Un millón de años sin publicar, pero aquí me tienen, con un capítulo más, un poco más largo e lo normal, les anticipo. Gracias por la paciencia, aquí vamos...
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V
El catecismo
Apenas despuntaba el alba y comenzaba a sentirse movimiento en la enorme casona que servía de refugio a la comunidad. Era una donación hecha por los benefactores de Marduk en Palas, que consistía es una antigua casa de veraneo venida a menos por los constantes saqueos desde que se instalara la crisis. Meses atrás se hallaba completamente desbaratada, pero el arduo trabajo la había convertido en una granja capaz de proveer a la comunidad. Allí Petra preparaba el desayuno junto a las muchachas más jóvenes, con el mismo cuidado y dedicación que una misión de guerra, pues ella veía en cada labor cotidiana una instancia para adquirir la rigurosidad y responsabilidad necesarias para cumplir misiones de mayor peso.
El sonido de un vehículo entrando a la propiedad sacó a todos de su rutina. Las niñas se asomaron expectantes al ventanal de la cocina, pero Petra sabía muy bien de quién se trataba. Se quitó el delantal y sin dudar un segundo salió al encuentro de su marido.
Marduk detuvo el motor y sintió que con ello descansaba por primera vez en semanas, satisfecho de ver que todos trabajaban desde temprano, como era debido. Petra merecía la confianza depositada en ella, y lo demostraba incluso en los encargos más nimios, los que cumplía con gran responsabilidad. Desde que Marduk había comenzado a viajar para organizar la "reconstrucción" de Dandara, su mujer había asumido la dirección de la comunidad en cada una de sus ausencias, labor que siempre había sabido llevar a cabo con sabiduría y, como decían los mayores, con "dulzura de madre".
Y tal vez esa dulzura era lo que en aquél momento irradiaba su mirada, mezclada con añoranza, felicidad y amor. Marduk sonrió al verla de pie en la entrada, suponiendo que sus pequeñas hijas aún dormían. Miró el rostro inexpresivo de su acompañante, quien no dijo absolutamente nada. Marduk tampoco esperaba que lo hiciera. Durante el viaje de varias horas se había percatado de que aquél demonio no articulaba palabra a menos que fuese estrictamente necesario. Con un gesto le indicó al joven que podía bajar, al tiempo que él también lo hacía.
Petra permaneció de pie en la puerta a su marido, observando con mucha curiosidad al personaje que le acompañaba cuya inquietante presencia intimidó a todos los presentes. La frialdad de sus ojos era tal, que quien cruzaba la mirada con la suya se sentía incapaz de sostenerla. En la mente de Petra se formaron muchas interrogantes, pero no cuestionaría la autoridad de su marido haciendo preguntas frente a los más jóvenes.
- Bienvenido a casa- Dijo con su voz impregnada de ternura.
Marduk sonrió y acarició su cabello. Luego se volvió hacia Set invitándole a entrar.
- Quiero presentarte a Set. Él vivirá con nosotros y será un gran apoyo a nuestra causa.
- Bienvenido. Espero que te sientas cómodo con nosotros.
Set observaba todo a su alrededor mientras avanzaban rumbo a la cocina, donde esperaban las jovencitas que no habían perdido detalle desde la ventana. Al llegar, Petra invitó a los recién llegados a sentarse mientras las niñas los atendían con presteza, una de las cuales se acercó a Set ofreciéndose a tomar su abrigo, lo que generó una inmediata tensión en el ambiente. Set sólo se limitó a mirarla con la típica frialdad con la que marcaba distancia, pero sin palabras aceptó su gentileza y se despojó de las prendas que escondían parte de su rostro.
La expresión de sorpresa en los rostros de las mujeres no se hizo esperar. Era casi un niño¿cómo era posible que su sola cercanía pudiera esparcir el temor? Las niñas murmuraban entre sí y Petra no tardó en actuar:
- Pueden retirarse. Avisen a todos que en diez minutos deben venir a desayunar- Las niñas obedecieron como si huyeran, lo que provocó cierta gracia en Set, quien esbozó una sonrisa casi imperceptible, aunque no le agradaba en absoluto la idea de vivir en medio de esa multitud. Antes de que la última, una bonita pelirroja abandonara la cocina, Petra dio una última orden- ¡Hebe! Prepara la habitación que aseamos ayer y ve que alguien más te ayude. Creo que adivinamos que alguien la ocuparía -Tanto Petra como la muchacha sonrieron ante tal comentario. El día anterior las muchachas se habían quejado de lo mucho que trabajaban en casa como para, encima, limpiar las habitaciones que no eran ocupadas, por lo que finalmente entre ambas habían llevado a cabo la tarea, previendo que podría necesitarse en el futuro. Y así sucedió.
