III
Marduk y los defensores de Dandara.
Acurrucado bajo los restos de una nave de combate lloraba un niño de unos siete años de edad. No lograba creer lo que estaba sucediendo, ni mucho menos entenderlo. ¿Cómo es que, después de derramar tanta sangre, la gente estaba feliz? Ya nada podría devolverle a sus padres, y eso era lo único que le preocupaba. Ahora estaba sólo en el mundo.
- ¿Marcus? Que haces ahí escondido, muchacho- exclamó un hombre mientras le tendía la mano invitándole a salir- ya está oscuro y hace mucho frío para estar fuera de casa.
- No quiero ir, señor Fausto, sólo quiero a mis papás- respondió en niño entre sollozos.
Fausto sintió una pena enorme. La soledad era amarga incluso para él, por lo que imaginó que el dolor del niño debía ser mucho mayor. Los padres de Marcus habían muerto recientemente, durante la última batalla por la liberación contra los señores y ocupación de las tierras de Dandara, que si bien fue un éxito, tuvo como precio la muerte de muchos guerreros.
- Marcus... yo estoy muy triste. No sólo tus padres eran mis amigos, sino muchos otros que también murieron. Éramos todos una familia y ahora me siento tan huérfano como tú. Pero su lucha acabó y comienza la nuestra. Si nosotros no construimos una nación, jamás honraremos sus muertes. ¿Lo comprendes, muchacho?
- Señor...
- Si amaste a tu madre y a tu padre, si los sigues amando... lucha. Vive y lucha.
Desde aquél día, Marius quedó bajo la tutela del señor Fausto, quien no sólo se encargó de cuidarle, sino que le educó como habría hecho con un hijo. Le enseñó desde las letras hasta las artes de la lucha, así como le forjó carácter recto y la capacidad de liderazgo, aunque reconocía que mucho de ello le era innato.
A los 17 años, Marius Mitra gozaba de buena fama entre los jóvenes de Utopía, una comunidad formada por antiguos combatientes amigos, sus familias y los hijos huérfanos de leales caídos. Utopía era un pequeño mundo lleno de ilusiones, de proyectos para Dandara y, por sobre todo, de valores: un mundo que, a medida que pasaba el tiempo, más se diferenciaba de la realidad exterior. Fausto era una de las cabezas más respetadas del grupo y se comentaba que su discípulo Marius iba por el mismo camino.
El joven mostraba una sabiduría poco usual para su edad, algo que provocaba admiración entre sus pares y curiosamente, atracción entre las muchachas, quienes se le acercaban con regalías y coqueteos. El mismo Fausto le fastidiaba de vez en cuando diciéndole que en cosa de mujeres se invertían los roles de maestro y discípulo. Pero en realidad, pese a la seguridad que el joven mostraba cotidianamente, las jovencitas con muy poco esfuerzo lograban ponerle en aprietos.
De entre todas había una joven que llamaba especialmente su atención. Petra era una trigueña graciosa y menuda, cuya cándida sonrisa bastaba para iluminar el día más nublado. O eso sentía Marcus aquellas mañanas en que, desafiando el frío de la madrugada se levantaba feliz a ordeñar las vacas sabiendo que a ella le tocaba recoger la leche del día. Acompañarla acarreando botellas hasta la gran cocina común se llegó a convertir en su actividad predilecta, no sólo por la belleza de la compañía o su derroche de simpatía, sino porque su conversación era una delicia intelectual, cualidad que Marcus valoraba por sobre cualquier otra. Aquellas charlas matinales develaron una gran afinidad entre ambos jóvenes, quienes incluso compartían visiones y proyectos tanto para su pequeña Utopía como para Dandara, tornando su dulce coqueteo en una auténtica camaradería.
Poco a poco, la admiración que Marcus provocaba en sus coetáneos lo fue perfilando como futuro líder de la comunidad. Los mayores lo veían con buenos ojos, tanto por sus cualidades como por la aceptación entre sus pares, por lo que cada vez le otorgaban más participación en las reuniones semanales del grupo y con ello, aumentaron también sus responsabilidades. Pese a su juventud, la carga de sus asignaciones se alivianó gracias a la permanente orientación de su maestro Fausto y la cooperación de Petra.
