Los cinco hombres seguían en su cráter de obús, de donde no habían salido, con las armas listas. Los disparos de fusilería y ametralladora eran casi continuos, pero todos ellos eran de armamento alemán. ¿Dónde estaría la infantería rusa o los comandos que les atacaban? Todos ellos optaban por no asomar la cabeza.

En ese momento, como si fuera una respuesta a los soldados, empezaron a sonar los inconfundibles estampidos de cañones enemigos, y en pocos minutos, comenzaron a llover proyectiles de artillería pesada soviética.

– ¡¡Agachad todos la cabeza!! –ordenó el sargento, cosa innecesaria porque todos eran viejos perros de guerra que conocían de sobra los bombardeos de los ruskys.

Los obuses de 122 mm rusos llovían sobre ellos. A cada impacto, surtidores de tierra surgían, y algunos edificios maltratados se desmoronaban ante un impacto directo. Estaban pulverizando la ciudad hasta convertir los edificios en polvo. Y mientras tanto, los cinco soldados se arrejuntaban cada vez más con la esperanza de pasar inadvertidos, aunque todos sabían que un impacto directo en el cráter les haría volar a todos.

Sven, situado justo al lado de la ametralladora de Krabbel para pasarle munición en caso de necesidad, tuvo un estremecimiento.

E inmediatamente después comenzaron a llover los proyectiles.

Todos se agacharon lo más posible, o se metieron debajo de las camas del garaje, a pesar de que todavía no caían cerca.

Los zombis eran triturados bajo el fuego de la artillería, y por su modo de caminar al descubierto eran objetivos fáciles para los observadores de artillería de los cañones rusos.

Pero la enfermería parecía, de momento, un lugar seguro.

Cuando comenzaron a caer proyectiles, Jurgen echó a correr hacia un edificio cercano, y se metió a rastras debajo de una mesa. Se dio media vuelta, pegado a la pared, que si se derrumbaba la mesa le protegería. Y por si aparecía algún "enloquecido", apuntó con su G-43, mientras a su alrededor las paredes temblaban a cada descarga de artillería, los pocos cristales se hacían añicos, y las estanterías caían al suelo.

El edificio de cuatro plantas donde se encontraba recibió dos impactos directos y las tres primeras plantas se desplomaron sobre la primera. Entre las sombras, Jurgen vio como una silueta entraba a la planta donde se encontraba él, pero antes de tener tiempo a dispararle, la figura intentó caminar torpemente, tropezó, y se cayó al sótano por un agujero.

El joven cabo, mientras corría para intentar llegar a su destino, se vio inmerso en una barrera de artillería enemiga.

Dejó de correr y se echó cuerpo a tierra, justo en el momento en que un proyectil caía en el sitio donde había estado él. Al caer, se le zafó el casco.

Tumbado en el suelo, intentó arrastrarse para salir de ahí, pero no veía nada. Notaba, por los destellos de las explosiones, dónde caían los proyectiles pero no fue capaz de precisar siquiera donde se encontraba. Le habían dicho que si sonaba el silbido, era que el proyectil no caería sobre su cabeza… pero que cuando sonaba un siseo apagado, era que el proyectil iba directamente sobre él.

Tras unos largos minutos de fuego intensísimo, en el que las baterías rusas descargaron sus municiones contra las posiciones alemanas en la ciudad, hubo una pequeña pausa.

El cabo se irguió rápidamente y echó a correr, dándole una patada al casco. Cuando lo quiso recoger, era tarde y no tenía tiempo que perder.

Dentro de un cráter, el hombrecillo obsesionado con entrar a las SS armadas asomó la cabeza por encima del cráter, con ambas manos sujetando su casco lleno de tierra.

Hacía él venían, por un lado, dos soldados con el uniforme de las Waffen SS que no podían ni caminar recto y venían balanceándose, y por el otro un soldado de la Wehrmacht sin armas ni casco que venía corriendo. Este último parecía una persona normal.

El soldado le cubrió con su fusil Kar-98, mientras el sargento Klaus se hacía a un lado para dejar pasar al soldado.

Cuando el cabo llegó al borde del cráter, saltó directamente dentro.

Al caer se golpeó contra el Panzershreck y el soldado que estaba más cerca soltó una exclamación; pero no pasó nada.

– ¿Qué coño ha pasado, cabo?

