CAPÍTULO 36. Halloween II
Jerry Bellefort observaba a los niños, tensamente sentado en uno de los bancos del parque. A unos pocos metros de distancia, patéticamente ocultos detrás de unos arbustos, dos tipos de aspecto curioso parecían vigilar a alguien, mientras susurraban palabras ininteligibles. Últimamente, Jerry había tenido un par de encuentros con tipos de lo más extraños; empezaba a pensar que había una reunión de locos excéntricos en la ciudad, aunque debía reconocer que había visto cosas peores. Como aquella ocasión en la que un anciano vestido con un ajustadísimo traje azul, había intentado saltar de la azotea de su edificio, afirmando que era Superman. O como cuando el centro de París se llenó de individuos con túnica y sombreros, que celebraban la victoria de la (y a Jerry le resultó muy extraño) Selección Francesa en el Campeonato Europeo de Quidditch. A Jerry, todas aquellas personas le parecían locos, pero no les prestaba demasiada atención; de hecho, estaba demasiado ocupado manejando sus negocios y su (escasa) vida social, como para preocuparse por los comportamientos extraños del resto de la humanidad.
No obstante, debía reconocer que esos dos hombres le intrigaban. Recordaba perfectamente que uno de ellos le había sometido a una especie de interrogatorio unos días atrás, cuando se animó a acercarse a Adrien por primera vez. De hecho, desde aquel encuentro, Jerry había pasado unos días sintiendo que alguien le estaba siguiendo; fue una mera sensación, pero había llegado a incomodarle bastante.
Jerry miró de reojo a los hombres misteriosos. Estaba seguro de que, si los niños no hubieran empezado a salir del colegio, llenando los alrededores con sus voces infantiles, hubiera podido escuchar lo que esos tipos tenían que decir. Había captado un par de "mocosos", y un nombre que sonaba algo parecido a "Malfoy", pero le fue del todo imposible hilvanar dos frases seguidas. Jerry nunca había sido una persona especialmente cotilla, o al menos, eso decía él. Lo que le ocurría, tenía un nombre diferente: solía sentir curiosidad. Quizá, nunca fuera a reconocerlo abiertamente, puesto que no era propio de caballeros vivir al tanto de los chismorreos de la gente, pero siempre le había gustado conocer con detalle todo aquello que le rodeaba. Le había pasado desde niño y, al hacerse mayor, utilizó dicha curiosidad en beneficio propio. Le había resultado bastante útil a la hora de manejar su dinero, y esperaba que en el futuro, las cosas siguieran yéndole bien por ese camino.
Jerry hubiera dedicado unos minutos más a intentar espiar a los que, sin duda, lo estaban espiando a él, pero acababa de reconocer la figura imponente de Severus Snape. Hablaba con una mujer rubia a la salida del colegio, mientras Adrien y otro niño jugaban a su alrededor. Jerry miró a su sobrino de forma inmediata. Sintió un pequeño estremecimiento, y se puso en pie, curiosamente ansioso por tenerlo delante. Ese niño era el hijo de Mariah, y se parecía tanto a su hermano... El hombre agitó la cabeza, ahuyentando los malos recuerdos, y volvió a sentarse. Pretendía parecer calmado, aunque algo le decía que no iba a conseguirlo. A pesar de la distancia, Severus Snape le parecía un hombre intimidante; por supuesto, él no era de esos que se dejaban avasallar por el primero que se cruzaba en su camino, pero había algo en aquel tipo que resultaba temible. Por ese motivo, decidió que no sería prudente acercarse demasiado a Adrien, hasta que el tipo no diera el primer paso. Después de todo, el verdaderamente responsable del bienestar de su sobrino, era él, y a él le correspondía tomar esa clase de decisiones.
En los últimos días, Jerry había estado pensando en Severus Snape. No es que hubiera conocido demasiado bien a su hermana, pero le extrañaba saber que había estado con un hombre como aquel. A simple vista, no era un tipo atractivo. Cuando lo conocías un poco, te dabas cuenta de que sólo sabía hablar utilizando amenazas. Dos motivos más que suficientes para que una mujer no sintiera deseos de acercarse a él. Aunque, claro, aquel afán protector, aquellas miradas que le dedicaba a su hijo, podrían causar cierta atracción. Quizá, Jerry no tuviera una buena impresión de Snape; sus primeros encuentros no resultaron ser demasiado agradables, pero el hombre entendía perfectamente las motivaciones de Severus. Simplemente, quería lo mejor para Adrien y, para conseguirlo, ese tipo parecía dispuesto a pisotear a cualquiera.
Al fin, tras unos minutos que le parecieron horas, Severus y Adrien se adentraron en el parque. Los alumnos del colegio de cursos superiores, hacían planes para la tarde, alejados de sus familias, mientras los más pequeños jugaban entre ellos, vigilados por un montón de padres y profesores. El ambiente era totalmente festivo y, por un día, el clima parecía dispuesto a conceder una tregua. Jerry supuso que eso agradaría a los niños, que podrían disfrutar del día de Halloween con total intensidad. A él, nunca le había gustado demasiado aquella celebración. De hecho, no solía tener en cuenta aquellas festividades. Hacía mucho que ya no tenía sentido.
