En un sector del frente del Este una serie de ofensivas soviéticas ha paralizado a un destacamento del ejército alemán en retirada en un pequeño pueblo de Austria, a una compañía de las Waffen SS y a otra compañía de las SS Totenkopfverbände que estaba en proceso de desmantelación de un campo de concentración, junto con algunos restos aislados de tanques pertenecientes a la división Waffen SS Leibstandarte.
En el caso de las SS Totenköpfverbande, estos se habían quedado bloqueados al quedárseles inutilizado un camión pesado, y estaban transfiriendo bombonas del vehículo accidentado a otro, para largarse de ese lugar antes de que empezaran los combates. Resultaba completamente vital que todo ese material debía ser alejado del frente o destruido para que ninguno de los experimentos realizados secretamente en ese campo saliera a la luz...o peor aún, que el enemigo se apodere del valioso material.
Ni los escasos carros de combate alemanes sin mucha gasolina ni la artillería antitanque carente de proyectiles puede hacer nada por evitar el avance de los blindados soviéticos…
Junto a la ciudad, varias compañías de Divisiones de infantería de la Panzer, un Regimiento Acorazado y dos divisiones de Artillería Pesada hacían guardia, esperando en cualquier momento un ataque de los rusos.
El conductor de carro Jurgen Steiner dio unos pasos, para hacer algo, de lo contrario se moriría de aburrimiento. Dio un golpecillo con la bota en el hombro a un soldado, que continuaba jugando a los dados con los demás. Siguió molestando, y el conductor de otro carro le lanzó una piedra a la cabeza. Jurgen sonrió y mentó a la madre del que le había tirado la piedra, y a continuación alzó la cabeza, ya que los compañeros estaban tan concentrados que hablar con ellos era como comunicarse con las paredes.
Delante de él contempló a varios prisioneros transportando bidones, mientras unos exhaustos soldados alemanes les contemplaban, secándose el sudor de la frente. Al borde del agotamiento físico, habían decidido que los prisioneros hicieran el trabajo, en vez de ellos.
A punta de pistola, los débiles prisioneros iban vaciando el camión accidentado, mientras el resto de alemanes les vigilaba. Otro par de soldados habían sacado el cuerpo sin vida del conductor del Opel y le estaban cavando una tumba.
Mientras tanto, algunos miembros de las SS calavera interrogaban a sus compañeros de las Waffen SS sobre las situaciones de los combates, con miedo a que los rusos les atacaran.
– ¿Y en este pueblo no hay chicas cachondas?
– Por no haber, no hay ni viejos… las casas están vacías, sus dueños se han largado al oeste, huyendo de los rusos. Dan por sentado que no les vamos a detener. –esbozó un intento de sonrisa.– Tienen razon, pero gracias a que se han largado, nosotros tenemos ahora camas cómodas y un lugar donde aposentar nuestros magullados culos.
– Quieras o no, esta maldita guerra ya está perdida… –comentó un soldado realista, mientras comprobaba las balas que le quedaban a su fusil.– Lo que pasa es que somos demasiado tontos y aún no nos hemos dado cuenta.
– Yo no estoy de acuerdo¡tenemos nuevas armas¡Armas que harán que el enemigo defeque sobre sus pantalones!
– ¡Bleine¡¡Qué te he dicho sobre hablar demasiado, joder!!
El soldado Bleine de la SS Totenköpf aguantó la pulla de su sargento, mientras por dentro pensaba en que en cualquier momento llegarían los rusos, y asentía con la cabeza respondiendo con un "Sí, señor" y un "Lo siento mucho, señor" cada pocas frases.
El sargento frunció el ceño, y comenzó a liarse un pitillo.
– Malditos soldados de reemplazo… –murmuró entre dientes.
El avión soviético que había realizado la labor de reconocimiento aterrizó con sus tres ruedas sobre la pista, al lado de varios cazabombarderos Sturmovik (uno de los mejores aviones soviéticos de esa época) que repostaban combustible. Los dos tripulantes descendieron rápido tras detener el avión en la zona de reabastecimiento, pues en breve su lugar sería ocupado por otros aviones en continuas misiones.
