CAPÍTULO 40. Muérdago
Media hora después de aquel incidente, todo había vuelto a la normalidad. El padre de uno de los alumnos, que había estudiado física, afirmaba que lo ocurrido en el escenario debía ser consecuencia de alguna clase de campo magnético y, aunque algunos adultos optaron por llevarse a sus respectivos hijos a casa, la mayor parte de los muggles dio por buena aquella explicación científica, y decidieron seguir con el espectáculo. Aunque Severus hubiera preferido no tener que ver las actuaciones del resto de compañeros de Adrien, no le quedó más remedio que esperar pacientemente sentado a que todo terminara. Le resultaba ciertamente agradable contar con la compañía de Carole sentada a su lado, y no podía evitar sonreír con discreción cada vez que miraba a Draco, que había comenzado a pelearse con unos chicos bastante molestos. Hagrid no dejaba de hablar con Jerry, que parecía realmente abrumado por la conversación del guardabosques de Hogwarts, y Dumbledore miraba a su alrededor con aire distraído, como si tratara de estudiar el comportamiento de todos los muggles que lo rodeaban. El hombre suspiró profundamente, sabiendo que le esperaba una noche complicada, y se preguntó qué demonios cenarían. No es que él hubiera preparado nada, aunque Dumbledore afirmaba que todo estaba bajo control. Y debía estarlo, porque el viejo jamás dejaría a un niño sin Navidad. Lo único que Severus esperaba, era que los métodos de Albus no le pusieran en un aprieto con Jerry Bellefort; el hombre ya era lo suficientemente suspicaz sin necesidad de que ocurrieran más cosas extrañas a su alrededor.
Cuando el espectáculo terminó, todos los pequeños actores subieron al escenario para saludar a su público. Los padres, orgullosos y emocionados, ovacionaron a sus hijos durante un par de minutos y, a continuación, fueron recogiéndolos por turnos, prometiendo enormes regalos navideños para premiar su talento. Adrien y Josh parecían realmente emocionados mientras charlaban con sus compañeros de curso, de los que se despidieron alegremente, esperando poder juntarse a jugar en el parque algún día durante las vacaciones. Quizá, podrían hacer una batalla con bolas de nieve o algún muñeco. Eso, si finalmente nevaba, porque aún no había caído ni un solo copo en la ciudad.
-¿Lo hemos hecho bien, papi? –Adrien se había abalanzado a los brazos paternos, mientras Josh hacía lo propio en los de su madre.
-Lo habéis hecho muy bien.
-¿Sí? Yo me he tropezado, pero bueno. Y Josh ha señalado muy bien con el dedo. ¿A qué sí?
-Muy, muy bien.
-¿Ves? –Adrien volvió al suelo y cogió a Josh de una mano. Por alguna razón, su amigo afirmaba que había actuado muy mal. Sin embargo, ahora que el niño contaba con el beneplácito de Severus Snape, sería más fácil convencerlo de que había sido el mejor Fantasma de la Navidad Futura que alguna vez hubiera puesto un pie en ese escenario.
-En fin... –Carole suspiró, observando a los dos pequeños –Ha sido una tarde muy entretenida.
-Si... –Severus carraspeó. Desde su posición, podía ver a Hagrid, que seguía hablando sin parar con Jerry, a Albus, que daba vueltas con aire distraído, y a Draco... ¿Dónde estaba Draco? –Ahora viene lo peor. La cena de Navidad.
Carole rió quedamente y su mirada se entristeció. Severus se preguntó por qué.
-Ya has visto la extraña compañía que tendré esta encantadora velada –Carole miró a los invitados de su jefe y sonrió. Formaban un grupo de lo más variopinto –Tendré trabajo, créeme.
Carole cabeceó, pero no dijo nada.
-¿Con quién cenaréis Josh y tú?
Severus no sabía por qué había hecho esa pregunta. La curiosidad lo invadió repentinamente y las palabras escaparon de su garganta sin que pudiera detenerlas. Carole lo miró fijamente un momento, con expresión abatida, y el brujo se arrepintió por su curiosidad.
-Solos –Dijo con voz apagada, agachando la cabeza un momento.
Severus no hizo ningún comentario. Era evidente que Carole estaba entristecida por ese hecho y, en cierta forma, él la entendía perfectamente. Recordaba las Navidades de su juventud, cuando se quedaba encerrado en su habitación, sin un miserable trozo de pavo que llevarse a la boca, sin regalos y sin calor familiar, y supo cómo se sentía la mujer. Y como se sentiría Josh, tan pequeño y sin celebrar una fiesta de verdad, como la que tenían la mayoría de las personas, con villancicos, dulces navideños y pequeñas disputas entre primos. Se imaginó a Adrien en su situación y se estremeció; sabía que Mariah siempre se había encargado de que las Navidades del pequeño estuvieran cargadas de amor y diversión, y supuso que todos los niños merecían algo así. Quizá, por eso terminó de complicarse la cena de Noche Buena.
-¿Te gustaría venir a casa? –Preguntó. Carole dio un respingo, claramente sorprendida. Podría haberse esperado muchas cosas, pero nunca algo como aquello –Adrien ha colocado un árbol demasiado grande en la biblioteca y creo que Papá Noel dejará algún obsequio para Josh por la mañana... Además, necesitaré a alguien sensato con quién hablar –Señaló con la cabeza a sus invitados –Todos esos van a volverme loco.
-Bueno... –Carole sonrió. Había dicha en sus ojos, que recuperaron el brillo momentáneamente perdido –Creo que a Josh le gustará la idea y, en cuanto a mí, yo también necesitaré a alguien sensato con quién hablar.