Jerry se puso en pie cuando Severus y Adrien fueron hacia él. El niño observaba su alrededor con curiosidad, mientras su padre lo guiaba con suavidad, hablándole en susurros para explicarle lo que iba a ocurrir. Jerry se metió las manos en los bolsillos del abrigo, dio dos pasos hacia delante, y centró su atención en Severus; debía reconocer que no se sentía cómodo mirando a los ojos del niño. Aún le quedaban unas cuantas heridas por cicatrizar antes de poder hacerlo.
-Veo que ha llegado puntual –Severus estaba frente a él, sosteniendo la mano de Adrien con cuidado, en un claro afán protector. Jerry le saludó educadamente, sin saber muy bien cómo afrontar esa situación. Había ensayado frente al espejo, cierto, pero no le había servido para nada –Bien, será mejor que atendamos nuestros asuntos lo antes posible –Ante el silencio de Bellefort, Severus tomó las riendas de la situación. Cogió a Adrien por los hombros, colocándole delante de él, para que el otro hombre pudiera verlo bien –Adrien. ¿Recuerdas que te prometí hablar con tu tío Jerry? –El niño afirmó con la cabeza, mirando con curiosidad a su único familiar vivo –Pues bien, te presento a tu tío –Señaló a Jerry con la mano, y Adrien se atrevió a sonreír dulcemente–Señor Bellefort. Su sobrino, Adrien.
Jerry contuvo la respiración un minuto. Captó el saludo del pequeño niño que tenía frente a sí, y se quedó como paralizado. Era como volver al pasado, cierto, pero al mismo tiempo, hacía mucho que no vivía el presente con toda intensidad. En ese momento, tenía frente a él la oportunidad de subsanar todos sus errores y, cuando llenó sus pulmones de aire, había decidido que lo haría bien. Desterraría su estúpido orgullo, intentaría olvidar los sufrimientos antiguos, y seguiría adelante, valiéndose de ese niño.
Así pues, Jerry se agachó, poniéndose a la altura de Adrien. Lo miró a los ojos durante unos segundos, captando una fuerza en su mirada que su pobre hermano nunca había tenido, y estiró una mano para estrechar la de Adrien.
-Encantado de conocerte, Adrien –Dijo, sonriendo a su vez. La sangre se le heló en las venas cuando Adrien lo tocó por primera vez.
-Hola, tío Jerry –El niño amplió su sonrisa. El aludido volvió a contener la respiración, sorprendido por la forma que tuvo el pequeño de llamarle.
-¿Cómo estás? –Evidentemente, Jerry no sabía muy bien qué decir. A juzgar por la expresión de Severus, el hombre no pensaba mover un dedo para ayudarle, así que más le convenía tomar las riendas de la situación lo antes posible.
-Muy bien –Adrien dio un botecito. Ahora, era cuando se ponía a hablar sin parar –En el cole, hemos celebrado el día de Halloween. Yo me he disfrazado de Woody, el vaquero de Toy Story, y mi amigo Josh, que está allí –Señaló a un niño rubio que correteaba al otro lado de la calle junto a dos niñas –De Buzz Ligthyear –Vamos a ir a pedir caramelos pero, antes, mi papá me ha traído para que te conociera –Adrien se mordió el labio –Tú eres hermano de mi mamá. ¿Verdad?
-Así es –Jerry sonrió. Quizá, físicamente se pareciera a su hermano, pero tenía la locuacidad de Mariah.
-Ella me hablaba mucho de ti. Decía que, cuando erais pequeños, vivíais en Francia, junto al mar. ¿Era bonito?
-Era muy bonito –Jerry volvió a sentarse en el banco, ayudando a Adrien a acomodarse a su lado. Severus tuvo el detalle de alejarse discretamente de ellos; aparentemente, estaba observando los árboles, pero no era difícil darse cuenta de que, a quién vigilaba, era a su hijo –Nuestra casa estaba muy cerca de la playa. Tu madre y yo solíamos jugar en la arena todos los días y construíamos unos castillos enormes.
-Y, ¿Todavía vives allí?
-No. Normalmente, estoy en París, aunque suelo pasar mucho tiempo en Londres.
-¡Oh! –Adrien cabeceó, como si acabara de comprender algo de suma importancia –Y, vuestra casa de cuando erais pequeños. ¿Está allí todavía, en esa playa?
-Eso creo –Jerry se encogió. Otra vez, los malos recuerdos amenazaban con asaltar su mente, aunque logró mantenerlos a raya.
-Mi mamá, algunas veces, decía que me iba a llevar a ver aquella casa –Adrien se irguió en su asiento. Se sentía cómodo hablando con ese hombre. Aunque, al principio, había pensado que su tío no iba a querer estar cerca de él, acababa de comprender lo equivocado que había estado. Jerry estaba siendo muy simpático y, el hecho de que su padre no estuviera dando vueltas a su alrededor, como si fuera un gran murciélago, indicaba que tenía cierta confianza en el hombre – A mí me gustaría poder ver ese lugar...
