Capítulo 10.
Lentamente, como a cámara lenta, Aiolos movía los brazos, en un vano intento de no seguir cayendo, mientras veía alejarse el saliente rocoso y la espesa niebla negra que lo cubría. Llevaba la espada agarrada en la mano derecha, pero la funda se había quedado arriba al comienzo de la lucha. El cielo parecía cada vez más alto y el shinigami pudo ver como la muralla rocosa se curvaba hacia dentro y luego acababa en una pared vertical.
Estaba tan sorprendido que ningún grito salió surgió de su garganta. Sólo era capaz de mirar hacia arriba, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un rictus de sorpresa. Poco a poco, le parecía a él aunque caía a gran velocidad, la superficie del agua fue acercándose más. La lluvia seguía cayendo sobre él, aunque muy fina ahora. Echó la cabeza atrás y vio como al final, las nubes habían desaparecido y el cielo nocturno había tomado el relevo.
Cerró los ojos, preparándose para el golpe mientras encogía los brazos, cruzándolos ante sí para intentar sufrir el menor daño posible. Quizá moriría por la caída o después, pero por si no era así, debía intentar ser capaz de defenderse. Y con un brazo roto no lo lograría.
Unos segundos más pasaron hasta que, al fin, llegó el impacto. Fue tan fuerte que le hizo abrir los ojos y le dejó sin respiración. El agua estaba fría y sus músculos protestaron por el golpe y el frío, bloqueándose. No podía hacer nada. Se hundía, pero el frío penetraba en su cuerpo impidiendo que las órdenes desesperadas de su mente llegasen a su destino.
Durante unos instantes pensó que iba a morir. Que el frío ganaría la batalla y él se hundiría despacio hacia el fondo, mientras la superficie se alejaría inexorablemente. Hasta que se quedara sin aire y al respirar, el agua llenase sus pulmones, trayendo consigo la oscuridad de la muerte. Pero no podía morir. No debía morir. De repente notó un calor agradable en la mano que llevaba la zanpakuto. ¡Podía moverla! Lentamente, al principio, y más rápido al final, su cuerpo fue reaccionando y comenzó a nadar hacia arriba. Fuerte, fuerte, más fuerte. La superficie se acercaba, más, más. Y…
- Arf, arf – Aiolos salió al fin del agua. La espada pesaba mucho y sus músculos protestaban por el esfuerzo, pero siguió agarrándola. Ella le había salvado. Una vez más. Pese a todo, debía de tener la pierna izquierda rota, porque pese a la ligera insensibilidad que notaba por el frío, cuando la movía mucho un dolor agudo la recorría de principio a fin. Miró a su alrededor pero todo era agua, excepto delante de él, donde el muro de piedra se encontraba. No podía salir del agua. Intentó recordar hacia donde empezaba el río.
A la derecha, sí. Eso es a mi izquierda ahora. Espero poder llegar.
Aiolos empezó a nadar con esfuerzo hacia su izquierda, intentando no mover la pierna, en paralelo a la pared de piedra. La oscuridad crecía cada vez más, conforme avanzaba la noche. Después de un rato, notó como la corriente empezaba a empujarle hacia la dirección en la que el nadaba. Aliviado por haber elegido bien la dirección, se dejó llevar por el agua, para descansar un poco las piernas.
Durante un rato estuvo así, siempre atento a su derecha, para cuando viera aparecer la orilla. Le pareció que aquello duraba una eternidad hasta que, por fin, el muro de piedra terminó bruscamente y la orilla apareció. Con esfuerzo, empezó a nadar hacía ella, sintiendo como la corriente, antes auxiliadora, ahora se oponía a su movimiento hacía tierra. Apretando los dientes siguió avanzando hasta que sus rodillas rozaron con el lecho del río. Apoyándose en los brazos y en la rodilla derecha, se irguió un poco, sacando casi todo el cuerpo del agua, mientras respiraba aliviado. Luego fue arrastrándose como pudo hasta salir completamente del río. Entonces se dejó caer hacia el lado derecho - sólo entonces soltó la espada -, y con una sonrisa enorme apoyó la cabeza en el suelo. Cuando se hubo recuperado algo, volvió a coger la zanpakuto y se arrastró de nuevo para alejarse de la orilla, en dirección a unos matorrales que había visto a unos diez metros. Cuando llegó allí, se metió entre ellos para quedar oculto y en apenas unos segundos ya estaba dormido.
