CAPÍTULO 48. Época de cambios.

Adrien cumplía cinco años.

Severus Snape había pasado un par de semanas de infarto, intentando averiguar qué podría regalarle a un niño que entraba en una edad tan complicada como aquella. Pedirle ayuda a Jerry Bellefort había sido inútil, puesto que el hombre había decidido reservar sus ideas para sí mismo. Aceptar las sugerencias de Albus Dumbledore, sería una locura. ¿Qué clase de persona podría afirmar que su regalo favorito eran unos calcetines? ¿Tendría eso algo que ver con el extraño presente navideño de Harry Potter? De cualquier forma, Severus no pensaba comprarle unos calcetines al niño.

Había dedicado bastante tiempo a ojear las fotografías y las cintas de video de Mariah. Ahí podía ver todos los obsequios que la mujer le había hecho al niño en sus cumpleaños. En su primer aniversario, le tocaron en suerte un par de muñecos y muchísima ropa, nada que un bebé tan pequeño pudiera apreciar realmente. En el segundo, un muñeco que contaba con un montón de funciones especiales, y que terminó abandonado en un rincón mientras Adrien jugaba con la caja y el corcho blanco que servía de embalaje. ¡Oh! ¡Y más ropa, por supuesto! En el tercer cumpleaños, montones de lápices de colores y cuadernos de dibujo; observando las paredes, Severus llegó a la conclusión de que el niño ya adoraba dibujar entonces. Y ropa, claro. El año anterior, Mariah había optado por regalarle un día de diversión en un parque de atracciones. Regresó a casa con una rodilla ensangrentada, después de tener un pequeño accidente en el tiovivo, montones de muñecos que le habían comprado los amigos de su madre, y ropa. Mucha ropa.

Después de ver todas las grabaciones, Severus llegó a una conclusión: debía comprarle prendas de vestir, pero no calcetines. Ya tenía demasiados, gracias a Dumbledore y sus costumbres extrañas. No obstante, el hombre estaba seguro de que la ropa no terminaría de hacerlo feliz. Querría juguetes o algo así, así que aquella tarde, decidió tomársela libre para ir al Callejón Diagón y comprar algo adecuado. Odiaba esas cosas. Las jugueterías no eran su lugar favorito del mundo mágico, eso por no hablar de lo ridículos que le parecían todos aquellos trastos. ¿Para qué querría un niño un Troll tamaño miniaturizado que gruñía y daba bastonazos? Absolutamente para nada. Aquella industria necesitaba un cambio urgente ( o una sección para padres que no tenían ni idea de que comprar)

Al menos, sabía las cosas que le gustaban a Adrien: los perritos (ya tenía a Black), las escobas voladoras (ni loco le compraba otra), todo lo relacionado con el dibujo (no cabía ni un solo pincel en los cajones de su dormitorio), y los videojuegos (eso sería cosa de Jerry, claro). Así pues, no le quedaban muchas opciones. Podría regalarle algún libro, ahora que sabía leer en condiciones o...

El rostro de Severus reflejó una sonrisa maliciosa. No necesitaba patearse el Callejón Diagón para saber lo que le regalaría a Adrien. Lo había tenido todo el tiempo en su propia casa y, aunque sería del todo irregular, haría al niño muy feliz, más que todos los juguetes del mundo juntos. Ya era hora de desempolvar la vieja varita que le sirvió para aprender magia...

Mientras regresaba a casa, Severus pudo meditar sobre todas las cosas que habían ocurrido en aquellos meses, unas más positivas que otras. En cuanto a lo bueno, la recuperación de Adrien era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. El niño apenas había resistido un día en la enfermería. Aunque Severus había procurado convencerlo de que era conveniente que no se moviera mucho, tuvo que desistir cuando Adrien y Josh se escaparon para explorar el colegio. A Josh le había fascinado absolutamente todo y, aunque los pequeños habían derramado el cubo de la fregona del señor Filch y habían perseguido a Peeves por todo el castillo, preguntándole una y otra vez qué clase de ser era, todo había salido bien. Josh había decidido que de mayor quería ser mago, sometiendo al pobre Hagrid a un interrogatorio sobre todas las cosas que debía hacer un niño tan pequeño para aprender a hacer magia. Hagrid, que durante un rato había encontrado divertido acompañar a los pequeños por todo el castillo, terminó demasiado agobiado por el mocoso muggle y se marcho sin responder a ninguna de sus dudas. Encontró un par de excusas que, el semi-gigante lo sabía bien, harían que Snape no permitiera a los niños ir con él: Grawp y las crías de Aragorn, esa monstruosa acromántula, a las que Hagrid había decidido alimentar.

Pero la ausencia del guardabosques no significó que los niños se aburrieran. En absoluto. Albus tomó el relevo del semi-gigante de inmediato, y se llevó a los pequeños a su despacho, permitiéndoles jugar con todos los artilugios que estaban desperdigados por la sala. Cuando Severus, harto de esperar a que los niños se cansaran (y auspiciado por Carole, que comenzaba a pensar que debían regresar a casa), acudió a la estancia, encontró a los niños jugando con el Sombrero Seleccionador. Le pedían al desdichado trozo de tela que los seleccionara para una casa, y a Severus le pareció que el trozo de tela buscaba la ayuda del director Dumbledore mientras respondía con evasivas. Finalmente, los niños terminaron por enfadarse al no poder salirse con la suya, pero se les pasó enseguida, cuando Dobby apareció de la nada y se ofreció para llevarlos a las cocinas y cebarlos con dulces hasta hacerlos explotar. Josh se había asustado un poco al ver a esa extraña criatura, pero en cuanto Adrien empezó a tratarlo con asombrosa naturalidad (y a alabar sus dotes para cortar el pelo), el chiquillo rubio no tardó en mostrarse confiado y aceptó su invitación.

Así pues, Severus había fracasado en su intento de llevarse a los niños y regresó junto a Carole, que observaba todo lo que le rodeaba con fascinación, pero sin abrir la boca. Era evidente que le gustaba Hogwarts, pero se esforzaba por comportarse como una mujer responsable, y fingía una tranquila indiferencia. A Severus le parecía gracioso, pero no era momento de hacer comentarios al respecto. De hecho, había intentado entablar una conversación con ella en un par de ocasiones, pero la mujer sólo respondía con monosílabos. Realmente, al decir que necesitaba tiempo, no estaba exagerando.

A pesar de que el día para Adrien y Josh estaba siendo excepcionalmente divertido, una vez olvidados los trágicos acontecimientos del día anterior, todo lo bueno tenía que acabar alguna vez y, cerca del anochecer, Severus decidió que no podían seguir posponiendo la hora de marcharse. Después de hacer un pequeño escándalo, consiguió arrastrar a los niños hasta la chimenea y, en una experiencia inolvidable para Jerry y Carole, aparecieron en la vieja biblioteca de su casa. Carole apenas había tardado diez minutos en llevarse a Josh a casa, mientras que Jerry había decidido quedarse a pasar la noche.

En los días sucesivos, las cosas volvieron a la normalidad. Severus retomó las clases en Hogwarts. Todos habían notado que se mostraba más frío con Malfoy de lo normal, y nadie sabía porqué, aunque no eran tan estúpidos para preguntar, ni al uno ni al otro. Jerry había vuelto a París, pero cada dos o tres semanas se daba una vueltecita por la casa de su sobrino. Y, en cuanto a Adrien, seguía con su vida de siempre. Iba al colegio, se marchaba a casa de Josh hasta que su padre regresaba del trabajo, estudiaba y hacía planes para que Carole y su papá se casaran de una vez.

Ni Josh ni Adrien entendían porqué habían vuelto a distanciarse. Ellos, que habían estado tan contentos porque era casi seguro que ya estaban enamorados, habían notado que los adultos apenas se dirigían la palabra. Además, Adrien había notado a su papá más enfurruñado que de costumbre (incluso le había mandado que se callara en algunas ocasiones, y de mala manera, cosa que no solía hacer nunca), mientras que Josh afirmaba que su mamá estaba triste y siempre parecía preocupada. Y eso por no hablar de la extraña enfermedad que padecía la mujer. Adrien la había visto vomitar varias veces, mientras estaba en casa de su amigo, y Josh afirmaba que su madre tenía que ir al lavabo muchas veces, sobre todo por la mañana y después de comer. Habían querido hablar con Severus para explicarles sus temores, pero Carole les había hecho prometer que no dirían nada. Esas molestias serían un secreto entre ellos y, además, la mujer había asegurado que pronto visitaría a un médico para que la ayudara a sentirse mejor. Adrien había sugerido a la señora Pomfrey, que era la que siempre le curaba a él, pero Carole, agradeciéndole el gesto, afirmó que ella ya tenía un médico.