Aquella era una situación tan extraña. Por primera vez desde que tenía memoria, Set disfrutaba de un desayuno que podría llamarse normal, en un ambiente que no implicaba un peligro para él, donde podía sencillamente sentarse a comer con tranquilidad absoluta, sin necesidad de atender a cada sonido listo para lanzar el ataque, y sin embargo no podía mantener la calma. Su decisión de seguir a ese hombre cambiaba su vida por completo y tal vez no había sido conciente de ello en un principio, pero ahora lo veía claramente. Sin embargo, en su interior tenía la convicción de que el tal Marduk actuaba con rectitud, que no le apuñalaría en el menor descuido y, por sobre todo, que desde un principio había llegado a él con la verdad. Ahora que lo veía junto a su mujer su certeza se afianzaba, y al mismo tiempo más lo desconcertaba. No tenía idea alguna del rumbo que tomaría su existencia, ni siquiera si podría aprender a convivir tan íntimamente con esas personas. Pero de una cosa estaba seguro; jamás se rindió ante un desafío, ni lo haría esta vez.
- Petra, siento no poder esperar a saludar a las niñas, pero debo marchar en busca de mi maestro ahora mismo.
- ¿Tan pronto¡Si no has descansado nada!- reclamó su mujer.
- Mientras antes, mejor. No está bien que le hagamos esperar por su maestro- justificó señalando a Set.
- ¿Su maestro?- preguntó Petra, al tiempo que el joven formulara con la expresión la misma pregunta.
- Claro, si todo sale bien.
Set sintió cómo por segunda vez en la vida una sensación indescifrable le recorría el cuerpo: ansiedad. Como siempre, mantuvo el más absoluto silencio y sus ojos azules se perdieron en el horizonte, sumido entre tantas preguntas que jamás llegaría a formular.
A Petra no le hacía gracia que su marido se marchara dejándola a cargo de semejante invitado. Ella siempre cumplía perfectamente las labores encomendadas por Marduk, y tenía bastante pericia en la administración de la comunidad, pero nunca había tenido que enfrentarse a una amenaza puertas adentro. Al menos eso era lo que sentía alrededor de aquél muchacho, y se preguntaba cómo haría para mantener su autoridad frente a él. Luego de despedir a su esposo, indicó a Set que la siguiera.
- En la casa dormimos veintitrés miembros de la comunidad, pero en el día verás hasta el doble de esas personas, gente que viene y va - le explicaba al joven mientras caminaban, buscando infructuosamente alguna expresión en su rostro- Verás que hay mucho movimiento. En el ala derecha están casi todos los dormitorios. No son muchos, pero son grandes, así que se duerme en grupos: los niños con sus padres hasta que crecen y pasan al dormitorio de las jovencitas o los muchachos- Set se limitaba a escuchar las informaciones de su anfitriona, aunque su atención estaba dirigida a observar cada rincón de su recorrido, pues no le importaba ni un poco saber como dormía el resto, hasta que Petra continuó- en esta ala las habitaciones son más pequeñas, pero imagino que preferirás la privacidad. Acá duermen dos matrimonios que no tienen hijos y el resto de las habitaciones están vacías, así que nadie te molestará en este lado.
Conforme avanzaba, Set vio a la pelirroja de pie junto a la última puerta. Le agradó comprobar que, como decía Petra, su dormitorio se situaba en el extremo menos transitado de la casona. Al llegar, la joven se inclinó ligeramente en señal de respeto, diciendo que ya estaba todo listo, pero el joven pasó de ella sin siquiera mirarla. Se paró un momento y observó aquello que, desde aquél día, se convertía en su nuevo hogar.
-Como los hombres realizan las labores más rudas, las niñas se encargan de la limpieza y los deberes dentro de la casa. Hebe mantendrá tu habitación ¿está bien?
- Al menos se ve menos molesta que el resto- Sentenció Set. Hebe rió para sus adentros, preguntándose si debía tomar aquello como un cumplido. Después de todo, había trabajado mucho convirtiendo un cuarto abandonado en un sitio tan acogedor, por lo que no estaba de más recibir un agradecimiento, aunque se limitara a ser considerada "menos molesta". Al menos era un paso.
En unos minutos las mujeres se habían ido a sus respectivas labores, devolviendo al nuevo inquilino su acostumbrada soledad. Dejó sus pertenencias sobre la mesa y observó con detenimiento cada rincón del dormitorio. La pared celeste, cortina blanca y la hermosa vista al campo eran un conjunto relajante y acogedor. Pese a la austeridad acrecentada por su escasez de pertenencias, aquella habitación era más amplia y confortable que el mejor sitio imaginado por Set.
