El enfermero Sven Hassel estaba instalado en un puesto de primeros auxilios, montado provisionalmente por un montón de capotes impermeables de las SS unidos sobre 8 palos clavados al suelo, y camas echas de sacos de dormir sobre el suelo. Un perchero anteriormente colgado de abrigos sostenía ahora botellas de plasma para transfusiones de sangre. Sobre los sacos del suelo, estaba recibiendo un montón de soldados de las Waffen SS inconscientes y con convulsiones, con heridas de todo tipo. Fuera sonaban disparos esporádicos, pero ese era trabajo de otros. El suyo consistía en salvar vidas. Aunque de todas formas, siempre trabajaba con su P38 al alcance de la mano.

El siguiente "cliente" que trajeron fue un hombre aparentemente con la piel podrida, que no dejaba de forcejear y babearse todo.

Dos corpulentos hombres le sujetaban, intentando por todos los medios que se estuviera quieto. El médico en jefe le golpeó con el mango de la pala de trinchera reglamentaria en la cabeza, y el herido se desplomó al suelo inconsciente.

– Bueno….esto servirá como anestesia. ¿Qué le ha pasado, crisis de guerra?

– Ni idea, lo hemos encontrado así. Se ha resistido, e incluso ha mordido el cuello a un compañero. Le hemos tenido que dislocar el hombro para que colaborase, pero creo que ni lo ha sentido…

El médico asintió con la cabeza, y trasladó el cuerpo inconsciente a una camilla, con la ayuda de Sven.

– Sven, vamos a llevárnoslo a la enfermería.

El aludido asintió y se dirigió hacia la "enfermería", que se trataba de un garaje con un cuarto anexo de herramientas, que había resistido las bombas. Actualmente el vehículo había desaparecido, por lo que las SS lo habían transformado en hospital de campaña, y las tropas de la Wehrmacht aprovecharon las instalaciones.

Los enfermeros trasladaron al desvanecido de una acera a la otra, para amontonarlo junto con los otros en el garaje/hospital, pues en el puesto de primeros auxilios ya no cabía nadie más.

Por el camino encontraron a otros dos enfermeros que fueron a asistir a un soldado de infantería que venía con ellos, al cual otro soldado enloquecido de las Waffen SS le había mordido la pierna justo por encima de la bota, arrancándole parte de la piel.

– ¿Qué les pasará a estos hombres? Se han vuelto caníbales…

– ¡Cuidado!

El grito de un enfermero puso sobre aviso a todos los demás. Cuando Sven y su médico en jefe llegaron a la enfermería desde el puesto médico avanzado, un rottenführer se había incorporado sobre la camilla, y con los brazos echados hacia delante intentaba morder a alguien.

Al instante, fuera sonaron gritos y más disparos. Eran disparos continuados.

Cuando el sargento de las SS intentó morder al médico en jefe, Sven le disparó a la cabeza con su Walter. El sargento cayó al suelo, donde tras unos espasmos, murió.

Ese fue el momento en que otros cuerpos de soldados SS medio calcinados, sin piernas, o incluso cuerpos que habían pensado que estaban muertos se empezaron a levantar en la enfermería, tropezando unos con otros.

Sven, los otros dos enfermeros y el médico en jefe salieron fuera, donde todos disparaban a los soldados de las SS que venían hacia ellos.

Un veterano llamado Kriestler portaba un Lanzallamas modelo 41, el cual usó para achicharrar a un montón de soldados enloquecidos con una llamarada de 10 segundos, hasta agotar completamente su reserva de combustible.

Muchos de los soldados ardieron hasta desintegrarse, pero muchos otros siguieron avanzando, hacia caso omiso de las balas que golpeaban en sus cuerpos.

Esos "soldados" avanzaron hacia los que les disparaban, y se les echaron encima, haciendo una carnicería. Unos pocos lograron escapar, a fuerza de golpes de culata, y disparos con armas automáticas a muy corta distancia. Sin embargo, algunos de ellos presentaban mordidas.

Los escasos soldados supervivientes corrieron a encerrarse en la enfermería del garaje, pues los soldados de las Waffen SS se alzaban de casi cualquier lugar e iban a por ellos. El problema era que había una puerta, pequeña, y en teoría era fácil de cerrar. Pero la puerta doble, grande, y central, presentaba problemas. Se había trabado a la mitad.

– ¡Joder, joder, termina de cerrar la jodida puerta!

– ¡No puedo, está bloqueada!

Por entre la puerta y el suelo, asomaban brazos, que intentaban entrar, y más de un "soldado" SS intentaba arrastrarse, para lograr entrar.

Tres soldados estaban apoyados para intentar tirar de la puerta hacia abajo y cerrarla, pero los SS que intentaban entrar para morder y devorar a los soldados vivos demostraban una fuerza sobrehumana. Y encima, la otra puerta tampoco habían logrado cerrarla.