Mientras Severus reflexionaba (sobre las cosas de las que tenía constancia y sobre las que no), poco podía imaginarse el pobre hombre que su vida volvería a sufrir un nuevo cambio en un plazo muy breve. Él, bastante tenía con organizar la fiesta de cumpleaños de Adrien. Por el contrario de lo que hubiera pensado en un principio, no le estaba resultando del todo desagradable hacerlo.

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La sombra se deslizaba sigilosa por la habitación. El niño pequeño que dormitaba en la cama, permanecía totalmente ajeno al peligro que se cernía sobre él. Sin duda, estaba teniendo un sueño agradable, puesto que su rostro reflejaba una bonita sonrisa cargada de paz y felicidad. Hacía bastantes semanas que esa expresión no desaparecía cuando Adrien dormía, lo cual no dejaba de alegrar a su padre.

Severus abrió las cortinas de un tirón. Black, que estaba agazapado a sus pies, dio un brinco y correteó por la habitación, antes de coger impulso para subirse a la cama de un salto, que no era elegante ni ágil, pero sí indudablemente efectivo. Adrien despertó cuando sintió la húmeda lengua deslizarse por su cara. Soltó una risita y abrazó el cuello del perro, que había crecido bastante en tres meses, para después rascarle cariñosamente las orejas.

-¡Hola, Black! –Adrien alzó la mirada y le regaló una sonrisa a su padre, que se acomodó a su lado y lo sentó sobre sus rodillas, con perro incluido (¿Qué remedio le quedaba?) -¡Papi!

-¡Oh! ¿Pero qué tenemos aquí? –Severus puso voz de asombro, ganándose una mirada inquisitiva -¡Un niño mayor!

Adrien rió. Dejó que su padre le hiciera cosquillas y le besara hasta cansarse, y después se acurrucó en sus brazos. De pronto, se había sentido un poco triste. Las mañanas de sus cumpleaños, su mamá también solía despertarlo con risas y abrazos. Adrien la echó mucho de menos durante un segundo, pero entonces recordó que ella estaba en el Cielo, mirándole y cuidando de él, y la pena desapareció.

Su papá y él habían hablado muchas veces de lo que había pasado durante todo el tiempo que estuvo tan enfermo. Aunque al principio pareció no creerle, ahora Severus Snape estaba seguro de que, efectivamente, Mariah había estado ocupándose de Adrien durante las críticas horas en que estuvo al borde de la muerte. No sabía de qué manera ni en qué lugar, pero no podía dejar de agradecerle todo lo que había hecho por el niño. Lo que podría haber sido la experiencia más traumática de su vida, había conseguido que Adrien fuera más feliz que nunca. Que superara la muerte de su madre de una vez, y definitivamente, en esa ocasión.

-Puesto que ya eres lo suficientemente grande para tomar decisiones. ¿Qué te gustaría que hiciésemos?

-¡Uhm...! –Adrien puso los ojos en blanco, meditando –Podríamos desayunar. Tengo mucha hambre.

-Eso está hecho –Severus se puso en pie, alzándolo en brazos y saliendo el pasillo. Había obviado deliberadamente el hecho de que seguían estando en pijama, pero eso no importaba en absoluto. Ambos iban a tomarse el día libre. Podrían estar todo el día con esas fachas si les apetecía.

-Y, después, podríamos ver los... ¡Uhm...! Regalos...

-¡Oh! ¡Eso! –Severus chasqueó la lengua -¿No prefieres esperar a esta tarde, durante la fiesta?

Snape no necesitaba oír la respuesta. De hecho, Adrien se limitó a fruncir el ceño (bonita herencia paterna) para expresar su disconformidad sin necesidad de palabras.

-Está bien. Te daré tu regalo –Adrien recuperó la sonrisa y Black soltó un ladrido, como si a él también le alegrara oír eso –De todas formas, no podría habértelo dado con tus amiguitos delante...

-¿No? ¿Qué es?

-Tendrás que esperar a después del desayuno.

Severus no debió haber dicho esa última frase. Adrien había comido tan deprisa, por culpa de la ansiedad de saber qué obsequio iba a recibir por parte de su padre, que era posible que el desayuno le sentara fatal, y en el día de su cumpleaños, precisamente.

Un cuarto de hora después, Adrien había cogido un cuchillito para untar mermelada y ayudaba a su padre a preparar sus alimentos. Tenía la sensación de que el hombre estaba comiendo tan despacio deliberadamente, porque le gustaba verlo tan nervioso, y estaba en lo cierto. A Severus le resultaba realmente divertida la actitud del pequeño, aunque sabía que no podría seguir con el juego mucho más tiempo. Apurando su café matutino, volvió a coger a Adrien en brazos y se lo llevó al dormitorio de nuevo.

Sin decir ni una sola palabra, lo sentó sobre la cama y fue hasta el armario, de donde extrajo una cajita metálica, alargada y de color verde oscuro. Adrien lo observaba con curiosidad, y cuando Severus se puso de rodillas frente a él, estiró sus bracitos en dirección al obsequio de su padre, que volvió a sonreír y decidió que el niño ya había sufrido demasiado.

-Lo que voy a darte vas a tener que cuidarlo muy bien –Adrien pestañeó, consciente de la importancia de lo que estaba pasando. Sin más preámbulos, Severus abrió la cajita, mostrando una bonita varita de madera oscura, larga y flexible. Adrien ahogó una expresión de asombro y retrocedió un poco, sin dar crédito a lo que veía –Mi madre me la dio a mí cuando entré en Hogwarts, hasta que yo pude comprarme una varita propia. Cuando seas más mayor, tendrás una para ti, la que te corresponde, pero hasta entonces, creo que podremos engañar a los ineptos del Ministerio utilizando ésta. ¿No te parece?

-¡Oh! –Adrien soltó una risita tonta -¿Podré hacer magia?

-No todo el tiempo, y no cuando estés solo. Pero sí, creo que te voy a enseñar a hacer algunos trucos, para que, cuando vayas a Hogwarts, seas un poco más listo que todos esos niños idiotas a los que tengo que educar.

Adrien volvió a reír. Le hacía gracia que su padre hablara así de los estudiantes de Hogwarts, y esperaba no ser como ellos. ¡Menuda decepción para su pobre papá si lo era! Con algo de timidez, estiró los deditos y cogió la varita, sintiéndola tibia y poderosa. Miró de nuevo a su padre, buscando un poco de ayuda para saber qué debía hacer, y Severus se limitó a besarle la frente, riendo a su vez.

-Tienes muy buena pinta. ¿Lo sabías? Parece que tuvieras... Unos seis o siete años.

-¿Tantos? –Adrien dio un saltito y, más confiado, se subió a la cama, apuntando con la varita a todas partes. No esperaba poder hacer magia en ese momento, pero tampoco importaba. Ya era muy feliz con sólo tenerla. Tan feliz, que tampoco pudo controlar su poder y terminó por hacer un boquete negro en la pared de enfrente -¡Oh!

-Creo que debemos ir canalizando toda esa energía –Severus frunció el ceño, arrebatándole la varita con suavidad –Estoy seguro de que al abuelo Albus le encantará ayudarte. Y a mi también, por supuesto.

-¡Sí! –Adrien dio dos saltitos, hasta que se arrojó a los brazos paternos -¿Cuándo empezamos?

-Cuando tú quieras que lo hagamos.

-Entonces... ¡Ahora!

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Albus Dumbledore guardó el regalo entre los pliegues de su túnica y se encaminó a la chimenea. El cumpleaños de Adrien había resultado ser un evento largamente esperado por el anciano mago, y esa mañana, en cuanto puso un pie en el suelo, decidió que lo primero que haría sería ir a felicitarlo. Por la tarde, había sido invitado a una maravillosa fiesta infantil (no podía evitar sonreír con malicia cuando pensaba en lo contento que se pondría Severus al estar rodeado por una horda de niños salvajes), pero no podía esperar tanto tiempo. Estaba seguro de que lo que había elegido como presente le gustaría al niño. Era algo divertido, que al mismo tiempo resultaría educativo. Sin duda, Severus lo iba a aprobar. El hombre no dejaba de quejarse porque lo malcriaba en exceso. Pues bien, iba a demostrar que él también podía ser un abuelo responsable... Albus rió al pensar en eso. Si alguien le hubiera dicho un año antes que iba a estar pensando esas cosas, lo habría dado por loco. Y es que, la idea de que Severus tuviera un hijo le había resultado extraña durante demasiado tiempo.

