CAPÍTULO 46. Desde mi Cielo
Se había quedado dormido. Lo último que Adrien recordaba era estar en los brazos de su padre, temblando por algún motivo que no sabía identificar, y con un terrible dolor de tripa. Después de eso, todo se había vuelto oscuro, hasta que se despertó en aquel lugar, sintiéndose perfectamente. Hacía una agradable temperatura y ya no le dolía nada. No podía encontrarse mejor, aunque no le gustaba demasiado estar solo.
Cuando abrió los ojos, lo primero que hizo fue buscar a su papá. Esperaba que el hombre malo no le hubiera hecho daño. Sabía que su padre era un buen mago y, aunque no creía que tuviera nada que temer, la inquietud se hizo presente en su corazón. Con gran dificultad, logró ponerse en pie, descubriendo con sorpresa que ya no estaba en la horrenda mansión de la familia Malfoy, sino en una playa.
El sol brillaba en lo alto del cielo, regando con suave calidez una playa de hermosas arenas parduscas. Las aguas del mar se agitaban con suavidad, acariciando la tierra firme con algo que se asemejaba al cariño y, un poco más lejos, un frondoso bosque delimitaba los bordes de la playa. Adrien entornó los ojos, intentado encontrar a alguien que pudiera ayudarle y, no podía negarlo, sintió algo de miedo. Nunca le había gustado estar solo, ni siquiera en un lugar tan bonito y tranquilo como aquel.
Los sonidos que la brisa fresca del litoral traía consigo eran sumamente agradables. Los cantos de las gaviotas, el ruido de las olas al romper contra unas rocas cercanas y las ramas de los árboles constituían una hermosa melodía que logró relajar al niño. Adrien volvió a observar todo lo que le rodeaba y, afinando la vista un poco más, distinguió una casita de madera, pintada en rojo y amarillo, pintoresca y acogedora. Supuso que allí podrían ayudarle a encontrar a su papá y, encogiéndose de hombros, echó a andar. Sólo esperaba no tardar mucho en llegar...
-¿Dónde vas, tesoro?
Al principio, Adrien pensó que había escuchado mal. Aquella melodiosa voz que sonó a su espalda, se parecía mucho a la de la persona que más había echado de menos en todos esos meses y, aunque durante un segundo creyó que lo había imaginado, no tardó en girar la cabeza. Su pequeño corazón dio un vuelco y su rostro dibujó una sonrisa de absoluta felicidad. Allí estaba ella, vestida con sus sempiternos pantalones vaqueros y su camiseta blanca con tirantes muy finos, incluso cuando hacía frío, con el pelo castaño cayéndole suavemente sobre los hombros y esa mirada cargada de amor que nunca se extinguía.
-Mami...
Adrien apenas musitó esa palabra antes de ponerse a llorar. Mariah Bellefort se puso de rodillas en el suelo y extendió los brazos para acoger a su pequeño entre ellos. Nadie podía imaginar lo mucho que lo había echado de menos. Absolutamente nadie. No tardó ni un segundo en sentir aquella adorable calidez en su pecho, mientras Adrien se aferraba a su cuello con desesperación y sollozaba una y otra vez, sin dejar de llamarla Mami ni un solo segundo. Mariah se puso en pie, asegurándose de tener al niño bien cogido, y lloró con él. No podía creer que lo tuviera de nuevo a su lado. Su niño...
-Mami –Al cabo de un rato, el pequeño se separó de ella y la miró fijamente a los ojos, sosteniendo con sus manitas la cara de la mujer. Adrien tenía las mejillas humedecidas, pero sonreía. Se le veía realmente feliz -¡Has vuelto del Cielo, mami!
-No, cariño –Por un instante, el rostro de Mariah se tornó triste, y su hijo la miró preocupado –Eres tú el que ha venido al Cielo, tesoro.
-¿Yo? –Adrien no terminaba de entender. ¿Él estaba en el Cielo? Si eso era verdad, significaba que él se había muerto... ¿Se había muerto de verdad?
Mariah le sonrió con indulgencia, comprendiendo todas sus dudas, y le besó la frente antes de dejarlo de nuevo en el suelo. En ningún momento soltó su mano, y Adrien no pudo evitar acordarse de aquellos días en los que los dos iban de compras y ella se preocupaba porque no se perdiera en el centro comercial. El pequeño dudaba mucho que pudiera perderse en un lugar como aquel, donde no había nadie, pero por nada del mundo hubiera soltado a su madre. No, después de todo lo que la había extrañado.
-Vamos, Adrien. Tenemos muchas cosas que hacer y quiero enseñarte la casa de la playa.
Aquello había sonado realmente bien. Adrien dio un saltito de emoción y se dispuso a seguir a su madre al fin del mundo si era necesario. Sabía que con ella estaría mejor que con nadie. Se divertirían, aprendería muchísimo, comerían cosas ricas y dormirían juntos... Adrien frunció el ceño. Todo eso también solía hacerlo con su papá y, la verdad, le extrañaba un poco no verlo por ahí. ¿No le habrían dejado entrar al Cielo a él también?
-Mami... –Adrien se mordió el labio, deteniéndose un momento. Mariah le miró, sin perder la calidez y el amor en la mirada -¿Vendrá papi a ver la casa con nosotros?
-No, cariño –Mariah volvió a alzarlo en sus brazos. Lo veía demasiado pequeño e indefenso para dejarlo solo. Quería disfrutar de él todo lo posible, recuperar los meses que habían perdido –Tu papá no puede venir.
-¡Oh! –El niño agachó la cabeza –Entonces, creo que se pondrá triste...
-No te preocupes por papá ahora, tesoro. Estoy segura de que muy pronto se va a poner bien –Mariah alzó una mano con solemnidad, como en aquel juego que Adrien y ella solían practicar antes de la separación -¡Palabra de mamá!
El niño rió con alegría. Sabia que su madre siempre decía la verdad, así que decidió que no iba a preocuparse por su papá. Aunque el hombre malo hubiera asegurado que su padre lo iba a pasar mal, Adrien se fiaba más de lo que dijo su mamá. ¡Era SU MAMÁ!
-Dime una cosa, Adrien. ¿Te gusta mucho tu colegio?
Mariah quería iniciar una conversación antes de llegar a la casa. Hacía tanto tiempo que no hablaba con Adrien, que la ansiedad estaba pudiendo con ella, a pesar de que lograba aparentar una serena calma con el objetivo de que su niño no se pusiera nervioso. Ella ya lo estaba por los dos, de eso no cabía duda.
-¡Sí, es muy bonito! –Adrien se agitó con nerviosismo. Definitivamente, su progenitora había sacado un buen tema de conversación –Y he sacado muy buenas notas.
-Ya lo sé, tesoro. Estoy muy orgullosa de ti –Adrien se irguió, contento, y Mariah le acarició el cabello –Y también sé que estuviste genial en la función de Navidad. Fuiste el mejor Fantasma de la Navidad Presente que puedo recordar.
-¿Me viste? –Adrien parecía algo sorprendido.
-¡Por supuesto que sí! No me lo hubiera perdido por nada del mundo.
-Entonces... ¿Es verdad que siempre me has estado cuidando?
Adrien habló con cierta timidez, como si se sintiera inseguro. Mariah lo estrechó con fuerza y abandonó un nuevo beso en la frente del niño. Podría pasarse toda la eternidad abrazándolo y besándolo.
-Siempre, tesoro –Mariah se quedó seria, comprendiendo los temores del niño –Aunque algunas veces creas que estás solo, te aseguro que yo siempre estoy contigo.
El pequeño sonrió, claramente aliviado, y apoyó la cabeza en el hombro de la mujer, con los ojos cerrados y totalmente relajado. Estaba tan a gusto que se hubiera quedado así para siempre.
-Papi también me cuida. ¿Lo sabías? –Mariah cabeceó, un deje de tristeza reflejado en sus pupilas –Es muy bueno, aunque algunas veces sea un poco gruñón.
-¡Uhm...! Eso es verdad –Mariah rió con suavidad –Debo reconocer que me enfadé un poco con él por no decirme que era un mago. Durante tus primeros cuatro años de vida, me volví loca sin poder entender qué te pasaba –Esa vez fue Adrien quién rió, poniéndose algo rojo. Sabía que, en algunas ocasiones, le había dado problemas a su mamá, aunque fuera de forma involuntaria –Pero no me equivoqué cuando dije que sería un buen padre. A tu papá le hacía mucha falta tener a alguien a quién querer. ¿Sabes?
Adrien se encogió de hombros. No entendía mucho de lo que su madre quería decirle, pero no importaba. Para él, bastaba con saber que su padre lo quería mucho y siempre lo protegía y le hacía regalos muy bonitos.
-Yo le quiero mucho –Adrien volvió a quedarse serio, recordando las palabras del hombre malo -¿Tú lo quieres?
-Muchísimo, Adrien. ¿Acaso no recuerdas cuando te expliqué de dónde venían los niños?
