CAPÍTULO 45. El hombre malo
-Josh. Despiértate, Josh.
Adrien hablaba muy bajito, agitando suavemente el hombro de su amigo. La cara le escocía un poco porque llevaba muy tiempo llorando, y tenía muchísimo miedo, pero le preocupaba mucho que Josh siguiera durmiendo. Desde que el hombre malo los había llevado allí, y su amigo se había golpeado la cabeza contra el suelo, había estado dormido, sin moverse y sin hacerle caso alguno. Además, tenía un poco de sangre en el pelo y Adrien sabía que eso no podía ser bueno. Seguro que el hombre malo le había hecho mucho daño; algo le decía que si no conseguía que se despertara, Josh podría ponerse mucho peor.
Estaban en un sitio oscuro y muy húmedo, como las mazmorras de Hogwarts en que su papá tenía sus habitaciones privadas. No obstante, aquel sitio daba miedo. Adrien había oído los grititos de las ratas y la escasa luz que se filtraba a través de la puerta, dibujaba sombras horripilantes por todos los rincones. Además, estaba el hombre malo. Adrien temblaba cada vez que pensaba en él y sentía más y más ganas de llorar. Le había dicho que volvería. Después de encerrarlos ahí, ese señor había dicho que pronto iría para jugar y que, con un poco de suerte, su papá estaría con él. Y Adrien no quería que eso ocurriera. Dudaba mucho que el hombre malo quisiera jugar con ellos, menos aún con su papá. Era muy pequeño para entender, pero sabía que si su padre iba a ese lugar, las cosas podrían ponerse mucho más feas de lo que ya estaban.
-Josh. Tienes que despertarte.
Adrien se aferró al jersey de su amigo. Un ratito antes, los dos estaban muy contentos. Se lo estaba pasando muy bien jugando con Black y, además, sabían que sus papás estaban juntos... Y solos. Posiblemente, ya se había enamorado y muy pronto se casarían. Aunque debía ser un momento muy feliz en las vidas de los niños, Adrien no estaba contento. El hombre malo lo había estropeado todo y, a pesar de que el pánico invadía cada milímetro de su pequeño cuerpo, también sentía algo de furia. Ese señor siempre tenía que estropear los momentos más emocionantes, como cuando estaba jugando con su coche teledirigido y hechizó a ese perro, o cuando el boggart se convirtió en él, durante su maravillosa excursión a Grimmauld Place. Adrien nunca había odiado a nadie, ni siquiera sabía qué era eso, pero ese hombre le ponía de muy mal humor. ¿Por qué no se cansaba de molestar y los dejaba en paz de una vez? ¿Por qué lo había tenido que llevar a ese sitio tan frío y le había hecho daño a Josh? Adrien sollozó, alejándose un poco de su amigo para estirar las piernas. Ya no le dolía la cara. El hombre malo le había dado un bofetón antes, en la casa de su papá, y le había hecho sangre en el labio, pero ahora estaba un poco mejor. Tal vez, porque estaba demasiado asustado como para pensar en ello, tal vez porque sabía que Josh estaba peor que él, y eso le preocupaba mucho más.
De pronto, la puerta de la celda se abrió. No llevaban mucho rato allí, así que a Adrien le extrañó que el hombre malo hubiera vuelto tan pronto. Aún así, no pudo evitar encogerse contra la pared, tembloroso y sollozante.
Se tranquilizó un poco cuando vio a Draco, que entraba a la celda con paso sigiloso, portando una varita y con el semblante más serio que le había visto nunca. Adrien sonrió, claramente aliviado, e hizo ademán de ir con él, pensando que lo iba a salvar, pero un gesto del chico lo hizo frenar en seco.
-Primo Draco...
Algo iba mal. El joven Malfoy entornó la pesada puerta y le indicó que retrocediera con un gesto, acercándose a Josh e inclinándose junto a él. Adrien tenía la espalda pegada a la pared, algo intimidado por la figura del chico. Draco no le había dado miedo nunca antes, pero había algo en él que le hacía sentir desconfianza. Después de todo, él había estado allí cuando el hombre malo se los llevó, y no hizo nada por evitarlo. Aunque, claro, teniendo en cuenta que el hombre malo era el papá de Malfoy, Adrien entendía que su primo no hubiera hecho nada por enfrentarse a él. Quizá, ahora sí fuera a ayudarlos.
Efectivamente, eso fue lo que hizo. Apuntó con su varita a la cabeza de Josh y, un segundo después, la sangre desaparecía de su pelo. Adrien supo que le había curado la herida y, aunque su amigo no se despertó, estaba seguro de que se iba a poner bien.
-Primo...
-¡Schss! –Draco se incorporó, observando a Josh con detenimiento para asegurarse de que no tenía más heridas. No es que fuera un especialista en hechizos curativos, pero se veía capaz de curar lesiones como aquella. Sólo esperaba que el golpe recibido no hubiera afectado a nada en el interior de aquel pobre chiquillo muggle –Adrien, tenéis que quedaros muy callados. ¿De acuerdo? –Habló en un susurro, y el pequeño Snape afirmó con la cabeza, captando la solemnidad del momento –Voy a intentar traeros unas mantas. Aquí hace mucho frío. Y, tal vez, algo de agua y de comida. Pero tenéis que estar muy callados.
-Pero... –Adrien se atrevió a acercarse a él -¿No nos podemos ir? –Sollozó, mientras las lágrimas se escurrían por sus mejillas –Es el cumpleaños de mi papá. Se enfadará si no estamos en casa cuando vuelva –Sonrió un momento, intentando olvidar todo lo que estaba ocurriendo. Draco se sintió conmovido y algo pareció romperse en su interior. No podía creerse que aquello estuviera pasando –No me gusta estar aquí. Y Josh se ha hecho mucho daño.
-Lo siento, Adrien –Draco se alejó del niño. No quería que lo tocara. No quería tener que ver el miedo y la esperanza en los ojillos negros del niño. No quería –Josh se va a poner bien. Quedaos muy callados. Sólo eso.
Antes de que Adrien pudiera protestar, Draco se marchó dando grandes zancadas y cerrando el pesado portón tras de sí. Adrien rompió a llorar y se recostó junto a Josh, abrazado a él y deseando que toda esa pesadilla terminara cuanto antes. Él no quería estar allí.
En el exterior de la celda, Draco pudo escuchar el llanto ahogado del niño. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, controló las lágrimas que quemaban su garganta y se irguió, decidido a enfrentar a su padre de una vez. Si lo hubiera hecho minutos antes, las cosas serían diferentes, pero no había tenido el valor y, ahora, tenía que lidiar con las consecuencias. Sabía que lo único que podía hacer era intentar ganar tiempo. Severus Snape era un hombre perfectamente capaz y, si conseguía tener a su padre ocupado, se olvidaría de los niños y no les haría daño. Y eso era un objetivo primordial, porque Draco sabía que a su padre no le importaría lo más mínimo torturar a dos chiquillos tan pequeños, no cuando había tanto odio albergado en su corazón. Además, Lucius Malfoy no se había molestado en ocultarse demasiado. Era evidente que estaba ansiando enfrentarse a su padrino a cualquier precio. Por eso había secuestrado a los niños y los había llevado a la mansión Malfoy. Para que Severus fuera a buscarlos y, de esa manera, obtener la venganza que tanto tiempo llevaba buscando. Draco esperaba que Adrien no fuera la pieza clave de dicha venganza porque, si lo era... Prefería no tener que pensar en ello.
