CAPÍTULO 43. Los Otros

La Navidad llegó a Hogwarts cubriendo los terrenos con una densa capa de nieve. El colegio se había quedado prácticamente vacío y sólo unos pocos alumnos y profesores recorrían sus pasillos, procurando descansar después de los exámenes, pero con la vista puesta en las clases que pronto se retomarían.

Theodore Nott era uno de los chicos que habían preferido quedarse en la escuela. Después de todo, no tenía a nadie más con quién pasar aquellas fechas. Su padre estaba en Azkaban, todo el mundo lo sabía, y sus familiares se sentían demasiado avergonzados como para aceptar al chico en sus hogares, así que, oficialmente, no tenía dónde ir. Realmente no le hacía ninguna gracia la idea irse a su vieja casa. Por fortuna, había estado a nombre de su madre, así que el Ministerio no tenía forma de quitársela. Theodore ya era mayor de edad, así que podía disponer de los bienes heredados de su madre; no obstante, no le parecía una buena idea celebrar la Noche Buena al lado de un par de elfos temblorosos, siendo férreamente vigilado por el retrato de su padre que presidía la mesa del comedor. Eso podría volverle loco, y bastante tenía el pobre chico con aprobar todo el curso como para preocuparse por esas cosas.

Blaise Zabini tampoco se había ido. Al parecer, su madre había encontrado al hombre perfecto después de enviudar por octava vez, y se había marchado de vacaciones a algún lugar del norte de Europa que el joven no alcanzaba a recordar. Realmente, el nuevo novio de mamá debía ser especial porque, el pobre diablo, era precisamente eso. Pobre. Tan pobre, que a su lado los Weasley eran auténticos multimillonarios. Según le contó en la última carta, su madre había conocido a Devon en Gringotts, cuando fue a extraer una considerable cantidad de galeones de las arcas de su último y difundo marido. En un principio, Blaise había pensado que Devon era algún rico empresario extranjero, pero no. Era el encargado de limpiar los cristales. Sólo eso. Muy atractivo, según decía su madre, muy divertido e ingenioso. Pero pobre... Y su madre decía que le hacía tilín, lo que era realmente preocupante. A su madre, el único hombre que le había hecho tilín había sido su padre.

Blaise alzó la mirada. Theodore estaba sentado junto a la chimenea, estudiando. ¡Cómo si eso fuera una novedad! El joven Slytherin no solía hacer otra cosa. Estudiar. Comer. Estudiar. Dormir. Estudiar. ¡Si no le hacía falta! Siempre había obtenido las mejores calificaciones, Blaise no entendía por qué no se tomaba un descanso ni tan siquiera en Navidad. Por supuesto, él no iba a decirle lo que debía hacer, pero si se había sentado tan cerca de él con el tablero de ajedrez, había sido por algo. Blaise se aburría y quería jugar una partidita con alguien. Odiaba jugar solo. Era demasiado patético para vencer a aquellas horrendas piezas, así que solía buscar rivales que fueran aún más mediocres que él. Y Theodore lo era. Podía saberse de memoria el libro de Historia de la Magia, pero era el peor jugador de ajedrez que había pisado Hogwarts en años.

Blaise carraspeó, intentando llamar la atención de su compañero. Theodore alzó la mirada un momento y, como si temiera algo que su acompañante no supo descifrar, ocultó las tapas del libro. Con ese gesto, lo único que consiguió fue que Blaise sintiera más curiosidad y fijara toda su atención en la lectura del otro. Theodore se puso rojo hasta las orejas y se apartó de él. Sus esfuerzos por parecer tranquilo eran realmente ridículos; Blaise casi podía oír los latidos acelerados de su corazón.

-¿Qué estudias, Nott?

Sí. Esas palabras fueron pronunciadas con toda la mala intención del mundo. Aunque pareciera imposible, Theodore se ruborizó aún más y se puso en pie, dispuesto a huir de la Sala Común lo antes posible. Blaise rió con malicia y se levantó, fingiendo inocencia, pero con una intención clara: arrebatarle el libro a su compañero.

-Podrías ayudarme con los ensayos que nos ha mandado Snape. Tengo un problema con la última poción...

-Es tarde –Nott torció el gesto. Si los Slytherin compartían alguna clase de talento, era la capacidad para mostrarse indiferentes en las circunstancias más espinosas –Creo que voy a... –Carraspeó y Blaise frunció el ceño. Algo raro le pasaba. Algo muy raro –Quizá mañana, Zabini.

Blaise no tuvo más remedio que dejarle pasar. Nott seguía más rojo que un tomate y estaba tan nervioso que, por algún extraño error de cálculo, se dio de bruces contra el umbral de la puerta, logrando que su nariz empezara a sangrar copiosamente, y que su libro cayera al suelo, abierto por la mitad y, por supuesto, boca abajo.

-¡Mierda! –Nott subió el tono de voz más de lo que era habitual en él, y se llevó una mano a su rostro lastimado -¡Joder!

-¿Estás bien? –Zabini disimuló una risita burlona. Theodore tenía demasiado cerca su varita, no era conveniente cabrearlo. Además, acababa de darse cuenta de que tenía la oportunidad perfecta para averiguar qué ocultaba el otro chico (porque ocultaba algo), y se acercó a él con intención de devolverle el libro y, de paso, echarle un vistacito.

-Sí... –Theodore abrió mucho los ojos, horrorizado, cuando Zabini cogió su libro y, como si le hubieran salido un par de brazos auxiliares, luchó con uñas y dientes por recuperarlo -¡Dámelo, Zabini!

-¿Qué pasa, N...?

Pero el apellido no llegó a salir de sus labios. Definitivamente, Nott no estaba estudiando Pociones. Ni Transformaciones, ni Encantamientos, ni Defensa Contra las Artes Oscuras, ni ninguna otra asignatura que se impartiera en Hogwarts.

