CAPÍTULO 39. Dulce Navidad

El domingo por la mañana, no ocurrió nada especial en la casa de los Snape. Adrien se había despertado antes que nadie y, siguiendo un impulso que, quizá, podría resultar inadecuado, se dedicó a despertar a todos los miembros de su familia. Severus, que había conseguido quedarse dormido poco después del amanecer, gruñó con indignación cuando el niño comenzó a golpearle con la almohada; el mocoso podría resultar realmente convincente y, aunque el brujo hubiera querido descansar un rato más, no le quedó más remedio que levantarse de la cama, gruñendo maldiciones. Le hubiera gustado recriminar a Adrien por su comportamiento, pero cuando giró la cabeza, el niño había desaparecido. Severus no necesitó ir tras él para descubrir que, en ese momento, estaba saltando sobre el colchón de su tío; podía escuchar la alegre vocecita infantil llamando una y otra vez a Jerry. No pudo reprimir una sonrisa maliciosa cuando escuchó el gemido de protesta del otro hombre; otro perezoso en la familia. De alguien debía haber heredado Adrien esa costumbre suya de quedarse pegado a las sábanas todas las mañanas.

Jerry Bellefort tampoco había dormido bien. Lo ocurrido la noche anterior le había dejado ciertamente preocupado y, aunque no alcanzaba a entender absolutamente nada, estaba seguro de que era algo grave que, tal vez, ocultara algún secreto de suma importancia. Apenas sabía nada sobre Severus Snape; no tenía la menor idea de la clase de hombre que era, aunque tampoco esperaba muchos secretos de un profesor de Química. No obstante, había algo muy extraño en todo eso y, más tarde o más temprano, lo descubriría.

La entrada de Adrien lo pilló desprevenido. Desde que era pequeño, había tenido problemas para conciliar el sueño en camas que no fueran la suya; esa noche no fue diferente y, cuando se movió por primera aquella mañana, mientras escuchaba la voz de su sobrino junto a él, sintió un horrible dolor en el cuello y espalda, que le obligó a soltar un leve gemido lastimero. Adrien lo miró intrigado un segundo, hasta que decidió seguir con sus saltitos, procurando no pisar a su tío, eso sí.

-¡Buenos días! –Exclamó, alegre, abalanzándose sobre Jerry, que no pudo hacer otra cosa que sujetarlo para evitar que, sin querer, el niño le golpeara la nariz -¿Has dormido bien?

-Uhm... –Jerry entornó un momento los ojos. La luz que entraba por la ventana le resultaba bastante molesta, pero no tardó en sobreponerse. Miró a Adrien un segundo, que esperaba una respuesta con ansiedad, y sonrió como buenamente pudo –Sí, Adrien –Mintió, estirando los brazos y dejando que su sobrino le diera un beso en la mejilla.

-¡Bien! –Adrien se deslizó hasta el suelo. No se estaba quieto ni un solo segundo y a Jerry eso le pareció realmente tierno -¿Vamos a desayunar? Después, podremos hacer más cosas, antes de que te vayas.

Sin esperar una respuesta, Adrien salió de la habitación. Quería asegurarse de que su padre también se había levantado ya y, efectivamente, cuando regresó a su dormitorio, Severus ya estaba preparando la ropa que Adrien tendría que ponerse. Miró de reojo al niño un momento, esperando a que le dijera algo, y le ayudó a subirse a la cama, para empezar a vestirlo con la eficiencia que le proporcionaba la práctica.

-No debiste despertar a tu tío –Le recriminó con suavidad, procurando no subir el tono de voz. No quería que Adrien se sintiera incómodo si Jerry veía cómo le regañaban. Ayer hizo un viaje muy largo y esta misma tarde tiene que marcharse otra vez. Debe estar cansado.

-Pero, si no se levanta pronto, no podremos hablar y jugar –Explicó Adrien, como si aquello fuera lo más lógico del mundo. Hablaba despacio, tanto, que Severus sintió cómo si él fuera el niño y, Adrien, el adulto –Yo creo que ha dormido mucho.

-Ya –Severus soltó un bufido y, una vez vestido, hizo que el niño volviera al suelo –Ve a lavarte la cara y a peinarte.

-Sí, papi.

Adrien se alejó dando saltitos. Severus lo miró un momento y, finalmente, se sentó sobre el mullido colchón, con un pensamiento preocupante en mente. La noche anterior, tras la aparición de Lucius Malfoy, había notado la mirada de extrañeza de Jerry. Era evidente que el hombre no había estado dispuesto a hacer preguntas, pero todo lo ocurrido lo había intrigado bastante. Severus sabía que, en algún momento, Jerry debería saber que Adrien era un mago, aunque todavía no considera oportuno decirle nada. Después de todo, el niño acababa de conocer a su tío; si Severus le hablaba del mundo mágico en ese momento, explicándole todo lo concerniente a Malfoy, era probable que el muggle huiría todo lo deprisa que le permitieran sus piernas. Realmente, no era para menos... Por ello, y porque Snape aún no estaba completamente seguro de que la relación entre tío y sobrino fuera a ser duradera, había decidido guardar silencio. Quizá fuera conveniente poner a Jerry Bellefort sobre aviso, advertirle del peligro que se cernía sobre Adrien, pero sería más adelante. El niño contaba con la protección de la Orden del Fénix, ningún muggle podría hacer más por Adrien que los hombres de Albus Dumbledore.

Así pues, el día transcurría con normalidad. Habían hecho un desayuno ligero y, después, Adrien había comenzado a mostrarle todos sus juguetes (no-mágicos) a Jerry. El hombre lo escuchaba atentamente, sin perderse ni un solo detalle, y a Severus le sorprendió verlo participar activamente en los juegos infantiles de su hijo. Él quería mucho a Adrien, por supuesto, pero jamás cogería uno de sus muñecos y comenzaría una guerra contra un niño. Eso, posiblemente, supondría su fin.