Recordaba perfectamente el día que vio por primera vez a Adrien. Había estado seguro de que todo iba a resultar un desastre. Severus estaba demasiado arraigado a su eterna soledad. Desde muy joven, posiblemente desde que su madre muriera, incluso antes, el hombre se había negado el derecho de amar. Por unos motivos y otros, nunca había querido tener a nadie lo suficientemente cercano a él. En el colegio, siempre fue un chico solitario, que parecía no encajar en ningún sitio a pesar de ser un Slytherin de pro. Después, habían venido los años como mortífago; nadie podía hacer amigos en un grupo como aquel, y Severus ni siquiera había tenido camaradas. Siempre trabajando solo, sin tener que rendir cuentas ante otra persona que no fuera Voldemort. Más tarde, su primera y breve etapa como espía, viviendo en la cuerda floja, sintiendo la desconfianza y el desprecio de todos los que le rodeaban, carcomido por la culpa y creyéndose indigno de disfrutar de las cosas que la mayoría de la gente daba por hechas. Luego, los años de paz y aparente tranquilidad. Cuando tuvo aquel desliz con Mariah Bellefort, que le había convertido en el hombre que ahora era.

Adrien le había cambiado. Fue algo progresivo, tan lento que los que le rodeaban no se habían dado cuenta de ello, pero Dumbledore sabía que Severus Snape no era el mismo hombre que no había sabido cómo consolar a Adrien aquel día, en la biblioteca de una casa vieja que se caía a pedazos. Su carácter era mucho más suave. No tanto con sus estudiantes, como con las personas a las que apreciaba, que normalmente eran las mismas a las que quería Adrien. Y su relación con el niño... Le bastaba dirigirle una breve mirada, para saber qué cosas estaban bien y qué cosas estaban mal con él. Era absolutamente increíble, pero a Albus le alegraba sobremanera. Severus se lo merecía.

Había luchado mucho por enmendar sus errores. Aunque algunas veces el propio Snape lo dudaba, lo había logrado con creces. Pocos hubieran arriesgado todo lo que él arriesgó durante la guerra. Cuando recurrió a él para realizar aquel disparato plan que supondría fingir su propia muerte, supo que sería el único que no se negaría. Los riesgos que corrió Severus fueron enormes. Dumbledore podría haber muerto, cierto, pero no quería ni imaginar lo que hubiera sido de Snape si las cosas hubieran salido mal. Sin duda alguna, los remordimientos le habrían devorado por dentro. Aunque se mostrara frío, aunque hubiera fingido que nada le importaba, Albus sabía que habría sido muy duro para él. Durante la recta final de la guerra, Dumbledore había notado el cansancio progresivo de su espía y pupilo, como si se le hubieran terminado los motivos para luchar.

Después, el infierno terminó. Severus hubiera podido volver a ser el mismo profesor amargado y solitario de siempre, pero apareció Adrien. Snape no lo sabía, pero el niño le había salvado la vida. Severus necesitaba un motivo para vivir, y Adrien era el más importante de todos. Por él, incluso había renunciado a su ropa negra... alguna vez. ¡Merlín! ¡Si hasta sonreía con bastante frecuencia, y eso sí que era un milagro!

Dumbledore agitó la cabeza, despejando su mente unos instantes, y apareció en la casa de los Snape. Todo estaba tranquilo. Era muy temprano aún, pero el anciano sabía que Severus solía madrugar, así que no temió molestar.

Fue entonces cuando escuchó los ruidos procedentes de la planta superior, entremezclados con los ladridos ansiosos de Black. Durante un segundo, Dumbledore temió que volviera a repetirse la historia del secuestro de Adrien, y con una agilidad impropia de su edad, corrió escaleras arriba. Lo que vio, le sorprendió tanto que no supo que decir.

Adrien estaba haciendo magia, y no de forma accidental. Mejor dicho, estaba intentando seguir las instrucciones que le daba su padre, mientras sostenía una vieja varita con firmeza y ponía cara de infinita concentración, algo frustrado por no poder conseguir que el trozo de papel que tenía frente a los ojos se alzara en el aire.

-No puedo, papi –Se quejó, dando una patadita al aire y cruzándose de brazos.

-Eso es porque estás demasiado ansioso –Severus mostraba una paciencia que Dumbledore no pensaba que tuviera. Sentado en el suelo, a su lado, le sujetaba el brazo con suavidad. Albus decidió no dejarse ver aún. Quería averiguar cómo afrontaba Snape aquella primera clase práctica de magia –Concéntrate en el papel, pero deja de pensar que quieres que salga volando. Puedes hacerlo.

Adrien se mordió la punta de la lengua, entornó los ojos y agitó su varita, pronunciando con firmeza el encantamiento que le había enseñado su padre. Y, una vez más, no pasó nada. Adrien se cruzó de brazos, algo enfadado, creyendo que sería incapaz de hacer magia de verdad, temiendo que su papá se sintiera decepcionado por eso.

-Vamos, no te pongas así. Normalmente los niños de tu edad no pueden controlar su magia –Adrien clavó los ojos en el suelo, totalmente enfurruñado. Severus y Albus sonrieron al unísono. Aquel muchachito iba a ser realmente exigente consigo mismo, de eso no cabía duda –Quizá, deberíamos empezar a practicar algunos ejercicios que te permitan dominar los estallidos mágicos. Con eso, será más que suficiente por el momento.

-Pero... Yo no quiero ser como uno de tus alumnos idiotas –Protestó el niño, intentado hacer magia una vez más. Severus lo detuvo, pasándole una mano por el rostro.

-Por supuesto que no eres tan idiota como ellos. Eres un Snape, después de todo.

Adrien entornó los ojos y supuso que tendría razón. Él no podía ser un idiota, siendo su padre quién era, así que se sintió un poco más animado. Aunque, eso sí, pensaba estudiar mucho hasta lograr ser tan buen hechicero como su papá podría esperar de él.

-¡Buenos días!

Albus sonrió con malicia cuando vio a Severus encogerse en el sitio. El hombre puso mala cara, molesto con el anciano director porque le habían vuelto a sorprender cuándo menos se lo esperaba, y por irrumpir en su casa sin molestarse en avisar. Adrien, que pareció asustado durante un breve segundo, no tardó en sonreír ampliamente para, después, arrojarse a los brazos del director.

-¡Feliz cumpleaños, Adrien!

-Gracias, abuelito. Has venido muy pronto.

-Quería darte tu regalo –Dumbledore dejó al niño en el suelo, mostrándole el paquete que traía consigo –Pero ya veo que tienes uno mucho mejor. ¿Eso es una varita?

-¡Sí! –Adrien agitó el presente que le hiciera su padre, mientras Severus se ponía en pie y, con toda la dignidad que le fue posible, se estiró el pijama y se peinó el cabello con los dedos –Tendremos que engañar a los ineptos del Ministerio hasta que sea más grande y pueda tener la varita que me corresponde.

-¿Eso tienes que hacer? –Albus miró a Severus con aire juguetón. Era evidente que el hombre no pensaba ocultar sus pensamientos sobre el gobierno mágico a su hijo, y realmente no podía reprochárselo.

-Está prohibido que los niños pequeños hagamos magia.

-Lo sé, Adrien. Yo escribí algunas de esas normas...

Adrien palideció. Al anciano le pareció muy divertida y tierna su reacción. De hecho, si le había dicho esas palabras fue para ver como se comportaban el niño y Severus. Snape apenas movió un músculo, pero Adrien se removió nervioso, como si no supiera muy bien dónde meterse.

-Yo...

-No tienes que preocuparte, no pienso decir nada –Albus le guiñó un ojo, acomodándose en la cama –Es más, pienso ayudarte con esos hechizos levitadores. He visto que tienes algún problema con ellos.

-¿De verdad me ayudarás? –Adrien sonrió de nuevo, sentándose sobre las rodillas del anciano. Severus, sin decir una palabra, aprovechó para meterse en el baño, dispuesto a vestirse de una vez.

-Claro que lo haré. Estoy seguro de que nos divertiremos mucho mientras practicamos.

-Pero, antes, no he podido hacer magia...