Enfiló el pasillo con decisión. Su madre no le había permitido bajar demasiado a menudo a las mazmorras. Ambos sabían que en aquellos pasadizos, Lucius Malfoy había sido capaz de cometer toda clase de atrocidades. Durante los años de poder del Señor Oscuro, sus víctimas habían sido magos principalmente, pero también había sabido conformarse con muggles desventurados. Narcisa lo había sabido desde siempre, aunque nunca había podido hacer nada por evitarlo. Nada salvo mantener a Draco alejado de todo eso, ocupándose de que el chico no saciara su curiosidad y viera cosas que le marcaran de por vida.
En esos días, las celdas estaban vacías. Draco aún podía oler el dolor y la muerte entre aquellos muros de piedra. Podía sentir las presencias invisibles de todos los que habían sufrido un infierno allí, bajo una de las mansiones más lujosas del mundo mágico. Afortunadamente, ya no quedaba nadie, aunque eso no hacía que Draco se sintiera menos angustiado. Aceleró el paso, sabiendo que encontraría a su padre en su antiguo despacho. El Ministerio se había quedado con la casa, al igual que con el resto de bienes de la familia, pero no habían tocado ni una sola mota de polvo. Draco lo recordaba tal y como lo habían dejado un día, poco antes del comienzo definitivo de la segunda guerra, y la melancolía se unió al resto de emociones que turbaban su mente. Sabía que los días de gloría no volverían, y eso dolía. Casi podía entender que ese hecho destruyera a un hombre tan orgulloso como su padre, pero jamás comprendería su afán por castigar a dos niños pequeños. Era cierto que Josh estaba ahí por accidente. Había intentado ayudar a su amigo, y ese fue el precio que le tocó pagar. Pero Adrien... Era hijo de Snape. De acuerdo. Y Snape había ayudado a que el Señor Tenebroso perdiera la guerra, pero Adrien no tenía la culpa de nada. Lo único que pretendía Lucius era causarle el mayor daño posible a Severus. Utilizar a Adrien era la manera más efectiva de hacerlo.
-Me alegra que hayas escogido el camino correcto, Draco –La voz de Lucius lo sobresaltó. El joven acababa de entrar al despacho, encontrándose a su padre sentado en su antiguo butacón, acariciando con aire distraído su varita. Echaba de menos su bastón, pero sabía que esos bastardos del Ministerio lo habían destrozado. Algún día, se tomaría su revancha.
Draco lo observó con cautela. A pesar de su pelo sucio y enredado, de su rostro demacrado y su ropa hecha jirones, Lucius no había perdido ni su elegancia, ni su porte aristocrático. Mantenía la cabeza erguida y hablaba con suave firmeza. Como en los buenos tiempos.
-Padre. Tenemos que llevarles unas mantas –Musitó, manteniendo la cabeza agachada. Era lo más prudente si quería salir bien parado. Había obviado deliberadamente el último comentario de su padre. No tenía muy claro cuál era el camino correcto, pero, definitivamente, no era el que había elegido ese hombre –Y algo de agua.
Lucius permaneció en silencio unos segundos, hasta que se puso en pie y caminó hasta donde estaba el joven, dando una vuelta a su alrededor. Tenía la mandíbula apretada y las manos le temblaban a causa de la furia. Azkaban, entre otras cosas, había conseguido que ese hombre perdiera parte de su autocontrol.
-¿Has ido a ver al insignificante muggle y al asqueroso mestizo? –Inquirió, enarcando una ceja –Te prohibí que lo hicieras, Draco.
-Son sólo niños...
-Son basura –Lucius apretó los dientes. De forma repentina, cogió el brazo de Draco y dejó al descubierto la Marca Tenebrosa de su hijo y, de paso, la suya propia –Este es el símbolo de la grandeza. Toda esa escoria no debería compartir el mismo aire que nosotros. Esos mocosos deben estar agradecidos. Aún siguen vivos.
Por un segundo, Draco estuvo a punto de quedarse callado. Su padre estaba realmente enfadado y, por experiencia, sabía lo que eso significaba. No obstante, recordó que en el sótano de su casa había dos chiquillos sufriendo. Independientemente de cual fuera su origen, él no podía dejar que les hicieran más daño. Ni siquiera al muggle. ¿Qué clase de grandeza había en secuestrar a dos pequeños que no podían defenderse, y encerrarlos en un lugar que les era totalmente desconocido?
-¿No te das cuenta de que toda esa palabrería ya no significa nada? –En un principio, apenas logró hablar en un hilo de voz pero, poco a poco, fue ganando valor. Su padre lo miraba con sorpresa y asco, y a Draco le pareció que no tardaría en arrojarse sobre él, pero ya no le importaba. Ahora que había logrado empezar su discurso, no se veía capaz de dejarlo inconcluso –Dañar a los niños no te servirá de nada. Causarle dolor a Severus tampoco. La guerra ha terminado. Voldemort –Su padre se estremeció y él se quedó en silencio un momento. Era la primera vez que pronunciaba ese nombre –Fue derrotado y tú tienes suerte de estar libre. Deberías irte, padre. Intentar empezar de nuevo en algún lugar lejano. Es lo que madre desea y yo... Podría ayudarte.
Durante un maravilloso segundo, Draco pensó que lo había convencido. Lucius lo miraba fijamente, como si lo estudiara con detenimiento mientras parecía pensar en lo que acababa de escuchar. El joven pensó que, después de todo, su padre sería sensato y acabaría con todo aquello. Deseaba que lo hiciera porque aún le dolía saber que su progenitor podía acabar muerto o en Azkaban.
Aún así, su alivio no duró demasiado. Lucius Malfoy torció el gesto y agarró el cuello de su hijo, privándole casi por completo del oxígeno que necesitaba para seguir viviendo.
-El Señor Oscuro puede estar muerto, pero sus ideales siguen latentes en todos los que llevamos la Marca Tenebrosa –Siseó, logrando que un escalofrío recorriera la espina dorsal del joven –Snape nos traicionó y merece un castigo ejemplar y, querido hijo, te puedo asegurar que ese asqueroso mocoso es mi mejor baza. ¿Sabes lo que ocurrirá cuando papaíto venga a buscarlo?
Draco sintió que el aire volvía a sus pulmones. Lucius se había alejado de él unos pasos y, con suma elegancia, sacó un frasquito de entre su deslucida ropa, mostrándoselo al chico con aire distraído.
-¿Sabes de quién has heredado tu talento en Pociones, hijo? –Draco no movió un músculo. Sentía los latidos acelerados de su corazón y pensaba que iba a salírsele del pecho –De tu madre no, evidentemente. Esto que tengo aquí es un magnífico veneno de mi creación. Cuando Snape llegue a la mansión, se lo haré tomar al maldito mestizo –Sonrió cruelmente, obligándole a retroceder –Ignoro si tardará un día o un mes en morir, pero te puedo asegurar que sufrirá la más terrible de las agonías durante el proceso.
