-Sí, definitivamente nos merecemos un par de crucios cada una, pero yo tengo confianza en que nuestros queridísimos Marlene no esta haciendo la pelota apenas lectores sabrán perdonarnos. (Ni se os ocurra mandar Crucio-emails, que Dumby siempre os mira).
-También queremos pedir perdón por el breve lapsus del xapi pasado en la nota de autor donde informamos que en las canarias hay una hora más que en la península… Que jodíos sois todos, ya se os podía haber pasado por alto XDD Era un detallito sin importancia, snif.
-Sí. -Marlene entrecierra los ojos con maldad-. Todos teníais que daros cuenta... En fin, supongo que no habéis podido dormir por las noches preguntándoos qué sería lo siguiente que pasaría con Dumby, pues bien, hoy tendréis pesadillas con él, ¡porque ha vuelto!
TATATACHÁN:
¿Recuerdas lo que te dije de huir de los problemas? Pues vámonos.
Homer Simpson
CAPITULO 2UNA IMAGEN VALE MÁS QUE…
James, Lily y hasta Cedric, que había reaparecido de repente, daban vueltas mirando hacia arriba, buscando de dónde provenía la voz de Sirius.
-¡No me digas que ha perdido la forma corpórea! -gritó Lily con cierto pánico-. ¡Ahora esta en todas partes!
-¿Sirius, me oyes? -seguía intentándolo James-. ¿Dónde estás? ¡Contesta!
Mientras tanto, y, aprovechando el alboroto, la mano de Albus Dumbledore llegó hasta el bolsillo de atrás de James, y se hizo con su cartera y documentación. Por si las moscas.
El joven de gafas se dio la vuelta indignado –olvidándose momentáneamente de Sirius- cuando, de paso, el director le pellizcó el culo. Y es que siempre le había parecido que James...
-¿Pero qué hace? –gritó escandalizado, volviéndose hacia Dumbledore, poniendo a salvo su retaguardia.
-Simon, mira que te he dicho que no hagas esas cosas, que es de mala educación –regañó el anciano a su pobre guía, que no tenía ni idea de qué había ocurrido, y, por tanto, no pudo replicar.
James sacudió la cabeza, mirando alternativamente a Cedric y al director, sin saber con certeza cuál de los dos había sido. Finalmente optó por alejarse un par de pasos y seguir llamando a Sirius.
-¡Padfoot! –gritó, haciendo bocina con sus manos alrededor de su boca.
-¡Aquí!
-¡Te oigo!
-¡Yo también!
-¡Bien!
-¡Sí!
-¿Y dónde estás?
-¡Aquí!
-¡Ya!
-¡Sácame!
-¿Pero dónde estás?
-¡Aquí!
-¡Sirius!
-¡Te oigo!
-¡Sí!
-¡Sácame de aquí!
-¿De ahí?
-¡De aquí!
-¿Dónde es aquí? Quiero decir, ahí.
-¡Que huele fatal!
Todos se miraron extrañados, alzando las cejas y mirando a su alrededor. Dumbledore seguía muy de cerca el cul... queremos decir, los pasos de James.
-¡Mierda! Creo que he pisado algo...
-¿El qué?
-¡No veo nada!
-¿Cómo era?
-¿No te estoy diciendo que no lo veo?
-El tacto, idiota.
-Blanducho.
-Ajam –masculló James, apuntando en una libretita los datos, esforzándose por escribir con un lápiz muy pequeño.
El anciano director, perdido ya su interés por la retaguardia de James, se dedicó a pensar qué había podido pisar Sirius. Sim... Cedric, mientras tanto, se acercó a la cesta de limones y, tras elegir cuidadosamente, decidió comerse uno. Así, a pelo.
-Zeñora Potter -dijo con la boca llena y los ojos como dos rejillas llorosas a causa del limón-. Creo que algunoz de zuz limonez eztán podridoz.
-Te lo dije ayer, cariño –asintió James, interrumpiendo su retahíla de preguntas a Sirius, quien se vio en el aprieto de tener que volver a gritar para que alguien le hiciese caso.
Lily silbaba una cancioncilla animada, fingiendo interesarse profundamente por el estado arquitectónico de su puesto de limonadas.
-Zeñora Potter… -insistió Cedric, masticando trabajosamente el limón.