-Como tu padre te ha dicho, estás demasiado ansioso –Albus lo miró fijamente, adivinando todas las preocupaciones del niño –Además, me parece que tienes tantas ganas de que tu papá sepa que puedes ser un buen mago, que tú mismo te bloqueas sin darte cuenta. Estoy seguro de que si practicas cuando estés solo, te saldrá mucho mejor.

-Pero mi papá ha dicho que no debo hacer magia estando solo...

-¡Uhm...! Pues a mí me parece que no siempre haces caso de lo que dice tu papá...

Adrien se lo pensó un momento. Dumbledore, sin saberlo (o tal vez sí), acababa de incitar al niño para hacer cosas que no agradarían a su padre en absoluto.

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Tonks sintió una nueva punzada de dolor en el vientre. Incómoda, se removió en el sofá, cambiando de postura y prestando atención a los ruidos procedentes de la cocina. Su madre estaba allí, preparando algo para la hora de la comida, y su padre llegaría muy pronto del trabajo.

Andrómeda y Ted se habían mudado a la casa de los Lupin un mes antes. Puesto que Remus pasaba toda la semana en Hogwarts, y Tonks se había negado a instalarse allí, alegando que prefería la vida tranquila que llevaba en Londres, sus progenitores habían optado por ir a hacerle compañía hasta que naciera el bebé, incluso después.

Tonks había pasado el último tercio de su embarazo sin apenas poder moverse. A pesar de que el embarazo no había resultado ser problemático, la señora Pomfrey le había recomendado reposo debido a la particularidad que tenía su bebé aún no nacido. La licantropía parecía ser difícil de tratar aún antes del parto, pero afortunadamente, Severus Snape había encontrado un remedio que, al menos con Remus, había resultado ser efectivo.

No es que hubieran curado la enfermedad. De hecho, Remus aún se transformaba todos los meses, pero ahora no solo no era una criatura inofensiva. Ya no sufría dolor.

Dos meses antes, Severus se había presentado en el despacho de Remus con una nueva poción. Afirmó que aún no la había probado con nadie, pero garantizaba su efectividad. Aunque Tonks no había entendido muy bien las explicaciones del maestro de pociones, le pareció que la nueva fórmula estaba relacionada con el veneno de la planta que mantuvo el brazo de Longbottom inmovilizado. Severus había conseguido introducirlo en la Poción Matalobos (curando de paso la enfermedad de Neville), de modo que actuara como sedante.

La primera luna llena, Remus había estado especialmente nervioso. Incluso Tonks había ignorado las órdenes médicas de Pomfrey y las amenazas de sus padres, y había ido a Hogwarts para estar cerca de él. Quiso acompañarlo a la Casa de los Gritos, alegando que gracias a la poción Remus sería inofensivo, pero Severus no pudo garantizar la efectividad del brebaje, y Lupin no le permitió que lo acompañara, por si ocurría una tragedia y la lastimaba.

Así pues, Tonks pasó una noche de angustia que su bebé le reprochó con múltiples patadas. Ya por la mañana, la joven había recibido las noticias con alegría: Remus no había sufrido el agónico dolor de todas sus transformaciones anteriores. Quizá, una pequeña molestia que ahora se traducía en algo de fiebre y una pequeña jaqueca, pero nada grave. De hecho, la señora Pomfrey aseguraba que hacía años que el brujo no gozaba de una salud tan buena.

La segunda luna llena, una semana antes, Tonks ni siquiera pudo ir a Hogwarts para asegurarse de que todo volvía a salir bien. Apenas podía moverse, pero cuando Lupin apareció en la casa por la mañana, sonriente y con un aspecto realmente saludable, supo que no tendría que preocuparse por su bebé. Y, curiosamente, todo gracias a Severus Snape. Posiblemente tendrían que darle las gracias a Adrien. Tonks estaba segura de que, de no haber sido por el niño, a Snape no le hubiera preocupado en absoluto lo que le pasara al bebé de Lupin, o a cualquier otro chiquillo del mundo.

Tonks jadeó. Esa vez, el dolor había sido un poco más fuerte. Llevaba toda la mañana igual y, aunque le daba miedo pensar en ello, sabía que había llegado el momento de dar a luz. No podía negar que estaba asustada. No sólo porque no quería ni imaginarse cómo sería el parto en sí, sino porque temía que pudieran surgir complicaciones que perjudicaran a su niña. Si algo le pasaba, ella...

Liberó un pequeño grito. Había intentado contenerlo, pero le fue imposible. Escuchó el ruido de los cubiertos colocándose sobre la mesa de la cocina y buscó el reloj con la mirada. Su padre no tardaría más de un par de minutos de llegar. Ted siempre era excepcionalmente puntual, aunque fuera patoso y desordenado, siempre llegaba a la hora exacta, fuera dicha hora la que fuera.

Tonks intentó ponerse en pie, apoyando todo el peso de su cuerpo en los brazos. Le costó un mundo levantarse y, cuando al fin lo consiguió, un nuevo dolor, más intenso y duradero que los anteriores, la hizo doblarse por la mitad, devolviéndola al sillón de una sola vez. Ese fue el momento que alguien eligió para llamar al timbre. Sin duda, su padre, que aunque vivía en la casa de los Lupin, no había querido tener una vida propia. Afirmaba que era para mantener la privacidad de su hija y su casi marido, y Tonks suponía que era sincero.

-Nymphadora –La voz melodiosa de su madre llegó desde la cocina. Sin duda, la mujer esperaba que su hija le recriminara por llamarla por su nombre, pero Tonks no tenía fuerzas para hacerlo -¿Abres la puerta, cielo?

Tonks gruñó, y su padre volvió a llamar.

-Nym... –Andrómeda había acudido al saloncito, limpiándose las manos con el mandil. Al ver a su hija, su tono de voz disminuyó, al tiempo que se acrecentaba la preocupación -¿Estás bien, cariño?

Ted tocó con insistencia, logrando que su esposa frunciera el ceño.

-Si... –Tonks gruñó, rindiéndose a la evidencia –Creo que ya es la hora.

-¡Oh!

Andrómeda dio un salto, se quitó el mandil, sacó la varita de un bolsillo interior de su túnica y, sin decir una palabra, fue a abrir la puerta, mientras conjuraba una bolsita de aseo y otras cosas que, en unos días, podría necesitar el bebé. Segundos después, el matrimonio Tonks regresaba a la sala, ambos con cara de preocupación, pero con una inmensa felicidad titilando en sus ojos.

-Ted. Ve a Hogwarts y advierte a Remus de que Nymphadora está de parto...

-¡Mamá! No me llames... –Una nueva descarga de dolor, y Tonks tuvo que quedarse callada, siseando y apretando los puños.

-Calla, niña. Reserva fuerzas en lugar de protestar por tonterías –Andrómeda sonó severa, mientras asumía el control de la situación con absoluta efectividad –Dile a Remus que estamos en San Mungo. Activaré el traslador que nos dio la señora Pomfrey en cuanto de vayas. También quiero que le adviertas a ella de lo que ocurre. Queremos que ayude a atender el parto. ¿De acuerdo?

-No te preocupes, Andrómeda –Ted puso los ojos en blanco. Adoraba a su esposa, pero no soportaba cuando se ponía en plan sargento. Dudaba que existiera alguien en el mundo que fuese capaz de hacerlo –Estaremos allí lo antes posible.

-Bien –Andrómeda ayudó a Tonks a levantarse, cargando con todos los enseres y agitando la varita con total profesionalidad –Hasta luego.

Ted desapareció de la sala y, un instante después, estaba frente a las puertas del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Sin darse tiempo para recuperarse de la aparición, salió corriendo en dirección al castillo. Su primera nieta estaba a punto de nacer, y por Merlín que no veía el momento de tener al bebé entre sus brazos.

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Adrien cumplía cinco años.

Draco Malfoy había querido aprovechar ese día de sábado para estudiar. Los EXTASIS se aproximaban, y aunque dudaba mucho que la oferta que, en su día, le hizo el profesor Snape siguiera en pie, quería que los exámenes le salieran lo mejor posible. De cualquier forma, no es que tuviera nada mejor que hacer. Sus compañeros de Slytherin no le ofrecían una buena compañía precisamente, y los de las demás casas... Mejor no pensar en ellos.