-De dos personas que se quieren mucho –Adrien se puso aún más rojo, temiendo que a su madre le molestara aquella pregunta.
-Entonces. ¿No crees que papá y yo debimos querernos muchísimos, si te tuvimos a ti? –Adrien cabeceó y sintió el nuevo abrazo materno –Olvida todas las cosas horribles que te dijo ese señor –Le susurró, acariciándole la espalda –Todo era mentira. Sólo quería hacerte daño, tesoro.
-Entonces... –Adrien iba a insistir en el tema pero, al ver los ojos brillantes de su madre, decidió que no merecía la pena hacerlo. Además, era lógico pensar que sus papás se quisieron mucho si tuvieron un hijo –Pero, ahora, papá quiere a Carole...
-¡Oh, sí! –Mariah rió suavemente –Yo diría que sí la quiere.
-Y. ¿No te enfadas por eso?
-¿Debería? –Mariah alzó una ceja. Caminaba a buen paso, pero Adrien tenía la sensación de que ella podía flotar en el aire. Era algo muy agradable –Papá y yo ya no podemos estar juntos, tesoro. Tú sabes que el Cielo está muy lejos –Adrien afirmó quedamente con la cabeza –Así que me alegra que haya encontrado a Carole. Es una buena candidata para estar con papá.
-Es buena conmigo. Yo también la quiero –Adrien se calló de repente, sintiendo que había dicho algo malo y, entonces, quiso rectificar -¡Pero te quiero más a ti, mami! De verdad...
-Eso ya lo sé, tesoro –La mujer lo estrechó con fuerza –Y no me molesta que sientas cariño por Carole. Está bien que lo hagas.
Adrien afirmó con la cabeza. Iba a añadir algo, pero descubrió que ya habían llegado frente a la bonita casa de madera. Tenía grandes ventanales por los que entraba la luz a raudales, un bonito jardín en la parte trasera, la que daba a la playa, y el columpio más hermoso que Adrien había visto nunca. Si su mamá no lo hubiera tenido cogido de la mano, hubiera salido corriendo para ir a jugar allí.
-¡Wow! –Fue lo único que pudo decir, totalmente fascinado por todo lo que veía -¿Tú vives aquí?
-Así es, Adrien –Mariah lo animó a caminar hacia el porche. Le encantaba observar las reacciones del pequeño. Siempre se había sentido atraído por las cosas nuevas, desde que era un bebé -¿Te gusta? Es como la casa que mis padres y yo teníamos en Francia. Solíamos pasar allí los veranos.
-¡Es genial! –Adrien correteó frente a la mujer, captando cada pequeño detalle de la vivienda. Su mente era un hervidero de ideas y, aunque un poco confuso, lograba ponerlas en orden –El tío Jerry me habló de la casa. Me ha prometido que algún día iremos a verla...
En esa ocasión, Mariah no dijo nada. Se limitó a cabecear, sin perder la sonrisa ni un segundo. Llevó a Adrien hasta una bancada situada junto a la puerta a la casita y se sentaron allí. Aunque hacía mucho sol, no hacía ni una pizca de calor. Todo era perfecto.
-Mami, tengo sed.
-¿En serio? –Mariah sentó al niño sobre sus rodillas. Fijó su vista en el mar y Adrien la imitó. Ahora sí, y eso era curioso, el pequeño pudo ver a algunas personas paseando por la playa. Parejas que se cogían de la mano, hombres acompañados por perros, niños ruidosos y ancianos solitarios. Era un poco raro, pero había tanta paz en el ambiente, que Adrien se sintió totalmente seguro -¿Qué te gustaría beber?
-¡Uhm...! –Adrien frunció el ceño, pensativo -¿Puedo pedir lo que quiera?
-Lo que quieras –Mariah bajó el tono de voz, como si fuera a hacer una confidencia –Sólo tienes que cerrar los ojos y desearlo con todas tus fuerzas.. En el Cielo, puedes tener lo que quieras, cuando tú quieras.
-¡Oh! ¡Es como en Hogwarts!
-Sí, más o menos –Mariah volvió a reír -¿Por qué no haces la prueba?
-¡Vale!
Adrien cerró los ojos y solicitó poder beberse un vaso gigantesco de limonada muy fría. Estaba seguro de que, cuando volviera a abrirlos, no vería nada ante él. A su madre no le gustaba que comiera cosas heladas, porque luego le daba dolor de cabeza y se ponía muy pesado, así que le sorprendió encontrarse lo que había pedido ahí delante, sobre una mesita de mimbre muy graciosa, con las patas en forma de pájaros. El niño dio un respingo y Mariah lo miró con condescendencia, tendiéndole la limonada animosamente.
-¿Ves? Ya te dije que podías pedir lo que quisieras.
Adrien se limitó a afirmar con la cabeza y comenzó a beber con ansiedad. Pronto, su sed estuvo saciada, después de tomar el refresco más delicioso que había tenido entre sus manos jamás. Estaba justo como a él le gustaba. Mientras tanto, Mariah lo había estado meciendo en sus rodillas, disfrutando de su presencia, sin necesidad de hacer o decir nada más.
-Mami. Antes has dicho que este sitio es el Cielo.
-Eso es, tesoro.
-Entonces. ¿Me he muerto, como te pasó a ti?
La duda en la voz estaba entremezclada con el temor. Mariah le dio media vuelta, para mirarlo a los ojos, y le besó la frente. A Adrien le pareció que ella se ponía un poco triste, aunque no supo decir si era porque él se había muerto o porque no lo había hecho. De cualquier forma, no contestó a su pregunta y Adrien no insistió. Si esa cuestión la hacía sentirse mal, él no dejaría que ocurriera. Ya habría tiempo para saciar su curiosidad.
-El Cielo es muy bonito –Adrien suspiró -¿Es aquí donde vienen todas las personas que se mueren?
-Así es, tesoro.
-¿Incluso las que han sido malas?
Mariah pareció reflexionar un momento. Se había mordido los labios, como cuando intentaba explicarle a Adrien algo especialmente difícil. A ella nunca había terminado de entender el funcionamiento del Cielo, pero intentaría conseguir que el niño la comprendiera.
-Verás, Adrien. Aquí, en el Cielo, las cosas no son como dice la gente ahí abajo –Y le guiñó un ojo, refiriéndose al lugar en el que antes estuvieran –Cuando una persona fallece, su alma necesita un lugar en el que descansar y, para eso, está el Cielo. Pero eso no significa que todo el mundo vaya al mismo sitio. Hay un Cielo para cada persona, un sitio perfecto donde está tranquilo y feliz, un lugar en el que no tiene que preocuparse por nada y sólo debe disfrutar y esperar a que sus seres queridos vengan a reunirse con ellos –Adrien la miraba con atención. Le gustaba cómo su mamá le contaba las historias. Solía complicarse menos que su papá –Algunas veces, las personas que se quieren tardan mucho en encontrarse, pero casi siempre los Cielos suelen converger en uno. –Adrien frunció el ceño y Mariah supo que no entendió bien –En mi cielo, Adrien, hay una playa, una casita preciosa y una brisa suave, pero también estás tú. Mi niño –Adrien rió.
-Entonces, en mi Cielo, tú también estás, mami.
-Eso es. ¿Ves cómo me has entendido? –Adrien afirmó efusivamente, contento por saber dónde se encontraba.
-¿Hay más gente a la que tú quieres aquí?
-¡Oh, ya lo creo! –Mariah señaló la playa. Adrien vio a una pareja de señores mayores que veían a un niño correr –Esos son mis padres y mi hermanito. Adrien.
-¡Oh! ¿Podemos ir a saludarles?
Adrien ya se había puesto en pie de un salto. Estaba realmente ansioso por conocer a la familia de su mamá, esa de la que tanto le había hablado su tío Jerry, pero la mano de su madre, asiéndole suavemente por la muñeca, lo detuvo.
-Aún no es el momento de ir a hablar con ellos, tesoro –Mariah parecía apenada, pero actuaba con firme determinación –Tendrás que esperar un tiempo. Lo siento.
-¡Oh! –Adrien no preguntó por qué. Sospechaba que eso entristecería a su mamá, así que volvió a sentarse junto a ella -¿Y las otras personas?
-¡Oh! A la mayoría de ellos no los conozco, aunque procuro hablar con alguien nuevo todos los días. Hay personas muy interesantes por aquí. Como ese señor –Señaló con un dedo a un anciano arrugado que dormitaba sentado bajo una especie de palmera siniestra –Se llama Tom y se pasa las horas ahí tirado, planeando cómo conquistar el mundo –Adrien rió, burlón. No le parecía que un señor tan poquita cosa fuera a conquistar nada –La gente no le hace mucho caso, la verdad, y está un poco solo.
-¿Por qué?
-Creo que es un poco engreído y prefiere no hablar con los demás, pero ya se acostumbrará a la idea de estar muerto –Mariah se encogió de hombros y dejó de mirar al anciano arrugado –Algún día, tú también podrás hacer amigos aquí. Ya lo verás.
