Capítulo 9.

Aiolos seguía sin esta convencido de que el hombre de las dos espadas, que no quería decirle su nombre, fuera de fiar pero, de momento tendría que confiar en su palabra. No obstante, siempre tenía a Shippûjinrai en la espalda o a su lado, aunque sabía que no podría hacer nada contra él. Cosa que no dejaba de recordarle el espíritu de su zanpakuto.

Llevaban varios días en la cueva, de la que sólo salían para ir a por comida a un pueblo cercano donde todos parecían conocer y respetar a su misterioso amigo. Durante esos días, Aiolos había intentado sonsacarle más información, pero había sido imposible. Finalmente había llegado un momento en el que el joven shinigami se había hartado de preguntarle y ahora se mantenía todo el tiempo callado, sentado al lado del hombre, acompañándolo al pueblo o simplemente durmiendo.

- Creo que ya es hora – dijo de repente el hombre, mientras se volvía a mirarle. Estaban sentados a la entrada de la cueva viendo como llovía. Había sido un día bastante desapacible, con una lluvia fría que no había parado ni un instante, por lo que no habían salido del refugio que aquellas paredes de piedra les brindaban.

-Hora de qué, si puede saberse – le espetó Aiolos con un tono sumamente aburrido.

- Hora de que sepas quien te ha secuestrado.

- Ja, entonces lo reconoces – saltó el shinigami mientras se levantaba apuntándole con el dedo -. Me has secuestrado.

- Bueno, en el fondo es lo que ha pasado – empezó a decir el hombre -, pero si quieres irte estás en tu derecho.

- Está de broma¿no? No sabría ni como empezar, me perdería al instante. Además… - se interrumpió de repente.

- Además¿qué? – preguntó con una sonrisa pícara el hombre -. ¿Es posible que estés intrigado al fin?

- Psse, bueno…quizá un poco – admitió al fin el joven.

- Ja, ja, ja. Sabía que al final caerías – rió el hombre.

- ¿¡Cómo!? – exclamó el Aiolos viendo que lo habían engañado vilmente -. ¿Todo este tiempo sin querer decirme nada era sólo para crearme interés?

- Sí.

- Así que me has tenido todos estos días de aquí para allá detrás de ti para que me aburriera¿no es eso?

- Sí.

- ¡¡Aaaarrrgg!! Maldito viejo, eres peor que un crío – protestó Aiolos mientras se sentaba con las piernas cruzadas.

- Bueno, no es para tanto… - le dijo pero decidió no terminar la frase tras la mirada que le dedicó el shinigami -. Bueno será mejor que te diga quien soy.

- No estaría mal, la verdad.

- Mi nombre es… - un trueno resonó tan fuerte en el interior de la cueva que acalló la voz del hombre de forma que Aiolos sólo escuchó el final -…no Genshin.

- ¿Cómo¿Puedes repetirlo? – le pidió el joven -. No lo he escuchado con el trueno.

- Tsk, repetir mi nombre es demasiado cansado, así que te aguantas. La próxima vez intenta tener mejor oído – fue toda la respuesta que le dio. Acto seguido se volvió de nuevo y siguió contemplando la lluvia, como hacia antes de dirigirse a él la primera vez.

- …Esto es surrealista – susurró Aiolos mientras sacudía la cabeza. El caso era que las dos palabras que había podido escuchar le sonaban mucho. No recordaba de qué, pero tenía la impresión de que lo había escuchado antes, aunque no sabía donde ni cuando. Con un suspiro él también se dedicó a la contemplación de la lluvia caer, cosa que siempre le había gustado, aunque los recuerdos que le trajera no fueran los mejores.

De repente tuvo el impulso se salir fuera y dejar que la lluvia le mojase y le ayudase a encontrar sus recuerdos para perderse en ellos.

- Creo que voy a dar una vuelta – le dijo Aiolos al hombre cuyo nombre acababa en no Genshin -. ¿No te importa, verdad?

- Claro que no – le respondió -. Intenta no tardar, ya mismo anochecerá, y ten cuidado con los rayos.

Aiolos lo miró un momento, sopesando si se estaba riendo de él, pero la cara del hombre no dejaba translucir ninguna emoción por lo que opto por no decir nada y salió fuera, con su zanpakuto en la espalda.

El hombre lo observó mientras se marchaba con una ligera sonrisa en la cara. Sus dos espadas reposaban a su lado.

- Parece que hemos acertado – comentó como si se dirigiera a ellas.