-¡Merlín! –Zabini jadeó, devolviéndole el libro. No pudo evitar pensar en el tiempo que Nott podría haber estado estudiando esas cosas.

-¡Joder!

Nott le arrebató el libro y se marchó corriendo. Y sí, había logrado ponerse tan colorado, que a Blaise le pareció casi irreal.

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Miedo.

Luna Lovegood le daba miedo.

Aunque, claro, a él le daban miedo muchas cosas. Pero Luna más que nada en el mundo.

Por ejemplo, le aterraba volver a casa por Navidad. Sabía que allí le esperaban un ejército de tías solteronas que no se cansaban de estrujarle las mejillas y repetirle lo orgullosas que estaban de él. Claro, unos años atrás, todas ellas le habían mirado con condescendencia, sintiendo mucha lástima por el casi squib, pero desde lo del Ministerio de Magia (¡Cuánto había llovido desde entonces!), las cosas cambiaron sustancialmente en su vida. Ahora era un héroe. Supuestamente, debía sentirse orgulloso de llevar el apellido de su padre. Y lo estaba, pero no por los motivos que todos creían. Sabía que su padre había sido un hombre valiente y que su madre lo había dado todo por él. Eran motivos más que suficientes para enorgullecerse, más ahora que había demostrado que podía estar su altura. No tenía nada de que avergonzarse, había ayudado a Harry Potter hasta casi dar su vida, pero tenía miedo de su casa. Y, para ser más precisos, de su abuela. Porque, a pesar de todo, ella seguía mirándolo como si viviera permanente decepcionada, como si sus muestras de valentía y heroicidad hubieran sido accidentes. Sabía que nada de lo que hiciera bastaría para satisfacerla, pero eso no hacía que el miedo disminuyera. Y se sentía idiota por ello. Después de todo, su abuela jamás había demostrado sentirse orgullosa de su padre cuando él aún seguía vivo.

Otra cosa a la que temía, era al profesor Snape. ¡Oh, Dios! ¡No le temía! ¡Le tenía pánico! Tanto, que era incapaz de pensar cuando lo tenía demasiado cerca o cuando escuchaba su voz, o sus pasos, o el susurro de su túnica al caminar... Aunque, claro, las cosas parecían diferentes ese año. Las pociones curativas se le daban bien, y Snape le estaba enseñando algo. Quizá, se debiera a ese niño, a su hijo, y el chico jamás podría dejar de agradecérselo. ¡Merlín! ¡Cómo quería a Adrien Bellefort-Snape! Y no sólo porque su presencia hubiera mejorado su propia existencia, sino porque el niño lo hacía sentirse como Neville Longbottom. No como el hijo de los aurores que enloquecieron, ni como el nieto de una abuela que nunca tenía suficiente, ni como el chico torpe que le tenía miedo a Luna Lovegood. No, Adrien lo veía a él y, con eso, Neville podía sentirse más seguro de sí mismo. No había muchas personas en el mundo capaces de aumentar su autoestima, pero con Adrien parecía bastarle.

Luna...

Neville suspiró y se recostó en su cama, lanzando hacia arriba el viejo muñeco que su madre le compró cuando era un bebé. Una reliquia de la que su abuela quiso deshacerse en su día, y que Neville defendía con uñas y dientes. ¿Qué era muy mayor para tener muñecos de esos? ¡Al carajo! Era una de las pocas cosas que tenía de su madre y no pensaba renunciar a ello.

Cerró los ojos y vio su rostro. Era tan rara, ¡Merlín! ¿Por qué no pudo gustarle una chica más parecida a... Lavender? Era mucho más predecible y, por ende, más fácil de complacer. Pero... ¿Luna? Demonios, ni siquiera entendía lo que estaba diciendo la mitad del tiempo, cuando se ponía a hablar de extrañas criaturas de dudosa existencia. ¡Y estaba tan guapa cuando lo hacía! ¡Demonios! Siempre insistía en complicarse la vida. El profesor Snape debía tener razón cuando afirmaba que era idiota. Por supuesto que lo era. Un estúpido infeliz que no podía hacer nada normal en su vida. ¡Demonios!

Pero le gustaba. Ahí estaba la realidad. Pura y dura. Le gustaba Luna Lovegood. Desde su pelo rubio, hasta la expresión soñadora de sus ojos, pasando por ese chasquido que producía el dedo anular de su mano derecha cuando se lo presionaba, o el chirriar de sus dientes cuando algo la perturbaba seriamente. Neville lo sabía todo de ella, quizá demasiadas cosas, y todas le gustaban. ¡Demonios!

Esa chica le había dicho que podría enviarle una felicitación navideña. Cómo supo que le gustaba Luna, era un completo misterio para Neville, pero lo sabía. Cuando se le acercó con esa sonrisa malvada en el rostro, poco antes de coger los carruajes hacia Hogsmeade, Neville pensó que le iba a lanzar alguna maldición o algo, pero no. Quería hablar. Amistosamente. Compartieron un coche y hablaron. Amistosamente. ¡Y, joder! ¡Ella lo ayudó! Neville no sabía por qué, pero le había intentado explicar que Luna no era rara. En todo caso, ambos eran igual de extraños, y ella enumeró una serie de razones por las que él era considerado un bicho raro en el colegio. Y sí, se parecía a Luna más de lo que creía. ¡Demonios! Ella tenía razón. Lo que le pasaba nada tenía que ver con las excentricidades de Luna, sino con su propia cobardía.

Pero lo superaría. ¡Por supuesto que lo haría! Había enfrentado a la mismísima Bellatrix Lestrange (con poco éxito, pero...) Luna Lovegood no era ni la mitad de peligrosa, o eso quería pensar él.

Se levantó de un salto y caminó hacia su escritorio. ¡Qué lo besase un dementor si no le felicitaba la Navidad a Luna Lovegood!