-Tenías que haberle quitado la piel antes, Simon –intervino Dumbledore, acercándose a donde estaba James, mirando con demasiada curiosidad el bolígrafo con el que el joven de gafas escribía. Era de oro, reluciente y…
-En zerio, zeñora...
-¡Vale! Todo es culpa de tus sucias manazas. Te presentas aquí y crees que tienes derecho de ir tocándole los limones a la gente. ¿Pues sabes lo que te digo? -Lily hizo una pausa para detenerse a pensar y Cedric contuvo la respiración-. Que ya puedes ir a tirar los limones podridos mientras piensas en tus acciones, jovencito. ¡Espero que estés contento!
Cedric levantó la pesada cesta y se fue lentamente hacia los contenedores de basura, arrastrando los pies. Tenía la boca llena de limones y la cabeza llena de crueles ideas de venganza contra el mundo. Como alguien volviese a llamarle Simon…
-Oigo muchas voces –gritó Sirius-. ¿Quién está ahí?
-Pues Lily, Simon… -empezó James, contando con los dedos de los pies.
-¿Simon? –repitió-. ¿Quién es Simon?
En un arrebato que le cegó y le hizo tropezarse, Cedric dejó caer la cesta al cubo de basura. Se escuchó un sutil silbido y luego un golpe sordo, seguido de maldiciones groseras y obscenas dichas entre dientes.
-Pero qué coño…
-¿Sirius, ocurre algo? –preguntó James, haciendo bocina con las manos-. ¿Estás bien?
-¡NO! –chilló Sirius, lanzando más imprecaciones-. ¡Estoy harto! A ver quién ha sido ahora el listo que me ha querido aplastar con algo. ¡Ahora apesto a limón y a podrido!
Por un segundo, el tiempo se detuvo. Todos clavaron la mirada en Cedric.
-¡Ha sido Simon! –le acusó Dumbledore, señalando al chico con el dedo, para que no quedase lugar para la duda.
-Pero, a ver... Um... Sirius... Eh... -James trataba de encontrar sentido a lo que acababa de oír-. ¿Lily, me ayudas?
Lily se encogió de hombros
-¿Cómo has llegado ahí, Sirius?
-¡Cayó tras una cortina hace un año! -aclaró Dumbledore, orgulloso de poder intervenir.
-¿Y por eso está en el vertedero? –James estaba estupefacto.
-¿Cómo que al vertedero? –soltó Sirius, en su voz empezándose a escuchar una leve nota de histerismo-. ¿Qué vertedero?
-El del cielo.
-¿Estamos en el cielo?
-Tú no.
-¡Quiero salir de aquí!
-Bien -dijo Lily-, tenemos que sacarlo. Sirius, aparentemente el Ministerio de Magia ha logrado crear un portal entre el mundo de los vivos y el cielo...
-Que da al vertedero- apostilló Dumbledore sabiamente.
Lily lo fulminó con la mirada por haber cortado tan cruelmente su disertación.
-¡Podrás estar contenta, Bellatrix! -gritaba Sirius, metiendo maldiciones e insultos entre palabra y palabra-. Eres una piii, hija de la gran piiiiii, te odio y te piiiii…
-¡Que hay niños presentes! –exclamó Dumbledore, y fue corriendo a tapar las orejas a Cedric-. ¡No escuches, Simon!
Mientras, James se había sentado en el suelo en la postura del loto para concentrarse e idear un método con el que poder sacar a Sirius del vertedero. No podía imaginarse qué hacía Sirius muerto, pero eso era un asunto secundario. Lo primero era sacarlo de ahí, y luego ya lloraría amargamente sobre su hombro.
Albus Dumbledore, dolido aún a consecuencia de su último intento de huir, se resignó a colaborar... más o menos. En ese preciso instante se dedicaba a contarle chistes verdes a Cedric, mientas Lily pensaba en los pros y los contras de las diferentes formas de rescate que se proponían. Cedric, por su parte... Cedric acabó vomitando.
Al cabo de dos horas, nuestros valientes protagonistas tenían apuntadas sus ideas en la libretita de James que no le abandonaba nunca (como el desodorante). Entre las opciones se incluía el vudú, las ofrendas a Poseidón, varias que los niños no deberían oír (propuestas por cierto entrañable ancianito...), y por fin, varias que tal vez, valían la pena intentarse.
(Estimados lectores, no hagáis esto en casa).
