Mayo de 1945. En algún rincón sin identificar de Austria.
– ¿Tienes un cigarrillo?
– Si, de nuestro hermoso tabaco alemán, no esa mierda que fuman los Ivanes.
– Iván no tiene tabaco, fuman excrementos liados con papel de periódico.
– Iván no se molesta en el bienestar de sus soldados¿qué es más importante que fumar y beber para un soldado?
– ¿Comer y dormir?
– Cállate, Rudi. No hables, que la cagas
Sus compañeros se rieron y el aludido le arrojó una botella vacía de vodka que casi alcanza el blanco.
– Stalin piensa más en ganar la guerra que en sus soldados… en el ejército ruso, los soldados son más baratos que las municiones. Por eso hay tantos.
– ¿Sabéis? Tengo un primo segundo que trabaja en Berlín, en la Cancillería del Reich, le diré que haga lo mismo con nosotros, si nos convertidos en una masa de soldados anónimos, sin placa de identidad, y sin historial de bajas. No hay nombres, tampoco hay bajas que identificar, que les den a nuestras familias. Si estamos vivos, ya volveremos a casa. Si no volvemos, es que nos han matado.
– Déjate de decir chorradas, no bromees con eso. Estamos perdiendo esta maldita guerra…
– ¿En serio¡No me digas! Yo pensaba que ya estábamos a punto de tomar Moscú, lo que pasa es que nos hemos equivocado de lado…
– Maldita raza de subhombres, lo que nos han hecho retroceder. ¡Huimos de ellos como si tuviéramos hormigas en el puto culo! Desearía poderme quitar las botas…
Unos pasos imponentes sonaron, y los soldados levantaron la mirada de la pequeña escalera donde se habían sentado a beber y a fumar.
– ¿Pero qué coño hacéis aquí, pandilla de holgazanes¡Os dije lo que hacer! Moved vuestro apestoso culo antes de que os lo rompa a tiros con mi MPI. ¡Me muero de ganas de usarlo, y antes de que vengan esos rusos gastaré un cargador en vosotros!
El sargento quitó el seguro a su MP-40 y apuntó a los soldados que, con calma y tranquilidad, recogieron sus bártulos sin mostrar ninguna prisa. Se colocaron los correajes por encima del uniforme, de la manera reglamentaria, y por encima de ellos el capote para protegerse de la lluvia. Por último, sus cascos de acero, aunque eran un estorbo porque al mojarse brillaban y atraían los disparos enemigos.
Finalmente, cuando estuvieron listos, salieron todos por delante del SS-Oberscharführer.
– Bueno, hacedme algo útil, para variar. Llegará una remesa de reclutas "verdes". Mostradles por encima cómo son las cosas aquí, y preparémonos para recoger. Me cago en Dios que esos cabrones han elegido el peor momento para llegar, pero bueno. ¡Haced vuestro trabajo, me cago en la Ostia puta!
Un sargento, sea de la Wehrmacht o de las Waffen SS, sea ruso o alemán, o incluso japonés, tiene que gritar e insultar para demostrar que es sargento.
La famosa batalla del Bulgue había terminado, con otra estrepitosa derrota de las fuerzas alemanas, y junto a la Operación Veritable, los aliados habían logrado cruzar el Rhin y entrar en Austria. Por otro lado, los rusos habían entrado ya en Austria por otra dirección, tras terminar de liberar Checoslovaquia. Por ello, desde Marzo y Abril estaban procediendo las evacuaciones de los campos, y por su situación estratégica, este campo era uno de los últimos en ser liberados.
Los alemanes se apresuraban a despejarlo todo, sin saber que la guerra estaba completamente perdida a estas alturas. Conseguir ocultar los atroces experimentos y evitar de cualquier forma que se supiera lo del virus… la idea de algunos doctores consistía en esparcir el virus entre las fuerzas invasores comunistas, pero para ello era vital guardar el secreto, y esperar la ocasión. Retirarse y esperar el momento, el momento de una Tercera Guerra Mundial, quizás los aliados contra las Hordas Rojas.