Severus comprobó que, aunque adoraba pasar tiempo junto a su hijo, también necesitaba tomarse un descanso de vez en cuando. Adrien era un niño realmente absorbente que apenas le concedía ratos libres, así que la presencia de Jerry le sirvió para trabajar en la Poción Matalobos durante el fin de semana. Si bien era cierto que se había centrado en el antídoto que le permitiera a Neville Longbottom recuperar la movilidad de su brazo, era evidente que las dos tareas estaban íntimamente ligadas; fue curioso comprobar que, mientras intentaba combinar varios elementos de la Poción Matalobos, fue capaz de encontrar una mezcla que mitigaba los efectos del veneno de la planta carnívora que atacó a Longbottom. Con un poco más de investigación, podría encontrar una solución firme en poco tiempo.

Era casi mediodía cuando alguien llamó a la puerta con insistencia. Jerry y Adrien estaban en el dormitorio de éste último, haciendo unos dibujos que, en opinión de Snape, eran horrorosos (porque Bellefort era el que los estaba trazando, por supuesto) Severus acudió a atender la llamada, con la varita empuñada y oculta. Esperaba encontrarse a un hombre adulto (vendedores o tipos que le instarían a cambiar de religión), por lo que le sorprendió tener que agachar la cabeza para ver al recién llegado.

-¡Josh! –Exclamó, sorprendido. Un segundo después, buscaba a Carole Allerton con la mirada. No la encontró por ninguna parte y, a juzgar por el rostro cubierto de lágrimas del chiquillo rubio, era evidente que no daría con ella -¿Y tu madre?

El niño bajó la cabeza y se ruborizó. Se pasó la mano por la cara, secándose las mejillas con furia, y permaneció muy quieto, mirándose las puntas de los pies.

-¿Y Adrien? –Murmuró con algo que rozaba el temor, como si supiera que no obtendría ninguna respuesta. Severus no necesitó averiguar mucho más para saber que ese niño había hecho algo indebido. Su actitud le delataba escandalosamente.

-¿Has venido tú solo, Josh? –Preguntó Snape, echando un nuevo vistazo a la calle. No había ni rastro del destartalado coche verde de Carole. Miró de nuevo al niño, descubriendo que estaba en pijama -¿Te has escapado?

Josh no respondió. Severus lo vio estremecerse y escuchó el sollozo ahogado. Sí que se había escapado.

-Ven aquí –Snape lo agarró de un brazo. No era brusco, pero tampoco delicado, como cada vez que tocaba a Adrien –Voy a llamar a tu madre ahora mismo. Debe estar muy preocupada.

-¡No! –Josh se detuvo en seco. Severus lo miró a los ojos y vio algo que no le gustó ni un pelo. Ese niño estaba asustado –No quiero ir a casa. Él está allí.

-¿Quién? –Siseó Snape, apretando las mandíbulas, sabiendo de antemano lo que el niño no se atrevía a decir.

-Mi papá –Masculló Josh, bajando la mirada otra vez. Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas y el pequeño comenzó a temblar. Severus chasqueó la lengua, recordando cosas que había preferido olvidar para siempre, sabiendo que lo que ese mocoso necesitaba era un poco de consuelo. Se agachó junto a Josh, le puso las manos en los hombros y le habló con suavidad.

-No irás a casa. ¿De acuerdo? –Josh parpadeó. Parecía sorprendido y había dejado de llorar –Pero yo tengo que hablar con tu madre. No debiste escapar.

-Pero... –Josh tragó saliva –Él quería llevarme. Vino a casa gritando. Olía raro y se daba contra las paredes. Me cogió del brazo y me hizo daño. Mire.

Severus sintió la furia invadir su cuerpo cuando Josh le mostró su bracito magullado. Las marcas de tres grandes dedos estaban allí, tiñendo de rojo la piel blanquecina. Haciendo un gran esfuerzo de autocontención, consiguió hablar, sonando tranquilizador.

-Él no te llevará a ningún lado. ¿De acuerdo? Yo me encargaré de que todo esté bien –Severus se levantó y, sin decir nada más, cogió en brazos a Josh. El pequeño pareció dudar un momento, pero terminó por aferrarse al cuello del brujo, que sintió un leve estremecimiento, muy similar al que le provocaba Adrien. Era evidente que ese niño había ido a su casa buscando protección y, una vez encontrada, su abrazo era una forma de mostrar gratitud –Te quedarás con Adrien y su tío, y yo vendré más tarde, con tu madre. Todo va a salir bien.



-¿Así es cómo cuidas a mi hijo? –Bramaba un hombre de aspecto desaliñado y ojos enrojecidos, mientras daba vueltas alrededor de la habitación infantil, tirándose del pelo y arrojando contra las paredes todo lo que estaba a su alcance -¿Y tú te llamas madre? No eres más que...

-¡Cállate, joder! –El grito de Carole fue más fuerte que la del hombre. Estaba sentada en la cama de su hijo, con la angustia ahogándola y la preocupación rompiéndole el corazón. Había dejado de llorar un rato antes y, en ese momento, intentaba pensar en un lugar al que Josh habría podido ir. No sabía exactamente cuánto tiempo había pasado desde que el niño había huido, pero debía hacer una hora, al menos. Patrick y ella lo había buscado en todo el edificio y en las calles colindantes, pero no dieron con él. Si algo le pasaba a su niño, ella se moriría –Tenemos que llamar a la policía –Se puso en pie, con decisión, pero la mano de su antiguo novio la detuvo, aferrándola por el brazo.

-Has perdido a mi hijo. Te juro que me lo voy a llevar. No mereces tenerlo cerca.

-Si Josh se ha ido, ha sido por tu culpa –Carole se zafó de aquella zarpa, mirando al hombre con furiosa determinación -¡Lo asustaste, apareciendo borracho en NUESTRA casa! ¡Le lastimaste el brazo! ¡Por eso se ha escapado! Y, si quieres, intenta quitármelo. Tendrás que pelear por él con uñas y dientes y te aseguro que ningún juez le concedería la custodia de un niño a un borracho, inútil y desgraciado como tú –Carole chasqueó la lengua con desdén, cruzándose de brazos –Deberías saberlo, eres abogado.

