CAPÍTULO 38. Estrechando lazos

El mes de noviembre pasó en un suspiro.

En el colegio, los niños se preparaban para la futura representación del día de Navidad. Finalmente, Alan se había llevado el papel del señor Scrooge, mientras que Adrien y Josh tuvieron que conformarse con ser dos de los fantasmas que lo visitaban a lo largo de la obra. Tal y como Carole había vaticinado, Josh era el Fantasma de la Navidad Futura, mientras que a Adrien le tocó en gracia ser el de la presente, un fantasma parlanchín y alegre, muy parecido al pequeño actor. Los chicos aprovechaban las tardes para ensayar y, aunque al principio la idea no les había hecho demasiada gracia, todos debían reconocer que se lo pasaban en grande subidos al viejo escenario del salón de actos del colegio. La señorita Stiller se mostraba paciente con ellos y procuraba mostrarles formas divertidas para memorizar sus frases. Además, aprenderse las canciones mantenía los ánimos por las nubes, y los chiquillos tenían muchas ganas de trabajar. Les daba un poco de vergüenza pensar que tendrían que actuar delante de sus papás y de otros muchos niños del colegio, pero era la tradición y, aunque fueran niños, comprendían perfectamente la importancia de mantener las viejas costumbres de la escuela. Josh, tal vez, se mostrara un poco más reticente en ciertas ocasiones, pero la señorita Stiller había encontrado una forma de alejar sus temores: recordarle que, durante la representación, sólo tendría que caminar por el escenario envuelto en una túnica negra y señalando algunas cosas, que Alan debía mirar con cara de pena. Visto así, no era algo demasiado difícil, pero Josh odiaba ser el centro de atención; debía reconocer que le gustaba mucho su túnica negra, pero nada más. Ojalá fuera un chico mayor y pudiera tener otro trabajo, como encargarse de la decoración del escenario o algo así.

Adrien, por su parte, pasaba muchísimas horas al día repitiendo las frases de su personaje. En algunas ocasiones, Severus tenía la sensación de que el mocoso lo iba a volver loco; siempre parloteando, moviendo los brazos velozmente y dando vueltas a su alrededor... Era una suerte que el niño terminara agotado todos los días, y se quedara durmiendo en el sofá antes de que Snape lo llevara a dormir. Si hubiera permanecido despierto durante un par de horas más, Severus se habría visto obligado a amordazarlo mágicamente y, de paso, paralizarlo en su asiento para que no lo pusiera nervioso con sus continuos movimientos. Al parecer, el bendito crío se había tomado muy enserio su papel en la obra de Navidad; afirmaba que la señorita Stiller les había pedido que ensayaran mucho, para hacerlo todo lo mejor que pudieran, y Adrien estaba más que dispuesto a complacerla. Había sido uno de los primeros en aprenderse todas sus frases (Alan le había ganado en eso, por supuesto. Por algo era el protagonista principal) y ya tenía muy controladas las coreografías que su profesora les había enseñado. Su padre solía gruñir por lo bajo cada vez que encendía la música para ensayar un rato, pero a él no le importaba. Sabía que sus obligaciones escolares eran muy importantes, así que cumpliría con ellas, dijera lo que dijera su papá. De cualquier forma, él no le había regañado... Aún.

En cuanto a Severus, apenas había sido consciente del paso de aquellos treinta días. Su vida transcurría con relativa normalidad, lo cual era de agradecer. Por las mañanas, iba a Hogwarts, atendía sus obligaciones como profesor y quitaba unas cuantas docenas de puntos a Gryffindor. Por la tarde, iba a buscar a Adrien a casa de Carole, se sentía incómodo mirando a la mujer, y se marchaba sin decir nada, ganándose miradas reprobadoras por parte de su hijo y de Josh, que parecía constantemente enfurruñado. Y, por las noches, charlaba con su hijo, lo metía en la cama temprano, y se dedicaba a investigar, descubriendo cosas ciertamente interesantes. Como por ejemplo, que el veneno de la planta carnívora que había atacado a Neville Longbottom, contenía en su composición un fortísimo sedante, capaz de noquear a la más violenta de las criaturas. Aunque aún no había encontrado un remedio para sanar el brazo del joven estudiante, había comprendido que dicho veneno podría serle útil para otras tareas; quizá, si lo incluía en la Poción Matalobos, consiguiera que las transformaciones fueran indoloras, lo que supondría un gran avance. Aún no había llegado a conclusiones en ese campo, pero sus esfuerzos por encontrar soluciones a todos los problemas se habían fortalecido.

En resumidas cuentas, todo transcurría con normalidad. Adrien esperaba con ansiedad la visita de su tío Jerry. Después de un mes sin volverse a ver, aunque hablando por teléfono de vez en cuando, el hombre había prometido visitar a su sobrino durante el siguiente fin de semana. Severus, aunque algo contrariado, le había ofrecido su casa para que pasara aquellos dos días con ellos. Aquel tipo no le resultaba especialmente simpático, pero Adrien necesitaba establecer lazos afectivos con el único familiar que le quedaba. Además, el hombre había prometido llevar consigo un montón de fotografías de la familia Bellefort al completo, y Severus no podía negar que sentía curiosidad. No dejaba de imaginarse cómo fue Mariah de pequeña; suponía que era igual de dicharachera que Adrien, y veía a una niña menuda y de aspecto nervioso, pero nada más. Adrien tampoco había visto demasiados retratos de cuando su madre era niña, así que pasó un par de días sin poder dejar a un lado aquel tema; quería saber todo lo que pudiera sobre su madre, y Jerry estaba más que dispuesto a informarle con todo lujo de detalles.