Un soldado se echó cuerpo a tierra, y disparó con su subfusil, reventando las cabezas de los "zombies" que estaban cuerpo a tierra; pero todavía había muchos más.

Ese mismo soldado permaneció vigilante, mientras recargaba su MP-40, y los otros hacían fuerzas sobre la palanca, hasta conseguir bajarla del todo, y que la puerta principal cerrara con un chasquido, aunque no del todo. No llegaba a tocar el suelo, pero no habría espacio para que nada entrase por ahí.

Pero sólo algunos respiraron aliviados.

– ¿Y la otra puerta?

Los soldados corrieron hasta ella, donde otros dos hombres de la Wehrmacht intentaban resistir y cerrar la puerta, pero una serie de brazos se lo impedían, que intentaban a toda costa acceder dentro. Afuera sonaron varios gritos, y algunos disparos de fusil, pero los de dentro no podían hacer nada, salvo luchar por sus propias vidas. Y los SS que intentaban colar sus brazos por el hueco, o hacer fuerza para conseguir abrirla, no colaboraban.

Un soldado, desesperado, planteó cortar los brazos con un cuchillo, pero otro, más práctico, quitó la anilla a una Eihandgranate 39 y la tiró fuera. La explosión consiguiente hizo que los brazos cayeran, inertes, y por fin se pudo cerrar la puerta.

– Joder… ¿Qué les ha pasado a estos tíos? No son humanos…

– Los rusos deben haberles echado algo. Están completamente locos.

Los soldados avanzaron por un estrecho pasillo, con cuerpos en las camillas, y llegaron al centro de la estancia, donde había todavía más cuerpos, y varios soldados recuperaban el aliento.

– Han dejado de ser humanos ya…parecen "zombis descerebrados" – comentó Sven, observando el cuerpo que atacó al doctor y al que poco antes le había volado la tapa de los sesos.

– Venga ya, enfermero. Los zombis no existen…son leyendas, estamos en el mundo real.

– Yo sigo diciendo que Iván les ha vuelto así.

– No importa lo que haya pasado –interrumpió un teniente.– Debemos pensar en la forma de escapar de aquí. Pueden entrar en cualquier momento, y apenas disponemos de municiones.

Aparecieron a la carrera por el garaje dos soldados; uno de ellos llevando una MG-42 en sus hombros.

– ¡Señor, hemos tapado el hueco bajo la puerta grande con todo lo que pudimos encontrar! –dijo el que le acompañaba.

– Buen trabajo, Oskar. Usted, Krabbel, emplace la ametralladora en la obertura. Si vienen más zombis, o los rusos, dispare.

Jawhol, herr leutnant!

Krabbel colocó la boca de su ametralladora asomando por la obertura, pero de momento no parecía haber nadie por ahí., salvo cuerpos tendidos

Los cuatro soldados, tras acabar de enterrar los cuerpos encontrados al lado del cañón antiaéreo, fueron a descansar, cuando empezaron a sonar tiros.
Tras descolgarse el arma de la correa del hombro, todos ellos adoptaron la posición de combate, con las piernas abiertas y el fusil bien sujeto en ambas manos, con la culata apoyada en el hombro, y listos para abrir fuego.

Cada vez sonaban tiros, y gritos, más cerca, y eso era preocupante. Y lo más extraño era que solo se oían voces y disparos de armas alemanas. ¿Quién atacaba?

De pronto, la tierra fresca en la cual habían sido enterrados los cuerpos se empezó a agitar.

Primero, surgió una mano de la tierra.

– ¡Joder¿Seguro que los tipos que enterramos estaban muertos?

– ¡Pues claro que estaban muertos, no tenían pulso! –contestó uno, tan extrañado como su compañero. – Venga, ayudémosles a salir.

Con las mismas palas con las que los habían enterrado, empezaron a ir cavando alrededor de los cuerpos con el propósito de desenterrarles.

Cuando el primer soldado SS estuvo libre, se levantó, bastante torpe, y volvió a caer al suelo, con un sonoro golpe de cartucheras metálicas. No se incorporó de nuevo totalmente, sino que fue caminando a cuatro patas hasta el primer soldado.

Otros tres soldados ya estaban saliendo del cráter, y otro de las SS se les acercaba por detrás.

Kamerad, de la que te has salvado. Pensamos que estabas muerto, tú y tus compañeros, y… ¿me estás escuchando¿Te pasa algo?

El soldado SS, sin atender a razones, le mordió la canilla, pinzando el nervio y aferrando bien el hueso de la tibia y el peroné. Mordió con tanta fuerza que sus dientes rasgaron y atravesaron el grueso cuero de la bota.