Severus sintió el temblor incontenible de la mujer en cuanto llegaron a la casa. La sostuvo un momento entre sus brazos, consciente de que muchas cosas cambiarían entre ellos en el mismo momento en que la soltara, y suspiró afligido por la crueldad de los acontecimientos. Justo cuando podía afirmar que lo tenía todo, la felicidad se le escapaba de entre los dedos como si nunca la hubiera merecido.
Se separaron lentamente. Carole tenía los ojos cerrados y se sujetaba con fuerza al cuello de su camisa, totalmente aterrada. Una mueca de desconcierto se dibujó en su rostro cuando comprobó que, de alguna forma que no alcanzaba a explicar, habían pasado de estar en el salón de su casa a permanecer parados en el recibidor de la vivienda de Severus. Se alejó de él algo aturdida y, antes de que su mente pudiera formularse demasiadas preguntas, recordó lo que había pasado con los niños y sintió unas inmensas ganas de ponerse a llorar de miedo e incomprensión.
Jerry apareció por la puerta de la salita de estar. Tenía una importante brecha en la cabeza, el cabello apelmazado sobre la frente, y se sostenía el abdomen como si le faltara el aire. Y estaba llorando, con tanta desesperación que Severus no pudo evitar sentir compasión por él.
De forma inmediata, se abalanzó sobre los recién llegados. Estaba tan pálido que parecía a punto de desmayarse, y sus manos temblaban con descontrol. Severus no tardó en darse cuenta de que había recibido numerosos golpes y, posiblemente, algo mucho peor. Alguna maldición tal vez.
-¡Snape! –Su voz pareció un quejido lastimero, mientras se derrumbaba sobre sus rodillas, a los pies de Severus -¡Dios mío, Snape! Te juro que... Yo intenté... No quería que se los llevara... No pude...
A pesar de la rabia y el miedo que nublaban los sentidos del profesor de Pociones, logró mantener la calma para no matar a ese hombre con sus propias manos. Aunque en ese momento quería culparlo por todo lo que había pasado, sabía que Bellefort no mentía al asegurar que había intentado salvar a los niños. Su penoso aspecto era una buena prueba de ello. Pero, si tal y como sospechaba, Lucius se los había llevado, un simple muggle no había podido hacer mucho por salvarlo. De hecho, era una suerte que siguiera con vida.
-Cálmate, Jerry –Habló con suavidad, utilizando su nombre de pila deliberadamente, para darle seguridad al otro hombre. Lo agarró por un brazo, sin que le pasara desapercibido un gesto de dolor, y lo puso en pie. Estaba más destrozado de lo que él había supuesto en un principio –Quiero que me expliques lo que ha pasado pero, antes, debo comunicarme con Dumbledore.
Con un gesto, le indicó a la mujer que le ayudara a llevar al hombre al comedor. Black estaba allí, lloriqueando junto a la chimenea, sobre una de las zapatillas de Adrien. Severus quiso ponerse a gritar, pero sabía que debía mantener la calma. Pensar con claridad, organizar un buen plan de rescate. Tomar las riendas de aquel asunto, ignorando sus emociones y las extrañas miradas de Carole. Ella debía estar tan angustiada como él, o tal vez un poco más, puesto que no tenía la más remota idea de lo que estaba ocurriendo.
Sentaron a Jerry en el sofá. El hombre parecía haberse deshecho en cuanto ellos llegaron a la casa y, cada segundo que pasaba, estaba un poco más pálido.
-¿Te lanzó algún hechizo? –Preguntó Severus con frialdad, sabiendo la respuesta de antemano. Jerry se encogió de hombros.
-Dolía –Fue lo único que pudo decir –Era como si todos los huesos de mi cuerpo se estuvieran resquebrajando, mientras cientos de cuchillos afilados atravesaban mi piel.
Severus afirmó con la cabeza. El hombre jadeaba y era evidente que necesitaba que le viera un buen medimago antes de ponerse a hablar. Los efectos de la maldición cruciatas eran inconfundibles y Jerry parecía haberla soportado estoicamente.
-Esperad aquí –Susurró Snape, dirigiéndose a la biblioteca. Carole hizo ademán de ir tras él, pero un sollozo de Jerry la mantuvo a su lado. Severus no sabía que podía estar pensando ella, aunque se descubrió a sí mismo llegando a la conclusión de que no le importaba. Lo único que quería era encontrar a Adrien cuanto antes, impedir que ese lunático le hiciera daño.
Llegó frente a la chimenea y, llenando sus pulmones de aire, reclamó la presencia del anciano director de Hogwarts. Pudo distinguir las figuras de unos cuantos niños de primero, pero no le importó su presencia. Albus lo miró interrogante y, despachando a los chiquillos rápidamente, fue a comprobar lo que quería Severus. Tuvo la certeza de que algo terrible había ocurrido. La expresión descompuesta de aquel familiar rostro lo decía todo sin necesidad de palabras.
-Severus. ¿Qué ocurre?
-Malfoy –De repente, Snape sintió unas ganas irrefrenables de ponerse a llorar él también, pero supo contenerse. Necesitó de todo su esfuerzo, pero lo hizo –Lucius. Se ha llevado a Adrien y a Josh.
Albus Dumbledore se puso muy tenso. Pareció envejecer cien años de repente. Su mirada se oscureció, su espalda se encorvó y tuvo que apoyarse en una butaca cercana para no caer al suelo. No obstante, recuperó la compostura enseguida. Seguía siendo aquel antiguo estratega de guerra, capaz de sobreponerse a todo en los peores momentos.
-Aparta, hijo. Voy para allá ahora mismo.
"Cuando creas que no hay escapatoria posible, esto te llevará a cualquier sitio que desees!
Draco aún recordaba aquellas palabras de su madre. Las había pronunciado una fría noche de invierno, cuando la figura amenazante de lord Voldemort se alzaba sobre él inclemente, dispuesta a hacerle pagar su cobardía a cualquier precio, con el beneplácito paterno. Narcisa Malfoy había entrado al dormitorio, donde Draco aún podía permitirse ser un niño, y lo había despertado agitándole el hombro con suavidad. Le había ofrecido el traslador, un bellísimo collar que, durante siglos había pertenecido a la familia Black y que, algún día, él le regalaría a su prometida. Su madre le había contado que el collar servía para que las madres pudieran proteger a sus hijos y, sólo hasta esa noche, Draco no entendió el significado completo de lo que quería decir. Él la había rechazado. En aquel entonces, aún pensaba que podía llegar a ser igual que su padre, pero ahora todo era diferente. Anhelaba con toda su alma localizar el collar entre todos aquellos objetos que sus padres habían ocultado de las miradas curiosas. Ya no quería ser como Lucius Malfoy. El hombre había perdido el rumbo y su hijo estaba decidido a enfrentarlo hasta sus últimas consecuencias.
Draco removió los objetos. Eran valiosos, casi todos relacionados con la magia negra, pero ninguno le interesaba. No, hasta que no vio el brillo verdoso de las esmeraldas y se sintió como un avaricioso cuervo que acababa de encontrar el botín perfecto. Lo cogió con avidez y, sin molestarse en dejarlo todo como estaba, corrió hacia las mazmorras. Si lograba llegar junto a los niños antes de que él se diera cuenta, tendrían una oportunidad de escapar de allí. Sólo esperaba que Severus pudiera perdonarle...