Patrick apretó los dientes, furioso ante las impertinencias de aquella mujer. Él había ido allí con buenas intenciones, pero esa estúpida le había impedido ver a Josh; había vuelto al niño en su contra y, por eso, Josh se había escapado. Todo era culpa de Carole, por alejarlo de su lado y, por eso, merecía un castigo. Alzó el brazo, dispuesto a golpearla; se enfadó aún más cuando ella no mostró temor alguno. Más aún, parecía dispuesta a defenderse... Patrick gruñó, apretando el puño. Iba a disfrutar de ese momento, cuando descargara todas sus frustraciones contra la mujer. Después, le quitaría al niño; si Carole no entendía por las buenas, él le haría ver que no podía jugar con sus sentimientos. La miró a los ojos un momento. No había perdido su aire retador y, cuando su puño comenzó a descender, alguien lo detuvo, estrellándolo contra la pared con tanta fuerza, que su espalda se resentiría durante días. Inmediatamente después, una mano firme rodeaba su cuello, y unos ojos negros y fríos como dos pozos oscuros, lo miraban con una aterradora ira titilando en ellos.

-Como le pongas una mano encima, te arrepentirás de haber nacido, hijo de puta.

La voz fue apenas un susurro, pero bastó para que toda la piel de Patrick se erizara. Los últimos rastros de su borrachera se esfumaron en un segundo, y sintió su corazón latiendo aceleradamente. La llegada de ese hombre lo pilló desprevenido y le asustó, pero lo que le aterraba era la expresión inhumana de aquellas facciones. Era como un demonio, dispuesto a cumplir con su promesa en ese mismo momento, y el muggle lo entendió sin necesidad de más palabras. Se sentía perdido en las orbes negras, y se aferró al brazo de su agresor; empezaba a marearse, tal vez por la falta de oxígeno, y buscó con la mirada a Carole. Ella tenía que ayudarle. Seguro que podía...

No obstante, Carole estaba demasiado alucinada para decir o hacer algo. No sabía muy bien de dónde había salido Severus Snape, pero su presencia en el apartamento fue una bendición. Se le veía más intimidante y varonil que nunca, y Carole deseó poder olvidarse de Patrick y... Agitó la cabeza. No era momento para pensar en esas cosas...

-Escúchame bien, miserable saco de mierda –Siseó Snape. Carole alzó las cejas. Aquellas palabras no parecían ser propias de ese hombre –Como vuelvas a poner tus zarpas sobre Josh, me suplicarás que ponga fin a tu patética existencia –Lo soltó bruscamente. Patrick jadeó un momento, antes de caer al suelo de rodillas, sobrecogido por lo que acababa de ocurrir –Ahora, lárgate de la ciudad y no te atrevas a volver, porque te aseguro que sabré si vuelves a molestar a Carole o a su hijo –Lo señalaba con el dedo, sin dejar de mirarle a los ojos. Provocándole tanto pavor, que la garganta de Patrick, se había quedado seca –Y, en tal caso, no volveré a advertirte nada.

Patrick hubiera querido obedecer en ese momento. No sabía por qué, pero tras escuchar esas palabras, lo único que quería hacer era salir corriendo, para estar lo más alejado posible de aquel desconocido. Pero él nunca había sido un hombre cobarde y, aunque estuviera asustado, no pensaba claudicar sin presentar batalla. Por eso, se puso en pie, tragó saliva, y encaró a aquel tipo que, vestido de negro, resultaba temible.

-Tú no eres nadie para decirme qué debo hacer con mi mujer y mi hijo –Espetó, contento cuando su voz sonó más firme de lo que debería ser. Parecía un tipo valeroso, y eso era de agradecer.

-Carole no es su mujer y usted nunca tuvo ningún derecho sobre Josh, puesto que jamás ejerció como padre –Severus lo señaló con el dedo, sonriendo de medio lado. Así que el muggle iba a resistirse. Bien... Tal vez podría hacer todo aquel asunto más divertido –Se lo advertiré una última vez. FUERA.

-¡Oh, ya entiendo! –Patrick sonrió –Eres el amante de esta fulana...

Carole dio un paso al frente, totalmente indignada por el comentario. Había conseguido recuperarse de su estupefacción, comprendiendo todo lo que estaba ocurriendo. Severus Snape la estaba ayudando a deshacerse de Patrick y ella no podía quedarse callada. Aquella era su guerra, no la del otro hombre, por más que agradeciera su intervención. No obstante, antes de que pudiera hablar, Severus colocó un brazo frente a ella y le habló con suavidad.

-¿Podrías dejarnos a solas un momento? –Preguntó, con tanta caballerosidad, que todo pareció un poco surrealista de pronto –Creo que el señor no entiende lo que le estoy diciendo.

Carole dudó un momento, pero Severus hablaba en serio. Con algo de inseguridad, salió de la habitación y escuchó la puerta cerrarse a su espalda. Intentó hacer oído para saber qué ocurría en la habitación, pero le fue imposible oír nada. La única certeza que tenía era que Josh estaba a salvo. Severus no le había dicho nada, pero estaba claro que el pequeño había ido al único sitio en el que podría sentirse seguro: la casa de Adrien. Y ella era una tonta por no haberlo entendido antes.

Mientras tanto, en el interior del dormitorio, Severus había murmurado un hechizo que insonorizó la habitación. Patrick estaba parado a unos metros de él, farfullando insultos contra el mundo, pero Snape no le prestaba atención. Estaba a punto de hacer magia frente a un muggle, eso era lo único que le preocupaba, aunque ni todos los miembros del Ministerio le hubiera detenido en ese momento.

Rodeó la varita con los dedos, sintiendo el tibio calor que siempre le proporcionaba la magia. Se giró lentamente hacia Patrick, con cierto dramatismo, y echando de menos su capa negra. Con ella, hubiera logrado un efecto mucho más impactante. Miró al muggle, que no se quería quedar callado, y caminó junto a él con aire distraído, observando los juguetes de Josh. Su silencio hicieron callar al cretino que tenía delante, momento que aprovechó para empezar a hablar, jugueteando con su varita.