Severus liberó el aire de sus pulmones, sintiéndose más feliz de lo que su expresión dejaba entrever. No es que hubiera planeado pasar la Navidad con aquella mujer, pero la idea de tenerla cerca le resultaba agradable y, además, le ponía bastante nervioso. Hacía unos días que había aceptado las emociones que le producía pensar en Carole, así que no le extraño que su estómago diera un par de vueltas rebeldes en su interior, mientras fantaseaba con lo que podría ocurrir a lo largo de la noche.
-Creo que debería pasar por casa para coger algo de lo que había preparado –Dijo Carole después de unos segundos de silencio. En otro tiempo, hubiera resultado incómodo para ambos, pero no ese día.
-En tal caso, os esperaremos para cenar –Severus llamó la atención de Adrien, asegurándose de que Dumbledore, Jerry y Hagrid captaran el gesto. ¿Dónde estaría Draco? –Nos marchamos ya. No tardéis.
La mujer prometió que se darían prisa. Cuando Josh se reunió con ella arrastrando los pies, lamentando tener que separarse de Adrien tan pronto, no pudo resistir la tentación de explicarle que, a pesar de todo, no cenarían solos. El niño recibió la noticia con alegría y, aunque Carole quiso llevárselo al apartamento, no pudo hacer nada por evitar que Josh se marchara con Adrien. No quería que su madre cambiara de idea en el último momento; le hacía demasiada ilusión estar con su amigo aquella noche, así que no pensaba correr riesgos.
Así pues, la extraña comitiva se dispuso a abandonar el salón de actos del colegio. Dumbledore y Hagrid se habían adelantado con los niños. Josh observó al guardabosques con curiosidad, intentado recordar si conocía a un hombre tan enorme como aquel, pero no tardó en aceptar los gestos cariñosos del semi-gigante, para alegría de Adrien, que estaba encantado de que todos sus amigos y familiares se llevaran bien entre ellos.
Severus, por su parte, se había quedado atrás, buscando a Draco entre la gente. Por un momento, temió que el chico hubiera hecho alguna tontería, pero no pudo dedicar demasiado tiempo a pensar en ello. Jerry estaba a su lado, mirándolo con un brillo extraño en sus ojos claros, y el brujo temió que fuera a hacerle alguna pregunta inoportuna. En realidad, la esperaba desde hacía algunos días, pero no se sentía preparado para aclarar ninguna de sus dudas.
-¿Ha visto a Draco, Bellefort? –Preguntó con voz seca, antes de que el muggle tuviera tiempo de decir nada. Jerry, que se había metido las manos en los bolsillos como cada vez que estaba nervioso, miró a su alrededor mientras se removía el cabello, negando quedamente con la cabeza.
-Hace un rato tenía problemas con unos chicos –Dijo Jerry, girando sobre sí mismo –Los vi cerca de las puertas de los baños, pero hace un buen rato de eso.
Severus frunció el ceño y, con decisión, se dirigió hacia el lugar que había mencionado el tío de Adrien. No obstante, no llegó a abrir la puerta de los servicios. Draco salió de allí estirándose la ropa, con la cabeza erguida en aquel característico gesto arrogante con la marca Malfoy. Severus temió que el chico hubiera hecho alguna estupidez y se acercó a él dando grandes zancadas, agarrándole fuertemente de un brazo y alejándolo de la gente. Desde la distancia, Jerry los miraba con curiosidad.
-¿Qué estabas haciendo?
-¿Yo? –Draco alzó una ceja. Una mueca maliciosa adornó su rostro –Supongo que lo que normalmente se hace en un aseo...
-Draco... –Severus pegó su cara a la del chico, hablándole en un susurro amenazador –Espero, por tu bien, que no hayas utilizado la magia contra esos muggles...
-¡Oh! No te preocupes, padrino –Draco se irguió, liberándose de su agarre –Entre los mortífagos, aprendí otros métodos para librarme de esa clase de seres desagradables.
Y, dicho eso, el joven se encaminó a la salida. Severus se quedó quieto un momento, pensando en las posibilidades que aquellas palabras de Draco tenían, y reanudó la marcha hacia los lavabos. Al abrir la puerta, vio a los cuatro matones muggles tirados en el suelo. Ninguno de ellos tenía buen aspecto.
-¿Les han dado una paliza?
La voz incrédula de Jerry alejó cualquier pensamiento extraño de su mente. Severus chasqueó la lengua a modo de respuesta y se dio media vuelta. Si Draco había encontrado la manera de defenderse, él no era nadie para reprenderle. Por una vez, el chico había hecho bien, así que no habría regaños.
-Cualquiera lo diría –Jerry rió quedamente, siguiendo a Snape hacia la calle –Tal vez, debería preguntarle cómo lo ha hecho.
-Te sorprendería lo que ese chico es capaz de hacer.
Jerry se limitó a afirmar con la cabeza. Severus tuvo la sensación de que no debió haber pronunciado esas últimas palabras, pero ya era tarde para retirarlas. De momento, se conformaba con que ese hombre permaneciera callado, aunque pareciera a punto de ponerse a hablar de un momento a otro.
Un rato después de aquello, todos llegaban a la casa de los Snape. Adrien y Josh habían pasado todo el camino correteando de un lado para otro y, cuando los primeros copos de nieve empezaron a caer sobre sus cabezas, no pudieron reprimir una serie de grititos emocionados, seguidos de unas carcajadas que pronto se contagiaron a Hagrid. El buen hombre parecía un niño grande; Severus sabía que le gustaban la nieve y la Navidad, así que no podía culparlo por su alegría. Incluso Draco había sonreído un poco, dispuesto a disfrutar de un par de días de calma, hasta que comenzara el juicio contra su madre.
