CAPÍTULO 47 Después del despertar
Draco no había pegado ojo en toda la noche. Desde que el profesor Lupin irrumpiera en el despacho, anunciándole que Adrien había sido rescatado, pero que estaba muy grave, el joven no pudo dejar de pensar en el pequeño. Deseaba con todas sus fuerzas que se recuperase. No sólo porque sabía que Snape era capaz de hacerle cualquier cosa horrible si Adrien moría. También porque necesitaba que el niño se pusiera bien. Le resultaba demasiado doloroso pensar que no fuera a superar lo que le había hecho su padre. Apreciaba a Adrien.
Hacía un rato que había amanecido, y nadie había ido a hablar con él. Ni siquiera la profesora Sprout, a pesar de que era su despacho el que le había servido de habitación aquella noche. Draco estaba en pie junto a la chimenea, moviéndose nerviosamente. Un elfo doméstico le había llevado algo de comida un rato antes, pero el joven no probó bocado. Miles de ideas absurdas rondaban por su mente. Veía a Adrien muerto, a Severus acusándole frente al Ministerio, a los aurores apresándolo y a sí mismo, pasando el resto de sus días en Azkaban, consumido por la inmundicia y el remordimiento. El corazón no le había latido sosegadamente en varias horas y había sudado tanto, que tenía el cabello pegado a las sienes. Definitivamente, no presentaba su mejor aspecto. Parecía más delgado que nunca y estaba tan ojeroso, que el gris de sus ojos se había vuelto negro.
Finalmente, la puerta del despacho se abrió. Draco hubiera esperado (querido) encontrarse con el rostro de McGonagall, incluso el de Lupin, pero nunca el de Snape.
El profesor de Pociones venía envuelto en una de sus características túnicas negras, aunque no presentaba el mismo aspecto impecable de siempre. Estaba pálido, aunque no tanto como el día anterior, cuando supo del secuestro, y tenía las mandíbulas apretadas y el ceño fruncido. Estaba enfadado. Draco se dio cuenta y no pudo evitar retroceder un par de pasos. Ese hombre nunca le había parecido tan peligroso como ese día.
Severus observó al muchacho mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para contener las ganas de estrangularlo. Había sido Dumbledore quién lo instó a ir a hablar con él. Aprovechando que Adrien disfrutaría de un par de horas de relajante sueño, el anciano director aconsejó a Snape que solucionara los asuntos pendientes, y Draco era uno de ellos. Le había costado un mundo abandonar la enfermería, pero sabía que dejaba a su hijo en buenas manos: Jerry no le quitaba ojo de encima, totalmente embobado y sin perder esa sonrisa patética que le había producido la palabra gusanito.
Severus debía reconocer que había retrasado todo lo que pudo en momento de hablar con Draco. Incluso se había peleado con Peeves, cosa que no hacía desde... Nunca. El posltergeirs había parecido claramente confundido cuando el profesor le lanzó un hechizo para evitar que soltara de sus anclajes una de las armaduras, aunque no había tardado en reaccionar y llenar el ambiente de insultos y burlas que hicieron que Severus recordara a Snivellus. Lo cual contribuyó irremediablemente a aumentar su mal humor. A Draco le tocaría pagar las consecuencias...
-Siéntate, Malfoy –Siseó peligrosamente. Tanto, que a Draco no le quedó más remedio que obedecer –Esperaba más de ti, pero es evidente que me equivoqué –Dijo sin más preámbulos, sonando todo lo hiriente que le fue posible –Te di una oportunidad. Creí que la merecías, pero has demostrado que tus lealtades no están conmigo –No permitió a Draco protestar –Eso no me importaría si no hubieras puesto en peligro la vida de Adrien. Por tu cobardía, he estado a punto de perder a mi hijo, y eso no te lo voy a perdonar nunca.
Draco retuvo el aire en sus pulmones. Ya había supuesto algo como eso. Sabía que Severus Snape nunca perdonaba. Podía proteger a aquellos que apreciaba hasta el fin, arriesgándose personalmente para librarlos de las amenazas, pero no perdonaba cuando le fallaban. Y él no sólo le había fallado. Casi habían matado a Adrien por su culpa. ¿Casi?