-¿Por qué no puedo hacerlo ahora, mami?
Otra vez, la tristeza hizo acto de presencia en el rostro de la mujer. Adrien se sintió responsable y creyó que ella tampoco contestaría a esa pregunta pero, entonces, lo sentó sobre sus rodillas de nuevo y lo abrazó con más fuerza que nunca.
-Porque no puedes quedarte aquí, tesoro. Aún no ha llegado tu hora.
Albus Dumbledore atravesó la habitación dando grandes zancadas y, sin querer prestar demasiada atención al rostro derrotado de Severus Snape, se arrodilló junto al pequeño Adrien, que yacía en el suelo totalmente inmóvil, como si estuviera muerto. Durante un segundo, el anciano creyó que aquel fatal desenlace se había producido, pero cuando se inclinó sobre el pecho del niño, pudo escuchar los débiles latidos de un corazón infantil que luchaba por mantenerse con vida. El chiquillo estaba muy mal, era cierto, pero el alivio que sintió el mago fue indescriptible. Sacando su varita, musitó uno de los viejos hechizos que había aprendido durante los años que se vio obligado a estudiar medimagia. No curaría a Adrien; el veneno que Malfoy le había administrado parecía muy potente, pero al menos lo mantendría vivo un tiempo, ofreciéndoles la oportunidad de encontrar un antídoto antes de que Adrien no pudiera seguir enfrentado a la muerte. Un halo blanquecino rodeó el cuerpo del niño, que pareció llenar sus pulmones de aire un segundo, como si hubiera mejorado considerablemente, y a continuación se puso mucho más pálido que antes. El director de Hogwarts suspiró, confiando en la fortaleza del niño. Su hechizo era potente, pero no podía hacer milagros.
Sólo cuando se aseguró de que Adrien saldría con vida de la mansión Malfoy, Dumbledore alzó la mirada. Severus se había ocultado el rostro con ambas manos, inmerso en su atormentado mundo interior y ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, mientras que Remus Lupin y Ojoloco Moody habían llegado junto a Lucius Malfoy, inmovilizándolo con cuerdas invisibles hasta que los aurores llegaran. Pronto, la estancia se llenó de miembros de la Orden de Fénix y, tras dar las instrucciones pertinentes, Albus se acercó a su pupilo y le colocó una mano sobre el hombro con suma suavidad.
-Severus –El aludido se estremeció, alzando la cabeza. En muy pocas ocasiones, Dumbledore lo había visto tan abatido –Adrien...
-Debiste dejar que lo hiciera –Siseó entre dientes el ex-mortífago, poniéndose en pie y acercándose a Malfoy con la varita fuertemente apretada –Ha matado a mi hijo...
-No, Severus –Dumbledore se interpuso en su camino. Sospechaba que el hombre quería acabar con lo que no había podido hacer minutos antes y no iba a permitirlo –Adrien no está muerto.
-¡Claro que...!
Severus se disponía a rebatir aquella afirmación pero, inconscientemente, sus ojos se habían deslizado hasta su hijo, descubriendo que, efectivamente, respiraba. Su respiración era muy pesada y tenía el rictus fruncido, presa de un gran sufrimiento, pero estaba vivo, y eso era lo único que importaba ahora.
Olvidándose de Malfoy, Severus apartó al anciano director de su camino y fue junto a Adrien, alzándolo en brazos sin decir una palabra. Antes de que nadie pudiera reaccionar, el profesor de Pociones había desaparecido por la chimenea, rumbo a la enfermería de Hogwarts. Dumbledore llenó sus pulmones de aire, contento porque el hombre hubiera salido de su engaño, y se acercó a Moody, que parecía estar conteniendo las ganas de patear el rostro del inconsciente Lucius Malfoy.
-Alastor, ocúpate de todo hasta que lleguen los aurores –El veterano brujo afirmó con la cabeza y emitió un gruñido –Remus, creo que tu presencia es más necesaria en Hogwarts que aquí. Nos vamos.
Dumbledore y Lupin llegaban al colegio segundos después. Aparecieron directamente en la chimenea del despacho de la señora Pomfrey y, tras escuchar los bramidos de Snape, ambos supieron que el hombre se había recuperado de aquello que le preocupaba cuando llegaron a la mansión Malfoy. Intercambiando una mirada cómplice, ambos salieron de la habitación, encontrándose con una enfermería repleta de gente.
Jerry Bellefort seguía durmiendo tras los lienzos blancos. Poppy le había suministrado una potente poción para dormir sin soñar y el hombre estaría fuera de combate hasta el día siguiente, incluso si Snape seguía gritando de aquella mañana. La misma suerte correría el pequeño Josh, que seguía descansando junto a su madre. Carole se había puesto en pie cuando vio a Snape; estaba más pálida de lo normal y parecía tener sentimientos encontrados con respecto al hombre. El alivio y el enfado eran los más evidentes. Hagrid también rondaba por allí, vigilando que todo estuviera bien; en cuanto vio a Adrien, se abalanzó sobre él, mirándolo con ansiedad.
Poppy Pomfrey no necesitó escuchar demasiados alaridos para correr a hacerse cargo de su nuevo paciente. Era evidente que la actuación de Snape le resultaba molesta, pero ni loca le hubiera recriminado al hombre por su comportamiento. Aunque muchos pensaran lo contrario, ella aún se veía demasiado joven para morir. Con diligencia, hizo que pusieran al niño sobre una camilla y se mostró complacida cuando reconoció el hechizo que había lanzado Dumbledore. Por un segundo, pensó que el responsable era Severus, aunque no recordaba que el hombre tuviera conocimientos tan exhaustivos en medimagia; quizá, supiera algo de primeros auxilios, pero poco más. Por ello, cuando notó el gesto casi imperceptible del director, supo que era a él a quién debía hacer las preguntas.
-Adrien ha tomado alguna clase de veneno, Poppy –Explicó Dumbledore. Severus lo miró con el ceño fruncido un instante, molesto por no ser él quién diera las explicaciones, pero no dijo nada. Estaba demasiado ocupado mirando a Carole, quien se había acercado a ellos y observaba la escena con curiosidad. Un rato antes, Minerva McGonagall se había dignado a explicarle algo de lo ocurrido, pero la bruja había creído más conveniente dejar que fuera Snape quién se encargara de contarle cómo estaban las cosas a la muggle. Si él no quería hacerlo, siempre podían modificarle la memoria – Ignoramos cuál, pero he podido rescatar el recipiente en el que estaba contenido y me pondré a investigar de inmediato.
-Yo puedo encargarme de eso –Severus había dado un respingo. Se alegraba de que Albus hubiera recordado recoger el frasquito; se lo agradecía, de hecho, pero él era el experto en Pociones.
-Yo lo haré –Albus habló con vehemencia, mirándolo fijamente, y Snape supo que no cedería –Tú haces más falta aquí. Tienes que permanecer junto a Adrien y, además, están ellos –Señaló con la cabeza a los tres muggles. Por alguna razón, Severus no logró sostener la mirada de Carole –Tienes que explicarles lo que ha ocurrido.
Severus supo que sería inútil protestar, así que dio media vuelta y contempló con aprensión el rostro pálido de su hijo. Carole, que parecía dispuesta a hablar con él en ese instante, terminó por darse media vuelta. Había muchas cosas que exigirle a ese hombre, mentiría si dijera que no estaba enfadada con él, pero entendía que ese no era el momento más adecuado para hacerlo. Los reproches y las explicaciones vendrían cuando Adrien estuviera bien. No entendía mucho, pero sabía que el niño estaba grave y, aunque sus sentimientos con respecto a Severus fueran algo confusos, quería que el chiquillo estuviera bien. Lo quería demasiado, incluso después de lo ocurrido.
-Remus –Albus habló con suavidad –Será mejor que vayas a hablar con el señor Malfoy. Debe saber que su padre ha sido arrestado y que Adrien está a salvo.
Severus apretó los dientes al escuchar aquello. Si de él hubiera dependido, a esas horas Draco Malfoy estaría encerrado en la celda más oscura de Azkaban. Quizá, con el transcurso de los días, sus sentimientos de odio disminuyeran, cuando Adrien estuviera mejor, pero en ese momento, no podía dejar de culparlo por lo que había ocurrido. Por la cobardía del chico, su hijo estaba al borde de la muerte y, dadas las circunstancias, Snape estaba dispuesto a olvidarse de que era el padrino del chico para entregarlo a la justicia y vengar la mala suerte de Adrien. No obstante, se quedó callado y dejó que Lupin se marchara. El licántropo, siempre tan diplomático, suavizaría la situación hasta que todo aquello no pareciera más que un juego de niños. Ya quisiera verlo Severus en su lugar; posiblemente, actuaría con mucha más fiereza que él. Era en parte lobo, después de todo.
