IV
Príncipe guerrero
Hacía cuatro meses y medio había emprendido el viaje que para él, marcaba el inicio de su madurez. Como joven noble, había aprendido desde pequeño acerca de las culturas que coexistían en su nación y el resto de su pequeño mundo, así como las artes de la guerra, la estrategia y hasta a capitanear naves. Pero, a su modo de ver, si nada de aquello se ponía en práctica, entonces no dejaba de ser un simple aprendiz, un niño rico lleno de saberes inútiles, como aquellos que no hacían más que comer y danzar valses mientras crecía la ira de los inconformes.
Había recorrido más de la mitad de Dandara cuando su nave comenzó a dar señales de necesitar una mantención urgente, dirigiéndose a la aldea más cercana en busca de refacciones. Sin embargo, los lugareños le recomendaron viajar un poco más, al lugar llamado Lysithea, señalando que no había mejor sitio en Dandara para "revivir una lata vieja".
Recorrer el lugar fue francamente decepcionante, puesto que se trataba de un mercado en medio del desierto que no daba ni para aldea, porque las personas no vivían allí, sino dispersas en los alrededores y aquél era un mero centro de comercio y servicios, si así podía llamarse. Con suerte habría una tienda que funcionase como hospital, igual que en los campos de batalla. Mucho menos encontraría un taller mecánico que mereciera su fama. Eso sí, debía reconocer que el comercio de refacciones era único. Al parecer era un punto de reunión para mecánicos, pilotos y fabricantes, una buena señal para su Gamma-12, una aeronave difícil de encontrar, con repuestos aún más escasos.
-Usted no debe haber viajado mucho, joven- le dijo un comerciante al ser consultado por un taller - Aquí sólo se venden las refacciones, pero no más volar un par de minutos por el lado norte del cañón, llegará al taller de Alberich, el más famoso de la región y un verdadero mago.
El joven agradeció la ayuda y no tardó en salir según la indicación del comerciante. En pocos minutos ya divisaba el complejo incrustado en el cañón, cuyas dependencias sobresalían como pequeñas edificaciones casi colgantes conectadas a las pistas de aterrizaje que conducían directamente a las dos enormes cuevas en la roca que constituían los hangares. Ya llegando podían distinguirse claramente los talleres y las estructuras que servían para la espera de los clientes, y contabilizó al menos ocho máquinas para reparación.
Ya en el hangar, un operador le recibió tomando sus datos al tiempo que echaba un primer vistazo a la aeronave.
-¿Me dijo Sebek? No es un nombre común en esta zona… ¿viene de muy lejos?
- Dandara, la metrópolis- respondió el joven.
- Es raro ver un noble por acá- Al joven Sebek le incomodó la efecto que provocaba en la gente del norte su "cara de principito". No tuvo tiempo de pensar en ello cuando, precedido de un séquito de mozuelos enfundados en sus overoles grises, hizo su aparición un hombre tosco, cuyo aire soberano le anunció a Sebek que se trataba del mismo Alberich, el jefe máximo del taller.
Iba a presentarse cuando el joven que le había recibido ya respondía más de lo que el jefe había preguntado:
- Es Sebek, un noble venido de Dandara. Su G-12 es nueva, pero no ha sido refaccionada antes y por su estado veo que está viajando desde principios de este año. Tendrá al menos con cuatro días de reparación.
De todo lo que había visto en su viaje, sin duda esta era la parada más sorprendente. Primero, porque al estar en aquél mercado jamás imaginó el sofisticado taller que se escondía en el cañón y, segundo, porque los personajes que allí se había encontrado no podían ser más peculiares: un mecánico con ínfulas de rey y un operario que miraba su nave como en una bola de cristal, por la cantidad de datos que había extraído en su observación y la precisión de sus estimaciones.
La tropa de muchachitos que le acompañaban se encaramaron velozmente al vehículo invadiéndolo por cada lado, al tiempo que tomaban nota de cada reparación necesaria. El mismo Alberich se acercó a hacer su diagnóstico.
-No está tan mal- sentenció finalmente- Está llena de averías superficiales que, juntas, podrían haberlo derribado. Pero a simple vista me parece que no hay problemas adentro. En tres o cuatro días podrá pilotear esta joyita- antes de continuar un asistente le entregó una nota.-Esta es la estimación del costo- finalizó, extendiendo la nota a Sebek.
-Está bien. Quiero que haga todo lo necesario para que quede como nueva.