Lo que aún podía quitarle el sueño a Severus, era el asunto de Lucius Malfoy. Aunque hacía bastante tiempo que no tenían noticias suyas, Snape estaba seguro de que su antiguo compañero aún clamaba venganza. Albus Dumbledore, a pesar de intentar disimularlo, compartía la preocupación por lo que el mago estaría tramando. La Orden del Fénix no había dejado de vigilar a Adrien ni un solo día; Dumbledore estaba seguro de que Malfoy estaba esperando un pequeño descuido para atacar y, en tal caso, las consecuencias podrían ser muy graves. Severus procuraba mantener la calma en todo momento, a pesar de que solía estar alerta, preparado para un ataque del antiguo mortífago. En alguna que otra ocasión, había notado a Draco Malfoy nervioso, como si le estuviera ocultando algo, pero Snape no le había dicho nada al chico; estaba seguro de que el joven no sabía nada de su padre. De hecho, parecía temerle tanto o más que Adrien. No salía del castillo para nada, tan solo mantenía correspondencia con su tía Andrómeda y, hasta el momento, no había mostrado ningún comportamiento extraño. Severus achacaba su nerviosismo a la proximidad del juicio de su madre, así que optó por no presionarle. Poco podría imaginar que, Draco Malfoy, temía que su padre fuera a ponerse en contacto con él de un momento a otro, cumpliendo la promesa que le hizo a las afueras de Hogsmeade unas semanas antes.

Aquel primer viernes del mes de diciembre, Severus Snape abandonó Hogwarts preparándose para un fin de semana complicado. Después de mantener una interesante conversación con Remus Lupin, durante la cual le explicó sus pequeños avances con la Poción Matalobos, y de tener que separar a un par de Hufflepuff que estaban inmersos en una pelea al estilo muggle, Severus se apareció frente al bloque de apartamentos en el que vivía Carole Allerton. Hacía mucho frío y el cielo estaba encapotado, anunciando lluvia o, tal vez, una pequeña nevada. Severus se ajustó su bufanda azul y plata, y entró al edificio, descubriendo a los mismos mocosos de siempre jugueteando por los pasillos, que parecían un auténtico campo de batalla. El hombre frunció el ceño, contento porque Adrien no fuera un niño salvaje como aquellos, y comenzó a subir la escalera, esquivando criajos aquí y allá. Cuando llegó frente a la puerta del apartamento y llamó al timbre, esperó que Carole fuera a abrirle, como cada tarde, por eso se sorprendió cuando descubrió el semblante serio de Josh, quien tampoco parecía especialmente contento. Severus distinguió a Adrien sentado en el sofá, viendo la televisión y comiendo galletas de chocolate, y buscó a Carole con la mirada. La mujer estaba en la cocina, hablando (o peleando más bien) por teléfono.

-Hola, señor Snape –Josh habló con suavidad, dejándole pasar. Adrien alzó una mano para saludarle.

-Josh –Severus inclinó la cabeza, adentrándose en la estancia. Se acomodó junto a Adrien; un segundo después, Josh se sentaba a su lado, sin quitarle la vista de encima a su madre. Desde la habitación contigua, Carole le había dado la bienvenida al recién llegado; a pesar de su semblante serio, había logrado esbozar una sonrisa de circunstancias -¿Todo bien?

Josh se encogió de hombros, recostándose en el sofá. Severus alzó una ceja y miró a Adrien, que permanecía inmóvil a su lado, inflándose a galletas.

-¿Por qué no dejas de comer dulces? –Inquirió su padre, quitándole la merienda de las manos –Se te van a caer los dientes.

-¡Oh, papi! Están muy buenas –Adrien luchó por recuperar su comida -¡Una más, por favor! No me las he comido todas yo solo. Josh me ha ayudado. ¿A qué sí?

El chiquillo rubio afirmó con desgana, mirando a su madre. Severus empezó a pensar que algo no iba bien y decidió prestar atención a la conversación que mantenía su niñera. Debía reconocer que tenía cierto talento para escuchar cosas que no debía; ventajas de haber sido un espía...

-No sé cómo nos has encontrado, pero no quiero verte cerca de Josh. ¿Entiendes? –Severus frunció el ceño al escuchar aquellos. Carole estaba enfadada, pero parecía realmente asustada al mismo tiempo -¡Oh, claro! Ahora quieres jugar a los papás y a las mamás, después de dejarme bien claro que no querías saber nada de nosotros –Severus contuvo la respiración, y no fue el único. A su lado, Josh estaba tan tenso que sus manitas empezaban a temblar -¡Claro que has cambiado! ¿Cuántas veces me has dicho eso?... No... Ni se te ocurra... ¿Patrick?

Carole retiró el auricular de su oreja y soltó un gruñido desesperado. Severus modificó un momento su posición, dispuesto a fingir que no había escuchado nada, y le devolvió a Adrien sus galletas. A esas alturas, el niño se retorcía sobre sus piernas, intentando recuperar el paquete perdido. Josh tenía expresión abatida y, cuando su amigo captó la tristeza en los ojos claros del pequeño, se olvidó de la pequeña lucha que tenía con su padre, cogió al rubio de un brazo, y se lo llevó a la habitación, dispuesto a jugar con él hasta que estuviera contento otra vez.

Así pues, Severus se quedó a solas con Carole. Otra vez le pareció que estaba muy guapa. Volvió a sentirse molesto por ello y, por supuesto, sintió que el estómago se le subía a la garganta, cortándole la respiración y produciéndole una sensación extraña, como si cientos de bicharracos revolotearan por su interior, poniéndolo de los nervios. Cuando vio a Carole pasarse una mano por el pelo, tuvo que apartar la mirada. ¡Le quedaba tan bien el cabello suelto! Severus bufó, sin poderse creer que Él estuviera pensando en esas cosas. Definitivamente, necesitaba tener un poco de acción mortífaga en su vida. Se estaba volviendo un blando. Suerte que Harry Potter seguía en Hogwarts, recordándole quién era Él.