La frase quedó en el aire. Tal vez, Adrien esperara que ese señor se ofreciera a llevarlo, pero Jerry no hizo ningún comentario al respecto. Hacía años que no iba al antiguo hogar familiar y, por ahora, no se sentía preparado para hacerlo.
-Yo antes vivía en otro sitio, cerca del Lago Ness –Adrien siguió hablando, sin darle importancia al silencio de su tío –Mi papá me ha dicho que algún día, iremos a mi antigua casa y veremos a los amigos de mi mamá. ¿Tú los conocías?
-No tuve ocasión. Tu madre y yo no nos veíamos demasiado.
-Ya... –Adrien perdió su sonrisa momentáneamente, como si hubiera algo que le preocupara –Ella me hablaba mucho de ti. ¿Sabes? Decía que, si algún día nos conocíamos, debíamos intentar estar unidos porque estamos solos... Bueno, yo tengo a mi papá –Adrien miró a Severus, que estaba pensando en la forma de hechizar a un par de horrendos pájaros grisáceos que le resultaban especialmente molestos –Pero, antes, estaba solito... A mi mamá le daba mucho miedo que no hubiera nadie que me cuidara cuando ella se muriera. Sus papás también se murieron pero, claro, eso tú ya lo sabías.
-Sí... –Jerry suspiró –Pero yo ya era mayor cuando eso ocurrió. Tu madre era más pequeña, pero yo podía arreglármelas solo.
-¡Oh! –Adrien dio un saltito. No le gustaba hablar de cosas tristes y, a juzgar por la expresión de su tío, a él tampoco –Y, tío Jerry. ¿Cómo eran los abuelos? Me gustaría saber muchas cosas sobre ellos. Y sobre mi otro tío también.
Jerry suspiró. Buscó con la mirada a Severus Snape, que fingía no prestarles nada de atención, y comprendió que tendría que responder a las preguntas del niño. Aquella primera conversación fue breve. Adrien descubrió que sus abuelos se llamaban Gerard y Amelié, que nacieron en Inglaterra, aunque sus familias eran francesas, y que se mudaron a la costa mediterránea cuando se casaron. Jerry hablaba con pasión, acostumbrado como estaba a dar interminables discursos ante audiencias más exigentes que Adrien y, cuando Severus se acercó a ellos para hacer notar que Adrien debía divertirse con sus amigos, Jerry había llegado al final de su relato inicial.
-¡Oh, tío Jerry! –Adrien se había puesto en pie. Miraba al otro hombre claramente apenado. Era evidente que tenía un grave problema existencial: no sabía si quedarse a charlar con su tío, o si irse con Josh a pedir chucherías antes de ir a Hogwarts –Me gustaría mucho poder hablar otro día.
-Sí, bueno... Ahora tengo que irme a París –Jerry carraspeó. Le incomodaba dar esa clase de explicaciones a un niño, pero tenía la sensación de que Severus, ahora sí, lo escuchaba todo atentamente –Pero volveré en un par de semanas. Tal vez, podamos seguir hablando luego.
-Me gustaría mucho –Adrien recuperó su cándida sonrisa y, para sorpresa de Jerry y de Severus, besó a su tío en la mejilla –Ojalá puedas contarme muchas más cosas. Vendrás a casa. ¿Verdad?
Jerry miró a Snape. A él le correspondía responder a esa pregunta.
-Claro que vendrá, Adrien –Severus carraspeó, cogiendo la mano del niño –Está invitado –Le dio a esa palabra una dureza que Jerry no pudo dejar de notar –Cada vez que él lo desee.
Jerry inclinó la cabeza. No estaba claro si aquello era una forma de agradecer el gesto o no, pero Snape pareció satisfecho. Adrien se despidió de su recién encontrado tío con un fuerte abrazo, y miró atrás un par de veces para decirle adiós con la mano. Jerry se pasó una mano por el cabello, mientras una extraña sensación inundaba su pecho, y se marchó del parque, con un buen sabor de boca. Al fin había conseguido dar un paso adelante; sólo esperaba no tener que retroceder antes de tiempo.
-¿Qué te ha parecido tu tío, Adrien? –Severus habló con suavidad, al tiempo que llevaba a Adrien hasta donde estaba su amigo.
-Bien. Sabe muchas cosas de mi mamá y mis abuelos. Quiero volver a hablar con él muy pronto.
-Estoy seguro de que así será.
Adrien pareció olvidar aquel tema un segundo después, en cuanto Josh fue a buscarlo y lo arrastró calle abajo, hacia el lugar en el que varios compañeros de curso habían asaltado al dueño de una tienda de golosinas cercana. Severus se acercó a Carole, sintiéndose un poco extraño después de la conversación que habían mantenido un rato antes, y descubrió una sonrisa amable en el rostro de la mujer. Agitó la cabeza imperceptiblemente, molesto porque otra vez estaba empezando a pensar cosas extrañas, y se colocó a su lado, con las manos a la espalda, y procurando pensar en Jerry Bellefort, y no en las insinuaciones que la niñera de su hijo había decidido hacerle esa mañana.