Un comandante de la Fuerza Aérea Roja llamado Yakolev (exactamente igual que uno de los cazas de combate soviético) fue hacia ellos, seguido de un comisario político del NKVD llamado Oleg.
– Salud, camarada. ¿Qué noticias hay?
– Los fascistas se retiran, lo están desmontando todo. –informó el piloto.– Tienen dos camiones llenos a rabiar de municiones, dos tanques pude ver, quizás haya más por ahí escondidos, y un cañón antiaéreo, del 88. También había, por lo menos, una o dos ametralladoras antiaéreas de calibre 20 emplazadas en techos, plazas y otras explanadas.
El comandante dudó un momento.
– Bueno, el que se retiren tan rápido es una buena señal… Podríamos dejarles que marchen, y luego tomar el pueblo sin complicaciones.
– Comparto su opinión, camarada comandante. No merece la pena…
En ese momento el comisario abrió la boca.
– Ni hablar, no vamos a dejar esos fascistas huir tan tranquilos. Hasta el último de ellos debe morir, y las órdenes serán cumplidas o daré parte al Camarada Stalin.
Los dos pilotos bajaron la cabeza, cada vez tenían más la impresión de que la guerra se libraba por una cuestión propagandística más que por la voluntad de ganar o no.
El comandante abordó al comisario.
– ¿Y qué sugiere el jefe del NKVD¿Atacar con nuestros carros, y arriesgarnos a perder varias unidades contra ese 88 para tomar un pueblo en el que no hay nada y que el enemigo está abandonado? Con solo esperar… tampoco digo mucho, sólo un par de días, tendremos el camino expedito y sin riesgos.
– Dentro de varios días los boches se habrán largado, atacaremos ahora. Ordene a sus bombarderos que inutilicen los chiringuitos de los fascistas, y luego a los tanques barrer lo que queda. Si perdemos algunos, no pasa nada. Nuestros obreros en las fábricas de los Urales producen cientos de tanques. No se preocupe, tenemos cuantos queremos, y más.
– Nuestros blindados aún no están listos, camarada comisario, las tripulaciones se están reponiendo, y andamos muy escasos de combustible. Nuestro avance es tan rápido que a los de Intendencia les cuesta mucho seguirnos el paso. Solo tengo –consultó un block que llevaba en el bolsillo de la guerrera.– 12 carros con suficiente combustible y munición, y algunos cazacarros y ATP, además de que necesitaríamos varias horas para…
El comisario, furioso, apuntó con un dedo índice extendido al comandante. A pesar del claro rango superior, los del NKVD eran como dioses…y bien podían mentir sobre su rango a la hora de dar una impresión falsa sobre los oficiales del ejército a los que supervisaban.
– No voy a tolerar esa actitud cobarde y derrotista. O ataca ese pueblo YA mismo, o daré parte inmediatamente, camarada Yakolev. Bombardéeles, y luego ataque con los tanques… Espero resultados.
El comisario Oleg se retiró, dejando al comandante tragando saliva, y a los dos pilotos sin saber que hacer.
Pero las órdenes ya estaban dadas: atacar el pueblo.
Y lo más rápido posible, afortunadamente los aviones estaban en alerta continua y no tardaron muchos en estar listo, más difícil sería tener listos los carros blindados para la ofensiva.
En el ejército soviético, a veces las transmisiones eran nefastas, por lo cual aunque Yakolev pensaba que ambas cosas sucederían una detrás de la otra, pero el caso fue que los bombarderos despegaron bastantes horas antes de que los tanques estuvieran siquiera listos.
No mucho tiempo después, en mitad de la pequeña ciudad de Austria sonaron motores en el aire. Muchos motores. Se trataban de una oleada de bombarderos soviéticos IL-4 DB-3F.
La señal de alerta por ataque aéreo comenzó a sonar, y en los soldados alemanes cundió el pánico.
Corrieron todos en desbandada hasta el punto de reunión, donde estaban situadas las escasas defensas antiaéreas, y tenían algunas posibilidades de protección, justo cuando el primer bombardero dejó caer una bengala de fósforo para iluminar el objetivo, y empezó el infierno.
El Flak 88 elevó el largo cañón, apuntó y abrió fuego, pero no consiguió derribar a ningún avión.