Ante los ojos de dos científicos con estandartes de las SS que apuntaban y tomaban notas en una carpeta negra con las dos SS en forma de rayo, un grupo de ocho soldados se encargaba de destruir todos los papeles en una hoguera comunal, y otro grupo de doce, bajo el mando de un teniente de las SS (SS-Obersturmführer), cargaba las bombonas en tres camiones pesados Opel Blitz. El resto de los soldados estaba de guardia vigilando a los prisioneros, que bajo amenazas y disparos se dividían entre las pesadas tareas de enterrar los cuerpos en zanjas excavadas a lo rápido, pues no había tiempo para incineraciones, y en dinamitar todas las instalaciones para que no quedara ni rastro. Las tareas importantes las hacían los propios alemanes, las otras eran delegadas en los prisioneros.
Además de todo ello, los soldados de las SS sospechaban de la presencia de partisanos, o guerrilleros infiltrados en las líneas germanas, por lo que extremaban las precauciones al máximo.
Mientras, algunos de ellos hacían la guardia, con armamento ligero, y otros permanecían expectantes en tres vehículos semiorugas Sdk.251-Ausf B (modelo B) armados con una sola ametralladora MG-42, aunque suficiente para poner fuera de combate a toda una escuadra enemiga.
Cuatro soldados de la Feldgendarmerie, precedidos por un oficial, marchaban por el complejo del campo con sus armas listas, preparados para disparar también contra cualquier desertor.
Pero el resto de soldados evitaba sus miradas, los dogos eran una bazofia dentro del ejército alemán.
Sin embargo, solamente encontraron a algunos oficiales sin hacer nada
En ese momento, llegó un camión del ejército alemán, cargado con ocho nuevos soldados de la SS Totenköpfverbande, que descendieron cuando éste se paró. Los soldados miraron alrededor, sorprendidos por el ajetreo.
– ¿No se suponía que nos enviaban a un campo especial…¿Dónde estamos?
Un Obersharführer, junto con seis soldados, se acercó hasta ellos. Los ocho nuevos reclutas se cuadraron y saludaron con un militar "HEIL HITLER!" con la mano derecha, y la izquierda a 3 centímetros exactos del pantalón.
El sargento primero respondió con otro "Heil Hitler" y les informó acerca de lo que necesitasen saber.
– Bueno, habéis escogido el peor momento, ahora estamos desmontando este KZ (KonzentrationsLäger) porque los Ivanes nos están dando por el culo. Los tenemos justo delante, pero no se deciden a atacar. Nosotros aprovechamos, y nos cargamos este campo. No preguntéis sobre qué estábamos haciendo aquí, es algo que no os interesa. Cabo Kanduth, usted y sus hombres¿de donde vienen?
– Hemos sido enviados desde Dachau, aunque dos de mis soldados estuvieron destinados en Sobibór, antes de que fuera desmontado en el 43. Ahora mismo están evacuando y desmantelando todos los campos…–respondió el cabo primero Hans Kanduth.
Uno de los soldados que venía con el sargento intervino.
– Oí que los judíos se rebelaron en esa fecha¿no? En Agosto, o Septiembre, o por ahí
- ¡¡Zutter, CÁLLATE!! –estalló el sargento, pero el SS-Untersharführer Hans le respondió igualmente al soldado.
– Sí, es cierto, en Agosto del 43 organizaron una revuelta. Fabricaron pequeñas armas, rociaron queroseno en algunos edificios, y mataron a algunos camaradas. En Treblinka también se revelaron, en el mismo mes.
– Vale, bien por esas ratas de cloaca, espero que hayan pagado con su vida la vida de los valientes alemanes muertos. ¡Pero ahora vamos a lo nuestro, joder! Es imperativo llevarnos las bombonas con la sustancia que estamos experimentando.
Mientras hablaban, un edificio importante de administración del campo saltó en pedazos, con algunos prisioneros dentro.
Los soldados que hablaban se encogieron de hombros cuando algunos trozos de piedra llegaron hasta ellos, pero por lo demás, nada importante.
Otras dos voladuras controladas, un poco más lejanas, tampoco les dejaron seguir hablando. Por fin, el sargento les dijo lo que tenían que hacer.