Draco estaba sentado en la biblioteca, intentando aprenderse un par de párrafos particularmente difíciles de su libro de Transformaciones. Fuera, el rugido del público que asistía al partido de quidditch entre Hufflepuf y Slytherin apenas le dejaba concentrase. A Pansy y a Blaise les extrañó que no quisiera ir a ver el partido con ellos. No se había perdido ni uno solo en todo el curso, pero ese día, Draco no estaba de humor. Saber que era el cumpleaños de Adrien le hacía acordarse de momentos peores. Le entristecía no poder estar con el pequeño en un día como aquel y, aunque no se lo mereciera, aún esperaba que Snape pudiera perdonarle su error. Pero, no. Su padrino no era de los que habían nacido para perdonar. Lo trataba con el mismo desprecio gélido con que trataba a todos sus alumnos y, aunque aún era condescendiente con él cuando se trataba de quitar puntos, sabía que sólo lo hacía porque era un Slytherin, no por que fuera Draco Malfoy.

El joven era plenamente consciente de lo que había perdido. Había intentado enmendar sus errores cuando ya era demasiado tarde y, ahora, ya no había marcha atrás. Estaba completamente solo. Su padre había sido encarcelado en Azkaban y condenado a cadena perpetua. Su madre pasaría en la misma prisión los próximos quince años de su vida, en mejores condiciones que su esposo, cierto, pero encerrada al fin y al cabo. Draco no tenía a nadie más. Su tía Andrómeda le había ofrecido ayuda, pero él no podía aceptarla. No se sentía lo suficientemente ligado a esa parte de su familia como para preocuparlos con sus problemas. En cuanto a Snape, el único apoyo verdadero que podría tener, se había alejado de su lado para siempre. Y había sido todo por su culpa.

Draco alzó la cabeza. Al otro lado de la biblioteca, medio enterrado por una montaña inmensa de pergaminos, Theodore Nott también se dedicaba a estudiar para sus próximos exámenes, aunque eso no era de extrañar. A Nott nunca le había gustado el quidditch, ni aunque sirviera para alimentar la competencia entre el resto de las casas del colegio. Malfoy no recordaba haberlo visto en ninguno de los partidos que se celebraron en el colegio desde que eran estudiantes. En su día, fue el único que se mostró indiferente ante los Mundiales, aunque después había parecido bastante incómodo, a consecuencia de la aparición de la Marca Tenebrosa. A Malfoy eso le había parecido extraño. La mayoría de sus compañeros se alegraron de que los mortífagos hubieran regresado, pero Nott permaneció tan callado como siempre. Nadie sabía muy bien qué pensaba aquel chico. Draco no lo conocía en absoluto. Ni siquiera se habían sentido unidos cuando los padres de ambos fueron detenidos en el Ministerio de Magia, durante su quinto curso. Aunque Malfoy sabía que su compañero de estudios había estado furioso por eso, nunca hablaron del tema, mucho menos compartieron sus sentimientos al respecto. Theodore Nott no hablaba nunca. Eso era todo.

Por eso, Draco no sintió la tentación de acercarse a él. Quizá, hubiera sido lógico pensar que compartieran esa tarde de estudios. Después de todo, eran de los pocos que no estaban viendo el quidditch, pero permanecían lo más alejados posibles uno del otro. Nott había alzado la cabeza en su dirección un par de veces, pero no había hecho ademán de acercarse a él. Más bien parecía esperar que algo ocurriera, o evitar que Malfoy viera algo... Draco agitó la cabeza. Estaba pensando estupideces.

Harto de estar ahí encerrado, Draco decidió volver a la sala común. Podría dar un paseo por los pasillos desiertos de Hogwarts y, si tenía suerte, olvidarse de que su vida era un desastre durante unos segundos. Al menos le iban bien los estudios, que no era poco. Recogiendo sus cosas en un abrir y cerrar de ojos, el joven Malfoy salió de la biblioteca caminando a buen paso. Tal y como esperaba, no se encontró a nadie por el camino, pero cuando se aproximaba a las escaleras de la primera planta, se encontró con un hombre que corría por los pasillos a toda velocidad, enrojecido y jadeante por el esfuerzo. Malfoy supuso que Ted Tonks ya no estaba en edad de hacer esa clase de alardes físicos.

-¡Malfoy! –Exclamó el hombre. En su voz siempre había frialdad cuando trataba con el chico, pero en esa ocasión sólo había nervios y ganas de acabar con la conversación aún antes de que empezara -¿Dónde esta Rem... El profesor Lupin?

Habló atropelladamente, logrando que la pregunta pillara desprevenido al Slytherin. Draco alzó una ceja y, sabiendo que no le convenía andarse con tonterías, señaló la salida del castillo.

-Supongo que en el campo de quidditch, como todo el mundo.

-¡Oh! –Ted jadeó de nuevo, llevándose una mano al costado -¿Y la señora Pomfrey?

Draco se limitó a encogerse de hombros. ¿Acaso él era el guardián de todos esos tipos?

-¡Demonios! ¡Mira qué hora es! –Ted dio un bote, tan brusco que terminó por arrojar al suelo una armadura -¿Podrías buscar al profesor Lupin? ¡Tonks va a dar a luz!

-Yo... ¡Señor!

Draco no había tenido tiempo de protestar. Corriendo velozmente una vez más, Ted emprendió el viaje en dirección a la enfermería, dejando al chico totalmente pasmado. ¿Tonks iba a tener un bebé? ¡Merlín! ¡Otro pequeño licántropo rondado por la escuela!

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Severus Snape seguía odiando a los niños. De hecho, cuanto más pequeños eran, más insoportables le parecían. Por supuesto, quería a Adrien. Era su hijo, debía hacerlo. No le resultaba difícil, de hecho. Quizá, si el niño no fuera nada suyo, también podría sentir aprecio por él. Pero sólo quizá. Además, soportaba a Josh. Era el mejor amigo de Adrien y, en numerosas ocasiones, había demostrado que era un niño del que podría esperar grandes cosas, a pesar de ser un muggle. Después de todo, había intentado salvar a Adrien de las garras de Lucius Malfoy. Sólo por eso podría tener algún sentimiento positivo respecto a él, pero es que no le resultaba molesto tenerlo cerca. Hacía feliz a Adrien, con eso le bastaba para tolerarlo y, por qué no decirlo, apreciarlo. Pero el resto de mocosos del universo, le hacían perder los estribos.

Gritaban, corrían, tiraban todo al suelo y ensuciaban cualquier cosa que tenían en un radio de veinte metros. Eran curiosos, no se cansaban de preguntar estupideces, eran llorones, caprichosos, egoístas, consentidos y, de laguna extraña manera, habían aprendido métodos para salirse siempre con la suya. Sonriendo, lloriqueando, gritando, poniendo caritas encantadoras, mintiendo, embaucando, traicionándose entre ellos para lograr su objetivo. Esa tarde, todos parecían dispuestos para conseguir que a su anfitrión le diera un infarto y. ¿Qué hacían las madres? Reír, cuchichear y mirarlo todo el tiempo como si fuera un mono de feria. ¿Por qué rayos no intentaban controlar a sus hijos? Malditas muggles cotillas e irresponsables, incapaces de educar a un maldito mocoso, llorica, trolero e insoportable, como Dios mandaba.

Severus gruñó, dejando nuevas botellas de refrescos en la mesa. Una horda de chiquillos se abalanzó sobre él, llenándole la túnica de ese líquido pegajoso y dulzón que los encandilaba. Y no era lo único que adornaba su ropa. También había trozos de patata frita, restos de sándwiches con mantequilla, una extraña masa informe que se había producido a partir de esas cosas que venían en bolsas de plástico y que se llamaban gusanitos y restos de algo que se parecía sospechosamente a vómito, pero que Severus no podría identificar al cien por cien.

El brujo miró a todos los mocosos con su peor cara de profesor severo de pociones, consiguiendo que los criajos asquerosos se rieran y se marcharan diciendo que el papá de Adrien quería jugar a los vampiros con ellos. ¡Merlín! ¿Qué había echo él para merecer eso? Afortunadamente, Jerry Bellefort, que parecía haber nacido para ser animador de fiestas infantiles, apareció en escena y se ganó la atención de todos los infantes críos con un par de palmadas. ¡Bendito fuera el hombre! Seguramente a él no le importaría jugar a los vampiros con los mocosos. Severus debía recordar invitarlo a todas las fiestas de cumpleaños de Adrien. ¡Mejor aún! Debía dejar de hacer fiestas de cumpleaños para Adrien. Terminaría muriéndose de un berrinche...