Ninguno de los dos dijo nada. Pasaron buena parte del día juntos, persiguiendo a los niños por las cercanías del colegio, intercambiando miradas y gestos que podrían considerarse cómplices. Cuando Severus se llevó a Adrien a casa, dispuesto a marcharse con él a Hogwarts, no pudo evitar pensar que había pasado un gran día; comenzaba a conocer a Carole y, aunque fuera increíble, eso le gustaba.
Llegaron a Hogwarts cuando faltaban pocos minutos para que empezara el banquete. Utilizando la red flú, aparecieron en el despacho de Snape envueltos en ceniza. Adrien se enfadó ligeramente cuando vio su hermoso disfraz manchado, pero Severus subsanó el problema con un movimiento de varita. De forma inmediata, el niño correteó hacia el pasillo, ansioso por encontrar a su abuelo y mostrarle su vestuario, hablarle de su tío Jerry y (su papá no debía enterarse) comentarle la pequeña encerrona que Josh y él habían organizado. Estaba seguro de que el abuelo se alegraría cuando lo supiera; de hecho, era posible que pudiera aclararle si su papá estaba o no estaba enamorado.
Adrien no avanzó demasiado antes de quedar maravillado. Apenas había salido de los oscuros pasadizos de las mazmorras, cuando se encontró con una fila de calabazas luminosas por el suelo, y un buen número de murciélagos que revolotearon por su cabeza, arrancándole una carcajada. Severus frunció el ceño, consciente de que todo aquello era obra de Flitwick, y cogió a Adrien de la mano. El niño se había acercado peligrosamente al fuego de las calabazas y, además, los endiablados bichos voladores parecían a punto de chuparle la sangre en cuanto se diera media vuelta. El profesor de Pociones reconoció los murmullos típicos del día de Halloween y suspiró. Nunca le había agradado aquella celebración; los dulces no le hacían demasiada gracia y, aunque no recordaba haberse disfrazado jamás, siempre había temido el día en que Dumbledore, en medio de una de sus pérdidas de cordura, instara a los miembros del profesorado a vestirse de hipogrifos o veelas.
-¡Qué bonito está todo! –Adrien no dejaba de girar la cabeza en todas direcciones, sin darse cuenta de que su padre lo llevaba directamente al Gran Comedor -¿Tú siempre has estado aquí en Halloween?
-Sí, Adrien –Severus chasqueó la lengua. Intentaba apartar un murciélago particularmente pesado de la cabeza del niño, hasta que, harto de esa ridícula situación, sacó su varita y lo hizo desaparecer. Sonrió internamente, hasta que captó la mirada casi horrorizada de Adrien.
-¡Papi! –Se quejó, arrugando las cejitas. No le había gustado ver a su padre hacer eso y, sí, se estaba enfadando un poco -¿Dónde está el murciélago?
-Uhm... –Severus puso los ojos en blanco. Aquello amenazaba con convertirse en un enfrentamiento paterno-filial -¡Oh! No te preocupes. Está bien.
-Lo has hechizado –Adrien se detuvo, cruzándose de brazos. Su padre lo imitó; encontraba divertida la actitud del mocoso en ese momento. Realmente, podría llegar a ser un buen defensor de los animales.
-No, Adrien. Lo he hecho desaparecer. Ahora está en... Un lugar mejor –Severus carraspeó. Adrien frunció el ceño un poco más y, por un segundo, el profesor de Pociones pensó que su magia se desbordaría. Afortunadamente, y por primera vez en mucho tiempo, Albus Dumbledore escogió un buen momento para reunirse con ellos.
-Pero. ¿Qué tenemos aquí? –Nada más ver a su abuelo, Adrien sonrió ampliamente, olvidándose por completo de su enfado anterior -¡Si es Woody! ¿Qué tal, vaquero?
-¡Abuelito! –Adrien saltó a los brazos del anciano, besándole las mejillas alegremente -¡Me encanta el castillo en Halloween! Ojalá hubiera podido venir antes.
-No te preocupes por eso. Todavía queda mucha noche por delante –Albus se dirigió al Gran Comedor, seguido por Severus –Ya verás cómo nos vamos a divertir.
-¡Sí! –Adrien rió, fijándose en los fantasmas que sobrevolaron su cabeza –¿Sabes lo que ha hecho mi papá? –Snape frunció el ceño. La mirada suspicaz del anciano mago lo incomodó –Ha sacado su varita y ha hechizado a un murciélago, que ha desaparecido.
-¿Eso ha hecho? –Albus alzó una ceja.
-Él dice que está en un lugar mejor –Adrien bajo la voz, mirando a su padre con desconfianza -¿Es eso verdad?
-Si tu papá lo dice...
Severus captó la mirada reprobadora del anciano. Indudablemente, se moría por darle unas lecciones sobre como ejercer su paternidad (otra vez) pero, por una vez, no pensaba dar su brazo a torcer. El maldito bicho fue demasiado molesto; volvería a hacer lo que hizo todas las veces que fueran necesarias, dijeran lo que dijeran Adrien y Albus. ¡Faltaría más!
