estuvieran juntos, tenía que soportar tardes y tardes mirando la pared, sin poder jugar o tomar la merienda, lo haría. Siempre había sido un chico valiente y, contar con el apoyo de Josh y del abuelo Albus, le daba más fuerzas aún.

Cuando regresaron al patio, enseguida vieron a Carole y Severus, que los estaban buscando con la mirada. Venían vestidos con ropa normal y, a pesar de que al brujo se le veía bastante mosqueado, Carole les sonrió con calidez, como si no hubiera ocurrido nada. Los niños se acercaron a ellos con timidez, esperando alguna regañina o algo parecido.

-Así que los padres teníamos que disfrazarnos –La mujer acababa de encararlos, con los brazos en jarra. Sabía que Snape podría estallar de un momento a otro, puesto que aún seguía estúpidamente enfadado, y decidió tomar ella las riendas de la situación -¿Os ha parecido divertido engañarnos?

Josh y Adrien intercambiaron una mirada. No sabían muy bien a qué atenerse y ninguno se atrevía a hablar. Finalmente, el rubio se decidió, puesto que Carole era su madre.

-No, mami. No ha sido divertido –Dijo. Estaba mintiendo descaradamente, y Carole entornó los ojos –Creímos que os gustaría disfrazaros de magos a los dos, que os lo pasaríais bien y...

-Os haríais amigos –Adrien completó la frase. El condenado mocoso miraba a su padre como si pretendiera retarlo. ¿Qué demonios quería? –Josh y yo somos muy amigos, pero vosotros, no. Y eso no nos gusta.

-Eso, eso –Josh sonrió. Adrien tenía imaginación para esas cosas, debía reconocerlo.

-¿Qué fuésemos amigos? –Siseó Snape, mirando fijamente a Adrien y Josh, con esa mirada fría destinada a sus alumnos. Quería asustarles, intimidarles, arrancarles la verdad sin necesidad de amenazas. Y los malditos mocosos permanecieron indiferentes, como si estuvieran viendo a los osos pandas del zoológico. ¿Estaría perdiendo Severus Snape facultades?

-Sí, papi. Amigos –Adrien dio un botecito, consciente de que esa conversación debía acabar cuanto antes -¡Nos vamos a jugar!

Y los críos se marcharon dando saltitos. Al parecer, se habían salido con la suya, y a Carole parecía no importarle. ¿Sería demasiado inmaduro seguir dándole vueltas al asunto? Severus suponía que sí, así que decidió que, lo mejor en ese caso, era dar el tema por zanjado.

El hombre miró a su acompañante. La mujer había empezado a prestarle atención a los otros niños, sonriendo ante sus pintorescos disfraces, cuando Severus fue a decirle algo. Sin embargo, las palabras no salieron de su boca, cuando escuchó la voz preocupada de uno de los profesores.

-Tres niños de preescolar –Decía, mientras arrastraba a Patricia Stiller hacia el interior del edificio –No sé como se las habrán arreglado para subirse allí, pero están muy asustados y no dejan de llamar a sus madres.

Severus frunció el ceño. Había algo extraño en esas palabras. Podría estar perfectamente relacionado con la magia, y tuvo la tentación de ir a investigar, pero Carole lo detuvo.

-¡Qué ocurrencias tienen los niños! –Dijo, sonriendo abiertamente. Severus se sintió raro otra vez, y ya estaba harto. Le pasaba cada vez que la miraba o hablaba con ella. ¡Demonios! –Aunque, debemos reconocer, que son buenos mentirosos. No puedo decir que eso sea bueno, pero tienen talento.

-Definitivamente, Carole, tener talento para mentir no puede ser nada bueno –Bufó, localizando a Adrien en los columpios, rodeado por sus compañeros de curso. Todos reían ante el discurso de su hijo y de Josh, y Severus tuvo la certeza de que les estaba hablando sobre los niños del cuarto de baño –Aunque estoy de acuerdo contigo en que no debemos prestarles mucha atención. Dejemos que se diviertan. De todas formas, no van a conseguir nada.

Severus sintió cómo era fulminado por aquellos ojos que, minutos antes, lo estaban hechizando. Cuando Carole se dio media vuelta y se alejó de su lado, sin decir una palabra, supo que había vuelto a meter la pata y se maldijo. Pero, ¿Por qué maldecirse, si él NO quería tener una relación con esa mujer? ¿O sí quería...? ¡Bah! No pensaría en ello, o tendría dolor de cabeza durante todo el día.

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Hola a todo el mundo. Bueno, he tenido que dividir el capítulo de Halloween en dos partes, puesto que me había quedado bastante largo. En esta primera, tenemos casi todo lo que ocurre fuera de Hogwarts, la reunión de Jerry y Severus, y la escena del baño, que me abre las puertas para introducir a Josh en el mundo de la magia. Debo decir que aún no he tomado una decisión firme respecto a eso. He estado barajando todas las posibilidades durante los últimos días y, aunque el desarrollo de la historia se presta a que el niño pueda ser mago, todavía no lo tengo demasiado claro. No me gusta cambiar las cosas, aunque la adaptación a esas circunstancias no sería complicada de hacer. Bueno, bueno, para el siguiente capítulo ya tendré algo decidido y os lo haré saber; muchas gracias a todos los que habéis opinado al respecto. La idea resulta demasiado tentadora para obviarla y, durante mis reflexiones, hasta he encontrado una casa para Josh. ¿Cuál será, ejem, ejem?

También quería comentar la actitud de Severus en el terreno amoroso. Creo que este hombre no tiene demasiada experiencia en esas lides y, por ese motivo, lo he hecho un poco torpe y metepatas, aunque intento que siga siendo Snape. Es bastante bruto, nunca sabe lo que tiene que decir y, aunque Carole se lo está poniendo en bandeja, el tío no parece darse cuenta de nada. Supongo que, tal y como piensan los pequeños, alguien tiene que tirarlo de cabeza al precipicio, aunque no diré a quién le tocará, jeje.

Por lo demás, en el próximo capi veremos el primer encuentro de verdad entre Jerry y Adrien, y viajaremos a Hogwarts para ver cómo pasan los chicos el día de Halloween. Draco y Harry cumplen castigo en las cocinas, ejem, ejem. No se me había olvidado, que conste. Adrien volverá a comer golosinas, y fascinará a todos con su traje de vaquero ¡Yeeeaaahhh!

Nada más. Muchas gracias a todos los que leéis la historia, a las nuevas incorporaciones y a los que me dejáis comentarios. Poco a poco, el final se acerca, así que pondré todo de mi parte para responder a los reviews que me vayáis dejando (si mi conexión me lo permite, claro)

También quiero dedicar este capi a Misi y Fran. Se os echará de menos y, si existe un más allá, que seáis muy felices. Hasta siempre..

Un beso para todos.

¡Oh, y feliz Año Nuevo!

Cris Snape