Snape seguía preocupado por la cena. Jerry había mostrado interés por saber qué tenía preparado el hombre (especialmente, quería saber cuándo había tenido tiempo de hacer algo), y Severus había logrado eludir sus preguntas con evasivas. Albus le había repetido un par de veces que todo estaba controlado. Todo menos Jerry, por supuesto.
Finalmente, cuando llegaron a la casa, nevaba con fuerza. El barrio, que seguía tan vacío como siempre, presentaba un aspecto mucho más acogedor, y los pequeños se atrevieron a corretear por las calles con total tranquilidad, preguntando a todo el mundo si nevaría lo suficiente como para que la nieve les llegara a la cintura. Dumbledore afirmó que eso sería muy posible y los mocosos se pusieron a celebrarlo entre nuevos saltos y carcajadas. Se quedaron un poco serios cuando pensaron en Papá Noel; quizá, el viejo gordinflón no pudiera repartir los regalos si hacía muy mal tiempo, pero Severus afirmó que no habría problemas con eso. Para un día al año que trabajaba aquel tipo, no iba a ponerse a rechistar por una simple ventisca.
Mientras Severus abría la puerta de la casa, temió que no hubiera nada preparado en su interior. No sabía cómo demonios se las arreglaría para darle de cenar a toda esa gente, y todo por culpa de Albus, que había querido organizar la velada. No obstante, cuando vio el muérdago colgando sobre su cabeza, pudo respirar tranquilo. Él no había puesto eso ahí, así que miró al anciano director un momento; éste le guiñó un ojo con complicidad y lo invitó a entrar en la casa. Snape apenas había encendido la luz, cuando Adrien y Josh pasaron corriendo junto a él, sin dejar de gritar. Enmudecieron un momento cuando vieron la magnífica decoración del recibidor (un tanto recargada según el punto de vista de Severus), pero no tardaron en admirarlo todo con expresivos "Wows". Draco también parecía encantado por ello, quizá porque le recordaba a sus antiguas Navidades en la casa de sus padres, y Hagrid se unió a los niños con alegría, recorriendo junto a ellos el resto de la casa. Albus miraba todo con autosuficiencia, mientras que Jerry mantenía una ceja alzada, como si se preguntara de dónde demonios habían salido aquellas cosas.
-Vaya –Musitó el hombre, adentrándose en la casa con confianza –Todo esto parece haber aparecido por arte de magia.
Draco se quedó quieto, entornando los ojos. Dumbledore sonrió misteriosamente, caminando hacia la cocina, y Severus se puso tenso. El comentario le había pillado desprevenido, aunque llevara esperando algo parecido desde hacía un par de horas.
Antes de que nadie pudiera decir nada, el muggle siguió a Albus por el pasillo, como si quisiera comprobar si había comida para la cena, aparte de un montón de objetos decorativos. Draco pareció dudar un momento y, finalmente, fue a la segunda planta, afirmando que necesitaba hacer algo muy importante en su habitación. Severus se quedó muy quieto en el recibidor, maldiciéndose por haber invitado a toda esa gente a su casa, y se volvió hacia el comedor, sabiendo lo que allí se encontraría.
No obstante, antes de que pudiera dar un solo paso, el timbre de la casa sonó con alegría. Había pasado un momento tan tenso, que no había oído el ruido del motor del coche de Carole. Cuando abrió la puerta, la mujer traía consigo una botella de vino y una tarta de chocolate, acompañadas de una gran sonrisa y unas mejillas deliciosamente sonrojadas por el frío. ¿Deliciosamente sonrojadas? Severus debía estar volviéndose loco si pensaba esas cosas.
-Carole –Saludó el hombre, haciéndose a un lado para dejarla pasar. Ella se disponía a saludar cuando, sin previo aviso, escucharon dos maliciosas vocecillas infantiles.
-¡Muérdago!
Severus parpadeó, mirando a los niños. Josh y Adrien estaban en la parte superior de la escalera, observándolos con una sonrisa de inmensa felicidad en sus caritas. ¡Al fin, sus papás tendrían que hacerlo! Era tradicional besarse cuando dos personas estaban debajo de una ramita de muérdago, y ellos lo estaban.
Adrien rió cuando su padre enrojeció. Carole carraspeó nerviosa, observando la rama sobre su cabeza, y se removió inquieta, sin terminar de creerse que esa situación estaba teniendo lugar. No tenía ni idea de lo que Severus iba a hacer, pero esperaba que hiciera algo pronto.
Finalmente, Severus dio un paso atrás, dispuesto a no sucumbir a los caprichos de aquellos demonios, pero la voz un tanto airada de Adrien inundó sus oídos.
-¡Papi!
Severus se detuvo en el acto. Adrien tuvo un poco miedo cuando su papá lo miró; era evidente que estaba muy enfadado, así que se alegró de que su expresión cambiara cuando Carole dio un paso al frente y lo encandiló con la mirada.
-Es la tradición –Dijo ella y, antes de que el hombre pudiera reaccionar, se puso de puntillas y le besó la mejilla.
Severus notó el suave tacto de aquellos labios sobre su piel durante unos segundos. Contuvo la respiración y cerró los ojos, sintiendo que en aquel momento no existía nada más en el mundo que aquel lee contacto. Su corazón había comenzado a latir con fuerza, y lamentaba que la mujer tuviera las manos ocupadas con una botella y una tarta. Hubiera dado cualquier cosa porque ella le tocara, aunque fuera un hombro. Estuvo a punto de dejar escapar un gemido de frustración cuando ella se separó. Se miraron fijamente a los ojos un momento, sintiendo que algo había cambiado de forma definitiva; vieron pasión titilar en las pupilas del otro y no movieron ni un músculo hasta que escucharon las risitas de los niños, que bajaban a toda prisa la escalera.