El aludido alzó la cabeza.

– ...Se han vuelto locos. Todos los soldados de las SS. Están enloquecidos y atacan a todo el mundo, pero no son humanos. Son…como zombis sedientos de carne fresca.

– ¿De qué hablas? Si no hay ningún superviviente de los fepos….

De pronto sonó una nueva descarga de los cañones, y todo el frente ruso quedó iluminado.

Todos los soldados, de pronto aterrorizados, se metieron lo más profundo dentro del cráter.

– ¡¡Vuelven de nuevo¡Agachad todos la cabeza!

Esta vez la artillería concentró mejor sus disparos y además fue mucho más intensa. Por lo visto, tras la obligada pausa para dejar que los alemanes se recuperaran, abrieron fuego de nuevo, con la idea de pillar a los germanos recogiendo a sus heridos. Hicieron rugir las bocas de sus cañones, entre potentes llamaradas, para desmoralizar a los alemanes. Tal y como siempre hacían.

Frank Kébler se había ocultado en una caseta para perros, el único refugio intacto que logró encontrar cuando comenzaron a llover obuses.

Desde una tabla mal colocada fue testigo de los destrozos que la artillería enemiga hacía en casas, aunque no pudo ocultar su alegría al ver que los SS que paseaban al aire libre, en busca de victimas, eran borrados del mapa y literalmente se desvanecían. Aunque no todos cayeron, los pocos que sobrevivieron fueron cubiertos por una extensa capa de polvo producto de las bombas. La intensa descarga de artillería, a pesar de ser más corta que la anterior, también aniquiló a los soldados supervivientes que permanecían al descubierto. Frank Kébler no oyó el obús que impactó directamente en la caseta de perros donde se encontraba; tampoco pudo oír nada más. Sin embargo, hubiera estado orgulloso de que el único soldado SS que quedaba por la zona y marchó a devorar sus restos, fuera también volatilizado por uno de las últimas bombas que regaban los cañones soviéticos.

Los seis soldados del cráter todavía permanecieron agazapados, hasta que oyeron un familiar sonido. Las cadenas de los anchos tanques T-34-85 y sus inconfundibles motores diésel de 500 CV.

Todos blasfemaron maldiciones, pero el sargento impartió rápidas órdenes.

El joven capitán de la Wehrmacht miró alrededor dentro de su precario refugio.

No tenía ni idea de lo que había pasado, pero cuando comenzó el bombardeo artillero echó a correr hacia un edificio de apartamentos medio destrozado, a pesar de que no veía nada, y tropezó y cayó a un sótano medio destruido…justo en el momento en que la artillería se hacía más intensa y destrozaba a sus compañeros que corrían al descubierto.

Metido en el sótano, sin atreverse a salir, había asistido a ver como la artillería lo machacaba todo concienzudamente, hasta apenas dejar una franja del terreno sin remover.

Tras el último bombardeo y el posterior silencio de la artillería, para el capitán iba siendo hora de regresar con sus hombres…o con los que quedasen. Pero no podía salir, porque al encontrarse en un sótano, el suelo de la planta de arriba se había derrumbado sobre parte del sotano, y las escaleras estaban intransitables. Afortunadamente, una lámpara eléctrica había sobrevivido, y la luz le permitía ver donde estaba.

Intentó pedir ayuda, pero lo menos que esperaba era ver la cabeza de un soldado SS asomándose.

El capitán fue a coger su subfusil para dispararle al zombi…pero no se dio cuenta de que lo había perdido en algún momento.

"¡Imbécil! "

Sin embargo, el soldado se le quedó mirando.

Y le habló.

Mein Hauptmann¿está usted bien¿Necesita ayuda para salir de ahí?

El capitán asintió y el soldado de las SS buscó con la mirada, tardó unos minutos, y finalmente le tiró una cuerda.

Cuando el hombre estuvo sujeto, Jurgen empezó a tirar. Oyó pasos detrás de él, pero no era momento de preocuparse.

Una vez el capitán logró colocar sus manos en los bordes de la pared y salir él solo, advirtió al soldado de las SS de que tenía a otro camarada de las Waffen SS justo detrás de él, pero uno de los enfermos.

El soldado se viró y le pegó una patada, mientras que se descolgaba el fusil de la espalda.

Rápidamente lo amartilló y abrió fuego contra el zombi, sin ni siquiera dejar que se incorporase.