Algunas horas después, el amanecer hizo acto de presencia. Los rayos del sol surgieron lentamente y comenzaron a incidir sobre los matorrales en los que Aiolos dormía. Eso en lugar de despertarlo hizo que estuviera más cómodo, pues al fin comenzó a coger algo de calor. Así pues, mientras los rayos del sol secaban su cuerpo magullado, él siguió durmiendo hasta que algo hizo que se despertase…, el hambre.
- ¡Comida! – gritó de repente el shinigami incorporándose entre los arbustos, que le arañaron la cara. Claro que eso sólo fue un mal menor. La pierna, ahora que el frío lo había abandonado, comenzó a dolerle tan fuerte que casi se desmayó -. ¡Aaaaah!
Aiolos se agarró la pierna con fuerza mientras los recuerdos de la noche pasada volvían a su mente. Cuando el dolor remitió un poco, y al observarse detenidamente, no pudo sino pensar que había tenido mucha suerte.
"Eso desde luego"
Ah…eres tú.
"¿Quién sino?"
¿No vas a darme las gracias?
"¿Por qué debería hacerlo?"
Te salve el culo…bueno la hoja…Vaya, que no dejé que te perdieses en el río.
…
…¿Hola?
Serás…ahora no dices nada, ¿eh?
Después de la conversación, si es que podía llamarse a ese cuasi monólogo conversación, con su zanpakuto, que ahora brillaba burlona a su lado, Aiolos se arrastró como pudo para salir de los matorrales y ver donde estaba. Cogió la espada y la utilizó de bastón para, con dificultad, ponerse de pie. Apoyándose en la empuñadura de la katana el shinigami comenzó a moverse poco a poco.
Debería ser capaz de volver a la cueva. Debe de estar al este de aquí más o menos. Así que allá vamos…
Con dificultad se dio la vuelta, listo para comenzar a andar hacia el norte para llegar de nuevo a la cueva.
- ¡Oh, mierda!
Y no era para menos. Ante él la muralla de piedra que le había servido como guía la noche pasada, seguía allí, unos cien metros más adelante. Y encima no parecía que terminase cerca de allí. No. Más bien parecía extenderse varios kilómetros hacia la izquierda de Aiolos.
El shinigami frunció el ceño más si cabe y se mordió el labio para evitar ponerse a despotricar en medio de la maleza. Envuelto por el inmenso cabreó que sentía, aún quedaba un resquicio de sensatez que le impedía ponerse a gritar. De esta manera pasaría desapercibido más fácilmente si el atacante nocturno lo estaba buscando.
Resignado a tener que andar mucho y, de momento, sólo algo preocupado por la ausencia de comida, Aiolos comenzó a andar paralelamente a la muralla rocosa. La maleza se extendía alrededor de él, dificultándole el paso, por lo que pese a ser temprano, pronto estaba sudando copiosamente. Cada dos por tres debía pararse para descansar, apoyado en la espada, mientras la pierna izquierda palpitaba y mandaba señales de dolor a su cerebro. Iba francamente lento.
Después de unas cuantas horas, la maleza empezó a hacerse menos abundante y los primeros árboles empezaron a aparecer, preludio del bosque que se comenzaba varios ciento de metros delante de Aiolos. De esta forma, comenzó a ir un poco más rápido y una hora después estaba en el linde del bosque.
