Dentro de un pequeño cobertizo de cemento semidestruido y cubierto de escombros, había un SS inconsciente.
Jurgen Steiner, conductor de carros de combate alemanes de las Waffen SS, abrió los ojos, y sacudió la cabeza. Lo primero que vio fue una placa en forma de media luna de la Feldgendarmerie. Sobre él estaba el cuerpo sin vida de un Dogo, con el casco roto y la cabeza destrozada. Restos de su cerebro gelatinoso se habían esparcido por todas partes. Inmediatamente Jurgen recordó donde estaba. Y el bombardeo de los rusos.
Se consiguió poner en pié, saliendo de debajo del cuerpo del policía militar. Cuando se levantó, vio que su refugio estaba bloqueado por completo. Las paredes y los cascotes lo habían sellado todo por completo. Por no entrar, no entraba ni aire, y debido a eso había un olor muy rancio en la estancia, y empezaba a costar trabajo respirar. Debía salir de ahí a toda costa.
Cogió una granada de palo de su cinturón y le quitó el cilindro, preparándose para tirar del cordelito con la argolla. Sabía perfectamente que la explosión disminuiría la cantidad de oxígeno, pero era un riesgo que debía correr. Si no utilizaba explosivos, jamás saldría de ahí.
Para asegurarse, colocó una mina T y dos minas S apiladas en la pared que intentaba abrir, para que explotaran junto con la granada por simpatía.
El soldado Jurgen quitó el seguro a su granada y la tiró a donde quería. Tras diez segundos, la explosión lo sacudió todo, pero había logrado lo que quería: entre el polvo en suspensión, había un agujero por el que escapar y por el que además entraba algo de aire fresco.
Cuando Jurgen, boqueante y con su Gewehr 43 preparado y listo, encontró varios cuerpos de camaradas tendidos. Todos estaban casi completamente quemados, pero reconoció a Müller por la cadena de oro que salía de su bolsillo.
Cuando se agachó para cogerle el reloj a su compañero muerto y guardarlo en su uniforme de camuflaje, oyó pasos detrás de él. Rápidamente se volteó; eran dos camaradas que venían hacia él. No reconoció sus caras, seguramente serían de los SS Calavera que llegaron hace poco al pueblo.
Uno de ellos era un rango superior, así que Jurgen juntó los tacones y alzó el brazo derecho para saludarles.
– Sieg Heil, kameraden! Me alegro de ver gente viva. Los Ivanes nos han sacudido bien, y creo que nos atacan con infantería. Joder, no lleváis armas… –dejó de hablar un momento. Algo iba mal.– Camaradas¿qué os pasa? Señor, su amigo está francamente mal…deberían ir en busca de un médico.
Jurgen no se lo pensó mucho, pero esos dos soldados avanzaban hacia él tambaleándose, peor que si estuvieran borrachos. Con la mira óptica de tiro, apuntó su G-43 directamente al corazón del primer soldado.
El Gewehr-43 era un excelente arma, sólida y fiable y, además, semiautomática.
Pero el frío cañón del arma y la determinación del soldado Jurgen no fue suficiente para detener a los otros dos, que cada vez estaban más cerca, y olían francamente mal, una mezcla de podrido y sangre reciente.
Jurgen disparó. El calibre reglamentario alemán atravesó la guerrera y se alojó en el pecho del invididuo…sin que eso le detuviera.
El soldado Jurgen, bastante sorprendido, disparó el gatillo otras dos veces. Normalmente no solía bastar con una sola bala de fusil, aunque fuera bien dirigida…pero esto…esto ya era sobrenatural.
Incluso una bala le atravesó y le dio a su compañero que estaba atrás, sin que eso pareciera importarle.
Nuevamente, alzó el cañón y disparó a la cabeza. Su gorra de oficial de las SS salió volando junto con cachos de cerebro, y cayó al suelo.
Jurgen inmediatamente disparó al que venía detrás de él. La primera bala rebotó en el borde del casco de acero, pero la segunda lo atravesó fácilmente matándole.
Aún con los dos cuerpos tendidos en el suelo, Jurgen no respiraba tranquilo.
Se acercó a ellos para observarlos de cerca, sin dejar de apuntarles con su Gewehr.
Ambos tenían la piel casi completamente podrida, con el músculo al descubierto en algunas zonas. Uno de ellos, el soldado raso, había perdido un ojo y algunos gusanos crecían en su interior.
