Los rusos acababan de bombardear un pueblo austríaco en el que habían divisado una gran concentración de tropas, junto con carros de combate. Los SS que en ese momento se encontraban ahí manipulaban material de contenido biológico y tóxico fueron barridos por las bombas y el peligroso contenido se expandió por el aire, transmitiéndose y penetrando en el sistema respiratorio y sanguíneo de los supervivientes que, involuntariamente, respiraban la toxina experimental…
Mientras tanto, tropas de la Wehrmacht marchan lentamente a través de un campo de minas que está siendo despejado, para prestar su ayuda a los SS, y ayudarles a reforzar la ciudad para intentar hacer frente a un ataque ruso que se creía inminente. Cuando los rusos ataquen con apoyo de carros, los alemanes tienen serias dudas de poder resistir el feroz martillazo, pero de todos modos, obedecen órdenes, y marchan a ocupar sus posiciones delante de las líneas enemigas. Sólo porque son soldados alemanes, y cumplen órdenes.
Los zapadores germanos iban increíblemente rápido, teniendo en cuenta la tarea que intentaban hacer, pero no era lo bastante rápido para el hauptman al mando en primera línea, que llamó a su leutnant.
– Teniente Pfefferberg, coja a nuestros prisioneros y hágalos ir delante. Que nos allanen el camino.
– ¡Sí, señor!
El teniente obligó, a punta de metralleta, a prisioneros recapturados a ir delante de ellos. Los zapadores abandonaron el trabajo, y se colocaron detrás de ellos, a una distancia prudencial. Para motivarlos, les apuntaron con sus rifles, pero muchos de ellos con el seguro puesto. No todos eran capaces de disparar contra civiles desarmados, ex trabajadores forzados que habían huido de algún campo de concentración de la zona.
El primer prisionero obligado a caminar por delante fue un hombre famélico y desnutrido, que pisó una mina antipersona alemana.
Su cuerpo saltó en el aire, sin piernas, y bailó una danza macabra antes de volver a caer en el suelo, aún vivo y chillando de puro dolor.
Otro prisionero con su pijama de rayas pisó una mina, salió volando, y su cuerpo cayó encima de otra mina, con lo que volvió a volar.
La siguiente fue una mujer, que también pisó otra mina y su cuerpo cayó encima de sus camaradas, completamente pálidos viendo la intensidad del campo, y sabiendo que si seguían así nadie sobreviviría.
Otro prisionero ruso pisó una mina, pero no salió volando sino que cayó al suelo con los intestinos desparramados y la boca y la nariz anegada de sangre, a pesar de lo cual siguió gritando.
Todavía cayeron dos rusos prisioneros más, antes de que algunos de ellos salieran huyendo.
Dos de los zapadores les dispararon como a patos con sus fusiles, y otro tuvo la mala suerte de pisar una mina, y las que estaban al lado explotaron por simpatía, pues al explotar una, explotan todas las que están cerca.
Un soldado alemán, para aliviar el sufrimiento de los humanos usados como esclavos, arrojó una granada e hizo detonar varias minas, incluida una antitanque, pero fue severamente reprendido por gastar municiones.
El teniente, que se había colocado con los zapadores y detrás de los prisioneros, disparaba su pistola sobre los moribundos que habían pisado una mina y agonizaban.
Detrás de todos ellos, venía una aterrorizada formación de infantería alemana, caminando muy juntos por entre los cráteres de las minas explotadas y los cuerpos mutilados de soviéticos y judíos.
Los prisioneros caían como moscas, e incluso un alemán murió también al resbalarse en la sangre de un cadáver ruso y caer sobre otra mina fuera del camino.
Permaneció gritando unos minutos, hasta que sus pulmones se llenaron de sangre y le fue imposible seguir gritando.
Finalmente, tras avanzar dos kilómetros por el campo de minas de alta densidad, llegaron al final de éste. Sólo quedaban cinco prisioneros con vida, pero habían conseguido lo que querían.
El teniente los fusiló a todos con su metralleta, para que no escaparan, y sus cuerpos tras ser sacudidos por las balas 9 mm, cayeron al suelo, donde los alemanes los pisaron involuntariamente al correr para cumplir su misión, y desplegarse.