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La señora Norris no estaba cerca. Él mismo se había encargado de despistarla y, a esas horas, debía estar rondando por las mazmorras en busca de alumnos malintencionados. Aún así, sabía que no tenía demasiado tiempo, por lo que apretó el paso y se dirigió a la biblioteca. Gracias al cielo, conocía un buen par de atajos, así que llegó allí en la mitad del tiempo que tardaría en hacerlo cualquier alumno o profesor.

Se quedo quieto bajo el umbral de la puerta, observándola. Ella odiaba que hiciera eso, pero no le importaba demasiado. Estaba demasiado sensual en aquella posición (o eso le parecía a él), con la vista fija en cualquiera de los libros de la extensa colección de Hogwarts, moviendo ligeramente los labios mientras leía, y apartándose aquel rebelde mechón de cabello que se escurría hasta sus ojos. Sus finos dedos golpeteaban la mesa con una monotonía que a él le parecía melodiosa, y sus piernas se agitaban de vez en cuando, como si estuviera nerviosa por algo.

Sonrió. Sabía que, muy pronto, ella se presentiría su presencia y le regañaría, como ya había hecho tantas otras veces, pero no le importaba. En el mundo, no había nada que le hiciera renunciar a aquellos momentos de pura felicidad, cuando sólo existían ellos dos y nadie más podía molestarlos. Sólo ellos, para mirarse con complicidad, para susurrarse palabras bobas en cualquier rincón apartado y darse besos fugaces, como dos adolescentes enamorados. Le había costado mucho convencerla, pero al fin lo había logrado. Ahora, sólo podía mirar el futuro con optimismo.

-Argus. ¿Podrías ayudarme?

La profesora McGonagall... Siempre le interrumpía en los momentos más inadecuados, normalmente cuando se disponía a invitar a Irma a dar un paseo junto al lago, mientras lo estudiantes estaban en clase o en sus Salas Comunes. Minerva siempre era terriblemente inoportuna pero, una vez más, Argus fingió que todo estaba bien. Se dio media vuelta, sin poder evitar que un reflejo de ira se hiciera presente en sus pupilas, y apretó los dientes. Si pudiera lanzar maleficios...

-¿Qué estabas haciendo?

Minerva había alzado una ceja, suspicaz, pero Argus Filch sabía que no tenía ni la más remota idea de su romance con Irma. Normalmente, los profesores no le prestaban demasiada atención (después de todo, no era más que un squib), lo que resultaba realmente útil en esas circunstancias. Argus sospechaba que Albus Dumbledore estaba enterado de todo, pero es que había muy pocas cosas que se le escaparan al viejo chiflado. Algunas veces, era realmente molesto tratar con él.

Argus miró un momento atrás. Irma Pince lo estaba mirando, y no parecía precisamente feliz. Ella era la que insistía en mantener sus amoríos en secreto. Decía que eran demasiado viejos, feos y amargados para estar enamorados. O eso era lo que pensaban los alumnos, una opinión que no debería variar bajo ningún concepto.

-Nada –Gruñó el conserje, dispuesto a seguir a la subdirectora a dónde ella quisiera llevarlo -¿Qué ocurre?

-Peeves está destrozando los adornos de Navidad. Quiere aprovechar que Albus no estará presente para que la cena de esta noche sea un desastre. Deberías buscar al Barón Sanguinario. Él sabrá ocuparse de todo.

Argus cabeceó y se alejó por uno de los corredores laterales. Minerva agitó la cabeza. Cuando miró hacia la biblioteca, le pareció distinguir la sombra de la señora Pince ocultándose tras la puerta. No es que la profesora de Transformaciones necesitara verla para darse cuenta de lo que pasaba. Albus no era el único que sabía observar a sus semejantes y, bueno, la relación entre esos dos era más que evidente. Se estaban mostrando bastante estúpidos al intentar ocultarlo.

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Había probado con todo. Intentó hablar con él. Se había mostrado comprensiva y generosa, intolerante y egoísta. Había probado con los celos, con las atenciones mimosas y con la indiferencia cruel, y nada había funcionado. Cada día que pasaba, Ginny Weasley estaba más segura de que su noviazgo con Harry Potter pronto pasaría a la historia. Y no quería que eso ocurriera. ¡Por Merlín! Estaba loca por Harry. Lo había estado desde que lo vio por primera vez, siendo una niña de apenas diez años, y desde entonces, sus sentimientos por él sólo se habían acrecentado. Estaba luchando con uñas y dientes por ayudar a Harry, por sacarlo de la extraña apatía en la que vivía sumido, y no había logrado dar ni un solo paso adelante.

Si había regresado a casa, fue para darle algo de espacio. Hermione se lo había recomendado y, aunque su amiga no parecía una experta en relaciones amorosas, Ginny decidió hacerle caso. Después de todo, las cosas no podrían empeorar, y Hermione era una bruja muy inteligente que no solía equivocarse demasiado a menudo. Con un poco de suerte, tendría razón en esa ocasión.

Ginny suspiró y siguió troceando la cebolla. Desde su posición en la cocina, podía oír a los gemelos haciéndoles carantoñas a Percy, el hijo de Bill y Fleur, y a ésta última gritarles, medio histérica, y exigiéndoles que no lanzaran a su pequeño al aire, que la cena le podría sentar mal. Ginny sonrió con malicia cuando escuchó el gruñido despectivo de Fred y la risa atronadora de Charlie, mientras Fleur se jactaba de haberles advertido que el niño no solía hacer muy bien la digestión.