Además, cerca de ellos, había un tercer cadáver, pero ese estaba muerto del todo, porque una plancha de metal caía le había cercenado el cráneo. Sin duda, muerto durante el bombardeo, o después.
Los tres cuerpos llevaban las tres águilas (en la manga derecha, en el centro de la guerrera y en el cuello) que simbolizaban las Waffen SS, y el brazal en el brazo derecho para demostrar que pertenecían a las SS Totenkopfverbände. Él también era de las SS, aunque de las Waffen. ¿Porqué ellos se habían puesto como se habían puesto y él no? Mucho no tendría que ver con la diferencia de batallón, porque el cadáver del suelo también presentaba algunos síntomas, pero era, al igual que Jurgen, de las Waffen SS…
Jurgen pensó que jamás obtendría la respuesta encerrado en ese claustrofóbico lugar, así que siguió caminando por el edificio medio destruido en busca de una salida, cosa difícil pues a cada rato el camino estaba bloqueado por escombros.
Finalmente consiguió llegar hasta una ventana rota, y tras encaramarse con ciertas dificultades, el soldado de las SS consiguió saltar y salir fuera.
Frank Kébler caminaba, en dirección a las líneas soviéticas, porque las propias líneas de los alemanes eran confusas, entre los soldados SS que pululaban por doquier.
Se encontró a otro grupo de tres SS, que devoraban algunos cuerpos recién asesinados. Kébler le disparó a uno con el rifle, dándole en el omoplato. Aparte de dislocarle el brazo, el disparo solo consiguió que los tres se incorporaran y se pusieran en camino hacia Frank. Él recargó el rifle, volvió a disparar, recargó de nuevo, volvió a disparar. Pero aunque todas las balas hacían blanco en el pecho, las criaturas no caían. Apuntó un poco más alto, directo a la cabeza.
El disparo le reventó la frente a uno de los "zombies", que cayó al suelo. El segundo le siguió por el mismo camino, pero el tercero llevaba un casco M40 que resistió el impacto del proyectil.
Tras gastar uno de los dos peines de 5 balas cada uno, Frank apuntó mejor, y logró por fin hacer caer al SS del casco, y pudo respirar tranquilo. Sustituyó la munición del arma, y continuó caminando. Pasando por entre los edificios, y las paredes destrozadas, porque las calles estaban llenas de soldados SS enloquecidos que se movían en dirección a donde procedían disparos. O quizás pudieran oler carne fresca.
Otro pequeño grupo de soldado, una escuadra y media de trece hombres, resistían en la cocina de lo que anteriormente era un bar. Separados por la barra, hacían fuego directo contra los zombies que llenaban el bar, tropezando con las mesas y las pocas sillas que quedaban. Algunas de ellas habían sido usadas como barricadas.
Uno de ellos terminó de montar una carga explosiva de trilita al lado de la cocinilla del gas, y empezó a preparar una mecha no muy larga, de combustión lenta.
– ¡Camaradas¡Nos largamos de aquí!
Tres soldados despejaron el camino hacia la puerta con fuego intenso de fusil, pero cada vez aparecían más y más soldados SS de la calle, entrando por múltiples lugares.
En el momento en que el soldado encargado de la carga se preparaba para encender la mecha, y echar a correr, la débil pared lateral cedió, debido a la debilidad de la estructura. Por la brecha, enseguida empezaron a entrar zombies. El soldado gritó, mientras dejaba la mecha y echaba mano de su P38 contra los zombies.
El arma, con el cargador vacío tras unos desesperados disparos, colgó de su mano inerte hasta que una mordida la hizo caer al suelo.
Mientras tanto, sus compañeros, ahora estaban siendo rodeados por detrás y por delante.
– ¡Munición¡Me estoy quedando seco¡Necesito munición de MPI!
Un cabo avanzó entre los gritos de los soldados, que disparaban en todas direcciones, porque las amenazas llegaban de todas direcciones.
Al acercarse a la puerta doble de la cocina, descubrió lo que sucedía, pero varios SS se le echaron encima, y no tuvo tiempo de nada. Y encima, se había dejado la puerta abierta.
Los supervivientes de la barra del bar provocaron un pequeño incendio derramando todas las botellas de alcohol sobre la barra, y prendiéndole fuego. La idea era que quizás el fuego hiciera retroceder a los otros, pero no era así.
Retrocedieron, listos para entrar en la cocina, pero descubrieron que era un hervidero. Cinco camaradas más cayeron al suelo, antes de que la situación pudiera ser controlada. Tan solo quedaban tres soldados de la Wehrmacht con vida.
