Capítulo 1.
Despertó en la enfermería. Hoy era el último día que pasaría allí. Por la tarde le darían el alta. Eso significaba que por la tarde se entrevistaría con la capitana de la decimotercera división. Un escalofrío recorrió su cuerpo, mientras pensaba porque le tenía que pasar a él. Una entrevista con un capitán no debía de ser muy agradable. Tanto poder tenía que ser aterrador. Sin embargo, el que fuese con la de la decimotercera división, era algo que rebajaba un poco el grado de peligrosidad. ¡No era como si fuese a entrevistarse con la de la decimoprimera división! Además, estaba aquí gracias, precisamente, a una shinigami de esa división.
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Estaba rodeado. Al final lo habían atrapado. En ningún momento había pensado que lo cogerían, pese a sus amenazas. Había salido bien parado de situaciones parecidas demasiadas veces, como para tomarse en serio sus amenazas. Primer error. El cabecilla de la banda no era alguien que se olvidase de los que le robaban. Segundo error. Tampoco era alguien que se olvidase de quien se burlaba de su aspecto. Por todo esto, ahora se encontraba en una situación más que preocupante. Su única arma era un palo de madera, que nada tenía que hacer, frente a los cuchillos que manejaban sus perseguidores. Y mucho menos, frente a la katana que portaba el jefe.
- Así que aquí estás, mocoso – le dijo el jefe sonriendo, mientras manoseaba la empuñadura de su arma -. Debería matarte primero pero, creo que dejaré que mis chicos te corten primero algún que otro dedo, la nariz…, tal vez las orejas. ¿Qué decís, chicos?
- Yo la nariz – dijo una de los esbirros, un tipo enorme que despedía un olor francamente repugnante.
- Yo los dedos – dijo otro bajito y con poco más de dos dientes adornando su sonrisa.
- Para mí las orejas – dijo el último. Un tío que le había parecido serio, hasta la mención de las mutilaciones, que había ocasionado un cambio bastante fuerte en su aspecto. Ahora las babas le caían por la barbilla, ante la perspectiva de poder mutilar al chico y escuchar sus gritos.
Aiolos agarró con más fuerza el palo que empuñaba, mientras miraba a los cuatro, esperando quien sería el primero en atacarle. Los tres esbirros comenzaron a moverse en círculos alrededor suyo, mientras se reían. Aiolos giraba sobre si mismo, en un intento de tener a los tres controlados. No sentía miedo. Al contrario, en su interior había algo que lo impelía a mostrarse atrevido y le daba confianza. De repente todos se abalanzaron contra él. Rápidamente dio un saltó hacia arriba, haciendo que los tres chocasen entre ellos. Luego aterrizó sobre los tres y saltó hacia un lado alejándose del cuchillo del más grande. Una sonrisa empezó a iluminar su rostro. Los tres se levantaron y volvieron a formar un círculo en torno a él.
Ahora su táctica era distinta. Atacaban de uno en uno, haciendo amagos, acercándose cada vez más. Aiolos desviaba las hojas con el palo, mientras lo iban acorralando. Sin embargo, antes de que pudieran cercarlo completamente, alzó el palo y lo dejó caer sobre la cabeza del mellado, distrayéndole y pudiendo escapar de la trampa. Pero se había olvidado del jefe. Y eso fue otro error más. Antes de que se diese cuenta, lo tenía detrás de él agarrándole por el cuello y ahogándolo.
- Te pillé – le susurró el jefe en el oído -. ¿Qué vas a hacer ahora? Yo no soy como esos tres.
Aiolos se debatía mientras el hombre apretaba su presa sobre el cuello, privándole del aire. Cuando parecía que iba a morir allí, una voz habló a Aiolos desde su interior, instándole a luchar.
- Utiliza mis poderes, Raijin – le decía la voz -. Haz que corra el relámpago.
Una luz surgió en su mente y una mujer alada le tendió las manos. Aiolos estiró las suyas hasta rozar los dedos de la mujer. Entonces, una corriente eléctrica surgió de su cuerpo, pasando al de su atacante, y obligándole a soltarle, entre gemidos de dolor.
- ¡Serás! – dijo el jefe mientras se frotaba las manos -. ¿Cómo has podido hacer eso, niñato?
Aiolos, lo miraba desafiante, con el palo extendido frente a él. Preparado para atacar.