Eran las seis de la tarde y llevaba casi diez horas transcribiendo antiguos textos sobre filosofía y política. Aunque no era raro que pasaran días sin ver la luz del sol, la aparición de Petra nunca antes fue tan apropiada:
- Siento interrumpir, pero no permitiré que trabajes un minuto más en lo que queda de este día.
- Debo cuidar de Utopía- respondió Marcus sin la real intención de oponerse.
- ¿Y quién cuida de ti?- Aunque Petra sólo estaba jugando, Marcus sintió un fuerte sabor a verdad en sus palabras. Era cierto, desde que se estableció la cercanía entre ellos, la joven no dejaba de entregar su cariño y sus cuidados tanto a Marcus como a su maestro.
- ¿Te parece bien un paseo por la laguna?
La propuesta del joven alegró en demasía a Petra, no sólo por lo romántico que podría resultar, sino además porque muchas veces intentaba infructuosamente distraer a Marcus temiendo por esa obsesión suya de sumergirse en el trabajo, por lo que agradecía que esta vez hubiese surgido de él la idea de salir de allí.
Los reflejos del sol de la tarde sobre la laguna regalaban un espectáculo sublime para los dos jóvenes que caminaban lado a lado, apenas rozando tímidamente sus manos. Repentinamente, Marcus esbozó una sonrisa al recordar sus primeros encuentros con la muchacha.
¿Recuerdas la primera vez que nos hablamos?- la joven asintió con la cabeza- Tú me llamaste Marduk. Aunque te corregí, durante varias semanas seguiste cometiendo ese error. Yo no lo entendía, porque todos en Utopía me conocen muy bien, pero tú siempre confundías mi nombre.
- Yo no confundía tu nombre, Marcus- respondió Petra, provocando gran desconcierto en el muchacho- Aún creo que Marduk es el nombre más apropiado para el líder de Utopía. ¿Acaso no eres tú quien nos va a guiar?
Marcus no lo dudó un segundo más. La mujer que tenía en frente no sólo le atraía poderosamente, sino que jamás dejaba de sorprenderlo. Bella, dulce, inteligente, sólo le faltaba una cosa… ser suya. Antes siquiera de pensar en lo que hacía, aprisionó el rostro de la joven entre sus manos y grabó en sus labios toda la pasión de su amor juvenil.
Las condiciones en que se estaba viviendo al exterior de Utopía eran una constante fuente de preocupación para la comunidad, desde la cual ya surgían voces de separación:
- Es una inmoralidad que, a sabiendas de que el país no está logrando organizarse y sólo se está sumergiendo en la pobreza, nosotros estemos encerrados aquí viviendo como en el paraíso- decía un partidario de la separación.
- Nuestra comunidad se formó porque nuestros padres tenían ideales, no para salvarnos entre nosotros- apoyaba una joven.
- Yo también creo que debemos participar más activamente en la construcción de Dandara- intervino Marcus- y concuerdo en que nuestra forma de vivir se ha alejado de nuestro principio básico, pero si desarticulamos la comunidad trabajaremos solos contra el mundo. Debemos seguir unidos, trabajando para el exterior, pero desde adentro.
Aunque las ideas de separación seguían latentes, la comunidad estuvo de acuerdo en que, por el momento, no había una opción más apropiada. Sin embargo, al cabo de unos pocos meses, la tranquilidad de Utopía se vio fatalmente transgredida. La miseria aumentaba y la gente del exterior no veía con buenos ojos la el notorio bienestar de la comunidad, manifestando con vandalismo su rabia. Los robos de animales, las pedradas en los límites del cónclave, la destrucción de las empalizadas, todo era aguantable, todo podría reponerse endureciendo el trabajo, pero la desaparición de un pequeño era algo inimaginable. Tres días después, su cuerpo flotaba boca abajo atado a unas tablas en la laguna. La visión era espantosa, le habían rapado la cabeza y habían dejado en su nuca una frase perturbadora: "Los ángeles de Dandara son la comida de los demonios".
Utopía estaba impactada y el duelo reimpulsó las ideas de separación. Esta vez no había objeción posible, ya que el mismo hecho de vivir unidos les ponía en peligro. Había que reorganizarse urgentemente.