Dos se posicionaron en la brecha de la pared, disparando a cualquier cosa que intentase entrar, mientras el tercero encendía la mecha.
– Bien, listos, salgamos por aquí.
Fue el primero en salir por el agujero, que daba a un pequeño almacén, donde habían estado almacenados cuerpos, supuestamente sin vida, de SS. Por eso habían salido tantos zombies de allí. El soldado aulló de dolor, acababa de pisar un enorme clavo.
Sus dos camaradas pasaron por la brecha de la pared rota, con más cuidado, y revisaron el almacén, que en ese momento estaba vacío.
Ayudando al camarada herido, que avanzaba cojeando, abrieron las puertas del almacén y salieron afuera, a la calle, corriendo para evitar la explosión.
Dos soldados de la Wehrmacht yacían en el frío suelo, manchado con la sangre de otro compañero.
Alrededor de ellos, otros tres camaradas de las Waffen SS estaban abatidos…después de haber enloquecido y haber intentado morderles.
Ninguno de los dos había tenido piedad en matarles, pero uno de ellos había conseguido morderle.
El viejo sargento se agarraba su herida, mientras el cabo controlaba el perímetro cuerpo a tierra.
– Vamos sargento…sólo un esfuerzo más.
– …Es imposible, hijo. –se quejó el sargento. Su herida le ardía y apenas se podía mover. Seguramente estaría infectada.
– Herr Feldwebel…. ¿los oye?
Los dos se callaron un momento y entre el cada vez más esporádico fuego de fusilería, oyeron pasos de soldados caminando hacia ellos. Pero no soldados normales…sino de esos enloquecidos.
– Vienen más zombis descerebrados de esos. –el sargento cogió su subfusil MP-40 y cambió el cargador, y se sacó una granada de cada bota y una tercera del cinturón. En el ejército alemán era una constante portar las Stielhandgranate 24 dentro de la bota alta, donde no molestaban al caminar. Cuando hubo acabado, agarró al cabo de la pechera.
– Escucha, hijo…quiero que corras sin mirar atrás. Corre hacia el puesto avanzado del batallón, situado justo delante. Es de hormigón y está camuflado, seguro que los soldados de ahí dentro están bien. Si está desierto o ves demasiados bichos de esos, entonces corre hacia el refugio de la enfermería, allí debería haber un teléfono, o al menos una radio. Contacta con el puesto avanzado cinco o con el ocho.
– Pero…¿y ud.? Le comerán vivo, no puede correr.
El sargento no vaciló en contestar.
– Hijo…yo me quedaré aquí y les daré caña. ¡Venga, no te entretengas!
El cabo iba a ponerse a discutir, pero en ese momento surgió arrastrándose un ¿soldado? completamente quemado y movido sólo por la sed de sangre. El sargento le acribilló la cabeza y no tardó en morir, pero justo detrás de él venía otro, y luego dos más.
– ¡Vamos, hijo, corre¡No les distraeré eternamente!
Sin mirar atrás, y haciendo caso de la última orden de su Feldwebel, echó a correr hacia donde le habían indicado.
El sargento tendido en el suelo disparó hasta agotar las 30 balas del cargador, y luego arrojó una granada.
La onda expansiva trajo algo de metralla hacia él, pero nada importante. Arañazos en la cara, nada importante teniendo en cuenta lo que esas cosas le harían si le atrapaban.
Siguió oyendo gemidos de "zombis" así que lanzó la otra granada de palo, mientras buscaba cambiar de cargador.
No encontró ningún nuevo cargador en su cinturón, y los zombis estaban ya demasiado cerca. Solo disponía de una última granada, pues había perdido tanto la bayoneta como la pala afilada de trinchera, que en caso de necesidad podía ser usado como arma.
Desenroscó la tapa de la granada, y tiró de la anilla atada al hilo. Al instante, notó como sentía el poder que daba elegir su muerte, y abrazó la granada, dejando que los zombis se acercaran.
Transcurridos diez segundos, hizo explosión.
– ¿Conoce usted las órdenes, verdad, camarada capitán?
– Perfectamente, camarada comisario. Mis hombres y yo cumpliremos con nuestro deber.
El pelotón de reconocimiento de ocho hombres rusos se infiltró en la tierra de nadie, para investigar el motivo de tantos disparos en las líneas alemanas, y ninguno sobre posiciones soviéticas.