Librándose momentáneamente de la amenaza de los infantes sobre excitados, Severus se dejó caer en la primera silla que tenía cerca. Recorrió el jardín de su pobre casa con la mirada, y encontró a Albus Dumbledore charlando animadamente con una señora bastante mayor que había acudido a la fiesta con sus dos nietas gemelas. Si no lo conociera bien, el brujo podría decir que su mentor estaba coqueteando... Alejando la imagen de su mente de inmediato (y procurando no pensar en la reacción de la profesora McGonagall si se enteraba de los flirteos del director), Severus siguió observando a sus invitados. Hagrid también estaba allí, en medio de cinco niños que llevaban casi diez minutos ahí parados, observando al semi-gigante con total fascinación, y escuchando un interesante discurso sobre la cría de dragones. Snape hizo una mueca y bebió todo el refresco de cola que le quedaba en su vaso de plástico. Lo que realmente le apetecía tomar era una buena copa de cualquier clase de bebida alcohólica, pero no quería ni pensar lo que dirían todas las viejas muggles que lo rodeaban. ¡Maldita fiesta del demonio!

-Severus.

Snape giró la cabeza lentamente. Había logrado disimular la sorpresa inicial de escuchar su nombre y, cuando giró la cabeza, vio a Carole en pie, junto a él, sosteniéndose a la silla más cercana. No tenía buen aspecto y el brujo se puso en pie de inmediato, algo preocupado por la palidez que destilaba la mujer, que a pesar de todo, logró sonreír. Era la primera vez que hablaban en meses, y Severus se preguntó si ya habría tomado una decisión respecto a ellos. Esperaba por su bien que así fuera. Aunque jamás lo reconociera, la incertidumbre lo estaba matando.

-Una fiesta muy divertida –La mujer se sentó a su lado, observando a los niños con aire ausente.

-La primera y la última que organizo –Gruñó el hombre por lo bajo, aunque cambió de opinión al ver la cara de absoluta felicidad de Adrien -¿Cómo estás?

Carole se puso aún más pálida que antes. Llevándose inconscientemente una mano al vientre, carraspeó y se movió con nerviosismo. Severus alzó una ceja ante la extraña reacción, y se preguntó si su actitud estaría relacionada con la extraña enfermedad que, según Adrien, la mujer llevaba padeciendo desde hacía unas semanas.

-Bien... O eso creo, al menos –Carole se mordió los labios. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie podía escucharlos, y se acercó un poco más a Snape, que parecía tan ansioso como ella porque hubiera un poco más de contacto entre ambos. Carole no podía ni quería negar que necesitaba ese contacto. Ya no. –Hace varios días que quería hablar contigo, Severus.

El hombre la miró con intensidad. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando oír esas palabras? A pesar de que le causaba cierto temor lo que pudiera ocurrir a continuación, su rostro permaneció impasible, fijo en las manos de la mujer. Después, su vista se deslizó hasta lo azulísimos ojos de Carole, que tenía una expresión cansada, pero parecía decidida e ilusionada por algo.

-He tenido mucho tiempo para pensar en lo que pasó aquel día –Carole suspiró y Severus supo que no debía interrumpirla –La última vez que hablamos, aún estaba terriblemente asustada por lo que le ocurrió a Josh. Es lo más grande que tengo. Supongo que tú entenderás lo que quiero decir, porque tienes a Adrien y... Bueno, los dos somos padres. Los dos estuvimos igual de preocupados aquel día, pero no afrontamos la situación de la misma forma, quizá porque las circunstancias de uno y otro no son las mismas. Yo opté por alejarme de los problemas durante un tiempo, alegando que necesitaba poner mis pensamientos en orden, y a ti no te quedó más remedio que quedarte en mitad del campo de batalla, enfrentándote a tu pasado con todas las armas de que disponías –Carole guardó silencio, aprovechando para deslizar una mano y aferrar con suavidad la de Severus. El hombre pareció sorprendido por ese gesto, pero no hizo nada por rechazar el contacto –Pensé que alejándome de ti hacía lo mejor para Josh, pero después me he dado cuenta de que su vida no ha cambiado en absoluto. Sigue siendo amigo de Adrien, sigue visitando tu casa, manteniendo el contacto contigo, por lo que el riesgo que corre es el mismo que el día del secuestro. En cambio, yo...

Carole agitó la cabeza, como si tratara de organizar sus pensamientos para poder expresarlos de la mejor manera posible.

-Después de mucho reflexionar, he llegado de que me alejé de tu lado por mí, no por Josh –Severus la miró con interés, esperando averiguar a dónde quería llegar –No sólo estaba asustada por lo que había pasado con los niños. También me aterraba pensar en las consecuencias de lo que había pasado en mi piso, en lo que podría cambiarme la vida después de aquello...

"Mientras estábamos juntos, todo fue maravilloso, Severus. No tuvimos tiempo para pensar en nada y, luego, las cosas se precipitaron. Supe demasiadas cosas de ti en muy poco tiempo y sentí pánico –Carole dejó de mirarlo a los ojos, clavando su mirada en el suelo, pero sin soltarse de las manos del hombre –Descubrí un nuevo, misterioso y emocionante mundo del que no sabía que pensar, y supe más cosas de ti de las que me hubiera gustado saber –Carole esbozó una sonrisa, alzando la cabeza de nuevo –Esperaba sinceridad por tu parte, pero no tanta. Tienes un pasado complicado –Carole volvió a mirarlo –Eres complicado, Severus. Tienes cientos de defectos y muy pocas virtudes, pero esas virtudes empequeñecen tanto tus cosas negativas, que llegan a anularlas –Snape entornó los ojos –Sentí fascinación por ti desde el primer día que te vi en centro comercial. ¿Recuerdas? –El hombre cabeceó, esbozando una tímida sonrisa- Te veías tan huraño y al mismo tiempo tan asustado, que no podías pasar desapercibido para nadie.

-¿Parecía asustado? –Severus frunció el ceño y rió suavemente cuando recordó aquel día, el primero que pasó con Adrien. Sí que había estado aterrorizado.

-Nunca antes me había fijado en un hombre como tú. Tal vez, por ese motivo fui dando con los peores que podía encontrarme en el camino. Desde Patrick hasta el último tipo con el que tuve una cita antes de conocerte. Las cosas nunca habían ido tan despacio como contigo. Tuve tiempo para saborear cada momento y, cuando estuvimos juntos por primera vez, lo disfruté como nunca. Y no me refiero a la parte física, que no estuvo mal, sino a la espiritual. Nunca me había sentido tan unida a nadie como esa tarde a ti. Y eso da mucho miedo, Severus, sobre todo cuando has tenido que soportar más decepciones de las que deberías.

Se produjo un leve silencio. Severus saboreó las palabras de la mujer, sintiéndose halagado y apenado a partes iguales. Halagado porque nadie le había hablado de esa forma jamás, y apenado porque, hasta ese momento, no había tomado conciencia de lo complicada que había sido la vida de Carole.

-Durante todo este tiempo, he reflexionado mucho, y ya no quiero seguir poniendo excusas, Severus –Carole se aclaró la voz, esperando alguna reacción por parte del hombre, pero éste permanecía tan impasible como siempre. No obstante, sus ojos tenían un brillo especial que la llenaba de esperanza –Estoy cansada de tener miedo. No quiero seguir pensando en que todo lo que haga me va a salir mal. Quiero correr riesgos.

Carole se calló. Ahora le tocaba a Severus decir algo, pero él nunca había sido tan bueno con las palabras como ella. Así pues, después de un par de minutos, en los que su cerebro se esforzó por encontrar algo bonito que decirle, Snape se dio por vencido e hizo lo único que se le pasó por la cabeza. La besó. Con suavidad, apenas rozando sus labios, pero diciéndole que él también quería arriesgarse, averiguar si entre los dos podía haber algo más que una extraña amistad y una relación sexual esporádica.

-¡Bien!

Las dos vocecillas infantiles habían gritado al unísono. Adrien y Josh estaban frente a ellos, dando saltitos de alegría, seguros de que, después de tanto esfuerzo y tantas decepciones, sus papás habían decidido estar juntos de una vez. Era tan genial, que durante un instante se olvidaron de la fiesta de cumpleaños y se arrojaron a los brazos de sus progenitores para celebrar que, con un poco de suerte, muy pronto serían una familia de verdad.

-¿Ya estáis enamorados del todo?

-¿Os vais a casar pronto?

-¿Vamos a poder ser hermanitos?

-¿Vamos a tener más hermanitos y hermanitas?

Llegados a ese punto, Carole recuperó el tono blancuzco de su piel y, sin mediar palabra, salió corriendo hacia el interior de la casa. Los niños y Severus intercambiaron una mirada de confusión, sin acertar a decir nada.