Los primeros fueron unos tensos minutos. Tras mucha insistencia de James y protestas por parte de Lily, la acabó convenciendo. A los demás les hicieron taparse los ojos para no ver nada, pero Dumbledore, audaz y apañado como el solo, tuvo la osadía de echar una ojeada a ver qué habían planeado para sacar a Sirius del vertedero.
Lo que vio le dejó anonadado, y tras soltar lo que se conoce como un gritito de nena, cayó en redondo al suelo. Hicieron falta unos minutos para que los demás se dieran cuenta de que se había desmayado, y otros tantos para hacerle volver en sí (aunque Cedric no dejaba de insistir que eso se debía a los puñetazos que le daba James para despertarle). Una vez incorporado, tembloroso el hombre, tan solo pudo balbucear cosas sobre pelos en la espalda y algo que sonaba a James haciendo trenzas.
-No habrás visto nada ¿eh, eh, eh? –exigió saber Lily, entrecerrando los ojos.
-Señorita Evans, en todos estos años en Hogwarts... -trataba de decir el anciano, cogiendo aire como si se ahogase- he creído que Remus Lupin era el hombre lobo.
En ese momento, Lily se abalanzó sobre el director, tapándole la boca.
-¡Rápido, James, amordázale! –gritó, haciendo gestos a su marido-. ¡Si nos damos prisa, podemos tirarlo con Sirius y nadie se enterará de nada!
Llegados a ese punto, Cedric se levantó con los ojos llenos de lágrimas de felicidad:
-¿De verdad es eso posible? Que nadie me despierte si es un sueño…
Albus, retorciéndose, acabó por morder la mano a Lily para liberarse.
-¡Te he oído, Simon!
-En realidad –añadió James, sin hacer caso al viejo, mientras sonreía malévolamente- podríamos usarlo para que Sirius escale por él...
-Pero luego lo tiraréis de todas formas, ¿verdad? -La esperanza temblaba en la voz del joven Hufflepuff.
-¡Simon, cómo puedes decir eso! Después de lo mucho que he cuidado de ti, del amor que te he dado…
Antes de que Dumbledore pudiera acabar la frase, Cedric y James ya le habían arrastrado hacia el contenedor. De vez en cuando, a Cedric se le escapaba una risita, algo así como "¡¡¡¡MUAHAHAHAHA!"
-¡Estate atento, Sirius! –anunció James.
-¿Vais a sacarme de aquí?
-Bajará una barba. Cuando la veas, agárrate bien…
-¿Una barba?
Cogido por los pies, Albus Dumbledore colgaba cabeza abajo en un espacio extraño, iluminado solamente por la luz que pasaba a través de la tapa entreabierta del contenedor. Si no hubiera estado amordazado, el mundo habría aprendido lo que era blasfemar de verdad.
Apenas podía ver y aquel lugar olía parecido al dormitorio del Filch (y cómo sabía cómo olía ese cuarto era un verdadero misterio…). Su larga y preciada barba blanca le tapaba la cara, colgando hacia más abajo, donde una silueta oscura- supuestamente Sirius Black- trataba de alcanzarla saltando.
Al principio pareció que la mencionada figura no se dio cuenta de lo que era exactamente aquello que colgaba a modo de escalera para ayudarle, pero cuando se agarró a la barba y los bufidos y gruñidos se volvieron más agresivos, decidió que era algo... vivo.
-¡Está vivo! –chilló, soltándose por el susto-. ¿James, a qué pretendes que me agarre?
-Calla y escala, Sirius, calla y escala –se limitaba a animar el de gafas. Lily se reía y Cedric estaba en tal trance de felicidad que no alcanzaba ni a cerrar la boca.
-¡Esto muerde, Prongs! –se quejaba Sirius, aupándose a pulso para poder escalar, ya que no había pared para apoyar los pies.
-Y da patadas, pero yo no me quejo tanto –gruñó James, sujetando a Dumbledore por los calcetines para que no se le escurriera.
-Date prisa o sufrirás mi ira –le amenazó Lily.
-No sé si prefiero quedarme aquí abajo, James…
En ese momento Dumbledore estornudó, llenando a Sirius de saliva y mocos y dándole a entender que, al fin y al cabo, había cosas peores que la ira de Lily. Ese suceso tan impactante le hizo decidirse. Haciendo un esfuerzo de titán, consiguió seguir escalando el cuerpo de Dumbledore, yendo hacia la luz, donde veía tres cabezas que le animaban.
Una vez fuera, se dejó caer al suelo agotado, mientras James y Lily reían conspiradores.
