Capítulo 8.

La oscuridad de las nubes negras de tormenta ahogaba poco a poco los tímidos rayos del sol que comenzaban a surgir desde el horizonte en un nuevo amanecer. Finalmente dejó de verse la luz dorada para quedar el ambiente pintado con un color gris oscuro, y algunas pinceladas de amarillo cuando los rayos se dejaban caer desde las nubes. Y tímidamente al principio, y con fuerza después empezó a llover.

- Maestro¿pero por qué él precisamente? – preguntó una voz cuya rabia reverberó hacia el interior de la cueva.

- Es necesario, lo sabes – dijo otra voz distinta, fuerte y suave a la vez -. Él ha estado con ella y ya sabes…

- Sí¡ya lo sé! – gritó la primera voz con frustración -. ¡Sé de lo que es capaz! Y sé también que no lo merece. Él debería estar aquí en lugar de ella.

- No digas eso. Te estás avergonzando – le señaló la primera voz sin que en ningún momento sonara acusadora. Simplemente constataba un hecho -. Aquello no fue culpa tuya. Ni suya menos aún.

Sólo el sonido amortiguado por la lluvia de unos pasos rápidos que se alejaban respondió a esa última frase. El hombre miró como el joven se alejaba de la cueva sin que ningún gesto aflorase al exterior.

- Debería hablar con él.

Durante un instante cerró los ojos y ladeo la cabeza, como si algo le hablara en el interior de su mente.

- Ja, ja, ja eres demasiado dura con él. Está lloviendo bastante, se va a empapar.

Una nueva pausa y otra carcajada apagada por las gotas chocando contra el suelo, fueron la respuesta a alguna otra interpelación inaudible.

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Lo primero que penetró la inconsciencia de Aiolos fue el sonido que las gotas de agua hacían al chocar contra el suelo. Un plic, plic constante que retumbaba en su mente. Luego sintió frío. A continuación dolor, en la espalda, las piernas, en casi todo el cuerpo. Eso fue lo que le llevó a despertar al fin.

Abrió los ojos lentamente a la penumbra que reinaba en el lugar donde se encontraba. Sin moverse, registró lo que podía ver con la cara pegada al suelo. Éste era de piedra y la humedad lo llenaba casi por completo, mojando su pelo y su cara. La oscuridad le impedía ver más allá de unos metros por lo que procedió a incorporarse lentamente, atento a los pinchazos que sus extremidades le daban. Se sentía cansado y dolorido.

Una vez erguido, apoyado en los dos brazos, intentó levantarse pero lo más que consiguió fue caer de culo al suelo, golpe que le arrancó un gemido de dolor. Desde esa posición, sin embargo, pudo mirar, al fin, el sitio en el que se encontraba. Tras unos instantes de confusión se dio cuenta de que estaba en una cueva. En el techo y en el suelo, las estalactitas y estalagmitas recortaban su visión. A su derecha se extendía un túnel cada vez más oscuro por lo que volvió la vista hacia su izquierda, descubriendo que pocos metros más adelante se encontraba la entrada de la cueva. Y allí, había un hombre.

Estaba de espaldas, mirando hacía fuera, donde llovía a mares. En su cintura, Aiolos pudo ver dos espadas. Era alto y a pesar de llevar ropas gruesas, se podía advertir perfectamente que era muy fuerte. Irradiaba, incluso a esa distancia, una serenidad y una fortaleza tan grandes que el joven shinigami no pudo hacer otra cosa que observarle sin moverse siquiera.

Al rato, el ruido de un trueno le despertó del ensimismamiento en el que estaba inmerso. Aiolos consiguió levantarse al fin, intentando hacer el menor ruido posible. Al ponerse de pie, vio a su zanpakuto apoyada en la pared. Extrañado por no haber recibido ninguna señal de Shippujinrai se acercó despacio a ella y la cogió.

"¿¡Estás bien!?"

Sí, sí. Estoy bien. Sólo estoy un poco dolorido y desorientado.

"Me alegro"

¿Qué ha ocurrido?

"Después de que te desmayaras ese hombre nos cogió a ambos y nos sacó del Seireitei. Estamos en el Rukongai y debe ser uno de los últimos distritos, de la sección este creo. No estoy segura."

Debemos intentar escapar.

"¡No! No lo hagas. Sé que te resultará extraño pero sé que no es malo"

Déjate de tonterías. Nos ha secuestrado sin motivo alguno.

"Hazme caso. Él no quiere hacerte daño."

Cállate.

Aiolos cerró su mente con dificultad a la voz de Shippujinrai y desenvainó lentamente y comenzó a avanzar hacia el hombre con la espada en la mano derecha y la funda en la izquierda.