Afortunadamente, esa noche la suerte parecía estar de su lado y Draco alcanzó la celda de los pequeños sin ningún contratiempo. Abrió la puerta sin importarle su horrendo chirrido y, después de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad reinante, vio a los dos niños agazapados contra la pared, abrazados y llorando sin control. No obstante, cuando vieron a Draco se quedaron callados. Posiblemente de miedo, pues luego de unos segundos, Adrien dio un gritito y corrió hacia sus brazos, llorando con más energía que antes.
-Primo –Hablaba entre sollozos, chillando y sin poder controlar su desesperación -¡Nos queremos ir, Draco! Hace frío y hay ratas... Por favor.
Draco iba a decir algo, pero antes de que tuviera tiempo, Josh también se había aferrado a su cuello, llorando y suplicándole las mismas cosas que Adrien. El joven se tragó el nudo de la garganta y los alejó de su cuerpo.
-Tenéis que callaros –Les pidió en voz baja, mirando a su espalda con desconfianza –Nos vamos.
Activó el traslador. Unos segundos y estarían bajo el techo de la casa de Snape, a salvo y pensando que aquello no había sido más que una pesadilla, pero algo salió mal. Draco tenía a los dos chiquillos firmemente sujetos, pero un instante antes de que se evaporizaran, sintió que alguien le quitaba a Adrien de los brazos. Y ya no pudo hacer nada por recuperarlo.
"Jerry se debatía entre sentirse avergonzado u orgulloso de sí mismo. Cuando escuchó el rugido del motor del coche de Carole, supo que aquellos dos tontos habían seguido su consejo y se marchaban a disfrutar de un par de horas de absoluta intimidad, que buena falta les estaba haciendo.
Él había regresado al comedor, colocando la tarta ante las narices de los niños. Éstos le miraron con gratitud un momento, sin interrumpir su conversación ni un segundo. Jerry pensó que no harían preguntas, hasta que Adrien enarcó una ceja y miró hacia la puerta en actitud interrogante.
-¿Y nuestros papás? Hace mucho rato que se han ido-
-¡Uhm...! Creo que están... –Carraspeó. Draco Malfoy había retirado la mirada de la ventana un segundo, como si le interesara escuchar la respuesta –Ocupados...
-¡Oh! –Adrien se mordió los labios –Y... ¿Ya están enamorados?
Jerry soltó una débil posecilla, Josh lo observó con renovado interés y Draco chasqueó la lengua. No podía creer que su padrino hubiera caído en las redes de una muggle. Algo malo debía estar ocurriéndole al hombre, aquella actitud no podía ser normal. Tal vez, estuviese enfermo o bajo los efectos de alguna maldición o algo así.
-No lo sé. Creo que eso tendríais que preguntárselo a ellos.
Adrien liberó un bufidito frustrado, pero un segundo más tarde el enfado se le pasaba y volvía a sus juegos con Josh, que parecía realmente ansioso por descubrir si entre sus padres había algo o no. Jerry se sintió mucho más tranquilo y se acomodó en el sofá, dejando que Black saltara a sus piernas y comenzara a dormitar en su regazo.
Draco seguía pegado a la ventana. Estaba realmente nervioso y una extraña sensación le oprimía el pecho. Un rato antes, había distinguido las figuras de los dos discretos miembros de la Orden del Fénix que hacían guardia en los alrededores de la casa de Snape pero, desgraciadamente, uno de los dos se había marchado hacía unos minutos. Draco entornó los ojos, reconociendo la exasperación en los gestos del otro mago (parecía uno de los Weasley, aunque no sabría decir cuál de ellos) y, casi sin darse cuenta, empezó a sentirse preocupado. Posiblemente sólo serían paranoias suyas, pero olía el peligro cerniéndose sobre la casa de Snape. Casi podía sentir la presencia de su padre y escuchar la voz susurrante del hombre cargada de amenazas. Y, entonces, pasó.
El brujo de pelo rojo cayó al suelo. Un rayo rojizo le había golpeado en la espalda, dejándolo inconsciente de inmediato, y una sombra oscura apareció entre los árboles. Draco se puso rígido y retiró la mirada de la ventana. Adrien seguía ahí, dentro de la casa, el único sitio que parecía seguro dadas las circunstancias. El chico se levantó, buscando a su padre en el exterior, ansiando no tener que verlo.
Lucius estaba allí y, a juzgar por su gesto, también había visto a Draco. El chico no sabía que hacer y, cuando vio a Jerry levantarse y acercarse a la ventana, supo que las cosas sólo podrían empeorar si el muggle se entrometía.
-¿Qué pasa?
Su tono de voz fue duro. Jerry entornó los ojos y dio un salto hacia atrás cuando vio a Malfoy. Hubiera reconocido a ese hombre entre un millón. Sintió un estallido de ira en su interior y su rostro se tornó inexpresivo y decidido. Sabía perfectamente que ese miserable quería hacerle daño a Adrien y, aunque Snape había asegurado que sería mejor no enfrentarlo directamente, él no pensaba dejar que el brujo aprovechara la ausencia de su anfitrión para intentar atentar contra Adrien. Él nunca había sido un hombre que se quedara agazapado en un rincón, esperando el ataque de los demás y, por ese motivo, salió de la habitación dando grandes zancadas. Iría a su dormitorio, cogería el revólver que había adquirido en París un par de días antes y se liaría a tiros si era necesario. Malfoy podía ser un tipo peligroso, pero por lo que Jerry sabía, despreciaba tanto a los muggles que podía llegar a subestimarlos. Y una bala entre los ojos podía ser tan mortal como una de esas maldiciones que Snape le había mencionado en alguna ocasión.
Aún así, antes de que pudiera alcanzar la escalera, Draco le puso una mano en el hombro. Sabía lo que el muggle pretendía y no podía consentir que saliera al exterior. Un segundo antes, su padre le había ordenado que fuera a su encuentro. Ni siquiera había necesitado palabras para hacerlo. Sus miradas siempre habían sido bastante elocuentes.
Draco realmente no quería tener que ir con él. Sabía lo que iba a pedirle y no deseaba obedecerle. Pero tampoco podría enfrentarlo, no sin alguien que le ofreciera su apoyo. Tenía miedo, casi tanto como en los años de la guerra, y no le daba miedo reconocerlo. Después de todo, él no era uno de esos Gryffindor estúpidos. Había aprendido a cuidar de su propio pellejo, sin tener en cuenta a nadie más. Sin embargo, ahora estaba Adrien, que sólo era un niño y que, en ese momento, no contaba con la intimidante presencia de su padre para protegerlo.
-¿Qué vas a hacer? –Draco hizo un esfuerzo sobrehumano por contener todo el desprecio que sentía por el muggle
-¿No lo sabes? –Jerry torció el gesto. Era evidente que ese chico nunca le había caído mal. Ahora, no se esforzaba por disimularlo –Voy a echar a tu... padre –Escupió la palabra con odio. Sin duda, Snape le había contado demasiadas cosas –Y, si para ello tengo que volarle la cabeza, lo haré, te lo puedo asegurar.
-¿En serio? –Draco sonrió con sarcasmo. Lamentablemente, Adrien y Josh habían sentido curiosidad por saber lo que ocurría y tenían medio cuerpo fuera de la salita de estar, mientras los escuchaban atentamente -¿Y cómo lo harás? ¿Gritando? ¿Insultándole?