-¿Adrien está bien? –Inquirió en un hilo de voz. Temió una mala contestación, aunque Snape logró contener el veneno. Le había prometido a Dumbledore que no gritaría... ¡Ja! ¡Cómo si fuera fácil!
-Lo está –Espetó con crudeza –A partir de ahora, tienes totalmente prohibido acercarte a él.
-Pero...
-No hay excusa posible. Se acabó, Malfoy. Cualquier clase de relación cordial entre nosotros, será imposible a partir de hoy –Draco se quedó helado. Estaba perdiendo a su único apoyo de verdad y se sintió hundido. Pero eso no bastó para que Snape se apiadara de él –Y deberías estar agradecido. Lo único que ha impedido que avise al Ministerio, es que sacaste a Josh de esa casa –Torció el gesto –El día de mañana, no deberías olvidar que un muggle te salvó el pellejo. Espero que te ayude a reflexionar.
-Quise salvarlos a los dos –Protestó. Quería explicar por qué había actuado como lo hizo, pero tenía la sensación de que Snape era plenamente consciente de eso.
-No es suficiente. No cuando Adrien fue envenenado y continúa recuperándose. No me basta con que intentaras rectificar –Se produjo un breve instante de silencio –No te quiero cerca de mi hijo. Es mi última palabra.
Draco supo que no le serviría de nada poner objeciones. Se limitó a agachar la cabeza un instante, para luego posas su mirada en la pared, en cualquier lugar que le permitiría ocultar su pesadumbre. Procuró no volver a mirar a Snape. Escuchaba la respiración errática del hombre, consciente de que no había nada que pudiera decir para hacerle cambiar de opinión. Ahora, Severus Snape era su enemigo. Estaba seguro de que si volvía a cometer algún error, él personalmente se encargaría de entregarlo a las autoridades.
Segundos después, la puerta del despacho se cerraba enérgicamente. Draco sabía que su padrino se había ido y, repentinamente, se sintió más solo y vulnerable que nunca. Hasta ese momento, no había sabido apreciar realmente lo importante que ese hombre era para él.
No lo costó tanto esfuerzo abrir los ojos en esa ocasión. Adrien había estado dormido durante un tiempo indeterminado, y cuando sintió que su cuerpo recobraba su habitual energía infantil, se desperezó entre las blanquísimas sábanas de la enfermería de Hogwarts, ansioso por abandonar la cama y contarle al mundo todas las cosas que había hecho con su mamá. Curiosamente, no tenía miedo. Quizá, hubiera sido lógico pensar que el pequeño estaría aterrorizado después de todo lo ocurrido en la mansión Malfoy, pero tenía recuerdos mucho más fuertes que esos que le permitirían estar contento durante muchísimo, muchísimo tiempo. Además, ahora era estaba totalmente seguro de que no tenía motivos para estar asustado: su mamá lo estaba cuidando. Siempre.
Adrien esperaba ver el rostro de su padre en primer lugar, pero no fue así. Aunque había escuchado las voces de su papá y del tío Jerry antes de animarse a mover los párpados, la primera cara que vio fue la de Josh. El chiquillo le sonrió ampliamente y dio un saltito alegre, contento porque su hermano al fin se había recuperado. Todos le habían dicho que Adrien estaba bien, pero él sólo se quedó tranquilo cuando lo comprobó personalmente.
Adrien parpadeó y se fijó en su amigo. Nunca antes lo había visto tan despeinado (supuso que a la pobre Carole le llevaría horas desenmarañar los rebeldes rizos de Josh), y le encantó el pijama que llevaba puesto. Era de Toy Store. El pijama más chulo que Adrien había visto en mucho tiempo. Debía acordarse de lloriquear hasta que su papá le comprara uno...
-¡Adrien! –El niño dio un gritito y los adultos se quedaron callados, mirando a los chiquillos totalmente embobados. De repente, antes de que el otro niño pudiera reaccionar, tomó su mano y le hizo tocarle la parte posterior de la cabeza, donde había un chichón de tamaño considerable -¡Es una herida de guerra, Adrien! ¡Mi primera herida de guerra! ¿No es genial?
