CAPÍTULO 42. Narcisa y Carole
-¿Por qué no puedo ir a Londres?
Adrien tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados. En ese momento, se veía furiosamente inmerso en una guerra de voluntades con su padre. En cualquier otra circunstancia, Adrien hubiera tenido las de ganar, por supuesto, pero no ese día. Severus Snape le había dejado muy claro que no iría a Londres con Draco, el abuelo Albus y él, y el pequeño pronto comprendería que no había fuerza natural que pudiera hacerlo cambiar de opinión.
Jerry observaba la escena con aire divertido, desde la puerta de la salita de estar. No había tenido muchas ocasiones para ver pelear a esos dos, pero debía reconocer que era una experiencia ciertamente interesante. Siempre había tenido la certeza de que Severus Snape era más terco que una mula, pero que se deshacía en cuanto Adrien le sonreía un par de veces. De la misma forma, conocía el carácter obstinado del pequeño, una peligrosa mezcla de la cabezonería de su padre y la persistencia de su madre, lo que le convertía en una criatura destinada a salirse siempre con la suya. De hecho, durante un segundo, el hombre estaba seguro de que Adrien convencería al mago adulto para que lo dejara ir con ellos, pero no fue así. Al parecer, los asuntos en Londres eran demasiado importantes como para que un niño tan pequeño pudiera verse inmiscuido.
-Te he dicho que te quedarás aquí, jovencito. No hay más que hablar.
-Pero, papi...
-Adrien.
El tono gélido acalló las protestas del pequeño. Arrugó la nariz y se reafirmó en su postura, apretando los brazos contra su pecho. Severus suspiró, convencido de que debía dejar de consentir al mocoso, por si le daba por hacer rabietas en cuanto le llevaran la contraria.
-Ya te he dicho que no –Suavizó el tono de voz, intentado reconciliarse con el pequeño. Adrien lo miró desdeñoso, sabiendo que había perdido –Esta tarde vendrán Carole y Josh. No tendrás ni un solo segundo para aburrirte.
-Pero yo quería ir a Londres, papi –Adrien hizo un pucherito. Tal vez, si cambiaba de estrategia y conseguía dar un poco de pena, su papá cedería un poco –El primo Draco me ha dicho que veréis a su mamá. A mí me gustaría conocerla...
-Sabes que eso no puede ser –Severus apretó las mandíbulas un momento, procurando no hacer caso de los ojillos brillantes del niño. ¡Chiquillo del demonio!
Lamentablemente, Draco había cometido el grave error de contarle a Adrien que iban a visitar a Narcisa Malfoy. Cuando regresaron de ver la tumba de Mariah, el niño había pasado casi una hora hablando sin parar de las obras y milagros de su madre, de lo bonito que era su pueblo, de cómo era la tumba de la mujer, del chocolate que se habían tomado después, y de lo contenta que tendría que estar Mariah cuando los globos que le habían regalado llegaran al cielo. En su bendita inocencia infantil, Adrien no había percibido la tristeza que embargaba a Draco. No hasta que Severus le pidió que se callara. Entonces, el pequeño había visto cómo su primo forzaba una sonrisa repleta de melancolía y, recordando que por la mañana ya estaba echando de menos a su madre, le preguntó por ella. Draco, que había notado que Adrien se entristecía por su culpa, le tranquilizó diciéndole que pronto estaría con Narcisa Malfoy. Grave error. Adrien había pasado otra hora más expresando su alegría por Draco, afirmando que quería conocer a su mamá y preguntando a todo el mundo por qué no la había visto antes. Era la madre de su primo, así que ella debía ser su... ¿Tía?
Severus fue el encargado de comunicarle que no podría ver a Narcisa. El niño no obtuvo ninguna respuesta cuando preguntó por qué y, quizá, por eso estaba algo enfadado y se mostraba tan tozudo. No parecía demasiado dispuesto a permanecer ajeno a los acontecimientos que le rodeaban, menos aún si estaban relacionados con miembros de su... ¿Familia?
Por supuesto, ni Severus ni Draco habían pensado en explicarle los motivos por los que no podía ir a ver a Narcisa. A pesar de que el niño tenía conocimiento de ciertos hechos relacionados con el pasado más cercano del mundo mágico, no necesitaba verse involucrado en juicios ni nada que se le pareciera. Ya era suficiente desgracia tener a un mortífago rondándole con claras intenciones homicidas, como para hacer las cosas más complicadas. Además, a Severus no le parecía que el Ministerio de Magia fuera el lugar más idóneo para llevar a un niño pequeño. Demasiada corrupción, indisciplina y falta de eficacia reunidas en cuatro paredes. Aunque, quizá, el Cuartel General de Aurores le hubiera parecido un lugar interesante a Adrien.
-¿Me traerás algo?
Adrien se había rendido. Jerry no se molestó en disimular una sonrisa maliciosa y Severus suspiró. Todo parecía indicar que su visita a Londres iba a salirle cara.
-Está bien. Si tengo tiempo, me pasaré por el Callejón Diagón y veré si te puedo traer algún cuento nuevo, o algo así...
-¡Oh! –Adrien dio un saltito y una sonora palmada. Severus supo que ahora diría algo inadecuado. Tenía la misma cara que cuando afirmó que quería una escoba voladora o le puso el nombre a Black. Era puro éxtasis -¡Podrías traerme El Monstruoso Libro de los Monstruos! –Severus parpadeó. No se había equivocado ni un ápice –Ya he jugado muchas veces con el libro que tiene Hagrid y no me ha arrancado ninguna mano. Mira –Le mostró sus manecillas, para dar fe de sus palabras. Severus bufó. ¿Por qué rayos tenía que acordarse el criajo de ese maldito libro? Y, lo que era más importante. ¿Por qué Hagrid tenía que habérselo enseñado? Definitivamente, el semi-gigante no sabía discernir que cosas podían ser peligrosas para un niño, y que cosas no. Tendría que hablar muy seriamente con él –Ya sé cómo hay que acariciarle el lomo para que se abra. Es genial.