El bosque era bastante tétrico. Los árboles crecían tan juntos y de forma tan abundante, que por el sol apenas penetraba a través de las copas de los árboles. Aiolos entró entonces en un mundo de semioscuridad y de sonidos ahogados. Sin embargo e intentando no amedrentarse, el shinigami se adentró con decisión en la frondosa oscuridad.
Lo que me faltaba. Un bosque así para volver a caerme y partirme la otra pierna.
"Pese a las circunstancias estás de muy buen humor."
Oh, ¿qué quieres que me ponga a llorar?
"La verdad es que no"
Y entonces la katana empezó a brillar, iluminando el camino de su portador, que sonrió ante el gesto de Shippûjinrai. De esta forma, Aiolos pudo moverse con más seguridad en la oscuridad.
Ya debía de ser medio día, pues el estómago del joven empezó a rugir de forma desproporcionada. Aiolos se ruborizó al escucharlo, hasta que cayó en la cuenta de que estaba sólo. Después de un tiempo caminando, comenzaba a estar ya desesperado por encontrar algo de comida. Y entonces la vio.
A unos diez metros, justo en borde del círculo de luz había una planta de hojas pequeñas, que portaba en sus ramas unos frutos rojos del tamaño de una pelota de ping pong de esas que usaban los humanos. Al verlos, el estómago de Aiolos volvió a rugir, y este se abalanzó, tan rápido como pudo, hacia el matorral. Cuando lo alcanzó, soltó la zanpakuto, mientras se agachaba y cogía uno de los frutos. Justo cuando iba a darle el primer bocado, una voz surgió justo a su lado.
- Yo no haría eso – dijo la voz -. A no ser que quieras coger una buena indigestión.
La sorpresa fue tal que Aiolos dio un salto y cayó hacia atrás, con tan mala fortuna que su pierna izquierda chocó contra el suelo.
- ¡Ouch, jodeeer! – gritó el shinigami mientras se sujetaba la pierna. A su lado la voz que lo había sorprendido se reía -. No tiene gracia.
- Sí que la tiene – dijo la voz.
Cuando el dolor remitió Aiolos miró a quien le estaba hablando. Delante de él se encontraba una chiquilla que aparentaba unos doce años, aunque a saber cuantos tendría. Tenía los ojos azules y su pelo era castaño y cortado a la altura de las orejas, aunque el shinigami pudo apreciar que un mechón bastante grande caía por la espalda. Tenía una cara bonita y le estaba sonriendo, con los ojos algo entrecerrados y unos hoyuelos considerables.
- ¿Quién eres? – preguntó el joven.
- Me llamo Naoko – le contestó la chiquilla -. Tú debes de ser Aiolos.
- ¿Cómo sabes mi nombre? – el shinigami estaba francamente sorprendido. Últimamente no hacía más que encontrarse con gente que le conocía, pero él a ellos no -. Y, ¿cómo me has encontrado en esta oscuridad?
- Él nos ha hablado mucho de ti – respondió ella -. Y bueno, con esta luz que te rodea no es muy difícil saber donde estás, ¿no crees?
- Ya comprendo – comentó el joven y en un tono más bajo dijo -. Ese viejo…
- ¿Vienes? – le instó Naoko, que se había levantado y le tendía la mano -. Agárrate a mí. Yo te ayudaré.
Aiolos agarró su mano y, apoyándose en la zanpakuto, volvió a levantarse. La chiquilla pasó un delgado brazo por su cintura y ambos comenzaron a andar hacia el interior del bosque. Durante un rato ninguno dijo nada, mientras pasaban junto a más y más árboles. Conforme caminaba el shinigami notó que cada vez había más luz, y al mirar hacia arriba vio que los huecos entre los árboles eran cada vez más abundantes. Cuando vio que la luz era ya suficiente como para ver por donde andaban, le dijo a Shippûjinrai que podía dejar de emitir su luz dorada. Al extinguirse esta, la chiquilla lo miró y sonriendo volvió a mirar hacia delante.