-Curioso muñeco –Comentó, mostrándole a Patrick un oso de peluche. El hombre frunció el ceño, y murmuró algo sobre locos y ajustar cuentas –Mi hijo tiene uno muy parecido. Se lo regaló su madre –Severus se giró hacia Patrick, volviendo a clavar sus ojos en los del otro. Sonrió cuando notó que el muggle volvía a estremecerse. Era tan fácil... –Tiene un vínculo muy fuerte con ese muñeco y, estoy seguro, de que a Josh le ocurre lo mismo. –Chasqueó la lengua –Estoy seguro de que el niño se siente más unido a este oso que a... Ti –Esa última palabra fue escupida con un desprecio que ni siquiera Harry Potter podía acaparar –Ahora, mira esto.

Severus dejó el peluche en el suelo y retrocedió hasta pararse al lado de Patrick. El hombre estaba demasiado aturdido por todo aquello para protestar, así que se quedó quieto, esperando a ver lo que ocurría. Severus lo miró de reojo y, sabiendo que aquel era el momento, agitó la varita y el osito de Josh estalló en llamas, consumiéndose por completo en menos de un segundo.

Patrick retrocedió dos pasos, blanco como la cera, y Severus buscó su mirada, apuntándole con la varita. Su figura era más grande e intimidante que nunca, como si el viejo mortífago hubiera vuelto.

-Me llevaría menos de diez segundos reducirte a cenizas, maldito bastardo. Y te aseguro que sufrirías un dolor indescriptible que te haría sentir que esos diez segundos, son diez años –Siseó, acercándose a él. Patrick siguió caminando hacia atrás, hasta que se topó con la pared –Así que haz el favor de desaparecer. Para siempre.

Severus sólo tuvo tiempo de contar hasta tres antes de que Patrick saliera corriendo de la habitación, del piso y de la vida de Carole. Sonrió ampliamente, totalmente satisfecho de sí mismo, y restauró el muñeco de Josh hasta que volvió a su estado inicial. No era cuestión de dejar al pobre chico sin juguetes, aunque el fin justificara los medios.

Carole entró al dormitorio momentos después, claramente confundida. Severus ya había guardado su varita y se colocaba la ropa con aire distraído.

-¿Qué...? –Musitó, sin saber cómo expresar lo que quería decir –Patrick se ha...

-Se ha ido –Severus estaba muy satisfecho de sí mismo –Creo que no nos molestará en una buena temporada.

Aquel "nos" había salido de su garganta inconscientemente, pero Severus no tuvo tiempo de arrepentirse de lo dicho. La sonrisa de Carole no se lo permitió.

-¿Cómo...?

-No quieres saberlo, pero te aseguro que he resultado bastante convincente.

Carole amplió aún más su sonrisa. Severus apenas tuvo tiempo para pensar en algo más que añadir, cuando sintió los brazos de la mujer rodeándole el cuello. Ella lo estaba abrazando... Era una forma de demostrarle su gratitud. Severus no pudo reaccionar. Estaba repentinamente confundido (y asustado) y el corazón le latía tan deprisa que parecía a punto de salírsele del pecho.

El abrazo duró apenas unos segundos. Carole se retiró ligeramente azorada, limpiándose una solitaria lágrima que rodaba por su mejilla, y agachando la cabeza, como hiciera Josh ante él unos minutos antes.

-Muchas gracias, Severus –Musitó ella, recuperando la postura. Para desgracia de Severus, él aún no se había recuperado del todo –Cuando Patrick llegó... ¡Oh, Dios mío! ¡Josh!

-¡Oh! Josh está en casa. No hay motivo para estar preocupado –Snape pudo hablar, a pesar de que la garganta se le había quedado seca y las manos le temblaban ligeramente. Logró disimularlo metiéndolas en los bolsillos del pantalón.

-¡Oh, Señor! –Carole suspiró -¿Está... bien?

-Un poco asustado, pero Adrien debe estar cuidándolo.

Carole sonrió, cerrando los ojos un momento.

-En tal caso, estoy mucho más tranquila. Pero. ¿Podríamos ir a por él?

Severus se encogió de hombros, haciéndose a un lado para dejarla pasar. Posiblemente, había cometido una estupidez al utilizar la magia esa mañana, pero sentía que todo merecía la pena. Si el Ministerio decidía imponerle alguna sanción, él estaría satisfecho. Después de todo, Carole Allerton le había dado un abrazo...



Si alguien hubiera esperado que se produjera algún acercamiento entre Severus Snape y Carole Allerton después de los acontecimientos que tuvieron lugar aquella mañana de diciembre, hubiera esperado en vano. A pesar de que las miradas entre ambos eran más arrebatadoras que nunca, y de que Josh parecía decidido a convertirse en el nuevo hijo de Snape, tras salvarle de las garras de su horrendo padre, los dos adultos no habían vuelto a hablar sobre nada en particular. El ambiente entre ambos era más tenso que nunca, pero no porqué estuvieran incómodos el uno junto al otro, sino porque parecían ansiosos por vencer las distancias que siempre los separaban, y fundirse en un nuevo abrazo, tal inolvidable como el primero que se dieron. Realmente, se estaban comportando como idiotas, Adrien y Josh lo sabían, pero ninguno de los dos hacía nada por solucionarlo; Albus Dumbledore les había sugerido que les dieran tiempo, puesto que estaban a punto de rendirse al amor de una buena vez.

Y es que el anciano mago sabía de primera mano lo que Snape había hecho con el padre de Josh. La carta del Ministerio había llegado a Hogwarts el lunes por la mañana; Severus debía presentarse en las oficinas del Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia en unos días, para explicar lo que había ocurrido con Patrick. Aunque todo había quedado en una advertencia, y Dumbledore no había necesitado testificar para ayudarle (Severus era un espléndido mentiroso, y encontró la justificación perfecta para sus acciones), inevitablemente se había enterado de todo. Todavía no le había dicho nada a Severus, pero el profesor sentía la mirada del maldito viejo clavada en su espalda; tenía ese aire misterioso que le ponía de los nervios, como si quisiera instarlo a hacer cosas que, bajo ningún concepto, Severus haría.