Habían transcurrido tres horas desde los bombardeos, pues cruzar el campo les había llevado bastante tiempo.
Todo el aire del poblado hedía a carne quemada, y los cuerpos tendidos sobre las minas amplificaban el olor, pues hacía calor, y las moscas venían muy rápido.
Cuando llegaron, lo primero que vieron fue el chasis ardiendo de un tanque Tiger II (con los emblemas y la característica pintura de camuflaje de las Waffen SS, completamente destrozado por un impacto directo; junto a él, varios cuerpos tendidos y la torreta del tanque, que había saltado junto con el cañón KwK 43 L/71. Sin duda, una bomba aérea
Siguieron avanzando, y vieron que un cañón Flak 88 había conseguido derribar un caza de combate Yakolev Yak9D. Pero aparte del avión monoplaza con su piloto muerto, no había conseguido otra cosa, y la dotación del cañón antiaéreo había desaparecido.
Para proteger las labores de búsqueda de supervivientes, unos cuantos soldados de la Wehrmacht tomaron el cañón y, moviéndolo para apuntar al horizonte, apuntaron a las columnas de humo que ocultaban la luz solar y de las que en cualquier momento podrían aparecer más hordas de bombarderos rusos.
Alrededor había algunos cuerpos tendidos, cadáveres irreconocibles y destrozados por la metralla, algunos de ellos parcialmente quemados.
Unos cuantos soldados empezaron a cavar fosas con sus palas de trinchera, para enterrar a los fiambres y que no olieran cuando empezaran a pudrirse.
El resto se dividió, en busca de supervivientes.
Un grupo de ocho hombres regresó rápidamente, informando de que habían hallado algunos supervivientes.
Luego regresaron al lugar, con compañía médica, y descubrieron a varios soldados de las SS parcialmente calcinados, por el fósforo de las bombas, que les había devorado.
Algunos pobres infelices estaban al descubierto, al aire libre, de donde sus compañeros les habían dejado tirados. Esos compañeros yacían por aquí y por allá, desmayados nadie sabía porqué.
Los médicos les atendieron, a simple vista, padecían contusiones y quemaduras de distinta consideración, no obstante, algunos de ellos se les estaba empezando a descomponer la piel.
¿Qué nueva arma habrían probado los rusos?
Un grupo de cinco hombres al mando de un Feldwebel (sargento) llegó a un agujero de proyectil, en donde se metieron. Dos de ellos salieron a cumplir su trabajo junto con el sargento al mando, mientras los otros tres montaban la ametralladora pesada que portaba uno de ellos en el trípode que llevaba un segundo, mientras todos se distribuían la munición en cinta que llevaban todos.
Estaban fumando en silencio, cuando llegaron los otros tres. Traían en sus brazos un lanzacohetes Raketenpanzerbüchse 54, conocido comúnmente como Panzerschrek (el terror de los tanques) y el otro, más bajito, llevaba tres fusiles Kar 98k, aparte del suyo propio, y una mezcla de granadas Stieldhandgranate 24 y Eihandgranate 39 (granada en forma de huevo) y todo tipo de cargadores en su casco. El sargento traía tres Panzerfaust de 30, uno de 60 y otro con alcance de 100 metros.
–Muchachos, haced un hueco ahí. Esta mierda pesa un huevo… –dijo, dejándolos caer con no demasiado cuidado.
– Vaya, tenemos armas para atizarles a los T-34 de Popov. –dijo un soldado, encantado por el hallazgo.
– Con esto machacaremos a esos asquerosos comunistas y vengaremos a nuestros camaradas.
– Tranquilo, John Wayne. Créeme, si Iván ataca como suele hacerlo, sus artillería de largo alcance y sus cohetes te matarán antes de tener tiempo de usar nada de esto. –dijo un soldado, mientras se liaba un cigarro.
– ¡Bueno, pues lucharemos hasta la muerte si hace falta, por Adolf Hitler!
Todos los compañeros voltearon la cabeza hacia el fanático.
– Por Adolf Hitler morirás tú, y tu puta madre. Ese maldito cabrón austríaco nos ha enviado a la guerra.
El sargento Klaus, para evitar oír esos comentarios, se dio media vuelta. A partir de ahora, haría oídos sordos, para evitar tener que denunciar a sus propios hombres a un tribunal militar.