Carole sonrió de nuevo, quizá con algo de timidez, y pasó junto a Severus provocando una agradable corriente de aire que lo rodeó. El hombre carraspeó cuando sintió la presencia de Hagrid en la escalera, y se dio media vuelta, recuperando la compostura. Tenía la sensación de que tenía las mejillas tan encendidas como la mujer (aunque no de frío, precisamente) y fue al comedor, encontrándose con una magnífica mesa perfectamente montada.
-¿Estás bien, Severus?
Albus le había palmeado el hombro. Traía consigo un par de bandejas repletas de comida y parecía incapaz de dejar de sonreír. Snape lo miró un momento, sintiéndose algo aturdido, y agitó la cabeza para alejar a Carole de su mente.
Le había dado un beso en la mejilla y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, tenía ganas de más.
-¿Cómo has...? –Severus detuvo su pregunta. Acababa de comprender cómo había hecho eso -¿Dobby?
-Uhm... Y unos cuantos más –Albus dejó las bandejas sobre la mesa –Espero que le guste a los niños.
-Albus –Severus lo detuvo antes de que saliera del comedor -¿Cómo sabías cuántos comensales íbamos a ser? –Inquirió, notando que los cubiertos de Josh y Carole estaban preparados.
-Soy lo suficientemente viejo para saber esas cosas –Albus le guiñó un ojo.
Severus volvió a quedarse inmóvil. Sabía que no merecía la pena intentar comprender las acciones de ese hombre, así que agitó la cabeza y optó por ayudar a los demás con la comida. Justo cuando se daba la vuelta, se topó con Jerry, que tenía las manos vacías, lo que era una mala señal. Eso sólo podía significar que quería hablar y, definitivamente, Severus no quería hacerlo.
-Siempre me ha gustado escaquearme de esta clase de preparativos –Comentó despreocupadamente el muggle- ¿Podría invitarme a una copa? Tal vez, podríamos charlar en un lugar más... Íntimo.
Severus cabeceó. La biblioteca sería un buen lugar, si es que era incapaz de rechazar lo inevitable. Le hizo un gesto al hombre para que caminara delante de él y, una vez en la vieja estancia de aspecto tétrico, cerró la puerta con delicadeza. Al menos, Dumbledore no había tocado ni una sola partícula de polvo de aquella habitación, lo que era de agradecer.
Jerry fue hasta la chimenea, observando con curiosidad la ausencia total de leña o ceniza. Severus creyó saber lo que estaba pensando y se sirvió una copa de coñac, invitando al muggle a tomar un trago. Bellefort aceptó sin pronunciar una palabra y se acomodó en un viejo sillón, jugueteando con su vaso sin poder controlar sus nervios. Definitivamente, Adrien se parecía a él en muchas cosas.
-Ha sido extraño lo que ha pasado en el colegio –Dijo Jerry finalmente. Severus se sentó frente a él, maldiciendo internamente aquellas breves palabras –Lo de los campos magnéticos me ha parecido una excusa bastante pobre.
-¿De veras? –Severus torció el gesto, tomando un largo trago de licor.
-¿A usted no?
-No sé. Soy químico, no físico. No tengo ni idea.
Jerry cabeceó y guardó silencio nuevamente. Observaba el líquido elemento de su copa con aire distraído y Severus casi podía escucharlo pensar. Sin duda, su mente sabía que algo no estaba bien, pero no sabía por qué.
-Yo... –Jerry se aclaró la voz, poniéndose en pie. Caminó de nuevo hacia la chimenea y, de allí, fue a la ventana –He notado algunas cosas que me parecen raras –Dijo, con la duda impregnada en sus palabras. Severus lo miraba fijamente, esperando poder hacerlo callar sin necesidad de pronunciar una palabra –Y probablemente tengan una explicación lógica, pero no sé qué pensar.
-¿A qué se refiere?
-A esta casa. A usted... A Adrien.
Se produjo un momento de tenso silencio. Severus apuró el contenido de su copa y se puso en pie, sin quitar sus ojos de la figura alterada de Jerry Bellefort.
-Soy un hombre de negocios, señor Snape –El muggle siguió hablando –Normalmente, no tengo tiempo para fijarme en las cosas que ocurren a mi alrededor, pero desde que conocí a Adrien, he notado ciertos detalles que parecían estar fuera de lugar. Como cuando su ahijado llegó a esta casa con la ropa llena de cenizas, o cuando usted sacó un... Palo de madera de su ropa para atacar a unos ladrones –Snape enarcó una ceja, pero no hizo ademán de interrumpirle –Tal vez, en cualquier otro momento no hubiera notado nada extraño, pero desde que estoy con Adrien, observo las cosas desde otro punto de vista y, simplemente, no encajan –Jerry tomó aire y se balanceó sobre sus pies –Lo de esta noche ha sido algo más que extraño, nadie puede negarlo, y, tal vez le suene extraño, pero creo que Adrien ha tenido algo que ver... No me pregunte porqué tengo esa sensación, pero siento que el niño es más de lo que parece...
-¿Qué insinúa?