Aquél día transcurrió con una lentitud incómoda para todos los habitantes de la casona. Pese a haber viajado durante toda la noche, Set descansó en la mañana sin dormir un minuto. Escuchó las voces a lo lejos de las personas al trabajar, los animales y las risas de los niños que jugaban en las afueras, así como los pies ligeros de alguna que otra muchacha al pasar por el corredor. Nunca antes se había detenido a escuchar a las personas así. En Fayum, no habría tardado en eliminar al primero que pillase y lanzar su destrozado cuerpo hasta donde fuese visible, para que sirviera de escarmiento. Pero en esta ocasión estaba allí, recostado escuchando esos ruidos, esas voces que no eran otra cosa que el sonido de la vida misma.
Unos pasos acercándose le sacaron de sus cavilaciones- He traído tu almuerzo- dijo una voz que él pudo reconocer- ¿Puedo pasar?
- Déjalo- No hizo falta decir donde, ni agregar que se fuera de inmediato, pues aquello quedaba en claro tan sólo con el tono de su voz.
Set almorzó muy a gusto. Era su costumbre comer bien y jamás pasar hambre, dada la práctica de sus coterráneos de ofrendarle alimentos. Quien hubiese preparado esa comida tenía talento, pero lo novedoso fue esta vez comer en aquella mesa, su propia mesa. Hasta se sentía bien.
A media tarde las muchachas tejían y charlaban animadamente junto a la gran chimenea cuando una presencia las silenció de golpe. Set apareció en el salón y se detuvo a contemplar esa imagen perfecta como una pintura, escondiendo en la dureza de su expresión la curiosidad que ellas le provocaban. Detuvo su mirada en Hebe, la única que conocía de nombre, la única que, en lugar de tejido, tenía un libro en las manos.
Ella era muy diferente a las demás. A pesar de llevar tan poco tiempo allí, ya se percataba que Hebe era mucho menos ruidosa que sus compañeras, además, su cabello encendido y sus mejillas pecosas la hacían más llamativa.
- Enséñame este lugar- A la orden, Hebe no tardó en ponerse de pie y obedecerle, pese a la tensión que le provocaba su cercanía. Set podría haber recorrido la propiedad solo, y era obvio que esa era la opción que más le agradaba, pero su recorrido sería más provechoso con un guía que le ahorrara acercarse a la gente para averiguar cada cosa que se hacía.
La tarde estaba soleada y todo el mundo se veía muy entusiasmado en sus labores. Aunque Hebe esperaba que la petición de Set le trajera un trato más amable, el joven mantuvo su gesto agresivo hasta el final de su tour, sin cruzar más palabras que las mínimas necesarias.
Pasada medianoche la agitación en la casona fue un claro indicio de que Marduk estaba de vuelta. Set estaba descansando en su cama boca arriba mientras oía las carreras y voces ir y venir, anunciando que el líder no venía sólo, que su viaje había tenido éxito, que había que preparar la mesa para los recién llegados, que había que recibir al señor Fausto… A Set todo aquello le parecía un escándalo innecesario, pero en el fondo, se sentía tan agitado como todos en la casa.
Al cabo de unos minutos alguien tocó tímidamente la puerta de su cuarto.
- Entre- fue la orden seca de Set, quien esperaba ver a Petra o al mismo Marduk llamándole, puesto que nadie más se acercaría a sus aposentos, pero se sorprendió cuando vio que se trataba de la pelirroja, lo que le molestó pues no quería que cualquiera se acostumbrara a rondarlo.
- Ha llegado el señor Fausto¿no irás a conocerle?
Set la miró con una mezcla de molestia y confusión. ¿Acaso esa niña esperaba una respuesta suya? No podía ser tan estúpida - ¿Enviaron por mí?- preguntó con rudeza, poniéndose de pie.
- N… no, sólo que yo…
- ¡Lárgate!- Aquello fue como un ladrido en el rostro de la pelirroja. Si la muchacha esperaba tomarse confianzas caía en un error garrafal, puesto que su cercanía se limitaba a los servicios que debía brindarle y con eso ya era demasiado.
Hebe corrió por el pasillo escapando del mismo demonio, mientras este sonreía de satisfacción. Su nueva y tranquila vida no podía privarle del placer que percibir el miedo le provocaba.