Su dotación disparaba sin cesar, intentando protegerse ellos mismos de cualquier avión que se acercase demasiado, pero las prisas les hacían apuntar mal. Además, era su bautismo de fuego.
Varios montajes de ametralladoras antiaéreas bien emplazadas abrieron fuego, pero sus balas trazadoras lo que hacían era atraer las bombas.
Un capitán (SS-Hauptsturmführer) empezó a gritar, mientras un soldado de la Feldgendarmerie detrás de él con su placa metálica al cuello empezaba a disparar al cielo con su fusil de asalto Sturmgewehr 44. Su superior, el coronel, había desaparecido en el combate…como hacía la mayor parte de los oficiales de las Waffen SS.
Un oficial de las SS calavera gritaba, horrorizado.
– Nain! ¡No os retiréis¡Llevaos las bombonas, no las dejéis ahí!
Pero ya todos los soldados estaban huyendo para ponerse a salvo, dejando los camiones al descubierto. La mayor parte de los prisioneros re-capturados echó a huir, pero la ametralladora MG-42 emplazada en un semioruga abrió fuego contra ellos antes de que se alejaran. Además, dispararon contra los supervivientes que no habían escapado, ejecutándoles a todos o, por lo menos, a la gran mayoría. Después de la corta matanza, el tirador elevó la ametralladora 45º y abrió fuego contra los aviones
El teniente de las SS se echó cuerpo a tierra y se arrastró para ponerse a cubierto, mientras a su alrededor todo era confusión, y caos.
En ese momento cayeron las primeras bombas pesadas, que destrozaron edificios pero no hicieron mucho daño, tan solo mucho humo y daños materiales, pero nada de especial importancia. A los pilotos soviéticos les daba igual dejar en ruinas un pueblo fascista, lo que importaba era acabar con los cabrones que se encontraban ahí.
Tras la primera oleada de bombardeos contra los edificios, que habían dejado al pueblo lleno de humo, los Jabos que les acompañaban (cazabombarderos), establecieron como objetivo prioritario los dos camiones alineados, junto a lo que parecían ser cajas de munición y otro camión accidentado. Pero las bombas no alcanzaron su objetivo, y en vez de destruir los camiones, solo destrozaron uno y pulverizaron con la metralla a los otros dos; de todas formas, los dejaron inutilizados. Aparte de eso, también bombardearon los semiorugas hasta no dejar ninguno entero, y lo mismo con los dos tanques Panther. Un tercer blindado no fue localizado por los rusos en el bombardeo, pues estaba excelentemente camuflado, pero quedó literalmente sepultado bajo toneladas de piedra, junto con su aterrorizada tripulación.
Los primeros aviones lanzaron proyectiles de fósforo, los otros, bombas rompedoras de fragmentación que trituraban a los soldados de infantería lo mismo que si fueran de papel. Y aparte de eso, los edificios cercanos quedaron convertidos en ruinas y la mayoría de los soldados guarecidos en ellos quedaron carbonizados por las bombas de fósforo lanzadas.
Pero ninguna bomba incendiaria alcanzó los camiones ni los aledaños.
La MG-42 calló cuando el semioruga, y los hombres que en él había, quedaron convertidos en amasijos metálicos en el fondo de un cráter de bomba.
A pesar de ser un bombardeo que arrasó el pueblo, los bombarderos soviéticos no habían adquirido la precisión de los bombarderos alemanes para alcanzar bien sus blancos, y algunos aviones habían tirado bombas sobre los mismos lugares que acababan de bombardear sus compañeros, debido en parte a la proliferación de humo negro de combustible ardiendo. Por ello, sobrevivieron muchos soldados alemanes, que se lograron ocultar en algunos edificios que no fueron arrasados del todo. Habría bastantes supervivientes.
Dos soldados de la Wehrmacht camuflados entre los escombros de una casa observaron como los bombarderos se iban envueltos por el humo de las casas ardiendo. Las bombas habían caído cerca, pero la peor parte se la habían llevado los de las SS.
– Hemos tenido suerte…no han visto nuestros panzers ni a nosotros. –dijo uno de los dos soldados.