- Pensaba que no tendría que hacerlo, pero veo que al final si que la tendré que usar – dijo mientras desenvainaba la katana. Rápidamente se acercó a Aiolos y con un movimiento cortó el palo en dos. Aiolos tiró lo restos de su arma y encaró al hombre. No iba a morir como un cobarde.
- ¿Preparado para morir? – le preguntó el hombre, mientras alzaba la katana y la dejaba caer a continuación sobre el indefenso Aiolos, que cerró los ojos. La hoja nunca llegó a su destino. Cuando volvió a abrir los ojos, Aiolos vio delante suyo a una mujer vestida con un informe negro. Tenía el pelo ondulado de color castaño. Eso y una horquilla con tres cadenas con cuentas de cristal, era todo lo que Aiolos veía de su salvadora. Sorprendentemente, le habían bastado dos dedos para parar la katana. Sin apenas esfuerzo, detenía el embate del hombre, que sudaba por el esfuerzo de intentar que la espada siguiese su curso.
Con un movimiento de los dedos, partió la hoja de la katana, ante el asombró de Aiolos y de los otros cuatro. Luego, sin que apenas lo advirtiesen, desenvainó su arma y, como si de un dios de la muerte en la tierra se tratase, desapareció y fue matando a cada uno de los rufianes, volviendo al instante a donde se encontraba Aiolos, con la espada nuevamente envainada, como si nada hubiera ocurrido. Se dio la vuelta para mirar a Aiolos y le sonrió. Tenía una sonrisa bonita y unos ojos color miel que lo miraban divertidos.
- ¿Te encuentras bien? – le preguntó -. Te has defendido bien.
- Si, estoy bien – respondió receloso Aiolos -. ¿Lo ha visto todo?
- No. Sólo el final – le contestó mientras volvía a sonreír, sin dejarse intimidar por el tono del chico -. Tienes un gran poder.
- ¿De veras?
- Sí. ¿Te gustaría entrar en la academia de shinigamis?
- ¿Usted, es shinigami? – preguntó interesado, dejando a un lado la desconfianza -. ¿Qué si quiero ingresar?
- Eso mismo – le dijo la shinigami sonriendo aún más.
- ¡Sí!
Aiolos siguió a la shinigami, mientras flotaba como en una nube. Mientras caminaba tras ella, le parecía como si su alma eliminase el frío de su corazón, la desconfianza y el miedo. Sólo le importaba una cosa ahora. Sería shinigami. Y eso eliminaba lo demás. Al menos por un tiempo.
- Por cierto, mi nombre es Otaka Mizu – le dijo la shinigami volviendo la cabeza para mirarlo, sonriendo con sus labios y sus ojos dorados.
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- Bueno, ya puedes irte.
- Gracias por todo – dijo Aiolos inclinándose ante la oficial de la cuarta división.
- Es nuestro trabajo – le respondió ella -. Por cierto, te esperan fuera. Adiós.
- Adiós.
Aiolos salió de la enfermería, preguntándose quien sería el que le esperaba. Iba distraído mientras caminaba, por lo que no vio al shinigami, que le esperaba apoyado en la pared. Se paró un momento y miró por el pasillo sin darse cuenta de que detrás suyo, alguien le miraba, conteniendo la risa. De repente, sintió algo y dio un salto alejándose, mientras se daba la vuelta. Allí delante suyo estaba ella. Sonreía, como la otra vez. Aiolos, avergonzado, bajó la cabeza en una reverencia.
- Bah, no hagas esas cosas – le dijo la shinigami. Aiolos recordó que su nombre era Mizu -. No soy una capitana. No tienes que ser tan formal.
- De acuerdo – dijo él -. Esto,... ¿eres tú la que me esperaba?
- Sipe, soy yo. Sígueme.
Empezó a andar, mientras Aiolos la seguía. Salieron de la enfermería y abandonaron la cuarta división, dirigiéndose hacia la decimotercera. Conforma iban caminando, se encontraban con otros shinigamis, que saludaban a su acompañante.
- ¿Nervioso? – le preguntó.
- Sí.
- No deberías. La taicho Kuroikawa Ela es muy amable y su fukutaicho también – le dijo sonriendo.
- Ya – dijo él. Y añadió poco convencido muy bajo -. Si tú lo dices.
- ¿Qué decías?
- Nada, nada – se apresuró a decir, mientras enrojecía.