-Ni yo mismo lo sé –Jerry agitó la cabeza. De repente, se sentía estúpido y se arrepentía de haber iniciado esa conversación. Era un auténtico idiota y, lo más probable, era que Snape lo echara de su casa por hacer comentarios extraños sobre su hijo –Recuerdo que, cuando Adrien tenía dos años, Mariah me envió una carta –Jerry fijó la mirada en la calle, como si hablara más para sí mismo que para Severus –Ella solía escribirme muy a menudo, contándome cosas sobre su vida y, sobre todo, sobre Adrien. Jerry llenó sus pulmones de aire y permaneció en silencio un segundo –A esa edad, Adrien era un niño muy inquieto. Desde que aprendió a andar, no podía pasar un segundo solo, porque siempre estaba intentando meter los dedos en algún enchufe o encaramándose a las ventanas del piso –Severus sonrió quedamente, pero tampoco interrumpió al otro hombre –El apartamento de mi hermana estaba en el ático de un edificio antiguo. Para acceder a él, había que subir por una escalera exterior. No era cómodo, pero a Mariah le encantaba –Severus cabeceó, recordando la casa de su antigua amante. Un lugar realmente bonito –Ella había comprando una pequeña barrera de madera para impedir que Adrien se acercara a la escalera, pero los chicos de los pisos inferiores se divertían jugando en la escalera y, una tarde, retiraron esa barrera y nadie se dio cuenta. Supongo que Adrien estaría jugando o algo así y, cuando Mariah se dio cuenta, el niño se había caído –Severus se agitó, poniéndose en tensión sobre la mesa –Apenas fueron dos tramos de escalones, pero Adrien era muy pequeño. Mi hermana pensó lo peor pero, cuando llegó junto al niño, descubrió que estaba ileso. De hecho, Adrien parecía ansioso por repetir.
-Supongo que sería cuestión de suerte –Comentó Snape, aunque sabía perfectamente que no fue así.
-No lo sé, pero hubo un par de incidentes semejantes a ese... Mariah solía decir que había algo especial en Adrien. No sabía qué, pero notaba que había algo en el niño que le diferenciaba de los demás. Yo pensaba que decía eso porque era su hijo, como lo diría cualquier madre. Sin embargo, ahora creo que tenía razón –Jerry miró fijamente a los ojos a Snape. Había tanta franqueza en su mirada, que Severus no se sintió con fuerzas para inventar alguna excusa para que olvidara sus sospechas –Desde que conocí a Adrien, supe que es especial.
-Sólo es un niño.
-Sí, pero suele decir cosas curiosas –Jerry sonrió de medio lado, retorciendo sus dedos con ansiedad –Como, por ejemplo, que usted transformó una vieja silla en el caballito de madera que tiene en su habitación con una varita, o que es profesor de Pociones en un colegio para chicos... Como él.
Jerry le había dado un tono especial a sus últimas palabras. Severus se quedó completamente inmóvil un momento, captando el significado completo de las palabras de ese hombre. Llegados a ese punto, tenía dos opciones. La primera, era sugerir que Jerry se estaba volviendo loco y, además, era un ingenuo por dar crédito a las palabras de un niño con demasiada imaginación. La segunda, decir la verdad y arriesgarse a que el muggle huyera despavorido de la vida de Adrien, causándole un gran daño en el proceso. Realmente, no sabía qué decisión sería conveniente tomar, pero ninguna de las dos le terminaba de satisfacer.
-Nunca he creído en fenómenos paranormales ni nada parecido –Jerry prosiguió hablando –Aunque, en alguna ocasión, he visto cosas que no tenían explicación aparente, nunca les he prestado demasiada atención. Hasta ahora –El muggle volvió a retar a Snape con la mirada –No tengo la menor idea de lo que ocurre con Adrien, pero sea lo que sea, forma parte de él. Hace muy poco tiempo que conozco al niño, pero puedo asegurarle que lo quiero como no he querido a nadie en mucho tiempo. Y lo quiero porque es Adrien. No sé si entiende lo que quiero decir.
Severus cabeceó. Jerry quería decir que apreciaba a su hijo tanto por las cosas más naturales, como por aquellas que no alcanzaba a explicarse. Quizá, si supiera que su sobrino era un mago, cambiaría de parecer, pero en ese momento el señor Bellefort era completamente sincero. Por ese motivo, Severus decidió que merecía saber la verdad con todas sus consecuencias. De cualquier forma, si algo salía mal, siempre podía borrarle la memoria, y todo solucionado.
-Está bien –Severus se puso en pie, intentando poner sus pensamientos en orden -¿Qué conclusiones ha sacado de todo esto que me está diciendo, señor Bellefort?
Esperaba que el muggle no tuviera una respuesta para esa pregunta, poder retrasar el momento de ser sincero un poco más, por eso bufó con frustración cuando Jerry habló. El hombre había clavado los ojos en el suelo y se había puesto un poco rojo, un poco más nervioso que un segundo antes.
-Tal vez le suene absurdo, pero no puedo evitar pensar en que la... magia, tiene algo que ver con todo esto.
Decir que Severus Snape estaba sorprendido y enfadado ante esas palabras, era poco. El hombre se puso en tensión, mientras observaba a Jerry con los ojos entornados, sin poder creerse que uno de los pocos muggles capaces de sacar conclusiones acertadas con respecto a la magia, estuviera sentado frente a él.
-Entonces, Adrien es un... –Jerry pronunció esas palabras con cierto temor, después de que Snape permaneciera callado durante más tiempo del deseado. Severus enarcó una ceja y afirmó con la cabeza casi imperceptiblemente. Bellefort se puso pálido y, por un momento, el brujo pensó que saldría corriendo. Sin embargo, el muggle soltó una risotada -¡Vaya! Así que Mariah tenía razón.
-Tenemos que hablar muy seriamente, señor Bellefort –Severus habló con seriedad, logrando que el otro hombre guardara silencio –Este asunto no puede tratarse a la ligera. Le exijo discreción absoluta...