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Aiolos caminaba bajo la lluvia, sintiendo como el agua penetraba por sus ropas hasta empaparlo entero. Pero no parecía importarle. Iba sin rumbo, sólo los obstáculos del camino le desviaban de la línea recta. Atravesaba el bosque que se extendía bajo la cueva, con paso lento pero sin pausa. Finalmente el bosque terminó y el shinigami desembocó en un acantilado bajo el cual se extendía un lago azul grisáceo del que nacía un río que corría hacia la derecha. Ligeramente a la izquierda de donde había aparecido Aiolos, el terreno se adelantaba, formando un saliente sobre el lago. Hacia allí se dirigió.

El shinigami se sentó en la punta del saliente, con las piernas colgando y deposito a la zanpakuto a su lado. La lluvia decreció en intensidad y por el horizonte las nubes comenzaron a dispersarse permitiendo que los rayos del sol entrasen e iluminasen el lago que se extendía a sus pies, aclarando el color del agua. Donde se encontraba Aiolos aún llovía pero no era demasiado molesta. El joven se echó hacia atrás y cerró los ojos mientras…

…caía, caía, caía…

…y al fin, dejó de caer.

Un niño, con los puños apretados y un gesto de rabia en la cara grita. Delante de él varios adultos, con caras escandalizadas, intentan hacer que se calme. Pero eso no es posible. No quiere. No quiere callarse, ni quiere irse con ellos. Ellos no son sus padres. Sus padres están muertos…

- ¡Muertos! – gritó una vez más -. ¡Muertos¿Me oís?

- Lo sabemos Aiolos. Pero debes tener nuevos padres – le dice un adulto con gafas y bata blanca mientras señala a una pareja que espera alejada del bullicio y le mira con ojos enrojecidos por las lágrimas.

- ¡No! – la negación vuelve a surgir de lo más profundo de sus entrañas. Entonces, unos adultos de blanco, se abalanzan sobre él y lo agarran y se lo llevan en volandas mientras él patalea y sigue gritando un no largo y profundo.

Al final, comprendiendo que no puede hacer nada, deja de luchar y se encierra en un mutismo profundo, dejando el cuerpo laxo. Los hombres lo arrastran hacia la salida, hacia el coche de la pareja, mientras el hombre de las gafas no para de repetirlo que sea bueno, que no se preocupe, que todo se pasará pronto. Pero Aiolos sabe que no es así, que siempre estará en su interior, esa voz, ese sentimiento…

"Aiolos, alguien viene…"

"Aiolos, vuelve…"

Una luz dorada lo rodea en sus recuerdos y el sitio por el que lo llevan los dos hombres se difumina y acaba por desaparecer, sustituido por un cielo cubierto de nubes.

"¡Despierta de una vez! Te estoy diciendo que alguien se acerca. Y no es ese viejo"

Tranquila, ya te he oído. Puedes dejar de gritarme.

"Es que…"

Déjalo, da igual.

Aiolos se incorporó, cogió la zanpakuto y se levantó girándose hacia el bosque. Enfrente de él a unos diez metros había un hombre. En la cadera llevaba una katana enfundada en negro y con la guarda del mismo color. Iba vestido con una túnica negra, parecida a la de los shinigamis pero sin nada blanco. El pelo blanco y lacio le caía por la espalda. Su cara era una mascara de odio y sufrimiento. Los rasgos consumidos apenas si dejaban entrever como era el hombre antes. Sólo los ojos, blancos también, parecían vivos. Sonreía, enseñando una hilera de dientes puntiagudos y en deplorable estado.

- ¿Quién eres? – preguntó Aiolos mientras asía la zanpakuto con las dos manos, sujetándola un poco a su derecha, listo para desenfundar.

Entre un parpadeo y el siguiente el hombre había desaparecido y estaba justo delante de Aiolos, con la katana dirigiéndose al cuello del shinigami, que sólo acertó a desenvainar la espada para bloquear el ataque. Tal era la fuerza del mismo que le hizo retroceder un paso, poniéndolo al borde del abismo.

El aliento del hombre llegó hasta las fosas nasales de Aiolos, agrediéndolas con fiereza, haciendo que se le saltaran las lágrimas.

- No tienes que saber quien soy – susurró de forma apenas audible el hombre -. Sólo que eres mi presa.

- Eso…ni lo sueñes – consiguió decir el joven empujando con fuerza con la katana hasta que se quitó de encima al hombre. Entonces desapareció con un shunpo, y reapareció cerca del bosque, en guardia. Aiolos soltó la funda de la zanpakuto.