– Esto es una mierda, pero es lo que hay. Las órdenes son sencillas, joder. Lo único que tienen que hacer es llegar a un edificio de ladrillo rojo muy adelantado, y voladlo con explosivos. Varios soldados les acompañarán. El problema es que creemos que pueda haber tropas enemigas partisanas en él, además de que durante el camino estarán bajo tiro directo de la artillería soviética. Daos prisa, ya sabéis lo que hacer. Zutter, eres más feo que mi culo, pero tú llevarás los explosivos. –dijo, refiriéndose a uno de los soldados que ya estaban con él en el campo
– ¡Gracias, señor, es un honor ser como su culo! –respondió Adolf Zutter, cuadrándose, elevando su brazo derecho, y chocando los tacones tres veces seguidas.
El sargento le miró, suspiró hondo, y miró a los ojos del cabo Kanduth, de entre los reclutas.– ¿Alguno ha estado alguna vez en combate?
A sus palabras les siguió un silencio significativo, y miradas entre ellos.
El sargento volvió a suspirar y sin mediar palabra se alejó, a supervisar a otros soldados.
Los ocho reclutas más los seis que habían venido se dirigieron hacia el edificio al que tenían que llegar. Por el camino veían varios soldados haciendo de zapadores, portando cargas de demolición, y llevando cajas con todo tipo de material sospechoso dentro, desde máscaras de gas hasta trajes completos de protección. El edificio estaba un poco lejos, por lo que el camino no sería corto.
Los alemanes que cargaban las bombonas se detuvieron, y descansaron un poco, pero los berridos del teniente les hicieron volver al trabajo.
Con sumo cuidado, manipulaban recipientes con un virus experimental, muy peligroso, cuyos efectos todavía no se conocían del todo. Por fuera de las bombonas, habían pintado el símbolo de Peligro Biológico universal. Era tan nuevo el virus que prácticamente todos los hombres desconocían su efecto sobre el cuerpo humano, y tan sólo algunos de los oficiales estaban enterados.
Ése era el caso del SS-Obersturmführer que supervisaba el proceso de cargado del material en los camiones, de brazos cruzados.
Uno de los partícipes de dicho virus, el doctor Marcus, estaba preparándose para irse. Por lo que a él respectaba, se rendiría a los americanos y comenzaría una nueva vida. Llevaba las fórmulas en su cabeza. Con eso bastaba. Los demás, que se las arreglasen. Montó en una moto con sidecar, y su conductor aceleró, alejándole del campo, al que no tenía intención de volver. Tenía intención de continuar las investigaciones en la universidad de Berlín donde había obtenido el doctorado.
Por parte de los soldados SS que se apresuraban, había bastante prisa, porque se temía un ataque de los rusos en breve y para entonces todo tenía que haber sido limpiado. Hace ocho horas que había llegado la retaguardia de la Wehrmacht en retirada, y detrás de ellos pronto llegarían los rusos. Los oficiales de las SS temían que llegaran hace rato, pero se habían detenido; mejor, eso les daba tiempo a deshacerse de todas las pruebas, así nadie sabría lo sucedido en el campo si éste desaparecía.
El SS que supervisaba todo intercambiaba unas palabras con los científicos que eran también de las SS, sobre la composición del virus y algunas dudas sobre sus efectos.
Estos respondieron que la mayor parte de los datos estaban en un edificio de ladrillo estratégico, aislado del resto del campo, y que varios soldados habían sido enviados para demolerlo.
– ¡Quiero obtener información¿Ya lo han demolido?
El sargento primero que había dado la orden marchó para comprobar el estado de la operación, y comprobar si todo había ido bien, o no.
Dicha operación estaba siendo llevada a cabo, en tanto que ni un solo disparo de las líneas soviéticas, bastante lejanas aunque discontinuas, les había obstaculizado.
Los soldados indicaron a los reclutas cual era el edificio, y dos de ellos posicionaron una ametralladora MG-42, para proteger el avance.
Mientras tanto, los otros se prepararon para el asalto, quitándose los cascos y el capote y la manta que llevaban en el cinturón. Se repartieron granadas, tres para cada uno, y cargadores de munición. Se palmearon la espalda para darse confianza y, tras una orden del cabo, echaron a correr a campo abierto. Resultaba significativo el que un pelotón de 15 soldados estuviese dirigido por un único SS-Untersharführer.
Recorrieron con prontitud el área descubierta, y penetraron, cubriéndose unos a otros tal y como les habían enseñado.
A los pocos minutos todos los soldados, excepto los dos que vigilaban con la MG-42 estaban dentro del edificio, registrando planta por planta y habitación por habitación.