-Adrien. Ese libro es para niños mayores. Te traeré otra cosa.
El pequeño recuperó su expresión enojada, se dio media vuelta y subió a su habitación, harto de discutir con su papá. Jerry se incorporó, estirándose la ropa distraídamente, y pasó por delante de Snape, en dirección a la cocina.
-Será interesante ver El Monstruoso Libro de los Monstruos –Comentó como si nada, logrando que Severus se pusiera lívido –Los muggles no tenemos libros con nombres tan... Emocionantes.
Severus bufó. En ocasiones, los Bellefort podían ser realmente exasperantes.
Afortunadamente, Draco se reunió con él en ese preciso instante, antes de que tuviera tiempo de enviarle a Jerry alguna clase de maldición. Quizá, un par de graciosos cuernos de marfil no le sentarían nada mal.
Draco se detuvo a un par de pasos de su padrino, ataviado con una sencilla túnica verde botella que Severus recordaba haberle visto en otras ocasiones. Indudablemente, los buenos tiempos para el chico Malfoy habían pasado y ni siquiera podía permitirse una túnica verdaderamente elegante. Tal vez, si el joven no se negaba, podría conseguirle alguna, aunque conociendo a los Malfoy y a los Black, sería difícil que Draco dejara de lado su orgullo y permitiera que le compraran ropa.
Había notado al chico un poco extraño la noche anterior, cuando regresaron a la casa. Si bien ya había estado algo triste y silencioso durante el día, a Severus le pareció que estaba más nervioso de la cuenta. Tenía la sensación de que Draco había hecho un par de intentos por decirle algo, pero nunca le habló de otra cosa que no fueran los adornos navideños o los dibujos que Adrien le había hecho para conmemorar esas fechas. Sin duda alguna, había algo que le preocupaba, y Severus esperaba que confiara en él. Posiblemente, sólo fueran los nervios por el juicio de su madre, pero nunca estaba de más asegurarse.
-¿Estás bien?
Draco afirmó con la cabeza, sin mirarle a los ojos. Se sentía miserable. Había intentado hablarle a Severus sobre lo ocurrido con su padre, de verdad que lo había intentado, pero no había conseguido hacerlo. Primero, Adrien, que no había dejado de hablar sin parar, emocionado después de los acontecimientos navideños, luego Snape, comentándole cosas del juicio, y la carta que aún tenía guardada en su bolsillo, testigo directo de todo lo que estaba haciendo su padrino por él. Y. ¿Cómo se lo pagaba? Ocultándole información que podría ayudarle a preservar la seguridad de Adrien, pero es que no podía hablar. Era un cobarde, pero no podía. No quería traicionar a su padre. Estaba demasiado confundido para pensar con claridad, y se sentía miserable por eso.
-Dumbledore nos espera en el Ministerio –Ante el silencio del chico, Severus siguió hablando –Ya ha arreglado todo para la entrevista. Procura que tu madre se lleve una buena impresión. Hazle saber que todo está bien, que esté tranquila.
-Sí –Draco suspiró. Sacó valor de dónde no lo había para hablar. Le preocupaba que Jerry y Adrien se quedaran solos en casa, debía reconocerlo –Al final, no nos llevamos a Adrien –Dijo, como si nada, procurando disimular.
-Un juicio no es lugar para él –Severus sacudió la cabeza, colocándose su propia túnica, sobriamente negra –Esperemos que Jerry pueda controlarlo.
Narcisa Malfoy no podía hacer nada por ocultar el miedo que reflejaban sus ojos claros. Aunque Azkaban ya no contaba con la presencia siniestra y maléfica de los dementores, y que la mujer podía afirmar que los celadores de la prisión la trataban con cierto grado de respeto, la bruja estaba asustada. El proceso judicial que decidiría su futuro comenzaba ese día, y la perspectiva de pasar toda su vida en la cárcel la aterraba.
Su abogado afirmaba que eso no ocurriría. El mismísimo Albus Dumbledore intercedería por ella ante el tribunal y toda la comunidad mágica sabía que ella no había matado a nadie, lo cual era una garantía. Cierto que había sido una mortífaga, bien por convicción propia, bien porque las circunstancias la impulsaron a ello. En cualquier caso, no podía negar su pasado, de la misma forma que no podía ocultar que, en algún momento, había dejado de serle fiel al Señor Oscuro. Nadie sabía cuándo exactamente, pero sí por qué: Draco. Por él había sido capaz de enfrentarse a todo y a todos, para protegerlo, para mantenerlo a salvo. Vivo.
Su abogado apostaba por una condena no superior a doce años. Narcisa había sonreído en más de una ocasión al pensar en lo irónico de aquella cifra. Doce años había estado su querido primo Sirius en Azkaban, aunque él hubiera resultado inocente de todos los crímenes que se le imputaron. Eran muchos los miembros de la familia Black que habían terminado encerrados en aquella cárcel, demasiados, tal vez, y todo por culpa de la misma persona. Afortunadamente, el Señor Tenebroso ya no estaba entre ellos.
Suspiró cuando los aurores fueron a buscarla. La habían trasladado desde Azkaban aquella mañana, llevándola a las mazmorras del Ministerio de Magia. Su celda contaba con una pequeña ventana, desde la que podía ver un fragmento de azulado cielo, y un catre con sábanas limpias. Un auténtico lujo, si se comparaba con las condiciones en las que vivían otros mortífagos capturados, condenados a la miseria y la inmundicia.
Procuraría mantener el aspecto más digno que le fuera posible. Podría ser una prisionera, pero seguía siendo la misma mujer coqueta de siempre, una Malfoy con la sangre de los Black corriendo por sus venas. Se había recogido el cabello rubio en una coleta, asegurándose de que ni un solo mechón escapaba de su control. La túnica marrón no era ni elegante ni cómoda, pero la vestía con orgullo. No tenía maquillaje, pero había logrado darle algo de color a sus mejillas pellizcándolas, recordando los viejos consejos de su madre.