-¿Hemos dicho algo malo?

-No... -Severus suspiró, poniéndose en pie –Iré a ver que...

Pero antes de poder seguir a Carole a dónde quiera que hubiera ido, Albus Dumbledore, salido de la nada, lo interceptó, enviando a los niños a jugar de nuevo.

-¿Se encuentra mal la señorita Allerton? –Preguntó con ese exasperante tono de voz de yo sé algo que tú no sabes.

-Eso trataba de averiguar, si no te importa.

-¡Oh, claro! –Albus sonrió misteriosamente –Aunque yo le daría un par de minutos. En su estado, es normal que se encuentre indispuesta de vez en cuando...

-¿En.Su.Estado? –Repitió Severus, captando algo terrible en la voz del anciano.

-¡Claro! Francamente, Severus, me sorprende que no hayas percibido la fuerza mágica de ese pequeño bebé. Sin duda, llegará a ser muy poderoso... O poderosa.

En esa ocasión, fue Severus quién tuvo que ponerse más blanco que una hoja. Tanto, que incluso Jerry hizo ademán de enfrentarse al montón de exigentes y pequeños sádicos egoístas que le rodeaban, para ir a interesarse por su salud.

-¿Acaso ella no te ha comentado nada?

Severus iba a protestar, pero los suspiros asombrados de los invitados de Adrien lo interrumpieron. Con suma elegancia, una enorme lechuza sobrevoló el jardín de su casa, y fue a posarse frente a Dumbledore, que desató el trocito de pergamino de su pata para sorpresa y fascinación de todos los muggles presentes.

-¡Oh! ¡Qué buenísima noticia! Nymphadora está dando a luz. Los sanadores creen conveniente que vayas a San Mungo para cuando la criatura haya nacido. Quieren asegurase de que la Poción Matalobos no resultará peligrosa para la pequeña Selene.

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¿Qué demonios había hecho Draco Malfoy para merecer estar sentado entre esos dos personajes? A su derecha, Ted Tonks golpeteaba el suelo con la punta de su zapato, creando un monótono ruidito que lo estaba poniendo de los nervios. A su izquierda, Harry Potter tenía los ojos fijos en las luces del techo, mientras procuraba no rozarse con Malfoy ni una sola vez. Y, el resto de la sala de espera, totalmente vacía. ¿Por qué diablos estaba metido en esa situación? Él ni siquiera la había buscado. Lo único que había hecho fue ir a avisar al licántropo de que su novia estaba dando a luz y, sin quererlo, se había visto obligado a ir a San Mungo, como parte de la familia Black, para asistir al nacimiento de su nueva prima. Eso era simplemente genial. De entre todos los sitios en los que quisiera estar, ése era el último. Rodeado, además, de dos personas que lo odiaban a muerte y no se molestaban en ocultarlo o disimularlo.

Ted soltó un bufido. Era el vigésimo primero en menos de una hora. Era evidente que al hombre no le gustaba tener que esperar. Draco lo miró de reojo, pensando en lo mal que lo tuvo que pasar durante el nacimiento de su hija. Quizá, por eso no habían tenido más, para evitar que al señor Tonks le diera un infarto o terminara por asesinar al primer imprudente que le dirigiera la palabra. Draco estaba seguro de que su padre no se había comportado así cuando el nació. Era un Malfoy, después de todo.

Potter se levantó, caminando por la sala con el mismo aire ausente de antes. Malfoy procuró no mirarlo, para evitar así alguna clase de enfrentamiento público, y Ted volvió a gruñir. Como ese condenado bebé no naciera de una vez...

En ese momento, la tensa monotonía de la estancia se rompió. Por algún extraño motivo, Severus Snape acababa de llegar, y trae consigo media docena de botecitos de alegres colores. Se quedó parado bajo el umbral de la puerta. Primero, miró con desagrado a Potter, que ni se molestó en prestar atención a su característico gesto de desprecio. Después, fulminó a Draco con la mirada, haciéndole ver que aún no le había perdonado lo que le hizo a Adrien. Y, por último, se fijó en Ted Tonks, que se puso en pie y tomó las riendas de la situación. Draco ignoraba si esos dos se conocían de antes, pero se trataron con toda la cortesía que los dos estaban dispuestos a mostrar: Severus preguntó por el medimago, Ted respondió en tres breves palabras, y los dos se largaron sin dar más explicaciones, dejando a Potter y a Malfoy peligrosamente solos. ¿Es que ninguno de los adultos sabían que esos dos no podían estar solos en la misma habitación?

En esa ocasión, fue Potter quién suspiró, dejándose caer en la silla más alejada de Malfoy. Draco se cruzó de brazos, retomando el golpeteo en el suelo de Tonks, y los dos permanecieron callados, sintiendo que los minutos pasaban más despacio que nunca.

Lo que pareció una eternidad después, Tonks y Snape regresaron. Era cerca de medianoche y los dos chicos estaban cansados. No obstante, Harry aún tenía fuerzas para sonreír y, cuando Ted anunció que Nymphadora acababa de tener una preciosa y enorme niña, con la fuerza de un lobo, a juzgar por sus aullidos nada más abandonar el vientre materno, el chico no esperó ni un segundo en encaminarse hasta la habitación que ocupaba la joven. Era evidente que apreciaba a la familia Lupin y, en cierta forma, Draco entendía su ansiedad. Si él hubiera tenido a alguien que lo apreciara, habría actuado de la misma forma.

Ted miró a su sobrino un instante, como preguntándole si lo iba a acompañar. Draco anunció que prefería regresar al colegio y, antes de que Severus pudiera protestar, el señor Tonks le había pedido que llevara al chico a Hogwarts. Lo único que Severus quería era volver a casa. Por nada del mundo deseaba la compañía de Malfoy, pero no le quedó otro remedio más que hacerle el favor a Tonks. No es que le hubiera permitido negarse...

-Vamos, Malfoy. Es tarde y tengo prisa.

Draco se levantó despacio. Severus lo miró de reojo y comenzó a caminar. Debía reconocer que cada día le costaba más trabajo mostrarse frío con el chico. Después de tener tiempo para pensar en lo ocurrido, había llegado a entender algunos aspectos de la actitud de Draco. Había sido cobarde, lo había traicionado, cierto, pero había sido mientras trataba de proteger a su padre. ¿Tenía Severus derecho a pedirle que le eligiera a él antes que a Lucius? Lo dudaba mucho, porque Malfoy no había sido un mal padre. Frío y rígido, como todo miembro de su distinguida familia, pero se había ganado el respeto y aprecio de su hijo. No debió ser fácil para Draco afrontar toda aquella situación en soledad, intentando ayudar a todo el mundo, pero sin poder salvar a nadie... Severus lo miraba y sabía que estaba arrepentido de haber puesto en peligro a Adrien. Quizá, si el niño no hubiera estado al borde de la muerte, Snape ya habría intentado perdonar, pero casi pierde a Adrien, y eso era algo que guardaría en lo más recóndito de su alma para siempre, junto a la ira que aún le producía pensar en Sirius Black o James Potter, y el odio ciego que le guardaba a Voldemort.

Llegaron a Hogwarts sin decir una palabra. Severus lo acompañó hasta las puertas de entrada al castillo y, cuando se disponía marcharse, escuchó la voz del chico a su espalda.

-Profesor –Se dio media vuelta. Draco le tendía lo que parecía ser un muñeco envuelto en papel de regalo –Hoy es el cumpleaños de Adrien. ¿Verdad? Me preguntaba si podría darle esto.

Le tendió el presente. Severus lo miró con los ojos entornados y terminó por suspirar profundamente. Adrien había pasado todo el día preguntando por su primo. De hecho, Adrien no había dejado de interesarse por Draco en todas esas semanas. Snape no había querido explicarle los motivos que tenía para mantenerlo alejado del joven, pero sabía que Adrien sospechaba que ocurría algo, y cada día estaba más pesado. No supo en qué momento exacto tomó la decisión. Sólo esperaba no tener que arrepentirse y, aunque necesitaría mucho tiempo para aprender a perdonar (tal vez años), aunque Draco tuviera que pasar media vida demostrándole que se la merecía, iba a concederle una segunda y última oportunidad. Sólo por el bien de Adrien.

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Adrien y Josh estaban durmiendo en el sofá, con Black y Oso perfectamente protegidos por sus cuerpecitos. Jerry, sentado frente a la mesa, tenía la cabeza colgando hacia atrás, y roncaba tan alto que era capaz de despertar a media cuidad con sus bufidos. Carole se había quedado despierta, esperando a Severus para concluir lo que habían empezado esa tarde. Le hacía tanta falta...