Pero el fanático seguía insistiendo.
– ¡Pero…pero¿Cómo podéis decir eso? Somos soldados alemanes, tenemos que luchar por nuestro Führer!
– Tú serás alemán, yo soy prusiano. –dijo un cabo.
– Y yo soy español, pero nacionalizado alemán. – secundó otro compañero, que se había salvado, por muy poco, de las purgas echas por las SS.
Un compañero golpeó en la espalda a su compañero.
– Deberías haberte largado con tus compañeros azules, cuando Iván os zurró en Leningrado y vuestro generalísimo se llevó a las tropas y nos dejó tirados…
– Por eso me he hecho alemán, para seguir combatiendo al bolchevismo.
– Lo que faltaba, otro imbécil nacionalsocialista convencido…
– Bueno¿y qué? Yo soy alemán de capital, he vivido en Berlín toda mi vida y no voy a sacrificarme por el Tío Adolf – terció otro hombre, muy corpulento y que hablaba sin quitar la vista de la mirilla de su MG42.
– ¡No puedo creer lo que he oído!
– ¡Cállate, puto nazi idealista¡Vete a alistarte en las SS y deja de comernos la oreja! Somos la Wehrmacht, no un puñado de Faisanes Dorados cobardes, como lo son todos los de vuestra calaña. Os conozco, muchacho, sé como eres. Tú y todos los que son como tú. –habló un viejo soldado, que había combatido primero en la Primera Guerra Mundial y luego en la Segunda desde los inicios en Polonia.– Mirad su aspecto. Tres muelas cariadas, y es bajito. No me extraña que no le hayan dejado entrar a las SS…
El hombrecillo calló, y bajó la cabeza.
– Bueno, los Ivanes te tratarán bien. ¿No has leído sus folletos? –el cabo prusiano sacó un papel arrugado del bolsillo de su guerrera. –Bla bla bla… no os haremos nada…bla bla... rendíos…no se qué de que vuestros oficiales os obligan a luchar… bla bla bla… ¡Ah, aquí está! "…Entregad a vuestros perros fascistas, los SS, la GESTAPO y la Feldgendarmerie que os obligan a luchar, vosotros no tenéis porqué correr la misma suerte…" etcétera. ¿Ves?
– Tira eso, imbécil. Te pueden castigar sólo por llevar ese papel en el bolsillo. –murmuró alguien por detrás del prusiano.
– ¿Y a mi qué? Morir fusilado por Iván, por los Amis, por los fepos…viene a ser lo mismo. De algo hay que morir¿no? Lo que me gusta del soldado del frente es la libertad que tiene para elegir su muerte…hay tantas formas de poder hacerlo…
En ese momento apareció el capitán, que también era un idealista, y las conversaciones cesaron.
– Mi señor… –empezó a decir el soldado acusado, todavía sosteniendo el casco con todo el material encontrado, pero el cabo prusiano le puso la mano en el hombro.
– Mein Hauptmann, hemos asegurado y limpiado esta zona. No hay ni rastro de enemigos, ni tampoco hemos hallado supervivientes. . –empezó a informar el sargento al mando.– Tan solo encontramos armamento anticarro amontonado, al parecer lo estaban guardando para defenderse de un ataque con carros. Nosotros lo encontramos y lo hemos apilado justo enfrente de donde ud. se encuentra, y algunas granadas y cargadores, que tenemos aquí.
El oficial asintió y cogió el casco lleno de objetos al soldado fanático del nacionalsocialismo.
– Bien, bien, mantengan la posición. Nuestros zapadores están limpiando el campo de minas para permitir el paso de nuestros blindados, pero tardarán varias horas. Hasta entonces, estamos solos. Buena suerte.
– Señor¿de qué sirve mantener este pueblo? Podemos replegarnos a través del campo de minas, y dejar que los rusos se entretengan en él. No creo que sea necesario defender este montón de ruinas…
– ¡Soldado¿Olvida donde estamos¡Estamos en Alemania¡Los rusos están invadiendo nuestro Reich¡No podemos dejar que sigan adelante sin hacerles pagar cada centímetro de tierra con sangre y lágrimas! En el 41, ellos no nos dejaban tomar ni un solo pueblo, luchaban hasta casa por casa, pues nosotros haremos lo mismo. Jodidos subhumanos de ojos rasgados… –dijo, refiriéndose a los mongoles que también luchaban en el Ejército Rojo.