El aparecido seguía en el mismo sitio, mirando hacia el lago. Se dio la vuelta lentamente, con la katana, que ahora pudo ver el shinigami que era de un blanco putrefacto, apuntando al suelo, con la guardia totalmente bajada. Una sonrisa fiera deformaba sus rasgos.

- Así que queremos jugar¿eh? – dijo mirando a Aiolos con un brillo demente en los ojos -. Mucho mejor.

- Onmitsuka ni kurikaeshi, kurikaesu odomaki e, tuburabu wa tasu to ware wa tou tame. Shippûjinrai – recitó Aiolos con la espada alzada ante sí. No podía andarse con tonterías. Ese tipo era muy fuerte, podía notar el reaitsu que emanaba de su cuerpo. Las nubes de tormenta comenzaron a acercarse a la zona en la que se encontraban los dos, dejando en el horizonte más cielo despejado. Los relámpagos saltaban por el aire, seguidos del sonido de los truenos. El brillo de la katana de Aiolos creció y entonces el shinigami liberó su poder -. ¡Kôryûha!

Una esfera dorada de relámpagos surgió alrededor de Aiolos. El joven adelantó la espada y utilizó otra técnica.

- Shunkou – un relámpago surgió de la punta de la katana, que seguía brillando, y se dirigió hacia donde se encontraba el hombre de cabellos blancos, que desapareció antes de que le alcanzase el rayo. Volvió a surgir detrás de Aiolos y se abalanzó contra él con la espada alzada pero, cuando entró en contacto con la esfera de relámpagos, un dolor atroz recorrió su cuerpo y detuvo su avance.

- Veo que no eres ningún novato – dijo el hombre mientras recuperaba el aliento, con una rodilla en el suelo -. ¿Por qué no retiras eso y podemos luchar espada contra espada?

El shinigami se volvió hacia él e hizo un gesto con la mano y la esfera se deshizo entre cricks. Aiolos abrió un poco las piernas, para coger mayor seguridad y alzó la espada sobre su cabeza. A su espalda el atardecer daba los últimos coletazos, con los rayos del sol atravesando los huecos entre las montañas e iluminando las dos figuras. El hombre sonreía una vez más y ya se había puesto en pie otra vez.

- ¿Eres un shinigami, verdad? – preguntó Aiolos -. ¿No piensas liberar?

- No va a hacerme falta.

- Eso ya lo veremos.

- Sí, lo verás en seguida – dijo el hombre mientras alzaba una mano ante sí -. Empecemos: la vida en pos de sus maravillas que se encuentran más allá, donde no hay luz. Es como pétalos marchitos en las noches de primavera. Las afiladas garras de la belleza se desvanecen en las puertas de las nubes. Bakudou 36. Dark Mist.

Antes de que el shinigami pudiera hacer nada, el hombre ya había realizado el canto y de sus dedos comenzó a surgir una niebla oscura y espesa que se expandía deprisa, cubriendo el cielo. Aiolos bajó la espada y la colocó ante sí, con el filo hacia arriba, mientras a su alrededor el mundo se tornaba oscuridad.

Esto no me gusta nada. No puedo ver apenas.

"Debes concentrarte en su reaitsu y aguantar lo que puedas. El viejo debe de haberse dado cuenta de que has liberado tu poder"

Espero que tengas razón.

"Y yo…"

Aiolos cerró los ojos y se concentró en detectar la energía espiritual del peliblanco. A su alrededor todo empezó a desaparecer. El murmullo del agua a su espalda, los ruidos de los animales, la lluvia al caer, nada de eso lo oía ya.

A la derecha.

El reaitsu de su atacante surgió a su derecha, por lo que el shinigami movió la espada hacia allí, pero no llegó a golpear con nada. Al instante surgió a su izquierda y el giro que dio no fue lo suficientemente rápido y sintió como el acero rasgaba su espalda.

- Ya no eres tan chulo – le susurró la voz enfrente suya. Había vuelto a cambiar su posición. Aiolos no pudo más que echarse para atrás para evitar el envite que sabía vendría a continuación, pero al instante se dio cuenta del error que había cometido.

Detrás de él no había nada. Sólo el abismo.