Draco mordisqueó la manzana de caramelo. La fiesta de Halloween había comenzado unos minutos antes y el ambiente era de lo más animado, pero a él no le apetecía celebrar nada. No podía evitar acordarse de las festividades de años anteriores y, muy a su pesar, se sentía melancólico. Pensaba en Crabbe y Goyle comiendo dulces hasta caer enfermos, en Pansy persiguiéndolo por todos los rincones detrás de un antifaz verdoso, en las reuniones posteriores en la sala común, donde criticaban a Dumbledore y la decoración que, año tras año, corría a cargo del profesor Flitwick. Draco odiaba sentirse así; se sentía débil y, por ello, pensaba marcharse a dormir en cuanto le fuera posible.
Giró la cabeza un momento. A su derecha, estaba Pansy, charlando animadamente con Theodore Nott. Draco no entendía por qué la chica había dejado de perseguirle; aunque siempre había pensado que le molestaba tenerla cerca, rondándole como un buitre a la espera de algo de carroña, el chico debía reconocer que se sentía extraño. Hacía unos días que Pansy apenas le dirigía la palabra. Normalmente, la chica no decía más que tonterías, pero Draco echaba de menos sus banales conversaciones. El por qué era todo un misterio para él, pero cuando vio a Nott fingiendo sonreír ante una de sus bromas, sintió una punzada en el pecho. Tenía la certeza de que algo no andaba bien; él debía estar sentado en el puesto de Nott, escuchando las estupideces de Pansy y mirándola con autosuficiencia.
Draco agitó la cabeza, alejando esos pensamientos de su mente. Estaba demasiado cansando para que sus neuronas funcionaran correctamente, así que se concentró en el dulce que tenía entre manos. En cuanto terminara la manzana, se levantaría todo lo discretamente que pudiera, y se metería en su cama, donde intentaría olvidarse del horrible día que había tenido.
Las clases resultaron ser un desastre. La noche anterior, había abandonado las cocinas bastante tarde, todo gracias al cretino de Potter, que se había cargado una pila de platos sucios. En realidad, los habían roto entre los dos, pero era más sencillo culpar al Gryffindor y dejar su conciencia en paz. Todo había empezado cuando no lograron ponerse de acuerdo con los turnos de fregado. No es que fuera una novedad, pero la discusión fue particularmente violenta en esa ocasión. Un par de hechizos bastaron para convertir las cocinas en un campo de batalla y Dobby, totalmente furioso, había terminado por paralizar a los dos chicos. Jamás en su vida, Draco había visto a un elfo doméstico tan enfadado y, debía reconocerlo, sintió un poco de miedo. Al parecer, Dobby se veía en la obligación de cuidar del patrimonio de Hogwarts, así que ver la hermosa vajilla del colegio destrozada, no le puso de buen humor, precisamente. Por ello, Draco y Potter pasaron casi cuatro horas reparando todos los desperfectos, plato a plato, y con una mínima ayuda mágica. El resultado fue una noche de insomnio y un chico torpe en el uso de la varita. McGonagall lo expulsó de su clase, Lupin lo envió a la enfermería (siempre amable, el licántropo) y Snape... Snape ni siquiera había ido a clase, así que tuvo que pasar dos horas soportando las miradas burlonas de Albus Dumbledore. ¡Maldito viejo del demonio!
Draco suspiró. Disimuló un bostezo como buenamente pudo, y abandonó su cena sobre la mesa, harto de intentar comer algo que no le agradaba en absoluto. Después de todo, él mismo había ayudado a preparar una buena parte de ese festín de chocolate y golosinas, no le veía la gracia a eso de atiborrarse un poco más tarde. Ni a él, ni a Potter, que tenía la misma expresión traumatizada que él, mientras ignoraba los intentos de Ginny Weasley por ganarse su atención. Inconscientemente, miró a Pansy. ¿No podría decirle algo, aunque fuera una tontería?
-Los bombones con menta están deliciosos, Malfoy –La voz de Zabini lo sacó de sus reflexiones. El chico hablaba en tono sarcástico. Sabía que Draco podría enfadarse, pero quería disfrutar del momento. No todos los días, uno podía burlarse de los guisos de un Malfoy -¿Conoces la receta?
¿A qué demonios venía ese comentario? Por norma general, Blaise apenas le dirigía la palabra y, ahora, ¿Se estaba burlando de él? Malfoy le dirigió una mirada airada a su compañero Slytherin, y se puso en pie. Ya había tenido bastante por una noche, así que sería mejor largarse de allí de una vez, o alguien resultaría gravemente herido. Poco importaba si era Zabini, Potter, o un Hufflepuff cualquiera. La cuestión era que Draco no estaba de humor, así que le convenía estar a solas.
Dirigió una última mirada a Pansy, descubriendo que ella continuaba ignorándole. Debía reconocer que su ego estaba sufriendo un duro revés esa noche; quizá, estaba tan acostumbrado a ser el centro de atención, que pasar unas horas siendo ignorados por sus antiguos adoradores suponía un duro varapalo para él.
Aceleró el paso mientras se dirigía a la salida del Gran Comedor. Por suerte, nadie se percató de su precipitada huida. Tal vez Harry Potter, que lo miró un momento y sonrió para sus adentros, contento porque el Slytherin había tenido menos aguante que él. Malfoy no se había dado cuenta de ello; de haberlo hecho, hubiera regresado a su sitio, más que dispuesto a tener un choque de voluntades con su antiguo enemigo.