Snape se disponía a seguir hablando, pero una tímida llamada a la puerta acalló sus palabras. Draco asomó la cabeza detrás de la puerta, procurando no mirar al muggle, y anunció que la cena estaba lista, marchándose con la misma rapidez que había aparecido.
-Después seguiremos –Anunció con solemnidad el brujo. Jerry afirmó con la cabeza.
Severus presidía la mesa. A su izquierda, Adrien jugueteaba con la cena, intercambiando los trozos de pavo asado con Josh, que parecía realmente entusiasmado con toda la comida que tenía al alcance. A su derecha, Draco miraba desdeñoso a Hagrid, que parecía ser absolutamente incapaz de dejar de sonreír. Frente al anfitrión, Albus Dumbledore controlaba todo con expresión afable, divertido ante la expresión de Malfoy, las risotadas de los niños y, ante todo, la expresión siniestra de su profesor de Pociones.
Severus tenía los labios fruncidos. Procuraba que su enfado no se notara demasiado mientras se ocupaba de que Adrien cenara como era debido, pero no era capaz de quitarle los ojos de encima a Jerry. De hecho, si las miradas matasen, el muggle hubiera caído fulminado varios minutos antes, y no porque hubiera descubierto el secreto de Adrien, precisamente.
Estaba hablando con Carole. Y no sólo eso. Durante toda la noche, no habían dejado de intercambiar risas y palabras amables, conversando tan animadamente, que los demás apenas tenían tiempo de decir nada. En ese momento, Jerry le estaba hablando de sus inversiones en la industria farmacéutica, y la mujer lo escuchaba claramente interesada, riendo ante los comentarios irónicos del otro hombre. Era evidente que el muggle sabía perfectamente como manejar una conversación y, muy a su pesar, eso molestaba a Severus. Después de todo, él había invitado a Carole para disfrutar de su compañía, no para que ella lo ignorara haciéndole caso a otro.
Severus agitó la cabeza. Sabía que aquellos pensamientos eran estúpidos, que se estaba comportando como un crío, pero apenas podía reprimir el impulso de agarrar a Jerry por el cuello y hacerlo callar de una maldita vez. Aunque internamente negara sus sentimientos, sabía perfectamente que estaba celoso. La mirada divertida de Dumbledore no dejaba de recordárselo ni un solo momento, logrando que su enfado fuera en aumento. Los invitados habían notado algo raro con Snape trinchó el pavo, prácticamente destrozándolo al segundo corte; durante unos segundos, la tensión se había palpado en el ambiente, hasta que Hagrid se apropió de un muslo enorme, dando a entender a los demás que, si querían comer, deberían darse prisa. Draco lo había mirado reprobadoramente, pero se había hecho con el segundo muslo antes que el viejo director de Hogwarts. Los niños habían observado con curiosidad a los adultos mientras se peleaban silenciosamente por la carne, sintiéndose perfectamente tranquilos; sabían que las pechugas eran para ellos, así que no tenían nada que temer.
Después del pavo, Snape había servido el puré de patatas y los guisantes. En realidad, el puré había caído casi por completo sobre el plato de Jerry, que había intentado apartarlo con un gesto que delataba que no le gustaba aquel manjar, mientras que los guisantes les habían tocado en suerte a los niños. Irremediablemente, las redondas verduritas habían acabado desperdigadas por el suelo...
Severus había logrado tranquilizarse cuando se acercaba la hora de los postres. Puesto que Carole estaba demasiado ocupada hablando con Jerry, él había tenido que asegurarse de que los niños cenaran, algo que no fue precisamente sencillo. Si había algo peor que un niño excitado, eran dos niños ansiosos porque llegara Papá Noel.
Así pues, la cena trascurrió sin demasiados incidentes. Pronto fue el momento de la tarta y los dulces y Severus, sin decir una sola palabra, se dispuso a traerlo todo a la mesa. Se había llevado unos cuantos platos consigo y había ignorado el ofrecimiento de Dumbledore de ayudarle. Lo que menos necesitaba era que el viejo fuera a reírse de él.
Entró a la cocina refunfuñando. Fuera, nevaba con tanta fuerza que la nieve ya cubría el suelo del jardín trasero. Severus miró el cielo; posiblemente, no dejaría de nevar hasta que fuera de día. Dejando su mente en blanco, comenzó a preparar los platos con el pastel de chocolate que había traído Carole, cuando escuchó una voz femenina a su lado.
-Pensé que necesitarías ayuda.
La niñera de su hijo le sonreía con un brillo extraño en los ojos. Severus la miró con aire sorprendido un momento, hasta que giró la cabeza y prosiguió con su labor.
-La cena estaba realmente deliciosa –Carole prosiguió hablando, notando algo extraño en Snape. Había pensado que, después del beso, algo definitivo cambiaría entre ellos. Lo que no esperaba era que ese cambio fuera para peor –Muchas gracias otra vez por habernos invitado. Josh se lo está pasando en grande.
-No hay de qué –Severus habló con frialdad. Se estaba comportando como un idiota, lo sabía, pero no quería cambiar su actitud. La cena estaba resultando un auténtico fiasco.
-¿Ocurre algo? –Carole interrumpió su huida de la cocina. Severus frunció el ceño, molesto con la actitud de la mujer, y dejó los platos que portaba sobre la mesa.
-Por supuesto que no.
-Entonces. ¿Por qué me rehuyes? –Severus se cruzó de brazos. Ese simple gesto le dio a entender a Carole que necesitaba que se explicara mejor si quería una respuesta –Apenas hemos tenido ocasión de charlar.