Remus se marchó con discreción y, mientras la señora Pomfrey se encargada de los primeros exámenes médicos de Adrien, el padre de éste y Dumbledore se hicieron a un lado para conversar.
-Me gustaría tener tu laboratorio a mi disposición. Me temo que hace demasiado tiempo que no practico Pociones –Dumbledore deslizó las palabras como si no tuvieran importancia. Era evidente que se esforzaba por relajar el ambiente y, en parte, lo logró.
-Insisto en participar en esto –Severus estaba tan tenso que hablaba entre dientes –Albus. Sabes que soy el mejor.
-No lo dudo, pero Adrien te necesita –Dumbledore miró al niño de soslayo. Le dolía verlo así, tan enfermo e indefenso, lo que contribuía a estar más seguro aún de sus palabras. Él también era bastante bueno en Pociones, se veía capaz de investigar aquel veneno, pero no de ofrecerle al niño lo que necesitaba. La protección de un padre –No te separes de él, Severus. Sostén su mano y háblale. Estoy seguro de que puede escucharte y, si despierta, lo mejor será que tú estés cerca de él. Estará asustado –Severus cabeceó, dándose por vencido –Y, si surgiera algún problema, prometo venir a avisarte –Le guiñó un ojo, buscando arrancarle una sonrisa al otro hombre. Comprensiblemente, no lo logró –Estoy seguro de que Adrien se va a recuperar. Es un niño fuerte.
Severus se limitó a suspirar. En ese momento, Poppy cubría el cuerpecito de su hijo con una sábana y corría por la enfermería recogiendo diversas pociones que, quizá, pudieran resultar de ayuda a corto plazo.
-¿Y Malfoy?
-Creo que podremos afirmar que, esta noche, dormirá en las mazmorras del Ministerio y, mañana, estará en Azkaban –Dumbledore carraspeó, algo incómodo por lo que estaba a punto de decir –Lo que pasó antes...
-No me arrepiento de haber intentado matarle –Severus apretó los dientes y miró al anciano con furia. No estaba dispuesto a dejar que le recriminaran aquello –Sólo lamento que tú aparecieras en el peor momento. Esa alimañaza merecía la muerte
Dumbledore se limitó a cabecear. En cualquier otra circunstancia, se hubiera sentido decepcionado con el hombre. Hacía ya mucho tiempo que Severus Snape le había jurado que no volvería a matar y, esa noche, había querido hacerlo, pero no podía culparle. Adrien estaba a punto de morir, así que el director no hizo objeciones. Dando media vuelta, echó un vistazo al resto de presentes en la enfermería y se marchó, dejando que Hagrid se quedara allí. Sabía que el guardabosques cuidaría de todos con dedicación, especialmente de los más pequeños.
Severus se acercó a la cama. Adrien parecía más tranquilo y respiraba acompasadamente, aunque era evidente que no estaba bien. Vio a Hagrid en pie al otro lado de la cama, y una manaza cubrió media cara del niño. Severus sonrió. Aquello era, sin duda alguna, un gesto de lo más tierno. Aunque no muchos de los que veían al semi-gigante pudiera decir de él que era tierno, por supuesto.
-Profesor –Dijo en un susurro, acariciando la mano del niño –La señorita Allerton ha estado preocupada.
Severus dirigió la mirada hasta la cama que ocupaba Josh. Carole seguía allí sentada, observando el rostro de su hijo con algo parecido a la aprensión, confundida y enfadada. Enfadada. Eso preocupaba al mago. Ella tenía derecho a estarlo, claro, pero eso no solucionaba las cosas. Snape sabía que Josh había estado en peligro, que Draco lo había salvado de una muerte segura. Era lógico pensar que Carole quisiera alejar al niño de todo aquello que supusiera una amenaza para él.
-Creo que iré a tranquilizarla –Severus carraspeó. No es que quisiera hacerlo, pero sentía que era su obligación –Cuida de Adrien, Hagrid.
El aludido afirmó con la cabeza. Sin duda alguna, Adrien no podía estar en mejores manos, así que Severus puso dejarlo con total tranquilidad. Caminando más lentamente de lo que era habitual en él, se acercó a la cama de Josh y se acomodó al lado de Carole, que lo miró de reojo pero no abrió la boca. Severus suspiró, sabiendo que no iba a ser fácil tratar con ella. ¡Y pensar que unas horas antes habían estado haciendo el amor! Ahora, las barreras existentes entre ellos parecían infranqueables, aunque Snape no era un hombre que se rindiera con facilidad.
-¿Cómo está?
Carole se tensó. Escuchar la voz grave del hombre la había puesto nerviosa y había aumentado su enojo. Con un gesto cansado, retiró un mechón de pelo rubio de la frente del niño y se echó hacia atrás, estirando la espalda e intentando relajar los músculos.
-La enfermera dice que está bien. Tenía un golpe en la cabeza, pero no era grave.
-Bien.
-¿Y Adrien? –Carole se apresuró a hablar, antes de que el brujo pudiera decir nada. Sabía que tendrían que charlar sobre todo lo que había ocurrido, pero no le resultaba fácil. Ni siquiera comprendía lo que estaba pasando a su alrededor; se veía incapaz de hacer las preguntas adecuadas, aunque tuviera cientos de dudas rondando por su cabeza.
-No lo sé –Severus suspiró. Su dolor no pasó desapercibido a la mujer, estrechó con fuerza la mano del hombre, mostrándole su apoyo incondicional. Al menos, hasta que Adrien estuviera bien –Está vivo. Durante un momento pensé que... –Severus agitó la cabeza –Espero que Albus encuentre el antídoto –La mujer alzó una ceja, interrogante –Lo han envenenado. Desconocemos la composición de dicho veneno, pero confío en que el director pueda...
Severus se quedó callado. Era él quién debía estar en el laboratorio en ese momento, investigando el veneno hasta quedar exhausto, pero sabía que el anciano mago tenía razón. Él hacía falta en la enfermería, no sólo por Adrien, también por los demás. Debía encontrar las palabras adecuadas para hablar con Carole porque, viéndola se daba cuenta de que la estaba perdiendo demasiado deprisa.
-Lamento que Josh haya estado en peligro –Musitó, contemplando el rostro del niño. Estaba siendo totalmente sincero. Aunque antes había sentido cierto aprecio por aquel chiquillo, sólo ahora se daba cuenta de que le tenía verdadero cariño. Y, a pesar de que su mente estaba en ese momento con Adrien, también le preocupaba lo que hubiera podido pasarle a Josh –No pensé que Malfoy fuera a atacarle a él. De haberlo sospechado, hubiera tomado medidas.
-No estoy segura de que debamos hablar sobre eso ahora –Carole también habló en susurros, pretendiendo no molestar a los enfermos y lograr cierto ambiente íntimo.
-Yo creo que este es un buen momento, Carole –Severus tragó aire, atrapándolo en sus pulmones unos segundos –Quizá, debí hablarte sobre todo esto antes, pero entiende que no es sencillo explicar que Adrien y yo somos... Magos.
Carole cerró los ojos. Realmente no había sido necesario que Snape dijera aquello, ella ya se había dado cuenta de que ocurrían cosas extrañas a su alrededor y les había encontrado una explicación, pero escuchar esas palabras de boca del hombre por el que empezaba a sentir algo, la dejaba demasiado aturdida. Porque, aunque hablar de magos y hechizos sonara a cuento de hadas, ella estaba viviendo uno de esos cuentos en carne propia y, a pesar de las circunstancias, ese mundo no le desagradaba. Le parecía interesante.
-Magos... –Repitió ella, agitando la cabeza –Suena bastante absurdo, Severus.
-Tal vez, pero no puedes negar que esté diciendo la verdad –Severus sonrió forzadamente y extendió una mano para abarcar toda la enfermería con su gesto –Pensé que podía separar esto de la otra parte de mi vida, la muggle, pero me equivoqué. Malfoy no estaba dispuesto a dejar que lo hiciera.
-¿El hombre que se llevó a los niños? –Severus afirmó con la cabeza -¿Por qué?
-Supongo que por mí. Hace poco tiempo, el mundo mágico estuvo en guerra y creo que Lucius se sintió traicionado –Severus carraspeó –Podría decirse que mi papel en el conflicto no fue heroico. Podría entrar en detalles, pero baste decir que fui un espía de Dumbledore y que Malfoy trabajaba para el otro bando. Al perder la guerra, el rencor y la impotencia han debido... Diría que enloquecerle, pero no creo que esté loco. Supongo que quiere llevarse a todos los que pueda por delante antes de caer.
Carole guardó silencio un par de minutos. Todo eso era demasiado confuso, Severus le hablaba de guerra, espías y venganzas como si fueran una constante en su vida, y ella no sabía si quería escuchar todo aquello o si estaba preparada para hacerlo. De haber podido, hubiera salido corriendo para pensar tranquilamente en esa historia, pero se quedó inmóvil, intentando ordenar la información de su cabeza. Quizá, en otro momento se animara a preguntarle a Snape por los detalles, pero dudaba que fuera a dárselos ahora. Sin duda, el brujo había dicho lo que quería y no habría forma humana de sonsacarle nada más.