-Eso es asunto mío –Jerry se liberó de la mano que aún estaba posada sobre su hombro –Y te aconsejo que te apartes de mi camino. Aunque Snape confíe en ti, yo no lo hago, y si estás compinchado con ese tipo...
-¡Yo no estoy compinchado con nadie!
-Lo que tú digas.
Jerry se dio media vuelta y subió las escaleras de dos en dos. Draco se quedó paralizado, intentado pensar con claridad. Por primera vez en su vida, se moría de ganas por ver a Dumbledore o, en su defecto, a Hagrid. No obstante, sabía que la fortuna no sería generosa con él y tomó una decisión. Sólo esperaba tener el valor suficiente para llevarla a cabo.
Miró a Adrien, que seguía parado en su lugar, sin entender lo que ocurría. A su lado, los ojos de Josh vagaban de un lugar a otro en busca de una explicación.
-¿Sabes usar la red flú, Adrien? –Preguntó con voz grave. El niño supo que algo muy malo ocurría y afirmó con la cabeza –Bien. Pues ve a la chimenea de tu padre y vete a Hogwarts. ¿De acuerdo?
-¿Pasa algo?
-No, Adrien, pero es muy importante que hagas lo que te digo.
-¿Y Josh?
Draco miró al otro pequeño. Era evidente que el temor que empezaba a emanar de Adrien le había alcanzado a él también. Sabía que su respuesta podría traer diversas consecuencias, pero poco le importaba en ese momento.
-Enséñale a él también –Los empujó hacia la biblioteca, sacando su varita. Recordaba que en cierta ocasión Dumbledore había mencionado algo sobre decidir entre lo fácil y lo correcto. Sentía que eso era lo que estaba haciendo él y se sentía mareado. Qué todo saliera bien, por favor... –Y daos prisa.
Los niños entraron a la estancia y Draco cerró la puerta. Jerry ya estaba a su lado otra vez, metiendo balas en el cargador de su arma plateada. Draco sintió algo de curiosidad, pero dudaba mucho que ese chisme pudiera lastimar a su padre.
-Mantente al margen, muggle –Espetó, procurando sonar amenazador, pero sin lograr acobardar al otro hombre.
-¿Dónde están los niños?
-A salvo...
-Entonces, no tengo que preocuparme –Jerry acarició su revólver. La última vez que había disparado un arma fue unos años antes y, aunque nunca se le había dado mal manejar los rifles, no estaba seguro de que fuera demasiado diestro con una pistola –No pienso quedarme atrás, chico. Así que puedes aceptar mi ayuda o ponerte a renegar, porque no pienso echarme atrás.
Draco alzó una ceja, incrédulo, consciente de que ese tipo iba en serio. Estaba seguro de que sólo sería un estorbo, pero posiblemente necesitaría que alguien le echara una mano. Esperaba no tener que llegar a esos extremos, por supuesto, pero si su padre le atacaba, Jerry podría protegerle. Era un muggle, cierto, pero era mejor eso que nada.
-No molestes, muggle.
-Y tú no te atrevas a traicionar a Snape y a Adrien, porque te juro que soy capaz de hacer cualquier cosa. Mago.
Había logrado reflejar en esa última palabra el mismo odio que solía utilizar el chico cuando le llamaba muggle. Draco frunció el ceño, entre molesto y sorprendido, y Jerry hubiera sonreído si la situación no fuera tan delicada.
-Iré yo primero –Draco habló con firmeza. Unos minutos antes, se sentía incapaz de manejar ese asunto, pero la adrenalina había causado su efecto y el joven vivía las mismas sensaciones que cuando debía ser un mortífago –Hablaré con él, tal vez pueda convencerlo para que se vaya...
-No creo que ese tipo vaya a hacerlo...
-Tú escóndete –Draco no dejó que Jerry le interrumpiera, elevando ligeramente su tono de voz –No hagas nada si...
-No me des órdenes.
Draco bufó. Hubiera podido responder, pero estaba harto de discutir. Además, si tardaba mucho en salir al exterior, el poco valor que le quedaba terminaría por esfumarse. Al menos, Adrien estaría a salvo. Era un alivio saber eso.
Finalmente, salió al exterior. Su padre no hizo esperar, puesto que ya estaba parado frente a la puerta de la casa, agitando su varita con aire distraído, como si estuviera allí para hacer una visita de cortesía.
-Buenas tardes, Draco –Saludó, irguiendo la cabeza y dando un paso al frente, tan arrogante como siempre –Confío en que sepas por qué estoy aquí.
-No –El chico se felicitó a sí mismo. Esa palabra había salido de sus labios con fuerza. Parecía que no tenía miedo y eso era bueno.
-¿No? –Lucius hizo una mueca -¿No sabes a qué he venido?
-No te llevarás a Adrien.
El silencio pesó sobre Draco como una losa. A su espalda, Jerry se removía inquieto. Era evidente que no le hacía ninguna gracia estar ahí parado, pero seguía al pie de la letra las instrucciones del mago.
-¿A, no? –Lucius pareció divertido. Empuñó su varita con firmeza y apuntó a su hijo. Había tanta locura en sus ojos que Draco supo que no le importaría hacerle daño con tal de lograr su objetivo -¿Cómo piensas impedirlo?
Draco no contestó. Estaba intentando concentrarse en todos los movimientos de su padre, incluso procuraba entrar en su mente, pero no era tarea sencilla. No podía dejar que el adulto le pillara desprevenido. Debía estar alerta, esperar a que alguien fuera a ayudarles.
-Vete, por favor –Pidió, aunque no había perdido nada de firmeza –Madre dijo que lo hicieras.
Durante un segundo, Lucius Malfoy pareció reflexionar. Draco sintió que había hecho bien en mencionar a la bruja, pero supo que fracasó cuando la furia invadió las facciones paternas.
-Eres tan idiota como ella –Siseó enfurecido. El joven se sorprendió ante esa reacción –Traidores... Os habéis vendido...
-No hemos hecho nada que tú no hicieras ante -¿De dónde había salido el valor para pronunciar esas palabras? –Durante la primera guerra, tú fingiste estar bajo el efecto de una maldición para quedar libre. Sobornaste a cualquier funcionario que se te enfrentó. Te vendiste.
Draco lo vio venir. No era la maldición asesina, pero podía hacerle mucho daño si le alcanzaba. Saltó a un lado, intentando conjurar un hechizo de protección y ganar ventaja sobre su padre. Realmente no había esperado que se enfadara tanto, pero podría constituir una ventana. Aún veía a Severus frente a él, afirmando que un buen duelista debía permanecer siempre tranquilo, sin permitir que los sentimientos interfirieran en el uso de la magia. Su padre podría estar cometiendo un gravísimo error. Si tan sólo pudiera paralizarlo...
Se disponía a lanzar el hechizo, aprovechando la pequeña distracción del brujo adulto, cuando Jerry salió al exterior, empuñando tontamente su pistola. "Genial", alcanzó a pensar antes de ponerse en pie. Sin embargo, Lucius no le prestó atención y, en esa ocasión, fue Draco quién había bajado la guardia. La maldición le dio de lleno en el pecho, arrojándolo de nuevo al suelo y dejándolo aturdido durante unos segundos. Jerry soltó un grito furioso y disparó. La bala pasó rozando la oreja de Lucius. El brujo escuchó el silbido con total claridad y supo reconocer el peligro que ese chisme brillante podía suponer. Atacó a Jerry, que no tenía forma de saber lo que se le veía encima.