Así pues, las semanas fueron transcurriendo con normalidad y, casi sin darse cuenta, había llegado el último día del curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Esa misma tarde, Severus debía asistir a la función escolar de Adrien, junto a Jerry Bellefort, Albus Dumbledore, Rubeus Hagrid y, si se dignaba a asistir, Draco Malfoy. Aquella sería una compañía extraña, pero el mocoso quería que todos sus seres queridos fueran a verle al colegio. Albus y Hagrid estaban entusiasmados con la idea (bastantes horas de ensayo habían tenido que tragarse en compañía de Adrien), pero Draco estaba resultando ser un hueso duro de roer. No le hacía demasiada gracia tener que moverse por el mundo muggle, por más aprecio que le tuviera a Adrien. Además, había estado a punto de desmayarse cuando supo quién era Jerry Bellefort y que tendría que compartir la cena de Noche Buena con él, con el viejo chiflado y el gigantón estúpido. Severus había sonreído al verlo palidecer, recordándole a Draco que prometió no dejarle solo ante el peligro. El pobre chico no había podido negarse...

Severus caminaba por los pasillos del castillo. Por primera vez en muchos años, la navideña decoración del profesor Flitwick no le molestaba en absoluto. Estaba demasiado ocupado pensando en los problemas que tendría una vez llegara a casa, preguntándose cómo lograría hacer una cena de Navidad medianamente aceptable, si ni siquiera sabía cocinar como Dios mandaba. Albus había asegurado que él se encargaría de todo, pero Severus si que no le veía ataviado con un mandil de florecitas, arrancándole las entrañas a un pavo desplumado...

Snape acababa de entregar sus calificaciones de Pociones a la profesora McGonagall. Había repartido un número bastante satisfactorio de suspensos entre los alumnos de Gryffindor, algo que le hacía bastante feliz. Le fastidiaba haber tenido que aprobar a Harry Potter (había sido por los pelos, pero el chico lo había conseguido), pero le quedaba el consuelo de imaginar la cara de Ronald Weasley cuando descubriera su soberbio suspenso... ¡Oh, cómo le hubiera gustado estar en la Madriguera para presenciar aquello!

-Profesor Snape –El vozarrón de Hagrid resonó por los pasadizos de piedra. El guardabosques llevaba en las manos algo envuelto con una mantita. Severus lo miró un momento, sin poder creerse lo que era capaz de hacer por Adrien –Ya tengo lo que me pidió. Es precioso, mire –Severus detuvo al semi-gigante. No necesitaba verlo –Adrien se pondrá muy contento con su regalo de Navidad...

-Espero que sólo tenga una cabeza –Masculló, continuando con su camino –Por el bien de todos.

-¡Claro que sí! –Hagrid pareció ofendido, aunque recuperó el buen humor rápidamente- Esto... Profesor, yo quisiera preguntarle algo.

Severus se vio obligado a detenerse para mirar a su compañero. Hagrid carraspeó y dio una vuelta sobre sí mismo.

-¿Cree que parezco un muggle? Yo no sé qué ropa es conveniente y... Bueno, me he peinado...

Severus alzó una ceja. Sí, aunque no hubiera mucha diferencia, se había peinado. Y también se había intentando poner ropa muggle, prescindiendo de las pieles y esas cosas... Aunque, claro, llevar una falda escocesa, dejando al aire las enormes piernas del semi-gigante, y combinarlo con una camiseta de hawaiano, no era el mejor atuendo para ir a una obra escolar.

-Quizá yo no tenga muy buen gusto, Hagrid, pero considero que sería más propio algo más de austeridad –Dijo, procurando no ser ofensivo (aunque se muriera de ganas por serlo) –Sugiero un pantalón y una camisa menos... Llamativa.

-¡Oh, claro! –Hagrid agitó la cabeza, como si aquello fuera lo más obvio del mundo –Me cambiaré. Pero. ¿Qué hago con...?

-No sé –Severus se alejó del futuro regalo de Adrien –Pero es cosa tuya hasta el día veinticinco por la mañana.

Tras decir eso, echó a andar, procurando alejarse del guardabosques lo antes posible. No era tarea fácil, puesto que los pasillos comenzaban a llenarse de estudiantes que se disponían a regresar a casa junto a sus familias, para pasar aquellas fiestas. Severus miró a su alrededor, preguntándose si tendría tiempo de quitarle algunos puntos a Harry Potter antes de irse. Sería una lástima no poder hacerlo, aunque tenía la sensación de que no lo vería hasta el año próximo. Ignoraba si el chico se quedaría en Hogwarts o no, pero él no pensaba volver. La presencia de Jerry en la casa, le imposibilitaba cenar en el castillo esa noche, así que no volvería al colegio hasta que no se retomaran las clases. Menudas vacaciones le esperaban, junto a un niño que estaría sobre-excitado por culpa del azúcar, un muggle que observaba su alrededor con más suspicacia de la que debería, y un sangre-limpia que tendría que compartir el techo con una persona a la que despreciaría. ¡Qué divertido sería todo! Y tendría suerte si Carole no se presentaba para conseguir que se muriera de ganas de darle un abrazo y lo que surgiera.

-Profesor Snape.

Severus reconoció la voz de Draco y se giró para mirarlo de frente. El chico parecía estar preparado para abandonar Hogwarts en ese mismo instante y el adulto se sintió aliviado. Ya había empezado a pensar en que tendría que convencer al joven Malfoy para irse con él a pasar las Navidades, aunque afortunadamente no fue así. Las cosas serían complicadas, sí, pero merecería la pena.

-¿Ya estás listo? –Inquirió, sin detener su camino. No le importaba demasiado que Draco tuviera problemas para desplazarse junto a su baúl; si fuera un chico listo, lanzaría un hechizo para levitarlo y se ahorraría problemas. Iremos a mi oficina y utilizaremos la red flú para llegar a casa.