-¿Y eligió a dos niños para vengarse de ti? –Carole torció el gesto y se aferró a la mano de su hijo.
-Adrien era su único objetivo. Si se llevó a Josh fue porque quiso defenderlo –Severus sonrió con ternura. Realmente los mocosos no exageraban cuando afirmaban que eran hermanos –Me alegra que esté bien, Carole. Ninguno de los dos es responsable de nada, pero Josh menos que nadie.
Carole afirmó con la cabeza y dejó escapar una lágrima angustiada que rodó por su mejilla y que Severus se atrevió a enjugar. Lamentablemente para él, la mujer rechazó el gesto, marcando las distancias que los alejarían una vez hubiera pasado todo.
-Será mejor que vuelva con Adrien –El brujo se puso en pie, más herido de lo que pudiera parecer –Si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que pedirlo.
Ella se limitó a aceptar la oferta con una sonrisa amable. La frialdad que destilaba ahogó a Severus, que volvió junto a su niño algo atolondrado. No es que la reacción de ella le pillara por sorpresa, pero eso no significaba que fuera a doler menos. Él no era muy dado a mostrar abiertamente sus sentimientos y, cada vez que lo hacía, todo terminaba de mala manera. Incluso con Adrien. Lo necesitaba tanto a su lado, que se sentía morir sin él.
-¿No puedo? –Adrien estaba angustiado. Ahora que había encontrado a su mamá de nuevo, ella le decía que tenía que marcharse del Cielo, con lo bonito que era y lo a gusto que estaba allí -¿Vendrás conmigo?
-No, tesoro. Este es mi lugar. Yo pertenezco a aquí.
-Pero –Adrien sollozó y Mariah sintió que le partía el alma ver sufrir a su pequeño. Hubiera querido protegerle de ese dolor, pero el niño debía saber lo que iba a pasar. Debía aceptarlo –Quiero estar contigo, mami –La abrazó todo lo fuerte que pudo, creyendo que, así, la mujer no podría negarle lo que le pedía –Te echo mucho de menos.
-Lo siento, cariño. Pero las cosas son así –Mariah luchaba por controlar las lágrimas, sabiendo que debía mostrarse fuerte –No podemos hacer nada por cambiarlo.
Adrien pareció dispuesto a protestar de nuevo, pero guardó silencio. Sabía que si su madre decía todas esas cosas, era porque eran ciertas. Sin duda, a ella también le hubiera gustado poder estar juntos siempre, pero no podían. Pertenecían a sitios diferentes.
-¿Tengo que irme ya, mami?
-Pronto –Mariah le secó las mejillas humedecidas con las palmas de las manos y le besó la frente de nuevo. Pasaría la eternidad haciendo aquello y ni siquiera se daría cuenta del paso del tiempo –Pero, mientras tanto. ¿Qué te parece si vamos a jugar? Aquí cerca hay un carrusel precioso y, lo mejor de todo es que, por más vueltas que des, no te mareas nunca.
-¿Nunca?
-Esto es el Cielo, tesoro –Mariah le guiñó un ojo, dejándolo en el suelo- No lo olvides.
Los primeros rayos de sol golpearon el rostro de Jerry Bellefort. El hombre llenó sus pulmones de aire y estiró los brazos, disfrutando de un tranquilo despertar antes de recordar lo ocurrido durante el día anterior. Entonces, dio un salto en la cama y miró a su alrededor con aire confundido, mesándose los cabellos y entornando los ojos. No reconocía aquella enorme estancia; aquella no era la casa de Snape y, en un principio, sintió cierto grado de temor. Hasta que, a unos metros de distancia, reconoció la figura de Severus, en pie junto al lecho de alguien que dormitaba cubierto por una gruesa manta. Jerry sólo necesitó aguzar la vista un poco más para atisbar la negra cabellera de su sobrino.
-¡Adrien!
Jerry se levantó bruscamente, obviando el dolor lacerante que le cortó la respiración. Los efectos de la maldición que le lanzara Lucius Malfoy perdurarían durante un par de días, pero el hombre parecía estar en buen estado, a juzgar por la velocidad con que cruzó la enfermería hasta llegar junto a la cama de Adrien y observar al niño con desesperación.
Un Severus agotado y preocupado alzó la cabeza e intercambió una mirada cómplice con el muggle. Era la primera vez que se sentía verdaderamente unido a ese hombre, la primera vez que sentía un respeto sincero por él. Después de todo, Jerry había hecho todo lo que estuvo en su mano por intentar salvar a su hijo. Había arriesgado su vida por Adrien y, si Severus había tenido alguna duda sobre si debía o no confiar en ese hombre, ahora era más que evidente que el niño estaría totalmente a salvo con él. Si es que salía bien parado, claro.
-Está... Está...
-Grave –Severus habló con firmeza, aunque no sonó rudo como en otras ocasiones. Observó a Jerry mientras se arrodillaba junto a la cama, abatido y sin fuerzas, y sintió compasión por él. Si había alguien más preocupado que Snape, ese era el muggle que tenía frente a sus ojos –Pero confiamos en que pueda recuperarse. Dumbledore está trabajando en ello.
Jerry cabeceó. Con los ojos cerrados, apoyó la cabeza en el brazo de Adrien y suspiró. Cuando volvió a mirar a Severus, tenía los ojos enrojecidos y un par de lágrimas rebeldes rodaban por sus mejillas.
-Lo siento tanto, Snape –Musitó. Era evidente que se sentía culpable, cuando no tenía ningún motivo para hacerlo –Intenté evitar que se los llevara, pero no... No sé que pasó...
-Deja de atormentarte –Espetó Severus entre dientes. No le resultaba fácil consolar al otro hombre porque él lo estaba pasando aún peor y porque, además, nunca había hecho nada parecido a ofrecer consuelo. No le fue necesario –Hiciste más de lo que yo hubiera esperado, pero no tenías ninguna posibilidad frente a Malfoy. Ningún muggle hubiera podido enfrentarse a la magia.
-Erré el tiro –Confesó Jerry tras unos segundos de silencio, durante los cuales, ambos hombres habían estado mirando al niño –Si hubiera tenido mejor puntería, nada de esto hubiera ocurrido. Ese tipo estaría muerto y... Pero fallé.
-En tal caso, es mejor que fallaras –Severus tomó asiento. Los hombres estaban uno frente al otro, separados por la cama y el cuerpo de Adrien. El pecho del niño se alzaba acompasadamente, señal de que estaba respirando. Quizá, el veneno hubiera dejado de atacar con la misma velocidad de antes, lo que les daba unas cuantas horas más de tiempo -¿Has matado a alguien alguna vez? Porque te puedo asegurar que no es fácil.
Jerry reflexionó. Por alguna razón, no le resultaba difícil imaginarse a Severus Snape matando a otra persona. Aquello había sido una especie de confidencia, algo que no habían tenido antes, y Jerry se sintió con fuerzas para hablar sobre sí mismo. De hecho, después de lo ocurrido, necesitaba hacerlo.
-Sí he matado –Dijo con voz queda. Severus lo miró con sorpresa, como si no diera crédito a lo que oía –A mi hermano Adrien –Severus parpadeó, pero Jerry no le dio tiempo a decir nada. El muggle acababa de abrir la caja de Pandora y ya no había fuerza capaz de hacerlo callar –Él tenía cinco años, Mariah diez y yo quince. Estábamos veraneando en la playa y yo tenía un grupo de amigotes, ya sabes... Solíamos ir a un lugar aislado, poníamos música y bebíamos cerveza hasta desmayarnos. A mis padres no les gustaba que yo saliera con aquellos chicos, pero tampoco me lo prohibieron. Pasábamos todo el año en París, yo había sacado buenas notas y, bueno, supongo que creían que merecía un premio –El hombre sonrió con tristeza y se incorporó de nuevo, dando un pequeño paseo para relajarse –Aquella tarde, Mariah se puso enferma y mis padres decidieron llevarla al hospital para asegurase de que no tenía nada más grave que una gastroenteritis. Yo debía cuidar a Adrien. Y no me hacía gracia. Para mí, mis hermanos pequeños no eran más que dos mocosos molestos y Adrien más, porque necesitaba cuidados constantes –Se quedó callado un segundo y Severus hubiera jurado que no iba a seguir hablando –Mis amigos vinieron a buscarme. Yo no pensaba ir, pero era el cumpleaños de uno de ellos y... Supongo que me comporté como un idiota –Rió, con tanta amargura que Severus sintió la culpa que guardaba dentro –Lo llevé con nosotros. Fuimos a nuestro lugar de reuniones, junto a unos acantilados, e hicimos lo de siempre... Dejé a Adrien junto a las rocas y le pedí que no se moviera de allí, pero sólo era un niño –Se dejó caer en otra silla, cubriéndose el rostro con las manos –Tenía una pelota de playa. Estuvo jugando con ella, pero se le escapó y fue al agua. Cuando me di cuenta de que se había metido al mar, ya estaba lejos. Sabía nadar, pero no lo suficiente. Intenté llegar y, por un segundo, pensé que lo había conseguido. Lo pude agarrar de una mano, pero una ola –Se quedó callado y sollozó, aferrando al brazo de Adrien –Se me escapó. Se golpeó contra las rocas y lo arrastró la corriente. No pude hacer nada. Lo encontraron dos días después.