El capitán contempló la escena, y luego asintió.

– Venga, vámonos de aquí, soldado. Tiene mucho que explicarme…

– Sé lo mismo que usted, señor.

– ¿Cómo se llama, soldado?

– Jurgen, señor. –respondió Steiner.

– Yo soy Müller, encantado. –el capitán no le tendió la mano mientras seguían caminando.– Una pena que no nos hayamos conocido en otras condiciones. Ahora va usted a contestar a mis preguntas. Quiero saber qué demonios ha sucedido aquí…

Dentro del garaje usado como enfermería, afortunadamente ningún proyectil había echo un impacto directo. Pero sumando a los estampidos de la artillería, mientras duró, lo que más estresaba a los supervivientes eran los golpes de los "enfermos" contra las dos puertas, intentando entrar como fuese.

Dentro de ésta, los supervivientes se afanaban como podían en la defensa.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado desde el inicio de las infecciones? – preguntó el médico en jefe.

– Ni idea… –contestó Kriestler, que aún llevaba a la espalda las bombonas del lanzallamas vacío. En este momento se las descolocaba de la espalda, con el objetivo de terminar de bloquear con ellas la puerta principal.– Yo creo que al poco de venir ya estaban así.

Sven, Pietter y el médico en jefe eran los únicos con experiencia médica que permanecían con vida. El jefe se llevó a sus dos médicos a un aparte.

– Verán…tengo miedo de que se trate de un nuevo arma inventada por los rusos que vuelve loco a nuestros soldados. Y se contagia por la sangre. Fíjense, ese soldado vino con nosotros y estaba perfectamente, pero ha sido mordido hace una o dos horas, y cada vez tiene peor aspecto. Pronto se convertirá en otro de ellos.

Sven tragó saliva.

– ¿Y qué podemos hacer?

– Es peligroso permanecer aquí encerrados…cualquiera de estos infectados podría transformarse en cualquier momento y follarnos a todos. –dijo Pietter, sin dejar de mirar hacia los soldados inconscientes que ocupaban las camillas. No todos presentaban los síntomas, pero era evidente que algunos sí, desde dos soldados tendidos en sus respectivas camillas, hasta otro con medio cuerpo calcinado tendido en el suelo, y dado por muerto…y otro de ellos que sujetaba su arma y permanecía apoyado en una pared, cada vez más débil.

– Yo voto por….

Un grito le interrumpió. Era Krabbel. Mientras se encontraba colocando las bombonas vacías de líquido inflamable de los lanzallamas debajo de la puerta del garaje, había visto algo.

– ¡¡Atención, viene gente¿Les disparo? Se acercan corriendo hacia nosotros, justo delante de la MG. Son de los nuestros…corren como si les persiguiera el diablo y llevan algo de armamento antitanque.

El médico en jefe pareció dudar.

– ¿Seguro que no están infectados?

– Bueno…vienen corriendo y hasta ahora sólo nos han atacado fepos de las SS, incapaces de correr. Éstos llevan uniformes de los nuestros. –respondió Krabbel sin dejar de mirar por la mirilla de la ametralladora.

– Bien, bien…dejémosles entrar. Oskar, abra la puerta. –ordenó Krüger.

– Esta puerta no abre, señor. No se puede abrir, ni tampoco cerrar del todo.

Uno de los soldados supervivientes de afuera se echó cuerpo a tierra, e intentó meter la cabeza por la escasa abertura, pero no cabía.

– ¡Por el amor de Dios, abre esto!

– ¡No se puede, soldado¡Está bloqueada¡Tienes que dar la vuelta y entrar por la otra puerta!– le respondió Krabbel, mientras Oskar corría hacia la otra puerta y la abría.

Vigiló por si aparecía algún zombi, pero todo estaba desierto. Se habían cansado, y todos los zombis se habían largado…al menos, de momento. Quizás hubieran ido a buscar comida a otra parte. O quizás la artillería hubiera acabado con ellos.

El soldado de la puerta se retiró, sonaron dos ráfagas cortas de subfusil, más gritos, y por fin rodearon el garaje, y entraron uno en uno por la puerta, hasta hacer un total de tres. Tras ellos, cerraron la puerta, tras bloquearla bien.

El joven cabo se había convertido en jefe de pelotón, y mandó a los hombres a tomar posiciones.