-Claro, profesor –Draco carraspeó –Pero, señor. Ese muggle... ¿Estará allí todo el tiempo?

-Es posible –Severus se encogió de hombros -¿Hay algún problema?

-Bueno... Es un... Un muggle, señor –El chico hablaba como si eso fuera lo más evidente del mundo.

-Sí, hace tiempo que me di cuenta de eso –Severus torció el gesto –Pero también es tío de Adrien, y él lo aprecia. Es inevitable que estén en contacto, más aún en Navidad.

-¿Y a usted eso le parece bien?

Severus alzó una ceja, deteniendo sus pasos y observando al chico con suspicacia. Quizá, el joven tuviera más reparos de los que él había pensado unos minutos antes.

-No tienes que venir si no quieres, Draco –Dijo, retomando su camino –Quédate en el colegio o acepta la invitación de tu tía Andrómeda. Yo lo entenderé y Adrien también.

-Bueno –Draco suspiró –Tal vez pueda ir. Si me quedo en Hogwarts, tendré que verle la cara a Potter y a ese Weasley.

-¿Se quedan? –Draco se encogió de hombros, a modo de respuesta.

-Y si voy a casa de mi tía, estará el licántropo y... –Malfoy carraspeó y agitó la cabeza, como si quisiera poner sus pensamientos en orden -¿Tendré que hablar con el muggle?

Severus reprimió una sonrisa. Al fin, el chico se había rendido.

-Nadie te obligará, pero sería conveniente que lo hicieras.

-Pero, padrino. Es un muggle.

En esa ocasión, Snape rió suavemente. Nadie, a parte de Draco, se dio cuenta de ello, pero es que todo aquello era muy divertido. El chico estaba teniendo un berrinche; había puesto tal cara de pena, que ni siquiera Adrien era capaz de imitar su gesto lastimero y su mueca resignada e impotente. Severus, por su parte, no dijo nada y decidió ayudar a su ahijado con el baúl. Odiaba el ruido que hacía cada vez que lo arrastraban por los suelos de las mazmorras.



Jerry Bellefort intentaba averiguar qué demonios tenía que hacer con aquella especie de toga romana. Adrien le había dicho que formaba parte de su vestuario para la obra de Navidad y, supuestamente, tenía que ponérselo al crío sobre los hombros, pero no era tarea fácil. Llevaba casi cinco minutos buscando algún botón, imperdible o algo similar que uniera la camisa a la dichosa túnica blanca, pero no encontró nada. Adrien lo miraba con expresión divertida, memorizando por última vez sus diálogos; estaba nervioso, cierto, pero la expresión de Jerry le hacía pensar que el hombre estaba aún más excitado.

Su tío había llegado aquella misma mañana. Adrien se había llevado una grata sorpresa cuando lo había visto en la puerta del colegio, charlando con Carole sobre el acontecimiento que tendría lugar esa misma noche. Había recuperado su ropa elegante (aunque a Adrien le gustara más con la informal) y hablaba con amabilidad, aunque echaba miradas fugaces a su teléfono móvil. Aunque lo lamentaba, no había podido librarse por completo de sus obligaciones laborales; por supuesto, era una suerte contar con empleados en los que delegar funciones, pero durante varios días tendría que estar constantemente disponible, por si se culminaba una fusión entre dos pequeñas empresas de electrónica que podría reportarle unos beneficios considerables. A Adrien ese tema no le había interesado lo más mínimo, y Carole tampoco pareció muy satisfecha cuando Jerry le mencionó el tema de sus negocios. Afortunadamente para los dos adultos, Bellefort había sabido notar su incomodidad (o aburrimiento) y comenzó a hablar de los niños, algo que podría interesar a ambos.

Después recoger al niño, Jerry lo llevó a casa. Preparó una desastrosa tortilla francesa para cada uno (la vieja Helen tendría que enseñarle a cocinar algún día), y lo ayudó a prepararse para la función de Navidad. Sabía que Severus estaría ausente hasta primera hora de la tarde y había aceptado con mucho gusto ocuparse de Adrien. Cada vez disfrutaba más de su compañía y, a esas alturas, se veía incapaz de renunciar a ella. Adrien era un chiquillo encantador y, aunque no hiciera demasiado tiempo desde que se habían conocido, le tenía mucho cariño. Lo quería.

-¡Mierda! –Masculló entre dientes, tras el vigésimo primer intento fallido de terminar de vestir al pequeño. Adrien soltó una risotada, tapándose la boca con ambas manos -¿Qué pasa?

-Has dicho una palabrota –Acusó, señalándolo con el dedo –Mi papá se enfadará contigo.

-¡Oh! –Jerry enrojeció. No le apetecía demasiado enfrentarse a un Severus Snape cabreado –Se me ha escapado.

-Ya –Adrien puso los ojos en blanco y volvió a reír.

-Y ahora. ¿Qué pasa?

-La señorita Stiller me explicó cómo ponerme la toga –Comentó alegremente. Podría haberle dicho eso a Jerry un rato antes, pero es que era muy divertido verlo fracasar en sus intentos una y otra vez.

-¿En serio? –Adrien afirmó con la cabeza -¿Me estás diciendo que sabías cómo poner esta... cosa, y has dejado que sufra intentado vestirte? –Adrien afirmó nuevamente, mirando a su tío con picardía. Jerry soltó un bufido, entre molesto y divertido, se levantó y puso los brazos en jarra, fingiendo indignación –Eso ha sido muy desconsiderado por tu parte.

-Lo sé –Adrien volvió a reír, mostrando sus dientecillos.

-¡Oh! Eres un pequeño demonio, ¿Lo sabías? –Jerry alzó los brazos, agitando los dedos como si estuviera tramando algo malo –Un demonio horrible.

Un momento después, Bellefort alzaba a su sobrino en brazos, lo echaba sobre la cama y comenzaba a hacerle cosquillas por la panza, disfrutando de las alegres risotadas que emitía el pequeño. Si alguien le hubiera dicho dos meses antes que iba a sentirse tan feliz junto al único miembro de su familia que le quedara, no se habría creído nada.