No hubo fuego de cobertura de ningún tipo, se trataba de una infiltración silenciosa, descubrir lo que pasaba, y regresar a informar.
Los hombres avanzaron, primero de pie, luego de cuclillas, y por último cuerpo a tierra, conforme se acercaban.
Avanzaron unos cuantos metros, oyendo disparos continuados de armas automáticas.
– ¿Qué demonios…? –musitó un soldado a su capitán, pero éste le mandó callar. Hacer una labor de reconocimiento de día era una auténtica estupidez, pero les habían dado órdenes, y el ataque no podía posponerse. Por lo que si las vidas de él y sus hombres se perdían, tampoco importaba.
Se arrastraron hasta llegar a un obstáculo, que no podían rodear, sino saltándolo.
– Alexander, asome la cabeza y dígame como está la cosa.
Alexander Matrosoliv asomó la cabeza por encima de una estructura medio rota de madera, y vio montones de cuerpos tendidos.
– Despejado, camarada capitán.
El capitán Adamska elevó la mano, y sus hombres se pusieron en pie, y procedieron a saltar el cacho de madera, aterrizando en un montón de piedras, donde se colocaron de cuclillas, avanzando con mucho cuidado.
De pronto, sonó una ráfaga cercana. Muy cercana. Dos soldados alemanes salieron corriendo como alma que llevaba el diablo de un local que parecía un bar, seguidos por un tercero, que parecía cojear, gritaba de dolor, y miraba continuamente hacia detrás. ¿Qué habría detrás de ellos? Pero no pasó mucho tiempo antes de que una carga explosiva con temporizador detonara, matando al soldado que cojeaba. Los otros dos se echaron cuerpo a tierra cuando la explosión, fuera de la visión de los comandos rusos.
De entre el humo salió un hombre, que a pesar de tener la parte superior de su cuerpo ardiendo, avanzaba con torpeza, tropezándose con todo, hacia donde estaban los rusos. Detrás de él salió otro, bastante destrozado por la metrallada de la explosión, y sin un brazo, que caminaba igual que el otro.
Los dos "hombres" avanzaron entre los escombros, tropezando a menudo pero sin llegar a caer, y con los brazos extendidos. Parecía costarles mover sus propios piés
Los soviéticos miraron los uniformes de camuflaje de guisantes, se trataba de fepos, escoria de las SS. ¿Pero qué les pasaba? Venian directamente hacia donde estaban parapetados los rusos, los cuales se apartaron del camino de ellos, aunque no tenían ni idea de porqué venían si no les veían. Uno de los alemanes que caminaban torpes, el que estaba ardiendo, tropezó con la madera, y la tumbó al suelo, revelando a los rusos parapetados. Sin embargo el alemán, a pesar de llevar su pistolera con su arma dentro, no hizo nada, y las balas de los subfusiles rusos le tumbaron al suelo.
Al otro soldado, el camarada Ullianovich golpeó con el borde afilado de su pala de trinchera justo encima de la oreja derecha, lo cual a una persona normal debería haber matado, pero al soldado alemán apenas pareció afectarle. Se lanzó contra Ullianovich y le empezó a morder el brazo izquierdo, mientras éste intentaba forcejear. Katishev Orlov corrió en su ayuda, tirando del cuello de la guerrera al alemán, para que dejara de morder a su compañero, y colocando la mano sobre la boca del alemán, para cortarle el cuello con un cuchillo. Sin embargo, el alemán abrió la boca y mordió violentamente la mano de Katishev mientras éste le degollaba, amputándole varios dedos.
La cabeza del alemán cayó al suelo, pero con dos dedos colgando de su boca, y un tercero en el suelo.
Orlov estaba a punto de desmayarse, del shock. Pero lo peor vino cuando el cuerpo del otro alemán, que estaba ardiendo, empezó a levantarse.
Todos los rusos le empezaron a disparar hasta agotar todas sus balas, agujereando el cadáver, que sorprendentemente no sangraba mucho.
Sus tiros atrajeron respuesta de los alemanes que antes habían salido corriendo. Salieron de su escondrijo, y sin importarle que los soviéticos les dispararan, gesticulaban con los brazos, gritando palabras en su idioma.
Los rusos se miraron, el capitán Adamska no tenía ni idea de qué hacer, tenía a dos heridos, a uno de ellos en estado de shock, alemanes convertidos en superhumanos, y otros dos alemanes rindiéndose.