-Buenas tardes, Severus –Saludó la mujer, entrando a la sala mientras intentaba recuperar la calma -¿Y los chicos?

-Se han encerrado en la habitación, para no variar –Carole sonrió. Cuando se sentó junto a Snape, parecía realmente abatida -¿Algún problema?

-Podría decirse que sí –La mujer suspiró, masajeándose los ojos unos segundos. Severus tuvo la sensación de que ella trataba de tomar una decisión. Un segundo después, Carole volvió a hablar –Era Patrick. El padre de Josh.

Severus cabeceó. Ya se había imaginado algo así, por lo que esas palabras sólo confirmaban sus sospechas.

-Tenía la esperanza de que, esta vez, nos dejaría en paz, pero me equivoqué –Snape decidió prestarle atención a su niñera. No sabía si era por simple curiosidad, o si era un interés real, pero quería escucharla y, tal vez, ayudarla –Patrick puede ser muy persistente cuando se lo propone. –Carole suspiró de nuevo. Tal vez, estuviera cometiendo un error al contarle ese tipo de coincidencias a Severus, pero necesitaba desahogarse. Llevaba demasiado tiempo viviendo aquella situación en soledad, quería que alguien la apoyara, aunque, simplemente, se limitara a escuchar lo que tenía que decir –Es una de esas personas incapaces de asumir responsabilidades, como un niño grande que cree que todo en la vida es un juego, incluido su propio hijo. Nunca se ha preocupado por sus necesidades, jamás ha pasado una noche en vela si Josh estaba enfermo, ni lo ha cuidado cuando era más pequeño, ni ha hecho por él otra cosa que fuera jugar... Y eso con suerte, pues solía estar demasiado borracho para tenerse en pie –Carole esbozó una sonrisa triste, y agitó la cabeza –No debería contarte todo esto. Patrick es mi problema, pero si viene a buscarnos, es posible que tengamos que abandonar la ciudad otra vez.

Se produjo un breve silencio. Severus se había puesto en tensión al escuchar aquello. Carole no podía marcharse. Adrien la necesitaba y él... Él ni siquiera estaba seguro de lo que sentía.

-No puedes pasar la vida huyendo –Dijo con voz grave, al cabo de unos segundos. Carole lo observó con atención; no había esperado que él hablara, pero, finalmente, lo había hecho –Si ese tal Patrick es tan persistente como dices, os encontrará donde estéis. Sería más conveniente plantarle cara, hacerle ver que no tiene poder sobre vosotros. –Carole no dijo nada, limitándose a agachar la cabeza, así que Severus decidió seguir hablando –Ignoro por completo la magnitud del problema. Sólo sé que el padre de Josh es un...

-Vividor –Carole completó la frase con acierto, y Severus sonrió.

-Un vividor. Posiblemente, no sea conveniente que esté cerca de Josh, pero tampoco es bueno para el chico estar cambiando de ciudad constantemente. Josh está bien aquí. Tiene amigos, es feliz en el colegio, y se ha adaptado a la vida en la ciudad con facilidad –Carole lo miró. Tenía los ojos brillantes de emoción, como si estuviera a punto de ponerse a llorar –Deberías quedarte aquí. Dejar que ese hombre venga, averiguar sus intenciones y actuar en consecuencia. Plantarle cara.

Carole bajó la cabeza, suspirando de nuevo.

-Siempre me ha faltado valor para enfrentar a Patrick –Confesó, y a Severus le recordó terriblemente a su madre fallecida. Aquella mirada perdida, vacía de emoción –Al principio, pensé que cambiaría, hasta que comprendí que no era bueno para Josh estar cerca de su padre. Sólo por él, conseguí alejarme de su lado y, aún así, Patrick regresaba a mi vida periódicamente –Carole señaló el minibar con la cabeza –Ni siquiera he podido deshacerme de las botellas de alcohol, esperando el momento en que él apareciera por esa puerta. Supongo que sonará estúpido.

-En realidad, no –Severus sonrió, sintiéndose extrañamente relajado. Estaban tratando un asunto realmente importante, y él no podía dejar de pensar en lo a gusto que se sentía al lado de Carole. Era una auténtica locura –Entiendo todo esto mejor de lo que piensas.

-Tal vez, me vengan bien para arrojárselas a la cabeza –Bromeó la mujer, poniéndose en pie –Quizá, de esa manera, Patrick me dejaría en paz de una vez –Severus cabeceó, levantándose a su vez –No sé qué hacer. Estoy cansada de huir, pero no creo que pueda hacerle frente yo sola.

-Tal vez, no estés sola en esta ocasión.

Severus dejó caer aquellas palabras con algo que rozaba la timidez. Carole lo miró sorprendida, y aceptó el ofrecimiento con un leve sonrojo. No fue necesario que ninguno de los dos dijera nada, para comprender que algo acababa de cambiar en su relación, o lo que fuera que hubiera entre ambos.

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-¡Oh! El tío Jerry va a venir ya...

Adrien daba vueltas por el recibidor. La noche anterior, le había costado conciliar el sueño y, esa mañana, había salido de la cama antes que el propio Severus. Era evidente que estaba ansioso por volver a ver a Jerry Bellefort; quería asegurarse de que todo estaba en su lugar para que el adulto se llevara una buena impresión y, según las cuentas de Snape, ya se había peinado media docena de meces en menos de diez minutos. Severus lo observaba desde la salita de estar, mientras miraba de cuando en cuando hacia la ventana, esperando que Jerry llegara de una vez para que el mocoso se tranquilizara; comenzaba a ponerlo nervioso a él también.