La diversión fue interrumpida cuando Jerry escuchó un ruido sordo procedente de la planta baja. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron inmediatamente y, de forma veloz, agarró a Adrien en brazos y lo apretó con fuerza, recordando el rostro amenazante de aquel hombre rubio que, una vez, viera merodeando en el jardín de los Snape.

-¿Qué ocurre, tío? –Adrien intentó separarse de su tío, pero le fue imposible.

-Creo que... –Jerry carraspeó, decidiendo que no preocuparía al niño. Se disponía a sugerirle que se escondiera en algún armario, para ir a averiguar lo que ocurría, cuando la voz de Severus llegó a sus oídos.

-¡Adrien!

Así que era él... Jerry suspiró, claramente aliviado, y dejó que Adrien fuera al encuentro de su padre, sintiéndose un poco estúpido por haber pensado que algo grave ocurría. Siguió al niño escaleras abajo, toga blanca en mano, y llegó a la biblioteca, la única sala que parecía tener acceso restringido. Él apenas la había pisado en una ocasión, y siempre bajo la atenta mirada de Severus. Realmente no era para menos aquel recelo; la mayor parte de los libros parecían muy antiguos y, seguramente, serían muy valiosos.

Cuando Jerry llegó a la planta inferior, se encontró a Adrien colgado del cuello de su padre, contándole todas las cosas que había hecho a lo largo del día. Junto a ellos, y a dos o tres pasos de la chimenea, un joven de pelo rubio y rostro desdeñoso se quitaba los rastros de cenizas de la ropa, lo cual le pareció un poco extraño al muggle. Más aún, si tenía en cuenta que la chimenea de aquella casa siempre estaba apagada e inmaculadamente limpia...

-Señor Bellefort –Severus saludó a Jerry, estrechando su mano con fuerza y dejando a Adrien en el suelo –Muchas gracias por cuidar de Adrien.

-Ha sido un placer. Además, nos hemos divertido mucho. ¿Cierto? –Adrien afirmó con la cabeza. Un segundo después, su atención estaba puesta en el joven rubio, quién estaba un tanto incómodo.

-¡Primo Draco! ¡Has venido!

-Hola, Adrien –Draco aceptó el beso del niño y carraspeó, intentado sobrellevar la presencia del muggle con diplomacia. Tampoco era para tanto (o eso quería creer él) -¿Cómo estás?

-Un poco nervioso, por la función de Navidad. Pero la profesora Stiller dice que lo vamos a hacer muy bien. Yo me sé todas mis frases –Y, dicho eso, sonrió. Seguidamente, dio un bote y se acercó a Jerry. Ya que su papá no los presentaba, él se encargaría de todo. Por algo se estaba empezando a hacer mayor –Mira, primo. Él es mi tío Jerry. Tío, él es mi primo Draco.

Los aludidos intercambiaron una mirada recelosa. A Draco le costó un mundo estrechar la mano de aquel muggle (después de eso, tendría que lavársela con lejía, aunque se quemara la piel), mientras que Jerry sintió una inmediata desconfianza por el chico; no le gustaba la forma que tenía de mirarlo, como si fuera un ser superior a él... Aún así, ambos mantuvieron las formas por el bien de Adrien, mientras Severus observaba la escena con una sonrisa maliciosa adornando su rostro.

-Bueno, Adrien. ¿Podrías llevar a Draco a tu cuarto? Se quedará allí durante todas las vacaciones.

-¿Sí? –El niño dio un saltito y cogió la mano del joven brujo -¡Bien!

A Draco no le quedó más remedio que seguir a Adrien, sin tiempo para observar la casa de su padrino. Debía reconocer que sentía mucha curiosidad, aunque el enano que le guiaba no le prestara demasiada atención a ese hecho. No obstante, por lo poco que pudo vislumbrar, aquella casa tenía toda la pinta de pertenecer a un muggle, a pesar de que Severus era un mago. Draco sabía que su profesor había heredado todo aquello directamente de sus padres y, después de que Lucius le revelara que era un mestizo, no le extrañaba nada el aspecto de la vivienda. Sin duda alguna, Jerry Bellefort estaría mucho más cómodo allí que él mismo.

Adrien lo llevó a su dormitorio. Le explicó a toda velocidad cómo estaban organizadas las cosas, como ya hiciera días antes con su tío, y comenzó a enseñarle todos sus juguetes, olvidando por un momento que pronto debería volver al colegio. Esperaba que la función fuera un éxito y, aunque Alan fuera a llevarse toda la fama, él también tendría su momento de gloria. Incluso Josh lo tendría, aunque no tuviera que pronunciar ni una sola frase; después de todo, señalar con el dedo también podría suponer una gran responsabilidad.



Llegaron al recinto escolar una hora antes de la función. Severus había decidido esperar la llegada de Albus Dumbledore y Hagrid en la puerta, mientras Adrien conversaba alegremente con Draco, recitando de nuevo sus frases y tirando de la toga blanca, que le hacía sentir un poco molesto. Poco a poco, los niños fueron llegando, al mismo tiempo que Adrien se impacientaba. Quería ver a su abuelo y al guardabosques antes de actuar, pero tampoco quería llegar tarde; esperaría sólo hasta que Carole llegara. Entonces, se iría adentro con Josh, dijera lo que dijera su papá. Quién por cierto, estaba hablando con Jerry en susurros sobre, según pudo deducir Adrien, cosas de mayores.