Y dio media vuelta, dejando al fanático sin casco, y sin palabras.
El cabo le dio una palmada en el hombro.
– Venga, hombre, vamos a descansar un poco.
El hombre asintió y avanzó cabizbajo.
Al mismo tiempo, a no muchos metros de allá, otro grupo de soldados inspeccionaban los dos vehículos Opel Blitz intactos pero acribillados por la metralla.
Alrededor había como 15 o 20 cuerpos, todos sin heridas visibles pero con la piel parcialmente descompuesta.
– Habían unas bombonas dentro, pero están vacías. Fíjate, han sido agujereadas. Todavía está saliendo como un líquido verde…
– Herr Oberstleutnant¡Hemos encontrado una bombona intacta!
Una de las bombonas había rodado, y estaba parcialmente cubierta por cascotes. Cuando los soldados la intentaron mover, la espita se soltó y empezó a soltar gas.
– Achtung! Ach¡Puede ser venenoso¡Atrás, atrás!
Pero ya todos los habían respirado…y nadie notó ningún síntoma.
Se miraron unos a otros, y sonrieron. Ese gas no era venenoso claramente.
Motivados por ese pensamiento, movieron la bombona, que continuaba echando gas, y la colocaron al lado del único camión que no había ardido.
El teniente coronel, que junto con sus hombres estaba de inspección también, se acercó a leer lo que estaba escrito en un lateral de las bombonas.
– Peligro biológico…peligro de muerte…En caso de escape, mantener aislado ¡A buena hora¡Todos mis hombres lo han respirado! Joder… ¡Oberfeldwebel!
– ¿Señor?
– Destruya todas las bombonas con lanzallamas, no quiero que sigan echando gas ni líquido apestoso de ese. No parece ser venenoso, pero si hacemos caso de lo que dice, yo desconfiaría...
– Entendido, señor.
Mientras el teniente coronel supervisaba como las bombonas eran apiladas, el Hauptmann se alejó de allí, cuando unos ruidos llamaron su atención. Era cerca del portal de una casa que tenía destruida por obuses toda su parte superior. Cuando entró, subfusil en mano, encontró primero las botas, y luego a un soldado con el uniforme de camuflaje de las Waffen SS.
Enseguida llamó a gritos a un médico, pues el pobre hombre tenía muy mala pinta. Su cara había sido quemada, al igual que toda su pierna derecha, completamente chamuscada por el fósforo ardiente.
Olía a descomposición, y en ambas manos la piel había formado como unas costras realmente asquerosas.
El soldado no podía hablar, y le miraba con ojos tristes, implorando por su vida, mientras sacudía espasmódicamente las piernas y arañaba el suelo con sus dedos.
El personal médico no tardó en venir y en llevárselo.
El joven capitán siguió mirando la zona en la que había estado el herido, con los ojos en blanco, pensando.
Un soldado le interrumpió de su pensamiento.
– ¡Mi señor, debería venir a ver esto!
El capitán recogió su subfusil y fue a ver lo que sucedía, siguiendo al soldado.
Éste le llevó tras de un Panther destruido, donde estaban agazapados cuatro infantes de la Wehrmacht.
– ¿Qué coño sucede….?
Pero uno de los soldados le hizo callar con un gesto.
– Calle y mire, mi señor.
El oficial elevó su cabeza por encima del lateral de un tanque, evitando golpearse con el cañón retorcido, y contempló una escena insólita.
Un soldado de las Waffen SS, sin rango en las hombreras ni brazalete de la División, devoraba a mordisco limpio a otro compañero de idéntico uniforme. Parecían dos desertores, que junto a un tercero que yacía se habían escapado.
El desgraciado estaba muerto, con los intestinos mordidos y desparramados fuera de su cuerpo, y con un sangrante agujero en la garganta. Su compañero estaba prácticamente igual, aunque el otro soldado le hundía las mandíbulas en su abdomen para sacar un pedazo de carne y alimentarse.
El oficial no supo que decir ni hacer.
– ¿Abrimos fuego, mi señor? – preguntó un soldado. Le dio unos golpes en la manga, pero el capitán seguía sin dar señales de vida.– ¿Señor¿Oiga?