-¡Oh! –El pequeño Snape se incorporó. La expresión pasmada de los mayores, indicaba que ninguno de ellos había esperado que la conversación transcurriera por esos derroteros. Creían que los niños estarían asustados. A Josh le habían tenido que explicar una pequeña historia cargada de aventuras y heroicidades, y el pequeño se lo había tomado todo al pie de la letra. Cuando Adrien se puso de rodillas, palpándose el labio con despreocupación, supieron que no sería necesario inventarse un cuento para él -¡Yo también tengo una!
-¡Bien!
Los niños habían gritado al mismo tiempo y, totalmente extasiados, se olvidaron de que no debían saltar en la cama. Menos aún en la enfermería de la señora Pomfrey. La carcajada de Jerry (Snape había llegado a la conclusión de que ese hombre se había quedado totalmente idiotizado), resonó por las paredes de la amplísima estancia, acompañada por una leve risotada de Dumbledore, al que la actitud de los pequeños no le asombraba lo más mínimo. Después de todo, un discreto hechizo había logrado que la perspectiva de los pequeños cambiara sustancialmente respecto a los acontecimientos del día anterior. Severus parpadeó, sin poder negar que la escena que tenía ante sí le agradaba, y Carole se agitó nerviosa, algo incómoda en aquel mundo extraño que se había abierto ante ella de forma tan repentina.
De pronto, Adrien se quedó muy quieto. Estaban en Hogwarts. Había tardado un poco en darse cuenta, pero el colegio mágico era inconfundible. Descubrir ese hecho le inquietó un poco. ¿No se suponía que Josh y Carole no debían saber nada de la magia? Miró a su papá buscando una respuesta. Severus entornó los ojos, como si tratara de encontrar una explicación a la incertidumbre presente en las pupilas de su hijo, y se inclinó hacia delante cuando Adrien le pidió con un gesto que lo hiciera.
-Papi. ¿Ya le puedo decir a Josh que soy un mago?
-¡Uhm...! –Severus suspiró, enternecido por la ingenuidad del niño –Supongo que sí.
-¡Sí! –Adrien dio un salto aún más grande y, obviando las miradas preocupadas de los adultos, se bajó de la cama, animando a Josh a hacer lo mismo –Entonces, puedo enseñarle Hogwarts –Cogió a Josh de la mano, dispuesto a llevárselo de paseo en ese momento –Te hablaré de las Cuatro Casas. Veremos a los fantasmas y... ¡Oh, podremos visitar a Buckbeak! Ya verás que chulo es.
-¿Quién es Buckbeak?
Pero, antes de que Adrien pudiera responder, unos brazos fuertes lo alzaron del suelo.
-Ahora no podéis ir a ningún sitio –Severus habló con seriedad –Has estado enfermo. Necesitas descansar.
-Pero si no estoy cansado, papi. Y tampoco enfermo. Quiero que Josh vea Hogwarts...
-Podrás enseñárselo luego –Severus lo devolvió a la cama. Captó el gesto enfadado de los dos niños, pero no les prestó atención –Ahora, la señora Pomfrey te va a examinar y, después, tendrás que tomarte unas pociones y comer algo. ¿Entendido?
-¡Pero, papi! Será muy aburrido. Y estamos en Hogwarts...
Los ojos le brillaron como cada vez que pretendía obtener algo. Normalmente, se salía con la suya, pero no ese día. Severus había estado demasiado preocupado como para descuidar ahora la salud del pequeño, así que recurrió a su método más efectivo para hacerlo callar: se cruzó de brazos y entornó los ojos, fulminando al niño con la mirada. Efectivamente, Adrien guardó silencio, aunque claramente enfurruñado.
-Tal vez puedas contarnos a Josh y a mí cosas sobre las Cuatro Casas –Jerry intervino entonces, hablando con suavidad. ¡Al fin decía algo sensato el muy... muggle! –Y he oído algo sobre los lápices de colores mágicos. Tú ya sabes que me encanta dibujar.