Bill entró a la cocina con una sonrisa contrahecha en su desfigurado rostro. Le pareció extraño que su hermanita se hubiera quedado allí, preparando las cosas para la cena, mientras los demás se lo pasaban de maravilla en la estancia de al lado. Normalmente, Ginny era de las primeras en apuntarse a cualquier clase de fiesta, así que Bill estaba preocupado. No es que fuera demasiado bueno hablando con la gente y dando consejos, pero Ginny era Ginny, su hermana, y debía ayudarla. Por algún motivo, desde que le ocurrió aquello con Greyback, había decidido que siempre ayudaría a sus hermanos, pasara lo que pasara. Quizá, porque había estado a punto de morir y de perder a todos aquellos a los que alguna vez había amado.

-¿Mamá te ha secuestrado?

Ginny le regaló una sonrisa cargada de tristeza. Bill se acomodó junto a ella, apoyándose en la encimera, y le impidió que siguiera destrozando la cebolla con el enorme cuchillo de cocina.

-¿Te pasa algo? Te he notado un poco rara desde que llegaste.

-No pasa nada –A Ginny le parecía divertida la actitud de mamá gallina de su hermano –Es que tenemos que terminar esto antes del mediodía y mira que hora es. No nos dará tiempo...

-Vamos, Ginny. No pasará nada si cenamos un poco más tarde. Es Navidad –Le arrebató el cuchillo y se dispuso a arrastrarla hacia la cocina -Sabes cómo se pone mamá en estas fechas, Gin. Está agazapada en un rincón, intentando fingir que no pasa nada, mientras se muere de ganas de llorar por Percy. Encima, Ron se queda en Hogwarts, quién sabe por qué motivo, y tú, que sí has venido, pasas el día aislada de todos. ¿Qué te ocurre?

Ginny bajó la mirada. Estaba a punto de explotar. Si ya se sentía miserable por lo de Harry, ahora Bill le hacía sentir culpable por el estado anímico de su madre. No lo había hecho a propósito, pero Ginny se sentía mucho peor.

-¿Es por Harry? –Bill habló con suavidad, acariciando la espalda de su hermana para tranquilizarla. Su silencio fue la respuesta que necesitaba –Estoy seguro de que pronto estará bien, Ginny. Es normal que se sienta perdido, pero ya verás como pronto vuelve a ser el de antes. Es Harry. Ha pasado por cosas mucho peores.

Ginny se quedó callada, agitando la cabeza. Quería creer que Bill tenía razón, pero había algo que le decía que las cosas no eran tan simples. Harry no era el mismo. No lo había sido desde que desapareció Voldemort, y Ginny temía que no fuera a recuperarse jamás. El pensamiento era lo suficiente perturbador como para arrancarle un par de lágrimas de tristeza.

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-Casiopea...

-Ni lo sueñes, mamá –Tonks se levantó, acariciándose el vientre con afán protector. Su niña acababa de darle una furiosa patada en el vientre, quizá como protesta a la sugerencia que acababa de hacer Andrómeda –No pienso ponerle Casiopea a mi bebé, ni Io ni ningún otro nombre que tengas en mente.

-Pero, hijita. Es un hombre precioso. Si hubiera tenido otra niña, la hubiera llamado así.

-He dicho que no –Tonks tomó asiento, al sentir la mano suave de Remus en su muñeca. Su padre entornó los ojos, sorprendido por el dominio que Lupin parecía ejercer sobre el carácter explosivo de su hija –No te preocupes, bebé. No dejaremos que la vieja bruja de llame Casiopea.

-Nymphadora –Ted sonó reprobador, aunque parecía bastante divertido –Esa vieja bruja es tu madre, cariño. Muestra un poco más respeto.

-Te he dicho un millón de veces que no me llames así –Tonks apretó los dientes, claramente molesta. Cada vez que visitaban a sus padres, surgían las mismas discusiones – Soy Tonks.

-¡Oh! Pues esperemos que pronto seas Lupin –Andrómeda miró significativamente a Remus que se puso colorado y miró hacia otro lado, haciéndose el despistado. Últimamente, los padres de su prometida estaban insoportables con el tema de la boda.

-Ya os hemos dichos millones de veces que no nos casaremos hasta que no nazca el bebé –Murmuró la joven. Su cabello empezaba a ponerse verde, lo que ocurría cuando estaba enfadada y dejaba aflorar su parte Slytherin.

-En realidad, han sido dieciséis con esta, cariño –Señaló Andrómeda con dulzura, ganándose a cambio una mirada asesina.

-Mam...

-Melibea –Sugirió Ted, cortando la pequeña discusión. Su hija lo miró con sorpresa y Andrómeda frunció el ceño. ¡Viejo raro...!

-¿Qué nombre es ese?

-Lo leí en un viejo libro muggle. Es bonito.

Tonks chasqueó la lengua. No le gustaba, aunque lo toleraría con más facilidad que Casiopea.

-Creo que deberíamos ir planeando la boda, cariño –Andrómeda ignoró el comentario de su esposo y Ted se cruzó de brazos. No le gustaba cuando no era tomado en consideración –El bebé nacerá en abril. Deberíamos reservar un restaurante y alguna iglesia bonita...

-¿Iglesia? Mamá...

-Creo que eso quedó claro hace tiempo, cielo –Ted habló con aquella suavidad que indicaba que se saldría con la suya. Cuando el señor Tonks se empeñaba en algo, jamás cedía –Remus ya aceptó contraer matrimonio por el rito católico. No hay más que hablar.

-¡Papá! Tú no puedes tomar esas decisiones por mí. Que tú seas católico, no significa que yo deba serlo, y mucho menos Remus...

-Selene.

Esa vez, fue Remus quién los interrumpió. Hacía meses que había perdido la cuenta de las veces que su novia y su futuro suegro se peleaban por motivo del catolicismo y todos esos rollos que a él le traían sin cuidado. Si tenía que bautizarse y jurar su votos ante un cura, sólo para estar con Tonks, pues lo hacía y punto.

-¿Selene? –Repitió Andrómeda, y pareció reflexionar unos segundos –Está bien... Me gusta.