– ¡Primer piso, despejado!
– ¡Segundo piso despejado!
– ¡Tercer piso…! –Rudolf no pudo terminar la frase, porque soltó una maldición y comenzó a disparar.
Los soldados SS subieron corriendo las escaleras, y descubrieron a sus camaradas recargando las armas, mientras otros apuntaban contra unos prisioneros parapetados tras mesas de madera agujereadas. Algunos estaban muertos, pero otros estaban tendidos en el suelo, suplicantes.
Los SS fueron hasta ellos, y uno de los reclutas recién llegados le golpeó con la culata de su G-43 y le disparó a bocajarro. Los otros se colocaron para ejecutar a los otros, pero uno de ellos comenzó a parlotear.
– ¡No tienen ni idea! Ese virus que tienen es peligrosísimo…¡Los oficiales pretenden convertiros en armas biológicas¡Leed estos documentos¡Leedlos! Tenéis que…
Las balas que acabaron con su vida impidieron que terminase la frase.
Dos SS fueron a comprobar el edificio, pero no había más peligro. De todas formas, los prisioneros que habían encontrado estaban desarmados. Solamente se habían ocultado en el edificio, a la espera de que llegase el Ejército Rojo y liberara el Campo.
– ¿Qué hacemos ahora?
– Plantar explosivos, y volarlo todo. Ya lo has oído.
– ¿Y los documentos a los que se refería el ruso?
– Cierto.
El soldado preparó una granada, y la lanzó contra la habitación donde estaban los documentos, y algunos cadáveres. La explosión hizo revolotear los papeles, que luego ardieron. Los otros comprendieron, y arrojaron varias granadas a todas las habitaciones en las que hubiera algo que debiera ser destruido a conciencia.
Mientras tanto, en el piso inferior, el soldado Adolf plantaba explosivos en todas las columnas de sustentación del edificio.
Cuando todos sus camaradas hubieron bajado, conectó los explosivos a varios cables unidos a un único detonador, y por medio de una bovina de cable con éste enrollado, fue desenrollándolo hasta llegar a la puerta. Una vez ahí, se echó cuerpo a tierra, y mientras un compañero le cubría por si aparecían rusos, Adolf pulsó el detonador, y el edificio más importante del campo, el de administración, voló en mil pedazos.
Respiraron aliviados, por fin habían terminado.
– Bueno, yo creo que después de esto…
– Cállate Rudi, que la cagas.
El resto de soldados irrumpió en carcajadas, dicha frase la habían dicho una vez pero resultaba tan cómica que la repetían en cada ocasión que Rudolf hablaba, al cual le molestaba mucho. Se disponía a preguntar acerca del precio de una noche con la madre de Zutter, pero no tuvo tiempo de hacerlo. Todos elevaron la cabeza cuando oyeron tronar a la artillería.
Se echaron cuerpo a tierra, al tiempo que los prisioneros librados temporalmente del trabajo físico echaban a correr de sus barracones.
Sin embargo, por suerte para los alemanes simplemente se trataba de los rusos ajustando el alza de sus cañones a lo lejos, y tirando contra otras posiciones. El problema era que todos los prisioneros que quedaban en el campo habían aprovechado el momento para darse a la fuga. Los soldados de las SS no podían tolerar que se escapara nadie con vida, por lo que abrieron fuego a discreción con todo el arsenal de que disponían.
Apenas sirvió de nada, pues eran demasiados prisioneros. El campo se tiñó de rojo, con cientos de cuerpos que yacían, algunos de ellos moribundos, otros simplemente heridos, pero seguía habiendo más de 40 hombres que habían logrado escaparse. Y los soldados alemanes estaban demasiado atareados como para salir en su búsqueda.
Un oficial caminaba entre los cuerpos desperdigados, ejecutando a todos aquellos que siguieran vivos, cuando se le acercó un cabo.
– ¡Señor, señor!
– Diga, soldado. –dijo, mientras recargaba su pistola Lugar P.08 introduciendo otro nuevo cargador. Lo hacía con una sola mano, pues en la otra llevaba una petaca con coñac.