– Han bombardeado a los fepos. –respondió el otro y se empezó a reír.– Que se jodan.
– Jajajaja, todo su fanatismo les habrá sido útil bajo las bombas.
– Y que lo digas. Me alegraré de ver dogos y fepos muertos.
En ese momento señalaron la zona bombardeada. Aparte del humo negro y gris de los incendios, se elevaba una columna de humo de color verdoso, que bailaba en el aire, disolviéndose en la brisa.
Los dos soldados pensaron que sería un producto químico inflamable, y no le dieron importancia.
Un capitán apareció, empuñando su viejo MP-38 de culata más rígida y con el casco modelo 42 tapándole los ojos. Apenas había llegado como recluta hará dos semanas, pero era un auténtico lamebotas donde los haya.
– Venga, vamos a ayudar a nuestros camaradas. Poneos el uniforme.
– Olvídalo, los Ivanes pueden volver y nos harán papilla si nos pillan al descubierto. Y además, no nos vamos a arriesgar por cuatro fepos heridos. Que les den lo que se merecen. –el soldado desenganchó su cantimplora del cinto y abrió el tapón para ir a beber, pero el joven oficial le pateó y su cantimplora cayó al suelo, derramándose todo el contenido, que en vez de agua resultó ser una mezcla de Ron, Vodka ruso, y más alcoholes sin determinar.
– ¡Hágame caso de una puta vez, o se las verá con un tribunal militar!
El soldado, bastante enfadado por el alcohol perdido, fue a echar mano de su fusil de asalto STG-44 y decirle al oficial lo que pensaba acerca de los tribunales militares y los consejos de guerra, pero su compañero le puso una mano en el hombro para calmarle.
A regañadientes, ambos se levantaron, no sin mandar a su oficial "a tirarse a su santa madre".
Delante de ellos vieron más soldados, la mayor parte de ellos obligados por sus jefes, y algunos pocos voluntarios, que iban a ayudar.
Parte del bombardeo había levantado la tierra y sacudido las minas, haciéndolas explotar. Lo peor es que también las había movido un poco y cambiado de sus posiciones originales. Por todo ello, un grupo de zapadores iba delante de la infantería para despejar la zona, marcando una senda segura con cuerdas blancas.
– ¡Esto va demasiado lento¡Daos prisa!
– Mein hauptman, no pueden ir más rápido. Hacen todo lo que pueden. Sí quiere ir usted y hacerlo uno mismo… –le dijo un soldado, alargándole una pala de trinchera.– Puede meterse ahí y desenterrar minas. Usted golpéelas con esto, que no pasará nada.
Todos los soldados se explotaron de la risa, pero el oficial enrojeció.
– ¡¡No toleraré estas insubordinaciones, Stern¡Sargento Klaus Stern¡hágales ir más deprisa!!
– Jawhol! –el sargento insubordinado se puso detrás de los ingenieros, que hacían su complicada tarea de encontrar minas y marcarlas tan rápido como podían.– Schnell, schnell¡Moveos, rápido, rápido, rápido, que el capitán tiene prisa!
Cuando el último bombardero se hubo retirado, varios supervivientes se arrastraron por la calle llena de cordita y rocas, edificios completamente en ruinas, y el asfixiante humo del plástico y el metal ardiendo.
– ¿Hay alguien vivo? –preguntó una voz.
Unos gritos contestaron a la otra voz, pero no hubo más respuestas.
El soldado que se arrastraba por el suelo, perfectamente tocado y sin apenas heridas, estaba extrañado. Salía una humareda verde de la zona de los camiones, una humareda bastante espesa que se pegaba a todo, más pesada que el aire y se pegaba al suelo. No parecía ser tóxico, pero de todas formas se tapó la boca y la nariz con la mano, sin darse cuenta de que ya era demasiado tarde.
Descubrió los cuerpos de los dos científicos, y a su lado la carpeta que contenía unos muy valiosos papeles. Era vital destruir esos papeles antes de que cayeran en manos del enemigo…
Sin embargo, el soldado SS no pudo pensar en nada más porque se empezó a sentir mal.
Sin duda, había respirado demasiado de esa cosa verde…
Tras unas arcadas, perdió el conocimiento.