Cuando Draco se recuperó, el muggle gritaba y se retorcía de dolor en el suelo. El joven se disponía a defenderlo cuando el tiempo se quedó paralizado.
-No quedan polvos flú, primo Draco.
Los tres hombres que se peleaban en la calle miraron a los niños. Josh y Adrien respiraban agitadamente, sin entender nada de lo que estaba pasando. No, hasta que Adrien no clavó sus ojos negros en Lucius Malfoy y su rostro se descompuso de horror.
-Hola, pequeño –Lucius rió siniestramente, acercándose a los niños, disfrutando del momento. Adrien comenzó a retroceder y Josh, como si presintiera el peligro, se colocó frente a él, dispuesto a protegerle.
Estaba a un palmo de tocar el rostro del niño, cuando una mano fuerte le sostuvo por el brazo. Lucius giró el rostro con desgana y vio a Jerry, que jadeaba y se sostenía el estómago, pero no parecía dispuesto a rendirse. Draco estaba paralizado, sin poder creerse que la situación se hubiera complicado tanto. Toda su valentía anterior ya había desparecido y ahora sólo podía rezar porque Severus regresara en ese momento, o porque el pelirrojo Weasley recuperara la consciencia.
-No te atrevas a tocarlo –Dijo Jerry con furia, cubriendo a los niños con su cuerpo.
-Muggle idiota.
Lucius agitó su varita con desgana y Bellefort salió volando por los aires, golpeándose bruscamente contra la pared y quedando inconsciente en el suelo, con fuertes magulladuras y una brecha en la cabeza. Adrien miró con aprensión a su tío y quiso correr hacia él, pero alguien lo sujetó. El hombre malo... Tenía muchísimo miedo, por supuesto. Desde que lo había visto no había podido dejar de temblar y, sin que él se diera cuenta, las lágrimas habían empezado a escurrirse por sus mejillas. Aún así, quería asegurarse de que Jerry estaba bien. Era mejor pensar en eso que en todas las cosas horribles que podía hacerle Malfoy.
-Tú y yo vamos a ir a un lugar muy especial –Afirmó Lucius, acariciándole el rostro. Adrien se sintió terriblemente amenazado. Sabía que tenía que salir corriendo, que no podía quedarse ahí quieto, asustado y dejando que el hombre malo le hiciera lo que quisiera. Por eso, se retorció con furia y le dio un bocado en la mano. Quiso correr, advirtiéndole a Josh que hiciera lo mismo, pero Lucius lo sujetó de nuevo y le dio un bofetón que le tiró al suelo -¡Maldito mocoso!
-¡Adrien! –Josh apretó los puños. No sabía quién era ese señor, pero no iba a dejar que le hicieran daño a su hermanito. Así pues, saltó sobre Lucius y buscó a Draco con la mirada. Eran dos contra uno, podrían vencerle si el chico ése no estuviera ahí quieto, con la mirada perdida.
-¡Criajos del demonio!
Lucius estaba harto de esa situación. Cogió a Adrien por un brazo y, obviando que Josh estaba aferrado a su pierna, dispuesto a no soltarle por nada del mundo, se desapareció.
Sólo entonces, Draco reaccionó. Y supo que lo único que podía hacer era estar junto a los niños. En la Mansión Malfoy. Su padre no hubiera querido ir a otro sitio. Lo conocía demasiado bien y, si quería culminar su venganza, lo haría en su propio territorio."
Severus suspiró profundamente. Alzó la vista y vio a Draco sentado frente a él, en la enfermería de Hogwarts.
Las cosas habían pasado muy deprisa. Una hora antes, después de que Carole y él regresaran a la casa, Jerry Bellefort se había desmayado. Dumbledore había movilizado a la Orden del Fénix al completo para salir en la busca de Adrien después de que el muggle, despertado mágicamente, contara una versión un tanto confusa de los acontecimientos. Severus lo había escuchado con el alma en vilo, ansioso por saber lo que estaba ocurriendo, sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Especialmente a las miradas que Carole le dedicaba de cuando en cuando. La mujer se había encontrado con aquella extraña situación si estar preparada para ello y contemplaba a los magos con los ojos desenfocados, sin dar crédito a lo que ocurría. Los magos que pululaban a su alrededor no se molestaban en ocultarse de su mirada y la mujer esperaba que alguien le diera una explicación. Le había parecido que toda esa gente sólo se preocupaba por la desaparición de Adrien, cuando ella también había perdido a su hijo, y se sintió frustrada, impotente y furiosa. Estaba harta de que nadie le prestara atención, de que no le dieran explicaciones, pero no sabía muy bien con quién estaba enfadada, si con el tipo que se había llevado a su hijo, con Jerry por no haber sabido protegerlo, o con Severus, porque no le había hablado de ese extraño mundo que ahora se alzaba ante sus ojos.
Entonces, cuando las cosas parecían ponerse más feas, Draco Malfoy apareció en la casa. Y, como era de esperar, Severus se abalanzó sobre él, le gritó una serie de improperios que podrían haber hecho palidecer a cualquiera y le clavó su varita mágica en el cuello. No obstante, Carole no les había prestado mucha atención. Ese chico traía a Josh. Su niño, que corrió inmediatamente a sus brazos y rompió a llorar, tembloroso y afiebrado, musitando un montón de frases sin sentido, testigos del miedo que había pasado en la última hora.
Dumbledore había impuesto calma. Decidió llevar a los heridos a Hogwarts puesto que, aunque ninguno de ellos parecía estar grave, allí serían tratados con más eficacia. Jerry seguía inconsciente, pero no le había pasado nada. Charlie Weasley había recuperado la consciencia, explicando su versión de los hechos sin poder facilitar demasiada información; Mundungus Fletcher se había llevado una buena regañina y Severus estuvo a punto de lanzarle un maleficio, pero el director le detuvo. Josh, por su parte, dormía tranquilamente, vigilado por su madre, que no había hecho preguntas pero parecía aturdida, viviendo en un mundo muy alejado de todos ellos.
Severus había logrado contener sus ansias de asesinar a Draco. Era lógico pensar que el chico había tenido mucho que ver con lo ocurrido y, cuando les habló de los diferentes encuentros que había tenido con Lucius a lo largo de los meses, Snape se sintió decepcionado y se arrepintió de toda la ayuda que le había prestado en los últimos tiempos. En ese momento, no quería tener que ver al chico nunca jamás. Quería recuperar a su hijo y olvidarse de los Malfoy de una vez, abandonarlos a su suerte sin preocuparse por ellos, de la misma forma que Draco no se había preocupado por su hijo.
-Tiene un veneno –Decía el chico, que había permanecido todo el rato con la cabeza gacha. Dumbledore intentaba tranquilizarlo, sabiendo que era lo mejor para que su testimonio fuera lo más completo posible –Se lo dará a Adrien y... No creo que haya antídoto.
Severus apretó los puños. Tal vez, hubiera sido mejor no saber aquello último.