El hombre estaba ligeramente posicionado en la parte derecha de la entrada, por lo que el shinigami se acercó desde ese lado. Colocando la katana con la punta hacia el suelo Aiolos siguió acercándose hasta estar casi encima de él. Entonces subió el brazo y con la espada paralela al suelo, movió el brazo hacia delante, apuntando a la parte baja de la espalda del hombre.

¡Clanc! El sonido del choque entre metal y metal reverberó en la entrada de la caverna y avanzó hacia el interior.

- Soy un maestro en el arte del Iaijutsu, joven – dijo el hombre que sin que Aiolos se apercibiera siquiera, había desenfundado su katana, se había dado la vuelta y había detenido el avance de la espada del shinigami. Con un ligero movimiento de muñeca, el hombre hizo soltar a Aiolos su espada y le apuntó, seguidamente, con la suya la garganta -. Tienes mucho que aprender, Raijin Aiolos.

- ¿Có-…cómo¿Quién…¿Qué…? – las preguntas se le amontonaban de tal forma a Aiolos que no llegó a completar ninguna.

- Ju, ju, ju – rió el hombre mientras retiraba la hoja del cuello del shinigami -. La típica impaciencia de la juventud. Hace mucho que no…disfrutaba de ella.

- …

- ¿Ahora no dices nada? – preguntó, mientras miraba a Aiolos con curiosidad, al ver como este se retraía y se ponía en guardia -. No te preocupes. No te voy a hacer nada. Y si fuera a hacerlo no tendrías la más mínima oportunidad de librarte. Lo sabes, lo has notado ¿verdad?

- …Sí, lo he hecho – reconoció el joven, que se debatía entre el miedo, la curiosidad y sobre todo la más absoluta incertidumbre.

- Tú zanpakuto te habrá avisado de que no intentaras matarme, pero no pareces haberle hecho caso – comentó mientras envainaba su espada. En ese momento el shinigami pudo ver que la otra era más corta, una wazikashi, cosa que no había podido ver antes.

- Así es. Y gracias por decirlo. Ahora tendré que soportar sus burlas durante varios días – le dijo Aiolos mientras ya comenzaba a escuchar la risa de Shippujinrai en su mente.

- Ja, ja, ja. Así que te ha tocado un espíritu gracioso ¿eh? Teniendo en cuenta que las zanpakutos son parte de nuestras almas, eso quiere decir que es la parte graciosa de tu alma¿no crees?

- ¿Es usted shinigami?

- Algo así, joven, algo así.

- Bueno¿va a responder a mis preguntas o no?

- ¿A qué preguntas? – le dijo el hombre -. Que yo sepa no has llegado a hacerme ninguna.

- …Es usted realmente gracioso¿lo sabía?

- La edad, joven.

- Ya. ¿Quién es usted¿Qué hago aquí¿Dónde es aquí? Y sobre todo¿cómo sabe quien soy yo?, y ¿quién le da derecho a secuestrarme de esa manera? – preguntó Aiolos de un tirón.

- Esas son más de las que antes ibas a hacer – dijo el hombre divertido -. Bueno, intentaré responderte a todas. Te encuentras en el distrito 66 del Rukongai Este. Yo llamo a esta cueva Reigando, me trae buenos recuerdos de una época muy lejana. Lo que haces aquí…eso es un tema que trataremos más adelante. Yo no diría que te haya secuestrado…

- ¿Ah no? – soltó Aiolos sin poder contenerse.

- No – le respondió con mucha seguridad, tanta que hasta hizo que el joven se lo replantease -. Pronto verás que te he hecho un favor. Bueno, sigamos. Sobre quien soy, tengo mis motivos para no revelártelo aún. No creo que te lo hayas ganado. El por qué te conozco entra dentro de esa categoría, así que creo que ya he respondido a esas preguntas – terminó el hombre con una sonrisa.

- …

- ¿No te satisfacen las respuestas? – preguntó mientras miraba a Aiolos como retándolo a que protestara.

- Sí, si me satisfacen, gracias – le respondió intentado verter el máximo sarcasmo en la frase.

- Ju, ju, ju. Parece que no sólo tu zanpakuto tiene sentido del humor, eh?

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- Ya lo ha encontrado.

- Ha sido muy rápido.

- No esperaba menos de él.

- Tienes razón.

- ¿Quién es él?

- Alguien que acabará pidiéndonos clemencia y entregándonos al chico. Nada más.

- …

- ¿Qué pasa¿Tienes dudas ahora?

- No, claro que no. Es sólo que…

- ¿Qué?

- Nada, dejadlo.

- Muy bien. Porque lo menos que necesitamos ahora es que la duda germine entre nuestras filas.