Le guiñó un ojo al niño. Adrien sonrió y, después de un segundo de intensa reflexión, afirmó con la cabeza. Hubiera querido decirle a su tío que, aunque le encantara dibujar, sus monigotes eran los más horrendos que había visto nunca, pero supuso que eso podría hacer que el hombre se sintiera mal, así que se limitó a agradecerle en gesto con toda la efusividad que su enfado actual le permitía.
-¿Hay lápices de colores mágicos? –Josh había arrugado la nariz, buscando una explicación en la figura materna. Pero Carole estaba demasiado aturdida como para hacer el esfuerzo de, tan siquiera, mover un músculo.
Carole ignoraba en qué momento se había dejado convencer para bajar a las mazmorras de ese extraño castillo. Unos minutos antes, Severus Snape y ella salían de la enfermería, tras asegurarse de que los niños no harían otra cosa más que reírse de los patéticos dibujos de Jerry Bellefort durante toda la mañana. El hombre la había guiado por largos pasillos de piedra, adornados con armaduras y tapices y, aparentemente, desiertos. La mujer debía reconocer que se sentía totalmente fuera de lugar. Era una de los pocos muggles que habían tenido ocasión de visitar Hogwarts en los últimos tiempos, y su mente no terminaba de racionalizar la existencia de un lugar como aquel. Magia. Era extraño, absurdo y, a la vez, completamente real. Tenía la sensación de que en cualquier momento iba a despertarse de ese sueño misterioso, pero también tenía la certeza de que eso no ocurriría. Hacía mucho tiempo que no estaba tan despierta como ese día.
Severus se detuvo frente a una estatua tallada en piedra de aspecto bastante siniestro. Carole se preguntó por qué la había llevado hasta ese lugar, un largo y estrecho pasadizo de paredes negras, ornamentados con antorchas de llama (curiosamente) verdosa. Debía averiguar qué sustancia quemaban para que el fuego fuera de ese color...
Cuando Carole empezaba a pensar que ese hombre intentaba confundirla de alguna forma, para obtener quién sabía qué cosas de ella, Severus musitó unas palabras en latín que la mujer no comprendió, y la estatua se movió, dando entrada a un nuevo pasillo, más oscuro y siniestro aún que el anterior. Carole frunció el ceño con desconfianza, pero optó por aceptar la muda invitación de Snape para que caminara delante de ella.
Severus la observó atentamente mientras pasaba frente a él. Era la primera vez que permitía que alguien, que no fuera Dumbledore, entrara a sus estancias privadas en Hogwarts. Por supuesto, Carole no comprendería la importancia de aquel gesto, pero para él era realmente significativo. Quería aclarar las cosas con la mujer y, para hacerlo satisfactoriamente, necesitaba un lugar en el que se sintiera completamente cómodo. Y, dentro del colegio, no existía un sitio más apropiado que sus habitaciones.
Carole comprobó con satisfacción que ese nuevo pasillo era más corto que los otros, y pronto estuvo frente a una soberbia puerta de roble. Snape la hizo entrar y, durante unos segundos, la mujer sólo tuvo ojos para examinar la estancia que se expandía ante ella. Sobria, elegante y muy masculina. Evidentemente, la habitación de un hombre, realmente apropiada para alguien como Snape.
-¿Puedo ofrecerte algo? –Inquirió Severus con suavidad, deslizándose tras ella hasta alcanzar un mueble ubicado junto a la chimenea –Tengo algo de coñac y vino de Jerez. Aunque, tal vez, quieras probar el hidromiel.
-Coñac está bien –Carole suspiró. Definitivamente necesitaba beber algo. Y fumar. ¿Por qué demonios no había empezado a hacerlo siendo una adolescente? Un pitillo le vendría bien para calmar los nervios.
Severus sirvió dos copas. Sabía que se aproximaba una conversación difícil y, aunque le hubiera gustado retrasarla, disfrutar de unos minutos más de paz, afrontó los hechos con valor. Tras invitar a Carole a sentarse, se acomodó frente a ella y llenó sus pulmones de aire, buscando una forma adecuada de empezar con todo aquello.
-Tenemos mucho de lo que hablar –Carole lo miró con intensidad –Adrien está bien.
-Me alegro mucho, Severus –La mujer sonó calmada, aunque Severus podía notar la tensión agarrotando una buena parte de los músculos y huesos de su cuerpo –Ha sido una noche muy larga.