-A la de tres soltamos, venga.
-Una, dos y…
-¡Deteneoooos!
Ambos se giraron a mirar a Cedric, que tenía la cara roja de rabia.
-Acabo de recordar algo -suspiró el Hufflepuff-. Según mi contrato, estoy obligado a asegurarme de que mis clientes lleguen sanos y salvos al juicio. Sino me toca servicio comunitario, limpiando nubes, que están mucho peor de lo que nadie se imagina...
-Eso no nos incumbe a nosotros.
-Puedo hacer que se os detenga por tener un puesto ilegal de limonada- dijo orgulloso.
-¿Tanto se nota? -le preguntó James a Lily en un susurro disimulado, a lo que la pelirroja se encogió de hombros. Sus ojos iban de Dumbledore a Cedric. Se podía meter en un buen lío, pero era tan tentador librarse del exdirector…
-Si nos investigan pueden descubrir que tampoco cumplimos las de higiene –añadió Lily entre dientes al oído de James.
- Cierto... –A James parecía costarle mucho aceptarlo-. ¿Ni siquiera podemos asustarlo un poquito?
-Oh, eso sí- dijo Cedric contento-. Adelante.
-A ver –empezó James con voz cantarina-. ¿Qué pasaría si le soltase un pie?
Se pudo escuchar a la forma atada tratando de quejarse y patalear.
-¡No lo sueltes, James! Que no puedo yo sola con él –gritó Lily, avisando a su marido.
-Eso era precisamente lo que pretendía… ¡Podríamos haber dicho que había sido un accidente!
-¡Que no! Súbelo, que como le pase algo se nos va a caer el pelo.
Entre los dos lo izaron, y lo dejaron en el suelo sin hacerle mucho caso. Dumbledore se sentó, intentando arreglarse la barba y la pañoleta que llevaba al cuello, y que se le había enredado con aquella.
-Uf, menos mal que me habéis sacado de ahí –bufó Sirius, dando manotazos a su destrozada ropa-. Llevaba mil años dando vueltas en la oscuridad.
-Hueles que apestas –masculló James, tapándose la nariz y alejándose un par de pasos de su mejor amigo.
-¡No es mi culpa! Si no hubiera caído en ese…
-Vertedero.
-Cada vez que lo pienso –añadió el hombre, haciendo una mueca de asco.
-No pongas esa cara, que te salen más arrugas –le recriminó Lily-. ¡Y ya estás muy viejo!
-Encima de que me muero, me viene con estas –masculló Sirius-. ¿Hasta en el cielo salen arrugas? Bueno, ni importa, lo importante es que…
-¿Pero cómo es que estás aquí? –interrumpió James-. Es decir, ni siquiera aquí, sino en el vertedero.
-Es una larga historia –respondió Sirius.
-Hay tiempo- dijo Lily, sacando el barril de palomitas y sentándose sobre el mostrador del puesto de limonada.
-Uh, bueno, básicamente Bellatrix me hizo caer tras el velo del Ministerio cuando yo intentaba salvar a Harry. Y, ahora que lo dices, se la veía demasiado ensañada, considerando cómo nos despedimos la última vez -dijo Sirius, recordando buenos momentos con una sonrisita pícara-. Tenía un buen montón de fotos…
-Padfoot…
-Que deben seguir en Grimmauld Place…
-Padfoot –insistió James.
Dumbledore trataba de alejarse de puntillas antes de que acabase la historia. Se temía lo peor. Había aprendido a limonazos que, desde el cielo, Lily y James habían sido testigos directos de los últimos años.
-Padfoot, las fotos... -intentaba aclarar James, buscando una manera de exponer el asunto con delicadeza.
-Sabes a las que me refiero, ¿no?- preguntó Sirius a su amigo con un codazo amistoso en las costillas-. Esas del último año de Hogwarts, donde Bellatrix salía...
-Sí, Sirius, ésas. Hay algo que deberías saber... ¡Cogedlo, que no escape! –gritó James de pronto, interrumpiéndose.
De nuevo, la huída de Dumbledore se veía frenada.
James cogió un limón y apuntó bien...
-Vale, vale, ya voy -refunfuñó Dumbledore, a quien no le había gustado el limonazo del capítulo anterior. Ahora tendría que volver con esos ex alumnos degenerados.
-¡Fue él! –le acusó James, apuntándole con el dedo.