Ted se encogió de hombros y afirmó con la cabeza, dando su visto bueno. Tonks miró a su futuro marido, que permanecía expectante. Todos ellos podrían sugerir miles de nombres para el bebé, pero sería Nymphadora quién tomara la decisión final.

-¿Qué me dices, bebé? –Acarició su vientre, sonriendo con dulzura -¿Te gusta Selene?

Y la niña no-nata se removió mostrando su conformidad. Ya era, oficialmente, Selene Lupin. Aunque, claro, ahora deberían dedicar otros cuatro meses a buscar un segundo nombre para el bebé...

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Le gustaba la redacción de El Quisquilloso. Luna Lovegood sabía que la mitad de sus compañeros de colegio hubieran calificado aquel lugar como un nido de locos, pero a ella le encantaba. Su padre había logrado crear un ambiente familiar en aquel pequeño local del Callejón Diagón y, ese día de Navidad, la joven sentía que no había un lugar mejor que aquel para pasar la noche.

Su padre había organizado una cena con todos sus empleados. Luna no recordaba haber pasado la Noche Buena en casa desde que su madre murió. Unas veces, iban a casa de sus abuelos. Otras, acudían a algún restaurante bonito. Incluso habían estado fuera del país alguna vez. Sin duda alguna, Casper Lovegood huía de su casa en Navidad, y a Luna no le extrañaba. Después de todo, su esposa había fallecido precisamente en esas fechas.

Luna colocó la estrella en el árbol de Navidad. Su padre había querido que fuera ella la encargada de hacerlo y, cuando todo el personal de la revista se puso a aplaudir, la chiquilla sonrió ampliamente. Ella siempre era la encargada de la estrella, estuvieran donde estuvieran. Casper Lovegood la abrazó un momento y, después, siguió a una bruja de aspecto siniestro hasta su despacho, para hablar de algún asunto importante. Luna miró a su alrededor. Todo permanecía en un perfecto caos que la embelesada. Las paredes estaban repletas de dibujos de extraños seres, y los brujos hablaban sobre criaturas que, sin duda alguna, debían existir en algún lugar del mundo, y sobre cotilleos del mundo mágico a los que nadie daba credibilidad.

Luna observó los regalos de Navidad. Era tradicional abrirlos antes de la cena (aún no sabía por qué), y más de uno ya había empezado a mirarlos con ansiedad, como si desearan que Casper dejara de hablar y diera su autorización para que los abrieran. Ese año, habían vuelto a recurrir al genial sistema muggle de intercambio de regalos, el amigo invisible, y estaban realmente ansiosos. Respetaban al señor Lovegood, pero les exasperaba esa capacidad suya para hablar sin parar en los momentos menos adecuados.

Al fin, los dos brujos regresaron a la redacción. Luna miró fijamente a su padre. Sin duda, se parecían mucho. Ambos tenían el cabello rubio, los ojos azules y la expresión soñadora. Casper era más pálido que su hija y, cuando caminaba, era como si flotara en el aire. En ocasiones, Luna tenía la sensación de que ese hombre podía hacerse etéreo si lo deseaba. Algún día, investigaría qué clase de ser era su padre porque, sin duda, no era un hombre normal.

-¡Regalos, regalos! –Exclamó el hombre, dando una palmada y despertando una oleada de grititos emocionados –Veamos, veamos –Se acercó al árbol, tomando el primer paquetito -¡Uhm, uhm...! Susie, Susie... Me pregunto quién es tu amiguito.

Una chica morena de grandes ojos azules, dio un paso adelante, totalmente colorada. Luna no necesitó esforzarse para saber quién era el encargado de regalarle... Un bonito reloj de pulsera. Bastian Fuller se había puesto rojo hasta las orejas y parecía desear que se lo tragara la tierra. Todo el mundo en El Quisquilloso sabía que esos dos se gustaban desde hacía tiempo y, por ello, hubo multitud de risitas maliciosas.

-¡Oh! Rose –Casper miró a una mujer famélica y con cara de malas pulgas, que se limpiaba la mugre de las uñas con aire distraído en un rincón –Definitivamente, el invento muggle funciona. Este año no te quedaste sin tu regalo.

La mujer cogió el paquete al vuelo. Por supuesto, era un kit para realizarse la manicura, que buena falta de hacía a la bruja.

-Luna... –Casper entornó los ojos, observando el pergamino perfectamente lacrado. A juzgar por la confusión en su mirada, no se esperaba que su hija recibiera otra cosa que no fuera su regalo. Miró a sus empleados con aire acusador, como recordándoles que ella era su niña y que nadie podía acercarse a ella, menos aún si pertenecía al género favorito –Tengo una carta para ti...

La chica alzó las cejas. No era fácil sorprenderla, pero debía reconocer que aquello le había pillado desprevenida. O tal vez, no tanto como pareció en un principio. Con decisión, se acercó a su padre y tomó el pergamino suavemente. Casper le recordó con la mirada que, más tarde, hablarían sobre aquello.

Luna no tenía la menor idea de quién podía enviarle nada. La carta no traía remitente y ella ni siquiera había podido ver la lechuza que la llevó hasta allí. Dudaba mucho que alguno de los trabajadores de la revista fuera responsable de ello, así que se marchó de la sala con disimulo, mientras su padre seguía repartiendo regalos aquí y allá. Fue hasta el despacho de éste último y se dejó caer en su butacón de tejido sintético, comprado en un mercadillo muggle durante los malos tiempos económicos de la familia Lovegood. Aunque las cosas iban algo mejor, Casper se había encariñado con el sillón. El buen hombre tendía a enamorarse de las cosas materiales con intensidad.

Abrió el pergamino y no necesitó más de un segundo para leer su mensaje, escrito a mano por alguien que debió estar nervioso en el momento de hacerlo.