La guiaron por los largos pasillos del Ministerio, sin darle tiempo a observar lo que la rodeaba. Pensó en Bella, en el día en que ella fue juzgada. Se preguntó si ella también habría recorrido aquellos largos pasadizos y, sobre todo, si alguna vez volvería a hacerlo. Tal vez, cuando la encontraran, la acusaran de nuevos delitos por los que sería nuevamente juzgada. Si la capturaban con vida, por supuesto.
Supo que habían llegado a la sala del tribunal cuando los aurores se detuvieron. Eran tres hombres corpulentos y de aspecto amenazante. Permanecieron en silencio todo el tiempo, asegurándose de que la prisionera no escapaba, pero tratándola con delicadeza. Cuando las puertas se abrieron ante ella, Narcisa jadeó. El corazón comenzó a latirle con rapidez y no pudo evitar cerrar los ojos, ansiando que todo aquello terminara lo antes posible. El juicio no sería muy largo, había dicho su abogado, y ella rezaba porque fuera verdad.
Lo primero que vio, fue a los hombres que formaban parte del Tribunal. Según pudo comprobar, no todos los miembros de Wizegamont estarían presentes en el proceso, signo inequívoco de que aquel no era un juicio de máxima prioridad. Narcisa no sabía si alegrarse o no por ello, pero pronto decidió que estaba bien. No la consideraban peligrosa y, por ese motivo, la condena no sería muy severa.
A continuación, la mujer observó el graderío. No había demasiada gente en la sala. Periodistas, jóvenes que debían ser estudiantes de leyes, puesto que vestían de uniforme y llevan plumas y pergaminos, algunos aurores y unos cuantos curiosos.
Andrómeda la saludó con la mano cuando sus ojos se encontraron. Venía acompañada por Ted y Narcisa no dudó en regalarle una sonrisa de agradecimiento. Jamás pensó que su hermana fuera a ayudarla de la manera en que lo estaba haciendo, no después de lo mal que todos la habían tratado. Indudablemente, Andrómeda no había heredado el orgullo de los Black. Narcisa sabía que, de estar en su lugar, jamás hubiera olvidado las afrentas y humillaciones a las que todos la sometieron. Ella no había nacido para perdonar; afortunadamente, su hermana mayor, sí. Ted, sin embargo, no era tan bondadoso. A pesar de que el bueno de su cuñado se había encargado personalmente de buscarle el mejor abogado, aún la miraba con rencor. Debía tener muy presente el daño que le habían hecho a su esposa y, Narcisa lo sabía, jamás la perdonaría. Aunque, por lo visto, era perfectamente capaz de hacer de tripas corazón y tragarse su orgullo. Andrómeda siempre había dicho que Ted era capaz de hacer cualquier cosa por ella. Ahí estaba la prueba.
Junto a su querido cuñado, estaba sentado Severus Snape. No le sorprendió en absoluto verlo allí, eternamente vestido de negro y con el semblante tan serio como siempre. Narcisa tenía mucho que agradecerle a ese hombre, entre otras cosas, el que Draco estuviera vivo. Sabía que el hombre estaba velando por su hijo y jamás tendría palabras suficientes para mostrarle su gratitud. Snape había elegido ayudarlos con todas las consecuencias y, aunque la Promesa Inquebrantable ya había sido saldada, la mujer no dudaba que el hombre seguiría cuidando de Draco todo el tiempo que fuera suficiente.
Y allí, sentado junto a Snape, estaba Draco. Tenía buen aspecto. Tal vez no luciera tan regio como siempre, pero Narcisa lo encontró bien. Se le veía un poco triste y, cuando la mujer lo saludó con una sonrisa tierna, sus músculos se agarrotaron, pero terminó por alzar una mano y musitar un débil Hola que nadie pudo oír. Narcisa hubiera pasado horas mirando a su hijo, pero los aurores la instaron a tomar asiento, para enfrentarse a los jueces. Afortunadamente, no hubo cadenas rodeando sus brazos y manteniéndola inmovilizada, lo que fue de agradecer.
Durante unos segundos, Narcisa pensó que Albus Dumbledore sería el encargado de presidir el tribunal, puesto que el anciano estaba sentado frente a ella, sonriendo afablemente, pero fue otro hombre el que empezó a hablar, un tipo joven y flacucho, con voz nasal. Narcisa se sintió aliviada. Aquel era Cyrus Goodlaw, conocido por no ser un tipo severo. Sin duda alguna, todo saldría bien. Debía salir bien.
La primera vista fue rápida. Se dieron a conocer los cargos que existían en su contra, se le concedió la palabra al abogado defensor para que expusiera sus argumentaciones, y se acordó que los testigos comenzarían a declarar a partir del día siguiente. A Narcisa le pareció que el fiscal no se mostraba demasiado duro, y sintió que su abogado era realmente bueno. Incluso la estaba convenciendo a ella de que sólo había sido una víctima de Lucius Malfoy y del mundo que siempre la rodeó...
Narcisa ansiaba que el primer día de juicio terminara por un solo motivo. Después de la vista, podría ver a Draco, estar cerca de él. Hacía tanto tiempo que no hablaban, que comenzaba a olvidársele el sonido de su voz. Lo echaba tanto de menos, que cuando los aurores si dispusieron a llevársela, un miedo irracional se apoderó de ella. Temía que no la dejaran estar con Draco y, por primera vez, se mostró reticente a abandonar la sala. Vio a Severus y a Draco ponerse en pie y salir por una de las puertas laterales, y sintió ganas de llorar. Dumbledore intervino entonces, tranquilizándola con un leve movimiento de cabeza. Narcisa suspiró y se dejó llevar, descubriendo que no iba a las mazmorras, sino a una pequeña habitación contigua al tribunal. Los aurores la hicieron tomar asiento y la dejaron sola, sin darle ninguna clase de explicaciones.
Cinco minutos después, Draco entraba en la estancia.