-¡Lo admito!- gritó Dumbledore indignado-. Encontré las fotos cuando trasladamos el cuartel general de Alcohólicos Anón... de la Orden del Fénix a Grimmauld Place. Y, por cierto, las tenía Kreacher.
Sirius tuvo la impresión de que la familia Black tenía muchos más secretos oscuros de los que imaginaba. También tuvo arcadas. Elfo pervertido... a saber qué más tendría.
-Kreacher... -pensó Lily en voz alta-. ¡Ese elfo está ahora con Harry! ¡Esto es terrible! ¡Tenemos que proteger a nuestro hijo! ¡Pero, James, no le mates, deja que se termine de explicar!
Lily tenía que apartar a James una vez más de la garganta del ex director, acusado de haber dejado al famoso Harry Potter expuesto a las ofensas sexuales de un elfo senil y pervertido.
-Vale, vale, ¿pero qué pasó con las fotos?
Sirius estaba ansioso por aclarar algunos puntos poco claros de su caída al vertedero.
-Pues bien. –Dumbledore se acaró la garganta muy digno una vez estuvo fuera del alcance de James-. Necesitaba dinero para fundar mi business de lencería, y las vendí. A Rita Skeeter. -Ante la mirada asesina de Sirius, que ya imaginaba hacia donde se dirigía esto, se excusó-. ¿Cómo iba yo a saber que se puede conseguir El Profeta en Azkaban?
-Así que -dijo Sirius respirando hondo, con una calma casi exagerada-, en realidad, estoy muerto por su culpa. Porque Bellatrix cree que fui yo quién las mandó. -Se quedó pensativo un momento, y luego extendió la mano hacia su mejor amigo-. James...
-Encantado de poder ayudar -sonrió Potter, entregando a Sirius el limón más grande que pudo localizar.
-¡NO! –gritó Dumbledore, cogiendo a Cedric y usándolo de escudo, poniéndole una horquilla que se había quitado de la barba en la yugular-. ¡Tengo un rehén!
-¡Déjalo, que es mi sirviente! –bociferó Lily, poniéndose en guardia-. ¡Lo necesito!
-Ahora ya tenemos a Sirius, Lily. Podemos permitirnos perderlo –argumentó James esbozando una sonrisa cruel y malévola.
-Ey, que yo no tengo nada que ver…
Pero las protestas de Sirius fueron apagadas por los pasos de Dumbledore cuando echó a correr con Cedric a la espalda, usándolo a modo de caparazón de tortuga.
-¡Dispara!
-¡No! ¡Pobre Simon! –exclamó Lily, en un arrebato de compasión que posiblemente no volvería a tener nunca más en lo que le restaba de eternidad.
Pero tanto Sirius como James lanzaban ya limones hacia el anciano. Dumbledore demostró que sabía esquivar bastante bien, y Cedric demostró que su cabeza era más dura que un limón.
El director bendijo a su buena estrella cuando se dio cuenta de que había salido del área de alcance de los proyectiles, y de que los dos Gryffindor lanza-limones no le seguían. Cuando se sintió a salvo, se volvió. A lo lejos podía ver las tres figuras, dos protestando y otra pelirroja amenazándolos.
En ese momento Albus paró al fin a recuperar el aliento, y a dejar a Cedric en el suelo, y se dio cuenta de varias cosas:
1. Con el traje de Boy-scout se corría mejor que con una túnica.
2. Es mejor que los limones le den a otro.
3. Tenía que intentar dejar de vender a Simon. Podía ser útil a veces.
4. Simon se estaba poniendo de un color ligeramente amoratado.
En ese momento, recayó en la presencia de otra persona. Tenía el aspecto de ese tipo que ofrece caramelos a los niños a la puerta del colegio. Llevaba una gabardina larga, cerrada, y un sombrero cubriendo parte de su cara, de forma que era imposible reconocerlo. Dumbledore se pensó que era un exhibicionista de esos de los que había oído hablar tanto... así que decidió acercarse.
El hombre hablaba en voz baja, y miraba a los lados, como si tratara de no ser descubierto. Indicó con gestos, tanto a Cedric como a Dumbledore, que se acercaran.
Cuando estuvo satisfecho de su proximidad, y de lo discreto que resultaba (con dos boy-scouts rodeando a un tipo con gabardina y sombrero), se abrió la gabardina. Dumbledore ya casi daba saltitos de emoción.
-¿No les interesará… un reloj?