Severus no sabía qué decir. Su mente se había quedado totalmente en blanco, pero estaba seguro de una cosa. Ese hombre que tenía frente a sí había estado pagando la penitencia por la muerte de su hermano durante veinte años.
-Mis padres me culparon –Otra vez la sonrisa cínica y el gesto amargo –Mi madre cayó en una depresión y se negó a verme, aún en su lecho de muerte. La última palabra que me dijo fue Asesino –Se enjugó una lágrima y recompuso su figura –Después, mi padre decidió alejar a Mariah de mí y vino a Inglaterra con ella. Tenía que atender los negocios y me dejaron solo. A pesar de todo, costeó mis estudios y se preocupó porque no me faltara nada, pero no volvimos a tener relación. Supongo que yo me llené de rencor, contra el mundo y contra mí mismo, y me desquité con la persona menos responsable de todo.
-Mariah –Añadió Severus, comprendiendo en cierta forma las acciones del hombre.
-Ella quiso estrechar nuestra relación, sobre todo a raíz de la muerte de mi padre, y yo pensé que... En fin, pensé un montón de estupideces, eso está claro, y me las arreglé para... –Un nuevo suspiro. Ahora, además de dolor, había vergüenza –Me aproveché de que era menor de edad para quitarle su dinero. Tuve malas mañas desde muy joven, y ella vino a verme. Discutimos y, por primera vez en su vida, Mariah me echó en cara la muerte de Adrien. Después de eso, pasamos unos años sin hablarnos, hasta que ella intentó retomar el contacto. A mí me hacía falta, pero siempre fui orgulloso y, ahora me doy cuenta, un completo imbécil. Hubiera podido recuperar a mi hermana con sólo responder a una de sus cartas y no lo hice –Miró a Adrien con intensidad. Se moría de ganas por tocarlo, pero no se sentía digno de hacerlo –Cuando supe que había tenido un niño, cogí el primer avión a Londres y fui al hospital. Vi a Adrien a escondidas, estaba decidido a hablar con mi hermana, pero una enfermera me dijo el nombre que escogió para el niño y... Es estúpido, pero no pude. Muchas veces quise volver. Cuando supe que enfermó y... Pero no podía –Jerry suspiró de nuevo, ligeramente más tranquilo- Después, murió. No tuve el valor para asistir al funeral. Sentía que le había fallado y no consideré apropiado ir. Ni por mí, ni por Mariah, ni por Adrien. Yo no quería tener relación con él. Cuando recibí aquella caja de mi hermana, la que le traje al niño hace unos meses, decidí que cumplir con el último deseo de Mariah me ayudaría a romper definitivamente con mi pasado, y casi lo consigo. Pero, entonces, vi a Adrien y... No tienes ni idea de lo mucho que se parece a mi hermano –Jerry contempló el rostro de su sobrino con aire melancólico –Él tiene el pelo y los ojos más oscuros, pero muchas veces me ha parecido tener a mi hermanito otra vez conmigo.
"A pesar de todos los errores que he cometido en el pasado, puedo asegurarte que quiero a Adrien. Al principio, pensé que me serviría para reconciliarme con Mariah y, en cierta forma, con mi hermano, pero ahora, sólo veo en él al niño que es. He dejado de buscar perdón. Ahora, sólo quiero estar cerca de él, verlo crecer y disfrutar de una familia –Jerry clavó sus ojos en los de Severus –Echo mucho de menos tener una familia. Tanto, que incluso estoy dispuesto a soportarte, Severus.
El brujo sonrió. Aquel había sido un buen momento para esa especie de broma extraña, y el brujo inclinó la cabeza en señal de reconocimiento. Los escasos lazos existentes entre ellos, se habían estrechado lo suficiente a lo largo de esos minutos, como para permitir una relación más cordial y de plena confianza y, aunque Snape no estuviera acostumbrado a ser amable, iba a procurar ser más... agradable con ese hombre. No sólo por Adrien, sino por él mismo, porque, en cierta forma, Jerry ya era parte de su familia.
-Creo que yo también podría hacer un esfuerzo –Severus torció el gesto –Hasta ahora, no has demostrado un mal tino con el niño. Te quiere más de lo que me gustaría, así que supongo que has debido hacer algo bien –El brujo acarició los cabellos de su hijo –Y, en cuanto a lo de tu hermano, eso no es matar –Jerry lo miró sorprendido –Matar, es ponerte en pie frente a una persona y asesinarla a sangre fría. Lo que ocurrió con ese niño, fue un accidente. Provocado por una irresponsabilidad, claro está, pero un accidente al fin y al cabo. Después de todo. ¿Qué chico de quince años no es irresponsable? –Jerry bajó la cabeza. Había escuchado demasiadas veces ese mismo discurso como para dejarse convencer, pero desde que estaba su sobrino, podía convivir pacíficamente con sus malos recuerdos.
Jerry estiró los brazos. Los hombres permanecieron en silencio unos minutos, vigilando a Adrien con aprensión. Cada vez que el pequeño se movía, por el motivo que fuera, ambos se ponían tensos y suspiraban aliviados al comprobar que estaba bien.
-¿Qué fue lo que pasó? –Preguntó finalmente Jerry, y Severus supo que tenía un larga historia que contar.
Su madre tenía razón. Adrien llevaba subido en el tiovivo muchísimo rato, y en ningún momento se había sentido mal. De hecho, no recordaba ni una sola vez en la que se hubiera divertido tanto como ese día. Saludaba a su madre con una mano cada vez que pasaba frente a ella, riendo alegre ante las muecas divertidas que ella tenía preparadas, y disfrutaba del aire fresco golpeando su rostro. Lamentablemente, todo lo que empieza tiene que terminar y Adrien tuvo que abandonar el caballito de colores que le había servido de transporte, dejando que su mamá lo cogiera en brazos y le achuchara con su habitual efusividad. Adrien rió tanto, que la barriga le dolía y los ojos le lloraban, pero no importaba. Se sentía muy feliz,. el Cielo era el lugar más genial del mundo entero. Más aún cuando, después de subirse en la atracción de feria, su madre le dejó comerse una hamburguesa y un helado enorme de chocolate. Adrien descubrió que podía comer todo lo que quisiera sin ponerse enfermo, lo que sólo contribuía a que el Cielo le parecía un sitio cada vez mejor. Estando allí, no entendía por qué a la gente le daba tanto miedo morirse. Cuando a él le llegara la hora, no sentiría ningún temor. Después de todo, su madre iba a estar esperándolo.
-¿Qué te gustaría hacer ahora? –Preguntó Mariah, cuando Adrien logró espantar a las docenas de palomas que amenazaban con comérselo si no les echaba migas de pan muy deprisa. En el horizonte, el sol comenzaba a ponerse y, aunque nadie se lo había dicho, el niño sabía que tendría que irse en cuanto se hiciera de noche. Y quería aprovechar todo ese tiempo con su mamá.
-¿Podemos volver a la casa? –Inquirió, cogiéndose a su mano y sonriendo –Quiero bañarme y que me cuentes un cuento antes de ir a dormir.
Mariah cabeceó. Comprendía las intenciones del niño y le sorprendía las conclusiones que había sido capaz de sacar. Les quedaba muy poco tiempo para disfrutar y, aunque en cierta forma eso apenaba a Mariah, también la alegraba. Adrien era demasiado pequeño para morir. Le quedaban muchas cosas por hacer en su vida y, además, tenía un buen puñado de personas de las que cuidar
-Claro que podemos, tesoro –Lo cogió en brazos de nuevo, caminando con tranquilidad por las calles de aquel maravilloso lugar. El Cielo, era como estar viviendo un cuento de hadas. Adrien se dio cuenta de que olía a primavera y, cuando apoyó la cabeza en el hombro de su madre, estuvo a punto de dormirse. Estaba tan a gusto allí... Era una pena que su papá no hubiera estado allí para disfrutar todos juntos de ese día.
Llegaron a la casita en unos pocos minutos y, cumpliendo los deseos de Adrien. Mariah llenó una enorme bañera de agua y lo dejó jugar allí hasta que la piel quedó perfectamente perfumada y arrugada como la de un anciano. Ella quedó empapada, por supuesto, y a Adrien le encantó ver cómo se envolvía la cabeza con una toalla amarilla. Esa era otra de las escenas que el pequeño conservaba en su memoria, la de su mamá recién salida de la ducha.