- Ya no queda mucho – comentó Naoko cuando el estómago de Aiolos volvió a rugir, lo cual hizo que el shinigami se avergonzase, esta vez con razón.
- Gracias – dijo él por toda respuesta.
Y ella tenía razón. Unos minutos más tarde alcanzaron lo que parecía un pequeño poblado. Estaba formado por unas siete u ocho casas, que rodeaban un espacio de unos diez metros de diámetro. En esa especie de plaza estaban lo que parecían todos los habitantes de la aldea, alrededor de un pequeño fuego, donde en ese momento cocinaban algo en una olla grande.
- Ya ha vuelto – dijo un hombre que miraba en la dirección en la que Naoko y Aiolos entraban en el poblado. Todos los demás se volvieron a mirar y otro hombre, más joven, se acercó rápidamente a ellos para sustituir a Naoko.
- Gracias – les dijo a los dos el shinigami.
- No hay de que – dijeron ambos a la vez.
Cuando hubo agarrado a Aiolos de forma segura, comenzaron a andar hacia una de las casas cercanas, bajo la atenta mirada del resto de los presentes. Entraron en ella y el joven pudo ver que, pese a la humildad, estaba cuidada y limpia. El hombre lo acercó hasta una cama que había a la izquierda de la puerta y le ayudó a sentarse y luego a tumbarse, siempre con cuidado de que la pierna rota no sufriera ningún golpe.
- Ahora te traeremos comida – le aseguró el hombre antes de salir.
- Gracias. Gracias por todo.
El hombre sonrió y salió de la pequeña cabaña. Aiolos suspiró y reposó la cabeza en la almohada, cerrando los ojos. Aún estaba digiriendo todo lo que estaba pasando. Había pasado de una situación de vida o muerte, a estar rodeado de gente que lo conocía, y que conocía al extraño anciano.
Un rato después sintió como alguien entraba en la estancia. Abrió los ojos y vio que eran Naoko y una señora mayor. Ambas sonreían y la muchacha llevaba un plato en las manos, del que emanaba un olor delicioso. Ambas se acercaron a la cama, Naoko se colocó en la cabecera, donde acercando un taburete se sentó. La mujer se colocó a la altura de su pierna.
- Ella es Reiko – la presentó Naoko -. Es nuestra curandera. Ella se ocupara de tu pierna mientras comes. ¿Quieres que te ayude o podrás hacerlo sólo?
- Creo que podré yo mismo – dijo Aiolos, cogiendo el plato de las manos de la niña que le sonrió. Rápidamente se puso a engullir la comida, que estaba igual de deliciosa que como olía.
Mientras la mujer retiró con cuidado lo que quedaba de la pernera izquierda del hakama, lo que arrancó un gesto de dolor al joven shinigami. Luego comenzó a tocarla con precaución intentando valorar los daños. Una luz azulada surgió de sus manos mientras las movía sobre la pierna.
- Tienes la tibia rota – empezó a decir con voz grave y rasgada -, pero por suerte es una fractura limpia por lo que entablillando la pierna debería soldar bien. Voy a por las cosas y ahora vuelvo. Deberías terminarte eso antes porque te va a doler.
- De acuerdo – dijo Aiolos y siguió comiendo hasta que se lo terminó todo -. Estaba muy bueno, gracias.
- De nada – respondió Naoko y justo entonces entro Reiko de nuevo, con unas vendas y una tabla en las manos.
- Empecemos – dijo la anciana.
Poco recordaba Aiolos al despertarse del proceso de entablillado pues al levantarle la pierna entra las dos para vendársela perdió el conocimiento al sufrir un dolor atroz. Al despertarse vio que tenía la pierna vendada y con la tabla puesta y notó que le dolía algo menos. Después de unos momentos notó que no estaba sólo.
- No te alarmes – le dijo una voz desde el quicio de la puerta -. Soy el jefe de la aldea. Venía para ver si estabas bien.
- Lo estoy. Gracias a vosotros.