Cuando Draco llegó al pasillo y se dirigió a las mazmorras, mucho más calmado en esa ocasión, no pudo evitar sobresaltarse al encontrarse con la curiosa comitiva que formaban Albus Dumbledore y los dos Snape. El primero, había cambiado su habitual gorro estrellado por un gorro de vaquero. Al parecer, se lo había cambiado a Adrien, que tenía los ojos cubiertos y se empinaba al andar, intentado ver por debajo de la tela morada. Severus los seguía a un par de pasos de distancia. Estaba muy serio y, cuando miró a Draco, supo que le estaba lanzando una indirecta.
Draco no había visto a Adrien desde el incidente de Hogsmeade con su padre. Sin duda alguna, Severus Snape temía que fuera a hacerle algún desplante al niño, pero el joven Malfoy no tenía ninguna intención de dañar al pequeño. Había dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre ese asunto y, aunque no había hablado con nadie sobre su encuentro con Lucius, no quería alejarse de Adrien. Sabía que el niño estaba en peligro, pero también sabía que Albus Dumbledore lo estaba protegiendo. Eso era una garantía por sí mismo, pero es que, además, estaba Snape, y ese hombre era capaz de hacer cualquier cosa para preservar el bienestar de su hijo.
Tal vez, Draco estaba cometiendo un error. Lucius Malfoy era un fugitivo y, en cierta forma, él estaba obligado a informar sobre su paradero si sabía algo, pero no quería traicionar a su padre. Esperaba (por el bien de todos) que el brujo decidiera desaparecer del mapa para siempre, empezar una nueva vida lejos de todos ellos, pero sabía que eso no sería posible. Su padre nunca había dejado inconclusos sus asuntos y vengarse de Severus Snape, era un objetivo primordial para él. Draco sólo podía confiar en que fracasara. Por el momento, se limitaría a olvidarse del origen de Adrien y procurar disfrutar de su compañía.
-¡Primo Draco! –Adrien, a pesar de que casi no veía, distinguió la figura imponente del joven, y corrió hacia él totalmente emocionado. Aquel estaba siendo un día realmente genial.
-Hola, Adrien –El chico sonrió con afabilidad. Captó la mirada tensa de su padrino y, mentalmente, agradeció a Dumbledore que alejara a Snape unos pasos, para mostrarle unas inexistentes grietas que no habían aparecido en la pared –Vaya. Vienes... disfrazado –Draco disimuló una mueca de extrañeza. No entendía la costumbre muggle de vestirse de esa guisa en Halloween, pero el niño no tenía por qué saberlo.
-¡Sí! –El pequeño dio un bote. A su espalda, Severus intentaba zafarse de las manos de Dumbledore –Mi hermano Josh y yo nos hemos vestido de los protas de Toy Story.
-¿Tu hermano Josh? –Draco entornó los ojos. Sólo esperaba que Snape no tuviera algún oculto secreto más.
-Sí –Adrien miró a su padre, para asegurarse de que estaba lejos. Hizo un gesto a Draco y el chico se inclinó, esperando a que el pequeño le hablara en susurros –Es el hijo de Carole, la señora que me cuida. Josh y yo estamos haciendo que nuestros papás se enamoren y, pronto, cuando se den besos y se cojan de la mano, podremos decir que somos hermanos de verdad. ¿No es genial?
Draco parpadeó sin saber qué decir. En ese momento, Severus Snape interrumpió la breve conversación, haciendo que Adrien fuera a parar a manos de su abuelo. Dumbledore sonreía abiertamente y, cogiendo al niño en brazos, se internó en el Gran Comedor.
-¿Te retiras tan pronto, Draco? –Inquirió Snape, una vez estuvo a solas con el chico. El hombre se había cruzado de brazos, lo que significaba que le iba a dedicar una pequeña charla. Draco se encogió de hombros a modo de respuesta, y esperó a ver qué ocurría después –Tengo la impresión de que has estado pensando sobre aquel asunto que te mencioné.
-Sí –Draco carraspeó, incómodo por la situación. Todavía no se sentía preparado para hablar sobre el mestizaje de Adrien, aunque hubiera aceptado al niño –No hay motivo para que mi actitud hacia Adrien cambie, así que no se preocupe, profesor.
-Me alegra oír eso –Severus carraspeó. Su semblante no había perdido ni un ápice de severidad, pero Draco estaba seguro de que el profesor era totalmente sincero –Supe que has tenido un problema con los elfos domésticos –Snape cambió de tema bruscamente, y su ahijado se sonrojó. Recordar a Dobby dando gritos no era algo agradable –Debo suponer que el castigo que os impuso la profesora McGonagall a Potter y a ti, está resultando ser un castigo de verdad.
Draco captó cierto tono alegre en esas palabras, y estuvo a punto de recriminarle esa actitud, pero se contuvo.
-Debe ser muy duro pasar tanto tiempo al lado de Potter, pero es necesario que no sucumbas ante sus provocaciones. Sabes que no te puedes permitir ninguna pelea seria con él. El Ministerio se te echaría encima.