-Es evidente que no ha surgido la ocasión –Snape hubiera querido decirle que ella había estado demasiado ocupada hablando con Jerry, pero se contuvo. No deseaba comportarse como un cretino celoso, aunque se sintiera como uno.
-Claro –Carole cabeceó, mordiéndose el labio inferior –Espero que no te haya molestado lo de antes.
-¿Lo de an...? –Severus pesó en el muérdago y el beso en la mejilla y carraspeó -¡No! Claro que no...
-Me pareció divertido consentir a los niños –Carole sonrió. Había notado el ligero rubor del hombre y eso le parecía muy gracioso, sobre todo si tenía en cuenta que su expresión fría apenas había variado –Además, el muérdago es el muérdago. ¿Verdad?
Severus cabeceó, dando un paso atrás. Tenía la sensación de que Carole había ido allí por otro motivo aparte de hablarle de lo que había ocurrido un par de horas antes. Había algo en el rostro de la mujer que le indicaba que no se había quedado conforme con rozar su mejilla, quizá una sensación parecida a la que tuvo él mismo. ¿Acaso Carole quería algo más?
-No me molestó en absoluto, aunque resultó un poco violento... Al principio –Severus procuraba medir sus palabras. Tenía la sensación de que metía la pata cada vez que hablaba con Carole sobre su relación personal y, por esa noche, no quería que nada saliera mal.
-Esta Navidad está resultando maravillosa –Carole sonrió, con aire ausente, apoyándose en el marco de la puerta. Severus alzó la vista un momento, deslizando la mirada hasta la ramita de muérdago que colgaba sobre la cabeza de la mujer –Hacía mucho tiempo que no nos divertíamos tanto. De hecho, hasta este año, Josh no había tenido una Navidad de verdad. Espero que tarde mucho tiempo en olvidarla –Severus volvió a afirmar con la cabeza –Cuando Patrick me llamó, pensé que pasaríamos la Noche Buena en algún autobús, yendo hacia cualquier parte, pero tú... Creo que aún no te he dado las gracias por lo que hiciste por Josh y por mí aquel día. Dudo que hubiera podido librarme de Patrick sin tu ayuda.
-Ya te he dicho que eso no tuvo importancia –Severus se atrevió a acercarse a ella, sin retirar los ojos del muérdago. Tener a Carole bajo aquella preciosa ramita, le incitaba a hacer cosas que llevaba años sin hacer. Quería ser impulsivo, agarrar a esa mujer por la cintura y cumplir con las tradiciones navideñas hasta que ella perdiera la respiración –Dejémoslo.
-Sí... –Carole bajó la cabeza un momento, sin saber más que decir. Se percató de que Severus miraba algo sobre su cabeza y, con curiosidad, ella también miró allí. Cuando vio el muérdago, no pudo evitar ruborizarse levemente, aunque logró esbozar una sonrisa ciertamente coqueta -¿Qué piensas de todas estas tradiciones navideñas? El árbol, los regalos, el budín. El... muérdago.
Severus carraspeó. Intentaba controlarse, pero antes de darse cuenta, su cuerpo estaba prácticamente pegado al de Carole y sus manos amenazaban con coger su cintura. Ella lo miraba fijamente, sin perder su sonrisa, ansiosa por que él hiciera algo más que dar pasos hacia delante y hacia detrás. De hecho, si el maldito hombre no captaba su anterior indirecta, ella misma se encargaría de hacerle saber lo que había ido a hacer a la cocina.
-Odio el budín –Susurró Severus, alzando una mano que apunto estuvo de acariciar la mejilla femenina –Y detesto el árbol, pero creo que puedo soportar los regalos –Chasqueó la lengua y Carole rió quedamente, colocando una mano en el hombro. Si él no terminaba de decidirse, ella le ayudaría –En cuanto al muérdago, creo que es la tradición más absurda de todas.
Carole alzó una ceja. Se disponía a rebatir ese comentario, cuando sintió el brazo fuerte de Severus Snape rodeando su cuerpo menudo. Jadeó cuando él la apretó contra su cuerpo y lo siguió mirando a los ojos durante un par de segundos. La pasión contenida entre ambos durante tanto tiempo, parecía haberse liberado en cuestión de segundos y, cuando Severus se inclinó hacia delante, ella ya esperaba el beso, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Sintió como era arrinconada contra la pared y, al fin, él acarició aquella sensible parte de su cuerpo. Sintió unos labios suaves y algo toscos posarse sobre los suyos, y sus manos rodearon el cuello del hombre sin poder contenerse. Severus la arrinconó contra la pared y la besó intensamente durante unos segundos, hasta que ambos quedaron sin aliento. Snape se sentía un poco torpe, hacía años que no besaba a nadie, pero Carole sabía perfectamente qué hacer y, enseguida, tomó el control de la situación.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente. Se miraron durante un par de segundos más, hasta que Severus carraspeó y se dio media vuelta, sin terminar de creerse lo que acababa de hacer. Carole buscó el apoyo de la pared más cercana; las piernas habían comenzado a temblarle y una sensación de bienestar invadía cada poro de su ser, como si estuviera flotando en una nube.
-Creo que... Voy a... –Severus se tambaleó un momento, hasta que encontró la mesa de la cocina y se sujetó disimuladamente en ella. Si todo aquello le había afectado a la mujer, él no estaba en mejores condiciones. Había tenido un arrebato de locura, cierto, pero no se arrepentía en absoluto –Ellos querrán... El postre.
Carole afirmó con la cabeza a modo de respuesta. Observó a Severus mientras salía de la cocina y una expresión de triunfo se reflejó en su mirada. Definitivamente, aquellas estaban siendo las mejores navidades de su vida...