"Feliz Navidad, Luna" .Tres palabras escritas a toda prisa, que hicieron que la joven se sintiera irremediablemente feliz. Ya había empezado a pensar que él jamás se decidiría a dar un paso como aquel. Algunas veces (casi siempre, en realidad), Neville Longbottom era total y absolutamente idiota.

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Blaise Zabini se comportaba de una forma más extraña de lo habitual en él. A Theodore nunca le había parecido un tipo demasiado equilibrado, aunque Zabini se esforzara por aparentar lo contrario. Suponía que el hecho de tener la madre que tenía, le había vuelto un tipo un poco raro. Theodore tenía la sensación de que su compañero de colegio era demasiado astuto y reservado, incluso para ser un Slytherin, pero esa noche tenía motivos para mostrarse tal y como lo estaba haciendo. Teniendo en cuenta lo que había visto, no era de extrañar que ahora mirara a Theodore con una mezcla de asco y temor mal disimulados.

Se estaban preparando para ir a cenar. En un principio, Zabini había afirmado que se quedaría en la Sala Común, para no tener que soportar a todos esos descerebrados inútiles que rondaban por el castillo, pero cuando supuso que Nott podría actuar de la misma forma que él, decidió que no se quedarían a solas por nada del mundo.

Quizá, deberían hablar sobre el asunto. Claro, Blaise nunca había sido una persona que charlara demasiado a menudo con sus compañeros y, en cuanto a Theodore, Zabini no recordaba haberle oído hablar en más de cinco o seis ocasiones a lo largo de los años. Aunque, claro, después de lo que había visto, no le extrañaba. No había un Slytherin menos Slytherin que él. En cualquier caso, Blaise no quería estar cerca de él ni un segundo más. Con dos grandes zancadas, alcanzó la puerta de los dormitorios, pensando que podía escabullirse, pero la voz de Theodore le sobresaltó.

-No te atrevas a decir nada –Siseó. Blaise nunca se había sentido tan amenazado, aunque esbozó una sonrisa irónica y cruel que normalmente era dedicada a los Hufflepuf y los sangre-sucia –Como digas una sola palabra, te juro que te arrepentirás, Zabini.

-Te aseguro que no estoy interesado en airear este asunto –Respondió con desdén. Vio a Nott bajar la cabeza, en un breve instante de debilidad, pero en seguida volvió a retarle con la mirada –Sólo mantente alejado de mi, bicho raro.

Blaise le dio la espalda, dispuesto a marcharse sabiendo que había causado daño. Pero un hechizo bloqueó la puerta y, cuando el chico se giró, descubrió a Nott apuntándole decididamente con su varita. Al parecer, había cometido un error al perder de vista a su enemigo potencial.

-No me vuelvas a llamar así, Zabini –La varita de Theodore temblaba entre sus dedos. Blaise jamás lo había visto en un estado semejante. Normalmente, el chico sabía controlarse, incluso cuando le decían que tenía cara de ratón y que era casi un autista. Nunca, en siete años, había respondido a un insulto y, ahora, estaba furioso. Blaise suponía que no era por lo de bicho raro, sino por algo más profundo que él no podría entender por más que se esforzara.

-Deberías relajarte –Blaise sonó burlón. Debía reconocer que tenía algo de miedo. Si Nott le lanzaba una maldición ahora, no tendría ocasión de defenderse –Tu asqueroso secreto está a salvo conmigo.

Nott pareció herido durante un segundo, pero se repuso, mostrando sus dientes y bajando la varita. En algo tenía razón Blaise. Había perdido el control.

-Me alegra que reconozcas lo que eres –Espetó, dirigiéndose él mismo hacia la salida. No merecía la pena luchar aquella batalla perdida de antemano.

Salió, dejando a Blaise boquiabierto. ¿Qué acababa de decirle? ¡Oh, eso sí que no! Podía tolerar muchas cosas, pero que un niñato como Nott le dijera aquello y se quedara tan pancho, no. Por nada del mundo. No.

Olvidándose de cualquier norma protocolaria, salió corriendo detrás del chico. Lo escuchó refunfuñar mientras se dirigía al Gran Comedor y, antes de que pudiera abandonar las mazmorras, logró alcanzarlo, cogiéndolo bruscamente de un brazo y empujándolo contra la pared.

-Repite lo que has dicho allí si tienes lo que hay que tener –Ahora, era Blaise el que estaba más nervioso de la cuenta. Apuntaba a Nott entre los ojos, ganándose una mirada incrédula y, por qué no decirlo, también divertida.

-Olvidemos esto, Zabini –Dijo Nott, conciliador, liberándose a duras penas de las zarpas de su compañero –Es Navidad y tengo hambre.

-No vamos a olvidar nada, bicho raro. Un Zabini nunca olvida.

-Pensé que eso era exclusividad de los Malfoy –Murmuró por lo bajo, e intentó reanudar su camino, pero Blaise no le dejó.

-No creas que te vas a escapar. Quiero que hablemos ahora. Es evidente que tenemos que hacerlo.

-¿Sí? Pues antes no parecías muy dispuesto, mientras huías de mí y me mirabas como si... –Nott tragó saliva, agitando la cabeza –Déjalo anda... Además, si no hubieras metido las narices donde no te llamaban...

-No me vengas con esas, Nott. Y, dime una cosa. ¿Para qué coño tienes todas esas fotografías mías?

Theodore no respondió. Blaise no había querido hacer esa pregunta. A lo largo de la tarde, se había estado haciendo el tonto, sin formularse esa misma pregunta, pero ahora lo entendía todo. Antes sospechaba y ahora sabía, y era un auténtico asco. ¡Demonios1 ¿Cuántas veces había compartido el lavabo con Nott? ¿Cuántas veces lo había oído por las noches haciendo... eso? Se estremeció y vio a Nott agachar la cabeza. Zabini no sabía si abatido, avergonzado o harto de la conversación, pero se vio obligado a alejarse de él.