El chico se quedó parado junto a la puerta. Los aurores se habían retirado discretamente, siguiendo órdenes de Albus Dumbledore, y los Malfoy se quedaron solos, observándose con cautela durante unos segundos. Narcisa hubiera querido correr y abrazar a su hijo en ese preciso instante, pero sabía que a Draco le molestaría. Nunca había sido excesivamente cariñoso y, cuando su madre se acercaba a él para mostrarle alguna clase de afecto físico, normalmente la eludía, alegando que un Malfoy no debía dejarse llevar por sentimentalismos. No es que Narcisa no fuera capaz de no dominar sus emociones, pero hacía tanto tiempo que no lo veía, había estado tan preocupada por él, que ese día le costó un mundo mantenerse en su lugar, en pie frente a Draco, y mirándolo sin saber qué decir.
Él también la miraba fijamente, con los puños apretados y los ojos ciertamente vidriosos. A Narcisa le pareció que estaba temblando y sonrió cálidamente, buscando una forma de tranquilizarlo. Sabía que todo aquello no estaba siendo fácil para Draco. Su padre era un fugitivo, ella estaba en la cárcel, dependía de la caridad ajena... Draco siempre había sido un chico orgulloso; sin duda alguna, atravesaba una etapa muy difícil de su vida, pero Narcisa estaba segura de que saldría adelante.
Después de lo que pareció una eternidad, la mujer decidió que debía hacer algo. Dumbledore apenas les había conseguido unos minutos para estar juntos y, si seguían mirándose sin decir nada, perderían una oportunidad que podría tardar años en repetirse. Narcisa dio un paso al frente, sin perder la sonrisa, esperando que Draco reaccionara y se acercara a ella. A pesar de todo, se estaba mostrando excepcionalmente cautelosa. Draco siempre había tenido mucho carácter, no era fácil saber qué se debía esperar de él.
-¿Cómo estás, Draco?
Aquellas breves palabras parecieron despertar algo en el chico, que dio un respingo y, sin que Narcisa tuviera tiempo para reaccionar, se abalanzó sobre ella y la abrazó con fuerza, abrumado por la intensidad del momento. La mujer sintió dos lágrimas rodar por sus mejillas y supo que Draco estaba conteniendo las propias. Por supuesto, el chico no lloraría. Nunca lo había hecho frente a ella, ni siquiera en los momentos más difíciles.
El abrazó duró unos pocos segundos. Era indudable que al joven le hubiera gustado permanecer así mucho más tiempo, pero la visita pronto terminaría y tenían muchas cosas de las que hablar. Narcisa lo llevó hasta una silla y se acomodó frente a él, sin soltarle la mano y sin dejar de mirarlo a los ojos.
-Recibí tu última carta, Draco –Dijo ella con aquella voz melodiosa y, en parte falta de emoción, que siempre solía utilizar –Me alegra mucho saber que los estudios te van tan bien. ¿Estás a gusto en Hogwarts?
-Sí, madre –Draco carraspeó, logrando dominar por completo la extraña sensación que le ahogaba –Todo está muy tranquilo. Tengo mucho tiempo para estudiar.
-Bien, bien –Narcisa cabeceó, acariciando de Draco con las yemas de los dedos. Temía que él fuera a rechazar el contacto, así que pensaba disfrutarlo mientras fuera posible -¿Has tenido algún problema con tus compañeros? Supongo que las cosas no serán fáciles...
-Todo está bien, madre –Draco sonrió –El profesor Snape me está ayudando mucho, y Dumbledore se encarga de mantener las cosas en orden. No tienes que preocuparte.
Narcisa sonrió y cabeceó. Había muchas cosas que quería decir, cierto, pero no sabía cómo hacerlo. Tenía la mente en blanco y, en esos momentos, se conformaba con tener a Draco cerca. Era un alivio que le permitieran mantener el contacto con él mientras estaba en Azkaban; sabía perfectamente como estaba todo, pero necesitaba comprobar que él estaba bien. Verlo frente a ella, tocarlo, sentirlo...
-Te he traído un regalo de Navidad –Draco se levantó y dejó sobre la mesa un pequeño paquete. Narcisa lo abrió con la gratitud titilando en sus ojos y, con una sonrisa, descubrió un peine y un espejo –No creo que en Azkaban tengas de esto. Son de esa tienda del Callejón Diagón que tanto te gusta.
Narcisa acarició sus regalos con aire ausente. Eran dos objetos de aspecto distinguidos, similares a los que tenía en la Mansión Malfoy. Debía reconocer que le sorprendía que Draco fuera capaz de demostrar tanto tacto, y lamentó no tener nada para él. Las Navidades siempre habían sido unas fechas especiales para ellos.
-Quería enseñarte otra cosa –Draco amplió su sonrisa, tendiéndole la carta que Snape le había hecho llegar el día anterior –Es el regalo de mi padrino. Con un poco de suerte, podré estudiar en la escuela de pociones más importante del mundo.
Narcisa observó el pergamino con curiosidad, sintiéndose profundamente feliz. Todo parecía indicar que Draco podría tener un futuro, y la mujer sabía que conseguiría todo lo que se propusiera. Debía recordar darle las gracias a Snape por aquello también.
-Es maravilloso, Draco. Debes hacer todo lo que esté en tu mano por conseguir la plaza. Es una oportunidad única.
-El profesor Snape cree que tengo posibilidades –Draco sonrió. Por un segundo, olvidó dónde estaba y por qué, y sólo fue consciente de que su madre estaba frente a él, mirándolo con los ojos repletos de orgullo –Te aseguro que lo lograré.
-Sé que lo harás, Draco.
Se produjo un nuevo silencio. Narcisa le devolvió la carta y siguió mirándolo, intentado memorizar las facciones de Draco, por si pasaban demasiados años antes de que volvieran a verse. El chico permanecía inmóvil, respondiendo a las tímidas caricias maternas, buscando una forma para mantenerla tranquila, aunque él mismo no se sintiera con fuerzas para hacerlo.
-Ojala todo esto termine pronto –Narcisa suspiró. Las palabras se habían escapado de su garganta sin que ella pudiera hacer nada por retenerlas. Sentía que eran una pérdida de valor, pero necesitaba decirlo, hacer saber a los demás que estaba cansada –Promete que te cuidarás.