Transcurrido un tiempo consideró prudente, él mismo dejó su habitación rumbo a la sala, lugar de donde provenían las conversaciones y un penetrante olor a café. Caminó ansioso, pero tardó unos instantes en decidirse a abrir la puerta. Al entrar, el silencio que ya parecía la respuesta obligada para cada aparición del muchacho se produjo al instante, lo que no causó sorpresa alguna en el anciano, sino que fue la comprobación de las palabras de Marduk al describirle a su nuevo discípulo.
- Set, me alegra que vinieras. Quisiera presentarte al señor Fausto- dijo Marduk poniéndose de pie.
Tanto la mirada amable del señor Fausto como la agresiva de Set tenían la misma dedicación: estudiarse mutuamente sin perder detalle. El anciano se veía mayor a lo que imaginaba y tenía un aire de abuelito bonachón, lo que relajó y, en cierto modo, decepcionó al muchacho. Él en cambio, le pareció al maestro un recipiente de furia contenida. El fuego en sus ojos, su cejo fruncido, las manos empuñadas, todo su cuerpo emanaba una fuerza amedrentadora.
- Tal vez quieran conversar- dijo Petra interrumpiendo su mutuo escrutinio- nosotros les dejaremos por esta noche, ya se ha hecho muy tarde.
- No es necesario, pequeña, el joven Set y yo tendremos mucho tiempo en adelante para conocernos- dijo el maestro, levantándose del sofá sin quitar la vista de su nuevo alumno- Este viejo ha hecho un viaje muy duro para su edad y Set debe descansar porque mañana nos espera una ardua jornada. Eh, algo más- dijo dirigiéndose a Set- Por la mañana nos veremos en la biblioteca- Aquél era el lugar que Marduk había ofrecido al anciano para su trabajo, pues sabía lo mucho que le agradaba rodearse de libros. Set asintió con la cabeza y se retiró a su habitación.
Set durmió plácidamente, disfrutando su primera noche en una cama y la tranquilidad de los nervios disipados. Al final, el tipo no era gran cosa. Le despertaron los primeros rayos de luz matinal, pues acostumbraba a dormitar siempre en estado de alerta. Se levantó rápido y se dirigió a la biblioteca. "Demasiado temprano" pensó mientras se dirigía allí y acertó al comprobar que no había nadie. Recorrió cada recodo de la biblioteca; realmente era un lugar fascinante. Había enormes estanterías llenas de libros añosos y los mapas tapizaban las paredes mostrando rutas a lugares desconocidos para él.
Repentinamente la puerta se abrió, revelando la presencia del señor Fausto.
- Vaya, vaya, veo que alguien madruga más que yo.
- Jamás pierdo el tiempo.
- Eso es bueno, muchacho- dijo el anciano avanzando hasta acomodarse en el escritorio, donde dejó unos manuscritos- tenemos mucho que hacer. Dime¿qué edad tienes?
- Dieciséis.
- ¿Lees?
- Si
- ¿Cómo matas?
- ¿Quiere los detalles?- preguntó Set como desafiando al maestro. Pese a la primera impresión que se había llevado, el anciano no parecía atemorizado ante él y en cambio sus preguntas directas y la forma de hablarle como a un mozuelo cualquiera, eran más bien una provocación.
- Todo- El señor Fausto sabía muy bien que Set era una fierecilla en estado defensivo. Si quería llegar al joven no podía retroceder, debía mostrarse más fuerte, más decidido y mucho más osado que él.
Las escasas palabras de Set eran lo suficientemente descriptivas como para causar, al menos, repugnancia. Sin desviar un instante su mirada retadora del anciano, detalló sin pudor su rutina bestial, señalando los brutales modos y las injustificables razones que lo llevaban a matar.
La mañana avanzaba al ritmo de su interrogatorio en aquella biblioteca. El medio día llegó en medio de la expectación de la comunidad, quienes ansiaban saber el resultado de aquella primera jornada entre el demonio y el maestro.
- Bien, jovencito, ya es la hora del almuerzo, pero antes de irnos respóndeme una última cosa… ¿A qué le temes tanto?
Absurdo. ¿A qué podría temerle el mismísimo demonio de Fayum? Desde que recordaba, no había nadie que se pudiera parar frente a él sin mojar los pantalones, pero ese anciano estaba mostrando al estratega detrás de su cara de abuelito. En esa mañana no sólo le había sacado más palabras de las deseables, sino que parecía haber descubierto todo sobre él. Lo cierto es que las personas, incluso los seres más inhumanos tienden a combatir lo que temen y Set había pasado su vida sólo, sin nadie que le defendiese, aprendiendo a atacar todo cuando supusiera una amenaza.
"¿A qué le temes tanto?" Aún resonaba en su cabeza cuando elaboró la respuesta que le dictó el instinto y arremetió contra el anciano atrapando su cuello entre el respaldo del sillón y su cuchillo.