– Hay por lo menos entre 30 y 50 evadidos, y es imposible saber quiénes porque no podemos reconocer los cuerpos para saber quiénes están y quien no. Mein Obersturnmführer… siento decirle que es imposible que cojamos a esos untermenschen.(Infrahumanos, término que usaban los nazis que se consideraban de raza aria superior (Ubersmenschen, Súper humanos) para referirse a los de raza inferior)
– … Lo sé, maldita sea, lo sé. –disparó dos veces contra la cabeza de un muerto que yacía boca abajo, y cada disparo se vio recompensado con un poco de masa encefálica que salpicó y se esparció por los agujeros del cráneo, como si se tratase de gelatina. Luego, pisó con las botas los restos de cerebro, y echó otro largo trago de coñac.– Qué les den por el culo. Nos iremos de aquí, y solicitaremos un bombardeo con bombas incendiarias. Les freiremos a todos, y de paso destruiremos las casas de esos austriacos que les ayudan.
El cabo de las SS se cuadró, saludó con un "Heil Hitler" y se retiró, dejando al teniente asesinando prisioneros y emborrachándose, aunque en ocasiones disparaba contra cuerpos que ya estaban muertos.
El cabo regresó, y por el camino se encontró con el grupo de 14 soldados del Cabo Kanduth, que regresaban de su misión. A su alrededor, otros grupos iban detonando las diferentes cabañas usadas tanto para experimentación como para incineración.
Había un olor a pólvora, tanto de las explosiones como de las balas utilizadas para matar prisioneros evadidos.
Además, había un olor a fuego en el ambiente. En el Hospital del campo, prácticamente ninguno de los internos había podido huir, por lo que habían permanecido ahí; sin embargo, las SS no estaban dispuestas a que hubiera supervivientes, por lo que prendieron fuego con lanzallamas todo el complejo, dejando que los pacientes que quemaran vivos.
Sus gritos se oían junto a los motores de los vehículos.
Finalmente, la mayor parte de los oficiales y soldados SS montó en los Sdk.251- B, e iban seguidos por los tres camiones Opel Blitz que portaban las bombonas con el temible Virus Progenitor mientras que la mayor parte de los soldados SS iban a pie.
Detrás de ello, no quedaba absolutamente nada que demostrara que antes ese lugar había sido un campo de experimentación, tan sólo un montón de ruinas de edificios, y cadáveres de prisioneros ejecutados. Los SS habían realizado bien la tarea de ocultación del tipo de actividad realizado, y los que vinieran detrás de ellos, ya se encargarían de quemar los cadáveres, o de enterrarlos para evitar que hedieran demasiado.
El convoy de vehículos que abandonaba el antiguo KZ circulaba por caminos, hasta que en una ocasión el Sdk.251 de cabeza se encontró con algunos prisioneros que intentaban poner en marcha lo que tenía toda la pinta de ser un coche robado. Con el ruido que hacían no habían oído a los vehículos alemanes acercarse, y se produjo un instante de sorpresa, seguido de incredulidad, para terminar en pánico. Los prisioneros, todos todavía con sus raídos drillich, intentaron desperdigarse, pero la MG-42 emitió su rugido y les mandó a la tumba a todos, dejando a su paso el vehículo robado como un colador.
Los vehículos, seguidos por la infantería alemana, prosiguieron su camino, sin inmutarse.
Tras tres cuartos de hora de rápida marcha, que agotaba a los infantes de las SS al obligarles a correr para no quedarse atrás de los vehículos, divisaron un pueblo.
En lo alto de un campanario a medio destruir ondeaba una bandera con la esvástica, por lo que el pueblo todavía estaba en manos alemanas.
Los vehículos entraron, y fueron recibidas por fuego de ametralladora, que reventó la rueda delantera a uno de los camiones Opel, que tuvo que detenerse, tras perder el control e incrustarse en una pared, que afortunadamente era blanda, y pudo atravesar. Inmediatamente la infantería se desplegó y otros desmontaron de los vehículos, para hacer frente a la amenaza.
Sin embargo, lo que sucedió fue que aparecieron reclutas jóvenes de las Waffen SS (sección armada de las SS) que habían disparado por error. No habían reconocido los camiones, y habían tirado a ciegas, dándoles por pura casualidad.