–…Los rusos….nos atacan. Vienen con tanques…e infantería. Una barrera de artillería les protege.

Todos voltearon la cabeza hacia el recién llegado que hablaba.

– ¡¿Cómo?! Así que es verdad…esos bastardos rusos están utilizando armas biológicas. Debemos informar inmediatamente al OKW (Oberkommando der Wehrmacht, Alto Mando de la Wehrmacht).

– Todas las líneas están cortadas. Ivan ha hecho un cerco alrededor de este maldito pueblo. Tendríamos que conseguir un vehículo para salir de aquí y volver a nuestras líneas. A pata, tenemos las de perder, contra esas "cosas" deambulando por ahí.

– ¿De qué "cosas" hablas¿De qué cojones estás hablando?

Los supervivientes de la enfermería se miraron, pero ninguno respondió.

– Bueno, de todas formas, es imposible, los T-34 de Iván se nos echarán encima dentro de nada, y dispararán contra cualquier cosa que se mueva.

– ¿Y? Tenéis un Panzerfaust y granadas. ¿Por qué corréis como gallinas en vez de utilizarlos?

Un soldado se acercó al teniente Krüger, bastante cabreado. Era bastante corpulento.

– Mira, imbécil. Cuando se nos echaron encima teníamos un Panzerschrek y otros dos Panzerfaust, aparte de minas Tellermine (minas antitanque) y una MG-42, como la que tenéis aquí muerta de risa. Pero nos dieron de lleno antes de tener tiempo de usar nada. Perdimos a nuestro Feldwebel (teniente) y a otro compañero. Echamos a correr huyendo de Iván, pero ellos nos rodearon y nos fundieron. Perdimos a otro tío y casi todo el material que llevábamos, pero luego corrimos más rápido que tu puta madre cuando llega el cartero, hasta llegar aquí. Cuando Iván ataca, siempre gana. Siempre.

El cabo se había apoyado en la pared, sin decir nada. Todos los que estaban en la enfermería se miraban entre ellos.

Krüger estaba en silencio, sin saber qué hacer o qué decir.

Sven dudó, pero hizo la pregunta que le corría las entrañas.

– ¿Los tanques…os han seguido¿Saben que estamos aquí?

– Los tanque que yo sepa no, pero varios rusos si nos han visto; les matamos a casi todos menos a uno o dos. Seguramente habrán informado de adónde nos metimos.

En ese instante sonó un grito, y al voltear la cabeza vieron como un soldado se había terminado de infectar y estaba devorando a su compañero de camilla.

Mientras dos de los tres soldados supervivientes permanecían paralizados, los otros supervivientes que estaban dentro de la enfermería les dispararon; el cabo hizo lo mismo.

– ¿Qué coño le pasa a ese tío¿Por qué le han matado?

Fue el cabo que había venido con ellos el que le respondió.

– Es lo que os estaba diciendo antes. Se han vuelto locos, se devoran a unos a otros.

– ¿Cómo que no tiene ni idea¡Son sus camaradas, por el amor de Dios!

Jurgen le miró a los ojos.

– Ya se lo he dicho, todo iba de puta madre, y de pronto aparecieron aviones en picado rusos. Nos pillaron con el culo al aire…yo me metí en un edificio pero hubo un derrumbe…perdí el conocimiento. Cuando me desperté, bueno….salí de donde estaba, caminé un poco, nos bombardearon los Rojos, me refugié en una casa, y me lo encontré a usted. Yo también me he encontrado con compañeros "enloquecidos".

El capitán frunció el ceño.

– Pues… ¿Qué hacemos ahora? Nosotros podemos regresar con nuestras unidades, el bombardeo habrá revuelto el campo de minas. Y además, toda esa zona está llena de "descerebrados de esos".

– Ni pensarlo, retirarse es una locura. Tenemos que resistir, y esperar a los refuerzos. ¿No decías que traerían Panzers? Dudo que esas cosas se pudieran enfrentar a nuestros blindados.

– ¿Tú eres de las Divisiones Blindadas, no? Y tendrías un tanque. ¿Qué ha pasado con tu vehículo? –preguntó el capitán, fijándose en el uniforme negro de tanquista de las SS.

– Pues por ahí anda… un avión le dejó un regalito. La última vez que lo vi, estaba panza arriba.

Müller no contestó.