Al fin, cerca de la una de la madrugada, se escuchó un sonoro plop en el pasillo. Aunque Carole sabía alguna cosas sobre el mundo mágico, el ruido en cuestión la hizo sobresaltarse, pero no llegó a despertar a ninguno de sus tres acompañantes. De hecho, sólo Jerry se removió, soltando un gruñido y cambiando un poco la postura. ¿Cómo podría alguien dormir en esa posición?

Carole salió al pasillo. Esperaba encontrarse únicamente a Snape, pero venía acompañado con ese chico que solía mirar a todo el mundo por encima del hombro. En esa ocasión, sin embargo (tal vez auspiciado o amenazado por Severus), el joven se tomó la molestia de saludarla cortésmente antes de preguntar por Adrien. Carole le indicó que todos estaban dormidos y Severus le animó a despertarlos. De cualquier forma, tendrían que marcharse a sus respectivas camas. Severus podría cargar con Adrien, pero con Jerry ni loco.

Draco entró de puntillas a la habitación. Adrien parecía haber crecido bastante en aquellos tres meses y el joven no pudo evitar sonreír. No lo reconocería jamás, pero lo había extrañado muchísimo, aunque fuera un mestizo que adoraba a los muggles. A su padre le daría un infarto si supiera eso. Tal vez, no estaría de más decírselo, así le ahorraría pasar toda la vida entre cuatro paredes.

Despertó al niño con cuidado. Pretendía que los otros dos siguieran durmiendo, pero Josh abrió los ojos al mismo tiempo que su amigo. Adrien soltó un gritito de alegría antes de arrojarse a sus brazos. Jerry se cayó de espaldas al suelo, agitado por los repentinos sonidos, y los dos niños rieron a carcajadas mientras el hombre se levantaba con la poca dignidad que le quedaba y los ojos pegados de sueño.

-¡Has venido, primo! –Adrien le dio dos besos en las mejillas, que, curiosamente, Draco recibió encantado.

-Claro que sí. Tenía que felicitarte por tu cumpleaños y darte tu regalo.

-¡Oh! Pero la fiesta ya ha terminado –Adrien pareció apenado. Jerry se sentó en la silla, sin entender dónde estaba y qué hacía ese chico allí. Los momentos posteriores al sueño no solía estar demasiado lúcido, el pobre hombre.

-No importa. Me hubiera gustado venir antes, pero de todas formas, he podido verte.

-Sí... –Adrien cogió su regalo y miró todos los que le habían traído sus amiguitos. Había muchos juguetes, mucha ropa, un juego de gobstones (cortesía del abuelo Albus, en honor a su abuelita Eillen, según había dicho) y un par de videojuegos para su consola de parte del tío Jerry. Todo ello, genial. Y el hipogrifo de peluche de su primo Draco también lo era. De hecho, se parecía muchísimo a Buckbeak -¡Oh! ¡Qué bonito! ¡Muchas gracias, primo.

-Me alegra que te guste.

-Sí –Adrien se frotó los ojos. Le gustaba tener a su primo allí, pero era demasiado tarde y tenía muchísimo sueño -¿Te quedarás a dormir?

-Creo que eso debe decirlo tu... –Draco miró al pasillo, descubriendo que Carole y Severus habían desaparecido –Padre.

-Pues yo creo que no te quedará más remedio que quedarte –Anunció Jerry con su habitual ligereza, cogiendo de la mano a Josh y a Adrien –Vamos a la cama. Mañana habrá tiempo para jugar con todo esto.

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-Entonces. ¿A qué se deben esas nauseas matutinas?

Carole acababa de salir del baño, sin molestarse en cubrir su desnudez. Los primeros rayos del sol primaveral entraban a raudales por la ventana y, desde la cama, Severus la miraba con una ceja levantada. Habían pasado una noche de lo más divertida. Ahora era el momento de tratar asuntos más serios.

-¡Oh! ¡Eso! –Carole sonrió, recostándose en el pecho del hombre y dándole un beso en los labios –Supongo que ya debes imaginártelo.

-Sí... Los mocosos tendrán más motivos aún para estar felices.

-Un motivo más, por el momento –Carole acarició su vientre –Nacerá para el mes de octubre. El ginecólogo me ha dicho que todo está bien, aunque no parece hacerle mucha gracia no poder hacerme una ecografía en condiciones.

-Tendrá que verte la señora Pomfrey –Severus carraspeó. Todavía le resultaba un poco irreal admitir que, otra vez, iba a ser padre, pero esa era la realidad. Debía tener una puntería impresionante, pues sólo había estado con Carole una vez, y había dado en el blanco -¿Tienes idea del lío en que nos hemos metido?

-¡Oh! ¡Yo sí! Quién no se lo imagina eres tú, que te encontraste con Adrien criado. Pero espera a tener que cambiar pañales, levantarte a media noche para dar un biberón o asegurarte de que el niño no se cae de la cuna. Ya verás que divertido va a ser.

-¿Cambiar pañales?

Severus suspiró. Por algún extraño motivo, sabía que Carole tenía razón. Y no podía esperar para saber lo que se sentía. Posiblemente sería un total desastre pero, tal y como la mujer había dicho anteriormente, quería correr el riesgo.

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Ahora no sé qué puedo decir, salvo que la historia se ha acabado. Bueno, no completamente, puesto que queda un Epílogo que, tal vez, tenga que partir en dos (no, que voy a partir en dos), pero hasta aquí hemos llegado.

Han pasado muchas cosas desde que empecé la historia. No quiero ponerme ni pesada ni melancólica, pero me da muchísima pena llegar al final, al mismo tiempo que me siento aliviada. Me ha encantado escribir escenas que tenía en mi cabeza desde que la idea comenzó a forjarse en mi cabeza.

He tenido que hacer muchos cambios. Como curiosidad, diré que al principio Adrien iba a ser un chico de la edad de Harry Potter, y que le iba a causar muchos quebraderos de cabeza a su padre, pero no encontraba una explicación para poner a un chaval tan grande y lo transformé en niño. Antes que ésta, hubo otra versión de la historia, en la que Adrien (Se llamaba Álex por aquel entonces) no tenía tanto protagonismo, pero también la cambié. Y creo que no elegí tan mal, después de todo.

También he renunciado a muchas escenas. Quizá incluya una entre Adrien y Harry que tenía en mente desde antes de empezar a escribir. Sería un breve vistazo a la relación de los dos, algo que permitiera a Severus reconciliarse con el chico a través de su hijo, pero eso quizá lo veáis, no os preocupéis. Me hubiera gustado escribir más cosas sobre Mariah. La parte en que Adrien va al Cielo, originalmente estaba al principio del fin, después del capítulo de la primera noche de Snape y Adrien juntos (la de la tormenta), pero creo que está mejor donde la puse. Y, en cuanto a Jerry, no apareció en mi cabeza hasta que no llevaba escritos unos capítulos. Lo necesitaba para darle unas raíces a Adrien más allá de la familia Snape, y a alguien que hiciera que Severus se pusiera celoso. ¡Pobre Jerry! ¡Qué trabajo más chungo le busqué!

En fin, estas cosas no se me han dado bien nunca. Creo que no soy buena despidiéndome y, de cualquier forma, éste no es el final definitivo del fic, así que no me pondré melancólica. Creo que la historia merece un final para otros personajes más secundarios (como Harry, para no ir más lejos) y también una mirada al futuro de Adrien. También me lo he imaginado de adulto, sí. No lo he podido evitar.

También quisiera dar las gracias a todos los que habéis estado siguiendo el fic. Vuestros comentarios me han ayudado a seguir adelante, a´si que muchísimas gracias a todos los lectores, tanto los que me animaron con sus frases de aliento, como a aquellos que han permanecido en el anonimato. Muchas gracias por leer. Me ha gustado mucho compartir estas ideas estúpidas con vosotros. ¡Me encanta decir que tengo lectores, jeje! Así que os espero en los otros fics, que aunque no esté Adrien, también merecen una oportunidad (eso ha sonado a autopublicidad... Upss)

Creo que me estoy enrollando demasiado. Ahora, tengo que despedirme para seguir preparando el epílogo. Finalmente, la historia se cerrará en los cincuenta capítulos. Es un bonito número. ¿No?

En fin. Muchas gracias otra vez.

Besazos, Cris Snape.