Draco sonrió. Allí estaba su madre, repitiéndole las palabras que solía decirle cada vez que él se marchaba en el Expreso de Hogwarts. Las palabras que ella musitó cuando el final del Señor Oscuro estaba cerca...
-Lo haré, madre –Draco habló con solemnidad. Aquello era un juramento velado que pensaba cumplir –Iré a Nueva Orleáns y, cuando vuelvas a estar libre, haré que recuperes lo que nos han quitado.
Narcisa cabeceó. Siempre había sabido que Draco cuidaría de ella, aunque los tiempos fueran difíciles, Draco siempre estaría ahí, para darle ánimos y dejar que ella lo animara a él.
-Si ves a tu padre, pídele que se marche, Draco –Narcisa habló con suavidad. El tiempo se les agotaba y ella aún tenía que preocuparse por su marido. A pesar de que, en un principio, su matrimonio fue una farsa, había ciertas cosas de Lucius que no había podido evitar amar.
Draco palideció. No esperaba que su madre fuera a hablarle precisamente de aquello y, por un segundo, se planteó la posibilidad de contarle todo lo que estaba ocurriendo con Lucius, pero no lo hizo. No debía preocuparla, así que tendría que solucionar aquel asunto él solo. Únicamente esperaba poder tomar las decisiones adecuadas, por el bien de todos.
-Lo haré, madre –Afirmó con inseguridad, hecho que Narcisa notó, aunque no mencionara todo.
Uno de los aurores golpeó la puerta tres veces, señal de que debían despedirse. Narcisa suspiró, lamentando que aquel encuentro hubiera sido tan breve, y apretó con fuerza la mano del joven, que la miraba casi angustiado, como si deseara no tener que marcharse tan pronto.
-Cuídate, Draco.
-Tú también, madre.
La puerta se abrió. Los tres aurores encargados de la vigilancia de Narcisa, entraron a la sala, cortando cualquier intento de conversación. La bruja se puso en pie, dejándose llevar, y despidió a su hijo con un beso en la mejilla. Draco la abrazó nuevamente, sintiéndose más pequeño y vulnerable que nunca, y estuvo a punto de abalanzarse sobre los aurores. Segundos después, se quedaba solo en la habitación, aliviado y feliz al tiempo que confundido y melancólico. Él también quería que el juicio terminara lo antes posible. Vivir en aquella perpetua agonía, sin saber qué sucedería, no podía ser saludable para nadie.
Cuando se reunió con Snape en los pasillos del Ministerio, descubrió que el hombre estaba acompañado por el matrimonio Tonks. Su tía se acercó a él con los brazos abiertos, obviando la clara incomodidad del chico, y lo absorbió en un agobiante abrazo de oso que hizo poner los ojos en blanco a Ted Tonks. Al parecer, el hombre estaba acostumbrado a aquella clase de comportamientos, pero era obvio que Draco no, aunque Andrómeda no pareciera darse cuenta de ello. Severus se había limitado a sonreír por lo bajo. Draco no soportaba que lo tocaran; sin duda, debía estar haciendo un gran esfuerzo por no lanzarle alguna clase de maldición a su tía.
-¡Draco! ¿Cómo está tu madre, hijo? –Comenzó a hablar atropelladamente. Severus no pudo evitar pensar en Nymphadora. Indudablemente, la chica había heredado de sus padres algo más que la torpeza de Ted.
-Bien, bien –Draco logró zafarse de aquellos brazos tan un intenso forcejeo, logrando llenar sus pulmones después de unos segundos de asfixia –Está bien... Tranquila.
-Me alegro mucho, hijo –Finalmente, Andrómeda le dio unos centímetros de espacio. Tal vez, la mano masculina gentilmente depositada en su hombro la ayudó a darse cuenta de que estaba agobiando al chico –Yo también quise hablar con ella, pero Dumbledore sólo pudo arreglar las cosas para que os vierais vosotros –Agitó la cabeza. Era increíble la velocidad con que era capaz de hablar. Severus le encontró un siniestro parecido con Molly Weasley –Ted y yo hemos estado hablando con el profesor Snape. Hemos pensado que podrías venir a comer con nosotros –Draco parpadeó y miró a su padrino, que cabeceó imperceptiblemente, con su rostro imperturbable de siempre y un brillo divertido en los ojos -¿Te gustaría?
No, realmente no le gustaría, pero no encontraba una forma para rechazar la invitación. De hecho, si lo hiciera, hubiera terminado por sentirse inevitablemente culpable, teniendo en cuenta la carita de pena que había puesto su tía después de pronunciar esas palabras. Tendría que soportar el gesto hosco de su tío Ted, que no era muy diferente del de Severus; las excentricidades de su prima Tonks, que estaba más rara que nunca desde que se quedó embarazada; los mimos desmedidos de su tía, que no parecía tener ni una sola gota de sangre Black en sus venas. Y, lo peor de todo, a Lupin. ¿No era suficiente castigo todo lo demás, como para verse obligado a compartir un pavo relleno con su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras? Menos aún ahora, que eran casi igual de pobres. Aunque, si lo miraba por el lado positivo, no tendría que soportar a Dumbledore y a Hagrid, ni verle la cara al maldito muggle. Ni tendría que sentirse culpable por no hablar con su padrino sobre lo ocurrido con Lucius Malfoy.
-Eh... Sí, sí.
-Perfecto, entonces –Andrómeda dio un paso atrás, ajustándose la túnica. A Draco le pareció que le lanzaba una mirada de advertencia a Ted, quién se encogió de hombros y se dispuso a caminar distraídamente hacia la salida del edificio. La señora Tonks se volvió para mirar a Severus, que parecía encantado de ver a su ahijado en semejante aprieto -¿Le importa que utilice la red flú para volver a su casa, señor Snape?
Severus se limitó a alzar una ceja. Andrómeda se despidió como si nada de él, mientras Draco le lanzaba una mirada que era casi suplicante.
-Bien, bien. Creo que todo ha salido bien.