-No tardará en llegar, Adrien. ¿Por qué no te sientas un rato?

La mirada del niño suficiente para hacer callar al hombre. Severus se encogió de hombros, contento de comprobar que Adrien se parecía a él más de lo que pudiera pensar, y se apoyó en el alfeizar de la ventana, con los brazos cruzados y los ojos fijos en el camino que daba acceso a su casa. Casi sin darse cuenta, se descubrió a sí mismo pensando en Carole, y en todo lo que había ocurrido el día anterior. Si bien ella no había sido demasiado explícita al hablarle de sus problemas, Severus entendía muchas de las cosas que ella había querido decirle, pero que no mencionó. Estaba dispuesto a ayudarla, lo cual le desconcertaba, y sentía la necesidad de saber más cosas sobre ella, Josh y ese tal Patrick. No quería que Carole se marchara. Adrien la echaría de menos y, para qué negarlo, él también. Se había acostumbrado a su presencia (aunque no le gustara verse como un auténtico idiota) y no le agradaba la perspectiva de perderla para siempre.

-¿Traerá todas esas cosas de los abuelos? –Adrien comenzó a morderse las uñas, mientras entraba y salía de la salita –Me gustaría verlas. Mamá no tenía muchas cosas de los abuelos...

-Tu tío te prometió que lo traería. Estoy seguro de que lo hará.

Adrien esbozó una tímida sonrisa, sintiéndose un poco más tranquilo, y regresó al recibidor. Severus deslizó su mirada hasta Oso, que reposaba en el sillón a la espera de que alguien le prestara atención. Adrien había insistido un rato antes en que su padre le hiciera un hechizo limpiador al dichoso muñeco, así que el peluche lucía un aspecto inmaculado, con su pelaje pardo brillando de manera intensa, mucho más suave que nunca. El niño había llegado a la conclusión de que su papá sabía limpiar muy bien, a pesar de lo que los demás pudieran pensar.

-¿Crees que me llevará a ver la casa de mi mamá?

-Está en Francia, Adrien. No es fácil ir hasta allí...

-¡Oh! Pero están los aviones. Mi mamá me prometió que, algún día, viajaríamos en avión –Adrien se quedó callado, comprendiendo que su madre ya no estaba allí para cumplir sus promesas.

Severus captó el gesto triste del niño, pero no tuvo tiempo de ofrecerle un poco de consuelo. Jerry Bellefort acababa de llegar a la casa subido en un taxi, vestido con ropa muggle informal, y mirando a su alrededor con aire despistado. A Snape le pareció ver una mueca de disgusto en el rostro del hombre, pero decidió que no le afectaría. No era bueno ponerse a discutir con ese hombre por el estado de aquel barrio; no, si Adrien estaba delante.

-Jerry ya está aquí –Anunció el brujo, y Adrien dio un bote de alegría, correteando en todas direcciones y subiendo un par de los escalones que llevaban a la planta superior. Severus se vio obligado a cogerlo de los hombros para que se tranquilizara y, cuando lo miró fijamente a los ojos, Adrien comprendió que era muy importante que dejara de moverse de aquella manera. Todo debía estar perfecto; su tío tenía que llevarse una buena impresión, para que pudieran seguir viéndose más a menudo –Tranquilo, Adrien. Todo va a salir bien.

-¿Estoy bien peinado? –El niño se echó las puntitas de su pelo hacia arriba, provocando una pequeña risotada paterna.

-Estás muy guapo. Oso está limpísimo. La casa está ordenada. Todo en su punto.

Adrien sonrió y se metió las manos en los bolsillos, intentando dominar los nervios. Cuando el timbre sonó, dio un saltito y miró a su padre con aire aprensivo. Severus agitó la cabeza, indulgente, y abrió la puerta. Jerry Bellefort presentaba un aspecto mucho más sencillo que la última vez que se encontraron y, lo primero que hizo fue buscar a Adrien con la mirada. Le sonrió un momento, antes de comenzar a tratar con Severus Snape. Era evidente que no se caían precisamente bien, pero eran capaces de mantener las formas delante del niño.

-Buenos días, señor Snape –Saludó el muggle, estrechando la mano de su interlocutor.

-Señor Bellefort –Severus se hizo a un lado, para dejar entrar al hombre. Cerró la puerta con suavidad y observó al hombre rubio. A juzgar por la forma que tenía de mirar al niño, Adrien estaría completamente a salvo junto a él –Espero que haya tenido un buen viaje. Tengo algunos asuntos que atender. Pueden pasar a la sala y charlar tranquilamente –Severus se volvió hacia el pequeño, que se había agarrado a la mano de su tío y no estaba dispuesto a dejarlo ir tan pronto –Adrien, si necesitáis algo, ven a pedírmelo. ¿Podrás hacerlo?

-¡Claro, papi! –Adrien se removió, inquieto, y tiró de su tío hacia la salita. El hombre, que venía cargado con una pequeña maleta, pareció un poco aturdido, pero se dejó llevar –Luego, te enseñaré tu habitación... Yo quería que durmieras en mi habitación, porque, por las noches, yo siempre estoy con mi papá, pero él dice que es mejor que ocupes la de invitados –Adrien se encogió de hombros, como si no entendiera los razonamientos de su padre, y obligó a Jerry a que se sentara en el sofá. El hombre estaba tan aturdido por tanta vitalidad, que no pudo decir nada –Seguro que mi habitación te gusta un montón, ya lo verás... ¿Has visto a Oso? Me lo regaló mi mamá cuando era un bebé. ¿Te gusta?