Finalmente llegaron a la división. Nada más entrar, Aiolos se llevó una profunda y buena impresión de la división. Todos con los que se cruzaron parecían felices y hablaban animadamente entre ello, mientras los saludaban al pasar. Definitivamente, era una división que transmitía felicidad y tranquilidad. O eso era la primera impresión. De repente se escuchó un trueno procedente de uno de los almacenes que había a la derecha de la entrada de la división. Menos de un segundo después, una nube de polvo empezó a salir de ese mismo almacén y, dentro de ella, un shinigami con gafas que tosía mientras intentaba evitar ahogarse con el polvo. Tenía el pelo blanco por el polvo, pero se podía ver que en realidad era castaño y peinado en punta. Aiolos se detuvo mientras miraba alucinado lo que se desarrollaba ante sus ojos, mientras Mizu se reía a carcajadas. El shinigami se acercó a los dos, sacudiéndose el polvo de su traje y con un enfado más que aparente.
- No vuelvo a acceder a practicar con ella Kidoh nunca más – iba mascullando.
- Chiffi, así que es eso – le dijo Mizu al shinigami, mientras seguía riéndose -. Parece que nunca aprenderás.
- A partir de ahora sí. Que se busque a otro – dijo levantando la voz -. Yo estoy harto. ¿Quién es él? – preguntó señalando con el dedo a Aiolos que adoptó al instante una actitud a la defensiva. Al tenerlo cerca, pudo observa que tenía los ojos oscuros, muy oscuros.
- Es un académico. La taicho quiere hablar con él – le respondió la shinigami -. Al parecer ha sorprendido a los instructores con un conjuro bastante poderoso. ¿No es así? – añadió girándose hacia Aiolos.
- No fue para tanto – dijo él cohibido.
- Vamos no seas modesto – dijo una voz de mujer procedente de detrás de Chiffi -. Estar una semana obteniendo pobres resultados en los entrenamientos y, de buenas a primeras, reventar una pared con un Shakkahou, no es ninguna tontería.
- Taicho – saludaron los dos shinigamis cuando una mujer, que también se sacudía el polvo de las ropas, se acercó a ellos. Vestía un uniforme bastante escotado, por el que se veía un colgante de color rojo sangre. Sus ojos verdes, muy grandes, lo miraban con interés, mientras se terminaba de sacudir el polvo del pelo rubio oscuro, largo hasta la espalda.
- Tú debes de ser Aiolos – dijo ella -. Yo soy Kuroikawa Ela, taicho de la decimotercera división. Estos que ves son Lodging Blackhorn, sexto oficial, aunque puedes llamarlo Chiffi y ella es mi fukutaicho Otaka Mizu.
Ante la mención del rango de la que había sido hasta entonces su acompañante, Aiolos se quedó sorprendido. La sorpresa pasó rápidamente a algo muy parecido al terror, por la presencia de dos shinigamis con los rangos más altos de toda la sociedad de almas, además de un oficial, y no poca desconfianza, por haber sido engañado.
- Sí, lo soy.
- Sí, taicho – le corrigió Mizu con una sonrisa.
- Sí, taicho. Soy Raijin Aiolos – dijo él mientras lanzaba una rápida mirada asesina a Mizu -. El instructor me dijo que deseaba hablar conmigo.
- Así es. Ven conmigo – dijo ella, y volviéndose hacia Chiffi le dijo -. Por cierto, Chiffi, mañana espero que vuelvas a practicar conmigo el Kidoh. Ya sabes que no me gusta demasiado y practicarlo con alguien me ayuda a no aburrirme.
- Sí, taicho – suspiró Chiffi, mientras Mizu comenzaba otra vez a reírse mientras seguía a Ela y a Aiolos hacia el cuartel. Justo cuando pasó al lado del shinigami, Mizu le guiño el ojo.
- No decías que no entrenarías más con ella – le susurró con maldad y echó a correr para alcanzar a los otros dos y evitar el puñetazo de Chiffi.
Mientras caminaban por los pasillos de la división, Aiolos no paraba de pensar en que podría querer una capitana de él, un simple académico. Romper una pared con un hechizo tampoco es tanto, se decía a si mismo. Finalmente llegaron al despacho de Ela. La taicho lo hizo pasar y le dijo que se sentase en la silla que había frente a su mesa. Ella se sentó enfrente de él con la mesa en medio. Mizu se quedó fuera, mientras cerraba las puertas. Aiolos miró como las cerraba y le lanzó una mirada de ayuda, que Mizu desechó con una sonrisa. Se volvió y encaró a la capitana.
- Supongo que estarás deseando saber porque te he llamado, Aiolos. Bien, pues te lo voy a explicar.
Fin del capítulo 1.