-No debiste tocar el libro, Blaise. Es mío.

Esa vez sí, Nott se largó sin que nadie se lo impidiera. Blaise jadeó un momento y descubrió que no tenía hambre. ¡Merlín! ¿Qué demonios estaba pasando con su vida? Primero su madre, y ahora esto... Sólo esperaba que Nott no abriera la boca porque, en lo que a él se refería, iba a llevase ese secreto a la tumba.

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Desastre total.

En eso podía resumirse la cena de esa noche. Un total y absoluto fracaso. Y todo porque a dos adolescentes les había dado por darse de puñetazos sin venir a cuento, mientras Minerva McGonagall intentaba explicar a los alumnos restantes por qué Dumbledore no les acompañaba a la mesa esa Navidad.

La profesora de Transformaciones se había puesto histérica. No. Histérica era poco. Había gritado tanto, que incluso Peeves se había sentido intimidado y había huido del castillo esa noche, afirmando que no regresaría hasta que Dumbledore no estuviera de vuelta para calmar los ánimos. Irma no recordaba haberla visto nunca tan roja, ni siquiera durante las acostumbradas peleas entre Gryffindor y Slytherin. A la bibliotecaria le había parecido que el enfado venía de lejos, desde que Dumbledore decidió ausentarse por esa noche, aunque no pensaba mencionárselo a nadie, mucho menos a la subdirectora...

Caminaba por los pasillos a buen ritmo, ansiosa por llegar a sus dependencias para meterse en la cama. Odiaba la Navidad. Le hacía acordarse de lo irreversiblemente sola que estaba, y se sentía más amargada que nunca. Aunque, ese año había algo diferente. Ese año estaba Argus. Hacía ya mucho tiempo que se conocían, pero muy poco que habían descubierto que sentían algo el uno por el otro. No sabían muy bien qué era. Amor, deseo, cariño, o unas ganas incontrolables de no pasar los últimos años de sus vidas en soledad, pero Irma reconocía que estaban muy a gusto con él. Tenían muchas cosas en común. Eran huraños, poco agraciados físicamente, amaban Hogwarts y, sobre todo, odiaban a los niños. Eso resultaba gracioso. Odiaban a los chiquillos y vivían casi todo el año rodeados de ellos, cada vez más enfurruñados, envejecidos y decepcionados. Hasta que se encontraron y descubrieron que no merecía la pena amargarse por esas cosas. Eran demasiado viejos para pensar en tonterías. No habían nacido para solucionar los problemas del mundo.

Argus la esperaba cerca de la puerta de su dormitorio, medio oculto por una columna que proyectaba su sombra con aire siniestro. Irma fingió no verlo, pero no cerró la puerta tras ella, para dejarlo entrar. Era un alivio comprobar que no se metería en la cama sola. Aunque fuera para, simplemente, dormir acompañada. Eran demasiado viejos para hacer nada más...

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El árbol de Navidad rodeado de regalos había logrado arrancarle una sonrisa de felicidad. Ron había suspirado aliviado al notarlo y, un segundo después, se arrojaba sobre los pequeños paquetes de alegres colores, ansioso por descubrir que le enviaba Hermione desde Finlandia. El joven lamentaba no haber podido pasar las vacaciones con su novia, aunque entendía que ella necesitaba pasar más tiempo junto a sus padres. Hacía demasiado tiempo que vivían separados, a consecuencia de la guerra, y la chica los echaba tanto de menos que, a la hora de elegir, optó por abandonar a Ron para largarse con ellos. El pelirrojo se había lamentado largamente por ello, aunque Harry había llegado a la conclusión de que lo hacía para poder quejase de algo y, de paso, animarle un poco a él.

El joven debía reconocer que no todo estaba yendo tan mal. Después de saber que había sacado muy buenas notas, había logrado relajarse lo suficiente como para dejar su mente en blanco y descansar y, durante la noche anterior, incluso se divirtió. Todo el mundo había notado que el joven iba progresando poco a poco. Había recuperado una parte de su amistad con Ron y Hermione y ya no caminaba por ahí como un muerto viviente, obsesionado con sacar a Sirius del velo y olvidándose de que había mucha gente que lo quería y estaba preocupada por él. Incluso era consciente de que estaba perdiendo a Ginny y, en esos momentos, comenzaba a atormentarle la idea. Porque él quería a Ginny. A pesar de haberse portado como un idiota con ella, la quería y, ahora sí, quería empezar a solucionar las cosas con ella. Harry suponía que necesitaría un plan para conseguirlo, algo que poder hacer efectivo al año siguiente, cuando las clases se reanudaran.

Vio a Ron abrir su primer regalo. Era el clásico jersey Weasley, verde oliva en esa ocasión. Ron frunció el ceño en esa ocasión y miró su nueva prenda de ropa con algo de desagrado.

-Creo que mamá está perdiendo la cabeza –Gruñó –Mira que enviarme un jersey de Slytherin...

-Yo no creo que sea...

-¡Mira la "R", Harry! –Efectivamente, era plateada, igual que unos detalles en el cuello y los puños -¡Es Slytherin! ¡Mamá está loca!

Harry se limitó a reír con suavidad. No es que dudara de la salud mental de la señora Weasley, pero no terminaba de entender por qué la buena mujer había decidido enviar un regalo de esas características. ¿Querría amargarle la Navidad a Ron, en venganza por no haber acudido a La Madriguera ese año? A Harry le parecía realmente posible. En cualquier caso, la cara de su amigo era demasiado divertida como para ponerse a pensar en cualquier otra cosa.

-Abre el tuyo, anda –Ron le arrojó su paquete, el que sin duda contenía su jersey Weasley Rompió el papel con ambas manos y, ahí estaba, rojo y dorado.