Severus no pudo evitar encogerse sobre sí mismo cuando escuchó la voz despreocupada del director. Albus Dumbledore había aparecido a su lado de repente y el profesor de Pociones lo miró desdeñoso, molesto con su persona por haberse asustado de forma tan estúpida.
-Eso parece –Dijo, dirigiéndose él también hacia la salida, acompañado por el anciano mago -¿Has hablado con Goodlaw?
-Sí. Hemos estado recordando los viejos tiempos. ¿Sabías que pasó la mayor parte de su quinto curso arrestado? Mucho me temo que Minerva estaba un poco cansada de que se pasara la vida estropeando las transformaciones de sus compañeros de clase.
-¿En serio? –Severus alzó una ceja. Realmente no necesitaba saber eso.
-Es curioso que haya terminado siendo juez... Muchos en Hogwarts pensaban que sería un criminal.
-Tú no, por supuesto.
Albus sonrió de aquella forma enigmática que solía acabar con la paciencia de Snape. El brujo sentía una gran curiosidad por saber cómo podía Dumbledore juzgar a las personas de una forma tan acertada. Suponía que ni él ni nadie lo averiguarían jamás.
-Será mejor que regrese a Hogwarts –Dumbledore se colocó el picudo sombrero sobre la cabeza –Minerva estaba ligeramente enfadada esta mañana. Por lo visto, la cena de anoche resultó un pequeño desastre. Dos chicos de Hufflepuf y Ravenclaw terminaron a golpes sobre el pavo de Navidad –Severus hizo una mueca de sorpresa y Albus sonrió con indulgencia –Problemas de faldas.
-¡Cómo no! –Snape puso los ojos en blanco –Debo suponer que no tengo que esperaos a Hagrid y a ti para cenar...
-Quizá vayamos mañana. En fin –Dumbledore suspiró –Dale un abrazo a Adrien y saluda a Black de mi parte.
Severus bufó. Maldito perro del demonio. Black. Cuánto más lo pensaba, peor humor se le ponía. Y, para colmo de males, ahora tendría que ir al Callejón Diagón y comprar el dichoso libro de Hagrid. Debía acordarse de asesinar a sangre fría al semi-gigante en cuanto lo tuviera delante.
Habían pasado casi toda la mañana viendo la televisión. Las películas navideñas mantuvieron entretenido a Adrien, mientras Jerry atendía esporádicas llamadas de teléfono. Las cosas en los negocios marchaban bastante bien, así que podría tomarse unos cuantos días más de vacaciones. Después de todo, se las tenía bien merecidas; hacía años que no descansaba de verdad y, ahora que recordaba lo que era la vida sedentaria, le parecía realmente complicado adaptarse a su antiguo ritmo de nuevo. Pero tendría que hacerlo, quisiera o no quisiera.
Adrien había conservado su enfado durante diez minutos. En cuanto escuchó el primer villancico que pusieron por la tele, a ritmo de rock, todo había que decirlo, se olvidó de que le hubiera gustado ir a Londres y se dispuso a disfrutar. Su tío le había dicho que, después de comer, podrían salir a jugar un rato con la nieve. Tal vez, para entonces, Carole y Josh ya estuvieran en casa, y podría estar de nuevo con su amigo. Era tan divertido estar juntos...
Se comieron las sobras del día anterior. La comida había sido demasiado abundante y Adrien devoró todo lo que su tío puso en el plato para pasar a zamparse un enorme trozo de la tarta de Carole. Había que reconocer que la mujer cocinaba de maravilla. Un motivo más para querer que su papá y ella estuvieran juntos.
-Tío Jerry. ¿Tú tienes novia?
La pregunta lo pilló desprevenido. El hombre estaba peleándose con una tarrina de helado que no quería abrirse, cuando la voz del niño inundó sus oídos, dejándolo un poco inquieto. Los niños pequeños no preguntaban esas cosas, demonios.
-No, Adrien –Dijo, haciendo un último esfuerzo antes de renunciar a la sabrosa crema de limón.
-¿Ni una mujer, ni nada de nada?
-No. Ni mujer, ni novia, ni hijos –Adrien sonrió. Su tío parecía haberle leído el pensamiento, porque precisamente ahora iba a preguntarle si había por ahí algún primo perdido.
-¿Por qué no?
Jerry bufó. Odiaba hablar sobre esas cosas. La vieja Helen ya lo agobiaba suficiente repitiéndole casi diariamente que debía buscarse una buena chica con la que sentar cabeza. ¿Tan difícil era entender que adoraba estar solo? Bueno, Adrien no sabía nada de eso, tampoco podía enfadarse con él.
-Creo que no he encontrado a la persona adecuada –Se encogió de hombros, hablando con suavidad, aunque esforzándose por hacerle comprender a Adrien que no le agradaba el tema.
-¡Oh! –Adrien suspiró, modificando su postura un momento –Mi papá tampoco tiene novia. ¿Sabes?
-Uhm...
-Pero... –Adrien se arrodilló en la silla, miró a su alrededor y habló en tono confidencial –Creo que muy pronto tendrá una. ¿Sabes quién?
Se lo imaginaba, pero prefirió hacerse el tonto. El niño estaba claramente ansioso por hacer aquella revelación.
-Carole –Susurró, y Jerry sonrió, cabeceando significativamente.
-¿A ti te lo parece?
-Sí. Anoche se dieron un beso debajo del muérdago –Seguía hablando en susurros, temeroso de que volviera su papá. Sabía que no le haría mucha gracia descubrirlo hablando de eso –Tío Jerry... ¿Tú crees que mi mamá se enfadará si papá y Carole se hacen novios?
Jerry carraspeó. Adrien lo miraba con angustia, esperando una respuesta que no terminaba de llegar.
-No creo que le importe, Adrien –El hombre habló con suavidad, sentando al pequeño en sus rodillas –De hecho, creo que estará muy feliz si tu padre encuentra una mujer que lo quiera y que te quiera a ti también.
-¿De verdad crees eso?