- Es lo menos que podíamos hacer. Al fin y al cabo él nos ha ayudado muchas veces.
- Ya veo – dijo Aiolos -. Por cierto, ¿podríais decirle que estoy aquí?
- No será necesario – dijo una nueva voz, desde detrás del jefe de la aldea -. Ya estoy aquí.
Era el hombre cuyo nombre terminaba en no Genshin el que le miraba con alivio en los ojos.
- Menos mal que estás bien.
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Ela caminaba a paso rápido hacia el cuartel general. La capa blanca ondeaba tras ella. La mirada acerada y decidida. Estaba dispuesta a sacarle el paradero de esa rata asquerosa al capitán general, incluso a golpes si hiciera falta. Así pues, la capitana de la decimotercera división iba pasando división tras división a un ritmo endiablado.
En esos momentos los shinigamis encargados de encontrar a Aiolos estarían partiendo hacia el Rukongai. Ella esperaba que esta visita le permitiese darles algún destino más concreto. Mientras, tendrían que confiar en su intuición. Les había ordenado que empezaran la búsqueda por el Rukongai Este, donde Aiolos había crecido. Había sido un pálpito pero estaba segura de que en alguno de esos distritos se encontraba el shinigami desparecido.
Finalmente llegó al cuartel de la primera división. Atravesó las puertas y se dirigió hacia la oficina del comandante. Justo al llegar ante ella, el teniente de Ailios, Pedro, salía del despacho de su capitán.
- Ela taicho – saludó el shinigami haciéndole una reverencia -. ¿Puedo ayudarla?
- Tengo que ver a Ailios taicho – le dijo ella -. Ahora.
- Etto…me ha dicho que no le molestase. Lo siento capitana pero… ¡eh!, capitana, por favor, no entre.
Pero ya era tarde, no sólo había entrado ya Ela en el despacho, sino que había cerrado la puerta, dejando al sorprendido teniente fuera.
Una vez dentro, Ailios la miraba sorprendido por lo súbito de su entrada, y algo preocupado por el gesto de enfado que la capitana portaba.
- ¿Pasa algo, Ela? – preguntó con delicadeza.
- Sí que pasa – respondió ella abruptamente -. Pasa que necesito saber donde está.
- ¿Dónde está quién?
- No te hagas el tonto, Ailios – le espetó ella señalándole con el dedo -. Sabes muy bien de quien hablo.
- Ela, no creo que esas sean formas de tratar a tu superior.
- Me importa un bledo que creas que no son formas – dijo ella mientras se acercaba a la mesa, detrás de la cual se encontraba Ailios, se inclinaba hacia él y lo agarraba del haori, acercándoselo a su cara -. ¿¡Dónde está!?
- Suéltame, Ela – susurró el capitán general muy serio -. Si no lo haces te quedarás sin respuesta y, encima, tendré que castigarte.
- Está bien – claudicó Ela, soltando el haori del capitán y echándose hacia atrás.
- Siéntate, por favor – le indicó él mientras señalaba una silla al lado de Ela. La capitana se sentó -. Bien. Si quieres que te diga donde está, primero debes decirme porque quieres saberlo.
- Han secuestrado a uno de mis shinigamis.
- ¿¡Cómo!?
- Lo que te estoy diciendo. Y estoy seguro de que él tiene algo que ver. No digo que lo haya hecho él, pero seguro que está metido en todo.
- ¿Por qué piensas eso? – preguntó súbitamente preocupado Ailios.
- Cuando descubrí que habían secuestrado a Aiolos – empezó a contarle Ela -, en el lugar donde había ocurrido aún quedaba un resto de reiatsu. Era muy familiar para mí y pensándolo después, caí en la cuenta que las otras veces que lo había sentido, siempre había sido en presencia de él. En presencia de Kizoku Kyuusai.
- Ya veo.
- Así que dime donde está él, por favor. Debo hablar con él.
- Está bien.
- Gracias.
Fin del capítulo 10.