- Por supuesto.

- ¿Deberíamos hacer que lo vigilaran?

- Sí, es lo mejor. Mándalo a él.

- De acuerdo.

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La teniente de la decimotercera división, Otaka Mizu, volvía de su misión en el mundo humano, más contenta de lo habitual. Una sonrisa de oreja a oreja iluminaba su cara mientras sus ojos brillaban al recordar lo que había ocurrido durante el tiempo que había pasado en el mundo humano.

Mmmm, tendré que investigar un poco. ¿A dónde le habrán mandado? Era tan guapo. Esas piernas, esos brazos musculosos, esos ojos azules y ese pelo rubio como los rayos del sol…ains, creo que me he enamorado.

Inmersa en sus pensamientos acerca de la última alma, un joven muy atractivo, que había enterrado mientras acompañaba a los miembros más jóvenes de la división, no se apercibió de que la capitana Kuroikawa Ela se acercaba a ella.

- Mizu, regresa a este mundo – dijo la capitana cuando la alcanzó, chasqueando a la vez los dedos ante la cara de la joven, viendo que su teniente estaba en cualquiera parte menos delante de ella.

- Eh,…ah, taicho, no la había visto – comentó mientras un rubor bastante pronunciado teñía sus mejillas.

- Ya me he dado cuenta – dijo ella riéndose.

- ¿Quería algo? – le preguntó la shinigami para que dejara de reírse de ella.

- De hecho sí – respondió la capitana mientras lo hacía -. ¿Has visto a Aiolos y Kage?

- Estaban de misión. No sé si habrán vuelto.

- Eso es lo raro. Debían de haber vuelto hace tiempo. Los demás grupos enviados a Berlín lo hicieron hace dos horas.

- ¿Ha podido pasarles algo?

- No estoy segura. Por si acaso, voy a pedir que un escuadrón de la cuatro vaya al lugar donde estaban destinados.

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El escuadrón médico llegó a Berlín. Con los detectores de reaitsu comenzaron a rastrear la zona. Debían hacerlo rápido, pues el grupo de hollows pronto estaría allí. Después de un tenso rato, uno de los integrantes del escuadrón dio la alarma. Se dirigieron al lugar del que procedía la señal de energía espiritual. Aunque sólo era una.

Cuando llegaron, vieron el destrozo que habían ocasionado tanto el hollow, como Aiolos con el hechizo. Entre los escombros, encontraron a Kage, aún inconsciente.

- Aquí el jefe de escuadrón – dijo un shinigami alto de pelo castaño -. Hemos encontrado a uno de los shinigamis. No hay rastro del otro. Avisad a la capitana Kuroikawa Ela. Nosotros volvemos con el herido. Corto y cambio.

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La capitana Ela, acompañada de la teniente Mizu, aparecieron en Berlín. Ya no quedaba nadie más. Mientras Mizu observaba los alrededores por si venía algún hollow, Ela se acercó al lugar donde el resto de reaitsu de Aiolos era más fuerte.

- Aquí ha pasado algo – dijo Ela repentinamente seria. Mizu la miró preocupada mientras Ela señalaba hacia el suelo -. Justo aquí. Hay un reiatsu extraño.

Mizu se acercó a donde se encontraba su capitana, también seria, dejando las bromas aparte. Se detuvo junto a ella y cerrando los ojos se concentró en los restos de energía espiritual que flotaban en el aire a su alrededor. Pronto detectó el de Aiolos, aún reciente y junto a él uno que no conocía.

- E-…es muy fuerte – susurró mientras abría los ojos y miraba a su capitana -. ¿Quién puede ser?

- No lo sé. O mejor dicho, no estoy segura.

- ¿A qué te refieres?

- Hay algo en él que me resulta familiar. Demasiado familiar. Pero no estoy segura de que es – dijo la mujer -. Lo que está claro es que parece que han secuestrado a Aiolos.

- ¿Secuestrarlo? – exclamó la teniente, quien no había pensado en nada de ese estilo -. ¿Estás segura?

- Casi al cien por cien, Mizu – contestó Ela. Luego se volvió rápidamente y se dirigió a la puerta que acababa de hacer aparecer -. Volvamos ya. Cuado lleguemos convoca a todos los shinigamis. Mientras la misión no sea de alto nivel, haz que vuelvan todos los que se encuentran en el mundo humano. Y sobre todo, que nada de esto salga de la división.

- Si, taicho – dijo la rubia teniente mientras atravesaban la puerta.

Ela miró a su alrededor antes de entrar, preocupada por las implicaciones de todo esto.

No puede ser él. Por qué iría a aparecer ahora…Esto no tiene sentido.

Fin del Capítulo 8.