-Está loca –Bufó Ron, agitando negativamente la cabeza y sentándose en el suelo con aire derrotado –No es justo.

Harry rió. Todo aquello le estaba viniendo realmente bien. Se estaba divirtiendo de nuevo y, suponiendo que sería por el espíritu navideño, optó por disfrutar al máximo de todo aquello.

Pasaron casi una hora abriendo sus regalos. Ron estaba realmente satisfecho con todos ellos y Harry se emocionó al comprobar que nadie se había olvidado de él. Era reconfortante saber eso; le daba fuerzas para salir adelante.

El último paquete fue el que le hizo llegar Ginny. Venía envuelto en un bonito papel azulado y traía un lazo muy bien hecho; sin duda alguna, su novia lo había envuelto personalmente y Harry se descubrió ansioso por saber de qué se trataba. Hermione le había regalado un libro sobre quidditch a Ron (muy típico) y Harry esperaba algo similar. Por ese motivo, se llevó una grata sorpresa al descubrir aquel disco de música. A la chica debió costarle un mundo encontrarlo, puesto que era de un grupo muggle. Sin duda, había recordado que su novio solía relajarse escuchando la rabiosa música de esos tipos, y había decidido demostrarle su amor de esa forma tan peculiar. Harry volvió a sentirse estúpido y, una vez más, se decidió a luchar con todas sus fuerzas por salir del agujero en el que vivía sumido.

-Tengo hambre, tío –Ron se levantó, recogiendo todas sus cosas y dirigiéndose a su dormitorio- Vayamos a las cocinas, a ver qué puede darnos Dobby.

Harry afirmó por la cabeza y, como movido por un resorte, adelantó a su amigo en las escaleras. Ron lo observó un momento y sonrió satisfecho. Si realmente su amigo estaba tan contento como parecía, había merecido la pena recibir su genuino jersey de Slytherin. Aunque todavía no había decidido si quería enfrentarse a los reproches de su madre por no haber asistido a la cena de Navidad de La Madriguera.

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-Me alegra que te lo hayas pasado tan bien, Albus –Masculló Minerva entre dientes, mientras golpeteaba la mesa del director con las uñas, un poco cansada de que el anciano mago no prestara demasiada atención a sus protestas- Pero, curiosamente, nuestra cena de Navidad resultó un fiasco. Los muchachos se pelearon, los elfos se equivocaron con el menú y, para colmo, Filch desapareció durante varias horas.

-¿De verdad? –Albus pareció realmente interesado en ese último detalle, ganándose una mirada reprobadora de la mujer -¿Por casualidad madame Pince...?

-¡Albus! No estamos aquí para cotillear sobre la vida privada de los profesores –Minerva arrugó el cejo –Aunque reconozco que lo suyo ha comenzado a ser demasiado evidente –Agitó la cabeza, como regañándose por aquellos comentarios tan poco típicos de ella –Pero ese no es el tema. No creo que sea conveniente que abandones el castillo en las fechas señaladas. Los chicos parecieron extrañarte, por un motivo o por otro, y se descontrolaron por completo.

-Vamos Minerva, tendrán que ir acostumbrándose –Dumbledore agitó una mano con desdén –Ya sabes que estoy planteándome la posibilidad de retirarme, quizá dentro de un par de años. Sabes que tú tendrás que asumir el control de todo, mientras tanto. Ya he dejado caer tu nombre en el Consejo Escolar.

-Albus...

-Creo que hiciste un buen trabajo durante tus anteriores etapas asumiendo la dirección temporal –Albus la miró por encima de sus gafas de media luna –No podría dejar Hogwarts en mejores manos –La mujer iba a interrumpirle, pero Dumbledore no se lo permitió –Llevo muchos años dedicado a este colegio, y bien sabe Merlín que he disfrutado todos y cada uno de ellos. Incluso durante los años más oscuros, sólo en Hogwarts podía encontrar un poco de la paz que necesitaba. Pero ahora, quiero descansar –Sonrió con alegría, agitando sus dedos sobre la mesa con aire juguetón –Tengo un nieto a quién malcriar. ¿Lo recuerdas?

Minerva negó con la cabeza. Pensar en la retirada de Dumbledore la entristecía, pero el hombre tenía razón. Había dado mucho por ese colegio, ahora necesitaba descansar y disfrutar de sus últimos años de vida.

-Entonces...

-No habrá fuerza humana, ni sobrehumana –Añadió con picardía –Que me hiciera desistir de mis deseos de abandonar la dirección. Aunque me agradaría que se me permitiera visitar Hogwarts de cuando en cuando. Ya sabes, caprichos de este pobre viejo...

-Aunque quisiera, no podría negarme –Minerva se puso en pie. Suponía que la conversación había terminado –Será mejor que vaya a asegurarme de que todo va bien.

La mujer se marchó sin que ninguno de los dijera nada más. Albus suspiró y fijó su mirada en el paisaje que se extendía a través de las ventanas. Iba a echar de menos Hogwarts, pero estaba seguro de que la última etapa de su vida estaría llena de alegrías y, ante todo, de tranquilidad.

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Muy buenas a todos y a todas. Como ya habréis notado, este capítulo ha sido diferente a los demás. La cosa es que me apetecía escribir algo distinto para agradeceos que me hayáis enviado 600 críticas y, de paso, hacer una pausa antes de iniciar la fase final de la historia. Aquí está el resultado; espero que os haya gustado.

Creo que ahora tengo que hacer un par de agradecimientos. A Sandrakev, por recomendar en fic en el foro de "Los Buenos fics...", y a shaka por hacerme esos dibujos tan bonitos. Muchas, muchas gracias.

Ahora sí, me dejo de rollos. Esto se acaba, xikillos. Hasta el próximo capítulo.

Besos, Cris Snape