Después del baño, Mariah le colocó un pijama de hilo y lo metió en una cama blandita y calentita. Ahora venía la parte que más gustaba a Adrien: la de los cuentos. La mujer se acomodó junto a él, dejando que el niño se apoyara en su regazo, y la escuchó atentamente mientras ella leía una bonita historia de princesas, dragones, hadas madrinas y caballeros de reluciente armadura. Era una historia apasionante y Adrien casi podía ver las escenas pasar ante sus ojos. Nunca antes había disfrutado tanto de un cuento. Quizá, su papá podría aprender a relatarlos de la misma forma que su mamá. ¿Quién sabe?
-Es hora de dormir, tesoro –Mariah lo ayudó a tumbarse, recostándose a su lado -¿Te lo has pasado bien?
-Mucho... ¿Podremos repetirlo, mami?
-¡Oh, cariño! –Mariah rió, acariciándole la mejilla –Todavía falta mucho para que vuelvas al Cielo, pero yo estaré esperándote cuando llegue el momento. Te lo prometo.
-¿Estarás con los abuelitos y con el tío Adrien?
-Eso es, tesoro. Estaremos todos juntos, cuidándoos al tío Jerry y a ti.
-¿Al tío Jerry? ¡Pero si él es muy mayor!
-¡Oh! –Mariah rió ante el gesto desdeñoso del pequeño –Pero eso no significa que no necesite que alguien lo cuide. De hecho, hay un encargo que quiero hacerte para que el tío Jerry se sienta mejor.
-¿Es un encargo difícil? –Adrien frunció el ceño, preocupado por no poder cumplir con la petición de su madre.
-No lo es, tesoro, no te preocupes –Mariah no podía dejar de sonreír. Era su niño, y les quedaba tan poco tiempo... –Sólo tienes que decirle que la abuelita Amelie quiere mucho a su gusanito
-¿Gusanito? –Adrien no terminó de entender, pero se limitó a encogerse de hombros –Vale. Se lo diré.
-Te lo agradeceré mucho, tesoro –Mariah lo abrazó con fuerza, para no volver a soltarlo –También quisiera que le digas a papá que lo está haciendo muy bien. ¿Lo harás?
-Sí.
-Bien –Mariah apagó la luz y lo instó a dormir –Te quiero mucho, tesoro.
-Yo también te quiero mucho, mami.
Después, Adrien se quedó dormido. Mariah lo observó durante unos segundos, sintiéndose agradecida con el mundo por haberle dado aquella maravillosa oportunidad. Ahora, la espera sería mucho más corta.
Albus Dumbledore recordaba perfectamente la primera clase de Pociones que tuvo en su vida. Maude Steinberg, su profesora en aquel entonces, había sido una mujer hermosa y, aunque a la tierna edad de once años no se había fijado en el tremendo escote que lucía la mujer, para disgusto de la mayor parte de la sociedad de la época, Albus se había quedado prendado de ella. Era guapa y el mago se enamoró de ella, de sus ojos azules y su sonrisa cándida. Era, por decirlo de alguna forma, el contrapunto de Severus Snape: una profesora paciente, dulce y preocupada por sus alumnos que solía obtener buenos resultados sin necesidad de apoyarse en el pánico. Albus había aprendido mucho de ella (sobre todo desde que cumplió los dieciséis años, y no en materia escolar precisamente), demostrando que era tan buen preparador de Pociones como experto en Magia Ancestral o en idiomas más o menos desconocidos.
A pesar de que habían pasado muchos desde la última vez que pasó más de diez minutos seguidos en un laboratorio, Dumbledore descubrió que no había perdido el toque y, esa noche, trabajó como nunca lo había hecho, separando los ingredientes del veneno que había preparado Lucius Malfoy, investigando sus respectivos efectos y, afortunadamente, encontrando el antídoto que los anularía uno a uno. Después de descubrir que el bezoar no hacía el efecto deseado, esa era la única esperanza que les quedaba. El anciano director sabía que iba a conseguirlo. Uno no era el mejor mago de la actualidad sólo por hacer un par de truquitos llamativos. Él era un mago completo, en todos los sentidos.
Poco después del amanecer, el rostro repleto de arrugas del hombre dibujó una sonrisa de felicidad. Lo tenía. Seguramente, Severus se sorprendería de que lo hubiera conseguido tan pronto, pero Malfoy no era tan bueno en Pociones como le había insinuado a Draco. De hecho, el chico tenía mucho más talento que él, seguramente heredado de su madre. Dumbledore recordaba que a Narcissa Malfoy no se le había dado del todo mal esa asignatura, aunque la maestría del chico parecía ser más bien innata. Cualquiera diría de él que era el hijo de su padrino...
Emprendió el rumbo a la enfermería caminando a buen ritmo. Algunos estudiantes se dirigían al Gran Comedor, para disfrutar de la primera comida del día, ajenos a la tragedia que sufría su profesor de Pociones. Dumbledore no les prestó demasiada atención. De hecho, iba tan ensimismado que chocó con un par de chicos, quienes se sorprendieron al no obtener una disculpa amable por parte de su director.
Cuando llegó a su destino, descubrió a Severus y a Jerry Bellefort agazapados junto a la cama de Adrien, mirando al niño con aprensión. Carole Allerton dormitaba al lado de su hijo, sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor. El cansancio era evidente en ella y Dumbledore decidió no molestarla. Hubiera querido interesarse por el estado del pequeño Josh, pero sabía de sobra que se encontraba perfectamente. Además, su prioridad era Adrien. Cuanto antes le administraran el antídoto, antes dejaría de correr el peligro de sufrir un desenlace fatal.
Snape salió a su encuentro en cuanto lo vio aparecer. Antes de que pudiera decir nada, Dumbledore le mostró la botellita que portaba entre sus dedos. Jerry se había puesto en pie, contemplando la escena expectante y en silencio. Severus frunció el ceño y cogió el tubito de cristal.
-¿Estás seguro de que funcionará?
-Lo hará –Dumbledore comprendía las dudas del profesor. Había esperado una pregunta así en cuanto lo vio acercarse a él. Quizá, en otras circunstancias, el hombre se hubiera interesado por el veneno y su composición, pero no ese día. No cuando era la vida de Adrien la que estaba en peligro. Ahora, sólo le importaba el antídoto. Sabía que podía confiar ciegamente en Albus. Sólo hubiera permitido que fuera él el encargado de preparar la solución que sujetaba con veneración. Sólo Dumbledore.
-Está bien –Severus suspiró y se giró para mirar a Jerry –Busca a la señora Pomfrey.
El muggle obedeció de inmediato. Normalmente, no aceptaba las órdenes de nadie, pero ese día poco importaban el orgullo, la soberbia o la vanidad. Corrió por la enfermería hasta alcanzar el despacho de la enfermera, despertando a Carole, quien alzó la cabeza con expresión somnolienta. En primer lugar, la mujer se aseguró de que Josh seguía estando bien. Después, miró hacia la cama de Adrien y vio a ese anciano administrándole un líquido rosado al niño. No quiso saber lo que era, pero estaba segura de que funcionaría. A juzgar por las expresiones del Dumbledore y Snape, ninguno de los dos le daría nada que pudiera hacerle daño alguno.
Carole los perdió de vista cuando la señora Pomfrey y Jerry pasaron frente a ella. Rodearon la cama de Adrien y, aunque la curiosidad era muy grande, la mujer entendía que su deber era estar junto a Josh. Cuando el niño despertara, sano y salvo, tendría tiempo para pensar en todo lo demás. Especialmente en Severus Snape.
Volvía a dolerle el estómago, pero Adrien sabía que no era por las hamburguesas y los helados que le había dado su mamá. La culpa de que se sintiera mal de nuevo era de ese señor horrible, Lucius Malfoy, por haberle dado esa bebida tan asquerosa que lo había dejado inconsciente.
Adrien también sabía que, cuando abriera los ojos, no estaría en la casita amarilla y roja, y que su mamá no se encontraría a su lado, llamándole tesoro y haciéndole reír con sus caras graciosas y sus palabras amorosas. Era una pena no poder volver a ver el Cielo, pero el niño entendía que ese no era su lugar. Tenía que cuidar de mucha gente. Su papá, el abuelo Albus, el tío Jerry, el primo Draco, Josh y Carole... Era mucho trabajo, pero le había prometido a su mamá que lo haría y pensaba cumplir su palabra.
Un gemido de dolor se escapó de sus labios sin que pudiera hacer nada por contenerlo. Notó una mano sobre su frente y le pareció que alguien lo llamaba con suavidad, instándole a abrir los ojos. Sintió una calidez totalmente mágica inundar su pequeño cuerpo y, aunque la tripa aún dolía, era mucho más soportable que antes. Adrien llenó sus pulmones de aire y escuchó de nuevo esa voz lejana. No sabía de quién era, pero sabía que la persona que estaba junto a él, acariciándole el cabello, estaba muy preocupada por él. Tenía que hacer un esfuerzo por despertarse. Sabía que estaba en una cama muy cómoda (aunque no tanto como la que tenía su mamá) y, ante todo, estaba seguro de que ya no corría ningún peligro.