-Es muy bonito...

-Es mi amigo. Siempre está conmigo cuando lo necesito y, además, yo sé que mi mamá está conmigo cuando lo abrazo –Jerry cogió el muñeco con aire temeroso –Tío Jerry... ¿Tú sabías que mi mamá se murió?

-Sí, Adrien –Jerry se sintió incómodo de pronto. Ese asunto no le era precisamente grato, menos aún si tenía que tratarlo con su sobrino.

-El señor Burns me dijo que no habías podido venir al funeral, aunque te hubiera gustado hacerlo –Jerry se ruborizó, apretando con los dedos el cuerpo de peluche de Oso -¿Te gustaría ir a ver a mi mamá? Está enterrada en un sitio muy bonito y a mí me gustaría ir allí.

-Uhm... ¿Qué es lo que dice tu padre sobre eso? –Jerry se agitó, nervioso. Adrien parecía haber heredado ese gesto de la familia materna.

-No hablamos mucho sobre eso... A mí me pone triste acordarme de esas cosas y mi papá no quiere que yo esté triste –Adrien suspiró –Pero, como tú eres hermano de mi mamá, he pensado que te gustaría que fuéramos a verla. Mi papá seguro que también quiere venir. Podríamos llevarle globos. A mí mamá le gustaban mucho los globos.

-¿Globos? –Jerry sonrió. Recordaba perfectamente que, desde muy niña, a Mariah le habían chiflado esas cosas -¿No será mejor llevarle flores?

-Ella decía que prefería los globos –Adrien se encaramó sobre las rodillas del hombre, acomodándose entre sus brazos sin que Jerry pudiera hacer nada por evitarlo –Siempre que hacíamos una fiesta, llenaba la casa de globos y, después, los explotábamos todos con una aguja. Era muy divertido.

-Seguro que sí –Jerry carraspeó –La verdad es que me gustaría poder ir a ver a tu madre. Que fuésemos juntos...

-Entonces, hablaremos con mi papá –Adrien se puso en pie y dio un par de vueltas por la habitación. Seguía estando muy nervioso, pero la actitud de su tío le hacía sentirse mejor -¿Quieres que vayamos a ver tu habitación? Está justo frente a la mía. El papel de las paredes no es bonito, pero a mi papá le gusta –Josh sonrió, poniéndose en pie y, otra vez, dejándose arrastrar por el niño a través de la casa. Aquel mocoso le hacía sentir que había recuperado a su familia; sin reproches, sin sentimientos dolorosos. Simplemente, con ternura y confianza –Papá no es muy bueno decorando cosas –Decía el niño, mientras llegaban a la planta superior y recorrían el pasillo a toda velocidad –Cuando yo vine, todo era oscuro y daba un poco de miedo. Menos mal que lo cambió... Ahora, todo es más chuli. Me gusta más así.

Jerry echó un vistazo a su alrededor. Definitivamente, Severus Snape no parecía la clase de hombre que pintaría una pared de naranja sin la influencia de alguien como Adrien.

-La casa era de mi abuelita Eillen, pero ella se murió también, hace mucho, mucho tiempo –Explicaba el pequeño, apretando la mano de su tío para que no se entretuviera observando los cuadros que adornaban el pasillo –Creo que a ella tampoco le gustaban los colorines. A mi mamá, en cambio, le encantaban. En nuestra casa, todo estaba lleno de luz y de colorines... –Adrien suspiró, deteniéndose frente a una puerta y, con cierta dificultad, agarró el picaporte –Aquí dormirás tú cuando vengas a visitarnos.

Un segundo después, Jerry estaba en el interior de un dormitorio no demasiado grande, empapelado en tonos verdosos, y con una ventana desde la que se podía ver el patio trasero de la casa. Adrien tenía razón cuando decía que no era un lugar tan alegre como el resto de la vivienda, pero le pareció una digna habitación de invitados: sobria y cómodo, aunque no demasiado acogedora.

Adrien se adentró en la estancia dando saltitos alegres, sin dejar de hablar en ningún momento.

-Esta es la cama. Ese es el armario para que guardes la ropa y ahí está el escritorio, para que trabajes si quieres... –Adrien correteó hasta una puerta lateral, y la abrió –Tienes un baño para ti solo. Mi papá y yo tenemos otro para nosotros, así que puedes usarlo cuando tú quieras –Jerry cabeceó, sin poder dejar de sonreír. Le resultaba casi increíble que Adrien lo hubiera aceptado con tanta facilidad, pero no pensaba protestar por ello –Hay mantas en el armario, arriba –Señaló la parte superior –Y dos almohadas más. Mi papá no sabía cuántas podrías utilizar –Adrien frunció el ceño, como si pretendiera recordar algo. Su padre le había pedido que guiara a su tío por la casa y le explicara todo lo que necesitara saber para moverse con soltura entre las cuatro paredes. Adrien no estaba seguro de si había cumplido bien con su misión, pero no recordaba que le faltara nada por decir –Bueno... Ya está... ¿Te gusta tu habitación, tío?

-Me gusta mucho, Adrien. Muchas gracias.

-Uhm... Deberíamos subir la maleta aquí arriba, para que puedas ordenar tus cosas –Adrien cogió otra vez la mano del hombre, y lo llevó de nuevo a la planta inferior –Mi papá ha dicho que hoy podemos irnos a comer por ahí solos. Él tiene que trabajar, así que podremos hablar tranquilos. Si tú quieres, claro...

-Por supuesto –Jerry no se pudo resistir y alborotó el cabello negro de su sobrino –Iremos dónde tú quieras.

-Uhm... Me apetece comer hamburguesas –Adrien se relamió los labios con glotonería –Y un helado enorme de chocolate con nata... ¡Uhm...!