Los SS de la Totenköpfverbande (división de las SS encargada de vigilar los Campos) saludaron amistosamente a sus camaradas de las Waffen SS, y se alegraron de encontrar incluso a carros blindados en el pueblo, alguno o dos que había. Un coronel (SS-Standartenführer) salió a recibir a los recién llegados, tomándolos como refuerzos, mientras otros oficiales abroncaban duramente a los que habían disparado, amenazándoles con que a la próxima vez que lo hicieran, se los cargaría a todos.
Mientras tanto, el conductor del camión accidentado había muerto, pues una viga procedente de la casa se le había incrustado en el pecho. Y lo peor es que el vehículo estaba inutilizable, con un eje destrozado.
Los Oficiales hablaron con el coronel, poniéndole al corriente de las cosas que estaba autorizado a saber, tales como la gran evasión, y la vital importancia de lograr que esas botellas llegaran intactas a su destino, el cual era desconocido en ese momento. Tras unas palabras, el coronel sonrió y llevó a un par de oficiales para enseñarles una cosa.
– Mirad lo que hemos encontrado…
Les llevó hacia un pequeño cobertizo donde, vigilados, se apiñaba un reducido grupo de prisioneros supervivientes a las matanzas y que habían conseguido evadirse.
Los oficiales sonrieron, agradecidos, y desenfundaron sus pistolas para proceder al aniquilamiento, pero el SS-Standartenführer les detuvo.
– Alto, aún no. Los necesitamos como mano de obra esclava. Más adelante, haced con ellos lo que queráis, pero ahora los necesitamos.
Los oficiales de las SS Totenköpf se miraron.
– Deben morir inmediatamente, son órdenes importantes.
– Escuchad, os daríamos un camión para que os llevéis las bombonas, pero no nos sobran. Lo que podéis hacer es meterlas en los dos que os quedan, y largaros de aquí cuanto antes. Esto pronto será un hervidero, estamos esperando a que vengan los malditos rusos de una vez por todas. Respecto a los prisioneros, los necesitamos. Al otro lado de la ciudad hay tropas de la Wehrmacht, y nos comunican que a ellos también les han llegado algunos prisioneros, que mantienen cautivos. Transmitiré sus órdenes de exterminio, pero cuando hayan dejado de sernos útiles
Los otros, comprensivos, asintieron.
– De acuerdo, haremos eso. –y se retiraron.
– ¡Hans¡Apúrate con esas bombonas!
– Hago todo lo que puedo, herr Standartenführer.
– ¡Pues no es suficiente, maldita sea! Si los Ivanes nos pillan ya sabes lo que nos harán.
El soldado de primera Hans de las Waffen SS tragó saliva. El tatuaje de las SS que llevaba en el antebrazo derecho ya era motivo suficiente para una tortura y ejecución por parte de los rusos. Y si además encontraban pruebas de lo que habían estado haciendo…
Y además, dos Panzer ausf.V (Panther) se encontraban situados estratégicamente, uno a cada flanco del pueblo.
Junto a uno de los Panther su conductor fumaba despreocupadamente, apoyado sobre el vehículo. Su jefe de carro era el único que estaba en la torreta, pues el cargador y el tirador se habían puesto a jugar una partida de dados. El conductor, llamado Jurgen Steiner, veía como las tropas descargaban unos extraños contenedores del camión accidentado, y como algunos oficiales se mantenían muy tensos, alejados de lo que fuera que llevaban esas bombonas.
Un avión ruso de reconocimiento, el SU-2R (U2) de exploración, sobrevoló la ciudad, pero a bastante altura, tanto que entre el trajín de los soldados, apenas se oyeron sus motores. Quizás pensaría que estaban evacuando un polvorín; pero el piloto sin duda fue testigo de la gran cantidad de soldados trabajando febrilmente.
Volaba demasiado alto para la artillería antiaérea, pero de todas formas la dotación del único Flak88 abrió fuego, revelando su posición. Se trataba de novatos, que seguramente no dudarían mucho en el frente.
El ligero avión terminó su pasada sin recibir un solo proyectil y regresó a informar, no sin antes marchar hacia la izquierda para investigar la otra zona de la ciudad, pasando por la tierra de nadie llena de minas, pero allí no vio ni un alma.
Poco después, ante la mirada perspicaz de los alemanes que trabajaban, inquietos, el avión ruso regresó a sus líneas, volviendo a reinar el silencio en el cielo. ¿Qué demonios tramaban los rusos?