Sus párpados temblaron ligeramente. Le estaba costando mucho trabajo despertarse... Y es que estaba tan cansado, que pensó que sería mejor seguir durmiendo un rato más. Tal vez, si tenía un poco de suerte, podría volver junto a su mamá. Sí. Eso era lo que debía hacer. Volver a dormirse para estar con ella, en ese lugar maravilloso donde todo parecía ser perfecto.
-Adrien, hijo. Despierta, por favor. Sé que puedes hacerlo.
Era su papá. Adrien dudó. Quería volver con su madre. La había echado mucho de menos y, además, el Cielo era genial, pero su papá parecía realmente desesperado. Había tanto miedo y dolor en su voz, que el niño pudo sentirlo como propio. Él no quería que su papá lo pasara mal. Ahora entendía que si su mamá le había dicho que él estaría bien, era porque estaban destinados a estar juntos. Adrien debía esforzarse un poco más, volver con su papá. Después de todo, su madre le había asegurado que estaría esperándolo allí y, ahora, el pequeño sabía que ella lo estaba cuidando todo el tiempo. Estaba casi seguro de que su papá lo necesitaba mucho más que ella y, por eso, lucho por abrir lo ojos. Era difícil, pero pudo hacerlo.
La luz le dañó las pupilas. Parpadeó, evitando los molestos rayos de sol. Escuchó una risotada alegre, mezclada con algo que parecía llanto, y vio a su papá. Era la primera vez que lo veía llorar de esa forma. De preocupación y alegría sublime al mismo tiempo.
-¡Adrien! –Severus apenas podía hablar. Estaba tan aliviado, tan feliz, que no sabía qué decir. Nunca en su vida se había sentido tan abrumado como ese día. Era todo tan horrible y tan maravilloso al mismo tiempo, que su corazón se agitaba con descontrol en su pecho, provocándole una serie de sentimientos que no podía identificar -¿Estás bien, hijo?
-Pa... pi –Adrien dejó escapar un nuevo gemido. Dolía, pero debía ser fuerte. Ya había logrado lo más difícil. Se había despertado, y tenía tantas cosas que decir, que se veía incapaz de esperar un segundo más –He visto a mi mamá.
-¿En serio? –Severus le sonrió con dulzura, ignorando la presencia alterada de Jerry, la ofuscada de la señora Pomfrey, y la más que serena de Dumbledore, que parecía muy satisfecho de sí mismo.
-En... En el Cielo –Adrien tenía la boca seca, pero poco le importó –Jugamos en los caballitos y me contó un cuento muy bonito.
-Me alegro mucho, Adrien. Ha tenido que ser un sueño muy bonito –Severus le besó la frente. El niño guardó silencio un momento. Su papá no entendía lo que le quería decir. Debía sacarlo de su error.
-Fue de verdad, papi. Estuvimos juntos. Ella me cuidó. Siempre me cuida, y me está esperando para cuando sea más mayor.
Severus y Jerry intercambiaron una mirada cómplice. Era una suerte que durante su convalecencia, Adrien no hubiera sufrido de ninguna forma. No recordaría los malos momentos pasados, lo que era de agradecer.
-Dijo que lo estás haciendo bien –Adrien miró con intensidad a su padre, que cabeceó y volvió a darle un beso, y a continuación, clavó sus ojos negros en Jerry. El muggle lo notó diferente, como si algo hubiera cambiado en el niño. Parecía más mayor y completamente en paz, como si fuera un ángel recién caído del cielo. En cierta forma, lo era. –La abuelita dice que sigues siendo su gusanito.
La sonrisa que adornaba el rostro de Jerry se borró. Severus alzó una ceja cuando el hombre se tambaleó, más pálido que las sábanas de la enfermería, y se apoyó en la pared, con las facciones desencajadas. Snape no entendía qué le pasaba, pero aquella palabra pronunciada por Adrien, parecía significar algo para él.
-Es una suerte que hayas estado con tu madre, Adrien –Albus, que había observado la escena con atención, tomó las riendas de la situación –Ahora, tienes que dormirte. ¿De acuerdo? Has estado muy enfermo y tienes que recobrar fuerzas.
-Sí, abuelito –El niño habló mansamente, acomodándose sobre la almohada -¿Josh y el primo Draco...?
-Están bien. Los tendrás aquí cuando despiertes.
-Bien.
Dando un largo bostezo, Adrien volvió a quedarse dormido. Severus se pasó entonces la mano por el pelo, suspirando profundamente. Lo peor había pasado y, ahora, debía preocuparse de otras cosas. Entre ellas, de Draco Malfoy. Todavía no sabía qué hacer con el chico, pero estaba seguro de una cosa: no podía perdonarle por haber puesto en peligro a Adrien. No tenía la más remota idea de lo que haría con él, pero el perdón no era una de sus preferencias.
Severus agitó la cabeza y miró al hombre que tenía delante: Jerry. El muggle seguía igual de pálido que antes y eso le intrigó. ¿Qué había dicho Adrien para que se pusiera así?
-Ha estado con Mariah –Musitó, antes de que Snape pudiera preguntarle nada.
-Sí, ha sido una suerte que haya tenido ese sueño –Severus cabeceó con gravedad, arropando al niño con cuidado –Esperemos que los recuerdos de lo ocurrido se vayan borrado poco a poco. No creo que sea seguro aplicarle un obliate. ¿Qué opinas, Albus?
-Que es más sano ayudarle a superarlo todo de forma natural –Dumbledore habló con calma, aunque le intrigaba mucho la actitud de Jerry Bellefort –Estoy seguro de que Adrien puede aprender mucho de lo que ha pasado.
-Ha estado con Mariah –Insistió Jerry, sin dar importancia a las palabras intercambiadas por los dos hombres. Severus le miró de mala gana, molesto con él. ¿Acaso no entendía lo que le estaban diciendo?. Entonces, el hombre habló para sí mismo –Adrien no tenía otra forma de saberlo.
-¿Qué? –Bufó Snape, sin ocultar el repentino mal humor que sentía.
-Que mi madre solía llamarme gusanito.
Jerry sonrió ampliamente tras decir eso. Severus se puso algo pálido entonces, pero no hubo nadie que le prestara atención. El alivio que destilaba la mirada del muggle era demasiado intenso como para pasar desapercibido.
Puff... Durante un par de días, pensé que no lo terminaría.
Sé que dije que iba a actualizar la semana pasada, pero he tenido unos problemas en el trabajo que me han tenido tan absorbida que no tenía tiempo ni para respirar. Menos mal que las cosas se van solucionando y puedo volver a escribir. A ver si puedo terminar el fic de un tirón, que le tengo ganas a la recta final de la historia. ¿He dicho antes que esto se acaba?
En fin... En el anterior capítulo, Adrien murió... O no. Esa fue la apreciación de Severus, por supuesto, pero evidentemente no estaba muerto. Si Snape hubiera estado menos nervioso, y la situación no hubiera sido tan tensa, se habría dado cuenta de que Adrien sólo estaba inconsciente, pero es que éste hombre no es él mismo cuando se trata del niño. Menos mal que ahí estaba Dumbledore para salvar la situación.
Tal vez, os haya parecido un poco raro que haya puesto al director a encontrar el antídoto para el veneno de Malfoy, pero necesitaba que Severus se quedara en la enfermería. Por motivos técnicos, las conversaciones con Carole y Jerry no podían tener lugar en otro sitio. Ellos son sólo muggle, no es que puedan pasearse por Hogwarts como si nada y, además, Albus Dumbledore es el mago más poderoso de la actualidad. Debe ser un genio en Pociones, que digo yo.
En cuanto a las partes de Mariah y Adrien, tenía ganas de escribirlas desde que empecé ha escribir la historia. Siempre he querido describir algo de la relación entre la madre y el hijo y, ante todo, presentar a Mariah de forma directa. Se pasan todo el tiempo hablando de ella, también tiene derecho a aparecer la mujer, pobrecita. ¡Oh! Que no se me olvide decir que la idea del "Cielo" que he expuesto no es mía. La he sacado de un libro que me encanta. Se llama "Desde mi cielo", como el capítulo, es de Alice Sebold y lo recomiendo muchísimo. Es la historia de una niña que es asesinada y va al Cielo, desde dónde puede observar a sus seres queridos y tal. Merece la pena leerla, así que ya estáis haciendo tarde ;)
En fin, creo que no me enrollo más. Como siempre digo, espero que os haya gustado. El capítulo ha quedado bastante largo, así que habréis tenido que desperdiciar unos momentos de vuestro valioso tiempo para leerlo. Muchas gracias por hacerlo. Ahora, dejo a vuestra elección lo de dejar comentarios o no (¿Cuánto tiempo hacía que no los pido? Ejem, ejem)
Nada más. Hasta dentro de poco (espero)
Cris Snape