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La niebla negra como la noche comenzaba a disolverse, cuando él llegó. Al instante corroboró lo que había sentido en la cueva. Aiolos había luchado contra alguien desconocido y su reiatsu había desaparecido. El hombre cuyo nombre acababa en no Genshin miró alrededor suyo en busca del cuerpo del shinigami pero no lo encontró. Sólo vio una mancha de sangre en el suelo, y un rastro que llegaba hasta el borde del precipicio. Y allí estaba el otro.

- Has tardado mucho – dijo el hombre del pelo blanco sin girarse -. Hace tiempo que terminamos.

- ¿Terminar qué exactamente?

- ¿De veras tienes que preguntarlo? Yo pensaba que tú lo sabías todo – contestó el otro con sarcasmo -. El famoso y poderoso…

- ¡Déjate de tonterías! – gritó el viejo -. ¿Qué has hecho con él?

- ¿Yo? Nada en absoluto – su tono de voz calmo era fingido -. Él solito se cayó – dijo mientras señalaba al lago -. Una larga caída, debió de dolerle.

- ¡Maldito! – exclamó mientras se abalanzaba contra él con la katana desenvainada -. ¡Morirás por esto!

- Creo que hoy no – dijo el hombre joven mientras desaparecía y se colocaba unos metros detrás del viejo -. Quizá otro día.

Y con eso, desapareció definitivamente. El viejo se acercó al borde del precipicio y miró hacia abajo con cara seria.

- Esto es un verdadero contratiempo – masculló. Sin embargo, no parecía que creyese que Aiolos hubiera muerto, pero el hecho de que hubiera desaparecido ahora que lo había encontrado, era desde luego algo muy molesto. Cuando vio que no había nada que más que hacer, dio media vuelta y se dirigió al bosque. Justo antes de entrar en el bosque, vio algo en el suelo, unos metros a su derecha. Conforme se acercaba vio que era la funda de la zanpakuto del shinigami desaparecido. La cogió y entró en el bosque. Al pasar junto a un árbol, hubo un brillo y un ligero movimiento del aire. Acto seguido un árbol caía pesadamente al suelo, cortado a la altura del brazo del hombre -. Mierda.

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En la sala todo era un pandemonium, los shinigamis iban llegando y conforme les contaban lo sucedido se unían a las nerviosas conversaciones. Preguntas al aire y maldiciones resonaban por los pasillos que salían de la habitación. Hasta que llegó la capitana. Cuando entró todos se callaron y sentaron, a la espera de que les comunicase algo nuevo.

- Bueno, creo que todos estáis enterados de la situación – empezó a hablar. Los shinigamis asintieron en silencio -. Mejor, así no tendré que explicarlo de nuevo. Espero que nada de esto haya trascendido fuera de la división – le dijo a Mizu.

- No, taicho. Di órdenes expresas de que nadie dijera nada – le dijo la teniente -. Además la mayoría se han enterado al llegar aquí.

- Bien. Mizu y yo hemos estado hablando – continuó tras la interrupción -, y he decidido ponerle al cargo de la misión para encontrar a Aiolos. Irán con ella Yoruichi, Melange, y tres de los nuevos. ¿Cuáles eran sus nombres Mizu?

- Kage, Apollo y Kaiden – dijo la rubia mientras miraba con un poco de aprensión a Kage, un shinigami con una cicatriz en un ojo, un pañuelo en la frente y una bandana roja que le envolvía el brazo izquierdo al fondo de la habitación.

- A los nuevos, decirles sólo que confío en ellos y en que lo harán bien – les dijo en un intento de tranquilizarlos, aunque no parecían muy nerviosos. Más bien excitados por la oportunidad que les brindaban -. En principio, sin embargo no debería ser una misión muy peligrosa. Creemos conocer a quien se lo ha llevado, o mejor dicho, tengo una ligera idea de quien es. De todos modos, debéis estar alerta y tener mucho cuidado. Espero que cuides de mis shinigamis, Mizu.

- Por supuesto, taicho – respondió la teniente mientras volvía a mirar al mismo shinigami.

- Bien¿ya está todo listo¿Tenéis todo preparado?

- Sí, taicho. Estamos listos – dijo Mizu muy seria -. Listos para encontrarlo y traerlo de vuelta sano y salvo.

- Pues ya podéis empezar. Suerte.

Los seis shinigamis salieron de la sala, bajo la mirada ansiosa de sus demás compañeros. Sus caras eran serias. La determinación se leía en sus ojos, mientras se dirigían hacia algo que no sabían muy bien que era.

Pero no fallarían.

Fin del Capítulo 9.