-Lo sé, profesor –Draco chasqueó la lengua. De hecho, lo sabía demasiado bien. Había tenido que tragarse el orgullo en numerosas ocasiones, aunque ya se estaba acostumbrando a ignorar la mayor parte de los insultos que caían sobre él –Hago todo lo que puedo por contenerme.
Severus guardó silencio. El joven Malfoy se planteó la posibilidad de seguir caminando, pero el profesor prosiguió con la conversación.
-Creo recordar que el juicio contra tu madre comenzará en breve.
Draco se puso tenso al escuchar esas palabras. Apenas dos días antes, había recibido una carta de su tía Andrómeda, en la que le comunicaba que el abogado de su madre había comenzado a establecer una estrategia clara de defensa. Al chico no le gustaba pensar en ese asuntos. Nadie parecía tener demasiadas esperanzas en que Narcisa Malfoy saliera bien parada de todas sus acusaciones, pero contaba con el apoyo de algunas personas influyentes (como el mismísimo Albus Dumbledore) y era seguro que no la condenarían a más de diez o quince años. Aunque, claro, diez años en Azkaban podían destrozar a una persona, incluso sin dementores.
-Así es, profesor. En Navidad.
-Y. ¿Dónde piensas pasar esos días, Draco?
El joven alzó una ceja, sin saber a dónde iría a parar su padrino.
-Iba a quedarme en el colegio –Comentó, aclarándose la garganta –Mi tía Andrómeda vendrá a recogerme el día de la primera vista, para que pueda hablar con mi madre. Me ha ofrecido su casa para pasar las fiestas, pero...
Severus cabeceó, entendiendo las palabras no dichas del más joven.
-Es posible que yo vaya a declarar en algún momento del juicio –Anunció Snape, en tono casual –Pensaba asistir a la primera vista, junto a Dumbledore. Siempre y cuando, no tengáis ningún inconveniente para que asistamos.
Draco se encogió de hombros. Posiblemente, el juicio de su madre pasaría inadvertido para la comunidad mágica. Después de todo, Narcisa había pasado casi toda su vida siendo, simplemente, la esposa de Lucius Malfoy, la persona realmente importante en todo ese asunto. Y, puesto que el mago oscuro estaba desaparecido, no había motivos para cubrir ese litigio de forma exhaustiva.
-Últimamente, Adrien ha mencionado un par de veces las fiestas navideñas –Draco frunció el ceño. Definitivamente, no entendía las intenciones de Snape aquella noche –Al parecer, su madre organizaba cenas con todos sus amigos, y el niño asegura que eran muy divertidas. Creo que este año quiere rodearse de sus... seres queridos.–Draco alzó una ceja –Pasaremos una pequeña parte de las fiestas aquí, así que Adrien se alegrará de que te quedes. Tal vez, después de la cena de Navidad, quieras abandonar Hogwarts durante unos días. Hagrid y Dumbledore se pasarán por mi casa de vez en cuando, y yo necesitaré de la presencia de un Slytherin para equilibrar un poco la balanza.
Draco dejó de respirar durante un segundo. ¿Lo estaban invitando a...? No, seguramente, había escuchado mal.
-Adrien afirma que le prometiste visitarlo en alguna ocasión. Creo que ese sería un buen momento –Severus permaneció silencioso. La parte de Adrien era cierta, pero él también deseaba vigilar de cerca al muchacho. Tenía la sensación de que le estaba ocultando algo, y haría cualquier cosa para averiguarlo.
-Pensé que Adrien era un Slytherin –Comentó el chico tras unos segundos de reflexión. Era extraño escuchar al profesor haciendo esas invitaciones, así que tendría que meditar su respuesta.
-¿Adrien un Slytherin? –Severus chasqueó la lengua, fingiendo estar disgustado –Tengo la esperanza de que termine en Ravenclaw. Incluso podría aceptar que fuera un Hufflepuff. Está claro que no será Slytherin, pero me conformo con que no termine siendo un valeroso e imbécil Gryffindor –Severus suspiró, y Malfoy no pudo evitar sonreír ante el gesto adusto del adulto –Si Merlín se compadeciera de mí...
Severus reinició su marcha hacia el Gran Comedor. Draco lo observó con curiosidad unos segundos, hasta que comprendió que podía volver tranquilamente a su Sala Común. ¿Cómo serían unas Navidades en casa de los Snape? Teniendo en cuenta que allí estarían Hagrid y Dumbledore, posiblemente algo del todo impredecible.
-Conseguimos que los dos se vistieran de magos –Adrien hablaba alegremente, mientras devoraba todos los dulces que tenía a su alcance.
Unos minutos antes, el niño había entrado al Gran Comedor en brazos de su abuelo, causando un pequeño revuelo entre el alumnado. Hacía un tiempo que no veían al pequeño Snape por allí, y su presencia les sorprendió, sobre todo por su atuendo. Adrien lucía su disfraz con alegría, mientras saludaba a sus conocidos y se dejaba llevar con total confianza. El aspecto del Gran Comedor le pareció realmente fascinante, pero no dedicó demasiado tiempo a admirarlo: sus ojos estaban fijos en las golosinas. No le importaba ponerse enfermo otra vez; pensaba comer hasta reventar, pasara lo que pasara después.