Yuri se acercó, y le golpeó en el hombro.
– ¡Camarada capitán, necesitamos a esos dos prisioneros!
– ¡No podemos llegar hasta ellos, hay mucho terreno abierto, nos acribillarían mientras llegamos!.
– Eso no importa, los dos Fritz están corriendo hacia aquí.
El capitán comprobó que, detrás de ello, habían aparecido por lo menos una docena de soldados, todos ellos con uniforme de combate de las SS. Amanska no vio las cosas muy claras, pero decidió tratar de ayudar a los que venían hasta ellos.
– ¿Te gusta esto, Jerry? –gritó un soldado mientras disparaba contra los SS que avanzaban, con lentitud, hacia ellos. Mientras tanto, los dos alemanes supervivientes llegaron hasta donde estaban los rusos, tras saltar una viga tendida en el suelo, y se encontraron con las armas encañonadas sobre ellos, antes de tener tiempo de recuperar el aliento.
– Bitte…
– Cállate la boca, jodido alemán de mierda, y explícanos qué está pasando aquí.
Los dos alemanes estaban desarmados, uno de ellos llevaba un MPI, pero lo había perdido durante la carrera.
Los dos alemanes no tuvieron tiempo de abrir la boca, más que para respirar.
– Camarada capitán, esos bastardos no parecen sentir mucho nuestras balas, y se están acercando cada vez más. –informó Alexander, recargando su PPSh-41.– ¿Qué hacemos?
– Pues largarnos cagando leches, camarada.
Los comandos rusos se retiraron con los prisioneros, mientras Sergei, Alexander, Ullianovich y Katishev permanecían cubriendo a sus compañeros, aunque en el caso de Ullianovich, él permanecía en el suelo, sangrando sin nadie que le atendiera. Y Katishev Orlov estaba mareado, pero disparaba con la mano buena su pistola Tokarev.
Los soldados SS se les abalanzaron encima sin darles opción de retirada, pero tropezaron con la barrera natural que formaban los escombros, y se quedaron ahí bloqueados.
Alexander cogió a Ullianovich y se lo colocó sobre el hombro izquierdo, para poder disparar su PPSh. La posición no era muy cómoda para el herido, pero mejor eso, que morir ahí. Respecto a Orlev, él sí podía caminar.
Los cuatro supervivientes se detuvieron, todavía en mitad de las líneas alemanas. Unos soldados SS, igual que los anteriores, les cortaban el camino.
– ¿De donde han salido éstos¡Freídles!
– nain, nain, schwein hunde, mein kameraden, ich bin… –musitaban los alemanes supervivientes, aterrorizados, y se sentían inútiles, completamente desarmados.
Los comandos soviéticos realizaron fuego a discreción, para intentar escapar, pero las balas no hacían nada. Los zombies les atacaron desde ambas direcciones, entre atroces gritos de dolor y tiros al aire.
Tras unos confusos y sangrientos momentos de combates cuerpo a cuerpo, uno de los alemanes logró escapar, gateando, y luego consiguió ponerse de pie y echar a correr. Directo hacia las líneas rusas, tras comprobar que no le seguía ningún zombie, todos estaban ocupados. Por desgracia, un tirador de élite ruso le divisó, y pensando que transportaba explosivos, le disparó en plena cabeza.
En plenas líneas rusas, el Comisario Político frunció el ceño, mirando hacia las líneas germanas, de donde seguían emergiendo disparos, aunque cada vez más esporádicos. El grupo que habían mandando a infiltrarse en líneas enemigas no había regresado aún.
– Todo esto me desagrada profundamente. –se quejó Oleg– ¿Cómo va el ataque?
– Estamos listos, camarada comisario. El General me ha informado del estado de sus divisiones de carros, y el bombardeo de artillería dará comienzo tan pronto como usted dé la orden. –informó el comandante Yakolev.
El comisario miró su reloj, y esperó quince segundos, para que la aguja del secundero empezara a contar un nuevo minuto, y dio la orden.
– Fuego.
Las bocas de los cañones de artillería de largo alcance M30 rugieron al unísono, enviando proyectiles de 21,7 kg de peso y de 122 mm de calibre contra las líneas alemanas, mientras el comisario Oleg sonreía.
A su espalda, los sargentos y tenientes iban dando órdenes, y los motores de los T-34/85 gastaban combustible, esperando a que cesara el bombardeo de cobertura para lanzarse al ataque contra los invasores fascistas.