-Me parece un buen plan. Tienes muy buen gusto, Adrien.

El niño sonrió y ayudó a su tío a llevar su equipaje hasta el dormitorio. Después, se despidieron alegremente de Severus, y se fueron a la ciudad. Por desgracia, el día no era tan bueno como ellos hubieran deseado y no pudieron ir al parque, pero sí estuvieron toda la mañana en el centro comercial, y Jerry le compró a su sobrino un par de libros para colorear y un par de muñecos articulados para su colección particular. A Adrien le había parecido ver el pelo rosa de Nymphadora Tonks en el otro extremo de la heladería en la que comieron, pero no estaba muy seguro de ellos. Además, su tío Jerry no paraba de contarle cosas que solía hacer su mamá cuando era niña y, aunque le hubiera gustado mucho poder saludar a aquella simpática bruja, Adrien prefería saber todo lo posible sobre su madre. Jerry le contó que se parecía mucho a él, que también era una chiquilla alegre y extrovertida, aunque solía hacer muchas más travesuras que su hijo. Una vez, rompió todos los gnomos de jardín que su abuela Amelié tenía en la entrada de su casa en Francia. Jerry se había cargado toda la culpa, pero su mamá lo ayudó a cumplir su castigo... Adrien estaba encantado escuchando todas esas cosas; tanto, que el día se le pasó volando y, cuando llegó la hora de volver a casa, no pudo contener un gruñido de frustración. Le gustaba estar con su tío y, aunque algunas veces había echado de menos a su papá, se sentía capaz de aguantar otro par de horas alejado de casa.

Finalmente, Jerry lo había convencido para abandonar el centro comercial. Adrien había descubierto que le gustaban las máquinas recreativas, aunque no era demasiado bueno jugando a nada. Solían matarlo al poco tiempo de empezar, pero su tío, que sí era un experto, aseguró que sólo necesitaba un poco de práctica. Incluso había prometido comprarle un videojuego para que pudiera entretenerse en casa. Posiblemente, a Severus no le haría mucha gracia, pero tendría que aguantarse si era un regalo de su tío.

Se disponían a volver a casa, cuando Adrien reconoció un rostro muy familiar. Josh y Carole también habían pasado la tarde alejados del pequeño apartamento de la mujer y, en ese momento, el chiquillo intentaba convencer a su madre para que le comprara un enorme lagarto de grandes y saltones ojos. A Adrien no le pareció un bicho demasiado bonito y, a juzgar por su expresión compungida, a Carole tampoco, pero Josh no cesaba en su empeño de tener una mascota. Desde que sabía que Adrien tenía un águila, él también quería tener un exótico animal de compañía, pero Carole no estaba por la labor de proporcionárselo.

-¡Josh! –Adrien chilló emocionado, acercándose a su amigo a toda velocidad. El niño rubio lo miró sonriente, olvidándose de que quería tener al lagarto entre las manos -¡Hola!

-¡Adrien! –Josh se alejó de su madre, que buscó con la mirada a Severus, y pareció extrañada al no encontrarlo.

-Mira, Josh, he venido con mi tío –Adrien estiró un bracito hacia Jerry Bellefort, que estaba disfrutando de uno de los días más entretenidos de su vida –Lo conocimos en el cole. ¿Te acuerdas?

-Sí -¿Cómo olvidar la tarde horrible que habían pasado después de ver a ese hombre, mientras Adrien se sentía engañado por su padre? -¡Hola, tío de Adrien!

Jerry rió suavemente, cogiendo la mano de su sobrino y saludando al otro pequeño con amabilidad. Carole se acercó a ellos, observando con curiosidad al otro hombre.

-Hola, Adrien –Saludó al niño, dándole un beso en la mejilla -¿Y tu padre?

-¡Carole! No ha podido venir con nosotros pero ¡Mira! Es mi tío Jerry –Empujó al hombre hacia delante, contento porque dos personas muy importantes para él se habían conocido –Es hermano de mi mamá... –Adrien dio un saltito y se abalanzó sobre Josh, ansioso por hablar con él un rato -¿Te vas a comprar ese lagarto, Josh?

Los niños se alejaron. Jerry y Carole se evaluaron con la mirada durante unos segundos, hasta que el hombre pareció reaccionar y se presentó con la educación de la que, normalmente, hacia gala. Carole estrechó su mano con énfasis y no pudo evitar sentir curiosidad hacia ese hombre. Normalmente, Severus Snape no confiaba la seguridad de su hijo a nadie, así que ese hombre debía ser importante para Adrien.

-Adrien me habló de usted, señor Bellefort. Estaba encantado con la idea de conocerle –Comentó la mujer, actuando con cierta cautela, como si no supiera muy bien a qué atenerse con ese hombre.

-Debo reconocer que yo también estaba ansioso por estar con él –Jerry miró al niño un momento. Josh y Adrien tenían la nariz pegada al escaparate de la tienda de animales, admirando la escasa belleza de la casi mascota del chico rubio.

Se produjo un incómodo silencio. Carole modificó un par de veces su posición, y Jerry carraspeó, rascándose la nuca mientras buscaba algo más que decir. Observaron a los niños durante un par de minutos, sin intercambiar ni una sola frase más, hasta que Carole llamó a su hijo y, ambos, se alejaron de los Bellefort caminando velozmente. Jerry observó a la mujer un momento, aunque su expresión no dejaba entrever si se había llevado una buena o una mala impresión. Después, Adrien regresó a su lado y comenzó de nuevo a hablar incansablemente, explicando los pros y los contras de tener un lagarto como mascota. Él, naturalmente, prefería un perrito, pero dudaba que su padre quisiera tener uno...