-Estoy completamente seguro. Mariah sólo quiere veos felices a ti y a tu papá –Jerry creyó adivinar qué le preocupaba al niño, y se dispuso a ejercer su trabajo como tío. Era la primera vez que tenían una conversación de ese tipo y quería hacer las cosas bien –Creo que ella quiere que tú tengas a alguien que cuide de ti como lo hacía ella. No tienes que tener miedo si sientes cariño por Carole. Tu madre no se enfadará contigo.
Adrien guardó silencio. Permaneció serio unos segundos, hasta que sonrió y volvió a su lugar inicial. Estaba claro que las palabras de Jerry lo habían tranquilizado, y el hombre se sintió orgullo de sí mismo. Había pasado con nota su primera prueba de fuego.
Media hora después de aquella breve conversación, llamaron al timbre. Adrien corrió a abrir la puerta y Jerry supo quién era cuando escuchó los emocionados gritos infantiles. Los niños salieron al jardín como balas y comenzaron a tirarse bolas de nieve, mientras Jerry atendía a Carole. La mujer había traído otra tarta, como si buscara una forma de agradecerle a Snape lo que había hecho por ella durante la cena de Navidad.
-Creí que Josh iba a volverme loca –Dijo la mujer. Los adultos se habían acomodado en la cocina, desde donde podían vigilar a los niños sin sufrir el riesgo de tragarse un buen puñado de nieve blanca y helada –Se ha pasado todo el día diciendo que quería venir a jugar con Adrien y Black... Por cierto. ¿Dónde está el cachorrito?
-Durmiendo. Adrien lo ha agotado esta mañana. Dice que es un poco aburrido, pero está dispuesto a esperar a que el animal crezca un poco para seguir torturándolo.
Carole rió suavemente, sintiéndose muy a gusto en compañía de ese hombre. De hecho, la casa de los Snape le hacía sentirse realmente bien, tal vez porque la llevaba a recordar aquel beso, que tuvo lugar en aquella misma cocina. Hubiera querido ver a Severus ese mismo día. Era evidente que tenían muchas cosas de las que hablar y, por qué no decirlo, quería comprobar si un segundo beso podría ser tan satisfactorio como el primero. No sabía muy bien qué podía esperar del hombre, pero durante todo el tiempo que llevaban sin verse, no había dejado de pensar en él. Nunca pensó que alguna vez pudiera gustarle un hombre como Severus, tan poco agraciado físicamente y con un carácter tan extraño, pero cuanto más lo conocía, más atraída se sentía por él. Era un hombre honrado y cuidadoso de aquellos a los que amaba, motivos más que suficientes para ganarse su atención. Pero, además, le rodeaba un halo de misterio que la mujer se moría de ganas de desvelar. Quería saber todo lo que tuviera relación con Snape, y quería saberlo lo antes posible.
-¿Y el señor Snape?
Jerry alzó una ceja, evocando las últimas palabras de Adrien. Si sus sospechas no eran erradas, muy pronto su sobrinito vería cumplidos sus sueños de que su papá consiguiera una nueva novia. Y Carole no le parecía una mala elección.
-En Londres, creo. Tenía asuntos que atender.
-¿Londres? –Carole pareció entornada –Creía que las carreteras y el tráfico ferroviario estaban cortadas unos kilómetros al sur, por la nevada –Jerry se puso pálido. Era evidente que había metido la pata –Es extraño...
-Uhm...
-En fin –La mujer suspiró. Había algo raro en eso, pero no más que otras cosas que rodeaban a Severus. Un nuevo misterio por resolver -¿Cuánto tiempo se quedará en Inglaterra, señor Bellefort?
-Hasta Año Nuevo, creo –El hombre se sintió más tranquilo. Todo parecía indicar que Carole iba a cambiar definitivamente de tema.
-Vive en París. ¿Cierto? –Jerry afirmó con la cabeza –Yo siempre he querido conocer la ciudad. Debe ser preciosa.
-Quizá, pueda hacerlo en un futuro –Jerry carraspeó y puso su más pícara sonrisa –Creo que el señor Snape quiere llevar al niño a ver la catedral de Notre Dame.
Carole se puso roja como un tomate. Jerry rió internamente, sus sospechas definitivamente confirmadas.
Severus Snape entró en ese preciso instante en la cocina. Traía un paquete que se movía entre las manos y, cuando vio la escena, sintió que el estómago se le revolvía. ¿Carole ruborizada y ese muggle mirándola como si pretendiera...? Apretó los puños, sabiendo que su comportamiento era del todo irracional, y entró hecho una furia en la estancia, interrumpiendo a los otros dos. Jerry se levantó, un poco sorprendido, y el rubor de Carole se intensificó. ¿Por qué demonios reaccionaba ella así? ¿Acaso había estado haciendo algo que la avergonzara?
-¡Severus!
Carole sonrió esplendorosamente. Jerry entornó los ojos, captando la tensión en las facciones de Snape, y la situación le pareció un poco más divertida que un segundo antes. Ese pobre desgraciado estaba celoso. ¿Quién lo hubiera dicho? Se acercó a él, observando con curiosidad el paquete que portaba, y lo vio moverse. Supuso que eso no era algo que Carole debiera ver y lo cogió con ambas manos, sintiéndolo extraño.
-Gracias por traerme esto, señor Snape –Masculló, en una excusa torpe que, sin duda, no engañaría a nadie. Severus lo miró desconcertado un momento, intrigado por el comportamiento de ese tipo, hasta que comprendió que pretendía dejarlos solos. Curiosamente, se sintió un poco mejor por eso –Voy a... Arriba.
Se marchó algo precipitadamente. Carole no le había prestado demasiada atención. Estaba demasiado ocupada agitándose con nerviosismo, sin saber muy bien a qué atenerse con ese hombre. Nunca le había parecido que fuera precisamente predecible.
-El señor Bellefort me dijo que estabas en Londres –Severus alzó una ceja, reponiéndose de los extraños sentimientos de un segundo antes –Supongo que ha debido regresar –Él no pareció entender de qué estaba hablando –Por la nieve.
-¡Oh! –Severus carraspeó, la consciencia finalmente recuperada. Vale, se estaba comportando como un auténtico idiota. Si tenía suerte, todavía podía arreglarlo –Sí... No pude llegar... Las carreteras...