El soldado de la Wehrmacht gritó de dolor, mientras a culatazos intentaba desembarazarse del zombi.

Sus camaradas fueron en su ayuda, pero enseguida a cada uno se le echó otro SS encima.

Uno de ellos sufrió una mordedura en el cuello y falleció de inmediato; otro sufrió un desgarrón muscular en el hombro cuando le fue arrancado un buen cacho de carne y músculo.

Con su brazo inutilizado, empezó a huir.

El tercer soldado disparó su G-43 contra el soldado que se le acercaba lentamente, y luego disparó contra el otro que mordía la pierna a su camarada.

Le disparó dos veces al torso, y el hombre cayó.

Cuando le tendió la mano a su compañero para salir de ahí, los dos zombis abatidos más los otros tres que venían se giraron contra ellos, y empezaron a perseguirles.

De los dos supervivientes, uno de ellos no podía caminar, y marchaba cojeando sujeto al hombro del otro.

No podían correr muy rápido, así que no tardaron mucho en tropezar.

El soldado herido golpeó en el hombro a su salvador, pero éste no respondió.

Cuando le miró a los ojos, vio que se había golpeado la cabeza en su caída. Muchos soldados preferían una gorra antes que un casco, pero ése era el inconveniente de la gorra: no protegía nada.

El superviviente se intentó arrastrar, pero pronto un zombie se le echó encima y le comenzó a morder, a gusto, en la rabadilla.

El soldado se giró y le disparó en la cabeza con el Gewerh-43 de su amigo, hasta agotar las balas. Una vez tuvo el cargador vació, volteó el arma para utilizarlo como maza.

Logró tumbar a otro soldado de las SS enloquecido de esa forma, con un poderoso mandoble en la cabeza.

El fusil no duró mucho, porque al final se le resbaló de sus ensangrentadas manos. Intentó coger su bayoneta, pero uno de los caníbales se le echó encima.

Notó su hediondo aliento a punto de morderle el cuello.

Antes de notar la mordedura fatal, el soldado enloquecido por el dolor de su pierna, logró hacerse con su bayoneta y clavarla una y otra vez en un costado del SS.

Con la garganta seccionada y muerto al fin, su brazo continuó sacando e introduciendo el cuchillo hasta que se quedó sin fuerzas, sin que ese importase a su asesino, que se entretenía devorando a su presa.

Otros ocho soldados de la Wehrmacht en patrulla, se habían tumbado cuerpo a tierra al oír los disparos. Sus fusiles apuntaban hacia el frente ruso, pero los disparos venían de detrás…y por los lados.

– ¡Guerrilla¡Partisanos! –exclamó uno, haciendo señas a los otros de que les siguieran. Todos eran soldados de primera, no había ni un solo rango superior, y debían hacer lo que les dijera el instinto.

– No seas gilipollas, acaban de bombardear ese pueblo, no puede tratarse de guerrilleros.

– ¡Tenemos que ir a ver!

Se arrastraron, cuerpo a tierra, hacia el centro del pueblo, pasando por entre paredes desgajadas y escombros amontonados. Vieron a un soldado SS con la garganta rota y sin piernas intentando caminar, pero no le hicieron mucho caso. De su boca brotaba una saliva espumosa roja, ninguno de ellos era médico pero seguramente a ese tipo le quedaban pocas horas de viva, y con la garganta seccionada y la cara quemada no podría gritar.

De pronto dos soldados alemanes que corrían, se detuvieron y dispararon al SS hasta tumbarle.

Los que se arrastraban se detuvieron, sorprendidos.

En ese momento los dos soldados les vieron, y sin mediar palabra, dispararon contra ellos, tomándoles por zombis.

Las balas impactaron en los cuerpos de los soldados desprotegidos y sorprendidos que estaban en el suelo, haciendo una masacre. Tras la primera ráfaga, los que quedaban con vida devolvieron el fuego y los dos asesinos (que no esperaban que respondieran el fuego) cayeron al suelo, sin que supiera porqué habían disparado.

De los ocho, solo quedaban con vida cuatro, uno de ellos gravemente herido y el otro incapacitado para caminar.

– Compañero, tenemos que ir a ver que pasa, quédate aquí.

– ¡No¡No nos dejéis aquí!

– Compañero, venga, no tardaremos nada.

– ¡No, no, no, no¡No por favor…!

Pero ya era tarde, los dos soldados se habían echado a correr dejando a sus dos compañeros herido. Uno de ellos, presentaba varias balas en el abdomen, y se desangraba con rapidez. El otro, intentó avanzar, pero con una bala insertada en la rótula de la rodilla lo tenía muy difícil, por no decir imposible. Desesperado, se acurrucó en un cráter para esperar, mientras se intentaba atar el cinturón en torno a la herida, a ver si dejaba de sangrar. No se dio cuenta de que el soldado SS abatido por los dos asesinos de antes no estaba muerto del todo, y que se le estaba acercando por la espalda.