Después de dar un par de vueltas más por el centro comercial, regresaron a casa. Severus los estaba esperando con la cena preparada y, en cuanto lo vio, Adrien se tiró a sus brazos, explicándole todo lo que habían hecho durante el día. Hablaba tan deprisa, que a Snape le costaba cierto trabajo entender todo lo que quería decirle pero, cuando el niño se quedó dormido en el sofá, mientras veía una película en compañía de Jerry, el brujo no tuvo ninguna duda de que habían pasado un buen día. Con sumo cuidado, lo llevó a la habitación y lo dejó bien envuelto entre las sábanas, para volver a la sala de estar, donde Jerry lo estaba esperando, consciente de que tenían una conversación pendiente.

-Espero que Adrien no le haya ocasionado ningún problema –Fue lo primero que Severus dijo cuando volvió a la planta baja, acomodándose en el sillón principal de la estancia. El ambiente parecía más tenso que unos minutos antes; era evidente que esos dos tenían que conocerse muy bien antes de mostrar confianza el uno en el otro –En ocasiones, es demasiado nervioso para su bien...

-No se preocupe, señor Snape. Todo ha estado bien. Adrien es un buen chico.

-Sí lo es –Snape cabeceó. Ofreció una copa de coñac al otro hombre, buscando que se sintiera un poco más cómodo. Después de todo, era el bienestar de Adrien lo que estaba en juego –Parecía contento. Sin duda, ha sido un día emocionante para él.

-Nos hemos divertido... Yo quería agradecerle que me haya permitido estar a solas con el niño –Jerry suspiró. Severus lo fulminaba con sus ojos oscuros, logrando intimidarlo. Era curioso que, por un lado, fingiera que le interesaba su comodidad y, por el otro, no dejaba de mirarlo como si pudiera leerle el pensamiento –Necesitaba hablar con él y tengo muy en cuenta su gesto...

-Como ya le dije en otra ocasión, me interesa el bienestar de Adrien más que cualquier otra cosa –Severus agitó su copa, contemplando un segundo el líquido ardiente que contenía –Es importante para él mantener contacto con usted. Es el vínculo más cercano que el niño tiene con su madre y yo deseo mantenerlo durante todo el tiempo que sea posible –Severus alzó la vista, clavándola con intensidad en Jerry –Mariah fue una buena madre y, aunque no tuve ocasión de conocerla demasiado bien, no dudo que fuera una gran persona. Que usted pueda hablarle de ella, me llena de satisfacción. Estoy seguro de que le hace bien al niño. Y eso es lo único que debemos tener en cuenta.

Jerry cabeceó. No ponía en duda ninguna de las palabras de aquel hombre, aunque él tampoco hubiera tenido ocasión de conocer demasiado bien a la mujer adulta que fue su hermana.

-Yo quería mencionarle un asunto que he comentado hoy con Adrien –Severus alzó una ceja, mostrando cierta curiosidad –Se trata de visitar la tumba de Mariah –Snape se removió, y Jerry hizo una pequeña pausa, como si estuviera escogiendo sus palabras –A él le gustaría ir y yo... La verdad es que no asistí a su funeral y, hasta ahora, no he tenido ocasión de ir a verla... –Jerry carraspeó. Agradecería profundamente que Severus no le preguntara por qué no fue al entierro de su hermana. Por fortuna, el hombre seguía mirándolo, con el ceño fruncido y la boca cerrada –No sé si usted pensaba llevar a Adrien allí, pero he pensado que podríamos ir en alguna ocasión en que yo esté en el país... Los tres juntos...

Severus sopesó aquellas palabras. Hasta el momento, él no había hablado sobre aquello con Adrien. Estaba seguro que el pequeño se entristecería en cuanto él mencionara el tema, así que había ido aplazándolo día a día, convencido de que llegaría el momento adecuado para llevar a Adrien a ver la tumba de su madre. Quizá, dicho momento era precisamente aquel, justo ahora que Jerry Bellefort mostraba su deseo de acompañarles. El hombre se veía realmente interesado; Severus había captado cierto aire triste y culpable en los ojos de ese hombre y, tras un segundo de reflexión, llegó a la conclusión de que la presencia de Bellefort no sólo no supondría un problema, si no que ayudaría a Adrien a sobrellevar mejor el reencuentro con Mariah. Después de todo, Jerry había sido su hermano; Adrien llevaba su misma sangre corriendo por sus venas y, compartir ese momento, sería beneficioso para ambos. Y, por qué negarlo, para él mismo, que no había tenido valor para acudir al cementerio local, a ver a sus padres, en varios años.

-Me parece una buena idea –Dijo finalmente, captando el alivio en las facciones de su interlocutor –Podríamos organizar un viaje para la próxima vez que venga a la ciudad. En Navidad, tal vez...

-¿Navidad? –Jerry pareció un tanto asombrado ante el comentario.

-Adrien ha dado por hecho que pasará el día de Navidad con nosotros –Severus hablaba con tanta seguridad, que a Jerry le parecía imposible rechazar aquella invitación velada –A no ser que tenga otros planes, por supuesto.

-No, pero yo... –Bellefort se había ruborizado ligeramente. Era evidente que todo aquello le había pillado por sorpresa, y no sabía muy bien cómo reaccionar –Yo no suelo celebrar la Navidad –Agregó, removiéndose en su asiento y apurando el contenido de su copa.

-Definitivamente, yo tampoco –Severus hizo una mueca. Era agradable compartir algo con ese hombre, aunque fuera su escaso espíritu navideño –Pero, según parece, Mariah sí era una apasionada de estas fechas. Adrien ya se muere por ver los regalos alrededor del árbol y compartir un enorme budín de carne con sus seres queridos, así que no me queda más remedio que organizar una comida... Es fastidioso, pero serán las primeras Navidades que Adrien y yo pasemos juntos. Quiero que todo salga lo mejor posible.