-¿Debo temerle a algo? Le susurró con una media sonrisa dibujada en el rostro.
- Si… a mí- dicho esto dio alcance a la daga que guardaba entre sus ropas y velozmente la puso contra el pecho de Set, rasgando ligeramente su suéter para aumentar su irritación. Era claro que Fausto estaba jugando con fuego, pero Set no le conocía. Todo lo que el joven tenía de coraje y talento, el viejo lo tenía en experiencia y estrategia, y bien se dice que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Así comenzó una batalla campal en la biblioteca. Fausto hundió ligeramente su daga para hacer retroceder a Set. El joven no temía al dolor, pero no era tan estúpido como para dejarse herir en un duelo como aquél, así que dio un solo paso atrás y volvió a abalanzarse contra el viejo, quien ágilmente logró salir del asiento y, haciéndole girar se escudó en él. Blandieron sus armas cortas enfrentando lo mejor de cada uno, pero Fausto notó que el joven lo hacía retroceder. En cuanto Set se arrojó contra el maestro, éste le recibió embistiéndole con el hombro, a modo de usar el impulso del joven como su propio arma haciéndole caer, pero Set se agarró del viejo, tirándolo con él.
Fausto fue arrastrado en la caída y simultáneamente dispuso su daga para enterrarla en el hombro del joven, quién reaccionó haciendo rodar al viejo para aprisionarle contra el piso, tomando ventaja de su fuerza. Dispuesto a abrirle el pecho al anciano, escuchó la puerta abrirse de golpe.
-¡¡¡Maestro!!!
Set respiraba agitadamente, sintiéndose confuso ante la interrupción, mientras veía a la impertinente pelirroja levantar al anciano en menos de lo que pestañeaba.
- ¡Tú que demonios haces aquí!- reclamó iracundo Set.
Debía dar una buena respuesta, o al menos algo que no encendiera más los ánimos del joven, que ya de por sí se había controlado demasiado.
- Yo… traía el almuerzo.
El aroma delicioso de las especias que inundaba la biblioteca no sólo confirmó la veracidad de su disculpa, sino que terminó por apaciguar a Set. Después de todo, que gracia tenía matar al viejo ahora que comenzaba a descubrir al único ser humano capaz de enfrentarle. Había sido un duelo brevísimo, pero suficiente para saber que realmente podía aprender mucho de él. Desde ese momento las cosas fueron diferentes entre el señor Fausto y Set; aunque el joven nunca derribó la barrera defensiva que oponía ante todo, comenzó a exhibir el respeto propio de un aprendiz hacia el maestro, de quien aprendía desde estrategia al catecismo, cuestión que el anciano consideraba fundamental para su formación ética.
Sus roces con los otros habitantes se limitaban a encuentros casuales de pasillo, que en general todos evitaban por temor. Marduk temía que integrarlo de golpe a la vida en comunidad fuera contraproducente, por lo que se mantuvo en espera de que fuese él mismo quien rompiera su aislamiento. Sin embargo, pasaron varias semanas y su actitud seguía inmutable, asumiendo sólo algunas tareas que podía hacer en solitario, por lo que el maestro decidió tomar medidas.
Como indicaba su rutina, Set se dirigió al amanecer a la biblioteca. La puerta semiabierta le indicaba que podía pasar, pero le extrañó no percibir el olor a café que típicamente acompañaba sus lecciones. Y es que en aquella biblioteca no era el maestro quien esperaba, sino una presencia un tanto indeseable.
- Buenos días- dijo ella con su voz algo más débil de lo habitual.
- ¿Qué haces aquí?
- Yo… aprenderé del señor Fausto al igual que tú- respondió Hebe temerosa de la reacción de Set.
- Esto no es cocinar ni hacer bordados, pecosa- dijo él despectivamente.
- Nunca he sabido hacer esas cosas- confesó- me va mucho mejor en las artes de la guerra que en las culinarias.
Aunque esa respuesta le sorprendió, para el joven todo aquello sonaba a una broma de mal gusto. Era claro que la idea de compartir cada mañana con la pelirroja le incomodaba sobremanera, así que se acercó a la muchacha y en un susurro le dijo:
- Desearás volver a la cocina porque en tanto me molestes borraré tus pecas a golpes.
- Así me borres el rostro, nada me moverá.
Fue la primera y única vez que ella le desafió, y aunque más que nada le causó gracia, el coraje de aquella jovencita insistente le incomodaba cada vez más.
- Bien… entonces ve disfrutando el tiempo que conservas la misma cara… pecosa.
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Continuará…