-Está bien –Dumbledore cabeceó. La preocupación que atenazaba sus viejos huesos se dejaba notar, pero el anciano había logrado mantener la calma. Siempre sería un gran estratega, pasara lo que pasara –Quiero que acompañe a la profesora Sprout a su despacho y permanezca allí hasta nueva orden, señor Malfoy –Había rencor en su voz, aunque procuraba sonar tan calmado como siempre. Draco cabeceó y se puso en pie, dispuesto a obedecer todas y cada una de las órdenes del director.
-Sólo espero que Adrien aparezca sano y salvo –Severus se había levantado y siseaba esas palabras al oído del joven, haciendo que los pelos de su nuca se erizaran –De lo contrario, me aseguraré de que en el Ministerio sepan lo que has hecho, Malfoy.
Draco cerró los ojos, totalmente dolido. Dadas las circunstancias, no podía esperar que su padrino quisiera perdonarle. Era evidente que clamaría venganza si algo llegara a pasarle a su hijo, y él sería un gran perjudicado. Se lo merecía. Si hubiera hablado antes, las cosas podrían ser totalmente diferentes en todos los sentidos, pero había sido un cobarde y tendría que pagar las consecuencias. Snape lo había ayudado hasta ese día, pero el joven sabía que podía ser el peor enemigo que tendría en su vida si no recuperaba a Adrien. No se conformaría con enviarlo a Azkaban, eso estaba claro.
Cuando Draco salió, Dumbledore se puso en pie y colocó una mano en el hombro de su protegido. Entendía su dolor, puesto que él sentía uno muy similar, pero Severus debía tranquilizarse. Las palabras que había pronunciado antes iban totalmente en serio y, Albus lo sabía, el profesor de Pociones las había pronunciado con gran pesar. Severus había decidido darle una oportunidad al chico, todos lo habían hecho, y los había defraudado. Tal vez, Dumbledore entendiera mejor las decisiones del chico que Severus, puesto que estaba menos ofuscado que el brujo; estaba seguro de que, cuando Snape lograra tranquilizarle, comprendería las acciones de Draco, pero en ese momento no podía hacerlo. Todo era demasiado doloroso, demasiado horrible para que el hombre pudiera razonar correctamente.
-Vamos a organizar un ataque a la Mansión Malfoy –Aseguró el director –Avisaremos a los aurores y cogeremos a Lucius. A Adrien no le pasará nada, te lo aseguro.
-Me quiere a mí –Severus suspiró –Dame unos minutos de ventaja. Intentaré sacar a Adrien de allí antes de que intervengan los demás.
Aunque hubiese querido, Albus no tenía forma de negarse. En ese momento, no estaba hablando ni con el profesor de Pociones, ni el mortífago ni el antiguo estudiante. Estaba ante un padre y no podía impedirle que protegiera a su hijo. Severus sentía que había fallado una vez, pero no volvería a hacerlo. Nunca más.
-Deja de llorar, Adrien. No voy a hacerte daño.
El hombre malo hablaba con tanta dulzura que, durante un breve instante, el niño creyó en sus palabras y ahogó los sollozos que atenazaban su garganta. Se pasó una mano por la cara, limpiándose las lágrimas, e intentó concentrarse en el fuego de la chimenea. Quizá, si lograba olvidarse de que estaba en aquella habitación tan oscura, con el señor que lo había secuestrado, le había pegado y no le había dejado irse a casa con el primo Draco, sentiría menos miedo. Estaba tan asustado que echaba de menos las mazmorras. También eran oscuras y hacía mucho frío, pero las ratas eran mejor compañía que Lucius Malfoy.
-Tu padre no tardará en venir –Lucius le cogió una mano. Adrien intentó alejarse de él, pero ya era tarde. El hombre malo le sonrió con falsa amabilidad y lo sentó sobre sus rodillas, como su padre solía hacer muchas veces -¿Quieres que te cuente una bonita historia mientras llega? –Adrien negó con la cabeza. Lucius encontró divertido el temblor del pequeño y lo meció sobre sus piernas, fingiendo que jugaba como un día lo hiciera con Draco. Ese traidor... -¿No? Pues será aburrido estar callados. Creo que te voy a contar esa historia.
Adrien sollozó. Intentaba no llorar, de verdad que lo intentaba, pero estaba demasiado asustado. Quería que su papá llegara cuanto antes pero, al mismo tiempo, esperaba que no lo hiciera. Malfoy iba a hacerle daño. No quería que nada le pasara a su papá.
-Había una vez, un chico Slytherin, amante de las pociones y que siempre se vestía de negro, que odiaba mucho a todo el mundo –Adrien comenzó a llorar de nuevo. Sabía que el hombre malo hablaba de su padre y no quería escucharle –Nadie lo quería y él decidió que los castigaría por eso. Y se hizo mortífago. ¿Sabes lo que hacía? –Adrien negó con la cabeza. Sabía que sería mejor responder, aunque no pudiera hablar. Sintió cómo Lucius cogía su mano y le separaba los dedos uno a uno, haciéndole daño cuando los apretaba –Mataba niños como tú. Les cortaba los deditos y se los comía...
-¡No! –Adrien soltó un gemidito. Eso era mentira. Su papá no hacía nada de eso.
-¡Oh, sí! Mataba asquerosos muggles como tú y como tu despreciable madre. Y disfrutaba mucho haciéndolo.
Adrien negó con la cabeza y luchó por liberarse de los brazos del hombre, pero Lucius no le dejó. Podía sentir el dolor del pequeño, su magia fluyéndose a su alrededor como si pretendiera defenderse de la amenaza que el brujo suponía para él.
-Pero ahí no acaba el cuento, no te preocupes –Malfoy rió suavemente –Un día, conoció a una sucia muggle y tuvieron un engendro mestizo que nunca deja de llorar. Pero el pobre chico no sabía nada de ese niño. ¿Sabes por qué? Porque la muggle lo odiaba tanto, que no le dijo nada.
-¡No!
-¡Oh, sí! A ese chico nunca nadie lo quiso.
-Yo sí...
Adrien había susurrado las palabras. Estaba seguro de que el hombre malo mentía respecto a su madre. Ella siempre le había hablado bien de su papá. Lo había querido mucho y ese señor sólo decía eso para hacerle sufrir. No debía escuchar nada de lo que dijera. Era un mentiroso.
-¿De verdad lo quieres? –Lucius le hizo darse media vuelta para mirarle a los ojos –Es una pena, porque muy pronto tu papá se pondrá muy triste. ¿Sabes? –Adrien dejó de llorar un momento. Sorbió por la nariz, sin entender lo que Malfoy quería decir. Entonces, él sacó un botecito de su túnica y, sin mediar palabra, hizo que Adrien se lo tomara. Inmediatamente, la garganta empezó a arderle. Aquella cosa sabía muy mal y el niño sintió un dolor en el estómago que, aunque no era demasiado intenso, era molesto –Poco a poco, la tripita te irá doliendo un poco más, pero no pasa nada. Pronto podrás estar con tu asquerosa madre muggle otra vez.
Adrien jadeó. El hombre lo arrojó al suelo sin muchos miramientos y, con elegancia, cruzó el salón hasta llegar al minibar. ¿Habrían dejado los cretinos del Ministerio algo de aquel excelente whisky de su colección privada? Bufó al descubrir que no, pero los sollozos del mocoso Snape, que se estaba haciendo un ovillo en el suelo y temblaba aún más que antes, le devolvieron la alegría. Sólo esperaba que Severus llegara antes de que el mestizo se muriera. Anhelaba ver el rostro del traidor cuando viera a su hijo sufrir de aquella manera. Sería divertido y, con ello, daría por zanjada su cuenta pendiente con Snape. Mejor dejarlo vivo, sabiéndose responsable de la muerte de su hijo, que matarlo para que descansara en paz de una vez. ¡Oh, sí! Sería maravilloso.