Finalmente, Adrien distinguió la descomunal figura de Hagrid acercándose a ellos. Estaba demasiado emocionado para ver cómo su tío Jerry se ponía un poco pálido. Si ver a aquel hombre enorme acercarse a ellos, vestido con un pantalón que le llegaba por las rodillas, y una chaqueta rota por la espalda era extraño, observar a su acompañante no lo era menos. Albus Dumbledore había renunciado al terciopelo muggle, sustituyéndolo por unos ajustadísimos pantalones rojos de cuero y una chupa vaquera plagada de chapas que hacían juego con un llamativo collar de pinchos. Más de uno se quedó mirando a aquel excéntrico dúo. Severus había chasqueado la lengua, preguntándose por qué no podían vestirse como personas normales, y Draco se había reído; él podría despreciar a los muggles, pero al menos llevaba con estilo su ropa. Reconocía que aquel traje azul marino, con camisa blanca y corbata roja, no le quedaba nada mal... Jerry era, sin duda, el más impactado. Por un momento, se preguntó si irían a alguna fiesta de disfraces. Cuando Adrien se arrojó a los brazos del más anciano, supo que era su abuelo Albus, aquel anciano amable del que tanto le había hablado. No sería fácil concentrarse en los rostros de los recién llegados, teniendo en cuenta su indumentaria, pero al menos intentaría ser amable. En cierta forma, había visto cosas mucho peores. Las borracheras en la universidad podrían convertirse en extraños espectáculos de exhibicionistas y excéntricos. Él mismo recordaba una ocasión en la que había recorrido todo el campus ataviado únicamente con un tanga con estampado de leopardo. Aunque, claro, no era algo en lo que soliera pensar.

Tras las presentaciones pertinentes (Jerry pensó que ese tal Rubeus Hagrid iba a arrancarle una mano de cuajo, y se sintió atravesado por la intensa mirada del abuelo Albus), todos entraron al colegio. Severus dejó solos a aquellos cuatro amigos para acompañar a Adrien a la parte trasera del escenario y, entonces, surgieron algunas complicaciones, sobre todo cuando tuvieron que sentarse.

Jerry, fiel a la costumbre adquirida durante sus numerosas visitas al teatro, ocupó el asiento pegado al pasillo. A su lado, Rubeus Hagrid necesitó tres butacas para acomodarse, después de que Draco rechazara sentarse junto a un muggle. Desgraciadamente, y puesto que tampoco quiso ocupar el asiento contiguo a Hagrid, terminó al lado de cuatro chicos de su edad con pinta de delincuentes, que lo miraron con malicia y decidieron convertir al pijo rubio (según sus palabras) en la víctima de todas sus bromas. Albus Dumbledore pareció más satisfecho que nadie y se acomodó en su butaca, cruzando los dedos sobre su barriga, dispuesto a disfrutar de su espectáculo. Hagrid tampoco estaba mal, aunque los tres tipos que había tras él no fueran a olvidar aquella función en mucho tiempo. Y no porque pudieran ver la obra, precisamente...

Desde las bambalinas, Severus Snape no pudo evitar reír alegremente. Aquella escena le pareció grotesca, pero se olvidó de todo cuando Carole lo invitó a sentarse junto a ella, en la primera fila del salón de actos, desde donde no perderían un detalle de la obra.

Así pues, el espectáculo dio comienzo. Los niños estaban nerviosos y, al principio, cometieron un par de errores, pero no fue nada que Patrice Stiller no subsanara a base de cariño y buenas palabras. Los padres de los pequeños actores llenaban de babas las tablillas de madera del suelo, y los demás alumnos guardaban un respetuoso silencio, esperando su turno para actuar.

Jerry Bellefort y Albus Dumbledore sonreían como bobos, sintiéndose plenamente orgullosos del pequeño Adrien, que pisó el escenario con fuerza y arrancó unas cuantas carcajadas cuando tuvo que quitarse la toga blanca para evitar caerse de bruces. Rubeus Hagrid lloraba a moco tendido, bajo la asombrada mirada de los tres tipos de la fila de atrás, que se debatían entre consolarle o sugerirle que se marchara, para poder ver algún fragmento de la actuación. Y, por último, Draco Malfoy intentaba no prestar atención a los tres asquerosos muggles que, un rato antes, habían empezado a tirarle palomitas al pelo... ¡Su precioso y brillante cabello se estaba llenando de mantequilla!

Todo iba bien. Los niños cantaron, actuaron y se lo pasaron en grande. El auditorio se puso en pie cuando terminaron la actuación, aplaudiendo su buen hacer, y Severus casi se emociona cuando vio la sonrisa de inmensa felicidad de Adrien. El niño estaba tan feliz, que no se dio cuenta del estallido de magia que amenazaba con producirse. De hecho, tanto Severus, como Albus, estaban muy ocupados dando palmas, para presentir el peligro.

Y ocurrió.

Adrien, que permanecía ajeno a todo, recibiendo las felicitaciones con alegría, no se dio cuenta de lo que ocurría a su espalda. Una vez, su papá le había dicho que haría magia involuntaria cuando estuviera muy enfadado, o asustado, incluso contento. Y esa noche, era demasiado feliz para controlarse.

Toda la decoración de la obra flotaba en el aire. El público había dejado de aplaudir, algo alarmado por aquel extraño hecho, y Severus se había quedado serio. Aún tuvo tiempo de buscar a Dumbledore con la mirada antes de que la pequeña Amy girara la cabeza y viera todo aquello volar tras ella. Un gritito se escapó de su garganta y, a continuación, se desató el caos. Todo el mundo empezó a gritar. Los padres agarraron a sus hijos y, en menos que canta un gallo, el auditorio estaba casi vacío.

No obstante, ni siquiera el hecho de saber que él había provocado todo aquello, hizo que Adrien se sintiera menos dichoso. ¡Era un actor de éxito!



Bueno, bueno. Creo que ya está bien por hoy. Una vez más, el capítulo se estaba quedando demasiado largo, así que me reservo unas cuantas escenas para el próximo (incluida la del muérdago, jeje) Espero que os haya gustado. Una vez más, ha venido cargadito, así que no os quejaréis. Para el próximo, una conversación entre Severus y Jerry y unos cuantos regalos de Navidad. Habrá que esperar un poco; quizá, el próximo fin de semana tenga algo, antes si me pilláis con ganas XD

Nada más. Muchas gracias por leer y por dejar vuestros comentarios. Nos leemos.

Cris Snape