-Carole estaba muy guapa –Prosiguió el niño, sin dejar de sonreír –Mi papá la miraba raro –Adrien hizo una mueca -¿Crees que ya se ha enamorado de ella, abuelo? Josh y yo estamos deseando que se besen y todo eso.
-Uhm... No sabría que decirte –Albus alzó la mirada, fijándose en la figura oscura del profesor de Pociones, que acababa de entrar en la sala- Creo que tendremos que esperar un poquito más. Tu padre es demasiado orgulloso para reconocer que Carole le gusta.
-¡Oh! –Adrien afirmó con la cabeza, como si acabara de descifrar uno de los grandes misterios de la naturaleza y, seguidamente, dio un botecito en su silla -¡Abuelo! ¿Sabes a quién he conocido hoy?
-¿A quién?
-¡A mi tío Jerry! –Adrien rió. Dumbledore entornó los ojos un momento, atento a las palabras del niño –El hermano de mi mamá.
-¡Qué buena noticia, Adrien!
-Mi tío es genial. Vive en París y, a lo mejor, me lleva a la antigua casa de mi mamá. Hemos pasado mucho rato hablando y, cuando vuelva a visitarnos, me contará muchas más cosas sobre mi mamá y mis otros abuelos.
-Me alegra mucho que hayas conocido a tu tío –Severus acababa de llegar a la mesa. Miró despectivamente a la mesa de Gryffindor, y giró la cabeza hacia Albus, que había dejado de hablar para observarle. El profesor frunció el ceño cuando vio las manos repletas de azúcar de su hijo, pero no hizo ningún comentario al respecto –Adrien me decía que ha conocido a Jerry.
-Así ha sido –Severus afirmó con la cabeza. Intentaba escoger algo que llevarse a la boca, pero no era tarea fácil –Me pareció que sería una buena idea que el señor Bellefort forme parte de nuestras vidas –Finalmente, cogió una manzana de caramelo. Adrien seguía engullendo dulces, ajeno a todo lo que le rodeaba –Te vas a enfermar como sigas así. Come un poco menos.
-¡Oh, pero está todo riquísimo! –Adrien habló con la boca llena, mordisqueando un pastelillo de crema de arándanos –Quiero probarlo todo antes de que nos marchemos.
-Adrien...
El niño soltó un bufidito y dejó se cruzó de brazos. El enfado le duró apenas unos segundos, puesto que en cuanto su padre se puso a hablar con Remus Lupin, él volvió a su tarea de comer sin parar. Contaba, una vez más, con el beneplácito de Albus Dumbledore, que, de forma súper secreta, le comentó que podría hacerle llegar un montón de dulces a su casa, directamente desde las cocinas de Hogwarts. Por ese motivo (entre otras cosas) Severus terminó la noche bastante enfurruñado. De hecho, al día siguiente, los estudiantes de todas las casas, excepto Slytherin, se encontraron con cincuenta puntos menos cada uno en sus marcadores. Nadie sabía muy bien qué había ocurrido, aunque tenían sus sospechas. Sobre todo si recordaban la sonrisa contrahecha de Snape cuando, arrastrando a Adrien e ignorando a Dumbledore, abandonó el Gran Comedor, murmurando unas palabritas ininteligibles. Aquel hombre parecía estar perdiendo la cabeza, pero es que había tenido un día muy duro: primero, el incidente con los disfraces, luego la magia accidental de Adrien y, por último, la fiesta de Halloween en Hogwarts. Lo único que Severus quería, era marcharse a casa, ponerle el pijama a Adrien, y descansar hasta el día siguiente, olvidándose de todo y de todos.
Aunque siempre cabía la posibilidad de que una parte de su subconsciente, no quisiera olvidarse de... ¡Bah! Mejor no pensar en nada.
Se acabó el capítulo especial de Halloween. Supongo que no tengo perdón por haber tardado tantos siglos en actualizar (un mesecillo, si no me equivoco) Lo siento mucho, pero he estado liada y, además, mi muso me ha tenido abandonada. Mucho me temo que ha vuelto a medias, así que tenedme paciencia :) Pero bueno, aquí tenéis lo que faltaba. Espero que os guste.
Bueno, cosas que tengo que comentar...
Sobre Josh. He estado meditando durante mucho tiempo y ya he tomado una decisión. Muchos me habéis pedido que sea mago y, la verdad, la idea me gustó bastante, pero... Me temo que será un muggle, tal y como estaba planificado. Lo siento mucho; he imaginado muchas cosas sobre los dos mocosos dando vueltas por Hogwarts, y estuve a punto de darle su magia (iba a ser Slytherin y todo, el chaval) pero al final, me quedaré como estaba. Me parece demasiada coincidencia que Severus de con, precisamente, la madre de un mago y, aunque hubiera ayudado bastante en la relación que compartieran algo así, creo que podré apañármelas ;) Muchas gracias a todos por vuestras sugerencias. De verdad que lo lamento, pero así son las cosas.
Y ya no tengo que comentar nada más. Agradecer, una vez más, vuestros comentarios, y mandar un beso a las chicas de la Orden. Espero actualizar pronto, aunque no puedo prometer nada.
Besos, Cris Snape