Oyó el ruido en el último momento, pero cuando se dio la vuelta solo vio una sombra negra que se le abalanzó encima, y a pesar de que gritó mientras era devorado vivo, no vino nadie en su ayuda. El otro soldado herido, ya había muerto desangrado, y ni siquiera se enteró cuando unas mandíbulas le rasgaban la carne abierta del abdomen.

Los otros dos soldados, que tenían la idea de regresar para ayudar a su compañero en cuanto supieran lo que había pasado, no pudieron cumplir su palabra. En una calle sin salida les habían arrinconado cinco soldados de las SS enfermos, que parecían muertos vivientes. Sus ojos blancos eran inquietantes, pero todavía eran más inquietantes sus bocas que se abrían y cerraban, y los brazos con las manos extendidas.

Las balas 9 mm. de sus dos subfusiles MP-40 no les detenían, a pesar de que destrozaban sus pechos, no parecía ser suficiente. Oyeron los gritos del compañero, pero no podían hacer nada por él, era más importante salvarse ellos mismos.

Uno de ellos le quitó el seguro a una granada, y se la tiró a los "compañeros" que se les acercaban. La explosión tiró a unos cuantos al suelo, y a otro le hizo golpearse con la pared con tanta fuerza que se le rompieron la mayor parte de los dientes, pero el zombi se volvió a recuperar con sorprendente velocidad y, junto a tres compañeros más, reanudaron la tarea de devorar a su presa.

Los dos soldados vivos, cada vez más desesperadas, seguían disparando, cambiando cargadores, y disparando sin parar. Pero sin apuntar, pegaban el dedo al gatillo y no lo soltaban hasta agotar el cargador, lo que producía que el MPI se elevara por su cadencia de tiro y la mayor parte de las balas pasaron por encima de los zombis.

El soldado de más atrás tropezó con un cuerpo que estaba en el suelo, y cayó de espaldas. Intentó levantarse pero, para su sorpresa, el cuerpo era otro soldado SS que de forma misteriosa había vuelto a la vida y estaba intentando morder la caña de sus botas.

Su compañero se dio media vuelta para disparar en la cabeza al zombi que intentaba morder la pierna de su amigo, pero en ese momento se le echó encima por la espalda otro zombi, y cayó contra la pared, mientras le mordían el cuello y le seccionaban la tráquea.

Finalmente, el soldado consiguió liberarse por si solo destrozándole la mandíbula de una patada, y mientras a su compañero forcejeando contra el zombi que le mordía el cuello una y otra vez, no vio otra opción para salir de ahí que usar otra granada de palo.

Mientras desenroscaba la base para tirar de la anilla, el zombi sin mandíbula intentó de nuevo tumbarle, cosa que casi consiguió. Sin embargo, la granada cargada cayó al suelo, y en pocos segundos, explotó, matando a los dos hombres y a los zombies cercanos.

Justo detrás de donde tenía lugar esa macabra escena, había otro soldado de la Wehrmacht llamado Frank Kébler, completamente aterrorizado, y aferrado a un rifle Kar98k sin munición, aunque con la bayoneta calada. Las manos que agarraban el rifle temblaban. Se acababa de orinar encima, el pánico le había atenazado. Veterano de muchos combates, esa situación era completamente nueva.

Sin embargo, poco a poco su instinto volvió a dar señales de vida, y le volvieron las ganas de vivir. No moriría ahí. No, después de todo lo que había pasado. La muerte era el camino más fácil, pero él quería vivir. Se levantó, acercándose lentamente a donde acababa de tener lugar la explosión. Había un SS todavía vivo, arrastrándose sin piernas y devorando con tranquilidad los cuerpos. Sin embargo, el SS llevaba un fusil Kar98 a la espalda con la correa reglamentaria. Y Kébler necesitaba esa munición. Avanzando primero despacio, luego se lanzó contra el zombie, que levantó la cabeza con la boca abierta. La bayoneta le entró por la boca y le salió por detrás del cuello, seccionándole la columna vertebral. La cabeza le cayó, inerte, y Kébler le sacó la bayoneta. Miró los cuerpos a sus pies, de camaradas, y cogió una metralleta MP-40, junto a algunos cargadores. También despojó al zombie de toda la munición, incluso los dos pequeños cartuchos de 5 balas cada uno que llevaba en el fusil.

Se puso de cuclillas, para unir dos cargadores de la MP-40 uno con otro, utilizando cinta aislante. De esa forma tardaría menos en cambiar de cargador. Y en las manos portaría el Kar98k con la bayoneta. Y que se prepararan. Frank Kébler no moriría en este combate, ni en esta guerra.