- Estamos peor que cuando éramos esclavos- manifestaba iracundo un anciano.
- ¡Debemos marcharnos por el bien de nuestros hijos!- gritaban las mujeres.
Marcus y los otros jóvenes estaban abatidos. A diferencia de los mayores, ellos no recordaban una vida diferente a la de la comunidad y les aterraba la idea de separase. Fue entonces cuando el joven, haciendo acopio de todo su valor, exhibió por primera vez su potente liderazgo. La totalidad de los mayores abandonaron la comunidad, llevándose a los niños con ellos. Sólo quedó un pequeño grupo, nadie sobre los veintiún años y casi todos sobre los quince, entre ellos sólo dos matrimonios y sus bebés. Incluso el maestro Fausto tomó la decisión de dejar Utopía, algo que Marcus no lograba comprender.
- Los mayores debemos partir a paliar la situación, Marcus.
- Maestro, no puedes dejarme solo, ¡No ahora!
- Escucha muchacho. Utopía acabó aquí, este día. Y este día tiene que nacer una comunidad nueva, con un líder a quien seguir, que sólo debes ser tú. Si me quedo a tu lado, no será a ti a quien escucharán, y como tu maestro, no puedo hacerte eso- el joven iba a protestar, pero Fausto se adelantó- No estás sólo, mi joven amigo, la tienes a ella- Diciendo esto, Fausto se marchó.
Aunque Marcus sintió miedo, rabia, esperanza y frustración, todo revuelto en su interior, supo en cuanto sintió una manos cálidas sobre sus hombros que todo lo que su maestro había dicho era verdad. Sin perder más tiempo, reunió a la nueva comunidad en el gran comedor común y anunció ante la asamblea:
- No lloremos por Utopía, hermanos míos, sino más bien celebremos el nacimiento de una nueva comunidad, más fuerte y con más esperanzas. También Marius Mitra se fue en este destierro y llevose con él su temor y fragilidad, pues desde hoy responderé al nombre de Marduk. Quien quiera seguirme, bienvenido sea.
Aquél día, el joven líder cumplía dieciocho años. En poco tiempo, la comunidad estaba reinstalada y sólo se sabía de los antiguos miembros a través de las noticias que llegaban con comerciantes viajeros. Aunque la vida había recobrado cierta normalidad, la violencia ya no les era ajena, por lo que su actividad incluía movilizarse y hasta dispersarse por largos períodos si era necesario, pero siempre manteniendo la comunicación y cohesión del grupo. Al cabo de unos años, todos estaban instalados en sectores diversos, mas nadie dejaba de asistir a la asamblea semanal.
Pese a los intentos de ordenar la situación, nada parecía tener la fuerza suficiente para detener el caos, y al ser precisamente ese clima el que perpetuaba el poder de los nobles, estos sólo alimentaban más la hoguera. Marduk decidió, muy a su pesar, que las acciones pacíficas a pequeña escala eran paliativos cuyo efecto cada vez se diluía más. Durante casi un año se dedicó a viajar a Palas, tierra de sus antiguos señores, en busca de las honorables familias que antaño patrocinasen su liberación, con la esperanza de conseguir de ellos el apoyo para derrocar a los líderes actuales de Dandara. Aunque debió negociar más de lo prudente, logró regresar a casa con buenas nuevas, anunciando su esposa que, al fin, Dandara tenía esperanza.
La noche estaba helada y Marduk regresaba a su hogar con aquellos recuerdos en mente, sintiéndose tremendamente frustrado porque, esta vez, no podría abrazar a Petra contándole lo exitoso de su viaje. Repentinamente, una imagen familiar se materializó en el camino, obligándole a detenerse.
-¿Quién eres?
- Soy Marduk, alguien que busca la paz para Dandara.
- ¿Y tú sabes quién soy?
- Dicen que eres el demonio de Fayum
- El demonio de Fayum es un animal que come gente, pero los animales no tienen futuro. Yo no se si hay futuro para mí, pero quiero ser más que un animal.
Marduk se quedó sin palabras. Con un gesto indicó al joven que subiera a la camioneta, e iniciaron un viaje silencioso, pero cargado de ilusiones.