-Sí... Afortunadamente, Albus encontró el antídoto para contrarrestar el efecto del veneno que preparó Malfoy –Severus se encogió de hombros –Ya has visto a Adrien. Es maravilloso que los niños puedan olvidar las cosas malas tan deprisa. Hasta se sienten orgullos de sus heridas de guerra.
Carole no hizo ningún comentario. Realmente no tenía ni la menor idea de lo qué debía decir. Durante las horas predecesoras, había tenido mucho tiempo para pensar en todo lo ocurrido, pero sobre todo para pensar en Snape. Todo era muy extraño, pero le alegraba comprobar que aún tenía la capacidad de reflexionar.
-Necesito saber qué es lo que ha pasado –Carole hablaba con firmeza -Estoy echa un lío, Severus. No sé ni dónde me encuentro.
-Es normal que estés confundida. La magia debe ser extraña para ti...
-No me refiero a eso –Carole apretó los dientes y se puso en pie –Claro que el pensar en la magia me da... escalofríos, pero es algo que puede soportar. Estoy viendo este mundo, lo estoy palpando. Sé que es real y, aunque me asusta, me siento segura.
A Severus, esa revelación le sorprendió. Había esperado que la mujer se mostrara temerosa, que intentara buscar absurdas explicaciones para los extraños acontecimientos que habían tenido lugar en las últimas horas, pero no fue así. Posiblemente, Carole había estado tan angustiada, pensando en lo que pudo haberle ocurrido a Josh si no lo hubieran arrancado de las manos de Malfoy, que lo único que le importaba era que un mago lo había salvado. Sí, aunque ella tuviera motivos más que suficientes para temer a la magia, también los tenía para estarle agradecida y, quizá por eso, le resultaba más fácil asimilar la existencia de un mundo muy diferente al que siempre había conocido. Lo que Severus quería saber era lo qué intrigaba a la mujer, hasta el extremo de hacerla enfadar. Porque Carole estaba enfadada. El hombre podía leerlo en sus ojos y apreciarlo en cada uno de sus movimientos. Cortantes y fríos.
-Quisiera saber qué pasa contigo –Severus enderezó la cabeza. Era consciente de que en algún momento esa mujer haría preguntas y, aunque hubiera querido no tener que contestarlas, no le quedaba otro remedio más que ser sincero si no quería perder la extraña relación que los unía –Por qué ese hombre quería vengarse de ti. Y no me basta con la historia del espía. Necesito algo más, porque si estar contigo va a poner en peligro a Josh...
Se quedó callada en ese punto. Severus hubiera querido inventar alguna excusa, como siempre solía hacer cada vez que le preguntaban por su pasado, pero sabía que no podría satisfacer a esa mujer con alguna mentira improvisada. Quizá, hubiera sido mejor salir corriendo y posponer las explicaciones hasta que hubiese podido urdir alguna historia totalmente alejada de la realidad. Pero no lo hizo. Suspiró profundamente. Acababa de decidir que, si de verdad quería tener un futuro con Carole, lo menos que le debía era la verdad.
Comenzó a hablar con voz monótona, explicándole cosas que tan sólo Dumbledore conocía. Carole lo escuchó atentamente en cada momento, demostrando una serie de sentimientos que confundía y, en cierta forma, irritaban al hombre: compasión, enojo, incomprensión, desprecio... Aún así, ninguna de las miradas airadas de la mujer le hicieron detenerse y, cuando casi tres horas después terminaron de hablar, hacía mucho tiempo que la hora de la comida había pasado, aunque ninguno de los dos se había dado cuenta de ello.
Carole se había parapetado junto a la chimenea, encogida sobre sí misma y buscando el calor del vigoroso fuego que Severus había conjurado. Las mazmorras parecían más frías que nunca y, sentado en su viejo sillón, ése que tantas noches de descanso le había proporcionado, Snape volvió a sentirse sólo y desdichado. Hacía un rato que Carole no le miraba. Aún antes de que ella dijera nada, el brujo ya sabía lo que iba a pasar.