Lucius retomó su lugar en el sillón, de espaldas a la puerta principal. Sabía que mientras permaneciera sentado allí, nadie podría verlo. Ni siquiera Snape cuando llegara. No, lo primero que el brujo vería al traspasar el umbral, sería a Adrien, que seguía acurrucado en el suelo, gimoteando, afiebrado y sin fuerzas para llorar. El mocoso no podía morirse aún. Lucius debía haber controlado mejor el tiempo de acción del maldito veneno. No podía fracasar ahora.
Afortunadamente, escuchó pasos acelerados resonando por los corredores. En otros tiempos, las pisadas hubieran sido de los elfos que, presurosos, se disponían a obedecer sus órdenes, pero en aquellos tiempos, cuando la gloria Malfoy le había sido arrebatada por un montón de ineptos, mestizos, sangre-sucias y amigos de los muggles, no tenía motivos para esperar a ningún elfo. Pero sí al hombre que, más pálido de lo habitual, pero con expresión decidida, entró a la habitación con los ojos entornados y la varita en alto. Lucius supuso que venía preparado para un enfrentamiento directo pero, cuando vio a Adrien, sus medidas de precaución quedaron olvidadas.
Corrió hasta arrodillarse junto al niño y, sin percatarse de la presencia de Malfoy, lo alzó en brazos. Sin soltar su varita en ningún momento, por supuesto. No había perdido la razón por completo.
Jamás había visto al niño tan mal. Adrien ni siquiera tuvo fuerzas para llamarlo. Temblaba descontroladamente, ardía en fiebre y tenía los ojos vidriosos y vacíos. Severus supo que estaba moribundo y musitó unas palabras ininteligibles, estrechándolo con fuerza entre sus brazos. Inexplicablemente, no podía llorar, aunque hubiera deseado hacerlo. Sus ojos se habían vaciado de lágrimas y mecía el cuerpo de su hijo, que se aferraba a su túnica buscando protección y ayuda, sabiendo, tal vez, que no podían hacer anda por él.
-Tranquilo, Adrien –Susurró el hombre, sin soltarlo ni un segundo, sintiendo cómo la vida del niño se le escapaba de las manos –Nos vamos a Hogwarts. ¿De acuerdo? Madame Pomfrey te curará, como antes. ¿Lo recuerdas?
Adrien afirmó con la cabeza. Severus intentó ponerse en pie pero, entonces, una fuerte sacudida puso rígido el cuerpo del niño, que se retorció entre sus brazos, con los ojos en blanco y una espumilla blanca recorriendo la barbilla. Aquella convulsión sólo duró un segundo y, entonces, todo fue peor, porque Adrien se quedó laxo, sin vida, y Severus supo que lo había perdido.
-No... –Musitó, agitándolo –Adrien, despierta, hijo.
Lo tumbó en el suelo y, esa vez sí, podía sentir el salado sabor de sus lágrimas. No supo en que momento había roto a llorar, pero el llanto tranquilo del principio se transformó en desesperación mientras le quitaba el jersey y buscaba un signo vital. No podía ver el pecho del pequeño alzándose durante la respiración, ni podía oír los latidos acompasados de su corazón, y Severus se sintió inútil y responsable. El peso de sus acciones pasadas cayó sobre él como una losa y supo que si nunca se hubiera unido a los mortífagos, Adrien no estaría... Así. Se negaba a decir que estaba muerto. No aún.
-Vaya, vaya, Severus. Veo que has perdido tus modales. Aunque, claro. ¿Qué se puede esperar de un mestizo como tú?
Severus se puso tenso y apretó su varita con fuerza, observando las chispas verdosas que salieron de su punta. Se puso en pie, apretando las mandíbulas, dispuesto a todo. Ya no tenía ningún motivo por el que luchar. Sólo le quedaba la venganza y, si para alcanzarla debía pasar el resto de sus días en Azkaban, no le importaba. Se alegría de hacerlo, si eso significaba matar al asesino de su hijo.
Lucius seguía sentado en el sillón, bebiendo con desgana un poco de vino de muy baja calidad. Sonrió cuando Snape le miró con el rostro descompuesto. ¡Oh, sí! Todo había merecido la pena. Incluso si ahora Severus le daba muerte, no se arrepentiría de nada.
-Adrien era un chico agradable. Una pena que haya... Fallecido.
Severus apretó las mandíbulas y lanzó una maldición. Desgraciadamente, estaba tan nervioso que no cerró su mente y Lucius pudo contrarrestarlo con facilidad, al tiempo que se ponía en pie.
-Eres un desalmado –Susurró Severus, alejándose de su hijo lentamente. Si había un duelo mágico violento, no quería que su cadáver resultara mancillado. Aquellos leves momentos de calma, le sirvieron para recomponer sus barreras mentales –Sólo es un niño. ¿Qué te ha hecho?
-Nada, realmente –Lucius se encogió de hombros con aire despreocupado –Pero era lo justo. Tú me quitaste a mi hijo, yo te quito al tuyo. Así de sencillo.
Severus no lo soportó mal. Conjuró la maldición mortal sin necesidad pronunciar palabra, y observó con satisfacción cómo el rayo verde atravesaba el aire en dirección al pecho de Malfoy. No obstante, no le alcanzó. No porque estuviese mal dirigido, sino porque el mortífago salió disparado por los aires, se golpeó la cabeza con la chimenea y cayó al suelo, inconsciente.
Albus Dumbledore estaba en la puerta, acompañado por un par de miembros de la Orden del Fénix, mirando la habitación con furia. Severus giró el cuello con desgana y, totalmente agotado, se dejó caer en el sillón cercano, sin ganas de hablar. No quería dar explicaciones sobre lo ocurrido, no quería escuchar los reproches de Dumbledore por haber estado a punto de matar de nuevo. Y, ante todo, no quería tener que acercarse a Adrien para verlo muerto de nuevo.
En su vida, Severus Snape había fracasado en muchos sentidos, pero lo que más dolía era saber que había fracasado como padre.
Hola, holita a todos y a todas. Pues sí, hasta aquí he llegado por hoy. ¿Qué tal? Ha habido algo de acción en este capítulo y espero que os haya gustado y no os haya resultado confuso. He tenido que quitar algunas escenas, para evitar que saliera un testamento en este capi, pero creo que todo ha quedado más o menos claro, así que no os quejéis, jeje ;)
Además, ni siquiera he tardado en actualizar. Una semanita, para que os quejéis. De hecho, pienso volver a colgar un capi nuevo la semana que viene, y así hasta que el fic quede terminado. Como supondréis no falta mucho, así que animáos y no dejéis de leer. Aunque me haya cargado a Adrien, jeje.
Lo sé, pero es lo que hay. Pobrecito :(
Espero que os haya gustado. El capítulo también es largo, supongo que os habréis entretenido un rato. Nada más por mi parte. Hasta la semana que viene y, una vez más, gracias por leer y criticar.
Besotes y abrazotes. Cris Snape