-Cortadas, lo sé –Carole sonrió, recuperando el color habitual de su rostro -¿Y su ahijado, y los señores Dumbledore y Hagrid?
-Uhm... Ellos si consiguieron llegar. No me pregunte cómo.
Carole rió con aire divertido. Era evidente que Severus estaba ocultando algo, pero no le importaba en absoluto.
-Los niños están jugando fuera –Severus miró por la ventana. Efectivamente, Adrien y Josh se entretenían haciendo ángeles en la nieve –He traído una muda de ropa para Josh. Cuando terminen ahí fuera, estará calado hasta los huesos.
-Totalmente cierto –Severus se quitó el abrigó y desenrolló la bufanda de su cuello –Supongo que no podremos dejarlos mucho tiempo ahí fuera. Podrían enfermarse.
-Pues ya me dirás cómo hacemos para impedir que lo hagan –Carole rió, sabiendo que no era fácil dominar a aquellos dos chiquillos –Josh estaba ansioso por venir. Espero que no te importe...
-No, claro –Bueno, había hablado con mucha precipitación. Eso era un error –Al menos, tiene entretenido a Adrien. A veces creo que me va a volver loco, aunque es una suerte contar con el señor Bellefort. El niño suele dedicar bastante tiempo a atormentarlo a él.
-Sé lo que quieres decir –Carole se acercó a Severus. Ninguno de los dos había tomado asiento y, al parecer, no tenían intención de hacerlo –Me gusta estar con mi hijo, pero necesito momentos para relajarme.
-Los niños no te dejan tiempo para nada –Severus puso los ojos en blanco. Aquella conversación no los estaba llevando a ninguna parte, menos aún cuando ambos estaban ansiosos por hablar de otras cosas menos banales.
Se quedaron callados un momento. Se miraban peligrosamente a los ojos, pero Severus retiró el contacto visual antes de hacer nada. Fijó sus ojos en la mesa, donde descansaba el pastel que había traído la niñera.
-Has hecho otra tarta.
-Creo que a Adrien le encanta. Después de la cena, es lo mínimo que podía hacer.
-En cuanto a eso –Severus carraspeó. Ella había sacado el tema, él se limitaría a llevarlo hasta donde deseaba –Yo quería hablar del... Beso.
La palabra fue apenas un susurro. Carole sintió un repentino temor, como si sintiera que Severus volvería a decir estupideces, de la misma forma que lo había hecho las veces anteriores, pero no fue así.
-Quiero que sepas que no me arrepiento –Snape habló con suma seguridad, quizá sonaba algo brusco, y Carole pareció algo abrumada por tanta vehemencia –Es cierto que habíamos bebido, pero yo no actué impulsado por el alcohol. Lo hice porque quise.
El rubor volvió a las mejillas de la mujer. Severus temió un rechazo, pero algo en la expresión cándida de la mujer le hizo notar que no había metido la pata al hacer aquella confesión. ¡Merlín, le iba a salir bien!
-Yo tampoco me arrepiento –Aseguró ella –Creo que estuvo bastante bien.
-Sí...-Severus sonrió, sin poder contener un suspiro de alivio –Entonces... ¿Qué ocurrirá ahora?
-¿Qué...? ¡Oh! No sé... Yo no...
-Bueno... Algo debe cambiar. ¿No? Si a ambos nos gustó... Creo que...
-Tal vez, podríamos repetirlo –Carole lo miró fijamente a los ojos y colocó sus manos en los hombros del brujo. Severus se limitó a afirmar con la cabeza, mientras inclinaba la cabeza y dejaba que ella le regalara un beso breve y casi tímido –Uhm... Definitivamente, eso de repetirlo está bien.
-Está muy bien –Severus la agarró por la cintura y la besó otra vez, algo más demandante en esa ocasión, sujetándola firmemente para que no se le escapara.
Fueron interrumpidos por alguien que entraba jadeando a la cocina. Jerry tenía el pelo alborotado, la camisa fuera de los pantalones y la corbata hecha jirones. No era su intención llegar en ese preciso momento, ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba pasando, pero es que había ocurrido algo horrible. Con razón decían que la curiosidad mató al gato. En su caso, había sido un libro horrendo el que lo había atacado. ¿Por qué demonios no se había estado quieto?
-¡Dios mío, señor Snape! –Jadeó. Severus y Carole se soltaron de inmediato. La mujer se dio media vuelta, para ocultar su turbación. El hombre lo miraba con instintos asesinos, como si fuera a arrojarse sobre él en cualquier momento –Tiene que venir. Yo...
-¿No podías estarte quieto, muggle?
Severus no necesitaba que nadie le explicara nada para saber lo que había ocurrido. Pasó junto a Jerry echo un basilisco, prácticamente empujándolo para apartarlo de su camino, y el hombre tuvo la sensación de que acababa de ganarse al peor enemigo que uno pudiera desear.
-¿Muggle? –Carole lo observaba con curiosidad. Jerry parpadeó un par de veces. Él no había nacido para soportar esa clase de tensión. No era bueno mintiendo, demonios, no sabía qué decirle a esa mujer.
-Es un... Apodo cariñoso –Carraspeó, esperando que la excusa colara. Aunque no se quedó a comprobarlo, claro está.
Ya está bien por hoy. Pensé que no iba a terminar nunca de escribir. Lamentablemente, no he podido conservar la escena de Jerry enfrentándose al Monstruoso Libro de los Monstruos, y es una pena, pero no le podemos hacer nada, jeje. Bueno, bueno, un capi más. Definitivamente, el final está muy cerquita. Ya queda muy poco para llegar al momento importante.
¿Qué pasará con Severus y Carole? ¿Qué rayos hará Draco? ¿Dejará Black de dormir todo el tiempo? ¿Se constiparán Adrien y Josh? ¿Sobrevivirá Jerry a la ira de un Snape completamente frustrado? Estas y otras cosas, las descubriremos en el próximo capítulo (o, quizá, no)
Besotes para todos y hasta la próxima
Cris Snape