Más era inútil, porque el oficial continuaba paralizado.
De pronto, el SS, pareció reparar en la presencia de carne fresca, detrás del tanque destrozado, y dejó el cuerpo con el que estaba para ir hasta donde estaban ellos.
Finalmente, eso fue demasiado, y el oficial dio, al fin, la orden, antes de que se acercase demasiado.
– ¡Fuego, fuego!
Los cuatro soldados dispararon con sus fusiles al soldado, que tras recibir las cuatro descargas se tambaleó, pero no calló al suelo. Movió la cabeza, con su boca entreabierta y manchada de sangre, y sus ojos completamente blancos.
Los soldados introdujeron otra bala en la recámara en los fusiles de cerrojo, y volvieron a apuntar. No sabían qué hacer.
– ¡Seguid disparando! –ordenó el capitán, que a su vez hizo lo propio con su MP-38.– ¡Hasta que caiga!
Las balas acribillaban su cuerpo, pero se mantenía en pié con grandes dificultades, hasta que finalmente ya cayó al suelo, para no volver a levantarse.
Todavía el hauptmannsiguió disparando, hasta que un clic le indicó que había vaciado las 30 balas del cargador. Sus soldados siguieron disparando, hasta que el joven oficial alzó el brazo.
– Alto el fuego, joder. Vosotros dos, id a inspeccionarme "eso". Nosotros os cubriremos.
Los dos "voluntarios" tragaron saliva, y con las armas cargadas y el seguro al alcance del dedo, avanzaron hacia donde estaban tendidos los tres cuerpos. Uno de ellos aún se movía, y fijó sus ojos sin pupilas y completamente blancos en los soldados. Intentaba levantarse, cosa imposible pues una bala le había cercenado la columna vertebral. Uno de los dos soldados le disparó a corta distancia con el Kar98, y la bala le destrozó el cráneo.
Los dos se agacharon a inspeccionar el cadáver. En ese momento, sonaron más disparos, incluido el largo tableteo de una ametralladora MG-42.
Los tres soldados que estaban en el Panther destruido echaron a correr, junto al capitán, hacia la fuente del ruido. Localizaron a varios cuerpos de soldados SS que se incorporaban, pero les ignoraron. Ya se ocuparía de ellos un médico.
Los dos soldados que habían ido a inspeccionar los cuerpos llegaron últimos, cuando los SS ya estaban de pié, y consiguieron verles la cara. Y los ojos completamente blancos.
Apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando se les echaron encima, y empezaron a comerles vivo entre atroces gritos. Sus compañeros dieron media vuelta y abrieron fuego, pero la munición 7,92 x 57 mm. era muy potente y atravesó sin problemas al zombi y a los soldados que intentaban salvar, matándolos a todos en el acto.
Mientras tanto, cerca de los camiones, los soldados apilaban las bombas que quedaban desperdigadas en el único camión que quedaba. La mayor parte de las bombonas se habían vaciado, pero de todas formas las amontaron.
El Oberstleutnant se agachó junto a dos cuerpos y examinó una negra carpeta con las dos S en forma de rayo que llevaba un científico en la mano. Se la quitó, y la empezó a leer. Era bastante difícil de comprender, pero estaba claro que era un documento muy importante. Había muchas palabras raras para un hombre de campo como él, que de lo único que entendía era del campo y del ejército, pero el significado de algunas expresiones no se le escaparon. Esas bombonas contenían un arma química muy poderosa, y era VITAL salvarlas.
Mientras leía, notó el detalle del olor a descomposición que emanaba de los cadáveres, algo extraño pues solo hacía algunas horas que habían caído, pero el teniente coronel no le prestó suficiente atención.
Ordenó a sus hombres que intentaran arrancar el camión, pero descubrieron que una inoportuna esquirla había penetrado en el motor, inutilizándolo, además de que varios cascotes se habían cargado el radiador. Y repararlo iba a llevar tiempo.
En ese momento, uno de los doctores SS que estaban en el suelo empezó a mover la mano.
Y otro soldado empezó a mover también el pecho y convulsionar la cabeza, intentando levantarse.
– ¿Pero éstos no estaban muertos…¡Qué venga un médico!