Después de la última palabra pronunciada por Severus, se produjo un silencio que duró más de lo que al hombre le hubiera gustado. Finalmente, Carole se dio media vuelta y lo miró fijamente. Aún enfadada. Casi angustiada.
-¿Aún te quedan enemigos libres?
En cierta forma, Severus había esperado una pregunta así. Después de todo, no había dudado a la hora de hablarle sobre Malfoy, los Lestrange o el resto de mortífagos que aún no habían sido atrapados. Aunque estaba casi seguro de que ninguno de ellos iría a molestarle (posiblemente estarían más ocupados planeando el asesinato de Potter o la forma de resucitar a su Señor), optó por no mentir. Quién dijo que la verdad te hacía libre, debía estar borracho o completamente loco.
-Siempre los tendré –Dijo con franqueza –Pero eso ya lo sabes.
Carole cerró los ojos. Por supuesto que lo sabía. Era imposible que un hombre con una vida como la de Snape se viera libre de personas hostiles. Ya fueran los antiguos aliados de ese tipo, lord Voldemort, o los familiares de aquellos que se convirtieron en víctimas por su culpa, Severus Snape nunca podría aspirar a vivir completamente en paz. Y, aunque lo lamentaba, ella no estaba segura de querer tener la misma clase de vida que ese hombre, por mucho aprecio que le tuviera. No cuando Josh podía estar en peligro. No podía consentir que su hijo volviera a sufrir daño alguno
-Necesito tiempo para pensar –Musitó con debilidad, antes de cerrarse todas las puertas y tomar una decisión de la que, posteriormente, podría arrepentirse –Tal vez, si dependiera únicamente de mí, las cosas serían diferentes, pero tengo un hijo, Severus –Carole lo escuchó respirar. Parecía estar librando una cruenta batalla contra sí mismo –Cuando supe que se lo habían llevado, cuando pensé que podrían haberle pasado algo... Supongo que tú debiste sentirte igual que yo, pero mi situación es diferente –Apretó los puños, sabiendo que iba a ser egoísta. Decidida a serlo por el bien de su hijo –Yo no puedo consentir que a Josh le pase nada, Severus. Quizá suene cruel, pero es inevitable que Adrien esté en peligro. Es tu hijo y posiblemente haya otros muchos como Malfoy. Y yo no quiero que vuelvan a dañar a mi hijo mientras van a por ti o a por Adrien. Lo siento.
-No tienes que sentir nada –Severus apretó las mandíbulas. Su rostro no reflejó emoción alguna. Estaba demasiado acostumbrado a ocultar sus sentimientos, así que no le resultó difícil ocultarse tras una máscara de absoluta frialdad –Si yo pudiera, haría lo mismo. Un hijo es lo más importante que nadie puede tener. Antes, no lo entendía, pero ahora que me siento capaz de hacer cualquier cosa para asegurarme de que Adrien esté bien y a salvo, no puedo ni deseo hacer nada para convencerte de que cambies tu decisión –Carraspeó. Por supuesto que quería persuadirla, pero no sería justo. Después de todo, había sido completamente sincero al asegurar que, en su situación, actuaría exactamente de la misma forma –Tómate todo el tiempo que quieras, Carole. Cuando estés preparada para tomar una decisión en firme, estaré encantado de escucharte.
Ella no dijo nada. Demostrando que había llegado el momento de marcharse, se dirigió hacia la puerta. Severus la siguió inmediatamente y, antes de salir, la detuvo sosteniéndola suavemente por el brazo.
-Sólo espero que dejes que los chicos se diviertan un rato por el colegio. Estoy seguro de que Josh lo encontrará todo altamente emocionante.
He aquí las dos escenas que me quedaban para completar con éxito el capítulo anterior. Espero que hayan sido de vuestro agrado y que perdonéis la brevedad del nuevo capi. Creo que sólo me ha servido de inflexión antes de llegar al final de toda la historia. Ahora sí puedo decir que faltan dos capítulos (tres si me extiendo mucho), así que sólo tendréis que esperar unos días hasta la nueva actualización y la cosa quedará vista para sentencia. No sabéis la pena que me está dando llegar al final :(
Nada más por mi parte.
Besos y hasta pronto, Cris Snape