-Muy bien, amigo, así se hará- aseguró sonriente el mecánico justo en el instante en que se presentó ante ellos una muchacha de rarísima belleza, cuya tez blanca impactaba en el perfecto contraste con su oscura trenza. Ni el soso overol que la uniformaba al resto de los mecánicos era suficiente para opacar su gracia.
- Buenos días, señores- La luminosa sonrisa de la joven bastaba para engalanar el día de todos los presentes, y Sebek no escapó a la instantánea fascinación que provocaba.
El patrón sólo le sonrió y se dirigió al joven cliente:
- Mientras dure la reparación puede quedarse aquí. Tenemos cuartos y casino para nuestros clientes.
- ¿Así que brindan atención completa?
- Digamos que en medio del desierto no podría ser de otra manera.
Alberich ordenó a la muchacha enseñar las dependencias al joven, quien pidió ser conducido al casino en primer lugar. Allí comió algo decente por primera vez desde el inicio de su viaje, en parte porque casi siempre era él mismo quien preparaba su alimento, y porque la mala situación que vivía Dandara en general apenas permitía proveerse de lo que fuera comestible, el sabor pasaba a segundo plano.
- ¿Así que es usted un noble?- Preguntó la joven que le guiaba a su cuarto.
- No lo diría de ese modo. Los nobles tienen títulos, cosa que en nuestra nación no existe.
- Pero así llamamos a los ricos que viven en la metrópolis.
- En Dandara existe un grupo mal mirado por el resto de la sociedad por sus posesiones, pero en realidad son personas comunes que con mucho trabajo han multiplicado los bienes heredados de sus familias.
- Pero usted tiene más aspecto de principito que de trabajador.
- Supongo que mi atuendo no es el más adecuado para trabajar- Bromeó Sebek mirando sus ropajes, lo que provocó una sincera sonrisa en la joven quien, mirando fijamente a sus ojos, corrigió:
- Lo decía por sus modales.
Sebek se preguntaba de dónde venía de tanta delicadeza en medio de personajes rudos y sin clase como los mecánicos y pilotos, mientras se dejaba hechizar por sus hipnóticos ojos azules.
- Yo no soy más que un simple viajero en pintas de príncipe, pero usted en vano intenta ocultar en sus ropas de trabajo su verdadera condición de princesa- La joven sonrió ante tal halago, aunque le pareció una exageración.
- Entonces las princesas no deben ser gran cosa.
Aquellos días en Lysithea no sólo brindaron descanso a Sebek, sino que le permitieron repasar todo cuanto había visto en su viaje. A pesar del paisaje general de Dandara, allí se vivía una prosperidad inalcanzable en los mayores centros urbanos, seguramente debido a que el inhóspito desierto actuaba como una protección infranqueable para quienes habían logrado establecerse allí.
Lysithea no podía considerarse propiamente un pueblo, ni siquiera una aldea. Más bien era la basta localidad en la que residía un conjunto de familias cuyo único punto de reunión era el mercado que se montaba cada día en una explanada protegida por el cañón. Las distancias entre un hogar y otro no podían salvarse a pie, así que cada clan vivía junto construyendo su pequeño oasis, dado que las personas vivían como recluidas en él. Debía ser por ese motivo que el taller contaba con amplios y hermosos jardines en la planta más baja, una rara exquisitez en medio del desierto que ahora disfrutaba como alivio ante su obligada espera.
Mientras caminaba entre fuentes y flores de todo tipo pensaba que aquello era una fantasía que se desvanecería en cuanto retomara su viaje. No sólo debía volver a la realidad de un país desolado, sino que ahora mostraría su madurez protegiendo aquello por lo que su familia había luchado. El consejo de líderes ya advertía movimientos de agitadores entre los inconformes, gente empeñada en derribar la escasa estabilidad que Dandara había conseguido y, aunque dada su escasez de recursos era improbable que pudiesen iniciar una revuelta de proporciones, Sebek pensaba que no debían despreciarse las precauciones. Él mismo participaría de las campañas de aplacamiento si llegaban a necesitarse. Con un panorama tan tempestuoso como el de su país, lo menos conveniente era un conflicto mayor.
Sumido en sus cavilaciones, la suave armonía de unas voces acompañadas por un arpa le despertó, no sabiendo si aquello le regresaba a la realidad o era una ensoñación aún más profunda, por la belleza de sus notas. En cuanto se acercó al origen del sonido, se sorprendió gratamente al reconocer a las dueñas de tales voces, las mismas hijas de Alberich sentadas al borde de una fuente cuales ninfas, quienes al verle lo saludaron con sonrisas tal como era su costumbre.