-Entiendo –Jerry afirmó con la cabeza. Recordó que, efectivamente, Mariah había adorado la Navidad desde que era una niña, y no reprimió una sonrisa melancólica. Hubo años en los que a él también le habían gustado esas celebraciones –En tal caso, no puedo rechazar su invitación.

-A Adrien le gustará saberlo –Severus se sirvió otra copa –En cuanto al viaje, yo me ocuparé de todo. Conozco el pueblo, así que no me supondrá ningún problema.

-Bien –Jerry contempló distraídamente el paisaje que se podía ver a través de la ventana y, de forma repentina, dio un salto agitado. Severus captó el temor en sus ojos, y se levantó a su vez.

-¿Ocurre algo? –Preguntó, acercándose al otro hombre.

-He visto a alguien fuera, husmeando a través de la ventana.

Por un momento, Jerry temió que no fuera a creerle. Sus palabras sonaban más a alucinación provocada por el alcohol que a realidad, pero Severus no tardó ni un instante en ponerse en tensión, con la mirada furiosa y los puños apretados. Jerry comprendió que ese hombre era capaz de hacer cualquier cosa para proteger a los suyos.

-Suba arriba, vaya con Adrien y cierre la puerta –Ordenó, y Jerry no se sintió con fuerzas para desobedecer –Procure que el niño no se despierte y, si lo hace, que se quede tranquilo. ¿Entiende?

-Sí, pero... ¿No deberíamos llamar a la policía? Tal vez sea algún ladrón o...

-Vaya arriba –Severus se dio media vuelta. Jerry lo vio agarrar algo que tenía guardado entre la ropa, pero no hizo ningún comentario –Yo me encargaré de todo. Usted, ocúpese de Adrien.

Finalmente, Jerry cabeceó y corrió escaleras arriba. Severus no se movió hasta que no escuchó cómo la puerta de su dormitorio quedaba cerrada. Entonces, sacó su varita y murmuró un poderoso hechizo protector que, unido a los encantamientos que en su día estableciera Dumbledore, convertían aquella habitación en un lugar casi infranqueable.

En cuanto vio los ojos de Jerry Bellefort abrirse como platos, supo que algo no iba bien. Aunque él no había tenido ocasión de ver a nadie en el exterior, no necesitó pensar demasiado para descubrir la identidad del hombre que estaba espiándolos a través de la ventana del salón. Sólo había un hombre capaz de hacer algo así y, esa noche, Severus deseó encontrárselo frente a frente para que toda aquella pesadilla terminara de una vez.

Cuando salió a la calle, siseó el nombre de su enemigo con los dientes apretados. Durante varios minutos, buscó algún rastro de Lucius Malfoy con sumo cuidado, pero no lo encontró por ninguna parte. Echó un par de vistazos a la ventana de su habitación, y vio a Jerry Bellefort al otro lado, observando toda la escena sin perder detalle. Finalmente, Severus se dio por vencido y entró a la casa. Era posible que Bellefort pensara cosas extrañas al verlo sostener con firmeza su varita; a los ojos del muggle, no sería más que un palito de madera, así que Snape esperaba que no hiciera preguntas.

Severus aseguró todas las entradas y fue a la planta superior. Jerry ya había salido del dormitorio para ir a su encuentro. Parecía preocupado, y miraba al brujo con curiosidad.

-¿Está todo bien? –Preguntó, sin saber muy bien qué había ocurrido.

-Por el momento, sí. Quién fuera que estuviera ahí fuera, se ha ido –Jerry afirmó con la cabeza -¿Se ha despertado?

-No se ha enterado de nada –Jerry se metió las manos en los bolsillos. Toda aquella situación había conseguido ponerlo nervioso otra vez. Tenía muchas preguntas que hacer, pero no le pareció que ese fuera el momento preciso para hacerlas –Creo que voy a dormir. Ha sido un día muy largo.

Severus inclinó la cabeza a modo de respuesta. Jerry lo observó con suspicacia un momento, hasta que echó a andar hacia su dormitorio y se encerró. Sólo entonces, el brujo liberó el aire de sus pulmones y fue junto a Adrien.

Aquella noche, apenas pudo dormir. Aunque Lucius Malfoy hubiera estado tranquilo durante unas cuantas semanas, era evidente que estaba más cerca de ellos que nunca. Sólo esperaba que nunca se acercara lo suficiente a Adrien como para hacerle daño. En tal caso, se vería obligado a hacer cosas que, muchos años atrás, prometió que no volvería a hacer.

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Hasta aquí por hoy :). No os quejaréis, ¿Eh? He actualizado pronto y el capítulo ha tenido de todo un poco. Severus y Carole se han acercado un poco, Jerry y Adrien se han hecho amigos, hay planes de futuro y, además, Lucius Malfoy ha vuelto. Ha pasado un mes y, ahora, estamos en diciembre. Pronto llegará la Navidad y, bueno, vamos a tener a un montón de gente bajo el techo de Snape (pobre hombre :P) Habrá regalos, magia, mortífagos, algún descubrimiento, un poco de Albus Dumbledore y... Muérdago. El próximo capi vendrá cargadito, jeje, pero hay que esperar un poco.

Ahora, lo de siempre. Muchas gracias a todos por leer y por dejar vuestros comentarios. ¡Oh, por cierto! Recordaos que los personajes no son míos; hacía tiempo que no lo decía.

Nada más. Un besote para todos, y hasta pronto

Cris Snape