-¡Oh! Nieva mucho, mami. Mira, el coche casi no se ve.
Carole frunció el ceño. Efectivamente, la nevada que estaba cayendo aquella noche era bastante importante y, a esas horas de la noche, su viejo automóvil apenas podía distinguirse en medio del manto blanco que rodeaba la casa de los Snape.
La cena había terminado definitivamente dos horas antes. Era más de medianoche y, después de pasar una agradable velada de villancicos y juegos de diversa índole, la mujer se disponía a regresar a su apartamento. Aunque Josh se había mostrado un poco reticente a marcharse, el saber que Papá Noel estaba esperando que se fuera a dormir para llevarle sus regalos, logró convencerle para irse con su madre. Sin embargo, esos planes parecían imposibles de llevar a cabo. Coger un coche con semejante ventisca sería una auténtica locura.
La mujer soltó un suspiró resignado y cogió la mano de su hijo, que parecía algo preocupado. ¿Y si Papá Noel no le llevaba los regalos porque no había podido meterse en su cama esa noche? Miró a su madre, haciéndole cientos de preguntas sin necesidad de hablar. Carole le sonrió dulcemente, entendiendo perfectamente sus temores, y se volvió hacia Severus Snape, que estaba a un par de metros de distancia, observando el exterior con gesto hosco.
Desde que pasara lo que pasó en la cocina, apenas habían intercambiado un par de palabras. No es que fueran realmente necesarias, puesto que, de repente, parecían capaces de comunicarse con la mirada. Ambos estaban un poco avergonzados por haberse dejado llevar por sus instintos, aunque ninguno estaba arrepentido. De hecho, concordaban en que había sido un beso bastante aceptable y, por supuesto, ambos querían que se repitiera en un futuro no muy lejano.
-Es evidente que no podéis marcharos con la que está cayendo –Comentó Severus con gravedad, captando la mirada alegre de Adrien. El niño se moría por pasar toda la noche jugando con Josh. Aunque, si Papá Noel debía bajar por la chimenea, no deberían estar mucho tiempo despiertos –Dudo que puedas sacar el coche de la nieve.
-Seguramente, el motor ni arrancará –Carole suspiró, resignada, y alzo a Josh en brazos -¿Qué vamos a hacer?
-Tendréis que quedaron aquí, por supuesto –Severus cerró la puerta de la calle, instando a la mujer a entrar. El resto de sus invitados se habían quedado charlando en el salón. Aunque al principio Draco había estado evidentemente incómodo, con el paso de las horas se fue relajando, hasta el extremo de que aceptaba a Jerry como a uno más. En cuanto a los demás, se limitaban a disfrutar de la noche, olvidando sus preocupaciones y pensando únicamente en divertirse –La casa es grande, así que podréis quedaos en una de las habitaciones libres.
-¡Oh, Severus! Lo siento mucho. No quiero molestar...
-No es molestia –Severus chasqueó la lengua –Albus y Hagrid dormirán en la habitación de Jerry. Él puede irse al cuarto de Adrien, con Draco, y vosotros os quedaréis con el otro dormitorio. Nos las arreglaremos.
-¿Seguro?
-Totalmente seguro.
Severus sonó convincente, aunque no creía que Draco estuviera demasiado contento con la decisión que su padrino acababa de tomar. Posiblemente, a Jerry no le importaría renunciar a tener una habitación propia durante una noche, pero Draco...
-¿Y Papá Noel?
La vocecita de Josh sonó extrañamente débil. El niño miraba con ansias a Snape, convencido de que el hombre podría solucionar todas las dudas que lo embargaban.
-¡Uhm...! Tal vez decida traerte algo aquí... –Severus le sonrió al pequeño mocoso. Aunque los niños no eran lo suyo, y él sólo se viera capaz de soportar a Adrien, ese crío no le resultaba del todo antipático –Y, además, estoy seguro de que dejarán tus regalos en el árbol de Navidad de tu casa.
-¿Aunque no duerma allí?
-Aunque no duermas allí.
-¡Bien!
Josh reclamó que lo dejaran en el suelo. Tras intercambiar un par de risitas con Adrien, los dos niños subieron a la segunda planta a ver el nuevo dormitorio del niño rubio.
Carole y Severus se miraron un momento, sonriéndose con nerviosismo. No se dijeron nada, pero se sentía diferentes, como si al fin hubieran dado el paso que tanto anhelaban dar desde hacía mucho tiempo.
Definitivamente, aquella había sido una Noche Buena muy especial.
Sí, lo sé. Dije que en este capítulo iba a haber regalos, pero no he querido alargar más la cosa, así que tendréis que esperar un poco más para saber qué le regalará Severus a Adrien.
Espero que el capítulo os haya gustado. Quería actualizar mucho antes, pero un virus de la gripe bastante majete, se apalancó en mi dormitorio durante un par de semanas; me confiscó el teclado del ordenador y la capacidad de pensar, así que no pude terminar el capítulo antes, lo siento :). De cualquier forma, aquí tenéis el famoso capítulo del muérdago. No me diréis que no ha habido emociones...
Nada más. Ya estoy trabajando en el siguiente capi, así que espero actualizar pronto. Al fin, veremos los regalos de Navidad. Jerry y Severus hablarán de nuevo. Mariah recibirá, al fin, alguna visita, y, si la cosa no se alarga mucho, habrá un poco del juicio de Narcisa Malfoy, y algo de Lucius... Uhm... La cosa se pone interesante, jeje
Me dejo de rollos. Muchas gracias a todos por leer. Muchas gracias a los que me habéis dejado un comentario. Un besazo para todos, y hasta la próxima.
Cris Snape