- ¿Será posible hacer la cuenta de sus virtudes?- Más que un halago, la pregunta era una honesta interrogante. Para el joven, el derroche de dones que las hermanas poseían era algo jamás visto antes, pero sin duda quien se llevaba su atención por sobre todas era una de las menores.
- Ya hemos cantado mucho y nuestra madre debe necesitarnos en la cocina- dijo una joven que parecía ser la mayor- Por favor, disculpe que nos retiremos.
- Aunque preferiría escucharles toda la tarde, comprendo que las señoritas deben cumplir sus deberes- respondió gentilmente Sebek, antes de que cuatro de las muchachas de retiraran. Para su mayor gozo, su "preferida" no se movió de la fuente- ¿Acaso tendré el placer de su compañía?
- Yo no trabajo en el servicio, como mis hermanas mayores, así que puedo tomarme esta libertad, claro, si a usted no le molesta.
- Al contrario, me encantaría saber más de usted. Es que… no deja de sorprenderme.
- ¿Lo dice por nuestro canto? Déjeme decirle que las voces de mis hermanas tienen el mérito.
Sebek no consiguió contener la risa. Le parecía tan gracioso como incomprensible el afán de la muchacha de contestar a los halagos como si de ofensas de tratase. ¿Acaso era la costumbre al estar rodeada de bárbaros? Seguro estaba habituada a escuchar indecencias de todo tipo, lo cual la llevaba a defenderse. La muchacha lo miró extrañada, sin poder explicarse qué podía haberle causado tanta gracia.
- Por favor, discúlpeme, señorita, es sólo que jamás conocí a una muchacha con tantas virtudes, tanto carácter ni tantas ocurrencias como usted.
Sin saber si aquello era un halago o no, la muchacha respondió:
- Lo disculpo, claro, siempre y cuando deje de tratarme de usted y comience a llamarme por mi nombre que es Cielo.
- Cielo…- el joven deletreó su nombre como saboreando cada letra, pensando a la vez que no podría haber un nombre más acertado para una criatura celestial como ella- Pues, sólo me honra, es decir, me honras con tu petición, Cielo. También quisiera pedirte lo mismo.
- No puedo hacerlo, al menos no frente a mi papá, porque tú eres un cliente.
- Me conformo con que lo hagas el resto del tiempo.
Durante los otros dos días que Sebek permaneció en Lysithea, la instantánea cercanía entre él y Cielo se convirtió en un lazo intenso, pero lleno con la dulzura y la candidez del alma juvenil. La joven que jamás había salido de aquél pequeño mundo no dejaba de asombrarse de los relatos de Sebek sobre su viaje y la vida en Dandara, y él por su parte se maravillaba al ver la habilidades de la joven, no sólo como mecánico, sino como piloto de prueba, además de enterarse de cuantos personajes había conocido ella, cada uno más interesante que el otro. Parecía que ambos estaban descubriendo un mundo nuevo en el otro, pero por sobre todo, en las sensaciones que por primera vez experimentaban.
Era aún temprano cuando Sebek fue avisado que su G-12 estaba lista. Mientras se dirigía al hangar pensaba en una buena excusa para quedarse unos días más, o sencillamente declarar a Alberich su mecánico oficial a fin de volver continuamente. Al llegar a su destino, encontró al jefe dando instrucciones a uno de sus asistentes y lo que escuchó generó en él cierto interés, por lo que se acercó sigilosamente para saber de qué se trataba.
- Si todos ustedes decidido colaborar, puedes avisarle que cuenta conmigo y con todo el taller. Debemos apoyar la lucha contra el abuso, Borías, porque esta puede ser la última oportunidad de nuestro pueblo.
- Usted es un gran hombre. Aunque vive acá alejado de todos esos problemas, igual está comprometido con la causa.
- No lo creas. Para poder mantener y educar todos quienes viven y trabajan aquí, el esfuerzo que se hace es realmente grande. Pero este es el momento para voltear la situación y no vamos a desaprovecharla.
- Señor, su cliente ya ha llegado.
- Bien, puedes partir. Y que Dios te acompañe- se despidió Alberich con cierta desconfianza de que su plática hubiese sido oída por el joven cliente- Bien, señor Sebek- todo está listo y esta G-12 está mejor que una nueva.
- Eso es perfecto porque partiré ahora mismo.
El joven pagó los servicios del mecánico y de la estadía y se marchó sin despedida, dejando atrás a Cielo y las excusas que habría inventado para regresar.
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Continuará...
